Desconocemos la identidad de este joven retratado por Botticelli ante un fondo negro para resaltar la volumetría y centrar nuestra atención en su atractivo rostro. Quizá sea algún miembro de su taller o un paje de la familia Médici, encontrando una interesante relación con un retrato de joven muy similar pintado por el maestro en esas mismas fechas. La figura se presenta de frente, resaltando sus anchas facciones a través de un potente foco de luz que procede de la izquierda. A diferencia de sus primeros retratos, en los que el artista mostraba referencias espaciales, en estos últimos trabajos el fondo neutro hace que nos concentremos en el rostro, destacando la expresividad que transmiten. Los mínimos detalles del traje y la delicadeza de las líneas que constituyen la figura demuestran la elevada capacidad como dibujante que siempre exhibirá Botticelli.
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Como la mayoría de los retratos que Zurbarán pintó, que dicho sea de paso no fueron demasiados, desconocemos la identidad del modelo. Parece ser un niño de diez ó doce años, hijo de una familia noble. Se ha especulado acerca de su parentela pero el rastro de su ascendencia se ve complicado por el detalle del sombrero, según la moda holandesa, por lo que podría ser un joven flamenco de la Corte madrileña. Zurbarán emplea el tipo de retrato imperante, con las piernas abiertas a compás, lo cual daba siempre un aire desgarbado a los retratos oficiales españoles. Zurbarán recurre a sus técnicas habituales para este cuadro, con una acertada elección de colores, con una gama dominante en rojos y marrones. Destaca la figura contra un fondo negro y equilibra su gran masa de color con el cortinaje rojo de la esquina. El rostro del pequeño aparece serio y algo distante, característica también predominante en los retratos del artista, quien sin embargo dotaba a sus figuras inventadas de mayor expresividad que a sus modelos naturales.
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El tío Dominique será uno de los modelos favoritos para el joven Cézanne. Tenemos diferentes retratos ataviado con bonete, como abogado o como un monje, todos ellos en una postura similar al situarse en primer plano, ocupando la mayor parte de la superficie pictórica, dirigiendo su intensa mirada hacia el frente, aunque en este caso parece bajar la vista en función del recato monacal. El hábito blanco, las manos cruzadas a la altura del pecho, la gran cruz sobre una cinta azulada y el rostro del tío son los limitados focos de atención de la composición en la que se renuncia a referencias espaciales de cualquier tipo. Las pinceladas son tremendamente violentas, aplicando el color con espátula tal y como observamos en el hábito o el rostro, interesándose más por el color que por el detallismo habitual en los retratos neoclásicos. Con esta forma de modelas obtiene una mayor expresividad y un impacto visual más fuerte, características identificativas de la primera etapa del maestro de Aix.
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Existen varias dudas alrededor de ese retrato. Tradicionalmente se ha identificado como Lavinia, la hija de Tiziano, pero sólo el cabello rubio de la modelo sirve de base para esta hipótesis. También se ha considerado como un retrato de Clelia Farnese, encargado, por tanto, por algún miembro de la poderosa familia del papa Paulo III. Esta hipótesis tampoco atrae a numerosos especialistas, que incluso llegan a plantear si de verdad estamos ante una obra de Tiziano o si se trata de un trabajo realizado por su algún miembro de su círculo. En cualquier caso, resultan admirables las brillantes tonalidades rosas y doradas del vestido, aplicadas con una pincelada rápida. También es destacable la captación psicológica de la joven, centrando su atención en el gesto y la mirada.
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Gauguin sentía gran respeto y admiración por Cézanne, de quien poseía algunas obras que se negaba a vender, incluso en los peores momentos. En esta escena quiere hacer una especie de homenaje a Cézanne, colocando como fondo un lienzo suyo con una naturaleza muerta al que Gauguin tenía mucho cariño y que vendió al marcharse a Tahití. En primer plano contemplamos a una mujer - que algunos especialistas interpretan como la esposa de Cézanne - sentada en un sillón con un rostro similar a una máscara, efecto remarcado por los profundos ojos negros que no miran a ningún lugar concreto. El colorido azulado es el otro gran protagonista de la composición, animado por el color blanco y el rosado de la carnación de la mujer. El primitivismo en este lienzo estaría representado por la máscara, anticipándose al interés de Picasso por este tipo de elementos primitivos.
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Alrededor de la autoría de este retrato existe cierta polémica. Wethey excluye esta obra del catálogo del artista pero recientes estudios defienden la atribución a Tiziano, situándolo en la década de 1540 aunque también existe la posibilidad de fecharse hacia 1515.Se trata de un retrato en el que sigue el estilo iniciado por Giorgione en la década de 1510 pero perfeccionado, centrando todo el interés en la personalidad del modelo. De esta manera, un potente foco de luz procedente de la izquierda ilumina la figura, resaltando el gesto del músico que dirige su penetrante mirada hacia el espectador. Las tonalidades oscuras son habituales en este tipo de retratos, siguiendo la moda masculina cargada de austeridad imperante en la Europa del Renacimiento.
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El hombre que aparece en este retrato nos es desconocido hoy día, puesto que se ignora su nombre o edad. Sin embargo, el objeto que lleva en la mano, un anillo, ha hecho que se le considere un orfebre de profesión. El anillo no es matrimonial ni lleva una insignia o dignidad alguna, por lo que se cree que se trata de un atributo de su dedicación habitual. Este tipo de retrato se hizo extensivo en la pintura flamenca, con el personaje captado de medio cuerpo, sobre fondo oscuro y con algún objeto que nos hable de su actividad habitual o su dedicación.
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Los especialistas consideran que el abrigo recogido con una amplia hebilla que viste esta dama de 81 años no estaba de moda en el siglo XVII por lo que deducen que se trataría de una figura histórica, posiblemente la profetisa Ana o una sibila. La figura está tratada con un naturalismo espléndido, destacando su intensa mirada dirigida hacia el espectador. Los detalles de la capa y el vestido, así como la calidad de los libros demuestran la habilidad de Bol para la retratística, siguiendo la estela de Rembrandt con quien colaboró durante varios años. La iluminación dorada empleada, el uso de colores oscuros y la captación psicológica del modelo son características aplicables a los retratos del maestro que se extienden a la obra de Ferdinand. La relación de la anciana con Elisabeth Jacobsdr. Bas es significativa.