Como ya se ha indicado, la Segunda Guerra Mundial transformó profundamente las relaciones entre las metrópolis y las colonias; de esta situación incluso quiso beneficiarse el Reich alemán, que era el mismo un proyecto de Imperio pero que utilizó para sus fines el anticolonialismo. Lo que habría de tener más trascendencia de cara al futuro es que en el transcurso de los años bélicos quedó sembrada una conciencia de la fragilidad de los Imperios coloniales y un poso de nacionalismo que habrían de tener una profunda repercusión en la futura Historia humana. De no menor importancia fue el hecho de que las dos superpotencias mundiales eran en realidad anticolonialistas. Los Estados Unidos eran, en definitiva, una antigua colonia y el presidente Roosevelt había tenido no pocos problemas con los británicos, por la tendencia de Churchill a querer que el Imperio no cambiara; en 1946 concedieron la independencia a Filipinas. En cuanto a la URSS, desde sus mismos orígenes también se había identificado con la liberación de las colonias; éste fue un eje decisivo de su política exterior a partir de la mitad de los años cincuenta. El gran movimiento que llevó a la independización de los países colonizados se desarrolló en dos sucesivos momentos históricos. En el primero, desde 1945 hasta 1955, afectó al Medio Oriente y al Sureste asiático mientras que a partir de esta fecha se centró en África. Ya en 1955 se celebró la Conferencia de Bandung, que organizó el movimiento de los países descolonizados, de acuerdo con un ideario de política exterior, al mismo tiempo que las superpotencias aceptaban no poner límites a la admisión en la ONU de nuevos países. La actitud de las potencias coloniales en relación con el proceso descolonizador fue muy cambiante, dependiendo de sus respectivas tradiciones históricas pero también de otros factores como, por ejemplo, la población procedente de la metrópolis o el papel que las colonias jugaban en la vida de ésta. Gran Bretaña, dirigida por un Gobierno laborista durante estos años, no tuvo inconveniente en llevar a cabo una descolonización voluntaria que hubiera sido difícil que aceptara un Gabinete conservador. Por otra parte, la existencia de la Commonwealth, nacida en los años veinte, sirvió ahora para mantener una relación estrecha entre la vieja metrópoli y sus antiguas colonias, una vez que sus principios se adaptaron a la nueva situación. Convertida en un conjunto multicultural, sólo mantuvo como vínculo de unión la figura del monarca británico, aunque conferencias periódicas de los Jefes de Estado y un secretariado emplazado en Londres mantuvieran una mínima solidaridad entre los componentes. De cualquier modo, ni siquiera todas las antiguas colonias británicas se incorporaron a la Commonwealth. Por su parte, los Países Bajos tan sólo se limitaron a resignarse a aceptar la descolonización de su posesión de Indonesia. Italia, un país derrotado, estaba condenada a perder sus colonias. Hubo un acuerdo inicial respecto a ellas con Gran Bretaña pero finalmente fue la Asamblea de las Naciones Unidas quien decidió al respecto, de modo que Libia accedió a la independencia en 1951, mientras que Somalia lo haría diez años después, tras un período de tutela italiana, y, finalmente, Eritrea permaneció federada a Etiopía. El caso de Francia fue por completo diferente. La Conferencia de Brazzaville, convocada por el general De Gaulle, no dio pie más que a un mayor grado de autonomía y liberalización pero no a descolonización, e idéntico propósito se desprendió de la creación de la Unión Francesa prevista en la Constitución de la IV República francesa. Sólo después de muy penosas dificultades y como consecuencia de los previos conflictos violentos que tuvieron lugar en Marruecos y en Argelia, Francia optó por la descolonización de forma definitiva en 1958. Bélgica acabó siguiéndola con respecto al Congo.
