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La dependencia esclavista pasó a ser hegemónica como consecuencia del dominio romano. Ya en año 214 a.C., todos los turdetanos aliados de los cartagineses, al ser hechos prisioneros, fueron vendidos como esclavos bajo la modalidad de venta sub corona, es decir coronados con guirnaldas de flores (Livio, XXIV, 4, 1). En el 208 a.C., Escipión vendió a todos los prisioneros africanos obtenidos en la batalla de Boecula, cerca de Bailén (Livio, XXVII, 19). En el 195, Catón vendió a todos los bergistanos (Livio, XXXIV, 21). En el 184, Terencio Varrón vendió como esclavos a los prisioneros tomados en Corbión (Livio, XXXIX, 42). Y noticias semejantes se van repitiendo referidas a los años posteriores. Entre ellas, hay algunas sobresalientes como la referida al año 141, cuando Q. Fabio Serviliano, después de tomar tres ciudades (Iscadia, Obulcola y Gemella) que simpatizaban con la causa lusitana, se apoderó de 10.000 prisioneros: mandó cortar la cabeza a 500 y vendió al resto como esclavos (App., Iber., 68). Y el año 98 a.C., el cónsul Tito Didio, una vez tomada Colenda (en el valle del Duero), vendió como esclavos a todos sus habitantes incluidas las mujeres y los niños (App., Iber., 99-100). Muchos de estos esclavos hispanos fueron trasladados fuera de la Península. Tenemos constancia de casos como éstos: que Escipión el Africano volvió a Roma con muchos prisioneros (App., Iber., 38), que 50 prisioneros de Numancia fueron llevados a Roma para celebrar el triunfo de Escipión (App., Iber., 98), que Galba vendió en las Galias a prisioneros lusitanos (Liv., Per., 49), etc. En el año 141 a.C., un contingente de prisioneros sedetanos que eran llevados a Italia prefirieron la muerte a la esclavitud y naufragaron después de perforar las naves que los transportaban (App., Iber., 77). Pero no todos los prisioneros/esclavos eran llevados fuera de la Península. Para el esclavista y por razones obvias, lo importante era alejarlos de sus comunidades de origen. Así hicieron los cartagineses con los saguntinos, que fueron dispersados por toda la Península (Liv., XXVIII, 39). Sertorio trasladó a Lusitania en calidad de esclavos a las tropas huidas de la batalla de Lauro en el año 76 (Orosio, V, 23, 6). Son frecuentes las noticias sobre prisioneros que prefirieron el suicidio a llevar una vida de esclavitud. Se refieren varios suicidios de colectivos por tales razones: el de los habitantes de Astapa, el de los celtíberos de Contrebia, el de mujeres bracaras durante la campaña de Bruto el Galaico y otros. A pesar de ello, la esclavitud se fue consolidando en Hispania. Esa visión global del reparto de la población atendiendo a los estatutos jurídicos debe ser integrada en el análisis de los diversos sectores económicos. Así, el artesanado, el comercio y la minería constituyen los sectores más productivos: los beneficios que proporcionaban no se derivaban sólo de su propio carácter sino del hecho de representar las actividades económicas que empleaban mayor contingente de mano de obra esclava, natural de la Península o importada. Plinio refiere cómo había aquitanos trabajando día y noche en las minas de plata de Baebelo (Nat. hist., 33, 96). Y la cifra de 40.000 trabajadores de las minas de plata de Cartagena, tal como cuenta Polibio, obliga a pensar en que la totalidad o la mayoría de ellos eran esclavos, a tenor de los usos de la época en las explotaciones mineras. Carecemos de información completa sobre el estatuto de los trabajadores del campo. Mientras los pequeños propietarios llevaban a cabo por sí o con la ayuda de otros miembros de su familia la atención de sus explotaciones, como siempre ha sucedido en el mundo rural, se imponía que los grandes propietarios utilizaran el trabajo de asalariados libres o el de mano de obra esclava. Para época altoimperial y en el valle del Guadalquivir, en bajo valle del Ebro y en diversas zonas del Levante peninsular los grandes propietarios se servían tanto de asalariados como de esclavos. La flexibilidad de usos de la mano de obra esclava, que podía ser destinada a cualquier actividad rural o doméstica, permite pensar que muchos grandes propietarios, aquellos que antes se romanizaron, dispusieran habitualmente al menos de un reducido grupo de esclavos, como venía sucediendo en la economía agraria de Italia desde el siglo III a.C. Al igual que en toda sociedad tradicional, la diferenciación de sexos marcaba generalmente la relación con el trabajo y con el desempeño de funciones políticas, administrativas o militares. La guerra era un asunto reservado a los hombres por más que, excepcionalmente, se relaten acciones de mujeres que tomaron las armas: tal sucedió, por ejemplo, en la defensa de Salamanca frente a las tropas de Aníbal; al no poder resistir el empuje de las tropas púnicas, los hombres salieron de la ciudad para entregarse junto con sus mujeres, pero éstas llevaban ocultas bajo sus sayos las armas para ser entregadas a sus hombres ante un descuido de la defensa púnica (Plutarco, Virt. Mul., 248e). Los magistrados de la comunidad, los senadores, los componentes y mandos del ejército eran hombres. Además de que la gestión de todos los asuntos domésticos encomendada a las mujeres era una parte del proceso productivo y además de que las mujeres colaboraban en otras muchas actividades directamente productivas (cuidado de huertos, atención a la ganadería doméstica, etc.), hay noticias claras sobre el trabajo añadido que muchas mujeres desempeñaban en la atención al telar. Gran parte de las tareas de hilado y tejido se desempeñaban en el ámbito doméstico. Un fragmento del Paradoxógrafo Vaticano cuenta cómo, entre los iberos, se celebraban concursos en determinadas fiestas y se premiaba a las mujeres que hubieran tejido más vestidos y los más hermosos. Y esta tradición continuó: una inscripción de época imperial hallada en Torrecampo (cerca de Martos, Jaén) recoge las alabanzas a una señora que había manifestado, entre otras virtudes, sus excelentes cualidades para el tejido de la lana, lanificii praeclara (CIL Il, 1699). Mientras vamos teniendo algunas informaciones precisas sobre las condiciones de los niños y su relación con las fuerzas productivas para época altoimperial, no hay un solo estudio sobre los niños en la Hispania republicana por más que haya referencias aisladas a su uso como rehenes, como componentes de parte del botín de guerra y, por lo mismo, como mercancía.
