Mas por encima de todos estos focos artísticos, reflejo de una prosperidad más o menos activa, fueron los Estados Pontificios y su capital Roma los que galvanizaron la creación artística a lo largo de todo el Cinquecento. La actividad constructora de los Papas del siglo XV, que fue convirtiendo el viejo castillo medieval que había quedado empequeñecido a un costado de la basílica constantiniana de San Pedro, hasta el final del cisma de Aviñón, en residencia mucho más confortable y suntuosa con las decoraciones de la Capilla de Sixto IV y los Apartamentos Borgia, se proyecta desde comienzos del XVI, sobre todo por el impulso de Julio II, que suma a su animosa actividad política y militar una ambición artística de pródigo mecenas, y luego de los Papas Médicis León X y Clemente VII, hasta alcanzar metas de alcance universal. Pocas veces ha podido contar una ciudad con una reunión de talentos geniales como la que Roma logró en las dos primeras décadas del quinientos con Bramante, Miguel Angel y Rafael, la más alta cima del Clasicismo, y a la vez génesis de los movimientos manieristas que siguieron. También se dio en la Ciudad Eterna un plantel de mecenas y promotores que, junto con los pontífices, cardenales y banqueros, la hermosearon hasta convertirla en el enclave monumental más prestigioso de Europa, en aras de rubricar su renovada ambición imperial de Cabeza del mundo. La búsqueda de modelos de la antigüedad que Nicolás Pisano ya insertó desde el siglo XIII en los relieves de sus púlpitos toscanos, y Brunelleschi y Donatello llevan en su ánimo cuando visitan las ruinas romanas, provoca un auge creciente de la arqueología, fomentada a su vez por el interés de los coleccionistas. Aunque se rehuye la mera copia de los patrones antiguos, los hallazgos se convierten para los artistas principiantes en motivo de estudio y para los coleccionistas en marchamo de prestigio. El coleccionismo de los Médicis en su jardín de San Marcos o de Isabel de Este en Mantua proporcionó a los aprendices de escultor o pintor fecundas lecciones, extraídas de las estatuas y relieves clásicos. En el Cinquecento el gusto por reunir preseas antiguas se incrementa considerablemente, al tiempo que se forman las primeras colecciones de arte del momento no sólo en Florencia y Roma, también en Mantua, Venecia y Como. Recuérdese la anécdota del Cupido dormido de Miguel Angel, enterrado para hacerlo pasar por antigüedad arqueológica. El papa Julio II adquiere para el Museo Vaticano que decide instalar en el Belvedere el Laocoonte, el grupo famoso del arte helenístico rodio que se descubrió entre las ruinas del Palacio de Tito en 1506, hallazgo presenciado por Miguel Angel que motivó el concurso de jóvenes copistas al que acudió Alonso Berruguete y ganó Jacobo Sansovino. A él agregó el pontífice el Apolo, llamado desde entonces del Belvedere por su ubicación en el mismo recinto. También las pinturas parietales descubiertas en los subterráneos o grutas en que la Edad Media sepultó las estancias de la Domus Aurea de Nerón, proporcionaron los candelabros y grutescos convertidos en tópicos de la decoración al fresco, los estucos y relieves de toda ornamentación fomentada por Rafael y sus seguidores. La presencia de dioses y héroes de la mitología pagana junto a los motivos de iconografía bíblica y el repertorio cristiano no sólo no repugna, sino que se busca una y otra vez en aras de la actitud sincrética del Humanismo, fomentado por los escritores y pedido por los mismos mecenas. Este espíritu de concordia o concordatio, que no vio hostilidad en la simbología politeista de los antiguos sino enriquecimiento histórico de la cultura cristiana, es adoptado incluso en los programas aprobados por los mismos Papas tanto para la intimidad de su morada como para recintos sagrados. Esto se puede observar en un enclave religioso como es la capilla sepulcral del banquero sienés Agostino Chigi en Santa María del Pópolo, construida por Rafael y por él decorada con un cortejo de dioses olímpicos emparejado con figuras cristianas y símbolos astrológicos que protegen el reposo de una pirámide de ascendencia egipcia como la sepultura de Cayo Sestio en los días de Augusto, con la misma coherencia con que también Rafael adornó con escenas de amor la Villa Farnesina construida para el mismo cliente.
