Tras pasar veinte años en Londres como representante de la Banca Médici, Giovanni d´Agnolo de´Bardi regresó a Florencia en 1483, encargando un retablo a Botticelli para la decoración de la capilla familiar en la iglesia del Santo Espíritu diseñada por Brunelleschi. Por el trabajo el artista recibió 78 florines, destinando 43 a pagar los materiales necesarios para la ejecución del retablo; los 35 florines restantes eran un buen sueldo si consideramos que la paga de un trabajador sin cualificar en la Florencia del Quattrocento eran 2 florines al mes. El lujo de la obra - sólo en pan de oro se pagaron 38 florines - es una evidente muestra del deseo del cliente de regresar con fuerza y dignidad a su ciudad natal, compitiendo con los grandes mecenas del momento. La Virgen con el Niño aparece acompañada de los santos Juanes, el Bautista a su derecha y el Evangelista a la izquierda, siendo ambos los santos patrones de Giovanni d´Agnolo. La Madonna está rodeada de flores y árboles - recuerda a la Primavera - como símbolo de alabanza a la Virgen, incluyendo cintas en los jarrones donde aparecen himnos marianos. Los santos portan sus atributos contemplándose la bandeja a los pies del Bautista, quien aparece vestido con su tradicional piel de cordero, y el Evangelio en las manos del Evangelista, quien en su mano derecha sujeta una pluma. Ambas figuras se sitúan al borde de un escalón para reforzar la sensación de perspectiva, siguiendo la Trinidad de Masaccio que Botticelli contempló en la iglesia de Santa Maria Novella, muy cercana a su casa familiar. Las figuras continúan con su aspecto escultórico, recordando las obras de Donatello, Verrocchio o Ghiberti, manteniendo su aislamiento y frialdad característicos. La profusión de dorados recuerda a la pintura gótica del siglo anterior o a maestros del XV como Fra Angelico. Botticelli se interesa por los pliegues de las telas y la minuciosidad de los detalles, recordando su formación como orfebre. El estilo correcto y frío del maestro está en su punto álgido, resultando muy atractivo para sus clientes.
Busqueda de contenidos
obra
No se sabe con certeza la fecha del encargo que recibió Fra Angelico para la decoración del convento franciscano de San Buenaventura en Bosco ai Frati. Tampoco se puede afirmar con rotundidad que la obra se la remitiera Cosme de Médicis, aunque la representación de sus santos patrones, los médicos Cosme y Damián, hace suponer que fuera el comitente de la obra. La Virgen del Retablo de Bosco ai Frati presenta una formulación más moderna que la presentada en el Retablo de Annalena, que le sirvió de referente. Sobre un pedestal de mármol, con una faja de decoración de carácter clásico, se presenta la Virgen en su trono sosteniendo al Niño. A ambos lados de los brazos del trono, dos ángeles le acompañan, recortadas sus siluetas sobre el fondo dorado. En los laterales, apoyados en el suelo, cierran la composición los santos de pie, muy bien compuestos en sus volúmenes: San Antonio, Santo Domingo, San Francisco en el lado izquierdo y, San Cosme, San Damián y San Pedro Mártir a la derecha. Los santos quedan enmarcados por una arquitectura de fondo, con hornacinas en forma de venera, como el remate del lugar donde se sitúa la Virgen, y columnas adosadas al muro. Más allá, las copas de algunos árboles en la penumbra de un paisaje abierto. La Virgen, con la mirada perdida fuera del espacio de la representación, recuerda en su gesto a la Madona del Tabernáculo de los lineros. De Jesús podríamos destacar la actitud tierna hacia su madre y la postura de sus piernas, descansando su peso sobre la izquierda. A petición de los monjes del convento de Bosco ai Frati, Fra Angelico representó en la predela el busto de Santo Domingo, San Bernardo, San Pedro, San Pablo, San Jerónimo y San Benito, que flanquean la figura de Jesucristo en una hornacina, en el centro, en una solución que se asemeja a las pretensiones de la tabla de la Crucifixión del Retablo de San Marcos. Aquí el Redentor también simboliza el discurso de la Misa.
