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La parte superior y principal del retablo de la Santa Cruz está ocupada, en la calle central, por una espectacular y teatral composición que representa a Cristo con la cruz a cuestas, ayudado por el Cirineo y detenido ante la Verónica. Es la escena que da nombre al retablo de la Santa Cruz y responde a una de las advocaciones de la capilla, denominada de la Santa Cruz, del Salvador y de San Andrés. El citado tema ha sido resaltado sin duda por indicación expresa del donante. Este pasaje de la pasión no suele faltar en los retablos dedicados a este ciclo, pero lo que en dichas ocasiones es un tema más del mismo, en el retablo de los García de Salamanca lo preside aisladamente
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El retablo de la Santa Cruz, de madera policromada, totalmente esculpido, ofrece una clara organización con una parte baja -banco o predela- presidida por la escena del Llanto sobre Cristo muerto que queda flanqueada, en las calles laterales, por las representaciones de los donantes, arrodillados en actitud de oración y acompañados por sus correspondientes patronos.
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Este retablo procede del desparecido convento de San Francisco de Valladolid. Allí fue visto por fray Matías de Sobremonte en 1660 y descrito como un "antiguo retablo sin policromar que contiene figuras muy pequeñas de talla, aunque muy perfectas, los principales misterios de la vida, pasión y muerte de Nuestro Redemptor...". El retablo se compone de tres calles con doble altura en las laterales y una sola en la calle central, en la que se representa la escena del llanto sobre Cristo muerto, cargada de dramatismo, cerrando así la vida de la Virgen a la que se dedica el conjunto, iniciado por el Nacimiento y acompañado de la Anunciación, la Natividad de Cristo y la Adoración de los Reyes Magos. Todas las escenas están realizadas con gran detallismo, apuntándose a una procedencia flamenca, posiblemente a algún taller de Amberes, tal y como observamos en la forma de la caja aunque no encontramos marcas del taller. Si están documentadas dos manos en la ejecución de la pieza. Fotografía cedida por el Archivo Fotográfico del Museo Nacional de Escultura.
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Estamos si no ante la mejor, al menos ante la más exquisita de las obras de un Gil de Silóe en los últimos años de su vida. Tal vez no la acabó y algunos de los huecos destinados para la escultura fueron cubiertos con tallas de su hijo varios años después. Una vez más sus encargos se deben a personajes de alto relieve que, parece ser, remuneran convenientemente su trabajo. Ahora es Mencía de Mendoza, de la poderosa familia castellana y viuda del conde Haro y condestable de Castilla. ¿Qué habría ocurrido con el retablo mayor si Gil de Silóe no hubiera desaparecido?
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El Retablo de San Miguel y San Esteban también es conocido como de los Revenedors (Revendedores) debido a que este gremio fue el comitente de la obra. La tabla central estaba dedicada a San Miguel y sobre ella se situaba otra tabla con la Virgen y santas, coronando el conjunto el tradicional Calvario. De la calle de la izquierda sólo se conserva el episodio de la Aparición del arcángel en el castillo de Sant'Angelo y de la calle de la derecha la caída de Simón el Mago y el Milagro del monte Saint-Michel. La tabla protagonizada por la Virgen originalmente debía estar emplazada en la calle central del retablo, entre las tablas dedicadas a san Miguel y la Crucifixión. Pese a que la aplicación de los fondos dorados, decorados con el mismo tipo de racimos y hojas que aparecen en el retablo de san Antonio, impide una recreación paisajística, esto no significa una renuncia a la sensación de espacialidad. Esta se define a través de un ámbito rectangular cerrado con un bancal, elemento que encontramos también en las tablas centrales de otros retablos (san Abdón y san Senén, san Bernardino y el Angel Custodio). La iconografía responde al esquema cuatrocentista de la sacra conversazione.