Busqueda de contenidos
contexto
El estudio sobre los orígenes de Roma ofrece al historiador una serie de dificultades importantes que se asientan principalmente sobre las propias informaciones de los autores antiguos y sobre el considerable número de hallazgos arqueológicos en Roma y en el Lacio, sobre todo durante los últimos veinte años, que obligan a una constante sistematización de los planteamientos y a una difícil tarea de compulsa con las mentes antiguas. Esta complejidad explica que, durante mucho tiempo, esta etapa inicial de la historia de Roma se haya venido situando más en el terreno de la leyenda que en el de la historia. Sólo a partir del siglo XVIII, se inició la revisión crítica de las fuentes con un prejuicio hipercrítico de partida que se basaba en el hecho de que la parcial destrucción de Roma, en la primera década del siglo IV a.C., a consecuencia de la invasión gala, había supuesto la pérdida de los archivos y documentos relativos a los primeros siglos de la ciudad. Como los primeros analistas romanos (Nevio, Ennio) habían iniciado su actividad historiográfica sólo en las últimas décadas del siglo III a.C., se derivó a unas posiciones que llegaban a poner en duda la propia realidad histórica del período monárquico. Ha sido muy reciente, ya en el siglo XX, cuando gracias a las aportaciones de las ciencias auxiliares (arqueología, etnología comparada, lingüística, topografía, etc.), se ha logrado revalorizar -al menos en sus términos esenciales- la tradición, despojándola de muchos elementos legendarios, de deformaciones interesadas en pro de determinadas familias y de anacronismos e interpretaciones sospechosas. Todos estos elementos aparecen en mayor o menor medida en las fuentes antiguas, comenzando por el de la propia fundación de la ciudad, que la leyenda presenta como una ciudad griega, puesto que los fundadores descendían de estirpe troyana. Esta interpretación que encontramos en algunos historiadores griegos mencionados por Plutarco -Helánico de Mitilene, Eráclides Póntico- y en otros -Timeo, Dionisio de Halicarnaso- se propago no sólo en el ámbito griego, sino que, a partir de los siglos IV-III a.C., también se afirmó en el mundo itálico frente a otras tradiciones diversas que le suponían un origen arcadio o aqueo, relacionadas con el mito de Evandro, la primera, y con el de Odiseo o Ulises, la segunda. Esta leyenda, recogida por los analistas romanos Nevio y Fabio Pictor, presenta a Eneas como antepasado directo de Rómulo y Remo y que, tras casarse con la hija del rey Latino, se convirtió a su vez en rey. Más tarde, el historiador Livio sigue la misma tradición. Para los griegos el concepto de origen de los pueblos se identificaba generalmente con acontecimientos precisos y personalizados. Imaginaban emigraciones marítimas a Italia de pueblos procedentes de Oriente, como los arcadios, pelasgos, lidios, troyanos, cretenses y de héroes civilizadores como Enotro, Hércules, Minos, Eneas y Ulises, entre otros. Así, la historiografía griega helenística concedió un origen divino y griego a la fundación de Roma, versión que ésta, a su vez, posteriormente asumió. Tales migraciones se situaban generalmente en torno a la época de la guerra de Troya. El esquema se repite en varios mitos griegos: el héroe extranjero que primero lucha con los indígenas y después -generalmente a través del matrimonio- hereda el dominio o funda una nueva ciudad. En este segundo caso, el origen de Roma era presentado como un acto de fundación voluntaria y precisa, consecuencia de la imagen que los griegos tenían de la fundación de colonias. Ciertamente, es inadmisible la tradición de un origen troyano de Roma cuando se compara la fecha tradicional de la destrucción de Troya (1200 a.C.) con la realidad arqueológica del poblamiento del Lacio y el Septimontium, semejante a otros muchos poblados del Bronce Final de Italia y muy lejos de ser considerado ni siquiera un poblamiento importante, cuanto menos una ciudad. A pesar de que los autores antiguos presentan a veces relatos distintos y de muy desigual valor de la historia de la Roma arcaica, hay algunas constantes que permiten suponer la validez de determinados elementos o vicisitudes