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Dentro de la estatuaria minoica, siempre de tamaño reducido, este recipiente en forma de cabeza de toro -procedente del Pequeño Palacio de Cnosós- es uno de sus representantes de mayor porte y un espléndido ejemplo del naturalismo de que fue capaz el artista cretense. El cuello está cerrado herméticamente y el líquido se introducía por un agujero situado detrás del testuz, mientras que se vertía por otra perforación entre los labios.
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En todas las culturas se celebra, de alguna forma, el paso de la infancia a la pubertad, en especial de los varones, mediante una serie de ceremonias, casi siempre con connotaciones religiosas. Entre musulmanes y judíos los muchachos tienen que aprenderse una serie de textos de sus respectivos libros sagrados, y recitarlos, sin equivocarse ni vacilar, ante un auditorio que será testigo y acreditará la superación de estas pruebas y la madurez del adolescente. En el cristianismo, la Primera Comunión, para llegar a la cual el niño ha tenido que aprender y memorizar una serie de conocimientos, o la Confirmación, tienen el mismo sentido. Las llamadas sociedades premodernas asignan a las ceremonias de iniciación una importancia de primer orden. Las sociedades modernas suelen experimentar cierta curiosidad morbosa por estos ceremoniales, debida, en parte, al hecho real de que algunas de las pruebas que tiene que soportar el neófito poseen notas de refinada crueldad; desde luego, el derramamiento de sangre, en uno u otro momento, va siempre asociado al rito; pero el morbo proviene, también, de la creencia, errónea, de que todas estas pruebas tienen connotaciones de índole sexual. Y no es así: el fin primordial de estas pruebas y ceremonias es conferir al individuo una serie de conocimientos que le capaciten para hacer todo aquello que, como adulto, tienen el derecho y la obligación de hacer: cazar, pescar, hacer la guerra, convocar a los espíritus y, por supuesto, tomar esposa. Es decir, el conocimiento le capacita para la realización de determinados actos; le confiere poder para realizarlos. El conocimiento significa poder; por eso las mujeres no pueden contemplar estas ceremonias ni conocer su ritual; no pueden ver determinadas figuras, que podrían hacerles partícipes de su poder; ni participar en la guerra, que supondría el empleo de armas, lo cual podría derivar en situaciones peligrosas para el varón. En algunas sociedades oceánicas se las priva, incluso, de los más simples medios de producción, como son los palos de cavar: la sociedad no les permite prepararlos, es decir, realizar la sencilla operación de aguzar uno de los extremos; siempre es su padre, su hermano o su marido el que les hace entrega de su palo de cavar. Realmente, lo que más llama la atención en las ceremonias de iniciación es la serie de pruebas físicas, a veces durísimas, en las cuales los aspirantes tienen que demostrar su valor ante el sufrimiento, y su entereza ante el miedo o la misma muerte. Ello les hará dignos de entrar en el grupo de los machos adultos y de formar parte de la tribu como miembros de pleno derecho. A menudo estos ritos son muy complicados, en una serie graduada que comienza en la pubertad, o antes, y continúa hasta la plenitud de la vida adulta. Implican la muerte ritual seguida de un nuevo nacimiento: el fin de la infancia, de la ignorancia, la separación del mundo femenino; las madres saben que nunca volverán a recuperar a sus muchachos como a sus hijos. Las pruebas pueden ser múltiples y a cual más terrible: los insultos, el desprecio, la falta de alimentos, el silencio, las tinieblas, la tortura, la perforación del septum nasal, las escarificaciones. El inventario suele superar nuestra imaginación. Superadas las pruebas, los aspirantes recibirán un nuevo nombre, porque, tras la muerte ritual, renacen como individuos nuevos y distintos. En este sentido, el bautismo cristiano o el sacerdocio son también ritos iniciáticos: el hombre moderno cree vivir en una sociedad o en un cosmos desacralizado, pero no lo ha conseguido.
