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Personaje Político
Romano II ocuparía el trono bizantino a la muerte de su padre Constantino VII el 19 de noviembre de 959. Su debilidad de carácter le habían llevado a aceptar el matrimonio -por imposición de Romano Lecapeno- con una hija ilegítima de Hugo de Provenza. La muerte de la princesa le llevó a contraer matrimonio -ahora por su propia voluntad- con Anastaso, la hija de un tabernero, que cambió su nombre por el de Teófano. La nueva emperatriz será ahora la dominadora del débil espíritu de Romano II. Los asuntos de Estado fueron entregados al favorito José Bringas y las funciones militares al prestigioso general Nicéforo Focas. Este tomó Creta y fue recibido triunfalmente en Constantinopla. Desde allí se dirigió a Asia. La prematura muerte de Romano II el 15 de marzo de 963 dejaba a sus hijos Basilio II y Constantino VIII como sucesores bajo la regencia de Teófano y la protección de Nicéforo Focas, aunque este último será quien porte la corona tras su matrimonio con la emperatriz.
Personaje Político
A la muerte de Constantino VIII se produce un grave conflicto sucesorio en Bizancio. El emperador no había tenido hijos varones y de las tres hijas, la mayor había tomado los hábitos. Las otras dos, Zoe y Teodora, no eran jóvenes pero aún permanecían solteras. Constantino consideró que la solución para el conflicto sería casar a una de sus hijas, eligiendo como esposo al Eparca de Constantinopla, Romano Argyros, miembro de una de las familias más nobles del Imperio y el más distinguido representante de la aristocracia urbana. Romano subió al trono tres días después de su boda, el 15 de noviembre de 1028, tras el fallecimiento de Constantino. Romano III renuncia a la política seguida por Basilio II, suprimiendo los impuestos a los grandes propietarios. El pequeño propietario agrícola quedaba desprotegido y los grandes pudieron ampliar sus territorios sin ninguna limitación. Los terratenientes vencían en la pugna. En el plano exterior, las campañas planeadas por Romano, intentando emular a los emperadores romanos, acabaron en fracaso, especialmente en Siria donde sufrió una considerable derrota. Sin embargo, el rumbo cambió cuando el general Jorge Maniakes se hizo cargo del ejército, iniciando una serie de importantes victorias que culminaron con la toma de Edesa el año 1032. La relación entre Romano y su esposa Zoe empezó a tener mayores diferencias. La emperatriz gustaba de los placeres y su esposo intentó limitar sus gastos y movimientos. Zoe se enamoró de un joven llamado Miguel y entre ambos -con la inestimable colaboración del influyente Juan Orphanotropos, hermano de Miguel- pusieron en marcha un plan para acabar con la vida del emperador, quien moría en su baño durante el 11 de abril de 1034. Miguel IV era coronado emperador al día siguiente, tras su matrimonio con Zoe.
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De nombre Álvaro de Figueroa y Torres, cursó los estudios de Derecho en la Universidad Central de Madrid y se doctoró en la de Bolonia, especializándose en Derecho político. Su carrera política siempre estuvo ligada al Partido Liberal del que llegó a ser uno de sus principales dirigentes. Fue diputado a Cortes y senador por Guadalajara, alcalde de Madrid, presidente del Congreso de los Diputados y ocupó también diversas carteras ministeriales. Propietario del periódico El Globo, infundió a éste directrices de política liberal. En el momento del golpe de Estado de Primo de Rivera era presidente del Senado y pidió sin éxito que se convocaran las Cortes. Presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y miembro de la de la Historia, fue autor de varios libros entre los que se encuentran: "Notas de una vida" (1912-1931), y "Las responsabilidades políticas del antiguo régimen". También escribió la biografía de destacados personajes, como el general Espartero.