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Las medidas para controlar la difusión de las ideas no impidieron, o tal vez ayudan a entender, que estos años fueran los de floración de una cultura específicamente rusa. Un papel destacado corresponde en esa tarea a Alexander Pushkin (1799-1837), que fue el forjador de la lengua rusa como vehículo de expresión literaria. Poeta ya conocido durante el reinado de Alejandro I, se vio expulsado de San Petersburgo aunque Nicolás I autorizó su regreso. Su temprana muerte, en un duelo, no impidió que dejara obras maestras como Eugenio Oneguin, Boris Godunov, o La hija del capitán. Esta última, en torno a la rebelión de Pugachev, es también un valioso testimonio histórico sobre la sociedad rusa, ya que es normal que en una sociedad como la rusa, en la que la libertad de información estaba tan restringida, los testimonios literarios se transformen en fuentes históricas de primer orden.Otro brillante poeta del momento, también muerto en duelo en plena juventud, fue Mijail Lermontov (1814-1841), que se dio a conocer a raíz de la muerte de Pushkin (La muerte de un poeta) y que, con Un héroe de nuestro tiempo, dejó una profunda huella en la literatura posterior. Pero fue Nikolai Gogol (1809-1852) el que dejó una imagen más variada e irónica de la sociedad rusa de su tiempo. El inspector general (1835), Las almas muertas (1842), o El capote son otros tantos cuadros de la vida rusa que, en algún caso, sólo se salvaron de las tijeras del censor por la intervención directa del zar, que apoyó la creación de esa nueva cultura nacional.También es de entonces la renovación en las artes (pintura del realismo crítico, de Venetsianov y Fedotov) y en la música, en donde Mijail Glinka (1804-1857) es figura destacada. A él se debe el estreno del himno nacional ruso en 1833.
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Entre los meses de julio y agosto de 1914 comenzaría lo que se ha definido como primer conflicto de ámbito mundial. Comenzó por un enfrentamiento entre los estados europeos que deseaban expansionar sus fronteras y territorios basándose en una política nacionalista como era la francesa y especialmente la alemana, llegando a implicar a naciones extraeuropeas como EEUU, Rusia, Japón, Turquía, etc, lo que le dio el calificativo de mundial. Concluyó en 1918 con la proclamación de los 14 puntos fundamentales para negociar la Paz (8 enero 1918), por el presidente Wilson. El 18 de enero del siguiente año comenzaría la conferencia de Paz en el Palacio de Versalles que iría detallando en sus 440 artículos todas las condiciones y tratados entre las naciones implicadas en la guerra. Entrando en vigor en 1920 el Estatuto de la Sociedad de Naciones.
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En el 289 a.C., después de la muerte de Agatocles, los mercenarios campanos y samnitas que habían dependido de éste, se adueñaron de la ciudad de Mesina, matando a sus habitantes, dividiéndose sus bienes y dándose el nombre de mamertinos, derivado del nombre osco del dios de la guerra Mamers, equivalente al Marte de los romanos. Durante las guerras de Pirro en Sicilia, los mamertinos habían colaborado estrechamente con los cartagineses. Tras la retirada de Pirro, los mamertinos y los cartagineses quedaron en libertad de extender su poder. Los mamertinos, más que someter, se dedicaron a saquear las ciudades griegas del área nordeste de Sicilia. Pero en el 268 a.C. tomó el mando en Siracusa -la única de las ciudades griegas de cierta importancia- un joven oficial llamado Hierón que dos años después se proclamaría rey. Éste logró controlar a los mamertinos y obligarlos a replegarse. En el 264, una parte de los mamertinos pidió ayuda a Cartago, que apostó una guarnición en la fortaleza de Mesina. Pero otra legación de mamertinos solicitó la ayuda de Roma, ofreciendo a cambio de ella su propia deditio, es decir, la entrega incondicional de su ciudad. Según Polibio, los romanos permanecieron durante bastante tiempo sumidos en dudas e indecisiones respecto al asunto de los mamertinos. No cabía duda de que resultaba absurdo ayudar a una banda de ladrones y asesinos como eran los mamertinos. El Senado sentía escrúpulos