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RELACIÓN DEL PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO. NOTICIAS DEL MUNDO NUEVO CON LAS FIGURAS DE LOS PAISES QUE SE DESCUBRIERON SEÑALADOS POR ANTONIO PIGAFETTA. VICENTINO. CABALLERO DE RODAS ANTONIO PIGAFETTA Patricio Vicentino y Caballero de Rodas Al Ilustrísimo y Excelentísimo Señor FILIPPO VILLERS LISLEADAM Ínclito gran maestre de Rodas y su observantísimo señor Como son muchos los curiosos, Ilustrísimo y Excelentísimo Señor, que no se contentan sólo con saber y entender las grandes y admirables cosas que Dios me ha concedido ver o sufrir en la mi luego escrita, larga y peligrosa navegación, sino que quieren conocer aún los medios y modos y caminos porque conseguí solventarla --no prestando aquella fe absoluta al éxito sin certidumbre muy declarada de su ruta--, por tanto, sabrá Vuestra Señoría Ilustrísima que, topándome en el año de la Natividad de Nuestro Salvador de 1519, en España, en la corte del Serenísimo Rey de Romanos, con el reverendo Monseñor Francesco Chieregato, a la sazón pronotario apostólico y orador de la santa memoria del Papa León X --el cual, aquél, fue elevado más tarde por su virtud al episcopado de Aprutino y principado de Téramo--, y habiéndome sobrado a mí las noticias, a través de muchos libros leídos y diversas personas que con su Señoría solían platicar de las grandes y estupendas cosas del Mar Océano, determiné, con amable licencia de la Majestad cesárea, y del antepuesto mi señor, de experimentar el ir en busca de tales cosas: así pudiesen proporcionarme a mí mismo satisfacción y me alumbraran también renombre en la posteridad. Llegándome a oídos que estaba aprestada en tal hora una escuadra junto a la ciudad de Sevilla --y de cinco naves-- para marchar tras el descubrimiento de las especias en la isla de Maluco, de la que era capitán general Ferando de Magaglianes (sic), gentilhombre portugués, comendador, con muchas y diversas guisas y naves, del Mar Océano, partime con muchas cartas de recomendación desde la ciudad de Barcelona, donde paraba Su Majestad entonces, y llegué embarcado a Málaga. De allí, optando por el camino de tierra, alcanzaba la de Sevilla; y, tras cerca de tres meses de aguardar que dicha flota anduviese en orden de partida, por fin, como bien claro preverá Vuestra Señoría en este punto, iniciamos, con felicísimos auspicios, nuestra navegación. Y, ya que durante mis jornadas en Italia, posteriores, cuando, en busca de la Santidad del Papa Clemente, Vuestra Gracia, en Monteroso, mostrose asaz benigna y humana, hasta advertirme que le sería grato que copiase yo todas aquellas cosas que vi y pasé en navegación --aunque bien poco cómodas me fueron--, no podía por menos, en fin, pese a la debilidad de mis fuerzas, de intentar complacerle. Y, así, le ofrezco, en este librillo mío, todas mis vigilias, fatigas y peregrinaciones: rogándole, cuando le vague en su solícito gobierno rodiense, que se abaje a recorrerlas. Con lo cual me vanagloriaré de no poco remunerado por su Señoría ilustrísima, a cuya magnanimidad me doy y recomiendo. Habiendo determinado el capitán general emprender una tan larga navegación por el Mar Océano, que habitan vientos impetuosos y caprichosos azares, y con voluntad de que ignorase el destino toda su gente, para que a nadie aterrara el emprender tan grande y estupenda cosa como luego obtuvo por auxilio de Dios (sus capitanes, tan próximos a él, le aborrecían; ignoro el porqué, salvo porque fuese portugués y ellos españoles); queriendo, en fin, cumplir lo que ofreció bajo juramento al Emperador Don Carlos, rey de España, y con el propósito de que ni ninguna eventualidad, ni la noche, consiguiesen desunir a cualquier nave de las otras, dictó esta orden a todos los pilotos y oficiales de su flota. Cuya orden era: Su nao capitana debía ir, de noche, siempre ante las demás; quienes la seguirían merced a una pequeña antorcha de leña, llamada "farol", pendiente a perpetuidad de la popa de su barco. Esta señal servía para el inmediato. Obteníase otro fuego con una linterna o con un cabo de cuerda de junco, que la llaman strengue, o de esparto, con muchas horas ya bajo el agua y secado después al sol o al humo; para el caso, óptimo. Con otro fuego exacto a éste como señal, debían responderle, para que él supiera que seguían todos. Si, aparte el del farol, encendía dos fuegos, era para que virasen o enfilaran otra derrota, pues el viento no resultaba conveniente para seguir, o convenía aminorar la andadura. De encender tres fuegos, entonces había que arriar la bonetta, que es una parte de vela que se iza debajo de la mayor, cuando hay bonanza, para adelantar; teniéndola arriada, es más fácil recoger también la mayor, en caso de borrasca, con pocos minutos. Si eran cuatro fuegos, todo el velamen abajo, indicándole después, con otra llama, su quietud. Más fuegos o bien el disparo de alguna bombarda, eran señal de tierra o de bajíos. Más tarde, cuatro fuegos otra vez, y era reizar el draperío entero, y seguir el rumbo que les marcaba siempre su hachón en la popa. Y tres fuegos ahora equivalían a izar la bonetta; como dos, virazón. Para asegurarse de que todas las carabelas le seguían y en grupo, dejaba el solo fuego que al principio; porque desde todas se le respondiese igual. Cada noche montábanse tres guardias. Una, al decidirse la oscuridad; la segunda, llamada modora, en medio; la tercera, hasta el amanecer. Toda la dotación se partía las tres guardias: la primera, regida por el capitán o por el contramaestre --turnándose cada noche--; la segunda, por el piloto o por el timonel; la tercera, por el suboficial. El lunes 10 de agosto, día de San Lorenzo, del año antedicho, encontrándose la escuadra abastecida de todo lo necesario para el mar, demás de sus tripulaciones (éramos doscientos treinta y siete), nos aprestamos de buena mañana a salir del puerto de Sevilla, y con disparo de muchas salvas dimos el trinquete al viento. Y fuimos descendiendo por el río Betis, modernamente llamado Gadalcavir (sic), cruzando ante un lugar que nombran Gioan Dalfarax (sic), que era ya gran población bajo los moros, y cuyas dos riberas unía un puente --cortando ese camino del río hacia Sevilla--: del cual llegaron hasta hoy, cubiertas por el agua, dos pilastras. Y son menester hombres que conozcan bien su sitio y ayuden al paso de las naves, para que no topen con aquellas; e importa también aviar cuando llega hasta allá la marea alta; y aun la busca de vericuetos, pues no tiene el río tanto fondo que admita embarcaciones muy cargadas o profundas. Después apareció otro lugar, que se llama Coria, dejando muchos otros al borde del río, hasta el alcance de un castillo del Duque de Medina Sidonia, el cual se llama San Lúcar, y es por donde se penetra en el Mar Océano --levante-poniente, con el cabo de San Vicente, que está a 37 grados de latitud y a unas 10 leguas--. De Sevilla, por el río, distaríamos ya como 17 ó 20. A los pocos días, apareció el capitán general, con los otros capitanes, navegando río abajo en las lanchas de las carabelas; y permanecimos allá muchos días aún, para terminar de armar muchas cosas que faltaban; y, en todos, bajábamos a tierra, para oír misa en un lugar que dicen Nuestra Señora de Barrameda, cerca de San Lúcar. Y, antes de la partida, el capitán general quiso que todos confesasen, y no consintió que ninguna mujer viniese en la armada, para mayor respeto. El martes 20 de septiembre del mismo año partimos de ese lugar llamado San Lúcar, enfilando al Sudoeste, y, antes de terminar el mes, el 26, arribamos a una isla de la Gran Canaria (sic) que se llama Tenerife, a 28 grados de latitud, para repostar carne, agua y leña. Anclamos allí tres días y medio, como provisión de la escuadra en dichas cosas; después, nos acercamos a otro puerto de la misma isla, Monte Rosso (sic) por nombre, tardando dos días. Sabrá Vuestra Ilustrísima Señoría que en aquellas islas de la Gran Canaria, que vienen una tras otra, no se encuentra ni una mala gota de agua que brote; sino que, al mediodía, se ve abajarse una nube del cielo, y circunda un enorme árbol que en aquella isla hay; destilando entonces sus hojas y ramas agua a placer. Y al pie de dicho árbol se dispuso como una cavidad a modo de fuente, donde el agua se alberga; con lo cual, los hombres que allá habitan y los animales --así domésticos como selváticos--, todos los días, de esta agua, y no de otra, abundantísimamente se saturan. El lunes 3 de octubre, a medianoche, largamos velas en la dirección austral, engolfándose en el Mar Océano, pasando --en los 14 grados y medio-- Cabo Verde y sus islas; y así navegamos muchas jornadas frente a la costa de la Guinea o Etiopía (en la que existe una montaña, que dicen Sierra Leona, por los 8 grados de latitud): con vientos contrarios, calmas y lluvias sin viento, hasta la línea equinoccial. Lloviendo sesenta días sin pausa, contra la opinión de los antiguos. Antes de alcanzar la línea, a 14 grados, muchos golpetazos de viento y corrientes de agua pusieron en peligro nuestra ruta. No pudiendo mantenerla sin que las naves peligraran --caladas las velas por completo--, capeábamos en tajamar una y otra vez, hasta que pasaba el turbión, que venía con furia. Cuando la lluvia, ni un soplo de viento; cuando sol, bonanza. Seguían el rastro de nuestras carabelas ciertos peces grandes, que se llaman tiburones, que tienen dientes terribles, y, si encuentran a un hombre en el mar, lo devoran. A arponazos cazábamos muchos, aunque no son buenos para comer, salvo los pequeños; y tampoco demasiado. En cuyos avatares aparecía en más de una ocasión el Cuerpo Santo, esto es, Santo Elmo, como otra luz entre las nuestras sobre la noche oscurísima; y de tal esplendor cual antorcha ardiendo en la punta de la gabia; y permanecía dos horas, y aún más, con nosotros, para consuelo de los que nos quejábamos. Cuando esa bendita luz determinaba irse, permanecíamos medio cuarto de hora todos ciegos, implorando misericordia y realmente creyéndonos muertos ya. El mar amainó, de súbito. Vi muchas clases de pájaros, entre los cuales uno que no tenía culo otro que, cuando la hembra quiere poner un huevo, lo pone sobre la espalda del macho, y allí se incuban. No tienen pies, y viven siempre en el mar. Los de otra especie viven del estiércol de los demás pájaros, y les basta: así, vi tantas veces a los tales, a quienes llaman cagassela, correr detrás de los otros pájaros, hasta el momento en que éstos se ven en la precisión de echar fuera su detritus; inmediatamente se apodera de él el perseguidor, y deja de perseguir. Vi, aún, muchos peces que volaban, y muchos otros agrupados juntos, que parecían una isla. Pasado que hubimos la línea equinoccial, hacia el mediodía, se perdió la referencia de la estrella polar; y, así, navegose con rumbo Sur-Suroeste hasta una tierra que se llama la Tierra del Verzin, en los 23 grados y medio del Polo Antártico, que es tierra del Cabo de San Agustín, que está en los 8 grados del mismo Polo; donde hicimos gran acopio de gallinas, patatas, piñas muy dulces --fruto verdaderamente el más gentil que haya--, carne de ánade como vaca, caña de azúcar y otras infinitas cosas, que dejo para no resultar prolijo. Por un anzuelo de pesca o un cuchillo daban cinco o seis gallinas; por un peine, un par de ánsares; por un espejo o unas tijeras, tanto pescado, que para diez hombres bastara; por un cencerro o una correa, un saco de patatas. Cuyas patatas saben, al comerlas, a castañas, y son largas como nabos. Y por un "rey de oros", que es una carta de la baraja, diéronme seis gallinas, con el temor, aún, de haberme engañado. Anclamos en ese puerto el día de Santa Lucía, y en tal fecha sufrimos al sol en su cenit, y más calor --tanto en aquella como en las siguientes, en el momento mollar del astro-- que en cualquier otro sitio bajo la línea equinoccial. Esta tierra de Verzin es abundantísima, mayor que España, Francia e Italia juntas; pertenece al Rey de Portugal. Sus indígenas no son cristianos, y no adoran cosa alguna. Proceden según los usos naturales, y viven ciento veinticinco años y ciento cuarenta. Andan desnudos, así hombres como mujeres; habitan en ciertas casas amplias llamadas "bohíos", y duermen en redes de algodón que denominan "hamacas", anudadas --en el interior de aquellas viviendas-- de un extremo a otro, en troncos gruesos; entre las cuales encienden lumbres. En alguno de estos bohíos se junta hasta un centenar de hombres, con sus mujeres e hijos, armando gran rumor. Poseen barcas de una sola pieza --de un tronco afilado con utensilios de piedra--, llamadas "canoas". Utilizan estos pueblos la piedra como nosotros el hierro, que no conocen . En cada una de esas embarcaciones se meten treinta o cuarenta hombres, bogan con palas como de panadería, y, tan negros y afeitados, parecen los remeros de la Laguna Estigia. Se desenvuelven los hombres y las mujeres como entre nosotros; comen carne humana, la de sus enemigos, no por considerarla buena, sino por costumbre. Inició ésta --como ley de Talión-- una anciana, quien tenía un solo hijo, que fue muerto por los de una tribu rival; pasados algunos días, los de la suya apresaron a uno de los de la que le habían matado al hijo, y lo trajeron a donde se encontraba la vieja. Ella, viéndole y acordándose de su muerto, corrió hasta el muchacho como perra rabiosa, mordiéndole la espalda. Aquél, a poco, pudo huir, y mostró a los suyos la señal, como si lo fuese de que querían devorarlo. Cuando los suyos, más tarde, apresaron a alguno de los otros, se lo comieron; y los parientes de los comidos a los de los que comieran: de lo cual nació la costumbre. No se lo comen de una vez: antes uno corta una rebanada para llevársela a su vivienda y ahumarla allí; y vuelve a los ocho días para llevarse otro pedacito que comer asado entre los demás manjares..., y siempre como memoria de sus enemigos. Esto me contó Ioanne Carvagio, piloto que con nosotros venía, quien anduvo antes cuatro años por estas tierras. Esta gente se pinta a maravilla todo el cuerpo y el rostro con fuego y de distintas maneras, incluso las mujeres. Van completamente tonsos y sin barba --porque se la afeitan--. Abríganse con vestiduras de plumas de papagayo, con ruedas grandes en el culo hechas con las plumas más largas; cosa ridícula. A excepción de las mujeres y niños, ostentan todos tres agujeros en el labio inferior, de donde cuelgan piedras redondas y de un dedo de largo --unas menos, otras más--. No son negros completamente; más bien oliváceos; llevan al aire las partes vergonzosas, y carecen de vello en cualquiera. Y así hombres como mujeres, andan del todo desnudos. Llaman a su rey "cacique". Disponen de infinidad de papagayos, y cambian ocho o diez por un espejo; y gatos maimones pequeños, semejantes a los cachorros de león, pero amarillos: una preciosidad. Amasan un pan redondo, blanco, de médula de árbol, de sólo regular sabor; se halla dicha médula bajo la corteza, y parece requesón. Tienen cerdos con la particularidad del ombligo en la espalda, y grandes pájaros con el pico como un cucharón y sin lengua. Por un hacha pequeña o un cuchillo de buen tamaño entregaban a una o dos de sus hijas como esclavas; pero a su mujer por nada la habrían dado. Ni hubiesen ellas ofendido tampoco al esposo a ningún precio. De día nada consentían a éste, sólo de noche. Ellas trabajan y cargan con toda la comida en unas mochilas de mimbre, o bien en canéforas --sobre la cabeza o a la cabeza atadas--; pero siempre con su marido cerca, y él con un arco de verzin, o de palma negra, y un haz de flechas de caña. Todo lo cual no olvidan, por ser muy celosos. Llevan las mujeres a sus hijos colgados del cuello por una red de algodón. Y callo las demás cosas para no alargarme. Dos veces se dijo misa en aquellos lugares, ante la que guardaban ellos tamaña contrición, de rodillas y alzando juntas las manos, que era grandísimo placer verlos. Edificaron una casa para nosotros, pensando que deberíamos permanecer algún tiempo aún, y cortaron mucho verzin para regalárnoslo en la marcha. Haría cerca de dos meses que no habría llovido por allá; y, cuando alcanzábamos el puerto, por casualidad, llovió. Por lo que dieron en decir que descendíamos del cielo, y que habíamos traído con nosotros la lluvia. Estos pueblos fácilmente se convertirían a la fe de Jesucristo. Al principio, pensaban que las lanchas fuesen hijas de las carabelas, e incluso que éstas las parían en el momento en que se soltaban por la borda sobre el mar; y, observándolas más tarde a su costado, según es uso, creían que cada carabela las amamantaba. Una hermosa joven subió un día a la nao capitana, donde me encontraba yo, no con otro propósito que el de aprovechar alguna nadería de desecho. Andando en lo cual, le echó el ojo, en la cámara del suboficial, abierta, a un