de la Roma de esta época. Una de ellas es la de que la primera forma de organización política romana era de tipo monárquico. Este testimonio es confirmado por la arqueología y por la tradición. Así, por ejemplo, la aparición de un vaso de bucchero procedente de las excavaciones en la Regia (casa donde habitaba el rey) del Foro romano y fechado a mediados del siglo VII a.C., en el que aparece la palabra Rex. También la palabra regei aparece inscrita en el cipo del Foro conocido como Lapis Niger, que contiene una ley sagrada. La antigüedad de esta institución podría también deducirse de otras instituciones del Lacio, como la del rex nemorensis (rey del bosque) que, desde el siglo VI a.C. hasta plena época imperial, era el sacerdote encargado de los bosques consagrados a Diana junto al lago de Nemi. Así también la continuidad en la Roma republicana de la figura del rex sacrorum, el sacerdote-rey, que no es sino la pervivencia de la antigua institución de la realeza, reducida únicamente a las funciones religiosas. Es una peculiaridad romana la de no abolir definitivamente nada y mantener cualquier institución inútil o superada, bien sacralizándola o bien limitando sus funciones. La lista canónica de los siete reyes de Roma -u ocho, de incluir a Tito Tacio, que durante algún tiempo habría constituido con Rómulo una especie de diarquía- es la siguiente: Rómulo, Numa Pompilio, Tulio Hostilio, Anco Marcio, Lucio Tarquinio Prisco, Servio Tulio y Tarquinio el Soberbio. La existencia de los tres últimos es aceptada por todos los historiadores modernos, en gran parte porque la documentación arqueológica es más abundante y aporta bastantes confirmaciones a los textos de los autores antiguos y también porque las características de estos tres monarcas cuya soberanía es similar a la de los tiranos griegos han resistido cualquier análisis crítico de las fuentes antiguas. Pero incluso sobre los primeros reyes no hay suficientes argumentos que nos lleven a creer en la falsedad de los mismos. Muchos historiadores mantienen que la lista de los reyes ya había sido establecida cuando los primeros historiadores romanos del siglo III a.C. escribieron sobre los orígenes de Roma, lo que confirmaría que éstos existieron realmente. Como la fecha de la fundación de Roma propuesta por Verrón y aceptada por la analística romana se sitúa en el 754 a.C., cada reinado tendría una media de treinta y cinco años, que habría que alargar o reducir en caso de admitirse la fecha del 814 a.C. propuesta por el historiador griego Timeo en el siglo III a.C., o del 729 según Cincio Alimento, también del siglo III a.C. Sin embargo, la fecha del 754 a.C. es la más aceptada, con un valor orientativo, esto es, se acepta que la primitiva Roma pudo ya existir en la últimas décadas del siglo VIII a.C., cualquiera que fuese entonces su nombre y su organización en ciudad o más bien, inicialmente, bajo la forma de federación de aldeas.
contexto
La leyenda cuenta que la ciudad de Roma fue fundada por Rómulo el 21 de abril de 754 a.C. Rómulo, y su hermano gemelo Remo, era hijo de la vestal Rea Silvia y el dios Marte. Rea Silvia, hija de Numitor, el rey de Alba Longa -fundada por Ascanio, hijo del troyano Eneas-, se hizo vestal cuando su tío Amulio destronó a su padre. El voto de castidad obligatorio para las vestales fue quebrantado por Rea Silvia, ya que tuvo con Marte dos mellizos. Amulio la condenó a muerte y a los mellizos a ser arrojados al Tíber. Pero los esclavos encargados de cumplir el castigo se apiadaron de los pequeños y dejaron la canasta en la orilla del río. Cuando una loba se acercó al río a beber, oyó los llantos de los niños y los amamantó hasta que el pastor Fausto se hizo cargo de ellos. Cuando se enteraron de la verdadera historia de su nacimiento, mataron a Amulio y restauraron en el trono a su abuelo Numitor. Abandonaron Alba Longa y decidieron fundar una ciudad en el sitio donde fueron encontrados. Rómulo trazó el contorno de la ciudad con un arado y juró que mataría a quien franqueara las imaginarias murallas de Roma. Su hermano Remo pensó que la amenaza de Rómulo no sería efectiva y cruzó la línea. Rómulo mató a su hermano y se convirtió en rey de la nueva