morales y decidió someter a los comicios la decisión a tomar. Pero frente a la primera actitud también se configuró la expectativa de que la deditio de los mamertinos podía significar posteriormente el sometimiento de Siracusa. No hay duda de que el enfrentamiento con Cartago no se contemplaba. El objetivo seria exclusivamente atenerse a la solicitud de los mamertinos y el enfrentamiento con los siracusanos. Esta fue la decisión adoptada. No obstante, contra toda expectativa, esta guerra se prolongó veinticuatro años. Una vez transportadas las tropas romanas desde Reggio a Mesina, la guarnición cartaginesa de la ciudad de Mesina se retiró. Mientras tanto, se había producido la alianza entre Siracusa y Cartago y ambos ejércitos se dirigieron conjuntamente contra Mesina. La primera fase de las operaciones culminó con la derrota de los siracusanos. Hierón decidió abandonar a los cartagineses y firmó una alianza subordinada con Roma. De hecho se convirtió en un rey vasallo de Roma. Esta alianza duró cincuenta años. La guerra produjo enormes pérdidas en ambos bandos. Durante la batalla decisiva de Lilibeo en el 241 a.C., unos 300.000 romanos e itálicos perecieron o se ahogaron en el mar. No obstante, Roma logró la victoria frente a Cartago y se vio dueña de la isla. La paz firmada en el 241 a.C. determinaba que Cartago abandonaría la isla comprometiéndose, además, al pago de una desorbitada indemnización bélica. Sicilia pasó a convertirse en provincia romana, gobernada inicialmente por uno de los cuatro quaestores classici creados en el 267 y que pasó a residir en Lilibeo. A partir del 227 a.C., después de conquistar Cerdeña, fueron creados dos pretores para el gobierno de ambas islas. Cartago sufrió a consecuencia de su derrota una sublevación de los mercenarios mal pagados que el general Amílcar había trasladado de Sicilia a Africa. Éstos, apoyados por poblaciones tributarias de Cartago, llegaron a amenazar la propia existencia del Estado cartaginés. Sofocada la revuelta, el ejército cartaginés se dirigió a Cerdeña, donde también la guarnición cartaginesa se había sublevado, a fin de poner de nuevo orden en la isla. La actitud de Roma fue sumamente cínica. Con el pretexto de que la expedición estaba dirigida contra ella misma, amenazó de nuevo con iniciar la guerra. Los cartagineses abandonaron la isla, además de verse obligados a pagar una indemnización de guerra aún más elevada. Esto ocurría en el 237 a.C. y Polibio considera que esta prepotencia de Roma y la humillación sufrida por Cartago, fueron la causa que verdaderamente decidió la Segunda Guerra Púnica. Lo que estaba claro es que primaba la ley del más fuerte y Roma, dado el estado de cosas, era incomparablemente más fuerte que Cartago. La primera Guerra Púnica fue la primera guerra extra-itálica de Roma. Sin duda la avidez fue un factor decisivo a la hora de pronunciarse la asamblea a su favor. La acción fue característica y se repetirá durante mucho tiempo: la aristocracia romana no pudo resistir jamás la tentación de intervenir si había oportunidad para ello.
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Este lienzo formaba parte de una serie de ocho, todos del mismo tamaño y atribuidos a Cano en la exposición celebrada en el Alcázar de Sevilla de 1810, procedentes del refectorio del Convento de Santa María de las Cuevas. De esta serie sólo quedan dos, perdiéndose los otros seis. La serie correspondería a la segunda etapa madrileña, el periodo más intenso de la actividad artística de Cano, momento en el que su estilo se afianza, incrementándose la expresividad de los sentimientos y adquiriendo sus composiciones elementos más barroquizantes. En su estilo se hace más manifiesta su dependencia de la escuela veneciana del siglo XVI, especialmente de Veronés y Tiziano. Para la elaboración de este lienzo, Cano empleó como modelo un grabado de Saenredam de una obra de Abraham Bloemaert. De esta manera, aparece Adán en la zona izquierda de la composición, Caín en el centro, vestido de color rosa, y Eva en la zona de la derecha, con Abel junto a sus rodillas. El magnífico paisaje ha sido realizado con una suave técnica ilusionista. Jesús y la samaritana es otra de las obras de esta serie.