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En conmemoración a san Abdón y san Senén -patronos de los agricultores antes de la difusión, en época barroca, del culto a san Isidro-, los parroquianos de la iglesia de San Pedro de Terrassa decidieron encargar un retablo al pintor más afamado de Barcelona, la cercana capital. Según parece extraerse de algunas noticias fragmentarias, el mismo Huguet supervisó in situ su montaje para así asegurar la perfecta definición de los valores de la obra. Sin duda, además de expresar su religiosidad, los clientes también actuaron movidos por el deseo de realizar un acto que les asegurase la protección de dichos santos. El hecho de que los monjes benedictinos de la abadía d'Arles-sur-Tech (Rosellón) hubieran traído sus reliquias desde Roma contribuyó, dado el poder que se atribuía a los restos santos, a la extensión del culto de san Abdón y san Senén por el norte de Cataluña y a las numerosas versiones locales de su leyenda. El conjunto, caracterizado por horrorosas torturas, pone de manifiesto otro aspecto: el gusto, incluso la complacencia, del público y los clientes por las escenificaciones truculentas y morbosas de estos pasajes hagiográficos. En el centro encontramos las elegantes figuras de ambos santos, quizás un tanto afectados. Todas las figuras de este delicado retablo se caracterizan por un refinamiento de las vestiduras, elegancia de las actitudes y brillantez de las gamas cromáticas que, si bien están próximos a los modelos del gótico tradicional, también encuentran sus paralelos en el mundo italiano.
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Rodrigo de Santaella, educado en Bolonia, fue de los primeros españoles, según Bataillon, que dominaban el griego clásico. Él fundó el colegio de Santa María de Jesús con el propósito de convertirlo en una universidad de artes liberales, Derecho Canónico y Teología, tomando como modelo el colegio español de Bolonia. Impulsado por los nuevos conocimientos cartográfícos, llegó a traducir la obra de Marco Polo. Santaella encargó a Alejo Fernández el retablo para la iglesia del Colegio, en el que podemos observar elementos goticistas en su traza arquitectónica aunque la ordenación corresponde a criterios renacentistas. La Virgen de la Antigua preside el retablo, mientras que en las calles laterales del primer piso encontramos a los Cuatro Padres de la Iglesia, vestidos de manera suntuosa y en actitudes solemnes. El segundo cuerpo está presidido por la llegada de Espíritu santo, representándose en las calles laterales san Pedro, san Gabriel, san Miguel y san Pablo.
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La Virgen de la Antigua preside el Retablo pintado por Fernández para la iglesia del desaparecido Colegio de Santa María de Jesús de Sevilla. La Virgen viste con una túnica con tonalidades doradas de evidente influencia goticista, al igual que la presencia del promotor de la obra a los pies, maese Rodrigo de Santaella, en una escala inferior a la figura principal, tal y como acostumbraban algunos maestros flamencos.
contexto
Este retablo se conserva en la iglesia de La Asunción de Laredo (Cantabria). Presidido en la calle central por la imagen de la Virgen de Belén, modelo de Virgen amamantando al Niño o Virgen de la Leche, la obra no ofrece su estado original pues, como ha sucedido en otros ejemplos, en época barroca fueron sustituidos los enmarcamientos arquitectónicos iniciales por otros correspondientes al estilo entonces dominante. A pesar de todo ello este retablo es no sólo el más importante de esta modalidad en la zona de Cantabria sino también uno de los más interesantes, completos y de gran riqueza iconográfica entre los existentes en España de procedencia nórdica. Sin embargo, y tal vez por no ofrecer en la actualidad las características propias de la tipología de los retablos-trípticos flamencos, puede pasar inadvertido entre la abrumadora decoración posterior y no ser valorado con la precisión que la obra requiere. El conjunto, de madera dorada y policromada, está compuesto por tres espacios que cobijan las escenas principales y sus correspondientes enmarcamientos arquitectónicos, enriquecidos éstos por una serie de pequeños grupos escultóricos