La figura de Francisco Camilo es una de las más importantes en la escuela barroca madrileña; partiendo de elementos manieristas supondrá un importante paso adelante en la formación del pleno barroco generalizado en los últimos años del siglo XVII. Esta imagen que contemplamos pudo pertenecer a la iglesia del convento madrileño de las Vallecas. Presenta a la Virgen María en la derecha, vestida con túnica roja - símbolo de martirio - y manto azul - símbolo de eternidad -, coronada de 12 estrellas alusivas a los dolores que padeció. El Niño Jesús preside la escena, mostrando un nimbo cruciforme que prefigura su Pasión. San José porta una vara florida. Sobre la Sagrada Familia se encuentra la paloma del espíritu Santo y Dios Padre acompañado de querubines, formando a la vez una Trinidad.Camilo ha aprovechado la preparación rojiza del lienzo como fondo, insinuando las luces con toques blancos. Sobre ese fondo se recortan las figuras de la zona baja y de él parecen emerger las de la zona superior. El canon amplio de sus figuras es muy empleado por el artista, haciéndose casi personal, recordando al manierismo. A pesar de sus limitaciones, nos encontramos con un pintor importante dentro de su generación.
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En la iconografía barroca era habitual la representación de las Dos Trinidades tal y como aparece en este soberbio cuadro de Valdés Leal: en la zona baja de la composición hallamos a la Trinidad terrenal con el Niño Jesús, la Virgen y san José mientras que en la parte superior se encuentra el Padre Eterno acompañado de un amplio coro de angelitos. La paloma del Espíritu Santo se posa en el hombro de san José, reforzando de esta manera la importancia de este personaje en la vida de Cristo al igual que ocurre en la Sagrada Familia del Pajarito de Murillo. Incluso con su gesto protector refuerza esta idea.Valdés Leal ha puesto en la escena todos los elementos característicos del Barroco: diagonales que organizan y aportan ritmo a la composición, movimiento, figuras escorzadas, expresividad y colorido, armonizando y equilibrando los tonos. La iluminación dorada inunda la estancia donde están los personajes, dejando ver con absoluto naturalismo el banco de trabajo de san José y la cesta de labor de la Virgen. El resultado es una obra de gran belleza que ha permanecido inédita hasta fechas recientes.
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Zurbarán en este lienzo representa a la Sagrada Familia como tal, puesto que hay otros cuadros con estos personajes que suelen aludir a episodios de la infancia de Cristo, y no a la Familia como idea, que es lo que aquí aparece. Esta idealización de la familia se acentúa con la presencia de Santa Ana y San Joaquín, padres de la Virgen, puesto que San Joaquín estaba muerto cuando la Virgen tuvo al Niño. También está San José, como un hombre joven y protector, al tiempo que les acompaña el niño San Juan Bautista. Este lienzo tiene un marcado acento italiano, que se aleja de la realización más personal de Zurbarán. Los rostros están mucho más idealizados, mientras que el maestro solía realizar auténticos retratos naturalistas en sus personajes. La belleza de María recuerda la de pinturas renacentistas por el perfil y el canon empleado. El San Juanito parece uno de los golfillos de pies sucios que solía emplear Caravaggio para sus ángeles. La escena está llena de significados ocultos, de los cuales desvelamos los tres más importantes: María lleva en su mano para entregarla a su hijo una manzana, que significa el pecado original del que ella está libre y que su hijo lavará de la estirpe del hombre. San Juanito ofrece a María un cesto lleno de rosas de tres colores, rosas, rojas y doradas, que simbolizan las oraciones del Rosario, una ritual sobre los gozos y los dolores de María por su hijo. Por último, el niño Jesús le da a su madre una pasionaria, flor que había sido recientemente descubierta en América. Esta flor se caracteriza porque su cáliz y sus pistilos tienen la forma de los instrumentos de la Pasión -los clavos y la corona de espinas-, por lo que rápidamente se identificó con Cristo.
