La facilidad de Renoir para realizar retratos se puso de manifiesto muy pronto, como observamos en el de la Señorita Romaine Lacaux. Incluso durante una temporada ocupó el puesto oficioso de retratista de la alta sociedad parisina. En esta ocasión es un retrato más íntimo, protagonizado por un amigo como Paul Cézanne, captado con absoluta maestría. El pintor aparece vestido como un burgués, con su despejada frente y los cabellos despeinados que se continúan con la barba. La técnica empleada pastel como hacía Degas o Manet - permite trabajar a Renoir con absoluta rapidez y libertad, mostrando la personalidad de su amigo.
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Una de las características del mundo romano fue su capacidad para adoptar ideas y formas religiosas de los pueblos conquistados, dando así coherencia a un imperio que reunía a multitud de pueblos y creencias diferentes. Sin embargo, y por encima de este mosaico de creencias, el Estado romano impuso las prácticas religiosas y las creencias que debían compartir todos los ciudadanos, utilizando los asuntos divinos y la instauración del culto al Emperador como instrumento de legitimación y de dominio. El retrato de Claudio es uno de los ejemplos más destacados. Esta pieza se puede ver en el Museo Arqueológico Nacional.
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Kahnweiler, galerista del cubismo, no podía dejar de ser sujeto del arte de sus pintores. Este memorable retrato del amigo y protector de Picasso es de una gran complejidad plástica y al tiempo uno de los cuadros más sobrios que pintó en esa época. Más, desde luego, de lo que denotan sus retratos de Vollard y de W. Uhde, inmediatamente anteriores a éste. La elegante sobriedad concuerda con el retratado. La presencia de una botella, sugerida en el margen inferior izquierdo, ejerce un efecto de bifurcación semántica muy atractivo y a propósito.
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Los especialistas piensan que la mujer que sirvió como modelo para este retrato sería una amiga de Emile Flöge, con la que mantuvo un estrecho contacto a través de la tienda de modas que las hermanas Flöge abrirán en Viena, tienda que convertirán en la "boutique" preferida de la alta sociedad. La modelo aparece en pie, apoyando su mano derecha en un elegante sillón que observamos en primer plano, con el cuerpo girado en tres cuartos y la cabeza de perfil, adornando su estilizado cuello con una gargantilla dorada de la que pende una cruz de brillantes. Klimt juega a los contrastes en este retrato como observamos entre la palidez del rostro y del escote y el negro vestido de seda, que contrasta a su vez con el tejido del sillón. La figura se recorta ante una pared clara, adornada con un tapiz de variados colores, indicando la posición elevada de la desconocida modelo.La fidelidad casi fotográfica de los retratos pintados por Klimt en esta época continúa, siguiendo las normas impuestas por Hans Makart, acercándose el pintor austriaco a la elegancia manifestada por Sargent en sus retratos. Los estudiosos consideran este retrato como un precedente del de Sonja Knips.
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La creciente fama cosechada por Botticelli en la década de 1470 le llevaría a realizar algunos retratos, entre los que destaca esta dama cuyo nombre se piensa que sería Smeralda Brandini debido a una inscripción añadida en el siglo XVI. La joven pertenece a una importante familia florentina - porta en sus manos un pañuelo, símbolo de distinción - presentándose en el interior de una cámara donde observamos la columna que sirve de parteluz a la ventana y la puerta abierta al fondo. De esta manera quiere hacer el artista referencia a una de sus obsesiones, la perspectiva, elemento imprescindible para la pintura del Quattrocento como también se observa en Piero della Francesca o Mantegna. La dama parece descorrer una cortina, relacionándose de esta manera con el espectador, en un juego muy habitual en la obra de Sandro. La figura ha sido esculpida gracias a la luz y la sombra que modelan su atractivo rostro y sus manos. La línea se adueña de un conjunto en el que destaca la minuciosidad de los pliegues y los detalles del vestido, que muestran la formación de orfebre que siguió Botticelli en su juventud. A pesar de la gracia y la belleza de la modelo, la imagen carece de la viveza que otorgará a los retratos Tiziano en el próximo siglo.
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Casi tan bella y misteriosa como la Gioconda de Leonardo, este retrato femenino es una de las obras más elegantes de Van der Weyden. Algunos estudiosos creen que se trata de la princesa Marie de Valengin, hija de Felipe el Bueno, duque de Borgoña y patrón de Jan van Eyck. Es un retrato delicado y lleno de inspiración. La elegancia traspasa cada elemento de la composición con sutileza: la posición de las manos, el brillante destello rojo del cinturón en contraste con el vestido oscuro, la maravillosa toca transparente que deja ver el peinado y la frente de la dama... La modelo lleva la frente completamente rasurada, tal y como ordenaba la moda flamenca del siglo XV. Este mismo peinado lo podemos ver en otros retratos, como el de Margarita van Eyck, o en las santas y vírgenes de los cuadros religiosos. La gradación del color y el juego de transparencias y sutileza de la luz se debe al empleo del óleo, que permitía disolver los pigmentos en capas de aceites. Al superponerse estas capas se obtiene un increíble efecto de profundidad, veladuras y brillo esmaltado. Con el paso de los años, los aceites y barnices se han resquebrajado provocando craquelados que son muy apreciados por el ojo experto.