clavo, largo más que un dedo; y, apoderándose de él con gran gentileza y galantería, hundiolo entero, de punta a cabo, entre los labios de su natura; tras ello, marchose pasito a pasito. Viéndolo todo perfectamente el capitán general y yo. Trece días permanecimos en aquella tierra. Continuando después nuestro camino, llegamos hasta el grado 34, más un tercio del Polo Antártico, encontrando allá, junto a un río de agua dulce, a unos hombres que se llaman "caníbales" y comen la carne humana. Acercósenos a la nave capitana uno de estatura casi como de gigante para garantizar a los otros. Tenía un vozarrón de toro. Mientras éste permaneció en la nave, los otros recogieron sus enseres y los adentraron más en la tierra, por miedo a nosotros. Viendo lo cual, saltamos un centenar de hombres a tierra en busca de entendernos algo, trabar conversación; por lo menos retener a alguno. Pero huían, huían con tan largos pasos, que ni con todo nuestro correr podíamos alcanzarlos. Hay en este río siete islas. En la mayor de ellas encuéntranse piedras preciosas; se llama Cabo de Santa María. Todos pensábamos que se pasaba desde allí al mar del Sur, que no lo es del todo (aunque lo pareciera, por no haberse descubierto más en esa dirección). En definitiva, no es aquel un cabo, sino el desemboque de un río que tiene de boca 17 leguas. Río, junto al que, en anterior ocasión, y por fiar demasiado, un capitán español, por nombre Iohan de Solís, fue devorado por los caníbales, junto con sesenta hombres. Fueron a descubrir tierras, como nosotros. Continuando nuestro rumbo, hacia el Polo Antártico, costeando ahora, vinimos a dar con dos islas llenas de ansarones, y de lobos marinos. Verdaderamente, el número de ansarones no se podría referir. En una hora abarrotamos las cinco naves. Esos ansarones son negros, y tienen exacto el plumaje del cuerpo y de las alas; no pueden volar, y viven de la pesca. Tienen tal desarrollo, que no era menester desplumarlos, sino que los desollábamos. El pico es como de cuervo. En cuanto a los lobos marinos, los hay de diversos colores, gordos, como terneros y con la cabeza igual: orejas pequeñas y ralas, largos dientes, no tienen patas, sino unos pies que les arrancan del mismo tronco, parecidos a nuestras manos --con uñas pequeñitas, y entre los dedos la misma suerte de membrana que las ocas--. Resultarían ferocísimos si pudiesen correr: nadan y viven de la pesca. Aquí nuestras naos supieron los mejores augurios al aparecer en frecuentes ocasiones los tres Cuerpos Santos, o sea: San Telmo, San Nicolás y Santa Clara. Luces que se extinguían súbitamente. Arrancando de allí, alcanzamos hasta los 49 grados del Antártico. Echándose encima el frío, los barcos descubrieron un buen puerto para invernar. Permanecimos en él dos meses, sin ver a persona alguna. Un día, de pronto, descubrimos a un hombre de gigantesca estatura, el cual, desnudo sobre la ribera del puerto, bailaba, cantaba y vertía polvo sobre su cabeza. Mandó el capitán general a uno de los nuestros hacia él para que imitase tales acciones en signo de paz y lo condujera ante nuestro dicho jefe, sobre una islilla. Cuando se halló en su presencia, y la muestra, se maravilló mucho, y hacía gestos con un dedo hacia arriba, creyendo que bajábamos del cielo. Era tan alto él, que no le pasábamos de la cintura, y bien conforme; tenía las facciones grandes, pintadas de rojo, y alrededor de los ojos, de amarillo, con un corazón trazado en el centro de cada mejilla. Los pocos cabellos que tenía aparecían tintos en blanco; vestía piel de animal, cosida sutilmente en las juntas. Cuyo animal, tiene la cabeza y orejas grandes, como una mula, el cuello y cuerpo como un camello, de ciervo las patas y la cola de caballo --como éste relincha--. Abunda por las partes aquellas. Calzaban sus pies abarcas del mismo bicho, que no los cubrían peor que zapatos, y empuñaban un arco corto y grueso con la cuerda más recia que las de un laúd --de tripa del mismo animal--, aparte un puñado de flechas de caña, más bien cortas y emplumadas como las nuestras. Por hierro, unas púas de yesca blanca y negra --como en las flechas turcas--, conseguidas afilando sobre otra piedra. Hizo el capitán general que le dieran de comer y de beber, y, entre las demás cosas que le mostró, púsole, ante un espejo de acero grande. Cuando se miró allí, se asustó sobre manera y saltó atrás, derribando por el suelo a tres o cuatro de nuestros hombres. Luego le entregó campanillas, un espejo, un peine y algunos paternostri y enviolo a tierra en compañía de cuatro hombres armados. Un compañero suyo, que hasta aquel momento no había querido acercarse a la nao, cuando le vio volver en compañía de los nuestros, corrió a avisar a donde se encontraban los otros; y alineáronse, así, todos desnudos. Cuando llegaron los nuestros, empezaron a bailar y a cantar, siempre con un dedo en lo alto, y ofreciéndose polvo blanco, de raíces de hierba, en vasijas de barro: no otra cosa hubiesen podido darles para comer. Indicáronles los nuestros por señas que se acercaran a los barcos, que ya les ayudarían a llevar sus cosas. Ante cuya demanda, los hombres tomaron solamente sus arcos, mientras sus mujeres, cargadas como burros, traían el resto. Ellas no eran tan altas, pero sí mucho más gordas. Cuando las vimos de cerca, nos quedamos atónitos: tienen las tetas largas hasta mitad del brazo. Van pintadas y desvestidas como sus maridos, si no es que ante el sexo llevan un pellejín que lo cubre. Tiraba cada una de cuatro de aquellos animales, cachorros aún, atados con fibras a manera de ronzal. Esas gentes, cuando quieren apoderarse de tales bichos, atan a uno de los pequeños a alguna zarza. Acércanse los mayores para jugar con él, y los salvajes, escondidos, lo matan a flechazos. Dieciocho nos trajeron a las naos, entre machos y hembras, y regresaron a las dos orillas del puerto después que nos quedamos con aquella mercadería. Fue visto, a los seis días, un gigante, pintado y vestido de igual suerte, por algunos que hacían leña. Empuñaba arco y flechas. Acercándose a los nuestros, primero se tocaba la cabeza, el rostro y el tronco; después hacía lo mismo con los de ellos, y, por fin, elevaba al cuello la mano. Cuando el capitán general lo supo, mandó un esquife para que se apoderasen de él y que lo retuvieran en aquella isla del puerto, donde habíanse construido ya una casa para los herreros y para almacén de los barcos. Éste era más alto aún y mejor construido que los demás, y tan tratable y simpático. Frecuentemente bailaba, y, al hacerlo, más de una vez hundía los pies en tierra hasta un palmo. Permaneció entre nosotros muchos días; tantos, que lo bautizamos, llamándole Juan. Pronunciaba tan claro como nosotros, sino que con resonantísima voz, "Jesús", "Padre nuestro", "Ave María" y "Juan". Después, el capitán general le dio una camisa, un jubón de paño, calzas de paño, una barretina, un espejo, un peine, campanillas y otras cosas, despidiéndolo. Fuese muy contento y feliz. Al día siguiente, trajo uno de aquellos animales grandes al capitán general, por el que le dieron muchas cosas a fin de que trajese más. Pero nunca volvió. Pensamos si lo habrían muerto por haber conversado con nosotros. A los quince días encontramos a cuatro de estos gigantes sin armas, que las tenían ocultas entre unos espinos: los dos a quienes apresamos nos las mostraban después. Cada uno iba pintado de diferente manera. El capitán general retuvo a dos --los más jóvenes y despejados-- con ejemplar astucia para conducirlos a España. A haber procedido sin ella, lo probable es que alguno de nosotros no lo contara. El ardid de que se valió para retenerlos fue éste: les dio muchos cuchillos, tijeras, espejos, esquilones y cuentas de vidrio. Teniendo los dos las manos rebosantes de dichas cosas, hizo el capitán general que trajeran un par de grilletes, que se depositaron a sus pies como tratándose de un regalo; y a ellos, por ser hierro, placíales mucho. Pero no sabían cómo llevárselos, y les apenaba renunciar: no teniendo dónde guardar las mercedes, y debiendo sujetar con las manos la piel que las envolvía. Quisieron ayudarles los otros dos, pero el capitán se opuso. Viendo lo que les preocupaba abandonar aquellos grilletes, indicoles por señas que se los haría ceñir a los pies, y que así podrían llevarlos. Respondieron con la cabeza que sí. Rápidamente, y al mismo tiempo, hizo que los argollaran a los dos; y, aunque, cuando notaron el hierro transversal, les asaltó la duda, ante el gesto de seguridad del capitán permanecieron firmes. Sólo después, al comprender el engaño, bufaban como toros, pidiendo a grandes gritos a "Setebos" que les ayudara. A duras penas conseguimos maniatar a los otros dos, y fueron enviados a tierra con nueve hombres, para que condujesen a los nuestros hasta donde estaba la esposa de uno de los que habíamos apresado. Porque él la lloraba a voces, según dedujimos de sus ademanes. Al avanzar, uno consiguió liberar sus manos, y echó a correr tan velozmente que al punto se le perdió de vista. Iba en busca de los suyos, pero ni encontró en su casa a quien había dejado en cuidado de la mujer, durante su ausencia. Hubo de salir, de nuevo, en su busca, para referírselo todo. Mientras, tanto se esforzaba nuestro otro maniatado por liberarse, que hubieron de herirlo ligeramente en la cabeza; con lo que, bufando, condujo a los nuestros adonde las mujeres aguardaban. Juan Carvalho, piloto, jefe del grupo, no quiso apresar a la mujer entonces, porque anochecía, dejándola dormir en su choza. Aproximáronse los otros dos indígenas, aunque, al hacerse cargo del herido, titubeaban, y nada dijeron a la sazón. Pero, de amanecida, hablaron con las mujeres. Y, de repente, emprendieron franca huida, a todo correr, más aún los chicos que los grandes, llevándoselo todo consigo. Dos se rezagaron para disparar sus flechas sobre los nuestros; el otro preocupose de poner a salvo a aquellos cachorros con que se cazaban los animales mayores. Y, así, en combate, uno de aquellos dos atravesó de un flechazo el muslo a uno de los nuestros, y éste murió en seguida. Ante lo cual, desaparecieron rápidos. Los nuestros, aunque disponían de escopetas y ballestas, jamás les pudieron herir; pues ellos, cuando pelean, no se están quietos nunca, antes saltan de acá para allá. Enterró a su muerto nuestra cuadrilla, e incendió cuanto abandonaron los fugitivos. Ciertamente, tales gigantes corren más que un caballo, y son celosísimos de sus esposas. Cuando a esta gente le duele el estómago, en lugar de purgarse se meten por la garganta dos palmos, o más, de una flecha y vomitan una masa verde mezclada con sangre, según comen cierta clase de cardos. Cuando les duele la cabeza, se dan un corte transversal en la frente y así en los brazos, en las piernas y en cualquier lugar del cuerpo, procurando que se desangre mucho. Uno de los que habíamos apresado, que estaba en nuestra embarcación, decía que aquella sangre no quería estarse allí y que por ello le había causado tal dolor. Llevan el pelo cortado con una gran coronilla, al modo que los frailes, pero más largo, con un cordón de algodón en torno a la cabeza, donde ajustan las flechas al partir de caza. Átanse el miembro viril entre las piernas para preservarlo del grandísimo frío. Cuando uno de ellos muere, se le aparecen diez o doce demonios bailando alegres alrededor del cuerpo, muy pintarrajeados. Por encima de ellos surge otro, mucho más grande, gritando y con más algazara aún. El que el demonio se les aparezca pintado es la razón de que se pinten ellos. Llaman al demonio mayor "Setebos"; a los otros, "Cheleulle". También nuestro prisionero me informó con ademanes, de haber visto al demonio con dos cuernos en la cabeza y pelos largos que le cubrían las piernas, y lanzar fuego por la boca y por el culo. El capitán general llamó a los de este pueblo "Patagones". Todos se visten con la piel de aquel animal ya dicho. No tienen casas, sino cobertizos de la piel del mismo animal y con ellas se mueven, de acá para acullá, como es también costumbre de los zíngaros. Aliméntanse con carne cruda y con una raíz dulce que llaman chapae. Cada uno de nuestros dos prisioneros se comía un esportón de galleta y bebía sin resollar medio balde de agua. Y zampábanse las ratas sin hacerles ascos ni a la piel. Estuvimos en ese puerto, al que bautizamos Puerto de San Julián, cerca de cinco meses, durante los que ocurrieron múltiples cosas. A fin de que vuestra Ilustrísima Señoría conozca alguna, sepa que apenas anclados allá, los capitanes de los otros cuatro navíos conjuráronse en traición para asesinar al capitán general; y eran ellos: el veedor de las armas, que se llamaba Juan de Cartagena; el tesorero, Luis de Mendoza; el contador, Antonio Coca y Gaspar de Quesada. Descuartizado el veedor por sus hombres, fue muerto el tesorero a puñaladas, descubriéndose la conjura. A los pocos días, Gaspar de Quesada, por querer organizar otra, fue desterrado en esa tierra patagona en compañía de un clérigo. El capitán general no quiso ordenar que lo matasen porque le había dado la capitanía el emperador Don Carlos. Una nave llamada Santiago se perdió al salir a explorar la costa. Todos sus hombres se salvaron milagrosamente. Dos de ellos consiguieron llegar hasta nosotros y nos dieron la noticia. El capitán general destacó a algunos hombres con sacos de galleta. Durante dos meses nos vimos forzados a proveerlos de víveres, pues cada día rescataban alguna cosa de la perdida nao. La distancia hasta allá era de 24 leguas, que son cien millas; la senda, áspera y maleza todo. Invertíamos cuatro jornadas en el viaje; dormíamos sobre matojos; no encontrábamos agua que beber, sino hielo y en suma, nos agotaba la fatiga. En nuestro puerto abundaban sobremanera unos moluscos alargados, que llamamos "mejillones". Solían tener perlas, pero muy chicas, que nos estorbaban comerlos. Había también por allá incienso, avestruces, zorras; corrían conejos, menos grandes que los de Europa. En la cima del monte más alto, plantamos una cruz en demostración de que aquellas tierras eran del Rey de España y llamamos a aquél "Monte de Cristo". Partiendo de aquí, en los 51 grados menos un tercio del Antártico, dimos con otro río de agua dulce, al que las naves se acogieron de los vientos terribles; mas Dios y el Cuerpo Santo no nos regatearon ayuda. En este río anclamos cerca de dos meses para hacer provisión de agua, de leña y de peces --que eran largos como un brazo y más, con mucha escama y tan sabrosos cuanto escasos--. Y antes que navegáramos de nuevo, el capitán general y todos nosotros confesamos y comulgamos como verdaderos cristianos. Después, a los 52 grados del mismo rumbo, encontramos en el día de las Once mil Vírgenes, un estrecho, cuyo cabo denominamos "Cabo de las Once mil Vírgenes", por un milagro grandísimo. Ese estrecho tiene de largo 110 leguas, que son 440 millas y un ancho --más o menos-- como de media legua y va a desembocar en otro mar, llamado Mar Pacífico, circundado de montañas altísimas con copetes de nieve. No había calado suficiente para pasar, salvo que se enfilase a unas 25 ó 30 brazas sólo, de tierra. Y si no fuese por el capitán general, nunca habríamos navegado aquel estrecho; porque pensábamos todos y decíamos, que todo se nos cerraba alrededor. Pero el capitán, que sabía tener que seguir su derrota por un estrecho muy justo, según viera antes en un mapa hecho por aquel excelentísimo hombre Martín de Bohemia, destacó dos naves, la San Antonio y la Concepción --así se llamaban--, para ver qué había al fondo de la oquedad. Nosotros, con las otras dos naves --la capitana, por nombre Trinidad, y la Victoria--, anclamos a resguardo de la bahía. Sobrevino aquella noche una fuerte virazón; tal, que fue forzoso levar anclas y dejar que nuestras carabelas bailasen por la bahía cuanto cupo. A las otras dos, en marcha, les iba a resultar imposible doblar un cabo que se les abría al fondo de aquella garganta ni volver hasta nosotros, con lo que, sin la menor duda, su fin era el choque violento con algún bajo. Ya cerquísima del fondo del embudo y dándose por cadáveres todos, avistaron una boca minúscula, que ni boca parece sino esquina y hacia allí se abandonaron los abandonados por la esperanza: con lo que descubrieron el estrecho a su pesar. Pues, viendo que no era esquina, sino paso, adentráronse hasta descubrir una ensenada. Siguiendo aún, conocieron otro estrecho y una tercera bahía, mayor que esas dos primeras. Con alegres ánimos, volviéronse al punto atrás para que el capitán general lo supiese. Los dábamos ya nosotros por perdidos; primero, por la tempestad inmensa; después, porque habían transcurrido dos jornadas desde la separación e incluso, por creer señales de naufragio unos humos que nos hacían desde tierra dos marineros, a quienes ellos enviaron para avisarnos