obra
La Contrarreforma traerá una renovación del espíritu religioso y de la concepción trascendental de la vida que calará hondo en la sociedad española de la época. La Corona española se convertirá en la principal defensora de la iglesia de Roma, por convicción y por estrategia política. Esta actitud será especialmente beligerante en zonas de conflicto religioso, como los Países Bajos, y se plasmará en el proceso de evangelización de América, en el impulso dado a la Inquisición y en la expulsión de los moriscos a principios del siglo XVII. Los temas relacionados con la Virgen, la vida de los santos y la pasión de Cristo, como los representados en el retablo de esmaltes de Daroca, serán utilizados como ejemplo del sentido moral y trascendente de la existencia. Esta obra consta de 16 cuadros esmaltados y tres pintados, y es, en realidad, un tríptico: se conservan dos paneles laterales, pintados al óleo con la Anunciación y la Adoración de los pastores, que podían cerrarse sobre el panel principal. Los episodios de la Pasión de Cristo se concretan aquí en doce escenas y, junto al calvario, están representados los cuatro evangelistas, autores de los textos que narran la Pasión, según un esquema simbólico relacionado con la salvación y establecido ya desde época prerrománica. Las tablas pintadas muestran a San Jerónimo y a María Magdalena. Desde el punto de vista estilístico, tiene influencia de la pintura italiana del quattroccento, influencia que caracteriza a la pintura española de la primera mitad del siglo XVI. El retablo esmaltado de Santo Domingo de Silos de Daroca (Zaragoza) fue recogido por la comisión científica provincial de Zaragoza, presidida por Savirón, para evitar su pérdida dada la descapitalización de la Iglesia tras la desamortización del segundo cuarto del siglo XIX. Se envío al Museo Arqueológico Nacional en 1870.
obra
Se le propuso a Fra Angelico la pintura sobre tabla que debería adornar el altar mayor de Santo Domingo de Fiesole. El artista se enfrentó a una estructura dentro de la tradición de retablo del último gótico. Fra Angelico figuró a la Virgen en su trono rodeada de ángeles y santos dominicos. El motivo del encargo fue la reconstrucción del antiguo convento de Fiesole, gracias a las donaciones de un comerciante de Florencia, Barbana degli Agli. A principios del siglo XVI la pintura original se vio sometida a un proceso de actualización por parte de Lorenzo di Credi, con lo que en la actualidad poco queda de la primera concepción del monje pintor. Di Credi suprimió la antigua estructura de madera, cuyo remate era en arcos góticos apuntados, con lo que consiguió presentar el retablo como una escena única, y sustituyó el primitivo fondo de oro de Fra Angelico por una estructura arquitectónica de carácter clásico a los lados, que se abría a un paisaje, y un baldaquino coronando el trono de la Virgen. La composición de las figuras y la construcción del basamento que sustenta la escena serían de Fra Angelico. Sobre un suelo embaldosado de carácter geométrico se levanta un pedestal de mármol en semicírculo donde se asienta el trono de la Virgen y el Niño Jesús. Rodeando esta estructura figuran, a menor escala y en composición circular, ángeles que oran a la Madre de Dios; unos de rodillas en el suelo, otros sobre el pedestal, algunos de ellos se encuentran por detrás del trono, con lo que la sensación espacial queda bien imaginada. El Niño, desnudo y de carnaciones bien conseguidas, juguetea con su madre y una rosa que porta en la mano. En los extremos del motivo central y guardando proporción con la Virgen, se sitúan el teólogo dominico Santo Tomás de Aquino y San Bernabé (seguramente como referencia al comitente de la obra, Barbana) a la izquierda, San Pedro Mártir y el santo fundador, a la derecha; todos ellos orlados con aureolas doradas de rigurosa planitud que, intuimos no se diferenciarían en exceso del primitivo fondo dorado. En la parte iconográfica menos importante del retablo, esto es, en los huecos excavados en los extremos de la estructura de madera a modo de pilastras, se sitúan otros santos dominicos, posiblemente añadidos más tarde por la mano de Lorenzo di Credi. La predela del retablo presentaba la imagen única de la resurrección de Cristo con diferentes santos y ángeles. De cualquier manera y salvando las dificultades de autoría de algunos detalles, la obra constituye un paso más en el continuo proceso revolucionario en las artes que se dio en el primer renacimiento con autores como Fra Angelico.
