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A pesar de las dificultades para fechar este excelente dibujo, la cercanía con algunas figuras femeninas de los frescos pintados por Tiziano en la Scuola de San Antonio en Padua situarían esta obra en torno a los años centrales de la década de 1510. También estaría cercana a la serie de obras protagonizadas por figuras femeninas -véase Flora, Venus Anadiomene o Salomé- que realizó en el segundo lustro de la década. Se trata de un dibujo de gran sensualidad, en el que los rápidos trazos crean una figura de delicada belleza, centrándose en la expresividad del rostro. A pesar del estado de conservación, nos encontramos con un sensacional ejemplo de la capacidad dibujística del maestro veneciano.
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Andrea Navagero y Agostino Beazzano fueron dos importantes escritores venecianos que estuvieron en Roma durante el año 1516, momento que pudieron aprovechar para encargar un retrato doble a Rafael. Algunos especialistas dudan la originalidad de este lienzo que contemplamos al citar Michiel que contempló el retrato en casa de Bembo en Padua pero utilizando como soporte la tabla.Los dos escritores han sido captados por el pintor de manera rotunda, como si hubiese interrumpido el diálogo entre ambos, destacando sus expresivos e inteligentes rostros recortados ante un fondo neutro. El realismo de los ojos indica la maestría de Sanzio a la hora de ejecutar retratos, quizá su temática más desconocida anticipándose al estilo de Tiziano.
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La esposa de Ramsés II posee la tumba más suntuosa y mayor del Valle de las Reinas. La cámara del sarcófago, sustentada en cuatro pilares en el centro, tiene los colores negros, dorados y azules de una noche del trópico. En ella parecen flotar los espíritus celestes, Osiris y las divinidades veneradas por la reina. Poseen las figuras femeninas pintadas en esa tumba una sensualidad hábilmente velada, pero no oculta. Enormes djeds, símbolos de la permanencia, y jóvenes sacerdotes de Sem revestidos de sus ieles de leopardo exoman los pilares del centro. En uno de ellos aparece la reina siguiendo la ley de la frontalidad.
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Este retrato muestra todas las características del retrato flamenco. El personaje está captado de medio cuerpo, levemente girado sobre sí mismo de tres cuartos, sin la rotundidad del frente o el perfil de los italianos. Tras el modelo encontramos una referencia arquitectónica, la columna de mármol, que da estabilidad a la efigie al tiempo que su carácter secundario no logra distraer la mirada del motivo principal. También es habitual la aparición del paisajito ajardinado del fondo, muy lejos, conectado con el primer plano gracias a la alfombra del suelo, en perspectiva muy profunda. Memling es muy cuidadoso a la hora de tratar cada elemento de la imagen, individualizando cada rasgo minuciosamente. El gesto de la oración así como los adornos tiene un aspecto más plano que en otras obras, donde se encuentran una mayor profundidad y volumen. El pintor, para dinamizar la imagen, realiza un agradable juego de perpendiculares en los que las verticales se complementan armoniosamente con diseños horizontales, como las bandas del pecho o la misma posición de las manos.
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Este retrato de Lorenzo Tiepolo nos recuerda obras de su etapa veneciana, en las que el artista puso todo su talento para reflejar una mirada intensa, algo ausente y en la que destacan sus ojos repletos de vida. El retrato parte de los modelos de Rembrandt reelaborados, popularizados por los grabados de Giandomenico.
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El retrato de este matrimonio destaca sobre todo por el gran realismo con el que aparecen representados. Además, ambas figuras están ataviadas con la toga, con lo que se dignifica a los personajes representados. En sus manos portan materiales relacionados con la escritura, dotándoles de este modo, de un gran nivel cultural. Excepcional ejemplo retratístico de la calidad técnica y artística de los artífices de los frescos de Pompeya.
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1929 es el año clave para el pintor catalán, conoce a Helena Ivanovna Diakonova, a la que todos llaman Gala; realiza su segundo viaje a París y entra en contacto con el grupo surrealista. En ese segundo viaje a París, Miró le introduce en la vida artística de la capital y conoce a Tristan Tzara, Magritte, Arp y Camille Goemans. Éste último le presenta a Paul Éluard, casado con Gala, al mismo tiempo que se convierte en su marchante, organizándole su primera exposición individual en París, presentada por el patriarca del surrealismo, André Breton. En el verano de ese mismo año, algunos miembros surrealistas visitan Cadaqués: Goemans y su compañera, René Magritte y su esposa, Luis Buñuel, Paul Éluard y Gala con su hija. Precisamente, en este momento Dalí se enamora de la mujer de Paul Éluard. En septiembre, cuando el grupo regrese a París, Gala permanecerá en Cadaqués unas semanas más. El retrato que Dalí nos presenta comenzó a realizarse en ese mismo verano, cuando sus relaciones con Lorca estaban a punto de terminar. Es la expresión de continuidad del amor de Paul Éluard por su esposa Gala. Iconográficamente, presenta todos los elementos de El gran masturbador como la langosta, el pez como símbolo sexual de época lorquiana, las manos cortadas, los cambios de materia, el león como símbolo de la pasión, la jarra cortada, etc. También existen las referencias al amor contrariado, a la frustración sexual y alusiones a la muerte.
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En febrero de 1882 Monet llegó a Pourville, pueblecito a cinco kilómetros al oeste de Dieppe, alojándose en el "Hotel Victoria". El establecimiento incluía un restaurante llamado "A la Renommée des Galettes" dirigido por Paul Graff y su esposa Eugénie. Uno de los días el tiempo no era bueno y el artista realizó los retratos del viejo cocinero y de su esposa. El hombre aparece tocado con su sombrero de chef y vistiendo un impoluto traje blanco, destacando su rostro de buena persona, centrando el maestro la atención en sus ojos. El estilo es el característico del pintor impresionista, empleando rápidos y concisos toques de pincel que refuerzan la expresividad del cocinero.