la noticia. Hallándonos en cuyos pensamientos, vimos aparecer ambas naos, inflado el velamen, y acercarse batiendo a la brisa sus banderolas. Ya junto a las nuestras, atronaron muchas bombardas y gritos; después, alineadas las cuatro, dando gracias a Dios y a la Virgen María, avanzamos en busca de más allá. Adentrándonos por aquel estrecho, advertimos dos bocas: una al siroco, otra al garbino. El capitán general adelantó a la nao San Antonio, en compañía de la Concepción, para que viesen si la boca de la parte de siroco desembocaba en el Mar Pacífico. La nao San Antonio no quiso aguardar a la Concepción, pues se proponía huir para volver a España, lo cual hizo. Su Piloto, Esteban Gómez por nombre, odiaba sin límites al capitán general, a causa de que, antes que se aparejase nuestra escuadra, había él acudido al emperador en busca de que le diese algunas carabelas para descubrir tierras; pero, con la aparición del capitán general, Su Majestad no se las dio. En esa nave iba el otro gigante que apresáramos; pero murió apenas entraron en zona calurosa. La Concepción, incapaz de seguirla al partir, andaba aguardándola inocentemente de una a otra parte. Ignorando que la San Antonio, aprovechando la noche, había hecho marcha atrás y recatándose junto a sus compañeras, ganado la boca por donde antes entraran. Nosotros andábamos en el empeño de explorar la de garbino. Recorriendo el estrecho detenidamente, llegamos a un río que llamamos "Río de las Sardinas", según la gran cantidad de ellas en su barra; y fuimos entreteniéndonos en todo cuatro días, por tal de hacer tiempo en que se nos unieran las otras dos naos. Durante cuyos días enviamos una lancha bien acondicionada para que otease el cabo del otro mar. Volvió, anocheciendo el tercer día y explicándonos que habían entrado el cabo, sí, y el ancho mar también. El capitán general lloró de alegría, designando a aquél "Cabo Deseado", porque lo deseamos todos tanto tiempo. Volvimos atrás en busca de las otras dos naves, pero no encontramos sino a la Concepción. Y preguntándosele dónde estaba su pareja, respondió Gioan Serrano que sólo de la que pisaba era capitán y piloto como lo fue antes de la que se perdió; pero que de la otra no sabía, ni volviera a verla jamás desde que enfilaron a siroco. Buscámosla entonces por todo el estrecho, hasta por la boca por la que había huido. Envió atrás el capitán general a la Victoria, hasta la misma entrada del estrecho, porque viese si andaba por allí; y que de no encontrarla, clavase una bandera sobre algún montículo, con una carta metida en ella y ahincada en tierra junto al mástil; de forma que, con descubrirla, encontrando la carta, supiesen el rumbo que seguíamos. Porque ésas eran nuestras órdenes estipuladas, para caso de que una nave se distanciase de las otras. Dos banderas con cartas se clavaron esta vez. Una, sobre un alcor de la primera bahía; la otra, en un islote de la tercera, materialmente lleno de lobos marinos y grandes pájaros. Aguardando el capitán general con sus dos naves que esa Victoria se le reuniera ante la desembocadura del "Río Isleo", dispuso una tercera cruz sobre un escollo frontero al río: éste bajaba entre montañas hartas de nieve y toma el mar muy cercano al "Río de las Sardinas". Si no hubiéramos encontrado ese estrecho, tenía proyectado el capitán general descender hasta los 75 grados del Polo Antártico, pues a tal latitud y en aquella estación, no se hace nunca la noche o es muy breve: es decir, como en invierno ocurre con el día. Así Vuestra Señoría Ilustrísima me crea, que mientras permanecimos en aquel estrecho, eran las noches sólo tres horas y nos encontrábamos en octubre. Las tierras a nuestra izquierda orientábanse al siroco y eran bajas. Llamamos a ese estrecho el "Estrecho Patagónico"; en el cual, se encuentran, cada media legua, puertos segurísimos, inmejorables aguas, leña --aunque sólo de cedro--, peces, sardinas, mejillones y apio, hierba dulce --también otras amargas--. Nace esa hierba junto a los arroyos y bastantes días sólo de ella pudimos comer. No creo haya en el mundo estrecho más hermoso ni mejor. Por este mar Océano puede practicarse la más dilectísima de las pescas. Hay tres suertes de peces, largos como el brazo y más, que nombran dorados, albacoras y bonitos, los cuales persiguen a otros peces que vuelan, llamados "colondrinos" --largos, un palmo más también--, de óptimo sabor. Cuando los de aquellas tres especies encuentran a alguno de estos voladores, éstos, con prontitud, saltan fuera del agua y vuelan --pese a tener empapadas las alas-- por trecho mayor que un tiro de ballesta. Durante cuyo vuelo córrenle los otros detrás por debajo del agua a su sombra. No acaba aún de caer el primero en el agua, que ya en un decir Jesús, lo han apresado y comido. Cosa, en verdad, bellísima de ver. Me enseñó todas esas palabras aquel gigante que en la nao teníamos, de resultas de que, pidiéndome capac, esto es, pan --que así conocen aquella raíz que como pan usan ellos--, y oli, esto es, agua, me vio a mí escribir ambos nombres; pidiéndole después otros, pluma en mano me entendía. Una vez hice la cruz y la besé, presentándosela. Gritó al punto: "¡Setebos!", indicándome con ademanes que, si volvía a hacer la cruz, aquél me entraría en el cuerpo, haciéndome estallar. Cuando este gigante se encontró mal, pidió, en cambio, un crucifijo, abrazándolo y besándolo mucho. Quería hacerse cristiano antes de morir. Le dimos por nombre Pablo. Cuando esa gente quiere encender fuego, frota dos ramas ásperas entre sí, al objeto de que la chispa que brote prenda en cierta médula de árbol que ponen entre dichas ramas. El miércoles 28 de noviembre de 1520 nos desencajonamos de aquel estrecho, sumiéndonos en el mar Pacífico. Estuvimos tres meses sin probar clase alguna de viandas frescas. Comíamos galleta: ni galleta ya, sino su polvo, con los gusanos a puñados, porque lo mejor habíanselo comido ellos; olía endiabladamente a orines de rata. Y bebíamos agua amarillenta, putrefacta ya de muchos días, completando nuestra alimentación los cellos de cuero de buey, que en la cofa del palo mayor, protegían del roce a las jarcias; pieles más que endurecidas por el sol, la lluvia y el viento. Poniéndolas al remojo del mar cuatro o cinco días y después un poco sobre las brasas, se comían no mal; mejor que el serrín, que tampoco despreciábamos. Las ratas se vendían a medio ducado la pieza y más que hubieran aparecido. Pero por encima de todas las penalidades, ésta era la peor: que les crecían a algunos las encías sobre los dientes --así los superiores como los inferiores de la boca--, hasta que de ningún modo les era posible comer: que morían de esta enfermedad. Diecinueve hombres murieron, más el gigante y otro indio de la tierra del Verzin. Otros veinticinco o treinta hombres enfermaron, quién en los brazos, quién en las piernas o en otra parte; así, que sanos quedaban pocos. Por la gracia de Dios, yo no sufrí ninguna enfermedad. En estos tres meses y veinte días recorrimos cerca de cuatro mil leguas del Mar Pacífico, en una sola derrota (bien pacífico, en verdad, pues en tanto tiempo no conocimos ni una borrasca); sin ver tierra alguna, sino dos islotes deshabitados, en los que nada se encontró fuera de pájaros y árboles. Los llamamos "Islas Infortunadas". Están a doscientas leguas la una de la otra. No había donde fondear a su alrededor; sí muchos tiburones. La primera de las islas está en los 15 grados de latitud austral; la otra, en los 9. Cubríamos cada jornada, sesenta o setenta leguas a la cadena o a popa. Y, si Dios y su Madre Bendita no nos hubieran ayudado con tan buen tiempo, por seguro que habríamos perecido todos de hambre en aquel inmenso mar. Si, a la salida de aquel estrecho, hubiésemos enfilado sin variación el rumbo de poniente, habríamos dado una vuelta al Mundo sin encontrar tierra alguna hasta el "Cabo de las Once mil Vírgenes": pues éste marca la entrada en dicho estrecho por el Mar Océano a Levante, como la salida es, a Poniente, el "Cabo Deseado" sobre el Mar Pacífico. Ambos cabos hallábanse con exactitud en los 52 grados de latitud del Polo Antártico. No está el Polo Antártico tan estrellado como el Ártico. Vense muchas estrellas menudas agrupadas, que forman dos nebulosas no muy distantes entre sí ni tampoco con demasiado resplandor. En el espacio entre ambas surgen dos estrellas mayores, tampoco de gran brillo y muy quietas. Nuestra brújula se desviaba siempre con aquella proximidad del Polo Antártico, cuya atracción era de gran fuerza. De todas formas, adelante aquellas aguas, preguntó el capitán general a todos sus pilotos sobre, avanzando siempre a vela, qué rumbo marcaban en sus cartas de navegar. Respondieron a coro que el rumbo que puntualmente él les había trazado. Explicándoles él entonces que dicho rumbo falseaba --gran razón-- y que convenía auxiliar con cálculos la brújula, dada la atracción polar magnética. En estas singladuras percibimos una cruz de cinco estrellas radiantes en dirección poniente y dispuestas con gran simetría. Singlábamos esos días entre poniente y mistral y a la cuarta del mistral cargando entre él y el primer viento: todo, hasta que alcanzásemos el ecuador 125 grados largos de la línea de repartición. La línea de partición está 30 grados de longitud Sur y 3 al Levante de Cabo Verde. Con lo cual pasamos cerca de dos islas riquísimas; una a 20 grados de latitud antártica, por nombre Cipangu; la otra a 15 grados, conocida por Sumdit Pradit. Cruzada la línea del ecuador, navegamos entre poniente y mistral y a la cuarta del poniente hacia el mistral; después doscientas leguas al poniente, mudando el rumbo a la cuarta hacia el garbino hasta los 13 grados del Polo Ártico. Así, íbamos aproximándonos a la tierra del Cabo de Gaticara, cuyo cabo, con perdón de los cosmógrafos --que no lo conocen--, no se halla donde ellos creen, sino 12 grados más al septentrión, aproximadamente. A las casi setenta leguas de esta bitácora, en los 12 grados de latitud y los de longitud, el miércoles 6 de marzo descubrimos un islote al mistral y hacia el garbino, dos. De estas últimas, una era más alta y espaciosa. Quería atracar en ella el capitán general, por busca de algún alimento fresco; pero no pudo, porque los naturales de dicha isla deslizábanse en nuestras naos y robaban aquí una cosa, otra allá..., de forma que no la había para tenerlas seguras. Estábamos arriando velas para bajar a tierra, cuando --con insólita rapidez-- nos robaron el esquife amarrado a la popa de la nave capitana. Furioso por dicha fechoría, bajó a tierra el capitán general con cuarenta ballesteros; incendiaron cuarenta o cincuenta casas y muchas canoas, mataron a siete hombres y se recuperó el esquife. Antes de nuestro desembarco, nos rogaba más de uno de los enfermos que, si matábamos a hombre o a mujer, les trajéramos sus intestinos, comiendo los cuales pronto sanarían146. Cuando a ballestazos traspasábamos completamente a alguno de aquellos indios por los ijares, tiraban de la flecha, bien en un sentido, bien en otro, mirándola; conseguían extraerla finalmente, maravillándose mucho y morían así. Y aquellos a quienes herían en el pecho obraban igual. Nos despertaron verdadera compasión. A poco, viéndonos partir, escoltáronnos con más de cien embarcaciones una legua. Arrimábanse a las naos mostrándonos peces en simulación de querérnoslos dar; pero lo que pretendían era apedrearnos, huyendo después. A pesar de navegar nosotros a toda vela, metían sus canoas habilidosísimamente, entre las carabelas y nuestras remolcadas lanchas. Notamos a alguna mujer entre ellos gritando y mesándose la cabellera. Supongo que por amor a sus muertos. Cada uno de ellos vive según su voluntad; no existe quien les mande. Van desnudos, alguno con barba; les cuelgan los negros cabellos hasta la cintura, aunque enlazados. Tócanse con sombrerillos de palma como los albaneses. Tienen nuestra estatura y son proporcionados. No adoran a ningún dios. Su tez es olivácea aunque nazcan blancos y se tiñen los dientes de rojo y de negro, reputándolo cosa bellísima. Las mujeres andan igualmente desnudas, si no es que se cubren el sexo con una estrecha membrana de papel, que arrancan de entre el tronco y la corteza de las palmeras; son bellas, delicadas y más blancas que los hombres, con los cabellos sueltos y largos, negrísimos, hasta los pies. Estas no trabajan, sino que permanecen en sus hogares tejiendo esteras o confeccionan cajas y otros objetos útiles. Comen cocos, batatas, pájaros, higos --de a palmo--, caña de azúcar, peces voladores y más cosas. Úntanse el cuerpo y la cabellera con aceite de coco y de ajonjolí; sus casas son de troncos enteramente y techadas de tablas y hojas de higuera: más de dos brazas de altura, con pavimento y ventanas. En las habitaciones y lechos abundan las bellísimas esteras de palma. Duermen sobre paja, muy desmenuzada y tierna. No disponen de armas, aparte una especie de jabalina con la punta de hueso de pescado, afilada. Esa gente es pobre, pero es ingeniosa y ladrona por demás: que así llaman a estas tres "islas de los Ladrones". Su diversión es navegar --la esposa a bordo-- sobre sus ágiles lanchas. Vienen a ser éstas como góndolas, más afiladas aún; unas negras; otras blancas, rojas... Al otro bordo que la vela, un tronco grueso, afilado en lo alto, se empalma con travesaños a la separada embarcación: así se sostienen más seguros sobre el agua. La vela es de hojas de palma, cosidas para formar una al modo que la latina. Por timón usan una especie de pala como de horno, cuya asa cruza un barrote. Hacen de la popa proa y de la proa popa y en el agua saltan de ola en ola como delfines. Por lo poco en que les vimos actuar, estos ladrones pensaban ser, sin duda, los únicos habitantes del planeta. El sábado 16 de marzo de 1521, dimos hacia la aurora, con una tierra elevada, distante alrededor de trescientas leguas de las islas de los Ladrones y por nombre Zamal. Quiso el capitán general, al siguiente día, desembarcar en otra, deshabitada y detrás de aquélla --por considerarlo más seguro--: había que cargar agua y observar. Hizo que levantasen en la orilla dos tiendas para los enfermos y que les sacrificasen un cochino. El lunes 18 de marzo, vimos después del almuerzo, cómo se nos acercaba un pequeño batel con nueve hombres; ante lo que el capitán general ordenó que nadie se moviese, ni pronunciara palabra alguna sin su autorización. Apenas atracaron aquellos, su jefe aproximose al capitán general, al parecer satisfecho de nuestra venida. Cinco de los más empeñados permanecieron con nosotros; el resto desapareció en busca de sus camaradas, entregados por allí a la pesca. Con lo que finalmente, los vimos a todos. Apreciando el capitán general que éstos eran hombres razonables, hizo que se les diera comida, así como barretinas encarnadas, espejos, peines, campanillas, marfil, tela y otras cosas. Ante la cortesía del capitán, correspondieron con peces, un jarro de vino de palma (que llaman vraca), higos de más de un palmo y otros pequeños --y de mejor sabor-- y dos cocos. Era de lo que disponían entonces; pero, con hartos gestos, nos hicieron entender que a los cuatro días traerían umay (arroz), cocos y otras vituallas. Los cocos son fruto de las palmeras. Mientras nosotros tenemos el pan, el vino, el aceite y el vinagre, este pueblo lo tiene todo en el árbol antedicho. El vino lo extraen con la industria siguiente: perforan el árbol en su parte más alta y tierna, llamada "palmito", la cual destila un licor como el mosto, blanco, dulce, pero un poco agrio también. Con él se llenan unas cañas tanto o más gordas que una pierna, que dejan atadas al tronco por la mañana --para beber de noche-- y por la noche --para beber por la mañana--. Da también la palmera el ya mencionado fruto del coco. Es éste, más o menos grande como una cabeza humana. Su corteza más exterior es verde, dos dedos gruesa y la constituyen en parte unos filamentos con los que los nativos tejen las cuerdas para sus barcas. Bajo esa costra hay una segunda, dura y considerablemente mayor que la de la mayor nuez. Esta suelen quemarla y aprovechan sus cenizas para su pintura. Debajo, por fin, viene una pulpa endurecida blanca, de un dedo de espesor, que comen fresca con la carne del pescado, como el pan nosotros y que al paladar le recuerda la almendra. Secándola se amasaría pan. Dentro de esa pulpa encuéntrase una agua clara, dulce y refrescantísima; agua que cuando se deja posar, se congela y termina como una manzana. Cuando les interesa disponer de aceite, dejan que se pudran pulpa y agua, las hierven después y sale un aceite como de mantequilla. Puede hacerse leche aún, que eso hacíamos nosotros. Rallábamos la pulpa, la mezclábamos con agua después, bien colada y estrujada a través de un paño y era como leche de cabra. Son estas palmeras como las