ciudad. Durante su reinado, Roma se unió a los sabinos. La leyenda nos narra el famoso rapto de las sabinas, mujeres que habitaban en las cercanías de la ciudad que fueron raptadas por los romanos, iniciándose un período de luchas entre ambos pueblos hasta que se estableció la paz, creándose un estado único con el poder compartido entre el rey sabino Tito Tacio y Rómulo. A la muerte del sabino, Rómulo quedó como único rey. La monarquía será, por lo tanto, el primer sistema de gobierno que se establecerá en la nueva ciudad. Arqueológicamente, se han encontrado importantes restos en las siete colinas que conformarán Roma -Capitolino, Quirinal, Viminal, Esquilino, Celio, Aventino y Palatino-, especialmente en el Palatino, fechados en el siglo VIII a.C. Posiblemente se tratara de aldeas independientes que se coaligaron por razones defensivas, eligiendo a uno de sus jefes como rey. La lista canónica de los siete reyes de Roma -u ocho, de incluir a Tito Tacio, que durante algún tiempo habría constituido con Rómulo una especie de diarquía- es la siguiente: Rómulo, Numa Pompilio, Tulio Hostilio, Anco Marcio, Lucio Tarquinio Prisco, Servio Tulio y Tarquinio el Soberbio. Los tres primeros, sin contar a Rómulo, serán de origen sabino, lo que viene a confirmar la fusión de romanos y sabinos -posiblemente instalados en el Quirinal-. En estos primeros momentos se empiezan a gestar las primeras instituciones urbanas: los Comicios Curiados y el Senado. La mayoría de los historiadores actuales comparten la idea de una Roma en progreso que alcanzó, en la últimas décadas del siglo VII a.C. y sobre todo en el siglo VI a.C., un auge comparable al de las grandes ciudades etruscas. La ciudad-estado romana estaba ya plenamente formada en esta época, con una imagen externa monumental, con templos importantes, un foro pavimentado y unos ordenamientos constitucionales que fueron actualizados durante el siglo VI a.C. El advenimiento de Tarquinio Prisco es visto por algunos historiadores como una consecuencia de la dominación etrusca sobre Roma. Los cambios que se producen en la imagen de la ciudad -pavimentación del Foro y construcción de la Cloaca Máxima- son indicativos de la mencionada dominación etrusca. Roma, durante esta segunda fase monárquica, siguió siendo una ciudad latina, independiente políticamente, aunque muy vinculada al mundo etrusco. Además, en estas fechas se produjo un sorprendente progreso social y económico de la urbe, que se convirtió en la ciudad hegemónica del Lacio. También fue decisiva en este período la influencia griega. La nueva organización del territorio al dividir a los romanos en tribus y en clases según su riqueza, la elaboración del censo, la creación de un sistema monetario, la introducción de los Comicios Centuriados y la creación de un ejército hoplítico serán las reformas más importantes impulsadas por Servio Tulio. El reinado de Tarquinio el Soberbio supondrá el final de la monarquía y el inicio de la República. El cambio de régimen vendrá motivado, posiblemente, por el cansancio de los aristócratas de la política expansiva del monarca. La invasión de Roma por Porsenna y el republicanismo imperante en las vecinas ciudades etruscas sirvieron como acicate para provocar el derrocamiento. Pero la leyenda nos narra de una manera diferente el final de la monarquía romana. Lucrecia era una importante matrona romana, hija de Septimio Lucrecio Triciplino y esposa de Colatino. Sexto, hijo del monarca romano Tarquinio el Soberbio, se prendó de la belleza de la mujer y al no conseguir sus propósitos, consiguió entrar una noche en la habitación de Lucrecia para forzarla. La amenazó, si no accedía a sus deseos, con matarla y situar a su lado el cadáver de un esclavo para aumentar su deshonra. Consumada la violación, Lucrecia convocó a su familia al día siguiente para darle a conocer la terrible noticia, momento que aprovechó para suicidarse y lavar así la afrenta. Bruto, presente en el momento del suicidio, arrancó el puñal que Lucrecia había clavado en su corazón y juró venganza. La venganza de los Lucrecios será, por lo tanto, el mítico origen de la caída de la Monarquía en Roma y la instauración de la República en el año 509 a.C.