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Alemania se encontraba en una circunstancia difícil cuando las ideas románticas comienzan a impregnar Europa. Sin embargo, en un gran esfuerzo de reunificación, Alemania consiguió hacer suyo el concepto de Romanticismo, al cual unió de manera indisoluble la idea de lo Sublime. Beethoven, Goethe, Fiedrich o Kant forman la élite intelectual cuya huella se ha vuelto indeleble en el patrimonio cultural de la Humanidad. Pero antes de esto hubo que superar la división del poder que existía en los diversos estados alemanes. Tras la decadencia imperial, los palatinados, condados, principados, etc. que constituían el territorio alemán se habían enfrentado entre sí, enarbolando las banderas católica o protestante. Las diferencias sociales y religiosas habían constituido un fortísimo freno cultural, que sólo fue superado en la Corte de Rodolfo II en Praga. Frente a la división, una corriente unitaria se extendió por todo el territorio y la teoría nacionalista cobró forma. El estudio de la historia nacional, del imperio, cuyas raíces se buscaban en la mismísima Roma, constituyó la base de la unión. La historia y el arte nacional alemanes fueron de esa forma un factor prioritario. La primera escuela de historia del arte es alemana, la primera en dividir los diferentes períodos y estilos (Renacimiento, Barroco, Neoclasicismo). Sus teóricos más importantes fueron Winckelmann, Lessing y Mengs, cuyos tratados constituyen la base actual de la historia del arte y de la estética. Todos ellos trataron de hacer científica la pintura. Koch, por ejemplo, fue un pintor que aplicó rigurosamente sus teorías e hizo del paisaje un ejemplo moral para el hombre, con puntos de vista heroicos, con temas reducidos en su presencia pero edificantes. Igual trabajaba Schinkel, ambos tomando como punto de referencia la montaña, síntesis de las virtudes: resistencia, atemporalidad, elevación, lo Sublime. Sin embargo, el pintor romántico alemán más conocido es sin duda Caspar David Friedrich. Es el suyo un Romanticismo literario, ligado a los escritos de Goethe como el de Carus, otro paisajista importante. Friedrich subjetivó al máximo la experiencia del hombre frente a la Naturaleza, usando como catalizador la trascendencia religiosa. Al igual que en muchos pintores coetáneos, en sus paisajes una figurita de espaldas al espectador sirve para introducirle en la grandiosidad de un paisaje más allá de lo real. La exacerbación de los tópicos románticos llevó a estereotipar una serie de situaciones y elementos, que han quedado como los rasgos anecdóticos por los cuales se identifica "lo romántico": la noche, la luna, las ruinas góticas, el cementerio... Lo que se olvida con frecuencia es que "lo romántico" trataba de arrancar al hombre de la inconsecuencia a la cual se veía abocado tras el fin de un sistema de vida, el Antiguo Régimen, y al adentrarse en la vorágine de la industrialización y el progreso liberal. La Edad Contemporánea se anunciaba para la burguesía que arropaba el Romanticismo, como una época insegura y alienante, que hacía desear con nostalgia la reintegración en la naturaleza y la experiencia espiritual. Los más radicales a la hora de defender dicho estado fueron los llamados nazarenos.
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<p>El Romanticismo fue muchas cosas a la vez: un movimiento filosófico (más cercano al Romanticismo alemán), un sentimiento popular (similar a los sentimientos desatados durante el Romanticismo francés inmediatamente posterior a la Revolución Francesa), una tendencia literaria (como se observa en el Romanticismo inglés sin ninguna duda) y un estilo artístico. De país a país varió enormemente en sus manifestaciones. La aparición del Romanticismo en España vino condicionada por factores extranjeros y nacionales. Entre los extranjeros se cuenta el auge de la burguesía, con la valoración que esta clase social daba al individuo y la subjetividad, puesto que era una clase que se había hecho a sí misma frente al dominio de la aristocracia. La burguesía acarreaba una ideología propia, el liberalismo, así como un sentimiento político muy determinado, el nacionalismo. El Romanticismo en general se define, pues, como un arte burgués: dependiente del individuo, subjetivo, orientado a los valores de la propia nación que se buscan en el pasado. A través de este hilo pasamos a los factores nacionales que configuraron el Romanticismo español: existe un romanticismo popular, más como un sentimiento que como un sistema de pensamiento. Éste