de los dátiles, pero no tan nudosas; más bien lisas. Una familia de diez personas se mantendría con dos de ellas, aunque a base de extraer el vino ocho días de una y los ocho siguientes de la otra; pues perforándolas sin reposo terminarían por secarse. Cien años duran. Gran familiaridad adquirieron con nosotros estos pueblos. Nos dijeron cómo denominaban muchas cosas y el nombre de cuantas islas divisábanse desde allá. La de ellos se llamaba Zuluán y no era demasiado extensa. Nos satisfizo mucho su trato, porque eran asaz agradables y conversadores. El capitán general, para rendirles más honor, los condujo a su nave, mostrándoles toda su mercancía: clavo, canela, pimienta, nuez moscada, macia, oro, más cuanto encerraba el casco. Disparó incluso alguna bombarda; con lo que ellos, aterrorizados, pretendieron saltar por la borda. Hacían signos de advertir que aquellas muestras que llevábamos decían producirse en las tierras hacia las que se orientaba nuestra navegación. Antes de marcharse pidieron licencia para ello con mucha educación y donosura y tras repetir que iban a volver, según su promesa. El islote que ocupábamos era Humunu; aunque nosotros, por haber encontrado allí dos fuentes de agua clarísima, le pusimos "Agua de las buenas señales". Lo último referíase a los primeros rastros de oro, patentes también. No dejan de encontrarse, para ser breve, gran cantidad de coral blanco, así como árboles enormes; éstos dan un fruto algo menos que la almendra, como los piñones. Y hay muchas palmeras, aunque bastante estériles. Las islas parecen multiplicarse allí; así que también bautizamos el archipiélago: "San Lázaro", por descubrirlo en su domingo. Está en los 10 grados de latitud del Polo Ártico y a 161 de longitud desde el punto de partida. El viernes 22 de marzo, reaparecieron a mediodía aquellos hombres, según prometieron, sobre dos barcas, con cocos, naranjas dulces, un odre de vino de palma y hasta un gallo: para demostrar que allá se criaban gallinas. Mostráronse contentísimos por volvernos a ver y compramos de todo. Su jefe era un viejo muy pintado, con aros de oro macizo en las orejas; más muchos brazaletes, por igual de oro y un pañuelo anudado a la cabeza. Permanecimos en el lugar ocho días, todos los cuales bajaba nuestro capitán a visitar a los enfermos. Y cada mañana les servía de propia mano aquel agua de coco, lo que los reconfortaba mucho. Próximos a aquella isla habitan hombres de cuyas orejas penden tan descomunales aros que pueden meter sus brazos en ellos. Esos pueblos son cafres, o sea gentiles; van desnudos, sin más que un tejido de corteza de árbol que les cubre las vergüenzas y sólo sus principales usan lienzos de algodón recamado de seda, como turbante particular. Son oliváceos, gordos, pintarrajeados y se ungen con aceite de coco o de ajonjolí para preservarse del sol y del viento. Les cuelga el pelo, negrísimo, hasta la cintura y poseen dagas, cuchillos, lanzas de oro, escudos, anzuelos, arpones y redes para pescar encestando. Sus barcas son semejantes a nuestras falúas. En el lunes santo (25 de marzo, día de la Anunciación), poco después del mediodía y estando como quien dice para levar anclas, me dirigí a la nave para pescar y, apoyando el pie sobre un cordaje, camino de la cámara, me resbalé por estar el esparto húmedo de lluvias y caí a la mar sin que ninguno me viera. Y casi completamente inmerso ya, vínome a la mano el cabo final de cuerda de la vela mayor, que providencialmente pendía de la borda. Asime a él y comencé a gritar; tanto que di ocasión a que viniesen en la lancha por mí. No creo que me salvasen mis merecimientos, sino la misericordia de aquella Fuente de Piedad. La misma tarde enfilamos entre poniente y garbino cuatro islas: Cenalo, Hiunangan, Ibusson y Abarien. Por haber visto fuego la noche anterior en una isla, en la mañana del jueves 28 de marzo, se ancló frente a ésta y observamos que una barca reducida --que llaman allá boloto--, con ocho hombres de tripulación, acercábase a la carabela capitana. Un esclavo del capitán general, que era de Sumatra (llamada anteriormente Traprobana), les habló e inmediatamente le entendieron. Arrimáronse a nuestro casco, pero en modo alguno quisieron subir, mostrándose recelosos. Notando el capitán esa desconfianza, les arrojó una barretina encarnada y otras cosas, atadas sobre un pedazo de tablero. Alcanzáronlo muy alegres e inmediatamente emprendieron la vuelta para avisar a su rey. A las casi dos horas, vimos venir dos balangai (así las llaman y son embarcaciones mayores) llenas de gente; en la más amplia, bajo un dosel tejido, venía sentado su rey. Cuando se encontraban junto a la capitana ya, le habló el esclavo. El rey lo entendió, pues por aquellos parajes los reyes conocen más idiomas que sus súbditos. Ordenó que algunos de éstos subiesen, pero sin abandonar él nunca su balangai, a poca distancia nuestra. Aguardaba el regreso de sus emisarios y, apenas ocurrido, dio media vuelta. Hizo el capitán general grandes honores a cuantos subieron a la nave y aun dioles alguna cosa, por lo que el rey, antes de irse, quería entregar al capitán una barra de oro grande y una espuerta llena de jengibre. Pero él, agradeciéndolo mucho, no quiso aceptar. Al atardecer, acercamos la nave a los recintos del monarca. El otro día, que era Viernes Santo, mandó a tierra el capitán general, en un esquife, al esclavo que era nuestro intérprete, para que suplicara al rey, que, si disponía de alimentos, los hiciese traer a la nave, que no quedaría desacorde de nosotros, pues como amigos recalábamos en su reino, no como enemigos. Entonces volvió el rey con seis u ocho de sus hombres en la misma embarcación y subió a la nuestra, abrazándose con el capitán general. Y le entregó tres vasijas de porcelana, cubiertas de hojas y llenas de arroz en crudo y dos doradas grandísimas y más víveres. El capitán entregó al rey una túnica de paño roja y amarilla al gusto turco y una barretina de buen lienzo, encarnada también; a los que le acompañaban, bien cuchillos, bien espejos. Hízoles luego comer y al monarca decirle por el esclavo que quería ser respecto a él casi casi es decir, hermano; respondió que así quería él igualmente. Tras ello, el capitán le enseñó paños de diversos colores, tela, corales y mucha mercancía; la artillería al cabo, haciéndola disparar. Mucho se espantaron algunos. Después hizo que un hombre se armara de coraza completa y puso a tres a su alrededor que, con espadas y puñales, le daban por todo el cuerpo: ante cuyo ejemplo quedó el rey fuera de sí. Manifestó a través del esclavo, que uno de aquellos armados valía por cien de los suyos; se le respondió que así era y que en cada nave había doscientos que se armaban de tal forma. Presentole petos, espadas y rodelas, cuya utilidad iba demostrándole un hombre. Le condujo, en fin, sobre el puente de mando en la popa e hizo que le subieran su carta de navegar y la brújula, explicándole por el intérprete cómo encontró el estrecho para pasar hasta allí y cuántas lunas siguieron sin ver tierra. Maravillose. Al despedirse, indicó que le gustaría recibir a su vez a dos hombres para enseñarles alguna de sus cosas. Respondió el capitán que de buen grado. Fui yo, con otro. Apenas pisé tierra firme, alzó el rey las manos al cielo, volviéndose después hacia nosotros dos; escrupulosamente le imitamos e igual hicieron todos los demás. Tomome el rey de la mano; uno de sus conspicuos hizo lo propio con mi camarada y así penetramos en un cobertizo de cañas que encerraba un balangai muy largo --como de ochenta palmos de los míos--, delgado y esbelto cual góndola. Tomamos asiento en la popa de él, siempre expresándonos por ademanes. Nos rodeaba toda la tribu en pie con espadas, dagas, lanzas y escudos. Ordenó traer un plato con carne de cerdo y una jarra grande llena de vino. Bebíamos una taza de vino a cada bocado; el que le sobraba al rey alguna vez --pocas-- lo vertía en otra jarra de su solo uso. Su taza aparecía cubierta siempre y nadie bebía de ella salvo él y yo. A cada trago que se disponía el rey a echar, alzaba las manos juntas al cielo y hacia nosotros; luego, antes aún de beber, avanzaba el puño izquierdo hacia mí (que al principio creí que quería darme un puñetazo). Finalmente bebía y al tocarme mi turno, yo le imitaba. Ademanes a los que inmediatamente se entregaron también los otros. Con tanto ceremonial y variadísimas señales amistosas, dimos fin a la merienda.
contexto
INTRODUCCIÓN Partiendo de Sevilla, pasé a Valladolid donde presenté a la sacra Majestad de Don Carlos, no oro ni plata, sino cosas para obtener mucho aprecio de tamaño Señor. Entre las otras, le di un libro, escrito por mi mano, con todas las cosas pasadas, día a día, en nuestro viaje. Con esta intención, un día de septiembre de 1522 -de regreso del primer viaje circunterráqueo- se dirigió Antonio Pigafetta a la ciudad castellana para entrevistarse con el Emperador Carlos e informarle personalmente de lo acontecido a lo largo del viaje, de casi tres años de duración. Al mismo tiempo, le entregó un manuscrito redactado en italiano que había compuesto hilvanando las copiosas notas que reunió durante la fatigosa travesía. De la boyante expedición, que definitivamente levó anclas el 20 de septiembre de 1519, desde Canarias, rumbo a la Especiería, solamente quedaban 18 supervivientes, suficientes para atestiguar con sus palabras la riqueza de las Molucas. Regresaron con los pesados fardos de especias que a bordo de la Victoria venían, que eran la prueba fehaciente de su presencia en las lejanas islas del Pacífico. Los dieciocho -incluido Pigafetta- habían logrado llegar por la vía de occidente hasta Insulindia, hasta entonces dominio absoluto de los portugueses, a tenor de las cláusulas del Tratado de Tordesillas (1494); en virtud de ellas se dividió el Atlántico entre las dos naciones ibéricas, y se marcó el antimeridiano que señalaba las demarcaciones de España y Portugal, en las exóticas islas de la Indonesia1. Pero ¿por qué tanto interés por llegar a las Molucas, a la Especiería? ¿Eran tan importantes, económicamente, la pimienta, el clavo, la nuez moscada, el giroflé? Efectivamente, las especias fueron una sustanciosa fuente mercantil durante el Medioevo, e incluso, antes, Plinio nos habla del valor de la pimienta para los romanos. A partir del siglo XII, todo el comercio que las naciones europeas mantenían con Asia, estuvo controlado y monopolizado por dos ciudades italianas: Génova y Venecia, que utilizaron indistintamente dos vías de penetración para mantener el tráfico comercial. Una, continental, atendida por caravanas, que desde el Mar Negro y Siria, llegaba hasta China (El Catay), atravesando Asia Central. Esa ruta -la ruta de la seda- fue explotada por los comerciantes genoveses2. La otra, a través del mar, conocida como la ruta de las especias, partía desde Alejandría3 y alcanzaba los pueblos chinos, pasando por el mar Rojo y Ceilán. En 1381, el poderío veneciano había logrado en diversos ataques aniquilar a la flota genovesa; a partir de ese año, el control y el dominio del comercio con Oriente estaba en manos venecianas, organizándose, para su control, las primeras sociedades mercantiles, que manejaron las transacciones realizadas, no solamente en Venecia, sino también en Alejandría y Bizancio4. Tanto supuso para la ciudad de los Dux el comercio de las especias, que cuando ocurrió la toma de Constantinopla por los turcos, y su comercio se extendió por todo el Mediterráneo oriental, Venecia consiguió un régimen de privilegio que le permitió poder seguir controlando el tráfico de los puertos sirios, a donde llegaban los productos exóticos de India y China. Pero a pesar de ese contacto veneciano, en la vieja Europa, los escasos conocimientos que se tenían de Oriente se fueron olvidando; y será a mediados del siglo XIII, cuando la curiosidad por Oriente vuelva a renacer. Los embajadores que se enviaron a Karakorum5 por el Papa Inocencio IV, en 1246; y por Luis IX, en 1253; y, posteriormente, el viaje de Marco Polo al Catay (1271-1291), y la difusión de su obra El libro de las Maravillas, volvieron a despertar el interés por aquella parte del mundo, el Catay, que no era ni más ni menos, que lo que siglos atrás Ptolomeo6 había llamado Sérica. En el siglo XV se abrió otra ruta marítima hacia el Oriente, pero esta vez a través del Atlántico, costeando el continente africano. Con la toma de Ceuta (1415), los portugueses iniciaron la conquista naval del Atlántico africano, bajo el asesoramiento náutico y cartográfico del príncipe D. Enrique, y así, en 1449 se doblaba el cabo Bojador; en 1456, el veneciano Ca'da Mósto, al servicio de Portugal, descubrió el archipiélago de Cabo Verde. Hasta que las naves lusitanas no traspasaron la línea equinoccial, el instrumento náutico utilizado fue el astrolabio7, que con gran precisión señalaba la situación de la estrella polar, pero a partir del ecuador ya no se podía manejar, la estrella que servía de guía no era visible. ¿Qué hacer?; ¿paralizar la empresa ya iniciada, o por el contrario, buscar nuevos medios técnicos para continuar la búsqueda de nuevas sorpresas, nuevas gentes, nuevas tierras que se esperaba que continuasen apareciendo a los ojos de los nautas lusos, como había ocurrido hasta entonces? En esa incertidumbre, el rey Juan II llama a Lisboa al geógrafo de más renombre que en aquel momento se conocía en Europa, a Martín Behaim, de Nüremberg8, quien ideó navegar más al sur de la línea ecuatorial, valiéndose de la posición del Sol. Pigafetta dice en su Relación que Magallanes conocía un mapa de Behaim, tratando con esta afirmación de resaltar los conocimientos cartográficos del capitán general; pero lo dudamos, ya que las relaciones, no muy amistosas entre aquél y la Corte portuguesa, imaginamos que fueron un obstáculo para tener acceso fácilmente a los archivos de la corona. En 1487, Bartolomé Díaz -ese gran marino al que la historia no ha reconocido debidamente su empresa, y ha quedado reducido a un segundo plano, eclipsado por la personalidad de Vasco de Gama- logró doblar el cabo de las Tormentas9. Con ello, quedaba abierta la ruta hacia Asia. El Océano, en el extremo meridional de África, presentaba grandes peligros y temores, de ahí el nombre de las Tormentas o Tormentoso, ... pero había que llegar a las islas de la Especiería. El Rey encomendó a Pedro Covilhà10 una delicada misión. Éste se trasladó a El Cairo, y desde allí, y a bordo de una embarcación árabe, surcando el mar Rojo, logró arribar a Calicut11, en la costa india de Malabar, importante mercado de las especias. Desde allí, regresó nuevamente a la costa oriental africana, descendiendo hasta el Zambeze12. El informe que Covilhà entregó al Monarca animó a éste a preparar una gran expedición al mando de Vasco de Gama13. Por segunda vez se dobló el cabo de las Tormentas, y se logró -por vía marítima- llegar a Calicut y Goa. Al regreso, el valor de las especias se hizo realidad; después de descontar los gastos totales de la expedición, el beneficio líquido de la venta de los fardos de especias, que venían en las bodegas de las naos, ascendió a 800.000 ducados. Venecia no se resignó a perder el pingüe mercado de las especias, e intentó, por todos los medios boicotear el comercio lusitano en el Índico, pero a pesar de todo, no logró sus propósitos. Portugal había logrado adueñarse del comercio del clavo, la pimienta y la nuez moscada. Nombrado Alfonso de Alburquerque, primer virrey de la India (1508)14, éste extendió el imperio portugués en la costa del SE de Asia, ocupando Goa, en 1510, y las costas de Ceilán y de Malaca, en 1511. Malaca era el centro receptor donde se recibían las especias que venían de las Molucas; solamente faltaba el último intento para llegar a la Especiería. Y una nueva inquietud para los portugueses instalados en Malaca; ¿por qué esperar las mercancías allí, y no ir directamente a las ricas islas? Con esa finalidad, zarparon unas naves, y en ellas, entre la tripulación dos hombres, Magallanes y su amigo Francisco Serrão (Serrano)15, quien jugará un papel importante, con sus opiniones, en el proyecto magallánico. Las tormentas y la mar embravecida dispersaron los barcos, Magallanes no logró llegar a las Molucas; sí, en cambio, Serrano, quien tras mil penalidades logró arribar a la isla de Ternate. Los portugueses lo habían logrado: las islas de la Banda, Amboína, Ternate, iban a ser exploradas directamente por los europeos.