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Roma fue ocupada por las tropas napoleónicas en 1798. El papa marchó al exilio y en la ciudad se instauró la República. El pontífice regresó dos años después y aceptó todos los compromisos que le plantearon los republicanos. Pero la República Romana apenas duró diez años ya que, de nuevo, las tropas francesas entraron en Roma para desmantelar la antigua administración. Pero en 1809 el poder temporal del papa era abolido y el santo padre regresaba al exilio. Pío VII recuperaba el Estado de la Iglesia en mayo de 1814, restableciendo sus antiguas fronteras gracias al Congreso de Viena. Los aires revolucionarios que recorren Europa entre 1830 y 1848 también llegarán a Italia, especialmente a Roma. Mazzini será el promotor de las ideas nacionalistas, favorecidas por las ideas liberales que el papa Pío IX estaba implantando en los Estados Pontificios. En febrero de 1849 se proclama la República Romana. El santo padre no duda en solicitar la ayuda francesa, cuyas tropas ocupan la ciudad y reinstauran a Pío IX en julio de 1849. La reacción absolutista alcanzó todas las regiones y reinos de la península italiana, pero los deseos de independencia y unidad no son apagados tan fácilmente. Los italianos empezaron a comprender que no podrían llegar a la unificación política de Italia sin librarse primero de la dominación austriaca, y que esta liberación sería imposible sin la ayuda de alguna potencia extranjera. El nuevo reino de Italia surgirá gracias a las intervenciones de Francia y Prusia, pero tras la paz de Viena -octubre de 1866- en la que se consigue Venecia, sigue quedando el territorio de los Estados Pontificios en manos del papa y bajo protección francesa. La cuestión de la capitalidad, en cualquier caso, no desaparecería del horizonte político y continuó preocupando a los italianos, ya que todos eran conscientes que no se llegaría a ningún cambio sustancial de la situación sin el acuerdo de las potencias y, muy especialmente, de la Francia de Napoleón III, que tenía que aplacar las críticas que le dirigían los católicos franceses por una política contraria a los intereses del Papa. Una intentona de Garibaldi ("Roma, o morte"), a finales de agosto de 1862, tuvo que ser abortada por las tropas italianas en Aspromonte. La Convención franco-italiana de septiembre de 1864 sólo sirvió para que los italianos trasladasen la capital a Florencia, después de haber ofrecido garantías de que los Estados Pontificios serían respetados, pero la cuestión seguía abierta. La indefinición en cuanto a la retirada de la guarnición francesa en Roma era una permanente demostración de la necesidad de contar con el beneplácito de las grandes potencias. Las dificultades financieras del nuevo Estado italiano y la crisis social en las provincias del sur obligaron a retrasar la búsqueda de una solución a la cuestión romana, en espera de que la situación internacional volviera a brindar una ocasión favorable. Una vez más, Garibaldi, con el apoyo encubierto del rey Víctor Manuel, intentó resolver el problema por la vía de la acción directa y amenazó a Roma a finales de octubre de 1867, pero fue derrotado en Mentana el 3 de noviembre por las tropas francesas. Los franceses se instalaron en Civitá Vecchia y las relaciones con el Estado italiano entraron en una fase de gran tirantez. Ya en plena crisis franco-prusiana, al rechazar una oferta de una alianza militar con Italia a cambio de la retirada de las tropas estacionadas junto a Roma, el ministro de Asuntos Exteriores francés, Gramont, llegó a decir: "Cuando Francia defiende su honor en el Rin, no lo va a perder en el Tíber". Los acontecimientos, sin embargo, se precipitaron. La guerra franco-prusiana estalló en julio de 1870, lo que obligó a la retirada de la guarnición francesa en Civitá Vecchia. Aunque Víctor Manuel II se inclinó inicialmente por ponerse al lado de Francia, esperando obtener Roma como fruto de una victoria francesa, sus ministros consiguieron aplazar esta decisión y la noticia de la derrota francesa dejó a los italianos las manos libres para apoderarse de Roma. El 20 de septiembre las tropas italianas hicieron su entrada por la Puerta Pía, en donde sólo encontraron una resistencia simbólica de las tropas papales, que tuvieron 19 bajas. Las de las tropas