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Las dos primeras décadas del Setecientos son aún momentos de vigencia de los ideales barrocos de la centuria precedente. Sus realizaciones, siempre suntuosas, permiten dividir el Continente en dos zonas atendiendo a las expresiones formales que adoptan. Por un lado, la Europa meridional católica y Austria continúan la tradición de movimiento, riqueza decorativa y fuerza emocional, en la que se construyen obras religiosas -Transparente, de la catedral de Toledo (1732), de Tomé; la iglesia de San Juan Nepomuceno (1733-1750), en Munich- y civiles -palacio de Zwinger, que forma parte del palacio real de Dresde, o el de Melk sobre el Danubio-. Por otra parte, Francia e Inglaterra prefieren más la contenida elegancia del Barroco comedido, cortesano y académico, en el que se construyó El Louvre en 1655 o se va a edificar Versalles durante el reinado de Luis XIV. Concebido como monumento que ensalce la grandeza del rey Sol, todo en él va a ser colosal: sus proporciones, las medidas de sus salones, sobre todo el de Los Espejos, su aspecto exterior y sus jardines geométricos, obra de Le Nôtre, antinaturalistas y racionales, en los que todos los efectos estaban calculados. Quizá por su magnificencia, incrementada por ser el edificio el centro del plano urbanístico de la ciudad; quizá por el mimetismo que toda gran potencia genera hacia lo suyo; o tal vez, por todo junto, la Europa continental se llena de muchos Versalles: el palacio de Berlín, el de Schönbrunn en Viena, Nymphenburg a las afueras de Munich, Rivoli en el Piamonte, Stupinigi, La Granja en Segovia, etc. Mientras tanto, en Inglaterra las construcciones de tendencia barroca de Vanbrugh (+ 1726) se alternan con otras de estilo palladiano que acabarán por imponerse, marcando el modelo de las casas de campo que se construye la nobleza para su residencia, los edificios públicos y las iglesias. Junto a él, cuya trayectoria desembocará en el neoclasicismo, se produce a partir de 1730 una revitalización del estilo gótico que continuará hasta el final de la centuria llegando a constituir un aspecto de la historia artística inglesa. Lo mismo que lo será la naciente arquitectura de jardines, nueva estética que se va a ir conformando y difundiendo a partir de 1720 para alcanzar su expresión definitiva, como veremos, una vez doblado el siglo. También vamos a encontrar aportaciones inglesas en el terreno urbanístico. Ellas son las que ponen de moda la construcción de grupos de casas conformando plazas, terrazas, calles y semicírculos tan característico de este siglo. La muerte de Luis XIV supone el comienzo de una evolución en el arte francés que troca austeridad por elegancia y riqueza sobre todo en los interiores. El Rococó estaba naciendo, si bien su relación con el Barroco que le precede es aún hoy un tema abierto al debate. El nuevo estilo, en el que la impronta del país donde nace marca su esencia, recibe tal denominación en 1755 de manos de un autor relacionado con el neoclasicismo, Cochin, que lo emplea para referirse a un tipo de mobiliario y decoración interior caracterizada por el uso de espejos, madera tallada, asimetría, curvas y dibujos de conchas. El término se aplicará además a la pintura e incluso saldrá del terreno del arte hacia la poesía y la música. Pictóricamente hablando, su nacimiento se puede remontar a la muerte de Le Brun a fines del siglo XVII. Se caracteriza por una tendencia realista y un gusto por la naturaleza, la intimidad y las formas bellas, lo que trae consigo un cambio temático. Las grandes pinturas históricas y mitológicas se sustituyen por escenas de género, en las que se representa la vida social de forma elegante, y por paisajes idealizados, como los de los venecianos Canaletto y Guardi, a fin de cautivar al observador a través del sentimiento. El primer gran maestro de esta nueva pintura es Watteau (1684-1721), creador de las escenas galantes y cuyas obras se difundieron ampliamente gracias a los grabados, alcanzando así gran influencia en otros artistas. Su discípulo más significado, Boucher (1703-1770), supo captar, mejor que su maestro, los gustos populares. El éxito entre sus contemporáneos fue enorme, gracias a que unió en feliz armonía un sentimiento de elegancia con el gusto por la decoración y un cierto erotismo. Pero esto, asimismo, le convirtió en el centro de las airadas críticas ilustradas contra este tipo de pintura, llegando a recibir de Diderot el apelativo de corruptor de costumbres. Tales críticas se hacen desde las ideas tan caras a la Ilustración de utilidad y enseñanza. De acuerdo con ellas, el arte debe de ser algo útil y didáctico, cuya visión sólo estimule buenos sentimientos y moralidad. La traducción práctica de esto es una pintura que reproduce la vida burguesa y a la que impregna una intención edificante de la sociedad. Así ocurre en la obra de Hogarth (1697-1764), quizá el pintor de más acusado realismo. Él rompe con la pintura tradicional elegante y de retratos aristocráticos en favor de la representación de asuntos con tendencia moralizante y de escenas callejeras, incluyendo todo tipo de personas. La reproducción en grabados de sus obras, de las que llegaron a venderse mil juegos, sin contar las imitaciones, lo convirtieron en un popular moralista de su época.