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Primer viaje de Álvaro de Mendaña La relación que publicamos, y que aparece en el manuscrito de la Biblioteca del Palacio Real de Madrid, se trata de un sumarísimo resumen de la relación que hizo Hernán Gallego, piloto mayor de Álvaro de Mendaña. Prácticamente se limita a enumerar las islas que se fueron descubriendo, y los principales contratiempos que tuvieron en el viaje de vuelta. Pero, afortunadamente, existen una serie de relaciones, seis en total, de Hernán Gallego, Álvaro de Mendaña, Sarmiento de Gamboa, Pedro Ortega, amén de cartas e informes que sobre el viaje se hicieron, y del que se puede decir que abundan las noticias. Intentos iniciales El que estos viajes se organizaran desde el Perú no era casual, ya que desde su conquista y planificación se habían preparado jornadas descubridoras de grandes islas y tierras que se creían próximas al Virreinato peruano, no faltando tampoco tradiciones incaicas que recordaban la existencia de grandes imperios al otro lado del ignoto océano, referidas seguramente al archipiélago de las Galápagos. Las noticias de islas y tierras por descubrir, solicitando a las autoridades permisos para organizar expediciones, abundan en extremo. Posiblemente la más antigua es la del maestresala Gómez de Solís, en carta al Emperador, que lleva fecha de 16 de agosto de 1550, y aunque el célebre pacificador La Gasca autorizara la expedición, ésta no se llevó a cabo. El mismo La Gasca, en carta al Consejo de Indias, da cuenta del viaje del piloto Francisco López, antiguo compañero de Orellana, que viniendo en una galera el año 1548, fue apartado de la costa peruana 150 leguas y estando en catorce grados y medio de la Equinoccial hacia el Sur, vieron que traía muchos maderos el agua de la parte de Poniente, que es señal de tierra donde bahía ríos de mucha agua... cerca della Especeria, pues están en el mismo clima que los de las Malucos6. También circulaban por el Perú, y se mantenían vivos, recuerdos de las expediciones marítimas para conquistar las Galápagos, que, naturalmente, eran islas llenas de tesoros. Será sobre todo Sarmiento de Gamboa el que da mayores noticias de estas expediciones conquistadoras, en tiempo de Topa Inca Yupanqui7. Si la fabulosa conquista del Perú había dado pie para que las mentes calenturientas de los conquistadores concibieran tierra adentro la existencia del mítico imperio de El Dorado, es lógico creer que allí se concibiera la idea de que más allá de las aguas del océano existiese el Ophir, las tierras a donde iba el mismo rey Salomón a cargar sus naves. El misterio del mito, inalcanzable, se va desplazando hacia lo desconocido, manteniendo así su vigencia. Fue precisamente Colón el que resucitó la leyenda de Ophir en sus viajes al creer localizar las minas del rey Salomón, próximas a Catay y Cipango8. Ahora que Catay y Cipango habían sido definitivamente localizadas, que el Maluco y la Especiería eran un emporio de riquezas, ¿por qué no creer que aquellas misteriosas islas no pudieran ser las del rey bíblico? Es curiosa la explicación que del nombre de islas de Salomón aparece en un manuscrito de don Gabriel Fernández de Villalobos, conservado en la Biblioteca Nacional: Las islas que llaman de Salomón, por una tradición que yo tengo por tonta... como es decir que una nao de Philipinas, viniendo de Acapulco, arribó con un temporal a una de ellas, que está en 11? de altura australes, llegado derrotada, hizo fogón en ellas, echó, como es costumbre, un terraplén de tierra para hacer lumbre, y cuando llegó a Acapulco, halló que se había fundido un tejo de oro. De aquí se tomó de decir que esta tierra era donde enviaba Salomón a cargar sus flotas de oro9. Si esa conseja llegó o no al Perú, está por ver. Pero que la idea de la existencia de esas islas era firme entre los peruanos lo demuestra el ahínco con que el licenciado Castro, gobernador del Perú, insiste una y otra vez en ir a descubrirlas. Para concluir sobre la denominación de estas islas, veamos la opinión de justo Zaragoza: Acaso porque iba en la armada de Mendaña un hijo o pariente de aquel Antonio Salomón que estuvo en el descubrimiento del estrecho de Magallanes, en la nao del capitán Luis Mendoza, que por haber distinguido tierra antes que nadie, reclamase para él, según se acostumbraba en aquel tiempo, el título de su apellido10. La opinión de Zaragoza se viene abajo, si antes del descubrimiento ya esas misteriosas tierras que se prentendían descubrir, las denominadas Islas del Rey Salomón, que caen frontera de Chile, hacía la Especiería, que se tiene aquí gran noticia. El último de los proyectos frustrados será el que pretenda organizar el soldado Pedro Aedo, con la colaboración del rico Maldonado, que a su costa y con sólo cuatro mil ducados de ayuda real pretenden ir a las Salomón, y que en un principio autoriza y apoya el gobernador García de Castro en 156511. Pero este viaje, que se comienza a preparar rápidamente, con idéntica celeridad quedará bruscamente paralizado, porque el gobernador manda detener a Maldonado, pues es considerado miembro de una conspiración contra su persona a causa del problema de las encomiendas; y a Pedro Aedo, por una pretendida intención de alzarse contra él. Todo muy oscuro, que cuando con posterioridad se realice el juicio de residencia contra el gobernador, éste será castigado a pagar una indemnización a Pedro de Aedo. Pero la realidad es que Aedo se quedó sin viaje.
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En el Magreb, tras una larga resistencia, los beréberes se habían adherido, en su mayoría, a la dominación del califato de Damasco y al Islam. Desafortunadamente, las modalidades de esta adhesión siguen siendo para nosotros prácticamente desconocidas. El hecho de que conocieran, como los árabes, una organización tribal muy fuerte en la parte central y occidental de la región, donde la influencia bizantina no se había ejercido, favoreció, tal vez, un acercamiento, del que es testigo el papel desempeñado por el jefe beréber, Tariq b. Ziyad, en la conquista de la Península. Quizás estas estructuras tribales facilitaron la participación de los beréberes en la continuación del avance militar en Occidente, en la medida en que la organización del ejército árabe reposaba, como acabamos de decir, sobre una base tribal. En todo caso, en el 710, el primer encargado de una empresa militar de exploración habría sido Tarif, un oficial beréber. Desembarcó en la actual Tarifa, que desde entonces lleva su nombre y se apoderó de un botín interesante, en particular de bellas cautivas en la región de Algeciras, antes de volver al Magreb. Al año siguiente, el gobernador de Tánger, Tariq b. Ziyad, también beréber, desembarcó en la montaña de Tariq (Yabal Tariq o Gibraltar) con 7000 beréberes que, muy pronto, recibieron el apoyo de otros 5000, derrotaron al ejército visigodo del rey Rodrigo, que se había adelantado a su encuentro (batalla del río Barbate en julio de 711), y se lanzó a la conquista de Toledo dejando para su lugarteniente, Mughith, la conquista de Córdoba. Estas operaciones militares se habían desarrollado con el acuerdo inicial del gobernador de Qairawan Musa b. Nusayr, nombrado por el califa al-Walid (705-715), de quien Tariq era mawla o cliente, y con la ayuda del célebre y bastante misterioso conde Don Julián, que gobernaba Ceuta, de forma aparentemente más independiente, con un estatus mal determinado respecto de las principales potencias políticas que ejercían o habían ejercido su influencia en la zona del estrecho, Bizancio y el reino visigodo de Toledo. Es muy probable también que las rivalidades entre clanes aristocráticos visigodos por controlar el poder real tuvieran un papel importante en todo este asunto: los hijos del penúltimo rey, Witiza, considerando que Rodrigo les había desposeído, habrían hecho proposiciones a los musulmanes y luego les habrían traicionado al desertar durante la batalla decisiva. Se admite que el reino de Toledo se encontraba inmerso en una grave crisis político-social de la que sólo eran una manifestación los conflictos por el poder, las leyes que expulsaban a los judíos, reduciéndoles a la esclavitud o forzándoles a la conversión, así como las disposiciones destinadas a reprimir la huida generalizada de los esclavos de los dominios a los que estaban vinculados. He desarrollado en trabajos anteriores la idea de que el sistema visigodo, mal llevado en una evolución feudalizante, debilitado por una profunda crisis, se había derrumbado a causa de la expansión de un sistema más fuerte y más dinámico, que había adquirido eficacia gracias a una organización estatal del sistema tribal de base (como bien lo hizo resaltar Donner en su Early Islamic Conquests de 1981). Suscribo por tanto la afirmación de Pedro Chalmeta según la cual el Estado visigodo no ha sido "destruido por una conquista extranjera que se superpondría a unas estructuras existentes, sino que se había producido un vacío de poder que provocó la llegada de una nueva sociedad, sustitutiva de estructuras desaparecidas, o cuando menos, inoperantes". La sustitución rápida o incluso brutal de una estructura por otra se observa claramente en las realidades monetarias.
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PRIMERA CARTA-RELACIÓN DE LA JUSTICIA Y REGIMIENTO DE LA RICA VILLA DE LA VERA CRUZ A LA REINA DOÑA JUANA Y AL EMPERADOR CARLOS V, SU HIJO 10 DE JULIO DE 1519 PREÁMBULO Claramente parece, cuando en las historias falta el fundamento y principio del recontamiento de las cosas acaecidas, que queda todo confuso y encandilado; y porque en este libro están agregadas y juntas todas o la mayor parte de las escrituras y relaciones de lo que al señor don Hernando Cortés, Gobernador y Capitán General de la Nueva España, ha sucedido en la conquista de aquellas tierras, por tanto acordé de poner aquí en el principio de todas ellas, el origen de cómo y cuándo y en qué manera el dicho señor gobernador comenzó a conquistar la dicha Nueva España, que es en la manera siguiente: Estando en la isla Española, el año del Señor de 1518 años por gobernadores de aquellas partes de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano, los muy reverendos padres fray Luis de Sevilla, prior de la Mejorada, y fray Alonso de Santo Domingo, prior de San Juan de Ortega, frailes profesos de la orden del bienaventurado señor San Jerónimo, a los cuales habían enviado después de la muerte del católico rey don Fernando con la dicha gobernación, los reverendísimos señores gobernadores de España, don fray Francisco Jiménez, Arzobispo de Toledo y Cardenal de España, y Mossior de Trayedo, Deán de Lovaina, embajador del rey don Carlos nuestro señor, que después fue cardenal de Tortosa, y finalmente Papa Adriano Sexto; Diego Velázquez, Teniente de Almirante de la Isla de Cuba, envió el dicho año a suplicar a los padres gobernadores que residían en la isla Española, que le diesen licencia para armar ciertas naos que quería, según costumbre de aquellas partes, enviar a su costa a una tierra que él decía que había descubierto hacia la parte occidental de la dicha isla de Cuba, para saber y bojar la dicha tierra y para traer indios cautivos de ella, de que se pudiesen servir en la isla de Cuba para rescatar en ella oro y las otras cosas que hubiesen, pagando el quinto de todo ello a Sus Altezas, según la orden y costumbre que en aquello había; lo cual los dichos padres gobernadores le concedieron y dieron licencias, y así armó tres navíos y un bergantín y envió por capitán de ellos a un pariente suyo que se decía Juan de Grijalva, mandándole que rescatase todo el más oro que pudiese. Y es de saber que los primeros descubridores de la dicha tierra fueron otros, y no el dicho Diego Velázquez, según adelante parecerá, los cuales, no sabiendo lo que se decían, la intitularon y llamaron Yucatán, porque los dichos primeros descubridores, como llegasen allá preguntasen a los indios naturales de la dicha tierra que cómo se llamaba aquella tierra, y los indios no entendiendo lo que les preguntaban, respondían en su lenguaje y decían Yucatán, Yucatán, que quiere decir, no entiendo; así los españoles descubridores pensaron que los indios respondían que se llama Yucatán, y en esta manera se quedó impropiamente a aquella tierra este nombre de Yucatán. Pues como el dicho Juan de Grijalva fuese a la dicha tierra nuevamente descubierta, comenzó a rescatar con los indios de la tierra las cosas que en su navío llevaba, según Diego Velázquez se lo había mandado, y no le dando allí el rescate de tan buena manera como Diego Velázquez quisiera, volvió a Cuba con poco rescate, a donde fue mal recibido de Diego Velázquez, el cual hablando con Fernando Cortés, que a la sazón era vecino y justicia de la ciudad de Santiago en la dicha isla de Cuba, que a la sazón estaba rico en dineros y tenía ciertos navíos suyos propios y era muy bien quisto y tenía muchos amigos en la isla, concertóse Diego Velázquez con él para que entrambos hiciesen una buena armada en que el dicho Fernando Cortés fuese por capitán general de ella en nombre de Sus Altezas, por el poder que para ello le habían dado los padres Jerónimos gobernadores de aquellas partes. Hecho y asentado entre ellos el concierto, puso el dicho Diego Velázquez solamente la tercia parte de los naos de la armada y el dicho capitán Fernando Cortés, puso de lo suyo propio las otras dos tercias partes de las dichas naos y todas las costas que se hicieron en la manda. Y haciéndose a la vela en el mes de octubre del año del Señor de 1518, y andando costeando por las costas de la dicha isla de Cuba con tiempos contrarios, finalmente salió de la dicha isla de Cuba el dicho Fernando Cortés, Capitán General de la dicha armada, a doce días del mes de febrero del año del Señor de 1519, para ir a la dicha tierra intitulada Yucatán, con diez naos, las siete de las cuales eran propias del dicho capitán Fernando Cortés, y las tres de Diego Velázquez, y después le alcanzaron otras dos naos que el dicho Diego Velázquez le envió. Así que fueron por todas las naos de la dicha armada, doce entre pequeñas y grandes, en las cuales iban quinientos españoles. Pues como llegase a la dicha tierra llamada Yucatán, habiendo conocimiento de la grandeza y riquezas de ella, determinó de hacer, no lo que Diego Velázquez quería, que era rescatar oro, sino conquistar la tierra y ganarla y sujetarla a la Corona Real de Vuestra Alteza; y para proseguir su propósito, sintiendo que algunos de los de su compañía temerosos de emprender tan gran cosa, que se le querían volver, hizo un hecho troyano, y fue que tuvo manera, después que desembarcó toda la gente, de dar al través con todas las armas y fustes de la armada, y haciendo justicia de dos o tres que le amotinaban la gente, anegó y desbarató todas las naos, haciendo sacar la madera y clavazón de ellas a la costa, con presupuesto que, viendo los españoles que no tenían en qué volver, ni en qué poder salir de aquella tierra, se animasen a la conquista o a morir en la demanda. Y éste fue el principio de todas las buenas venturas del dicho capitán Hernando Cortés. Y acertó también ésto, que si no lo hiciera, hubiera pocos de los que consigo llevaba que se atrevieran a aquella empresa en tan gran tierra, tan poblada de gentes belicosas, y aunque el capitán le pesara, según los aprietos y peligros en que después se vieron, si las naos estuvieran enteras se le volvieran todos o los más a la isla de Cuba. En esta manera comenzaron a conquistar la tierra donde hacía hechos hazañosos y acometía y emprendía cosas inauditas, en donde según juicio humano, no era creído que ninguno de ellos pudiese escapar, como adelante aparecerá. Habiendo, pues, el capitán Hernando Cortés calado algo de la tierra, acordó de fundar una nueva población en la cual, echado el principio y tomado su sitio, le puso por nombre y le llamó la Rica Villa de la Vera Cruz. Y puesto en ella alcaldes y regidores y otros oficios, el dicho capitán general don Hernando Cortés, el concejo, justicia, regidores y tenientes de la dicha villa, acordaron de enviar a España dos procuradores a la reina doña Juana y al rey don Carlos, su hijo, nuestros señores, con las primicias y muestras de las riquezas de aquella tierra que comenzaba en nombre de Sus Altezas a conquistar; y partiéronse los procuradores de la dicha Rica Villa de la Vera Cruz vinieron a España, y llegaron a Valladolid en el principio del mes de abril del año de quinientos veinte en la Semana Santa, estando el rey don Carlos, nuestro señor, en principio de camino para Alemania, a recibir la corona imperial; y presentaron a su Majestad lo que traían y una carta que el cabildo, justicia y regidores de la dicha Villa de la Vera Cruz escribieron a Sus Altezas, cuyo tenor es el siguiente: Muy altos y muy poderosos, excelentísimos príncipes, muy católicos y muy grandes reyes y señores: Bien creemos que vuestras majestades, por letras de Diego Velázquez, teniente de almirante en la isla Fernandina, habrán sido informados de una tierra nueva que puede haber dos años más o menos que en estas partes fue descubierta, que al principio fue intitulada por nombre Cozumel y después la