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Ritos del matrimonio Siempre va la mujer a velarse a casa del marido, y ordinariamente va a pie, aunque en algunas partes llevan la novia a cuestas, y si es señora, en andas sobre los hombros. Sale a recibirla al umbral de la puerta el desposado, y la inciensan con un braserillo de ascuas y resina olorosa; le dan a ella otro, y le sahúma también a él; la coge de la mano y la mete al tálamo, y se sientan ambos a dos junto al fuego en una estera nueva, llegan entonces unos como especie de padrinos, y les atan las manos una con otra. Estando así atados, da el novio a la novia unos vestidos de mujer, y ella a él vestidos de hombre. Traen luego la comida, y el esposo da de comer a la esposa de su mano, y también la desposada da de comer al desposado. Entre tanto que pasaban todas estas cosas y ritos de desposorio, bailaban y cantaban los convidados, y en alzando la mesa, les hacían presentes porque los había honrado, y no mucho después cenaban largamente, y con el regocijo y calor de las viandas, guisadas con mucho ají, bebían de tal suerte, que cuando venía la noche pocos faltaban de borrachos. Solamente los novios estaban en su seso, por haber comido muy poco, que bien se mostraban en aquello novios, y casi no comen en los cuatro días primeros; que todos sus hechos eran rezar, y sangrarse para ofrecer la sangre al dios de las bodas. No consuman matrimonio en todo aquel tiempo, ni salen de la cámara sino para la necesidad natural, que nadie puede excusar, o para oratorio de casa, a sahumar los ídolos; creían que saliendo de otra manera fuera de la cámara, especialmente ella, había de ser mala de su cuerpo; sahúman la cama cuando quieren dormir, y entonces, y cuando visitaban los altares, se vestían con la divisa del dios de las bodas. A la cuarta noche venían algunos sacerdotes ancianos, y hacían la cama a los novios. Juntaban dos esteras nuevas, que nadie las hubiese estrenado; ponían en medio de ellas unas plumas, una piedra chalchihuitl, que es como esmeralda, y un pedazo de cuero de tigre; tendían luego encima de todo ello las mejores mantas de algodón que habían en casa, ponían asimismo en las esquinas de la cama hojas de cañas y púas de metl, decían ciertas palabras, y se iban. Los novios sahumaban la cama y se acostaban. Esta era la propia noche de novios. Al día siguiente por la mañana llevaban la cama con cuantas cosas tenían, y la sangre que el novio había sacado de la novia, y la que entrambos se sangraron, sobre las hojas de caña, a ofrecer al templo; volvían los sacerdotes, y estando bañándose los novios sobre unas esteras de espadañas, les echaban uno de ellos con la mano cuatro veces agua, a manera de bendición, en reverencia a Tlaloc, dios del agua, y otras cuatro en reverencia de Ometochli, dios del vino. Empero, si eran señores los novios, les echaban agua con un plumaje; vestían tras esto los novios de ropa nueva o limpia; daban al novio un incensario bendito con que sahumase los ídolos de su casa, y ponían a la novia pluma blanca sobre la cabeza, y en las manos y pies pluma colorada; y cuando estaba así emplumada, cantaban y bailaban los convidados, y bebían mejor que la otra vez; no hacían estas ceremonias los pobres ni esclavos; pero hacían algunas, y aquéllas eran las que ligaban; ni tampoco guardaban estos ritos los que se casaban con sus mancebas; y dicen que si la madre o el padre de la amancebada requería al que la tenía se casase con ella, pues tenía hijos, que el tal hombre, o la tomaba por mujer, o nunca más volvía a ella. En Tlaxcallan y en otras muchas ciudades y repúblicas, por principal ceremonia y señal de casados se trasquilan los novios, por dejar los cabellos y lozanía de mozos, y criar de allí en adelante otra forma de cabello. La esencial ceremonia que tienen en Michuacan es mirarse mucho de hito en hito los novios al tiempo que los velan, pues de otra manera no es matrimonio, pues parece que dicen no. En Mixtecapan, que es una gran provincia, llevaban cierto trecho a cuestas al desposado cuando se casa, como quien dice: "Por fuerza te has de casar, aunque no quieras, para tener hijos". Se dan las manos los novios en fe y señal que se han de ayudar el uno al otro. Les atan asimismo las mantas con un gran nudo, para que sepan que no se han de apartar. Los mazatecas no se acuestan juntos la noche que los casan, ni consuman matrimonio en aquellos veinte días, antes bien están todo aquel tiempo en ayuno y oración, y como ellos dicen, en penitencia, sacrificándose los cuerpos, y untando los hocicos de los ídolos con su propia sangre. En Pánuco compran los hombres a las mujeres por un arco, dos flechas y una red. No hablan los suegros con los yernos el primer año que se casan. No duermen con las mujeres después de paridas en dos años, para que no se vuelvan a preñar antes de haber criado los hijos, aunque maman doce años; por esta causa tienen muchas mujeres. Nadie come de lo que tocan y guisan las que están con su camisa, excepto ellas mismas. El divorcio no se hacía sin muy justas causas ni sin autoridad de justicia. Esto era en las mujeres legítimas y públicamente casadas; pues las otras, con tanta facilidad se dejaban como se tomaban. En Michuacan se podían apartar jurando que no se miraban. En México, probando que era mala, sucia y estéril; mas, empero, si las dejaban sin causa ni mandamiento de los jueces, les chamuscaban los cabellos en la plaza, por afrenta y señal de que no tenían seso. La pena del adulterio era muerte natural; moría también ella como él. Si el adúltero era hidalgo, le emplumaban, después de ahorcado, la cabeza. Le ponen un pechacho verde, y lo queman. Castigan tanto este delito, que no excusa la ley al borracho ni a la mujer aunque la perdone su marido. Por evitar adulterios consienten cantoneras, pero no hay mancebías públicas.
