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Desconocemos la identidad exacta de esta bella dama pintada por Correggio en sintonía con los retratos femeninos de Leonardo o Rafael. Se apunta el nombre de Veronica Gambara, noble dama de Correggio que se había quedado viuda a los 32 años tras la muerte del conde Gilberto da Correggio. Los estudiosos consideran que el cordón franciscano que se aprecia bajo el cuenco y la inscripción griega que aparece en éste serían datos suficientes que avalan esta identificación.La mujer aparece ante un bello fondo de paisaje, de medio cuerpo, inclinando la cabeza hacia su derecha y dirigiendo la mirada al espectador, destacando su expresivo rostro presidido por la tierna sonrisa. Los detalles del vestido están resaltados a la perfección, deteniéndose en el amplio escote - que nos permite contemplar la piel aterciopelada de la dama -, las amplias mangas o el trenzado tocado de cierto gusto oriental recogido en un rico broche. La luz esculpe la figura, contrastando las tonalidades de su vestido con el fondo celeste mientras que la cabeza se recorta ante unos troncos de laurel que podrían simbolizar el triunfo de la dama. La seguridad y maestría exhibida en el dibujo por Correggio le sitúan entre los grandes del Cinquecento.
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Formada como miniaturista, Carriera se interesará especialmente por la técnica del pastel, aportando una significativa elegancia a los tonos vaporosos y esfumados característicos de este técnica. Su estilo vendrá identificado por la cercanía al modelo, tomando un punto de vista muy próximo por lo que la relación entre espectador y modelo es muy estrecha, destacando la serenidad de la mirada y la ligera sonrisa de la protagonista. Este estilo identificativo se extenderá a la retratística francesa e inglesa, adoptando los retratos un aire más intimista. La influencia de Carriera se dejará notar en Maurice-Quentin de la Tour y Jean Marc Nattier.
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Klimt sufrió un grave ataque de apoplejía el 11 de enero de 1918 que le llevó al hospital, donde fallecerá a las seis de la mañana del 6 de febrero. En su taller quedaron un buen número de obras sin concluir como este retrato que contemplamos, en el que han sido esbozadas las líneas generales de la composición. La modelo viste un traje blanco donde encontramos un buen número de colores reflejados, al igual que hacía Cèzanne. Su alegre rostro dirige la mirada al espectador mientras que el cuerpo queda girado en tres cuartos, creando una dinámica postura que repetirá en Retrato de una dama. El fondo queda oscuro para contrastar con el primer plano, eliminando el decorativismo de otros trabajos de este momento -El bebé o La novia- lo que podría explicarse por el hecho de estar sin acabar. Los rápidos toques de color no ocultan la importancia del dibujo, especialmente en el rostro, acentuado con líneas más oscuras de la misma manera que hacían Gauguin y el grupo de Pont Aven.
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De reducido tamaño, este retrato de un desconocido que Memling pintó en 1487 nos muestra las características que determinaron la evolución del retrato flamenco. Comparado con los retratos de Van Eyck o Van der Weyden, lo primero que se observa es que el fondo ha variado. Frente a la abstracción de décadas anteriores, que planteaba una efigie fantasmal recortada dramáticamente contra un fondo negro ahora se nos aparece el modelo ante un amplísimo paisaje, perdido en los confines y con una línea de horizonte muy baja. Este hecho de bajar la línea de horizonte destaca al modelo contra un suave cielo lleno de nubes y el resplandor del amanecer. En el horizonte vemos las torres de una iglesia a un lado y equilibrando la masa al otro lado, unos arbolillos otoñales, con hojas doradas. La actitud del orante nos dice que podría tratarse de una obra compuesta por varias tablas, tal vez un díptico, una de cuyas alas mostraría el retrato del devoto y la otra una escena sagrada o un santo de especial cariño para el comprador.
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Este retrato ha sido recientemente atribuido a Velázquez. pintado hacia 1628, una de la épocas menos prolíficas del artista, muestra a Don Sebastián García de Huerta, Secretario del Supremo Tribunal de la Inquisición y Secretario del rey Felipe III y Felipe IV en el Real Consejo Supremo de la Santa Inquisición. Se conservó como herencia familiar hasta 1929, cuando fue vendido a su actual propietario.
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El viaje de regreso desde Dresde a Greifswald en 1801 tiene un significado especial en la obra del joven Friedrich, al igual que lo tendrá el no menos importante de 1806. En aquellas fechas realiza muy variados dibujos de experimentación de sus capacidades, en especial de su familia y del entorno natural de su tierra de origen. Así, se conservan retratos de su hermano Christian, su hermana Catarina Dorotea, su padre Adolph Gottlieb, la gobernanta de su casa y otros familiares y amigos. Uno de estos personajes vinculados a la familia de Friedrich es E. T. J. Brückner, muerto en 1805, miembro del Göttinger Hainbund y escritor. En 1789 fue nombrado pastor en Neubrandenburg, la localidad natal de los padres del pintor, con quien trabó duradera amistad. Friedrich visitó a Brückner a su vuelta de Copenhague en 1798, y en 1801 tuvo ocasión de encontrarle en su paso por aquella ciudad entre marzo y abril. Ese mismo año lo halló de nuevo en su tierra con motivo de una ocasión especial: Adolf, el hermano mayor de Friedrich, contrajo matrimonio con Margarete, hija de Brückner. En esta obra, Friedrich se muestra como un consumado retratista, en la línea de lo aprendido en Dresde, donde triunfaba el maestro de la Academia y retratista Anton Graff (1736-1813).
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El pintor Adriaen Key rompió dos costumbres hasta el momento firmemente establecidas: no sólo se autorretrata sino que además recoge en la misma tabla a toda su familia. El retrato colectivo es una variante poco frecuente en la pintura flamenca. Sin embargo, nos encontramos a finales del siglo XVI y con este cuadro Key se adelanta a lo que será el retrato de grupo del Barroco. La estructura del cuadro es extremadamente monótona, con dos filas continuas de cabezas, la superior con los hijos mayores, el pintor y la esposa, y la inferior, con los pequeños. Sin embargo, la monotonía queda rota en los gestos y las poses de los personajes, que con sus miradas y sonrisas crean un ritmo diametralmente opuesta a la serena composición en horizontales. La tonalidad neutra oscura que predomina en el óleo sirve para acentuar los rostros, las manos y las golas de purísimo blanco que orlan los cuellos. El resultado final, aunque sólidamente equilibrado, resulta variado en la contemplación. Es de destacar la maravillosa naturaleza muerta que se sitúa en el ángulo inferior derecho. Con una composición completamente autónoma, los elementos que en ella aparecen nos remiten al tipo de la "vanitas", reflexión sobre la futilidad del mundo real y la presencia del tiempo y la muerte sobre los elementos de la vida.