nombraron Yucatán, sin ser lo uno ni lo otro, como por esta nuestra relación vuestras reales altezas mandarán ver; y porque las relaciones que hasta ahora a vuestras majestades de esta tierra se han hecho, así de la manera y riquezas de ella como de la forma en que fue descubierta y otras cosas que de ella se han dicho, no son ni han podido ser ciertas, porque nadie hasta ahora las ha sabido cómo será ésta que nosotros a vuestras reales altezas escribimos y contaremos aquí desde el principio que fue descubierta de esta tierra hasta el estado en que al presente está, porque vuestras majestades sepan la tierra que es, la gente que la posee y la manera de su vivir y el rito y ceremonias, secta o ley que tienen, y el feudo que en ella vuestras reales altezas podrán hacer y de ella podrán recibir, y de quién en ella vuestras majestades han sido servidos, porque en todo vuestras reales majestades puedan hacer lo que más servidos serán; y la cierta y muy verdadera relación es en esta manera: Puede haber dos años poco más o menos, muy esclarecidos príncipes, que en la ciudad de Santiago, que es en la isla Fernandina, donde nosotros hemos sido vecinos en los pueblos de ella, se juntaron tres vecinos de la dicha isla, el uno de los cuales se dice Francisco Fernández de Córdoba, el otro Lope Ochoa de Caicedo, y el otro Cristóbal Morante, y como es costumbre en estas islas que en nombre de vuestras majestades están pobladas de españoles, de ir por indios a las islas que no están pobladas de españoles para se servir de ellos, envían los susodichos, dos navíos y un bergantín para que de las dichas islas trajesen indios a la dicha isla Fernandina, para servirse de ellos; y creemos, porque aún no lo sabemos de cierto, que el dicho Diego Velázquez, teniente de almirante, tenía la cuarta parte de la dicha armada. Y uno de los dichos armadores fue por capitán de la armada, llamado Francisco Fernández de Córdoba, y llevó por piloto a un Antón de Alaminos, vecino de la villa de Palos. Y a este Antón de Alaminos trajimos nosotros ahora también por piloto, y lo enviamos a vuestras reales altezas para que de él, vuestras majestades puedan ser informados. Y siguiendo en viaje fueron a dar a la dicha tierra intitulada de Yucatán, a la punta de ella, que estará sesenta o setenta leguas de la dicha isla Fernandina de esta tierra de la Rica Villa de la Vera Cruz, donde nosotros en nombre de vuestras reales altezas estamos, en la cual saltó en un pueblo que se dice Campeche, donde al señor de él pusieron por nombre Lázaro, y allí le dieron dos mazorcas con una tela de oro por cama, y otras cosillas de oro. Y porque los naturales de la dicha tierra no los consintieron estar en el pueblo y tierra, se partieron de allá y se fue la costa abajo hasta diez leguas, donde tornó a saltar en tierra junto a otro pueblo que se llama Nochopobón y el señor de él Champotón; y allí fueron bien recibidos de los naturales de la tierra, mas no los consintieron entrar en su pueblo y aquella noche durmieron los españoles fuera de las naos en tierra; y viendo esto los naturales de aquella tierra, pelearon otro día en la mañana con ellos, en tal manera que murieron veintiséis españoles y fueron heridos otros tantos. Finalmente, viendo el capitán Francisco Fernández de Córdoba esto, escapo con los que le quedaron a acogerse a las naos. Viendo pues el dicho capitán cómo le habían muerto más de la cuarta parte de su gente, y que todos los que le quedaban estaban heridos, y que él mismo tenía treinta y tantas heridas y que estaba casi muerto que pensaría escaparse, se volvió con los dichos navíos y gente a la isla Fernandina donde hicieron saber al dicho Diego Velázquez cómo habían hallado una tierra muy rica en oro, porque a todos los naturales de ella los habían visto traer puesto adellos en las narices, adellos en las orejas y en otras partes, y que en la dicha tierra había edificios de cal y canto, y mucha cantidad de otras cosas que de dicha tierra publicaron, de mucha administración y riquezas, y dijéronle que si él podía enviar navíos a rescatar oro, que había mucha cantidad de ello. Sabido esto por el dicho Diego Velázquez, movido más a codicia que a otro celo, despachó luego a un su procurador a la isla Española con cierta relación que hizo a los reverendos padres de San Jerónimo, que en ella residían por gobernadores de estas Indias, para que en nombre de vuestras majestades le diesen licencia, por los poderes que de vuestras altezas tenían, para que pudiese enviar a bojar la dicha tierra, diciéndoles que en ello haría gran servicio a vuestras majestades, con tal que le diesen licencia para que rescatase con los naturales de ella, oro y perlas y piedras preciosas y otras cosas, lo cual todo fuese suyo pagando el quinto a vuestras majestades, lo cual por los dichos reverendos padres gobernadores Jerónimos le fue concedido, así porque hizo relación que él había descubierto la dicha tierra a su costa, como por saber el secreto de ella y proveer como al servicio de vuestras reales altezas conviniese. Y por otra parte, sin lo saber aquí los dichos padres Jerónimos, envió a un Gonzalo de Guzmán con su poder y con la dicha relación a vuestras altezas reales, diciendo que él había descubierto aquella tierra a su costa, en lo cual a vuestras majestades había hecho servicio, y que la quería conquistar a su costa, y suplicando a vuestras reales altezas lo hicieran adelantado y gobernador de ella y ciertas mercedes que allende de esto pedía, como vuestras majestades habrán ya visto por su relación, y por esto no las expresamos aquí. En este medio tiempo como le vino la licencia que en nombre de sus majestades le dieron los reverendos padres gobernadores de la orden de San Jerónimo, diose prisa en armar tres navíos y un bergantín, porque si vuestras majestades no fuesen servidos de le conceder lo que con Gonzalo de Guzmán les había enviado a pedir, lo hubiese ya enviado con la licencia de los dichos padres Jerónimos; y armados, envió por capitán de ellos a un deudo suyo que se dice Juan de Grijalba y con él a ciento sesenta hombres de los vecinos de la dicha isla, entre los cuales venimos algunos de nosotros por capitanes, por servir a vuestras reales altezas. Y no sólo venimos y vinieron los de la dicha armada aventurando nuestras personas, más aún casi todos los bastimentos de la dicha armada pusieron y pusimos de nuestras casas, así en lo cual gastarnos y gastaron asaz parte de sus haciendas. Y fue por piloto de la dicha armada el dicho Antón de Alaminos, que primero había descubierto la dicha tierra cuando fue con Francisco Fernández de Córdoba. Y para hacer este viaje tomaron susodicha derrota, que antes que a la dicha tierra viniesen, descubrieron una isla pequeña que bojaba hasta treinta leguas que está por la parte del sur de la dicha tierra, la cual es llamada Cozumel, y llegaron en la dicha isla a un pueblo que pusieron por nombre San Juan de Porta Latina y a la dicha isla llamaron Santa Cruz. En el primer día que allí llegaron salieron a verlos hasta ciento cincuenta personas de los indios de dicho pueblo, y al día siguiente, según pareció, dejaron el pueblo los dichos indios y acogiéronse al monte, y como el capitán tuviese necesidad de agua, hízose a la vela para ir a tomarla a otra parte. El mismo día, y yendo su viaje, acordóse de volver al dicho puerto e isla de Santa Cruz, y surgió allí, y saltando en tierra, halló el pueblo sin gente como si nunca fuese poblado; y tomada su agua se torno a sus naos sin calar la tierra ni saber el secreto de ella, lo que no debieran hacer, pues fuera menester que la calara, y supiera para hacer verdadera relación a vuestras altezas reales de lo que era aquella isla. Y alzando velas, se fue y prosiguió su viaje hasta llegar a la tierra que Francisco Fernández de Córdoba había descubierto, a donde iba para la bojar y hacer su rescate, y llegados allá anduvieron por la costa de ella del sur hacia el poniente hasta llegar a una bahía a la cual el dicho capitán Grijalba y piloto mayor Antón de Alaminos pusieron por nombre Bahía de la Asunción, que según opinión de pilotos, esta muy cerca de la punta de Las Veras, que es la tierra que Vicente Yáñez Pinzón descubrió y apuntó. La parte y mitad de aquella bahía, la cual es muy grande, se cree que pasa a la Mar del Norte. Desde allá se volvieron por la dicha costa por donde habían ido hasta doblar la punta de la dicha tierra, y por la parte del norte de ella navegaron hasta llegar al dicho puerto Campeche, que el señor de él se llama Lázaro, donde había llegado el dicho Francisco Fernández de Córdoba para hacer su rescate que por el dicho Diego Velázquez le era mandado, como por la mucha necesidad que tenían de tomar agua. Y luego que los vieron venir los naturales de la tierra se Pusieron en manera de batalla fuera de su pueblo para defender la entrada, y el capitán los llamó con una lengua e intérprete que llevaba y vinieron ciertos indios a los cuales hizo entender que él no venía sino a rescatar con ellos de lo que tuvieran y a tomar aguaje, y así se fue con ellos hasta un jagüey de agua que estaba junto a su pueblo y allí comenzó a tomar su agua y a decirles con el dicho faraute que les dieran oro y que les darían de las preseas que llevaban. Y los indios, desde que aquellos vieron, como no tenían oro que le dar dijéronle que se fuesen, y él les rogó les dejasen tomar su agua y que luego se irían, y con todo eso no se pudo de ellos defender sin que otro día de mañana a hora de misa los indios no comenzasen a pelear con ellos, con sus arcos y flechas y lanzas y rodelas, por manera que mataron a un español e hirieron al dicho capitán Grijalba y a otros muchos, y aquella tarde se embarcaron en las carabelas con su gente sin entrar en el pueblo de los dichos indios y sin saber cosa de que a vuestras reales majestades verdadera relación se pudiese hacer. Y de allí se fueron por la dicha costa. Así llegaron a un río al cual pusieron por nombre el río de Grijalba, y surgió en él casi a hora de vísperas; y otro día de mañana se pusieron de la una y de la otra parte del río un gran número de indios y gente de guerra, con sus arcos y flechas, y lanzas y rodelas para defender la entrada en su tierra, y según pareció a algunas personas creían contar cinco mil indios. Como el capitán esto vio, no salto a tierra nadie de los navíos, sino desde los navíos les habló con las lenguas y farautes que traía, rogándoles que llegasen más cerca para que les pudiese decir la causa de su venida; y entraron veinte indios en una canoa y vinieron muy recatados y acercáronse a los navíos, y el capitán Grijalba les dijo y dio a entender por aquel intérprete que llevaba, cómo él no venía sino a rescatar, y que quería ser amigo de ellos, y que le trajesen oro de lo que tenían y que él les daría de las preseas que llevaba. Así lo hicieron el día siguiente, trayéndole ciertas joyas de oro sotiles, y el dicho capitán les dio de su rescate lo que le pareció y ellos se volvieron a su pueblo. Y el dicho capitán estuvo allá aquel día, y otro día siguiente se hizo a la vela y sin saber más secreto alguno de aquella tierra, y bojaron hasta llegar a una bahía, a la cual pusieron por nombre la bahía de San Juan, y allí saltó el capitán en tierra con cierta gente, en unos arenales despoblados. Y como los naturales de la tierra habían visto que aquellos navíos venían por la costa, acudieron allí, con los cuales él habló con sus intérpretes y sacó una mesa en que puso ciertas preseas, haciéndoles entender cómo venían a rescatar y a ser sus amigos; y como esto vieron y entendieron los indios comenzaron a traer piezas de ropa y algunas joyas de oro, las cuales rescataron con el dicho capitán, y desde allí despachó y envió el dicho capitán Grijalba a Diego Velázquez, la una de las dichas carabelas con todo lo que hasta entonces había rescatado; y partida la dicha carabela para la isla Fernandina a donde estaba Diego Velázquez, se fue el dicho capitán Grijalba por la costa abajo con los navíos que le quedaron y anduvo por ella hasta cuarenta y cinco leguas sin saltar en tierra ni ver cosa alguna, excepto aquello que desde la mar se parecía, y desde allí se comenzó a volver para la isla Fernandina, y nunca mas vio cosa alguna de aquella tierra que de contar fuese, por lo cual vuestras reales altezas pueden creer que todas las relaciones que de esta tierra se les han hecho no han podido ser ciertas, pues no supieron los secretos de ellas más de lo que por sus voluntades han querido escribir. Llegado a la isla Fernandina el dicho navío que el capitán Juan de Grijalba había despachado de la bahía de San Juan, como Diego Velázquez vio el oro que llevaba y supo por las cartas que Grijalba le escribía, las ropas y preseas que por ellas habían dado con rescate, parecióle que se había rescatado poco, según las nuevas que le daban los que en la dicha carabela habían ido y el deseo que él tenía de haber oro, y publicaba que no había ahorrado la costa que había hecho en la dicha armada, y que le pesaba y mostraba sentimiento por lo poco que el capitán Grijalba en esta tierra había hecho. En verdad no tenía mucha razón, porque los gastos que él hizo en la dicha armada se le ahorraron con ciertas botas y toneles de vino y con ciertas cajas y de camisas de presillas y con cierto rescate de cuentas que envió en la dicha armada, porque acá se nos vendió el vino a cuatro pesos de oro, que son dos mil maravedís la arroba, y la camisa de presilla se nos vendió a dos pesos de oro, y el mazo de cuentas verdes a dos pesos, por manera que ahorró con esto todo el gasto de la armada y aún ganó dineros, y hacemos de esto tan particular relación a vuestras majestades porque sepan que las armadas que hasta aquí ha hecho el Diego Velázquez han sido tanto de trato de mercaderías como de armador, y con nuestras personas y gastos de nuestras haciendas; y aunque hemos padecido infinitos trabajos, hemos servido a vuestras reales altezas y serviremos hasta tanto que la vida nos dure. Estando el dicho Diego Velázquez con este enojo del poco oro que le habían llevado, teniendo deseo de haber más, acordó sin lo decir ni hacer saber a los padres gobernadores Jerónimos, de hacer una armada, y volver a enviar a buscar al dicho capitán Juan de Grijalba su pariente. Y para hacerlo a menos costa suya, habló con Fernando Cortés, vecino y alcalde de la ciudad de Santiago por vuestras majestades, y díjole que armaran ambos a dos hasta ocho o diez navíos, porque a la sazón el dicho Fernando Cortés tenía mejor aparejo que otra persona alguna de la dicha isla, por tener entonces tres navíos suyos propios y dineros para poder gastar, y porque era bien quisto en la dicha isla. Y que con él se creía que querría venir mucha más gente que con otro, como vino. Y visto por el dicho Fernando Cortés lo que Diego Velázquez le decía, movido con celo de servir a vuestras reales altezas, propuso de gastar todo cuanto tenía en hacer aquella armada, casi las dos partes de ella a su costa, así en navíos como en bastimentos, de más y allende de repartir sus dineros por las personas que habían de ir en la dicha armada, que tenían necesidad para proveerse de cosas necesarias para el viaje. Hecha y ordenada la dicha armada, nombró en nombre de vuestras majestades, el dicho Diego Velázquez al dicho Fernando Cortés, por capitán de ella, para que viniese a esta tierra a rescatar y hacer lo que Grijalba no había hecho, y todo el concierto de la dicha armada se hizo a voluntad del Diego Velázquez, aunque no puso ni gastó él más de la tercia parte de ella, según vuestras reales altezas podrán mandar ver por las instrucciones y poder que el dicho Fernando Cortés recibió de Diego Velázquez en nombre de vuestras majestades, las cuales enviamos ahora con estos nuestros procuradores a vuestras altezas. Y sepan vuestras majestades que la mayor parte de la dicha tercia parte que el dicho Diego Velázquez gastó en hacer la dicha armada fue en emplear sus dineros en vinos y en ropas y en otras cosas de poco valor para nos lo vender acá en mucha más cantidad de lo que a él le costó, por manera que podemos decir que entre nosotros los españoles, vasallos de vuestras reales altezas, hace Diego Velázquez su rescate y granjea sus dineros cobrándolos muy bien. Acabada de hacer la dicha armada, se partió de la dicha isla Fernandina el dicho capitán de vuestras reales altezas, Fernando Cortés, para seguir su viaje con diez carabelas y cuatrocientos hombres de guerra, entre los cuales vinieron muchos caballeros e hidalgos y dieciséis de caballo. Y prosiguiendo el viaje, a la primera tierra que llegaron fue a la isla Cozumel, que ahora se dice de Santa Cruz, como arriba hemos dicho, en el puerto de San Juan de Porta Latina, y saltando en tierra se halló el pueblo que allí hay despoblado sin gente, como si nunca hubiera sido