contexto
La formación, a lo largo del siglo IV a.C., de una nueva elite dirigente en Roma constituyó un hecho político por el que se posibilitaba que los plebeyos ricos, antes marginados, pudieran ahora entrar también en la clase dirigente y acceder al consulado (367 a.C.). En realidad, el surgimiento de la llamada nobilitas patricio-plebeya fue el factor que inició una etapa de la historia de Roma durante la cual se destacan dos hechos característicos: el profundo avance y desarrollo económicos y la nueva articulación de la sociedad romana. El saqueo de Roma por los galos en el 390, por traumático que fuera en su momento, tuvo poco efecto sobre el desarrollo interno de Roma o sobre el proceso de conquista, pese a que muchos historiadores han magnificado su importancia. La tierra adquirida a raíz de la conquista de Veyes fue repartida entre los plebeyos de Roma, lo cual tuvo como resultado la creación de una nueva y enorme reserva de soldados campesinos. Hacia mediados del siglo IV a.C., Roma dominaba el sur de Etruria, había superado sus desgarradoras luchas sociales y se encontraba inmersa en un proceso de desarrollo cargado de vitalidad y rapidez.
Personaje
Pintor
Hijo de los comerciantes de algodón Jozef Leper y Elisabeth Romako, el 11 de junio de 1862 contrajo matrimonio con Sophie Köbel, la atractiva hija del arquitecto Karl Köbel. El compositor Franz Liszt estuvo presente en la ceremonia. Romako vivió en Roma durante casi veinte años y su trabajo alcanzó una importante popularidad. En 1875 su esposa le abandonó por otro hombre y él regresó a Viena al año siguiente. Desgraciadamente, el éxito obtenido en Italia no le siguió a Viena y las cosas se torcieron cuando en 1887 sus dos jóvenes hijas se suicidaron súbitamente. Romako no pudo soportar la soledad y falleció dos años después. Su obra no sería justamente valorada hasta cincuenta años más tarde.
estilo
<p>Durante el período del Arte de las Invasiones y del Prerrománico, múltiples influencias y poderes particulares se habían entrecruzado, violentamente en ocasiones. Cada nuevo pueblo que luchaba por su identidad enarbolaba con frecuencia la bandera de la religión, interpretada a su conveniencia, para dar consistencia a su unidad. Esto provocó la sucesión de herejías que durante la Edad Media amenazaron con descomponer el poder cristiano en Occidente, puesto que su salud en Oriente, tras el cisma ortodoxo bajo Bizancio, era excelente.El Románico llegó como consecuencia de un fortalecimiento de la fe, así como de una homologación de las creencias y de la enseñanza. Durante el Imperio Carolingio se había implantado la escolarización de gran parte de los menores, labor que requirió el apoyo de la Iglesia y sus escuelas catedralicias. La expansión de los monasterios, potenciada por la renovación de las reglas monacales, en especial, el Císter, fue el detonante de la unificación. Los monjes que emigraban e iban fundando filiales de su casa madre, extendían el conocimiento y el arte. El poderío religioso se vio favorecido por el poderío monárquico, puesto que las naciones comienzan a delimitarse como tales, lo cual permite un control por parte de éstas de las vías de comunicación, las fronteras, las aduanas... El comercio y el intercambio intelectual fueron los principales beneficiarios.El Románico, pues, llega en un momento propicio de reorganización europea.Como se ha dicho, fueron la orden cisterciense y su fundador, San Bernardo de Clairvaux, los impulsores del cambio, originado desde el corazón de Francia. Las vías de peregrinaje, que funcionaban como una telaraña que enlazaba puntos distantes de toda Europa y parte del Próximo Oriente, permitieron la velocidad de las comunicaciones y el intercambio con otras culturas, en un estadio más avanzado: el Islam y Bizancio principalmente. A través de los principales puntos de peregrinación se extendieron las novedades artísticas, en especial para la arquitectura y la miniatura.En la pintura románica, los temas provenían en su mayoría del Apocalipsis de San Juan y de la Leyenda Dorada, al igual que ocurría con la escultura. Lo que las diferencia es que la escultura era una producción de cara al público, a la gran masa analfabeta que desconocía las Sagradas