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Durante la Contrarreforma surge el tema iconográfico de las Dos Trinidades al establecer un paralelismo entre la Trinidad Celeste, integrada por Dios Padre y el Espíritu Santo en la Gloria mientras el Niño en la Tierra sería el lazo de unión con la Trinidad terrenal, al estar Jesús acompañado por la Virgen y san José. De esta manera el mundo católico afirmaba la humanidad de Jesús y valoraba también a sus progenitores, resaltando la figura de san José cuyo culto estaba muy popularizado.Como precedente para la ejecución de esta obra que contemplamos, Murillo tuvo la escultura de Martínez Montañés por lo que realiza una composición equilibrada y simétrica, de clara tendencia renacentista. Las figuras terrenales aparecen sobre un suelo embaldosado y reciben un potente foco de luz que aumenta su volumetría escultórica. Al fondo se abre un paisaje que recuerda a Zurbarán, recortándose los personajes ante él de la misma manera que hacía Roelas. A pesar de las influencias, Murillo se encuentra ya dominando sus recursos pictóricos, creando hábilmente una composición en la que alternan la Gloria y lo terrenal. Al final de su vida realizará una nueva versión de las Dos Trinidades con un resultado más acertado.
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Esta completa composición recuerda la presencia constante de ciertos elementos en la pintura religiosa del Barroco madrileño, como puede compararse con el lienzo de Mateo Cerezo titulado Desposorios Místicos de Santa Catalina. En ambos aparece la misma estructura escenográfica, que pretende presentar al fiel un acto al que él asiste como espectador privilegiado en medio de un gran lujo. Se trata de una Sagrada Familia al completo, adorada por el rey de Francia, San Luis. Los personajes están en una entrada monumental, escalonada, bajo un dosel de pesada tela roja, sobre la cual revolotean angelotes. La escena está adornada con objetos y naturalezas muertas, que por sí mismos funcionan como bodegones y composiciones autónomas. La Sagrada Familia cuenta con la Virgen, San José, como siempre en la sombra, el Niño y la familia de San Juan Bautista, acompañado por el cordero que simboliza la Pasión; escoltando a la familia, un coro de ángeles adultos con instrumentos musicales. El rey francés, cuya presencia se explica como homenaje a la poderosa monarquía vecina, que en pocos años se implantará en España con los Borbones, ha iniciado un gesto de arrodillarse ante el Niño, abandonada su corona y su cetro, y ofreciendo su espada. Este movimiento inacabado en primer plano introduce gran sensación de dinamismo, de proceso que discurre ante nuestros ojos, puesto que el espectador automáticamente concluye la acción imaginándolo arrodillado, en una posición estable. Concluir esta acción nos lleva al protagonista de la escena, que además se encuentra casi en el centro de la composición, destacado por un foco de luz propio: el Niño Jesús. En realidad, todos los personajes forman un círculo alrededor de él. Es un típico efecto barroco, que el autor lleva a cabo con soltura y dominio técnico.
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Rubens será más popular por sus escenas mitológicas, en las que puso de moda el canon de belleza femenino de la época, con mujeres entradas en carnes como en las Tres Gracias. Pero como hombre de su tiempo no pudo dejar de lado una importante producción religiosa que era muy demandada por la sociedad. Así surgen obras como la Adoración de los Magos o esta Sagrada Familia. María y el Niño son los protagonistas de la escena al situarse en primer plano y con mayor iluminación. Se relacionan a través de sus miradas y de sus manos, como cualquier madre con su hijo, apreciándose una cierta influencia de Rafael. Al fondo de la escena, Santa Ana y San José son captados con un mayor naturalismo que recuerda a Caravaggio. Por lo tanto, podemos decir que las fuentes de inspiración de Rubens están en el Renacimiento y Barroco italianos que tanto admiraba. Resulta interesante el contraste entre los colores cálidos del primer plano y los grises del fondo, aunque no se pierde la armonía. El excelente dibujo que siempre mostrará el maestro también está presente en esta escena, en la que el Niño desnudo y María mostrando un pecho hacen más humana la imagen de la Sagrada Familia. Precisamente se considera que el rostro de María sería el de su primera esposa, Isabella Brandt, que falleció en 1626 víctima de la peste.