habitado de persona alguna. Y deseando el dicho capitán Fernando Cortés saber cuál era la causa de estar despoblado aquel lugar, hizo salir a la gente de los navíos y aposentáronse en aquel pueblo; y estando allí con su gente, supo de tres indios que se tomaron en una canoa en la mar, que se pasaban a la isla de Yucatán, que los caciques de aquella isla, visto cómo los españoles habían aportado allí, habían dejado los pueblos, y con todos sus indios se habían ido a los montes por temor de los españoles, por no saber con qué intención y voluntad venían con aquellas naos. Y el dicho Fernando Cortés hablándoles por medio de una lengua o faraute que llevaba, les dijo que no iban a hacerles mal ni daño alguno, sino para amonestarles y atraer para que viniesen en conocimiento de nuestra santa fe católica y para que fueran vasallos de vuestras majestades y les sirviesen y obedeciesen como lo hacen todos los indios y gente de estas partes que están pobladas de españoles, vasallos de vuestras reales altezas, asegurándoles el dicho capitán por esta manera, perdieron mucha parte del temor que tenían y dijeron que ellos querían ir a llamar a los caciques que estaban la tierra adentro en los montes, y luego el dicho capitán les dio una su carta para que los dichos caciques vinieran seguros. Y así se fueron con ella dándoles el capitán término de cinco días para volver, pues como el capitán estuviese allí aguardando la respuesta que los dichos indios le habían de traer, y hubiesen ya pasado otros tres o cuatro días más de los cinco que llevaron de licencia, y viese que no venían, determinó porque aquella isla no se despoblase de enviar por la costa de ella otra gente. Y envió dos capitanes con hasta cien hombres, y mandóles que el uno fuese a una punta de la isla, y el otro a la otra, y que hablasen a los caciques que topasen y les dijesen cómo él los estaba esperando en aquel pueblo y puerto de San Juan de Porta Latina para hablarles de parte de vuestras majestades, y que les rogasen y atrajesen como mejor pudiesen para que quisiesen venir al dicho puerto de San Juan, y que no les hiciesen mal alguno en sus personas ni casas ni haciendas, porque no se alterasen ni alejasen más de lo que estaban. Y fueron los dichos dos capitanes como el capitán Fernando Cortés los mandó; y volviendo de allí a cuatro días dijeron que todos los pueblos que habían topado estaban vacíos, y trajeron consigo hasta diez o doce personas que pudieron haber, entre los cuales venía un indio principal al que les habló el dicho capitán Fernando Cortés de parte de vuestras altezas con la lengua e intérprete que traía, y le dijo que fueran a llamar a los otros caciques porque él no se había de partir en ninguna manera de esa dicha isla sin verlos y hablarlos; y dijo que así lo haría y así se partió con su carta para los otros caciques, y de allí a dos días vino con él el principal y le dijo que era señor de la isla y que venía a ver qué era lo que quería. El capitán le habló con el intérprete y le dijo que él no quería ni venía a hacerles mal alguno, sino a decirles que viniesen al conocimiento de nuestra santa fe y que supieran que teníamos por señores a los mayores príncipes del mundo, y que éstos obedecían a un mayor príncipe que él, y que lo que el dicho capitán Fernando Cortés les dijo que quería de ellos, no era otra cosa sino que los caciques e indios de aquella isla obedecieran también a vuestras altezas, y que haciéndolo así, serían muy favorecidos, y que haciendo esto no habría quien los enojase. Y el dicho cacique respondió que era contento de hacerlo así, y envió luego a llamar a todos los principales de la dicha isla, los cuales vinieron, y venidos holgaron mucho de todo lo que el dicho capitán Fernando Cortés había hablado a aquel cacique, señor de la isla. Y así los mandó volver y volvieron muy contentos, y en tanta manera se aseguraron que de allí a pocos días estaban los pueblos tan llenos de gente y tan poblados como antes, y andaban entre nosotros todos aquellos indios con tan poco temor, como si mucho tiempo hubieran tenido conversación con nosotros. En este medio tiempo supo el capitán que unos españoles estaban siete años cautivos en el Yucatán, en poder de ciertos caciques, los cuales se habían perdido en una carabela que dio al través en los bajos de Jamaica, la cual venía de Tierra Firme, y que en ellos se escaparon en una barca de aquella carabela saliendo a aquella tierra, y desde entonces los tenían allí cautivos y presos los indios, y también traía aviso de ello el dicho capitán Fernando Cortés, cuando partió de la dicha isla Fernandina para saber de estos españoles y como aquí supo nuevas de ellos y la tierra donde estaban, le pareció que haría mucho servicio a Dios y a vuestra majestad en trabajar que saliesen de la prisión y cautiverio en que estaban, y luego quisiera ir con toda la flota con su persona a redimirlos, si no fuera porque los pilotos le dijeron que en ninguna manera lo hiciese, porque sería causa de que la flota y gente que en ella iba se perdiese, a causa de ser la costa muy brava como lo es, y no haber en ella puerto ni parte donde pudiese surgir con los dichos navíos; y por esto lo dejó y proveyó luego con enviar con ciertos indios en una canoa, los cuales le habían dicho que sabían quién era el cacique con quien los dichos españoles estaban, y les escribió como si él dejaba de ir en persona con su armada para librarlos, no era sino por ser mala y brava la costa para surgir, pero que les rogaba que trabajasen de soltarse y huir en algunas canoas, y que ellos les esperarían allí en la isla de Santa Cruz. Tres días después que el dicho capitán despachó a aquellos indios con sus cartas, no le pareciendo que estaba muy satisfecho, creyendo que aquellos indios no lo sabrían hacer tan bien como él lo deseaba, acordó el enviar, y envió, dos bergantines y un batel con cuarenta españoles de su armada a la dicha costa para que tomasen y recogiesen a los españoles cautivos si allí acudiesen, y envió con ellos otros tres indios para que saltasen en tierra y fuesen a buscar y llamar a los españoles presos con otra carta suya, y llegados estos dos bergantines y batel a la costa donde iban, echaron a tierra los tres indios, y enviáronlos a buscar a los españoles, como el capitán les había mandado, y estuviéronlos esperando en la dicha costa seis días con mucho trabajo, que casi se hubieran perdido y dado al través en la dicha costa por ser tan brava allí la mar según los pilotos habían dicho. Y visto que no venían los españoles cautivos ni los indios que a buscarlos habían ido, acordaron volverse a donde el dicho capitán Fernando Cortés los estaba aguardando en la isla de Santa Cruz, y llegados a la isla, como el capitán supo el mal recado que traían, recibió mucha pena, y luego otro día propuso embarcarse con toda determinación de ir y llegar a aquella tierra, aunque toda la flota se perdiese, y también por certificarse si era verdad lo que el capitán Juan de Grijalba había enviado a decir a la isla Fernandina, diciendo que era burla que nunca a aquella costa habían llegado ni se habían perdido aquellos españoles que se decían estar cautivos. Y estando en este propósito el capitán, embarcando ya toda la gente, que no faltaba de embarcarse salvo su persona con otros veinte españoles que con él estaban en tierra, y haciéndoles el tiempo muy bueno y conforme según a su propósito para salir del puerto, se levantó a deshora un viento contrario con unos aguaceros muy contrarios para salir, en tanta manera que los pilotos dijeron al capitán que no se embarcaran porque el tiempo era muy contrario para salir del puerto, y visto esto, el capitán mandó desembarcar toda la otra gente de la armada, y a otro día a mediodía vieron venir a una canoa a la vela hacia la dicha isla. Y llegada donde nosotros estábamos, vimos cómo venía en ella uno de los españoles cautivos que se llama Jerónimo de Aguilar, el cual nos contó la manera cómo se había perdido y el tiempo que había que estaba en aquel cautiverio, que es como arriba vuestras reales altezas hemos hecho relación. Y túvose entre nosotros aquella contrariedad de tiempo que sucedió de improviso, como es verdad, por muy gran misterio y milagro de Dios, por donde se cree que ninguna cosa se comienza que en servicio de vuestras majestades sea que pueda suceder sino en bien. De este Jerónimo de Aguilar fuimos informados que los otros españoles que con él se perdieron en aquella carabela que dio al través, estaban muy derramados por la tierra, la cual nos dijo que era muy grande, y que era imposible recogerlos sin estar y gastar mucho tiempo en ello. Pues como el capitán Fernando Cortés viese que se iban acabando los bastimentos de la armada, y que la gente padecería mucha necesidad de hambre si dilatase y esperase allí el mal tiempo, y que no habría efecto el propósito de su viaje, y determinó, con parecer de los que en su compañía venían, de partirse; y luego se partió dejando aquella isla de Cozumel, que ahora se llama de Santa Cruz, muy pacífica, y en tanta manera, que si fuera para ser poblador de ella, pudieran con tanta voluntad los indios de ella comenzar luego a servir; y los caciques quedaron muy contentos y alegres por lo que de parte de vuestras reales altezas les había dicho el capitán, y por les haber dado muchos atavíos para sus personas; y tenemos por cierto que todos los españoles que de aquí adelante a la dicha isla vinieren, serán también recibidos como si a otra tierra de las que ha mucho tiempo que son pobladas llegasen. Es la dicha isla pequeña, y no hay en ella río alguno ni arroyo, y toda el agua que los indios beben es de pozos, que en ella no hay otra cosa sino peñas y piedras y artabucos y montes, y la granjería que los indios de ella tienen es colmenares, y nuestros procuradores llevan a vuestras altezas la muestra de miel y cera de los dichos colmenares para que la manden ver. Sepan vuestras majestades que como el capitán reprendiese a los caciques de la dicha isla diciéndoles que no viviesen más en la secta y gentilidad que tenían, pidieron que les diesen ley en que viviesen de allí adelante, y el dicho capitán los informó lo mejor que él supo en la fe católica, y les dejó una cruz de palo puesta en una casa alta, y una imagen de nuestra señora la Virgen María, y les dio a entender muy cumplidamente lo que debían hacer para ser buenos cristianos; y ellos mostráronle que recibían todo de muy buena voluntad, y así quedaron muy alegres y contentos. Partidos de esta isla, fuimos a Yucatán, y por la banda del norte corrimos la tierra adelante hasta llegar al río grande que se dice de Grijalba, que es, según a vuestras reales altezas hicimos relación, adonde llegó el capitán Juan de Grijalba, pariente de Diego Velázquez. Es tan baja la entrada de aquel río, que ningún navío de los grandes pudo en él entrar; mas como el dicho capitán Fernando Cortés está tan inclinado al servicio de vuestra majestad y tenga voluntad de hacerles verdaderas relaciones de lo que en la tierra hay, propuso de no pasar más adelante hasta saber el secreto de aquel río y pueblos que en la ribera de él están, por la gran fama que de riqueza se decía que tenían, y así sacó toda la gente de su armada en los bergantines pequeños y en las barcas, y subimos por el dicho río arriba hasta llegar a ver la tierra y pueblos de ella; y como llegásemos al primer pueblo hallamos la gente de los indios de él puesta a la orilla del agua, y el dicho capitán les habló con la lengua y faraute que llevábamos y con el dicho Jerónimo Aguilar que había, como dicho es de suso, estado cautivo en Yucatán, que entendía muy bien y hablaba la lengua de aquella tierra, y les hizo entender como él no venía a hacerles mal ni daño alguno, sino a hablarles de parte de vuestras majestades y que para esto les rogaba que nos dejasen y hubiesen por bien que saltásemos en tierra, porque no teníamos donde dormir aquella noche sino en la mar en aquellos bergantines y barcas en las cuales no cabíamos aún de pies, porque para volver a nuestros navíos era muy tarde porque quedaban en alta mar. Oído esto por los indios, respondiéronle que hablase desde allí lo que quisiese, y que no tratase de saltar él ni su gente en tierra, sino que le defenderían la entrada. Y luego en diciendo esto comenzáronse a poner en orden para tirarnos flechas, amenazándonos y diciendo que nos fuésemos de allí; y por ser este día muy tarde, que casi era ya que se quería poner el sol, acordó el capitán que nos fuésemos a unos arenales que estaban enfrente de aquel pueblo, y allí saltamos en tierra y dormidos toda la noche. Otro día de mañana vinieron a nosotros ciertos indios en una canoa y nos trajeron ciertas gallinas y un poco de maíz que habría para comer* hombres en una comida, y dijeronnos que tomásemos aquello y que nos fuésemos de su tierra; y el capitán les habló con los intérpretes que teníamos, y les dio a entender que en ninguna manera él se había de partir de aquella tierra hasta saber el secreto de ella, y que les tornaba a rogar que no recibiesen pena de ello ni le defendiesen la entrada en el dicho pueblo, pues que eran vasallos de vuestras reales altezas; y todavía respondieron diciendo que no tratásemos de entrar en el dicho pueblo, sino que nos fuésemos de su tierra, y así se fueron. Después de idos, determinó el dicho capitán de ir allá, y mandó a un capitán de los que en su compañía estaban, que se fuese con doscientos hombres por un camino, que aquella noche que en tierra estuvimos se halló que iba a aquel pueblo; y el dicho capitán Fernando Cortés se embarcó hasta con ochenta hombres en las barcas y bergantines, y se fue a poner frontero del pueblo para saltar en tierra si le dejasen; y como llegó halló los indios puestos de guerra armados con sus arcos y flechas y lanzas y rodelas, diciéndonos que nos fuésemos de su tierra, si no queríamos guerra que comenzásemos luego, porque ellos eran hombres Para defender su pueblo. Y después de haberles requerido el dicho capitán tres veces, y pedídolo por testimonio al escribano de vuestras reales altezas que consigo llevaba, diciéndoles que no quería guerra, viendo que la determinada voluntad de los dichos indios era resistirle que no saltase en tierra, y que comenzaban a flechar contra nosotros, mandó soltar los tiros de artillería que llevaba, y que arremetiésemos a ellos, y soltados los tiros, al saltar, que la gente saltó en tierra, nos hirieron a algunos, pero finalmente con la prisa que les dimos y con la gente que por las espaldas les dio, de la nuestra que por el camino había ido, huyeron y dejaron el pueblo, y así lo tomamos y nos aposentamos en la parte de él que más fuerte nos pareció. Y a otro día siguiente, vinieron a hora de vísperas dos indios de parte de los caciques y trajeron ciertas joyas de oro muy delgadas y de poco valor, y dijeron al capitán que ellos le traían aquello por que se fuese y les dejase su tierra como antes solían estar, y que no les hiciese mal ni daño; y el dicho capitán les respondió diciendo que a lo que pedían de no hacerles mal ni daño, que él era contento, y a lo de dejarles la tierra dijo que supiesen que de allí adelante habían de tener por señores a los mayores príncipes del mundo y que habían de ser sus vasallos y les habían de servir, y que haciendo esto vuestras mercedes, y los favorecerían y ampararían y defenderían de sus enemigos. Y ellos respondieron que eran contentos de hacerlo así, pero todavía le requerían que les dejase su tierra, y así quedamos todos amigos. Concertada esta amistad, les dijo el capitán que la gente española que allí estábamos no teníamos qué comer, ni lo habíamos sacado de las naos, que les rogaba que el tiempo que allí en tierra estuviésemos nos trajesen de comer; y ellos respondieron que otro día traerían y así se fueron y tardaron aquel día y otro que no vinieron con ninguna comida, y de esta causa estábamos todos con mucha necesidad de mantenimientos, y al tercer día pidieron algunos españoles licencia al capitán para ir por las estancias de alrededor a buscar de comer, y como el capitán viese que los indios no venían como habían quedado, envió cuatro capitanes con más de doscientos hombres a buscar a la redonda del pueblo si hallarían algo de comer, y andándolo buscando toparon con muchos indios, y comenzaron luego a flecharlos en tal manera que hirieron a veinte españoles, y si no fuera hecho de presto saber el capitán para que los socorriese, como los socorrió, créese que mataran más de la mitad de los cristianos; y así nos vinimos y retrajimos a nuestro real, y fueron curados los heridos, y descansaron los que habían peleado. Y viendo el capitán cuán mal los indios lo habían hecho, que en lugar de traernos de comer, como habían quedado, nos flechaban y hacían guerra, mandó sacar diez caballos y yeguas de los que en