vino determinado por la invasión de España por las tropas napoleónicas. La Guerra de Independencia española fue la primera guerra romántica de la Historia, llevada a cabo por el pueblo, organizado espontáneamente en guerrillas para combatir al invasor extranjero. Curiosamente, este deseo de defender la patria frente al extranjero era una idea inculcada precisamente por el enemigo, Francia, la Ilustración y el propio Napoleón, que utilizaron este principio para potenciar su propia fuerza, y al transmitirlo a los territorios conquistados sentaron las bases de la rebelión. Ese romanticismo popular es de fecha temprana, idealista, liberal y produjo la primera Constitución española, promulgada en Cádiz en 1812. El mejor retratista de la época y sus intenciones fue Goya, el primer pintor romántico español. Por contra, existe un romanticismo histórico como movimiento intelectual definitorio del segundo tercio del siglo XIX, encaminado a exaltar los valores nacionales, que se buscan en el pasado español, concretamente en el Siglo de Oro, el cenit de la cultura y el genio español. A éstos se unieron los valores extraídos del Neoclasicismo español, valores implantados directamente desde la Ilustración francesa, como la educación, la cultura popular, etc. Por último, en el romanticismo histórico se dejó sentir el eco del liberalismo europeo, que entonces constituía la vanguardia del progreso frente a las tendencias restauradoras que pretendían reconstruir el Antiguo Régimen, como de hecho se hizo al restaurar a Fernando VII en el trono tras la expulsión de José Bonaparte. Respecto a la pintura, existieron tres focos importantes de Romanticismo: Andalucía, Madrid y Cataluña. En Andalucía existía desde antiguo una importante tradición comercial y cosmopolita, a través de sus puertos atlánticos. En Sevilla y Cádiz se asentaba una gran colonia extranjera, especialmente de diplomáticos británicos y sus familias, lo cual determinó la producción pictórica en gran medida: por un lado, introdujeron el intimismo característico de su retrato romántico. Cuando las familias extranjeras deseaban ser retratadas en España, lo hacían vestidas con trajes típicos españoles o con motivos típicos al fondo, como la Giralda o la Alhambra... Esto determinó el auge del cuadrito-souvenir, una producción casi industrial, de baja calidad y dedicada a temas folklóricos de romerías, bandoleros, gitanos, etc. El estilo terminó por estancarse y los pintores con alguna inquietud hubieron de emigrar a Madrid, como fue el caso de los hermanos Bécquer: Gustavo Adolfo, el famoso escritor romántico, y su hermano Valeriano, pintor. En Madrid, segundo foco de pintura romántica, el predominio de la Academia marca el estilo, por ejemplo en Gutiérrez de la Vega o Esquivel, con el panorama de lo oficial absolutamente dominado por la figura de Federico de Madrazo. La pintura madrileña estuvo por otro lado muy relacionada con la literatura y son frecuentes los retratos colectivos (ver Reunión de poetas) de pintores y escritores que se reunían en casas de ricos burgueses para celebrar tertulias artísticas. La única vía de escape a este arte establecido con rigor lo constituyó el costumbrismo, que se fija en los usos cotidianos de los ciudadanos madrileños. Leonardo Alenza cultivó el costumbrismo a la manera goyesca, imitando deliberadamente su estilo, aunque con una truculencia y una escasez de medios que le alejan del maestro aragonés. Eugenio Lucas, por contra, practicó un costumbrismo más decorativo y adecuado para adornar un salón burgués. Respecto a la pintura de paisaje, también convivieron dos tendencias, la imaginaria, que recreaba fantásticos paisajes como hiciera Pérez Villaamil, y la documental, con una intención cientifista que lo aproximaba al paisajismo británico neoclásico. Por último, Cataluña era una región floreciente, plagada de ricos comerciantes e industriales que desean retratar su vida y sus valores familiares. Aquí el retrato particular alcanzó un esplendor que no se igualó en el resto de España. También es de destacar la Escuela de la Lonja en Cataluña, un experimento comunitario de un grupo de pintores que pretendían recuperar la pureza del dibujo y el tema, a la manera de los nazarenos del Romanticismo alemán.</p>