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El mapa político-cultural del Próximo Oriente en el cambio de milenio está alterado con respecto al de la Edad del Bronce, como consecuencia de las invasiones o emulsión de nuevos elementos demográficos, entre los que destacan los Pueblos del Mar, los arameos y los iranios. Las tribus indoeuropeas del altiplano iranio, entre las que destacan los medos y los persas, llegarán a convertirse en los protagonistas de la historia próximo-oriental hasta la conquista de Alejandro. Evidentemente las causas de la desaparición de los Imperios de Hatti, Assur o Babilonia están relacionadas con múltiples factores internos en desequilibrio (como la crisis demográfica motivada por el decrecimiento productivo), agravados por la adversa coyuntura internacional que caracteriza el traumático tránsito de la Edad del Bronce a la del Hierro. Si aquélla es la época de los grandes Imperios, ésta se caracteriza por la dinámica de múltiples estados de pequeñas dimensiones diseminados por toda la región, a excepción del Imperio Neoasirio, potencia indiscutible que marca el ritmo vital de las restantes formaciones políticas, al trasladar a los espacios periféricos su propia crisis mediante la búsqueda en ellos de nuevos recursos materiales y humanos con los que mitigar su decrecimiento productivo. La desaparición del mundo hitita provoca un vacío de poder en el corazón de Anatolia, que no será cubierto hasta que se instalen los nuevos pobladores frigios, probablemente a partir del siglo IX. Ya en el siglo VIII forman un sólido reino con capital en Gordio y en su momento de apogeo, su territorio político podía compararse con el de los hititas del II Milenio. Precisamente entonces, cuando competían militarmente con Sargón II, fueron víctimas de las invasiones cimerias, que dan al traste con una espléndida civilización, según demuestran sus restos arqueológicos en Yazilikaya y acredita la legendaria fama de su rey Midas. La zona meridional del Imperio Hitita había estado protegida por una serie de Estados vasallos; no sabemos qué ocurrió con ellos tras la desaparición del Imperio, pero reaparecen dos siglos más tarde, en torno al año 1000, con una cultura que es heredera directa de la hitita, de ahí el nombre de neohititas con que se les designa. Junto a ellos, antiguas ciudades -sede de otros Estados- son ocupadas por los invasores arameos, que instauran en ellas dinastías propias. Estos semitas van progresando con fuerza, hasta hacerse dueños de muchos territorios anteriormente neohititas. Todos estos Estados desempeñan un importante papel económico, pues constituyen escalas obligadas para las rutas caravaneras que pretenden alcanzar la costa mediterránea desde la zona septentrional de Mesopotamia. El comercio garantiza su privilegiada existencia, pero también el comercio genera constantes alteraciones politico-militares, pues las grandes potencias necesitan controlar tales rutas para impedir posibles bloqueos comerciales. En los alrededores del lago Van, en la zona oriental de Anatolia, se consolidó el importante reino de Urartu (siglos IX a VII), cuya población estaba emparentada con los antiguos hurritas. Durante largo tiempo, mantuvo una confrontación de igual a igual con el poderoso Imperio Neoasirio. Su riqueza natural era abundante, pero los Estados vecinos codiciaban esencialmente sus caballos y sus minerales. Los urarteos, por su parte, supieron dominar el entorno hostil a la agricultura y convertirlo en un rico vergel mediante una amplia red de canales para la irrigación. Sus relaciones comerciales los pusieron en contacto incluso con los griegos, que desde hacía poco habían establecido colonias en la orilla meridional del Mar Negro, probablemente atraídos por la riqueza de la región armenia. El fin del reino de Urartu está sumido en la oscuridad, pero todo parece indicar que la decadencia de Asiria provoca su propia debilidad, de tal modo que los medos, en su expansión hacia Anatolia occidental, no parecen tener dificultad para acabar con el reino, a pesar de las noticias posteriores azarosamente conservadas. En el litoral sirio, las ciudades cananeas marítimas, como Tiro, Biblos o Sidón, recuperan su pulso vital con tal energía que logran ocupar un lugar destacado dentro de la transmisión cultural entre las distintas áreas mediterráneas. En efecto, la expansión comercial fenicia -que arranca del siglo X- provoca una difusión de conocimientos técnicos (agrícolas, náuticos y de diversa índole, como la escritura alfabética) y de concepciones estéticas que dará lugar a una especie de koiné cultural panmediterránea, denominada orientalizante. Las tres grandes penínsulas mediterráneas tendrán su periodo orientalizante: el arte griego orientalizante, el etrusco y, en la Península Ibérica, el