Busqueda de contenidos
obra
Entre los pintores pompeyanos arraigó la moda de retratar a las damas como escritoras, armadas del punzón (stylus) y de los dípticos de madera encerada. El gesto de llevarse a la boca la punta aguzada del punzón recuerda a la de las personas que mojan en la lengua la punta del lápiz. Una escritora de tanto oficio como Safo nunca hubiera hecho eso, pero aceptemos que esta hermosa pompeyana sea, como quieren algunos, una poetisa. El peinado de ricitos orlando la frente y el estilo de transición entre tercero y cuarto apuntan a la época de Claudio.
obra
Saskia van Uylemburgh será para Rembrandt su principal punto de apoyo durante los ocho años que permanecerán casados, sirviendo de modelo en numerosas ocasiones. En este caso observamos un espléndido dibujo de la esposa del maestro con un amplio sombrero, apoyada sobre una desconocida superficie y portando una flor en la mano derecha. El rostro es la zona más destacada, resaltando la belleza de la joven y la alegría en su gesto, especialmente en sus ojos. Los trazos son seguros y firmes, mostrando la facilidad de Rembrandt para el dibujo y el grabado.
obra
Desconocemos quién es la mujer con esa fortaleza expresiva y esa inteligente mirada que protagoniza este retrato. Podría tratarse de Rita Sangali, bailarina italiana que debutó en la Opera de París el mismo año que se realizó el retrato, 1887. Otra hipótesis apunta a que la dama es Rosita Mauri, otra bailarina que ya había debutado en la Opera diez años atrás y que era la gran rival de la estrella Léontine Beaugrand, convirtiéndose en una de las favoritas de Degas. Las fotografías existentes muestran a Rosita con esos mismos ojos, similar nariz, pómulos salientes y ese aire de fortaleza que exhibe también en el retrato. La manera de trabajar es la característica de Degas en la década de los 80, reforzando el rostro de la figura con toques de color blanco que se repiten por todo el conjunto. La postura forzada se relaciona con los escorzos de sus bañistas.
obra
Uno de los mejores retratos que guarda el Museo Nacional Reina Sofía es el que en 1913 pintó Anglada Camarasa a la condesa de Pradre, doña Sonia Klamery. La modelo aparece recostada, vestida con un elegante y decorativista traje largo que nos permite contemplar las sensuales medias de seda y los zapatos de tacón. El fondo está pintado en los mismos tonos que el vestido, resaltando el exotismo del conjunto gracias a la ubicación del colorista pájaro. Anglada se inspira en el fauvismo a la hora de utilizar los colores, recurriendo a tonalidades frías que contrastan con el blanco del rostro, del amplio y sensual escote y los brazos. El decorativismo que se respira en el conjunto se relaciona directamente con los trabajos de Klimt, obras que en aquellos momentos estaban causando sensación entre la sociedad más "chic" de Europa. La estrecha vinculación de Anglada con la Secesión vienesa le llevará a realizar obras modernistas de gran atractivo visual.
obra
El padre de Durero murió y el artista se llevó a vivir a su casa a su anciana madre, a quien podemos ver en este retrato, firmado el mismo año de la muerte de la anciana. El artista se ha fijado con fidelidad en el rostro avejentado de la mujer, sin ocultar ni una sola de sus arrugas, ni sus ojos desmesuradamente abiertos con expresión perdida. Durero escribió de su madre: "Esta piadosa mujer dio a luz a dieciocho hijos, sufrió a menudo de la peste y de algunas otras graves enfermedades, así como de una gran pobreza, desprecios y palabras despreciables sin manifestar nunca sentimientos de odio". Estas frases resumen una vida de privaciones que dio a un rostro de poco más de sesenta años el aspecto de una carga muy pesada a lo largo de muchas más décadas. También expresa a la perfección la situación social de la mujer en el siglo XV, dedicada a dar hijos para asegurar la continuidad familiar (de los dieciocho hermanos Durero sólo sobrevivieron tres), expuesta a todo tipo de enfermedades y agotada físicamente a los sesenta años.