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<p>Francia se deslizó desde los ideales exaltados de la Revolución hacia el imperialismo de Napoleón, de igual manera que transcurrió el camino del arte desde el Neoclasicismo hacia el Romanticismo. Las guerras napoleónicas fueron las primeras en recurrir al patriotismo del pueblo como factor militar, puesto que el suyo fue el primer ejército nacional y no mercenario, contratado por el rey. Los soldados de Napoleón luchaban por su patria y no por el dinero de un rey extranjero. Esto provocó una manera diferente de entender la guerra, en la cual el ardor de los combatientes era distinto, así como el sentido de su muerte. Por primera vez el jefe es secundario frente a la figura del héroe anónimo. La temática de los horrores de la guerra se dejó sentir en el Prerromanticismo, dominado por las tendencias estéticas clasicistas. Gérard, el Barón de Gros, Boisdenier, Meissonier o Proud'hon fueron artistas que se iniciaron en las Academias neoclásicas pero que tiñeron sus lienzos de sentimiento y humanidad. Con frecuencia se sumaron a las novedades literarias de las avanzadillas románticas europeas, como Tolstoi o Stendhal, que se dedicaron igualmente a retratar los efectos de la guerra. Sin embargo, el Romanticismo pleno se sintió a partir de 1830. Se estrenó la obra "Hernani", de Víctor Hugo, y el teatro terminó siendo el escenario de una batalla campal entre clásicos y románticos. Ese mismo año, Próspero Merimée visitó España y compuso su ópera "Carmen". Frente a esta irrupción violenta del sentimiento, el panorama pictórico sigue rendido a los pies de Ingres y al academicismo. Tendrá que ser Géricault, con su agitada vida personal, quien sacuda a los jóvenes pintores y los introduzca de lleno en una estética nueva. Géricault es el primer prototipo de pintor romántico, muerto joven en un manicomio, dentro del cual realizó extraordinarios apuntes de los otros enfermos mentales. Fue el padrino de la generación romántica, en especial de Delacroix, ya que ambos se rinden homenaje mutuo en sus cuadros (el caso más conocido es el de la Balsa de la Medusa, de Géricault, y la Barca de Dante, de Delacroix, en las cuales los pintores se copian y retratan recíprocamente). Los componentes principales del Romanticismo francés fueron el mantenimiento del canon clásico en las figuras, pero con una mayor libertad a la hora de prodigar el color y la luz, así como en unas composiciones casi agresivas por dinámicas y retorcidas. La mezcla de clasicismo y sentimiento lo aproximan estéticamente al Romanticismo alemán y al español respectivamente. En paralelo se desarrolló una Escuela de paisaje similar al eclecticismo español, en el cual destacaron Chassériau y Meissonier. Sientan las bases para el paisajismo de la Escuela de Barbizon y de Corot, precedentes inmediatos del Impresionismo.</p>
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En Gran Bretaña el origen del Romanticismo es un tanto difuso. Como se vio en el Neoclasicismo inglés, el estilo nacional es un problema para los autores, que no encuentran precedentes propios sino que han de remitirse a corrientes estilísticas continentales. El hecho de que autores como Gainsborough y Lawrence combinen temas eternos del arte inglés, el retrato y el paisaje, permite al fin la introducción de lo específicamente británico. Es, pues, a través de estos géneros como se introduce el Romanticismo; eso sí, mantienen dependencias de otros países, como en este caso el Romanticismo alemán, estrechamente ligado al inglés. El Romanticismo en Gran Bretaña se hizo acompañar de una revolución filosófica y literaria. Las figuras del alemán Kan, del propio Marx más tarde, o el movimiento neo-medievalista literario, abanderado por el poeta Wordsworth, son los pilares culturales de la expresión artística. En todos ellos, el valor del individuo es el que prima. Esto conduce indirectamente a revalorizar todo el arte de los estilos anteriores, puesto que ya no se depende de las normas establecidas para el período vigente -como ocurría en el Neoclasicismo- sino que lo importante es el efecto que una obra de arte ejerce sobre la sensibilidad del sujeto, que varía de uno a otro. El valor del pensamiento subjetivista responde también a la crisis de valores religiosos (cristianismo) y racional (Ilustración); ahora el individuo busca los valores en su propio interior. En el arte, el peso de este posicionamiento es tremendo, puesto que cualquier objeto o tema es digno de reflexión artística, siempre que el sujeto o el pintor sientan aludida su sensibilidad. El mejor ejemplo está en los primeros cuadros románticos, realizados a finales del siglo XVIII: frente al paisaje de corriente cientifista que pretende documentar la Naturaleza a manera de catálogo, el nuevo paisaje trasluce los sentimientos del espectador o de su autor. El paisaje