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De los relieves, pinturas murales y escenas en la cerámica, inferimos algunos rituales mayas. Fundamentales son los sacrificios humanos, de animales, plantas u objetos. A los seres humanos se les sacrificaba extrayéndoles el corazón, por decapitación, ahogamiento o flechamiento. Tales ceremonias se orientaban a conseguir abundantes lluvias, a evitar determinadas catástrofes o a mantener el orden cósmico. Los oficiantes se purificaban previamente mediante sangrías, ayunos y continencia sexual: se perforaban la lengua, el lóbulo de la oreja o los genitales, con espinas de maguey o de manta raya y dientes de tiburón. Con navajas de obsidiana se hacían profundos cortes en el cuerpo, y la sangre se ofrendaba a los dioses en recipientes preparados al efecto. Los ritos funerarios son muy variados e incluyen el sacrificio de acompañantes, la conservación y tratamiento posterior de alguna parte del cuerpo y la ofrenda de vasijas, joyas, utensilios y una cuenta de jade que se colocaba en la boca del difunto. La tumba que mayor cantidad de información ha proporcionado sobre creencias de tipo fúnebre es la de la cripta del Templo de las Inscripciones en Palenque. En ella, el muerto se depositó en un sarcófago con forma de útero y se cubrió con cinabrio. La lápida que tapaba el sarcófago estaba labrada con un bello relieve simbólico en el que se aludía a la resurrección de todo lo que perece, y su alrededor se acumulaban las ofrendas de cerámicas, adornos y figuras de jade y estuco, conchas con pintura roja e incluso una perla de 13 milímetros de largo. Fuera de la cripta yacían los huesos mezclados de seis jóvenes, entre los cuales una mujer, que fueron destinados a acompañar en su viaje al inframundo al personaje enterrado. El nombre para los sacerdotes en Yucatán era Ah Kin, pero según sus funciones específicas y su jerarquía recibían otras denominaciones. Los Ahau can mai se encargaban de los cálculos calendáricos, la adivinación y las profecías. El Ah nakom se ocupaba de los sacrificios humanos, y el Chilam de los augurios. Sobre todos estaba el Halach Uinic, supremo jefe religioso y también político. Más imprecisas son las informaciones sobre una orden de sacerdotisas que vivirían en riguroso aislamiento cerca de los edificios dedicados al culto. Parece que sus funciones incluían la conservación del fuego sagrado y que eran muertas a flechazos si perdían su virginidad.