italianas fueron 49. Un plebiscito celebrado en octubre se decantó casi abrumadoramente favorable a la anexión. Víctor Manuel, que había intentado antes de la invasión conseguir del Papa una renuncia voluntaria a sus derechos como soberano temporal, no fue a Roma hasta diciembre de ese mismo año, y el Parlamento votó en mayo de 1871 una ley de garantías que pretendía regular las relaciones con el Papado. Pío IX la rechazó y abandonó el palacio del Quirinal para refugiarse en el Vaticano, donde se consideró prisionero. A primeros de agosto de 1871 Roma fue declarada capital del Reino de Italia. De acuerdo con las propias palabras de Víctor Manuel al Parlamento italiano, la obra a la que había dedicado su vida estaba cumplida. Massimo d'Azeglio, sin embargo, había advertido al propio rey: "Señor, hemos hecho Italia; ahora debemos hacer italianos". Los problemas del nuevo Estado, desde luego, no eran pocos. El principal era encontrar una solución a las difíciles relaciones con el Papado, fortalecido tras el Concilio Vaticano I. Este conflicto entre el Papado y el Estado de Italia se resolverá con los Acuerdos de Letrán firmados en 1929 entre Mussolini y el papa Pío XI. Por estos acuerdos se regulan las relaciones entre la Santa Sede y el Estado italiano y se crea la Ciudad del Vaticano, un "pañuelito de tierra" -en palabras del propio pontífice- necesario para garantizar la independencia y la libertad de la Sede Apostólica. El gobierno fascista de Mussolini abandonaba Roma el 8 de septiembre de 1943, el día del armisticio. La ciudad se vería en esos momentos atrapada entre su estatuto de ciudad abierta y la ocupación de las tropas nazis. La actividad clandestina fue en aumento hasta convertirse en uno de los centros directivos del Comité de Liberación Nacional. Roma era liberada por los aliados el 4 de junio de 1944. Desde ese momento, la capital de Italia es una de las ciudades internacionalmente más populares, albergando las sedes centrales de muchas empresas multinacionales y agencias, como la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) o el Consejo para la Alimentación Mundial y el Programa Mundial de Alimentación (PMA).
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Las dificultades de abastecimiento de Roma bajo la prefectura del pretorio de Cleandro trajeron el hambre a la ciudad; Cleandro figuró como el responsable y fue condenado a muerte (año 189). El hecho no pasaría de anécdota si no fuera porque sirvió de incentivo para crear la flota Africana Commodiana con el fin de impedir que se volviera a repetir una situación semejante. Parece que esta flota se formo por el sencillo procedimiento de obligar a agruparse a armadores particulares, que quedaban sometidos a obligaciones de atender al abastecimiento tal como lo indicaba el Estado. Esta decisión es un anticipo del progresivo intervencionismo estatal en las asociaciones profesionales. Tampoco debió ser buena la situación económica de algunas provincias occidentales. La revuelta de Materno (entre los años 185-188) lo evidencia para las Galias e Hispania Citerior. Materno comenzó formando bandas armadas en la Galia central, con las que asaltaba ricas villas rústicas. Se incrementó pronto el número de sus seguidores (campesinos pobres, esclavos, soldados fugitivos) hasta llegar a formar auténticos ejércitos en condiciones de asaltar ciudades. Materno perdió la batalla frente a las legiones romanas mandadas por Pescenio Niger, pero, poco más tarde, fue descubierto en Italia cuando con un grupo de seguidores pretendía dar muerte al emperador; su captura y condena terminaron con la revuelta. A pesar de ello, el incidente es significativo del descontento de las masas campesinas empobrecidas. La devaluación de la moneda de plata, denario, iniciada ya bajo Marco Aurelio, es otro indicador de las medidas fiscales para salvar las dificultades económicas; a fines del gobierno de Cómodo, en la composición del denario había sólo el 50 por 100 de plata. A pesar de todo, las ciudades de Oriente y de Africa mantenían mejores condiciones de vida. Por ello, no es casual que, además de los orientales, los senadores africanos comenzaran a ser significativos. Septimio Severo, el emperador que sucedió a Cómodo, procedía de una familia de Leptis Magna (en la Tripolitania, actual Libia).