Escrituras, pero que podía "leerlas" como si de un comic se tratara, en las esculturas que adornaban los templos. En cambio, la pintura se dedicaba a un ámbito más restringido, puesto que resultaba extremadamente cara. Esto hizo que su producción se sofisiticara al máximo. La elección del Apocalipsis como uno de los temas estrella motivó la aparición de una fantástica iconografía de monstruos y animales imaginarios, que se ha dado en llamar Bestiarios. Del mismo Apocalipsis provienen determinadas formas de representar a los personajes divinos, que se han mantenido invariables hasta nuestros días. Estos tipos son: el Pantócrator, que es Cristo Señor del Universo, bendiciendo con dos dedos extendidos en una mano, y en la otra sosteniendo el Libro Sagrado. Aparece sentado o rodeado por la mandorla o almendra mística (como se ve en el Cristo de la Biblia Bury). Otro tipo muy frecuente es el Tetramorfos, las cuatro formas animales que simbolizan a los cuatro evangelistas: toro, águila, buey y ángel. El Tetramorfos suele acompañar al Pantócrator. Respecto a las escenas, la predilecta es la del Juicio Final, presidida por Cristo Juez, con los 24 Ancianos del Apocalipsis y las almas de los benditos y los condenados al infierno, una nueva excusa para llenarlo todo de monstruos y demonios. La Virgen María, por último, aparece siempre como el trono del Niño, que sostiene la bola del mundo, así como su madre sostiene la manzana del pecado original.La Leyenda Dorada es un libro anónimo que recoge historias apócrifas de santos prácticamente ignotos. Es una magnífica fuente de iconografía, muy rica en sus historias.La forma de representar estos temas es una estética de lo feo, del pecado, con bestias y rostros muy expresivos acerca de las verdades de fe de la Iglesia. Los personajes aparecen absolutamente rígidos y frontales, hieráticos como las pinturas egipcias, los rostros con enormes ojos expresivos o ceños fruncidos. Sólo las figuras divinas tienen rostros serenos, inmutables ante el dolor o el castigo. Además, los tamaños se jerarquizan y adaptan a los espacios de representación: los santos son mayores que los seres humanos, y Cristo o la Virgen, mayores que todos los demás. Dentro de una propia figura, sus miembros también se deforman: las manos suelen ser enormes, ya que es con los gestos de los personajes con lo que se cuenta la historia. También se acentúa mucho la mirada o la postura.No se sombrean las figuras, por lo que aparecen confeccionadas a base de colores planos, encerrados en líneas sinuosas y abundantes. Las figuras y las escenas, por la ausencia de volumen y por tanto, de espacio, se yuxtaponen en dos planos.Respecto a los materiales, los más usados durante el Románico serán la miniatura, que nos ofrece finísimos ejemplos de la pintura de la época en forma de Beatos, Libros de Horas, Salterios o Evangeliarios. También la vidriera, que intercambia múltiples influencias con las miniaturas, fue un material especialmente querido, trabajado con una delicadeza inapreciable para los fieles que las contemplaban desde el suelo, lo cual nos habla del valor que se les concedía por sí mismas. Este sería el caso de las Vidrieras de la catedral de Le Mans.Aparte también se trabajó el fresco, aunque esto especialmente se llevó a cabo en el Románico Español, muy influido por el arte hispano-musulmán; y también la pintura al temple sobre tabla, también muy llamativa por su calidad en España y también en el Románico Francés e Inglés. En cambio, Italia apenas dispone de ejemplos de pintura románica, puesto que allí se cultiva la pureza de líneas y la sobriedad cisterciense al máximo, apoyada con frecuencia sobre el sustrato clásico de los restos romanos.</p>
escuela