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Los complicados ritos funerarios constituyen el núcleo de la vida social y estética de los pueblos de Nueva Guinea, ya que implican no sólo a la familia del difunto y a toda la aldea, sino a otras unidades sociales diferentes. Los funerales tienen dos fases: la propia muerte del individuo y el consiguiente período de luto, que puede durar varias semanas, y las ceremonias conmemorativas o funerales que pueden tener lugar años después, cuando el clan ha reunido la suficiente riqueza como para satisfacer su orgullo de anfitrión. Los objetos más utilizados en estos rituales son los siguientes: Escultura exenta. Una vez seca la madera en que se va a tallar la figura se procede a darle color: primero el fondo blanco de cal; a continuación los ocres, los negros de carbón y los verdes y azules que son tinturas vegetales. Unas veces, estas figuras representan al difunto cuyos funerales se celebran. En este caso el modelo no es aleatorio, sino que el diseño suele ser propiedad particular de algún anciano de la tribu que vende a la familia el copyright. Otras representan espíritus ancestrales, o incluso pueden tener connotaciones místicas. El dinamismo de su efecto visual, realzado por la alternancia de colores, procede del conjunto, más que del detalle. El pintor compartimenta las superficies en áreas muy pequeñas, sobre todo allí donde el color no tiene un significado determinado, como los dientes, en los que alterna el negro y el blanco. El número de motivos es limitado y su disposición reiterativa. Las superficies blancas se rellenan con líneas paralelas rojas, formando óvalos o rombos en formación vertical u horizontal; se emplean, también, motivos escaleriformes, triangulares, zig-zags, series de trazos perpendiculares a un eje longitudinal, líneas rematadas en triángulos, etc. Los motivos se asocian unos a otros de una forma determinada. Postes funerarios.- A veces tienen diversas figuras adosadas y varios metros de altura, todo ello trabajado en una sola pieza. Las características formales de las figuras son parecidas a las de las esculturas exentas, pero el trabajo es más descuidado. Es posible que, como éstas, representen al difunto. Máscaras.- Constituyen algunas de las más impresionantes creaciones de todo el Pacífico, y son inconfundibles. Se utilizan en las danzas ceremoniales. Algunas son personales y representan a un difunto concreto, e incluso llevan su nombre; otras representan las almas o espíritus de difuntos no determinados, que asisten a la ceremonia. Frisos.- Se colocan en las casas malaggan, donde tienen lugar los funerales, formando paneles horizontales. Las ceremonias malaggan constituyen una ocasión para que los clanes expresen su solidaridad, y han contribuido, durante mucho tiempo, a mantener sus formas económicas, su estructura social y la ideología tradicional. El último funeral malaggan que se conoce tuvo lugar en el año 1964, en honor de un gran hombre cuyo nombre era Buk-Buk. Duró varias semanas. Sin duda toda la aldea esperó hasta tener el suficiente stock de jabalíes y taro como para que su prestigio quedara asegurado.
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El poder se expresaba a través del mando pero también en el ámbito de los rituales. El papel de la reina en las ceremonias es otra perspectiva muy reveladora para entender su significado dentro de la familia real y su imagen pública en relación al pueblo.(19) El ritual presentaba a la reina como parte esencial de la monarquía, como esposa del rey y como madre del futuro rey. Y también se les reservaba papeles protagonistas, como sucedía en las entradas solemnes. Muy significativas fueron las llamadas Jornadas de las reinas consortes. Fue durante en el reinado de Felipe II cuando todo este ritual o ceremonial destacó por su significación, especialmente a partir del tercer matrimonio con Isabel de Valois y del cuarto con Anna de Austria. Gráfico La etiqueta borgoñona diseñó un nuevo ritual específico para cada uno de los acontecimientos. Las ceremonias protagonizadas por las reinas con motivo de su boda, viaje a su nuevo reino, encuentro con su esposo y ratificación del matrimonio y entrada real en Madrid, adquirieron enorme relevancia por su magnificencia, simbolismo y trascendencia para las relaciones internacionales; también por su valor de aproximación de la monarquía a la sociedad, por la cantidad y calidad de los festejos organizados y su significado para la historia del arte efímero y, también por la aportación literaria de los relatos y publicaciones, libros y folletos, en prosa y en verso. Para la entrada de Ana de Austria en 1570 merece destacarse la crónica de López de Hoyos. Las instrucciones de Felipe II para las jornadas de Isabel de Valois y Ana de Austria son muy reveladoras de los aspectos que se