puede ser ahora dramático, sereno, noble o sublime. Los elementos que protagonizan el paisaje ya no son mitologías, narraciones bíblicas o gestas heroicas, sino el propio paisaje: la luz y el color conforman la atmósfera, cuya presencia inunda los lienzos. La vaporosidad y la libertad de ejecución se ve reforzada gracias a la técnica de la acuarela, como fue el caso de Turner. El tratamiento del paisaje es muy literario y sometido a la visión personal, por lo que es frecuente que un autor realice series del mismo paraje visto desde diversos enfoques, en diversas estaciones, etc. Esto lo consigue con maestría Constable. Se pone más Naturaleza que referencias reales, lo que lleva en ocasiones a un simbolismo criptográfico, sólo descifrable por algunos conocedores. Una rama muy particular del Romanticismo inglés la constituyen los llamados Visionarios; éstos, que ni siquiera pueden denominarse como Escuela, fueron tres: el poeta, pintor y místico William Blake, el suizo Füssli y el escultor Flaxman. Sus obras suelen ser grabados que ilustran sus propias obras. Predomina en ellos el dibujo, muy lineal y sinuoso, con grandes contrastes de luz y oscuridad, y profundamente minucioso. Sus figuras tienden al clasicismo, con anatomías, ropajes y peinados en el estilo de las esculturas griegas. Pero sus escenas son místicas, en busca de una nueva religión cristiana que responda al vacío creado en el hombre de la industrialización: esto se aprecia de manera singular en el grabado Elohim creating Adam de Blake. Inventan una nueva técnica, la impresión iluminada, relacionada con el grabado que colorean a la acuarela. Su mayor importancia consiste en ser los primeros en contar con lo onírico y el subconsciente en las realizaciones del arte. Sus figuras son pesadillas, sueños, traducciones monstruosas de las fobias del hombre moderno que no tienen parangón hasta la llegada del surrealismo. También la pintura de los visionarios conduce en su desarrollo hacia el Simbolismo, paralelo a las tendencias realistas de fines del XIX. La culminación del Romanticismo tuvo lugar en una asociación tardía, de 1848, entre varios pintores con inquietudes religiosas, ya en el período victoriano: la Hermandad de los Prerrafaelitas, con William Dyce, Maddox Brown, Rossetti, Millais, Hunt... A caballo del realismo, se valen de su lenguaje para realizar obras cargadas de símbolos morales y religiosos, que ningún profano podía llegar a entender. Su sentimentalismo exaltado les llevó a caer en el morbo y el puritanismo, con una simbología que desembocaba en una visión pervertidamente sexual de temas inocuos. Estuvieron muy influidos en su estilo por los pintores nazarenos del Romanticismo alemán; sus fuentes de inspiración fueron la Biblia, Shakespeare y el Medievo. Realizan lienzos religiosos vistos en primer plano, protagonizados por mujeres delgadas, pálidas y de largos cabellos. Los fondos son muy planos y decorativos, dando protagonismo a la figura. Continuaron pintando hasta la muerte de la reina Victoria de Kent, pero la sociedad, a la que pretendían iluminar, les rechazó de plano. Sus cuadros son un híbrido entre los realismos de fin de siglo y el más desenfrenado simbolismo. La influencia del Romanticismo británico se sintió lejanamente en los movimientos paralelos de España o Francia.
contexto
Es evidente que el uso ocasionalista del apelativo romántico lo sometía a fuertes contradicciones. Este mismo destino conllevaba fuertes vaivenes en el prestigio de lo que se entendía por romántico, que intermitentemente se sometía a crédito y a descrédito. De ahí que autores tan significativos como Delacroix o Corot, se desentendieran completamente del sambenito de románticos que les colocaban algunos de sus circunstantes.Otra forma, muy refrendada, de definición de lo romántico es la que lo hace por oposición a clásico o, en la historiografía moderna, neoclásico. Realmente, cuando comprobamos la importancia que tuvieron entre los llamados románticos los modelos de Flaxman, Abilgaard o Schadow y las obras, por ejemplo, de un Carstens o un Thorvaldsen, esta contraposición se hace susceptible de revisiones. Sin ir más lejos, los hermanos Schlegel estuvieron empeñados, como Schiller, en una actualización del lenguaje clásico, y Turner aspiraba a que sus paisajes fueran colgados al lado de las pinturas de Claudio Lorena. Sólo que la polémica con las doctrinas académicas, la crítica del Antiguo Régimen y la indisciplina estética de los representantes del romanticismo, consiguieron que las formas de hacer románticas se consideraran