Personaje Otros
Trabajó como abogado en Barcelona. Fue miembro de la Real Conferencia de Física experimental y de Agricultura de esta localidad. En el años 1768 se estableció en Valladolid y ocho años más tarde le enviaron a la Audiencia de México como magistrado. Cuando falleció Antonio Bucarelli ocupó el cargo de virrey hasta que fue reemplazado por Martín de Mayorga. Escribió "Disertación histórico-político-legal para los colegios y gremios de Barcelona y sus privativas" y "Las señales de la felicidad de España y medio de hacerlas eficaces".
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Los pueblos más próximos al Lacio y con los que Roma mantendrá en primer lugar relaciones, generalmente hostiles, fueron los sabinos, los hérnicos, los volscos y los ecuos. Los sabinos, contiguos al Lacio, tuvieron una estrecha relación con la Roma primitiva. La tradición presenta a tres reyes de Roma como de origen sabino: Tito Tacio, Numa Pompilio y Anco Marcio. Hasta Rieti, que era una aldea situada en el centro del territorio sabino, llegaba la vía Salaria que desde Campania pasaba por Roma. La actividad económica primordial en la Sabina era la ganadería. La discusión sobre la presencia de sabinos en la Roma primitiva ha oscilado entre los que mantienen la existencia de un dualismo latino-sabino, hasta los que han borrado toda presencia sabina destacable en Roma hasta la llegada de Attus Clausus, a comienzos de la República. Hoy día se admite que ya desde el siglo VIII a.C. hubo grupos de sabinos asentados en Roma atraídos por la importancia de esta ciudad como centro comercial y, sobre todo, como centro redistribuidor de la sal que llegaba hasta la Sabina. Debemos tener en cuenta la importancia de la sal en el mundo antiguo tanto para las personas como para el ganado, la conservación de alimentos, etc. Pero la existencia de sabinos en la Roma primitiva no permite hablar de un origen sabino de ésta. Los hérnicos, situados al sureste del Lacio, mantuvieron una estrecha relación con los latinos e incluso llegaron a formar parte de la Liga Latina para protegerse frente a los volscos y ecuos, también vecinos suyos. En el 362 a.C. fueron sometidos por Roma, como consecuencia de lo cual perdieron gran parte de sus territorios. Entre los hérnicos parece que no se había alcanzado un desarrollo urbano notable. Su núcleo urbano más importante, Anagni, era más que una ciudad, un centro religioso. Al suroeste del Lacio antiguo, entre los montes Albanos y el mar, se extendía una vasta llanura que entonces y ahora es una importante zona cerealística y hortícola, además de ofrecer buenas condiciones para la pesca y el cultivo de la vid. Es la llanura Pontina. Desde comienzos del siglo V a.C., los volscos consiguieron adueñarse de la mayor parte de esta región, que anteriormente había servido de zona de expansión para los latinos. En el tratado romano-cartaginés del 509 a.C. se dice que los cartagineses no debían molestar a las ciudades pontinas, aludiendo expresamente a Ardea, Anzio, Laurentum, Circei y Terracina. Sin duda es ilustrativo de los intereses que Roma tenía en esta región, rica y bien comunicada, ya que era la salida del Lacio hacia la Campania, por donde mas tarde se construiría la vía Apia. La apropiación de gran parte de la Pontina por los volscos, que la ocuparon durante más de cien años, fue una de las razones que explican la crisis económica de Roma durante el primer siglo de la República. Todo el siglo V a.C. de la historia de Roma está salpicado de enfrentamientos con los volscos. Aunque Roma logró varias victorias sobre ellos, como la de Algido en el 431 a.C., el peligro volsco sólo se conjuró definitivamente cuando Roma concluyó un tratado con los samnitas en el 354 a.C. que colocaba a los volscos entre dos fuegos. Por este tratado, ambas partes se comprometían a repartirse el territorio volsco a conquistar. En el 338 a.C. tuvo lugar la derrota decisiva de los volscos, cuyo territorio pasó a manos de romanos y samnitas. Los ecuos, cuyo territorio se extendía al este del Lacio, entre los sabinos y los hérnicos, no conocían la organización urbana. Su población se mantenía en aldeas dispersas y fortines en las alturas, a semejanza de los samnitas. Estos fortines, además de servir de refugio a la población, solían encerrar un templo o santuario. Ya en el siglo VII a.C., los ecuos suponían una amenaza constante para la ciudad latina de Preneste. Desde comienzos del siglo V éstos, unidos a los sabinos y a los volscos, constituían un grave peligro para Roma y la población del Lacio, pero la victoria del dictador romano A. Postumio Tuberto, en el 431 a.C., sobre ecuos y volscos logró conjurar definitivamente dicha amenaza.
