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La pintura flamenca asentó un tipo de retrato ampliamente difundido en toda Europa y en especial en España, que gustaba mucho de su producción. Este que vemos aquí tiene todas las características, como son el retrato de medio cuerpo, levemente girado de tres cuartos, sobre un fondo neutro muy oscuro y con la presencia de las manos como contrapunto de luz y color al rostro. El anciano que vemos está captado con realismo muy poco pudoroso, a juzgar por la apariencia física del modelo. No se ha tratado de ocultar o idealizar aquellos rasgos que pudieran embellecer la imagen final, como se practicaba en el retrato italiano. Al contrario, el artista busca con delectación el detallismo, la verosimilitud, aquello que haga fácilmente reconocible al modelo. La perfección que se obtiene de esta manera no suple sin embargo la falta de penetración psicológica por lo que nuestro personaje aparece con la mirada perdida y una expresión vacía que nos impide averiguar el más mínimo dato sobre su personalidad.
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En 1892 falleció Atiti, el hijo de los vecinos de Gauguin, cuando contaba sólo 18 meses. El pintor quiso hacer un retrato póstumo del pequeño, con el que estaba muy relacionado, pero el resultado no agradó a la madre del crío ya que parece aparentar más edad y tiene la cabeza desproporcionada en relación a las manos. Y es que como retratista Gauguin no va a tener mucho éxito debido a su interés por conseguir crear una imagen fuerte y simplificada; en lugar de ofrecer una imagen realista del modelo, el pintor describe sus rasgos esenciales, marcados a través de una gruesa línea oscura que delimita los contornos en su deseo de eliminar lo superficial. El colorido claro del traje y de las sábanas contrasta con la oscuridad del fondo pero no anima una obra triste por la pérdida de un ser querido.
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Sorolla se traslada con su familia a Madrid, donde existe una importante demanda de retratos. Para superar el bajo momento económico en el que se encontraba inicia una frenética actividad como retratista, precisamente gracias a su amigo, el también pintor Aureliano de Beruete que aquí vemos retratado. Fue Beruete quién sugirió a Sorolla que trabajase como retratista porque podría obtener mucho éxito y dinero, como así fue. En los primeros años del siglo XX, los retratos de Sorolla se pondrán de moda en Madrid siendo el artista muy solicitado. Aureliano de Beruete era paisajista, crítico e historiador del arte, uno de los primeros que realizó un estudio crítico sobre la obra de Velázquez. Le vemos en su estudio, sentado en un sillón cubierto con una tela, vistiendo traje gris azulado, con guantes y sombrero en las manos; al fondo se aprecia un caballete con un paisaje, para recordarnos la actividad en la que destacaría el retratado. La característica que define todos los retratos de Sorolla es la familiaridad con la que representa a sus modelos, mostrándolos al espectador como si éste le conociera. Siempre intenta que la atención se centre en el rostro, más iluminado por la luz para contrastar con el traje y el fondo, como en este caso. Existe una importante base dibujística pero la pincelada es suelta, como apreciamos en el sillón, la barba o el cabello. Los detalles dejan paso a la luz y a la expresividad, como ya había hecho la Escuela barroca española en cuyas fuentes bebió Sorolla. Su fama como retratista será tan grande que llegará a recibir importantes encargos del exigente mercado americano.
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Se conservan muy pocos retratos de Artemisia Gentileschi, que trabajó más bien como pintora de historias bíblicas o mitológicas. Sin embargo, aquí tenemos este ejemplo de retratista, sobre la efigie de un caballero desconocido. La maestría de la pintora se puede apreciar en la viveza realista del rostro, así como en los adornos y brillos de la armadura. Pero la disposición general del retratado es algo torpe y las proporciones resultan cortas y desproporcionadas. De hecho, uno de los brazos resulta bastante más largo que el otro, que se apoya en la mesa. El retrato repite la típica pose de los retratos ejecutados un siglo antes por los grandes de la pintura veneciana, como Tiziano por ejemplo. Será también el tipo adoptado en el Barroco español, como Velázquez, que viajó a Italia en dos ocasiones.
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Las monedas de los 45 y 44 a.C. presentan una efigie de Julio César similar a ésta que contemplamos por lo que los especialistas consideran que nos encontramos ante una copia de un retrato perdido, realizada ésta en al año 26 a.C. La efigie de César combina la tradición itálica del volumen estereométrico con el modelado y las formas griegas del clasicismo. La nariz, el busto y la excesiva limpieza del mármol son fruto de una moderna restauración.