justamente como antagónicas del lenguaje institucional, de las mezquindades del arte acreditado por premios y medallas, de la rutina académica, de las recomendaciones de los críticos-funcionarios, y, en fin, de todo un territorio artístico que estuvo dominado por las convenciones clasicistas, cuando aún estaban de moda.La reprobación del Antiguo Régimen, lo mismo que de las imposiciones académicas se produjo también, como sabemos, mediante la búsqueda de una simplicidad primitiva, un lenguaje mayestático antiquizante y el retorno a las formas clásicas, como fue notorio entre los artistas de la Revolución y sus acólitos. Es necesario que comprendamos el clasicismo severo y el primer romanticismo como dos intentos no excluyentes, ni disociados, de resolución artística para una misma situación histórica en la que señalamos los comienzos de la época contemporánea.Goethe, que en su madurez se erigió como uno de los mayores paladines de un nuevo lenguaje clásico para las artes, por disconformidad con el estilo de sus imitadores, espetó una frase célebre e interesada: "lo clásico es lo sano, lo romántico lo enfermo". En buena medida, la dualidad que la historiografía ha seguido manteniendo entre estos términos casi como compartimentos estancos procede de aquella pugna. Sin embargo, el proyecto artístico que leemos en quienes teorizaron, o en la trayectoria de arquitectos como Schinkel y Soane o en obras pictóricas como la de Ingres, se propuso, antes bien, no ya la exclusión del clasicismo, sino la apropiación de éste, no ya la oposición, sino una síntesis de lo romántico y lo clásico.Más aún, volviendo sobre lo dicho antes, comprobaremos igualmente que lo romántico sufre también diversas formas de academización, bien porque se imponga cánones precisos o el cumplimiento de ciertas manieras, como fue el caso de los pintores nazarenos, bien porque satisfaga una demanda académica, como ocurrió, de hecho, con innumerables obras de los años treinta y cuarenta tildadas de románticas.
contexto
Pese a la persistencia de una tradición clásica, los años treinta estuvieron marcados por el triunfo definitivo de la estética romántica, especialmente a partir del estreno del Hernani de Victor Hugo en febrero de 1830.Hasta mediados de los cuarenta los gustos románticos ejercieron una casi completa hegemonía, especialmente en Francia, y las figuras destacadas de esta corriente disfrutaron de un gran reconocimiento político y social. Lamartine fue elegido para la Academia y también fue diputado durante la Monarquía de Julio. A. de Vigny entraría también en la Academia, mientras que Hugo fue nombrado miembro de la Cámara de los Pares.El auge literario romántico está representado en Francia por las novelas de Stendhal, que era el seudónimo de Henri Beyle (El rojo y el negro, 1831; La Cartuja de Parma, 1839). En ellas queda la atmósfera de los años gloriosos de la revolución y el Imperio, con la añoranza de una libertad que queda ahogada en el mezquino ambiente de la Europa de la Restauración. Junto a él los historiadores románticos: Jules Michelet, Augustin Thierry (Histoire de la conquête de l'Angleterre par les Normands), o A. de Lamartine (Historia de los girondinos, 1847) proporcionan materia para reverdecer las emociones del pasado. La creación del Comité de Trabajos Históricos, hecha por Guizot en 1834, trató de dar consistencia científica a este nuevo impulso. En Inglaterra, la historiografía romántica estuvo representada por T. B. Macaulay (History of England, 1848-55), una de las personalidades más destacadas de lo que se denominó la interpretación whig de la historia.En Inglaterra, el romanticismo literario persistía en la obra de las hermanas Brontë (Cumbres borrascosas, 1848). Cuando ya se estaba abriendo paso una nueva versión del romanticismo, que manifestaba una especial sensibilidad hacia las clases trabajadoras de la nueva sociedad industrial. El respaldo teórico político de esta nueva orientación tal vez esté en las Palabras de un Creyente (1834), de F. de Lamennais, en donde se contenía un verdadero alegato revolucionario en defensa de las clases trabajadoras. A partir de ahí toma consistencia lo que se denominó el romanticismo social, que alcanza su más completa expresión literaria en Los miserables de Victor Hugo (1862). En la misma línea habría que situar buena parte de la producción de P. Leroux, G. Sand o J. Michelet.Lamartine y Hugo pudieron considerarse, por eso, triunfadores en los primeros momentos de la revolución de 1848, pero no tardaría en comprobarse que su exaltación de las