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Los alemanes, al retirarse, retardaron cuanto les fue posible la apisonadora aliada, que había acumulado ingentes medios. Con el X Ejército de Vietinghoff en pleno repliegue y lejos aún de Roma, la posibilidad de asestar un golpe mortal a los germanos se hacía evidente. Alexander, acuciado por Churchill y Wilson, cursó órdenes estrictas de envolvimiento, apoyadas por rápidos ataques en tenaza para el 22 de mayo como fecha límite.Clark, obsesionado en que nadie le disputase la entrada en la Ciudad Eterna, confundió a un impaciente Truscott con órdenes de avanzar a la vez hacia Valmontone -para enlazar con ingleses y franceses- y sobre la demolida Cisterna di Latina, para, atento a sus órdenes, poder lanzarse sobre Roma.Los alemanes, que habían levantado una tercera línea de resistencia, la Caesar, en los montes Albanos, confiaban en salvar sus divisiones maltrechas y reagruparlas detrás para defender la capital italiana. Tan sólo la falta de imaginación y coordinación, imprescindibles entre los mandos aliados, salvó a los alemanes.Finalmente, tarde ya para el copo alemán, los olvidados de Anzio lanzaban un ataque concentrado a las 22,30 horas del 23 de mayo, apoyados por 500 cañones y 120 aviones, sobre el Ejército XIV de Mackensen. Pese a una resistencia desesperada de los alemanes -los americanos perdieron 100 carros en tan sólo tres horas-, en la mañana del 25 una cansada patrulla del 6.° Cuerpo de Truscott divisaba otros casos e idénticos uniformes que caminaban con precaución por las cunetas de la carretera nacional 7. Eran soldados del 2.° Cuerpo de Keyes.Aquel abrazo había costado 123 días de lucha y pérdidas que resultaban inconfesables.La línea Dora saltó en pedazos y sólo la habilidad de Kesselring le permitió escabullirse con el grueso de sus soldados, aunque abandonando casi todo el material pesado.El 31 de mayo, unos hombres que llevaban meses esperando saldar una vieja cuenta remontaron silenciosamente la ladera del monte Artemisio para salir después por Vetrelli y tomar por sorpresa Valmontone, sellando así el destino de los últimos defensores alemanes e italianos de la línea Caesar. Aquellos hombres eran los supervivientes del Rápido: la 36 División Texas.Tres días después, Kesselring recibía autorización para abandonar Roma. Las gestiones diplomáticas para que Roma fuese declarada "cittá aperta" y no se convirtiera en frente de batalla y, consecuentemente, en un montón de ruinas, dieron resultado, y el 4 de junio, las primeras tropas norteamericanas eran acogidas jubilosamente por la Ciudad Eterna. Mientras tanto, los alemanes se replegaban sobre sus defensas en el Arno. La guerra en Italia estaba aún sin decidir, aunque ya sería un objetivo secundario.La actual visita a Cassino promueve inmediatamente la pregunta: ¿aquí se dio aquella feroz batalla? Una apretada muralla verde sube serena hacia la cumbre. Arriba, la grandiosa construcción de San Benedetto de Norcia parece incólume. La basílica, las amplias salas, los patios porticados, el arte y la filigrana del Quattroccento aparecen imperturbables y magníficos.La reconstrucción se ha cuidado al más pequeño detalle. Fuera, la panorámica revela una campiña feraz, con la trepidante vida mecánica de la moderna ciudad de Cassino abajo, y cómodamente perdida en sus tribulaciones domésticas. Pero si giramos levemente la cabeza a un lado, un corte abierto en los repoblados montes cercanos nos vuelve a la tragedia de hace cuarenta años.Es un rectángulo inmenso, adaptado a la abrupta inclinación de la pendiente, salpicado de filas y filas de puntitos blancos. Son cruces. Hay miles y miles de ellas. Treinta mil cuerpos descansan allí.En la abadía, y coincidiendo con las vacaciones de verano, no es difícil ver a unos hombres ya mayores, generalmente solos, que pasean con evidente estupor su mirada plena de los horrores del pasado.Son ingleses o alemanes -los americanos suelen venir en bullangueros grupos que pronto pierden su imagen de polaroid y tour operator, sobrecogidos por el recuerdo y la realidad presentes-, ensimismadas figuras que terminan por escoger un lugar tranquilo al sol y allí se sientan, tratando de recordar y de comprender... Viejos soldados que se dispararon desde opuestas trincheras y que en la actualidad apenas si se hallan separados por la barrera idiomática, que salvan con una cortés inclinación de cabeza. Es la paz de los viejos soldados, y también la paz de los muertos.