apogeo de Tartessos. Pero además, su estructura económica los había convertido en los más importantes abastecedores de servicios en todo el Próximo Oriente: sus artesanos y técnicos trabajaban con frecuencia en la construcción de palacios de los Estados vecinos; sus mercaderes llevaban y traían productos tanto de elaboración propia como ajena y todo ello habría de proporcionar esa falsa imagen de los fenicios como mercachifles, cuando en realidad, la mayor parte de la población estaba dedicada a la producción agrícola, que permitía a los príncipes y latifundistas tejer sólidamente las redes de su tráfico comercial. Más al sur se organizaban las comunidades filisteas -una rama de los Pueblos del Mar- en un potente sistema político basado en su pentápolis, que mantendrán un conflicto vital con los judíos, instalados, desde el siglo XIII, en la tierra de Canaán. Todos estos pequeños reinos se verán sometidos a la voluntad política de los grandes, hasta que sus historias nacionales pierdan virtualmente su sentido, al quedar definitivamente integrados en el Imperio Persa de los Aqueménidas. Por lo que respecta a Egipto, el Imperio Nuevo había conseguido sobreponerse a la crisis del 1200, pero desde entonces conoce un período de decadencia que va a culminar en el llamado Tercer Período Intermedio, por imitación a los períodos intermedios precedentes. Sin embargo, no son muchos los autores que siguen actualmente este esquema y prefieren hablar directamente, a partir de 1085, año en el que da fin la XX dinastía, de la Baja Época de Egipto, que se prolonga hasta la conquista de Alejandro Magno.
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A partir del II Milenio, las fuentes de información de las que disponemos son mucho más abundantes, no sólo por la cantidad que aportan las viejas culturas que poseían la escritura desde el milenio anterior, sino sobre todo a causa de su generalizada difusión por las innumerables unidades estatales. Esta realidad hace más compleja la historia próximo oriental, cuyo análisis se va haciendo paralelamente más denso. Para facilitar su comprensión es conveniente establecer una cesura a mitad del milenio, que coincide con la existencia de un hiato informativo en algunas comunidades y la aparición de otras formaciones estatales. En Egipto, el tránsito del III al II Milenio está caracterizado por la reestructuración del poder central que da lugar al surgimiento del Reino Medio, cuya historia se prolonga durante el primer cuarto del II Milenio. En la Baja Mesopotamia, la transición entre los dos milenios está caracterizada por la desaparición del Imperio de Ur III, mientras que en el resto de la llanura será prioritario el movimiento de los amorreos que termina provocando el establecimiento de algunos grupos en el interior de Mesopotamia donde darán forma al llamado Imperio Paleobabilónico. En Anatolia, ese mismo período está marcado por la instalación de indoeuropeos luvitas e hititas, convirtiéndose así en el elemento étnico dominante en torno al que se va a articular la casa real de Hatti, a partir del 1600. A lo largo de la primera mitad del II Milenio, las culturas más importantes serán, en Mesopotamia, el Antiguo Reino Asirio y el imperio Paleobabilónico, en Anatolia, el reino hitita, mientras que en Egipto discurren el Reino Medio y el Segundo Período Intermedio. Naturalmente, junto a estas grandes potencias conviven pequeñas unidades estatales que desempeñan un importante papel en la producción de bienes económicos y en los juegos de las alianzas políticas, como los reinos amoritas del norte de Siria, los pequeños estados que comienzan a proliferar por Palestina, antiguas ciudades-estado que mantienen su viejo prestigio, como Isín, Larsa o Mari y, al este de Mesopotamia, la renaciente pujanza de Elam hasta el advenimiento de Hammurabi, máximo representante del Antiguo Imperio Babilonio. Éste desaparece en 1595 tras la toma de la capital por el monarca hitita Mursil I y la posterior ocupación de Mesopotamia por una población procedente del Zagros, los casitas, que darán lugar al Imperio Medio Babilonio. Pero antes de su consolidación en el poder tiene lugar una época de gran inestabilidad política que va a caracterizar toda la parte central del milenio y que justifica su partición en dos bloques cronológicos similares. Contemporáneamente, las campañas del propio Mursil I por la parte norte de Siria ponen fin al reino amorreo de Alepo, lo que facilita el incremento de poder de los hurritas, hasta la consolidación del Imperio de Mitanni hacia mediados del siglo XVI. Esta circunstancia, unida a los problemas internos del reino hitita, provoca su decadencia, que alcanzará su momento más significativo cuando a mediados del siglo XV una dinastía hurrita domine en Hatusa, la capital de los hititas.