clases trabajadoras estaba muy lejos de lo que empezaba a denominarse socialismo.En el mundo de la música hay también una fuerte aportación romántica que llega desde el mundo germánico. F. Liszt convirtió a Weimar en un gran foco musical durante los años centrales del siglo pasado, y desde allí dio a conocer las primeras grandes obras de R. Wagner, que había empezado a obtener éxitos (Rienzi, El holandés errante) desde comienzos de los años cuarenta. Más adelante, Wagner conectaría con el nacionalismo germánico en Los maestros cantores de Nuremberg (1868), antes de completar sus series sobre las sagas poéticas tradicionales (El anillo del nibelungo).En el panorama musical de aquellos años destaca también la figura del polaco F. Chopin, que llegó a París en 1831, para realizar allí la mayor parte de su gran obra pianística (Sus Variaciones Là ci darem merecieron que Robert Schumann escribiera en 1831: Caballeros, descúbranse. ¡Un nuevo genio!). El mismo Schuman, gran compositor para piano, combinó la estructura clásica con la expresión romántica y fue un destacado crítico que tuvo el mérito de descubrir la valía de Chopin y de Brahms. También fue de gran calidad su música vocal y de cámara.Félix Mendelssohn, del que ya se ha hablado anteriormente, fue también artista romántico y con una extraordinaria capacidad para la música, a cuya divulgación contribuyó extraordinariamente en un momento en el que las nuevas clases burguesas accedían al mundo de la música. A veces se le ha acusado de superficialidad y vida cómoda, por ser un hijo de banquero, pero su extraordinaria musicalidad genera una aceptación cada vez mayor.En cuanto a la música hecha por franceses, habría que señalar que Héctor Berlioz fue el artista romántico por excelencia y demostró una extraordinaria sensibilidad por lo teatral. El estreno de su Sinfonía fantástica (1830) marcó uno de los grandes momentos de triunfo de la sensibilidad romántica. Sin embargo, el fracaso de La condenación de Fausto, en 1846, también demostró que los gustos empezaban a cambiar desde mediados de los cuarenta.En el campo de la pintura E. Delacroix había afirmado su liderazgo desde mediados de los años veinte pero, en la década posterior, centró su atención en la luminosidad mediterránea y se alejó cada vez más de la estética romántica. El movimiento inglés de los prerrafaelitas, constituido alrededor de 1848, era también de inspiración romántica. Tomó sus temas de la vida de Cristo, de la tradición artúrica y de los episodios de la vida de Dante. En relación con estos temas hay que situar también la obra del pintor alemán A. Feuerbach que abandonó París y se trasladó a Roma para buscar a los grandes maestros del Renacimiento.El romanticismo en la arquitectura se manifestó en el neogótico (Parlamento, Westminster, 1834, Pugin) o en la finalización de las antiguas catedrales (Colonia, 1848).Pese al intenso periodo de hegemonía romántica, que sucedió a los grandes éxitos de 1830, la tradición clasicista no desapareció del todo y, en literatura, estuvo representada por Baudelaire (Las flores del mal, 1857) y por el grupo de los parnasianos (L. de Lisle). En música, C. Gounod (Fausto, 1859), G. Bizet (Los pescadores de perlas, 1863) y el belga César Franck marcaron las distancias respecto de la música romántica. En la pintura, finalmente, Ingres había mantenido la tradición clásica en competencia con David y, más tarde, sirvió de impulso para la corriente simbolista representada por Puvis de Chavannes o G. Moreau.
Personaje Arquitecto
Uno de los arquitectos más representativos del período en Compostela, en donde trabajó durante toda su vida, sirviendo de contrapunto a la actividad del maestro de obras de la catedral, con quien quizá hubo de coincidir en el círculo artístico de Vega y Verdugo, a quien tanto debe Diego de Romay, integrante de una fecunda familia de artistas compostelanos y que tuvo su primer contacto con la arquitectura en relación con Melchor de Velasco, de quien toma ese sentido armónico de las proporciones y ese gusto decorativo que Romay desarrolla en un sentido claramente barroco. Los trabajos más importantes de Diego de Romay van a centrarse en el campo de la arquitectura religiosa: la iglesia del convento de las Madres Mercedarias, la conclusión de la iglesia de la Compañía y una probable intervención en la del monasterio de Conxo, todo ello en Santiago. La última obra conocida de Diego de Romay fue el mascarón levantado en honor de doña María de Neoburgo con motivo de su visita a Santiago en 1690, obra de arquitectura efímera.