que ofrecen al fiel la posibilidad de ilustrarse con la contemplación de una variada y rica iconografía con temas del Antiguo y Nuevo Testamento. Dicha posibilidad fue también utilizada en numerosos ejemplos de la pintura de los primitivos flamencos y, aunque son varios los pintores que utilizaron este recurso, se ha invocado con frecuencia la personalidad y el arte de Roger van der Weyden. Con sus peculiaridades estilísticas y expresivas este pintor marcó toda su época y los años posteriores, tanto en la modalidad pictórica como en la escultórica, manifestación que supo igualmente reflejar sus composiciones, sus tipos, su patetismo, o su manera de plasmar el dolor contenido. Como ya queda indicado, ocupa el vano central la Virgen con el Niño, acompañada por dos ángeles que, con anterioridad a la mutilación de sus manos, sujetarían la corona de María. Bajo el arco del lado del Evangelio se contempla una impresionante escena de la Anunciación -momento en el que se inicia la idea de la Redención- ambientada en el interior de una estancia en la que se encuentra en primer término la Virgen arrodillada con el ángel Gabriel detrás, en actitud de darle la salutación. El Calvario -culminación de la idea de la Redención- ocupa el espacio del lado de la Epístola. Es una extraordinaria representación de Cristo, con un cuerpo realista y una expresión dramática, enriquecida con la presencia patética de la Virgen y san Juan al pie de la Cruz. Toda la escena está incrementada en sus valores de expresividad por el movimiento y la abundancia de telas y plegados que caracteriza el estilo de la época. Completan el programa iconográfico las numerosas escenas situadas sobre los arcos, alrededor de los tres que presiden el retablo. Posiblemente el orden iconográfico está alterado -tal vez por la remodelación barroca- pues no se sigue una continuidad cronológica en la disposición de los temas. El ambicioso programa ofrece temas tomados de los textos apócrifos como fuente de inspiración: el Abrazo de san Joaquín y santa Ana ante la Puerta Dorada, el Nacimiento de la Virgen y su Presentación en el Templo. Otros momentos elegidos se refieren al ciclo de la infancia de Cristo: Visitación, Nacimiento, Presentación en el Templo, Adoración de los Reyes y Jesús discutiendo con los doctores en templo. También se ha elegido el momento de su Bautismo y algún milagro para pasar al ciclo de la Pasión y Vida Gloriosa representado por escenas como la entrada en Jerusalén, la Sagrada Cena, Oración en el Huerto de los Olivos, Flagelación, Camino del Calvario, Cristo clavado en la cruz, Descendimiento de la cruz, colocación en el Santo Sepulcro, Resurrección y Ascensión. No faltan las alusiones del Antiguo Testamento con figuras como Jacob, o Isaac en el momento de su sacrificio, y alguna otra escena de dudosa interpretación. Completa este espectacular y rico conjunto el grupo de la Coronación de la Virgen, situado en la parte superior; igualmente se conservan ocho apóstoles -pudieron ser doce- situados en la actualidad, a modo de predela, en la parte inferior del retablo, cabiendo la posibilidad de que en la estructura inicial, con otra disposición, fuesen el elemento de separación de las tres calles. El retablo de Laredo responde plenamente por sus características al estilo de la escultura flamenca y puede ser una obra que, como otras muchas de las conservadas en España, proceda de alguno de los talleres más importantes allí existentes. R. Didier ha apuntado, la probabilidad de relacionar la obra con un maestro de Bruselas, hacia 1440-1450, y recientemente, por parte de Aramburu-Zabala y Polo Sánchez, se le ha relacionado con el miniaturista Barthelemy d'Eyck, del que se conserva un dibujo de la Virgen con el Niño en el Museo Nacional de Estocolmo, el cual bien pudo servir de fuente de inspiración para la imagen de la Virgen de Belén. Este retablo pudo llegar con facilidad a este puerto del Cantábrico pues, durante la Baja Edad Media, Laredo fue un lugar fundamental en el desarrollo de las relaciones comerciales, dado que por allí salían los productos procedentes de Castilla -especialmente la lana- y se recibían otros muchos -entre ellos obras de arte- propios de la actividad de los países del norte de Europa.