obra
El autor de esta polémica obra, fue Mathis Niehart, conocido desde el siglo XVII como "Grünewald". Un autor que se caracteriza por el intenso dramatismo con que impregna sus obras. Esta escena es la más impactante del retablo donde Cristo aparece enormemente desproporcionado, con el cuerpo repleto de heridas en una de la imágenes más duras de la historia del arte. Como queriendo expresar plásticamente la inscripción evangélica referida a Cristo, que inserta en la tabla junto a San Juan Bautista -Es preciso que El crezca y yo mengüe-, aplica un canon de dimensiones distintas a las figuras, como frecuentemente hiciera el arte medieval, que, en sus puntos extremos, evidencian la gran figura del Crucificado y la diminuta María Magdalena arrodillada a su derecha, haciendo destacar, sobre todo, los enormes pies y manos retorcidos y deformados de Cristo.
video
El retablo de Isenheim es la obra maestra de Matthias Gothard, más conocido como Grünewald. La tabla estaba destinada a presidir el altar mayor de la capilla del monasterio de Isenheim, en las cercanías de Estrasburgo. La escena central muestra la Crucifixión de Cristo. Ante un oscuro y amenazante fondo se recortan las diferentes figuras: en el centro, el Crucificado, en un madero que a duras penas resiste su peso, con la agachada cabeza coronada de espinas, transmitiendo a través de las manos el dolor y la tensión que también observamos en el rostro, los pies rotos o la piel llagada; en la zona derecha, la figura de san Juan Bautista, simbolizando con su presencia la redención humana; a su lado, el cordero de Cristo, representando el sacrificio de Jesús por la humanidad. En la zona de la izquierda encontramos las figuras de la Virgen María, vestida de blanco como símbolo de pureza, consolada por el joven evangelista Juan; arrodillada vemos a María Magdalena, reconocible por el tarro de ungüentos con el que ungió los pies de Cristo. En el panel de la izquierda se representa a san Sebastián, uno de los santos protectores contra la peste; aparece sobre una basa estrellada y tras él observamos una columna, donde fue atado y asaeteado, sobreviviendo al martirio tras ser curado por santa Irene. La figura, de clara inspiración italiana, se cubre con un manto rojo, apreciándose al fondo una tela en la que observamos dos ángeles portando una corona. En el panel de la derecha se encuentra san Antonio, el santo patrón de la orden que regía el Hospicio de Isenheim. También aparece sobre una basa estrellada, vistiendo túnica azul y manto rojo, apreciándose sobre él un demonio que rompe una ventana y transmite la peste gracias a su aliento ponzoñoso. En la predela del retablo se representa el Santo Entierro, una vez que el cuerpo del Salvador ha sido descendido de la cruz para ser depositado en el sepulcro. La enorme figura de Cristo está siendo sostenida por san Juan Evangelista mientras que las santas mujeres lloran e imploran a Dios en un segundo plano, apreciándose a los pies del Salvador la corona de espinas. Un fondo de paisaje cierra la composición.
obra
El 27 de junio de 1537 Alonso Berruguete contrata la ejecución de este retablo, cobrando por ello 600 ducados y otorgándose un plazo de un año y cuatro meses para su realización. En el banco se comprometía a tallar "una ystoria del ofrecimiento de los Reyes la cual tome el ancho de las tres pieças de abaxo". Pese a la composición unitaria de la escena, Berruguete la distribuyó en tres grupos, ocupando el centro la Virgen con el Niño y san José para situar en la izquierda a dos de los Reyes con dos personajes, mientras en la derecha se ubica el rey Baltasar, acompañado de otras figuras. El sentido compacto que caracteriza a los diferentes grupos es uno de los elementos compositivos que más llaman la atención. El conjunto se recubre con policromía, abundando los dorados, tal y como se especificaba en el contrato. Las figuras están muy distorsionadas, apreciándose las influencias de lo aprendido en Italia, adentrándose Berruguete en el Manierismo, marcando así un hito en el arte renacentista español.
obra
La pieza central del banco del Retablo de la Adoración de los Reyes está protagonizada por la Sagrada Familia con el Niño escurriéndose prácticamente del regazo de la Madre. Las figuras se inscriben en un triángulo, según el estilo renacentista imperante en Italia. Sin embargo, san José aparece discriminado, lo que produce el desequilibrio en el grupo.