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Roma, la capital del imperio al que dio nombre, la ciudad de los Papas, la Ciudad Eterna, es una de las urbes más atractivas del mundo, considerándose una auténtica ciudad-museo. El mítico origen de Roma está ligado a Rómulo y Remo y la loba capitolina. El germen de la ciudad lo encontramos en el Palatino. En época imperial esta zona fue ocupada por los palacios de los emperadores. Domiciano fue el promotor de la construcción de una gran mansión, que se mantuvo como sede regia hasta época medieval. El espacio entre los montes Palatino y Capitolio estaría ocupado por un valle donde se levantó el foro, centro religioso, político y comercial de la antigua Roma. Entre los edificios más interesantes se encuentra la Basílica de Majencio, colosal construcción del siglo IV en la que destacan las espectaculares bóvedas. Del templo de Saturno, construido en el siglo V antes de Cristo, sólo quedan ocho columnas. La Curia era la sede del Senado; es uno de los edificios mejor conservados. También se conserva en buen estado el arco de Septimio Severo, erigido en el año 203 para conmemorar la victoria del emperador sobre los partos, pueblo del actual Irán. La Columna Trajana es el monumento más interesante del foro de Trajano, erigida en el año 113 para conmemorar la conquista de la Dacia. En una cinta helicoidal de 200 metros de longitud se narran los hechos más interesantes de las dos campañas que se realizaron para dominar el territorio de la actual Rumanía. El Coliseo es el gran edificio de espectáculos. Levantado por la familia Flavia en los últimos años del siglo I, el anfiteatro tiene forma elíptica y unas impactantes dimensiones: 188 metros en su lado mayor y 155 en el menor, mientras que la fachada alcanza los 50 metros de altura, dividida en cuatro pisos. El papel de las termas será crucial en la vida romana. Las termas de Caracalla podían acoger a más de 1.600 bañistas. Se trata de un espectacular edificio, construido entre los años 212 y 216, que ocupaba 11 hectáreas. Uno de los edificios imperiales más impactantes es el Panteón. Construido por Agripa, Adriano será el responsable de la construcción actual. Se trata de un gran pórtico con ocho columnas adosado a una rotonda de más de 43 metros de diámetro, igual que la altura del edificio. A partir del siglo II, el cristianismo empieza a ganar adeptos entre los romanos. En la primera mitad de esta centuria empezaron a enterrar a sus muertos en las catacumbas, verdaderos cementerios excavados. La publicación del Edicto de Milán en el año 313 acabó con las persecuciones. Sobre las catacumbas se edificaron las primeras iglesias. San Juan de Letrán es la catedral de Roma. Fundada por Constantino en el siglo IV, tiene cinco naves que fueron remodeladas por Borromini entre 1646 y 1649. En el crucero hallamos el tabernáculo que cobija el altar, donde sólo puede oficiar misa el papa, como obispo de Roma. En la basílica de San Pietro in Vincoli se encuentra la tumba de Julio II, realizada por Miguel Angel. El espectacular Moisés preside el sarcófago. De la monumental figura del profeta destaca la fiereza de su mirada, en la que destella la terribilitá de las obras de Buonarroti. En 1536 el papa Paulo III encarga a Miguel Angel la remodelación de la plaza del Capitolio. En el centro de la plaza se erige la estatua ecuestre de Marco Aurelio, un original en bronce de época romana. Al fondo se alza el Palacio Senatorial, actual ayuntamiento de la ciudad. En los extremos de la plaza se levantan el Palacio de los Conservadores y el Palacio Nuevo. El Castell Sant'Angelo se asienta sobre la base del mausoleo de Adriano, construido en el año 123. En el siglo XIII el edificio pasará a poder de los papas y lo convertirán en fortaleza militar, habilitando una zona para construir lujosos apartamentos. Desde Sant'Angelo parte la Via de la Conciliazione que enlaza con la plaza de San Pedro. Encargada por el papa Alejandro VII, Bernini será el elegido para realizar una plaza ovalada de 340 x 240 metros. Constantino es el promotor de la primitiva basílica de San Pedro. En el siglo XV, Julio II eligió a Bramante para construir un nuevo templo. Se trata de la iglesia más grande de la cristiandad, con 187 metros de longitud. En una de las primeras capillas encontramos la Piedad de Miguel Angel. En el crucero se levanta el Baldaquino, obra de Bernini. Realizado en bronce dorado, madera y mármol, mide 29 metros de altura. La grandiosa cúpula fue diseñada por Miguel Angel. Con sus 42 metros de diámetro y casi metros de altura, se eleva por encima de las famosas colinas de la urbe. Los mosaicos se realizaron a finales del siglo XV, representando los círculos del Paraíso con el Padre Eterno. El edificio que acoge la Biblioteca Apostólica Vaticana fue construido por Domenico Fontana por encargo de Sixto V. Cesare Nebbia y Giovanni Guerra son los responsables de la decoración de las salas. Los Museos Vaticanos ocupan buena parte de los palacios que construyeron los papas a partir del siglo XIII. En su interior se conservan excelentes colecciones de escultura clásica y de pintura, con los mejores maestros del Renacimiento