El Románico Español no tiene parangón en lo que a pintura se refiere con el resto de los románicos europeos, como el francés o el inglés. Aparte de las miniaturas, que constituyen un lugar común para todo el Románico en Europa, España desarrolló una importantísima producción en otros soportes que prácticamente se habían desechado en otros países, como son la pintura al temple sobre tabla y sobre todo, el fresco. Esta técnica, sin embargo, cayó en el olvido dentro del territorio español durante los siglos posteriores, y sólo fue reintroducida de nuevo, de forma muy limitada, gracias a las influencias del arte italiano a finales del Renacimiento y durante el Barroco. La España del año 1.000, que es la que se corresponde con el inicio del Románico, cuenta con unas características que la diferencian del resto de Europa. La mayor diferencia viene de la presencia del Islam en la península desde hacía ya tres siglos, presencia que se mantuvo hasta el siglo XV. El Islam, como cultura, desborda la civilización occidental, y es España la última frontera entre su poderío y la Europa que trata de rehacerse. Sin embargo, durante la fase del Románico, el Islam se encuentra en regresión: la frontera tácita establecida hasta ese momento en el río Duero retrocedió hacia el sur, quedando en el río Tajo. Pese a este avance cristiano, la convivencia entre las dos culturas fue el factor dominante y uno de los elementos que enriqueció nuestro Románico: artistas musulmanes que quedan englobados en territorio cristiano y que mantienen sus técnicas, su iconografía, etc. Son los llamados mudéjares. España se dividía en varias regiones culturales, entre las cuales la pintura gozaba de gran diversidad. Las más destacadas eran el centro y sur peninsular, bajo el signo islámico, Cataluña y el Levante mediterráneos, y el interior y norte peninsular, volcado hacia el comercio que propiciaba la gran ruta del Camino de Santiago, hacia Santiago de Compostela, la gran vía de penetración de peregrinos de toda Europa. Las influencias del Románico Francés las encontramos jalonadas a lo largo de todas las etapas de este Camino, que culmina en el gran compendio del Románico que es la catedral de Santiago de Compostela. La introducción de europeos, copistas, escritores, escultores, monjes, etc. se veía favorecida además, por el desierto demográfico que predominaba en la España del momento. Tal era así, que los monarcas ibéricos fomentaron campañas de repoblación. Esta mezcla cuyos principales ingredientes se han nombrado fue lo que dio pie a un Románico excepcionalmente rico, puesto que España se convirtió en un auténtico crisol cultural. Los temas a representar y las iconografías utilizadas siguieron siendo las mismas que en el Románico europeo; las características siguieron también los estereotipos propios: la supremacía del dibujo frente al color, que se supeditaba a la línea, el dominio del plano frente al volumen tridimensional, el uso de fondos neutros en vez de fondos naturalistas con profundidad, las composiciones yuxtapuestas que superponen las figuras, frente al ordenamiento en perspectiva, el empleo de colores puros y no de gamas tonales, y los tamaños jerarquizados para las figuras más importantes. Las zonas más importantes de pintura románica son Cataluña y Castilla-León. En Cataluña el esplendor fue magnífico, con obras de impronta bizantina, posible gracias a la vocación mediterránea de este reino. En Cataluña se conservan abundantes iglesias románicas decoradas al fresco, como San Clemente de Tahull, cuyos paneles han sido trasladados al Museo de Arte Catalán para preservarlos mejor. En Castilla-León lo que se pone de manifiesto es la impronta mozárabe y mudéjar, puesto que se introducen temas profanos sobre trabajos cotidianos, caza, aderezados con motivos decorativos sirios y persas. Los conjuntos más llamativos los tenemos en San Baudelio de Berlanga y San Isidoro de León.
Personaje
Este pintor fue alumno de Boucher, que constituyó el máximo exponente de la pintura rococó. Mignard, una generación más joven, se vio en la necesidad de modernizar su estilo de Barroco pleno, por lo cual se marchó a Roma, en el viaje de estudios que todo artista aspiraba a conseguir. Allí obtuvo mucho éxito gracias a sus cuadritos de Vírgenes o Madonnas, que por lo características se llamaron "mignardas". Tras este período de aprendizaje y madurez, regresó a la corte francesa, donde se le encargaron frecuentemente retratos, en especial a partir de 1658. Destaca de este período el retrato del cardenal Mazarino. Su fama amenazó a la del primer pintor de cámara de Luis XIV, que entonces era Lebrun. El conflicto se resolvió tras la preponderancia de Mignard, que terminó por sustituir en su puesto a aquel.