consideraban más importantes y se querían destacar más, por ejemplo, el momento del encuentro del cortejo que venía acompañando a la reina desde su país de origen con la comitiva enviada por el rey para recibirla y darle la bienvenida a su reino, justo en la frontera. El ceremonial representaba y escenificaba entonces las relaciones entre la monarquía española y el reino de procedencia de la nueva reina. Gran importancia política tenía la entrada solemne de la reina en las diversas ciudades y poblaciones del recorrido, especialmente la entrada en la capital, Madrid. En cada lugar había que respetar las costumbres y tradiciones, pero sin comprometer nunca a la monarquía, lo que daba ocasión a negociaciones y acuerdos para satisfacción de ambas partes. Aunque por tratarse de la reina consorte, no del rey, se rebajaba el nivel de compromiso político. Con la introducción de la dinastía borbónica cambió el ceremonial borgoñón de los Austrias, en el que el rey y la reina vivían gran parte del tiempo separados. Desde el reinado de Felipe V, los reyes se mantendrían siempre juntos, en la vida cotidiana, en la mesa, en los paseos y cacerías y también en las ceremonias, incluidas las de carácter político, donde la reina asistía al lado del rey, como también en las más diversas fiestas cortesanas. La imagen proyectada en este siglo tendía a ofrecer no a la persona individual sino a la familia real, destacando la importancia de la dinastía y del factor de continuidad de la monarquía. Así, la pareja real, muchas veces acompañada de sus hijos, el príncipe heredero y los infantes, participaba conjuntamente en casi todos los actos del ritual cortesano y de las ceremonias realizadas en público. Un ejemplo es el retrato de la Familia de Felipe V de Van Loo. En el simbolismo real de la época, junto al mito solar aplicado al rey, el mito lunar se aplicaba a la reina. (20) El símbolo responde al ideal, por el cual la reina era sólo un pálido reflejo del esplendor del soberano; sin embargo hubo reinas que brillaron con luz propia, otras llegaron incluso en algunos momentos a hacer sombra al rey. Otro símbolo, aplicado a la reina en su papel de dar un heredero a la corona, era la aurora. Imagen con frecuencia asociada en las letras y las artes a la reina que da a luz un nuevo sol, el heredero del trono. Asimismo, la reina debía ser un ejemplo y guía para todas las mujeres del reino. Pero en sus representaciones no aparecía como mujer más o menos próxima a su pueblo, sino como reina, con toda la magnificencia posible. En el siglo XVIII, los retratos expresaron más los sentimientos y se abrió camino a una mentalidad más amable y delicada, más femenina. Una cualidad o elemento esencial a destacar en una reina era la sabiduría. Una sabiduría formada por los conocimientos adquiridos, entre los que la religión, la moral, las lenguas -española y extranjeras- la historia, la pintura y la música se consideraban como más propios y adecuados. También era muy importante en una reina, como expresión de su grandeza y cultura, el patronazgo de las artes y las letras. Parece que las soberanas de los siglos XVI y XVII quedaron oscurecidas por el brillante mecenazgo de los monarcas, especialmente de Felipe II y Felipe IV. En este campo, sobresalieron más las reinas del siglo XVIII, especialmente las dos esposas de Felipe V y también Bárbara de Braganza y María Luisa de Parma. La imagen de reina heroína fue objeto de numerosas representaciones. Era la imagen bíblica, clásica de la mujer fuerte, una reina valerosa, capaz de grandes proezas, que rige a su pueblo con fortaleza y lo conduce a la victoria. Pero el deber fundamental de una reina era prestar a la institución monárquica la imagen digna de ser amada y obedecida y, para ello, debía ganar el amor y fidelidad de sus súbditos para la Corona, representando el rostro amable y hermoso de la monarquía. Mientras el rey ejercía un reinado material, el de la reina era inmaterial, espiritual; el rey reinaba sobre los cuerpos, la reina debía reinar sobre las almas. Para ello, a la belleza interior se debía añadir la hermosura exterior. La majestad daba belleza y la belleza daba majestad. A todo ello, era preciso sumar otra serie de virtudes que debían adornar a una reina como la prudencia, la discreción, modestia, humildad, honestidad, etc. todas ellas cualidades unidas a la feminidad.
Personaje Otros Político
Al iniciarse el gobierno de Leguía en 1919, Riva tuvo que abandonar el país al ostentar el cargo de líder del partido conservador. En 1930 regresó a su patria para ocupar la presidencia del Consejo de Ministros y la cartera de Instrucción Pública. Sus principales obras -"La Historia en el Perú", "Afirmación del Perú" y "El Perú histórico y artístico"- le llevaron a la presidencia de la Academia de la Historia y de la Academia Peruana de la Lengua.