y del Barroco. En 1508 Rafael llega a Roma y se le encarga la decoración de los apartamentos de Julio II, las famosas Stanzias. La primera que realizó fue la de la Signatura, destinada a estudio y biblioteca del papa, destacando en ella la famosa Escuela de Atenas. Pero la obra maestra del Vaticano la encontramos en la Capilla Sixtina. Julio II también será el promotor de la decoración de la bóveda de esta capilla, eligiendo a Miguel Angel para su ejecución. Las escenas desarrollan el tema de la creación y la caída del hombre, rodeados de las sibilas y los profetas que anunciaron la venida de Cristo. Al final de su vida, Miguel Angel vuelve a trabajar en la Sixtina. El tema elegido es el [Juicio Final#CUADROS#94. En esta obra destaca la intensidad emocional y dramática del momento, junto a la excepcional potencia anatómica de las figuras y un acertado uso del color. El Barroco tendrá en la arquitectura romana uno de los mejores enfrentamientos artísticos de su tiempo: Bernini frente a Borromini. Bernini es el autor de la Capilla Cornaro, en la iglesia de Santa Maria della Vittoria. En el centro se representa la visión de santa Teresa de Jesús. La iglesia de San Carlo alle Quattro Fontane fue encargada a Borromini, diseñando un pequeño edificio que, según la tradición, cabría en un pilar de la basílica de San Pedro. El espacio interior presenta forma oval, con una cúpula elíptica que descansa sobre un gran tambor. La culminación de este enfrentamiento tendrá lugar en la Piazza Navonna, uno de los centros neurálgicos de la ciudad. El antiguo estadio de Domiciano está presidido por la iglesia de Santa Agnese in Agone, cuya fachada se debe a Borromini. Frente a ella encontramos la Fuente de los Cuatro Ríos. Realizada por Bernini, simboliza los cuatro continentes conocidos hasta la fecha. La figura del Río de la Plata parece protegerse con una de sus manos ante la posible caída de la fachada de Santa Agnese. Pero la fuente romana por excelencia es la Fontana di Trevi. Su ubicación, a espaldas del Palacio Poli y en una reducida plaza, la hace todavía más espectacular. Nicola Salvi es el autor del proyecto. Piazza di Spagna es el otro centro neurálgico de Roma. La famosa escalinata es obra de Francesco de Sanctis, proyecto financiado por el rey francés Luis XV, ya que la escalera conduce a la iglesia de la Trinità dei Monti, una fundación francesa. A los pies de la escalinata encontramos la Fuente de la Barcaccia, realizada por los Bernini en 1627. En Piazza Venecia se alza uno de los monumentos más denostados de la ciudad: el Monumento a Vittorio Emanuele II, erigido entre 1885 y 1911 para honrar la memoria del primer rey italiano. Giuseppe Sacconi es el autor del proyecto en el que trabajaron los mejores escultores de la época. Como bien dice el adagio "para Roma no basta una vida entera" ya que una vez vivida, el viajero siempre desea regresar. Y por eso la famosa costumbre de arrojar de espaldas una moneda en la Fontana de Trevi.
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En la década de 1590 se registró en Roma la eclosión de dos tendencias pictóricas que, en los inicios de la nueva civilización figurativa que estaba conformándose, reaccionaron contra el cansado y cerebralista arte del Manierismo tardío, que sólo satisfacía a un restringido círculo socio-cultural, hasta provocar su definitivo ocaso. Las poéticas que removieron de raíz los círculos manieristas romanos se revelaron en los frescos de la Galería Farnesio (Pal. Farnese, 1597-1600), del boloñés Annibale Carracci, y en los cuadros de La vida de San Mateo (S. Luigi dei Francesi, Cap. Contarelli, 1599-1602), del milanés Michelangelo Merisi, il Caravaggio.Tan dispares fueron la reforma de Carracci y la revolución de Caravaggio, que ya el juicio crítico del Seicento fomentó la clave teórica de un antagonismo Carracci-Caravaggio, irreductible tanto en sus poéticas como en sus lenguajes pictóricos. Se presentó a uno como el restaurador de la tradición clásica y a otro como el trasgresor de esa tradición. Se creó así una simplista y rígida contraposición, en parte maniquea: ideal/real, clasicista/naturalista, eclecticismo/realismo que, más que aclarar, ha enturbiado la comprensión del doble giro de rosca sufrido por la pintura entre fines del Cinquecento e inicios del Seicento. Con todo, los dos artistas poseyeron en su radical diversidad modal un transfondo cultural común, manifestado en su decidida oposición al Manierismo y en la recíproca complementariedad de sus dos corrientes (verificable en la producción de muchos pintores suscitados por ellos) que, en su radical divergencia, se acercaron a la naturaleza para pintar la verdad de las cosas.La polémica entre el filón naturalista y el clasicista terminaría resolviéndose hacia 1625 con la aparente victoria del segundo. Mientras el naturalismo se centraba, hasta agotarse, en la vía de los géneros, el clasicismo continuaría vigente durante el Seicento, revitalizándose con aportes de todo tipo, a pesar del avance de nuevas y más frescas corrientes, las barrocas, y del peligro de caer en el entumecimiento asentado cada vez más en los estrechos ambientes académicos.