Personaje
Militar
Político
Hijo de un campesino armenio, Romano Lecapeno se inició en la carrera militar donde alcanzó el grado de drungario de la flota imperial. Una de sus primeras acciones sería en la lucha contra Simeón de Bulgaria del año 917, en la que la victoria sonrió al búlgaro. La situación en la que quedaba el Imperio era desesperada y la regencia del patriarca Nicolás no había cubierto las expectativas. Se pensó que un régimen militar era lo idóneo para que el Imperio recuperara su vitalidad. El elegido sería Romano Lecapeno, iniciando así su periodo de regencia del joven emperador Constantino VII. Romano apartó hábilmente a la emperatriz y sus colaboradores y se hizo cargo de las riendas de la situación. Para afianzarse más consiguió que el joven Constantino se casara con su hija Elena, emparentando de esa manera con la familia imperial. El 24 de septiembre del año 920 era elevado a César y el 17 de diciembre coronado coemperador. Simeón de Bulgaria no recibió de buena gana la noticia ya que él aspiraba a ese título por lo que se dispuso a atacar Constantinopla. Para ello firmó una alianza con el califa pero la diplomacia bizantina obtuvo un importante triunfo al ofrecer al soberano de Bagdad un pacto más ventajoso. Simeón no rehusó de su propósito y atacó la capital bizantina en 924, sin resultados positivos. Un encuentro entre Simeón y Romano zanjó el conflicto. El búlgaro pudo utilizar la dignidad imperial mientras que el título alcanzara a los límites de su territorio y el bizantino cerró un grave frente de lucha. Pedro de Bulgaria firmó, tras la muerte de Simeón (927), una alianza con Bizancio y se casó con una nieta de Romano. La paz en los Balcanes parecía más firme, reafirmándose la influencia bizantina en los países de la zona. Cuando Romano se encontró con el suficiente respaldo tanto interior como exterior decidió dar un paso más en su carrera hacia el triunfo. Se convirtió en emperador principal y Constantino VII en coemperador, al tiempo que sus hijos Cristóforo, Esteban y Constantino también recibían el nombramiento de coemperadores. Incluso Cristóforo ocupaba el rango de segundo emperador y presunto sucesor de su padre. Romano se rodeó de eficaces colaboradores mientras que la Iglesia permaneció fiel al nuevo emperador, en parte porqué su propio hijo menor, Nicolás, fue nombrado patriarca en 933. Una vez solucionado el peligro búlgaro, Romano inició una serie de ofensivas en Oriente en Armenia y el norte de Mesopotamia. Melitene sería ocupada de manera definitiva en 934. Los Hamdaníes reaccionaron invadiendo Armenia y devastando la región de Colonea. La retirada hamdaní (940) será aprovechada por Bizancio para solucionar sus conflictos con los rusos, obteniendo una importante victoria naval gracias al fuego griego. La reacción rusa del año 943 motivó la firma de un tratado al año siguiente que establecía la paz en la zona. Cerrado este frente, Bizancio se pudo dedicar a la cuestión oriental, reanudando las operaciones en Mesopotamia donde consiguió importantes victorias que elevaron el prestigio bizantino en la zona. De esta manera importantes tribus árabes se pasaron al Imperio para ser asentadas en sus provincias tras su conversión al cristianismo. En la obra legislativa de Romano I destaca su especial interés por la protección de la pequeña propiedad, base del Estado bizantino ya que "la pequeña propiedad aporta grandes beneficios mediante el pago de impuestos y prestación del servicio militar; estas ventajas desaparecen cuando disminuya el número de pequeños propietarios" en palabras del propio emperador. Estas medidas pondrán en pie de guerra a los poderosos contra el Estado. La ambición mostrada por los hijos de Romano acabaron con el gobierno y la vida de éste. Temiendo que el poder recayera a la muerte de su padre en el legítimo emperador -Constantino VII- Esteban y Constantino dieron un golpe de Estado y el 16 de diciembre de 941capturaban a su padre, siendo deportado a la isla de Proti. En este lugar Romano Lecapeno falleció el 15 de junio de 948, pasando sus últimos años como monje. El beneficiado de la situación será el propio Constantino VII ya que capturará a los rebeldes y los enviará al exilio.