No es muy habitual encontrarse con un retrato familiar hasta el siglo XIX, pero siempre hay excepciones como el lienzo que nos ocupa. Rembrandt lo realizó al final de su vida y forma parte de esa lista de retratos anónimos de los últimos años como la Señora con clavel o el Joven con pelo largo. Podíamos aventurar que se tratara de personajes de inferior categoría social que los retratados en la década de 1630 y por consiguiente no conocemos sus identidades.Las características que definen este sensacional retrato son la vitalidad y el verismo que consigue Rembrandt insuflar a los personajes, especialmente a las figuras de las niñas, perfectamente captadas, creando el efecto de estar presente el espectador en la escena. La madre mira atentamente a la pequeña mientras que el padre dirige su mirada hacia el exterior con ánimo vigilante. El estilo del maestro holandés está en su momento más álgido; tomando como referencia a Caravaggio y el naturalismo tenebrista ha evolucionado hacia una manera de pintar muy personal en la que la luz es la principal protagonista, sin olvidar la pincelada disuelta que apenas atiende a detalles. Incluso en cuanto al colorido, con esos tonos rojizos, Rembrandt aporta un toque personal al tramo final de su pintura. La "manera áspera", nombre con el que se denominaba en el siglo XVII a esta forma de pintar, ha alcanzado el momento cumbre.
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Obra realizada en la primera época madrileña del pintor, entre 1623-1629, aunque sobre la fecha exacta hay enormes controversias entre los especialistas. Lo que nadie pone en duda es la autoría, avalada por los repintes que se observan en el cuadro, característica típica de Velázquez ya que no utilizaba bocetos preparatorios, trabajando directamente sobre el lienzo. Aquí se puede observar la corrección de la capa en la zona izquierda y la de la pierna izquierda que estaba avanzada, separándose ambas piernas. El artista tenía costumbre de introducir modificaciones posteriores en sus obras. Felipe IV viste traje negro y capa, como era la moda en la España del siglo XVII, apoya su mano izquierda en la espada mientras en la derecha porta un papel.
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Siguiendo la estela de Tiziano y Tintoretto, El Greco desarrollará una interesante labor como retratista, recogiendo con sus pinceles a los miembros más importantes de la sociedad toledana. Así surgen excelentes imágenes como don Antonio de Covarrubias, el Caballero de la mano en el pecho, el cardenal don Fernando Niño de Guevara o este monje anónimo captado con una naturalidad sorprendente. El pequeño busto recoge casi exclusivamente la cabeza del fraile y resalta su expresión, especialmente a través de sus ojos inteligentes y despiertos, captando el alma de su modelo como más tarde harán Velázquez o Goya. Las pinceladas son vigorosas, sin detenerse en detalles anecdóticos, modelando con la luz y el color tradicionales de la Escuela veneciana.
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El pintor Jean Clouet, flamenco de origen, mantiene los caracteres del retrato flamenco del siglo XV como el realismo, la minuciosidad detallista o el empleo muy contrastado del claroscuro en toda su producción. Pero además incorpora algún rasgo de la retratística italiana en cuanto a valorar gestos y ademanes, así como el colorido y calidades de las vestimentas, algo que tal vez pudo inspirarle el retrato de Francisco I realizado por Tiziano.
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El pintor Jean Clouet, flamenco de origen, mantiene los caracteres del retrato flamenco del siglo XV (realismo, minuciosidad detallista, empleo muy contrastado del claroscuro) en toda su producción, a la que incorpora algún rasgo de la retratística italiana -el retrato de Francisco I realizado por Tiziano, algo pudo sugerirle- en cuanto a valorar gestos y ademanes, así como el colorido y calidades de las vestimentas. Su versión de retrato ecuestre a lo italiano del mismo Francisco I, también atribuido a François Clouet, resulta algo rígida y pesada. Cotejada su producción con la de Jean Fouquet, del tercer tercio del cuatrocientos, nos evidencia que los avances y aportaciones son realmente escasos.
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Al retratar a su amigo, el pintor Pforr, Overbeck plasma el ideal del artista nazareno. Como en modelos neerlandeses, el retratado se asoma a una ventana, en este caso gótica, ataviado como un contemporáneo de Durero, con su mujer cosiendo en la habitación ante un libro edificante y con una vista de ciudad alemana al fondo, que vuelve a trasladamos al siglo XV. El trabajador manual y piadoso que cultiva una imagen extemporánea por la que cree salvaguardar la autenticidad artística se complementa con un complejo programa iconográfico.
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La forma y la actitud de Gala en este cuadro están adaptadas a partir de una fotografía de Gala y Dalí que había sido realizada en ese mismo año. Dalí se centra en la importancia de lo comestible con un significado muy concreto, las relaciones entre padre e hijo, el miedo al padre y los propósitos caníbales de éste. El argumento de la chuleta será muy utilizado por el artista a partir de entonces, en obras como el estudio para El enigma de Guillermo Tell, de 1933 o el propio El enigma de Guillermo Tell. Dalí ha dejado escrito en su libro "Vida secreta" el proceso de este cuadro: "Al llegar a Port Lligat, pinté un retrato de Gala con un par de costillas crudas balanceándose en equilibrio sobre su hombro. Eso debió querer decir -como supe más tarde- que, en lugar de comerla, decidí comer un par de costillas crudas. Las costillas parecían, en efecto, las víctimas expiatorias de mi sacrificio abortado, al igual que Abraham prefirió comerse las ovejas y Guillermo Tell apuntar a una manzana. Muchas veces, he pintado un retrato de cuando era niño con una costilla cruda sobre la cabeza, intentando simbólicamente influir a mi padre para que se comiese la costilla en lugar de a su hijo. Mis representaciones comestibles, intestinales y digestivas se intensificaron durante aquel día...". La insistencia, la fijación, en productos alimenticios como la chuleta, los filetes, las judías, las manzanas y un largo etcétera aparecen en otros contextos dalinianos como la época de guerra civil española o la segunda guerra mundial. Así, por ejemplo, son destacables Canibalismo de otoño (1936), Construcción blanda con judías hervidas. Premonición de la guerra civil (1936) o El enigma de Hitler (1937).