contexto
Si en lo sustancial Urbano VIII (1623-44) no transformó Roma, la marca del mecenazgo Barberini fue determinante en su conformación como ciudad barroca. El clima cultural que hizo posible la Roma de los Barberini, está unido al ficticio mantenimiento del papel político de la Iglesia e implicado, con cierta intolerancia, en la defensa de la ortodoxia católica. A pesar de la relajación del rigor de la primera Contrarreforma, fue este pontificado el del proceso a Galileo (1633) y el de la condena del jansenismo (1642), pero también el que mejor supo asumir los sentimientos de riqueza, de exhibición y de fastuosidad en la manifestación triunfal de la Iglesia, el que con más fuerza otorgó al arte una función dialéctica que, con festiva suntuosidad, pasó por ser el medio más poderoso de propaganda y de persuasión ideológicas, el que más estimó las obras artísticas como dirigidas "ad maiorem Dei gloriam", y el que más las tuvo por instrumentos difusores de aquellos principios políticos en que se asentaba la autoridad de la Iglesia y el Papado, a cuya sombra se encontraba la ambición de los Barberini.Pero, aun así, la inclinación y liberalidad que demostraron por la cultura y las artes, se manifestó en su interés por cualquier tipo de experiencia y orientación estilística. Urbano VIII, el refinado y dulce cardenal poeta que componía dísticos latinos a las obras de Bernini, una vez papa, mostró su rígida y desenfrenada perentoriedad en la ejecución de sus proyectos. Que se popularizara el pasquín "quod non fecerunt barbari, fecerunt Barberini" (referido al bronce que necesitó para el Baldaquino y que lo obtuvo con el expolio del Panteón), lo dice casi todo. Pero es un hecho que durante su pontificado, con la ayuda artística de Bernini, su casi ministro de propaganda, hizo de Roma la más grandiosa y bella de las capitales de Europa.El borrascoso fin de su pontificado con la guerra de Castro (1641-44) y el consecuente desastre económico, fue el inicio del papado de Inocencio X (1644-55), del linaje romano de los Pamphili, que impuso la austeridad a la corte pontificia. Artísticamente, la crisis empezó a vislumbrarse en la paulatina cesión por Roma a favor de París de su función de capital rectora de la cultura europea. Ni el papa, ni sus familiares fueron capaces de asumir la tarea de verdaderos mecenas y protectores de las artes. Tan sólo el sostén de la dignidad papal y la débil recuperación económica de la Iglesia permitió a Inocencio X superar momentáneamente la crisis, pero sin evitar que la actividad artística se resintiera por la falta total de continuidad y por las dificultades derivadas de los cada vez más raros encargos nobiliarios y del contradictorio comportamiento de los coleccionistas. Al declive del mecenazgo romano, incapaz de estimular y gestionar la producción artística, correspondió la afirmación de los marchantes de arte y la dispersión de las grandes colecciones.El contraste entre las dificultades reales del momento y el gran empeño financiero y monumental de muchas empresas artísticas de la segunda mitad del Seicento es tanto mayor cuanto que no formaron parte de ningún proyecto orgánico de reestructuración. Sobre todo, fueron el resultado de la conjunción de las personalidades de varios artistas, activos durante mucho tiempo, y principalmente, Bernini, Borromini y Da Cortona, capaces de mantener un nivel altísimo en todas las fases de su carrera, con resultados siempre innovadores.Con el pontificado del cultísimo Alejandro VII (1655-67), miembro de la familia Chigi, mecenas por tradición familiar, amante y experto del arte, parecía que iba a reanudarse el perdido mecenazgo humanista. Pero las empresas realizadas por esos años en Roma, y que culminaron en el decidido empeño de acabar las obras en la Basílica Vaticana, tan sólo confirman una impresión, no la realidad: que el mecenazgo de altos vuelos e inspirado fue exclusivamente pontificio reduciéndose paulatinamente en cantidad y calidad los encargos de la aristocracia. Por lo demás, las dispendiosas empresas papales, como la construcción de la Columnata frente a San Pietro, contrastan con la miseria de la población que, al iniciarse el papado Chigi, fue azotada por la peste (1656), lo que agudizaría su ya crítica situación hasta límites que rozaron la tragedia. En este clima que vivía Roma, las dificultades con que tropezaron los artistas no fueron ni pocas, ni nimias, como lo demuestra la sensible mengua del flujo hacia Roma de artistas tanto extranjeros como italianos. A falta de la financiación dispensada por los Barberini, la Accademia di San Luca comenzó a presentar problemas, y artistas de la indiscutida calidad de Poussin vieron reducida su actividad. El que Alejandro VII se plegara a la voluntad de Luis XIV, permitiendo el viaje a Francia (1665) de Bernini, precisamente en el momento de mayor necesidad en la ejecución de los trabajos vaticanos: Columnata, Cátedra y Escalera regia, habla del enorme prestigio del artista, pero también del escaso ascendiente del Papado.Si Roma, en su acusado declive político, social y económico, aún siguió siendo Roma, fue gracias a la actividad de los tres artistas citados, que siguieron manteniendo sus altos niveles operativos y sus mismas capacidades creadoras. Pero, muerto en 1667 Borromini y en 1669 Da Cortona, el único que quedó vivo fue Bernini, que moriría en 1680, sin toparse tan siquiera con un papa Pamphili. Del mecenazgo papal tan sólo quedaban los rescoldos, y así Clemente X (1670-76), de la familia Altieri, se limitó a trasladar a su pontificado los comportamientos ya consagrados por la nobleza romana. Del resto, mejor no hablar.