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Si la Sagrada Familia del pajarito es la más famosa en la producción de Murillo, esta imagen que contemplamos no se queda atrás. El pintor sevillano desarrolla la escena en el taller de Nazareth, dotando de intimismo a la composición. María interrumpe su labor para levantar una ligera sábana que cubre al Niño dormido y contemplarle, lo mismo que hace san José que también descansa de su labor, sosteniendo en sus manos una pieza de madera y una azuela. Si no existiera la presencia de una pequeña corte de ángeles en la parte superior de la composición, el lienzo parecería una escena de carácter popular ya que los personajes no tienen ningún elemento que aluda a su divinidad. La obra está organizada a través de diagonales que otorgan un acertado ritmo al conjunto. Las cabezas de la Virgen y san José -al igual que los angelotes- forman una diagonal en superficie mientras que la cuna del Niño se dispone en profundidad. El fondo neutro sirve para crear un mayor efecto volumétrico, bañando a las figuras un potente foco de luz que casi diluye sus contornos, creando un efectista juego de contraluces. Los recursos luminosos empleados por Murillo tienen sintonía con la obra de Ribera, al igual que la figura de san José. Murillo vuelve a poner el acento en los gestos y las expresiones, dotando con ellos de mayor intimismo al conjunto.
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En 1595 El Greco se comprometió a realizar un tabernáculo para el Hospital de Afuera en el que destaca esta Sagrada Familia con Santa Ana. Es una reinterpretación de una imagen similar, variando la actitud de San José y la aparición de Santa Ana. El rostro de María pasa por ser el más bello que pintara Doménikos, pensándose como modelo en alguien cercano al artista. La vemos representada en el momento de alimentar al Niño Jesús - por cierto, un Niño excesivamente grande - en una representación de la Virgen de la Leche. De esta manera se obtiene una escena mucho más cercana al espectador, idea reforzada por las actitudes de Santa Ana - que acaricia al pequeño - y de San José - que toca uno de sus pies -. La participación del santo en la escena resulta toda una novedad. Los vivos colores empleados - carmines, azules, naranjas y amarillos - dan una increíble luminosidad y alegría a la composición. Las influencias de su estancia italiana no se han olvidado tan fácilmente, resultando ese cromatismo de la mezcla de la Escuela veneciana y del Manierismo romano. Las figuras son amplias y estilizadas, especialmente la de María. Los pesados ropajes impiden apreciar la anatomía, a excepción del pecho de la Virgen y del desnudo del Niño. Las manos son uno de los elementos de atracción de la pintura del candiota y muestran unos dedos largos y delicados, uniendo habitualmente el anular y el corazón, en un gesto que se ha llegado a considerar como muestra del judaísmo del pintor. Sin embargo, el catolicismo de Doménikos estaría plenamente demostrado, no sólo por las imágenes que nos ha dejado sino por su participación efectiva en su parroquia, la de Santo Tomé, para la que pintó el Entierro del señor de Orgaz.
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La Sagrada Familia es una de las obras juveniles de Goya en la que más se aprecia el estilo neoclásico, imperante en la época, dictado por Mengs y Francisco Bayeu. Realizada en Madrid entre 1775 y 1780, denota el deseo del autor por agradar al público de la corte.La Virgen María con el Niño en brazos, San Juanito y San José son los protagonistas de ésta escena, en la que destaca la iluminación, al emplear un potente foco de luz que deja el fondo en penumbra y resalta las figuras, siendo éste lenguaje típico del Tenebrismo. Los rostros están bastante idealizados, siendo especialmente bello el de María. San José sería una figura algo más naturalista, quedando en semipenumbra como ocurre en algunas obras desde el Renacimiento. El dibujo empleado por Goya es perfecto, destacando los pliegues del manto de la Virgen. El colorido, algo monótono y oscuro, estaría en consonancia con los dictados académicos del momento.El Museo del Prado adquirió la obra en 1877 por 8.000 pesetas, respetable cantidad si pensamos que los salarios no eran superiores a 3 pesetas.
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Posiblemente sea esta obra el mejor ejemplo de la técnica más compleja y colorista empleada por Murillo. Utiliza la sanguina para las líneas suaves mientras que las transparentes aguadas producen las sombras, aportando gran riqueza visual a la composición, consiguiendo el emborronamiento que caracteriza su etapa madura. La expresión perfectamente captada de los personajes, la sensación atmosférica y la espiritualidad del conjunto hacen de esta obra una de las más atractivas de la producción del maestro sevillano.