las naos llevaban, y apercibir toda la gente, porque tenía pensamiento que aquellos indios con el favor que el día pasado habían tomado, vendrían a dar sobre nosotros al real con pensamiento de hacer daño; y estando así todos bien apercibidos, envió otro día ciertos capitanes con trescientos hombres adonde el día pasado había habido la batalla, a saber si estaban allí los dichos indios o qué había sido de ellos. Y al poco envió otros dos capitanes con la retaguardia con otros cien hombres y el dicho capitán Fernando Cortés se fue con los diez de a caballo encubiertamente por un lado. Yendo, pues, en este orden, los delanteros toparon gran multitud de indios de guerra que venían todos a dar sobre nosotros en el real, y si por caso aquel día no les hubiéramos salido a recibir al camino, pudiera ser que nos pusieran en harto trabajo. Y como el capitán de la artillería que iba delante, hiciese ciertos requerimientos por ante escribano a los dichos indios de guerra que topó, dándoles a entender por los farautes y lenguas que allí iban con nosotros, que no queríamos guerra sino paz y amor con ellos, no se curaron de responder con palabras sino con flechas muy espesas que comenzaron a tirar; y estando así peleando los delanteros con los indios, llegaron los dos capitanes de la retaguardia, y habiendo dos horas que estaban peleando todos con los indios, llegó el capitán Fernando Cortés con los de a caballo por una parte del monte por donde los indios comenzaron a cercar a los españoles a la redonda, y allí anduvo peleando con los dichos indios una hora, y era tanta la multitud de indios, que ni los que estaban peleando con la gente de a pie de los españoles veían a los de a caballo, ni sabía a qué parte andaban, ni los mismos de a caballo entrando y saliendo en los indios se veían unos a otros; mas de que los españoles sintieron a los de a caballo, arremetieron de golpe a ellos y luego fueron los susodichos indios puestos en huida y siguiendo media legua el alcance visto por el capitán cómo los indios iban huyendo y que no había más que hacer, y que su gente estaba muy cansada, mandó que todos se recogiesen a unas casas de unas estancias que allí había, y después de recogidos se hallaron heridos veinte hombres, de los cuales ninguno murió, ni de los que hirieron el día pasado. Y así recogidos y curados los heridos nos volvimos al real y trajimos con nosotros dos indios que allí se tomaron, los cuales el dicho capitán mandó soltar,, y envió con ellos sus cartas a los caciques, diciéndoles que si quisiesen venir a donde él estaba, que les perdonaría el yerro que habían hecho y que serían sus amigos. Y este mismo día en la tarde vinieron dos indios que parecían principales, y dijeron que a ellos les pesaba mucho de lo pasado, y que aquellos caciques les rogaban que les perdonasen, y que no les hiciesen más daño de lo pasado, y que no les matase más gente de la muerte, que fueron hasta doscientos veinte hombres los muertos, y que lo pasado fuese pasado, y que en adelante ellos querían ser vasallos de aquellos príncipes que les decían, y que por tales se daban y tenían, y que quedaban y se obligaban de servirles cada vez en nombre e vuestra majestad algo les mandasen; y así se asentaron y quedaron hechas las paces. Y preguntó el capitán a los dichos indios por el intérprete que tenía, que qué gente era la que en la batalla se había hallado, y respondiéronle que de ocho provincias se habían juntado los que allí habían venido, y que según la cuenta y copia que ellos tenían, serían por todos cuarenta mil hombres, y que hasta aquel número sabían ellos muy bien contar. Crean vuestras reales altezas por cierto que esta batalla fue vencida más por la voluntad de Dios que por nuestras fuerzas, porque para cuarenta mil hombres de guerra poca defensa fuera cuatrocientos que éramos nosotros. Después de quedar todos muy amigos, nos dieron en cuatro o cinco días que allí estuvimos hasta ciento cuarenta pesos de oro entre todas piezas, y tan delgadas y tenidas de ellos en tanto, que bien parece su tierra muy pobre de oro, porque de muy cierto se pensó que aquello poco que tenían era traído de otras partes por rescate. La tierra es muy buena y muy abundante la comida, así de maíz como de fruta, pescado y otras cosas que ellos comen. Está asentado este pueblo en la ribera del susodicho río por donde entramos, en un llano en el cual hay muchas estancias y labranzas de las que ellos usan y tienen. Reprendióseles el mal que hacían en adorar ídolos y dioses que ellos tienen, e hízoseles entender cómo habían de venir en conocimiento de nuestra santa fe, y quedóles una cruz de madera grande puesta en alto, y quedaron muy contentos y dijeron que la tendrían en mucha veneración y la adorarían, quedando los dichos indios de esta manera por nuestros amigos y por vasallos de vuestras reales altezas. El dicho capitán Fernando Cortés se partió de allí prosiguiendo su viaje, y llegamos al puerto y bahía que se dice San Juan, que es adonde el susodicho capitán Juan de Grijalba hizo el rescate de que arriba a vuestra majestad estrecha relación hace. Luego que allí llegamos, los indios naturales de la tierra vinieron a saber qué carabelas eran aquellas que habían venido, y porque el día que llegamos era muy tarde de casi noche, estúvose quedo el capitán en las carabelas y mandó que nadie saltase a tierra; y otro día de mañana, saltó a tierra el dicho capitán, con mucha parte de la gente de su armada, y halló allí dos principales de los indios a los cuales dio ciertas preseas de vestir de su persona, y les habló con los intérpretes y lenguas que llevábamos, dándoles a entender como él venía a estas partes por mandado de vuestras reales altezas a hablarles y decir lo que habían de hacer que a su servicio convenía, y que para esto les rogaba que luego fuesen a su pueblo, y que llamasen al dicho cacique o caciques que allí hubiesen para que les viniese a hablar; y porque viniesen seguros, les dio para los caciques dos camisas, cintas de oro y dos jubones, uno de raso y otro de terciopelo, y sendas gorras de grana y sendos pares de zaragüelles, y así se fueron con estas joyas a los dichos caciques. Y otro día siguiente, poco antes de mediodía, vino un cacique con ellos de aquel pueblo, al cual el dicho capitán habló y le hizo entender con los farautes, que no venía a hacerles mal ni daño alguno, sino a hacerles saber cómo habían de ser vasallos de vuestras majestades y le habían de servir y dar lo que en su tierra tuviesen, como todos los que son así lo hacen; y respondió que él era muy contento de lo ser y obedecer, y que le placía de servirle y tener por señores a tan altos príncipes, como el capitán le había hecho entender que eran vuestras reales altezas. Y luego el capitán le dijo que pues tan buena voluntad mostraba a su rey y señor, que él vería las mercedes que vuestras majestades en adelante le harían. Diciéndole esto, le hizo vestir una camisa de holanda, un sayón de terciopelo y una cinta de oro, con lo cual el dicho cacique se fue muy contento y alegre, diciendo al capitán que él se quería ir a su tierra y que los esperásemos allí, que otro día volvería y traería de lo que tuviese porque más enteramente conociésemos la voluntad que del servicio de vuestras reales altezas tiene, y así se despidió y se fue. Y a otro día adelante vino el dicho cacique como había quedado, e hizo tender una manta blanca delante del capitán, y ofrecióle ciertas preciosas joyas de oro, poniéndolas sobre la manta, de las cuales, y de otras que después se hubieron y hacemos particular referencia a vuestras majestades en un memorial que nuestros procuradores llevan. Después de haberse despedido de nosotros el dicho cacique y vuelto a su casa en mucha conformidad, como en esta armada venimos personas nobles, caballeros hijosdalgo, celosos del servicio de Nuestro Señor y de vuestras reales altezas y deseosos de ensalzar su corona real, de acrecentar sus señoríos y de aumentar sus rentas, nos juntamos y platicamos con el dicho capitán Fernando Cortés, diciendo que esta tierra era buena, y que según la muestra de oro que aquel cacique había traído, se creía que debía de ser muy rica, y que según las muestras que el dicho cacique había dado, era de creer que él y todos sus indios nos tenían muy buena voluntad; por tanto, que nos parecía que nos convenía al servicio de vuestras majestades que en tal tierra se hiciese lo que Diego Velázquez había mandado hacer al dicho capitán Fernando Cortés, y que era rescatar todo el oro que pudiese, y rescatado, volverse con todo ello a la isla Fernandina, para gozar solamente de ello el dicho Diego Velázquez y el dicho capitán, y que lo mejor que a todos nos parecía era que en nombre de vuestras reales altezas, se poblase y fundase allí un pueblo en que hubiese justicia, para que en esta tierra tuviesen señorío, como en sus reinos y señoríos lo tienen, porque siendo esta tierra poblada de españoles, además de acrecentarlos reinos y señoríos de vuestras majestades y sus rentas, nos podrían hacer mercedes a nosotros y a los pobladores que de más allá viniesen adelante. Y acordado esto nos juntamos todos, y acordes de un ánimo y voluntad, hicimos un requerimiento al dicho capitán en el cual dijimos, que pues él veía cuanto al servicio de vuestras majestades convenía que esta tierra estuviese poblada, dándole las causas de que arriba a vuestras altezas se ha hecho relación, y le requerímos que luego cesase de hacer rescates de la manera que los venía a hacer, porque sería destruir la tierra en mucha manera, y vuestras majestades serían en ello muy deservidos, y que así mismo le pedíamos y requeríamos que luego nombrase para aquella villa que se había por nosotros de hacer y fundar, alcaldes y regidores en nombre de vuestras reales altezas, con ciertas protestaciones en forma que contra él protestásemos si así no lo hiciese. Y hecho este requerimiento al dicho capitán, dijo que al día siguiente nos respondería, y viendo pues el dicho capitán cómo convenía al servicio de vuestras reales altezas lo que le pedíamos, luego otro día nos respondió diciendo que su voluntad estaba más inclinada al servicio de vuestras majestades que a otra cosa alguna, y que no mirando el interés que a él se le siguiera si prosiguiera en el rescate que traía presupuesto de rehacer, ni los grandes gastos que de su hacienda había hecho en aquella armada junto con el dicho Diego Velázquez, antes posponiéndolo todo, le placía y era contento de hacer lo que por nosotros le era pedido, pues que tanto convenía al servicio de vuestras reales altezas. Y luego comenzó con gran diligencia a poblar y a fundar una villa, a la cual puso por nombre la Rica Villa de la Veracruz, y nombrónos a los que la presente suscribimos, por alcaldes y regidores de la dicha villa, y en nombre de vuestras reales altezas recibió de nosotros el juramento y solemnidad que en tal caso se acostumbra y suele hacer. Después de lo cual, otro día siguiente entramos en nuestro cabildo y ayuntamiento, y estando así juntos enviamos a llamar al dicho capitán Fernando Cortés, y le pedimos en nombre de vuestras reales altezas que nos mostrasen los poderes e instrucciones que el dicho Diego Velázquez le había dado para venir a estas partes, el cual envió luego por ellos y nos los mostró, y vistos y leídos y por nosotros bien examinados, según lo que pudimos mejor entender, hallamos a nuestro parecer que por los dichos poderes e instrucciones no tenía más poder el dicho capitán Fernando Cortés, y que por haber expirado ya no podrían usar de justicia ni capitán de allí en adelante. Pareciéndonos, pues, muy excelentísirnos príncipes, que para la pacificación y concordia de entre nosotros y para gobernarnos bien, convenía poner una persona para su real servicio que estuviese en nombre de vuestras majestades en la dicha villa y en estas partes por justicia mayor y capitán y cabeza a quién todos acatásemos hasta hacer relación de ello a vuestras reales altezas para que en ello proveyese lo que más servido fuesen, y visto que a ninguna persona se podría dar mejor en dicho cargo que al dicho Fernando Cortés, porque además de ser persona tal cual para ello conviene, tiene muy gran celo y deseo del servicio de vuestras majestades, y asimismo por la mucha experiencia que de estas partes e islas tiene, a causa de los oficios reales y cargos que en ellas de vuestras reales altezas ha tenido, de los cuales ha siempre dado buena cuenta, y por haber gastado todo cuanto tenía por venir como vino en esta armada en servicio de vuestras majestades, y por haber tenido en poco, como hemos hecho relación, todo lo que podía ganar e interese que se le podía seguir, si rescatara como tenía concertado, le proveíamos en nombre de vuestras reales altezas de justicia y alcalde mayor, del cual recibimos el juramento que en tal caso se requiere, y hecho como convenía al Real servicio de vuestras majestades, lo recibimos en su real nombre en nuestro ayuntamiento y cabildo por justicia mayor y capitán de vuestras reales armas, y así está y estará hasta tanto que vuestras majestades provean lo que más a su servicio convenga. Hemos querido hacer de todo esto relación a vuestras reales altezas, por que sepan lo que acá se ha hecho y el estado y manera en que quedamos. Después de todo lo susodicho, estando todos ayuntados en nuestro cabildo, acordamos de escribir a vuestras majestades y enviarles todo el oro, plata y joyas que en esta tierra habemos habido, además y allende de la quinta parte que de sus rentas y derechos reales les pertenece, y que con todo ello, por ser lo primero, sin quedar cosa alguna en nuestro poder, sirviésemos a vuestras reales altezas mostrando en esto la mucha voluntad que a su servicio tenemos, como hasta aquí lo habemos hecho con nuestras personas y haciendas; y acordado por nosotros esto, elegimos por nuestros procuradores a Alonso Fernández Portocarrero y a Francisco de Montejo, los cuales enviamos a vuestra majestad con todo ello, y para que de nuestra parte besen sus reales manos, y en nuestro nombre y de esta villa y concejo, supliquen a vuestras reales altezas nos hagan merced de algunas cosas cumplideras al servicio de Dios y de vuestras majestades y al bien público y común de la dicha villa, según más largamente llevan por las instrucciones que les dimos. A los cuales humildemente suplicamos a vuestras majestades con todo el acatamiento que debemos, reciban y den sus reales manos para que de nuestra parte las besen, y todas las mercedes que en nombre de este concejo y nuestro, pidieren y suplicaren las concedan, porque además de hacer vuestra majestad servicio a Nuestro Señor en ello, esta villa y concejo recibiremos muy señalada merced, como de cada día esperamos que vuestras reales altezas nos han de hacer. En un capítulo de esta carta dijimos de suso que haría a vuestras reales altezas para que mejor vuestras majestades fuesen informados de las cosas de esta tierra y de la manera y riquezas de ella y de la gente que la posee, y de la ley o secta, ritos y ceremonias en que viven. En esta tierra, muy poderosos señores, donde ahora en nombre de vuestras majestades estamos, tiene cincuenta leguas de costa de una parte y de la otra de este pueblo. Por la costa del mar es toda llana, de muchos arenales, que en algunas partes duran dos leguas y más. La tierra adentro y fuera de los dichos arenales, es tierra muy llana y de muy hermosas vegas y riberas en ellas, y tan hermosas que en toda España no pueden ser mejores, así de apacibles a la vista como de fructíferas de cosas que en ellas siembran, y muy aparejadas y convenibles, y para andar por ellas y se apacentar toda manera de ganado. Hay en esta tierra todo género de caza y animales y aves conforme a los de nuestra naturaleza, así como ciervos, corzos, gamos, lobos, zorros, perdices, palomas, tórtolas de dos o tres maneras, codornices, liebres, conejos, de manera que en aves y animales no hay diferencia de esta tierra a España, y hay leones y tigres. A cinco leguas de la mar por unas partes, y por otras a menos y por otras a más, va una gran cordillera de sierras muy hermosas, y algunas de ellas son en gran manera muy altas, entre las cuales hay una que excede con mucha altura a todas las otras, y de ella se ve y descubre gran parte de la mar y de la tierra, y es tan alta que si el día no es bien claro no se puede divisar ni ver lo alto de ella, porque de la mitad arriba está todo cubierto de nubes, y algunas veces, cuando hace muy claro el día, se ve por encima de las dichas nubes, lo alto de ella, y está tan blanca que lo juzgamos por nieve, y aún los naturales de la tierra nos dicen que es nieve, mas porque no lo hemos bien visto, aunque hemos llegado muy cerca y por ser esta región tan cálida, no nos afirmamos si es nieve. Trabajaremos de ver aquello y otras cosas de que tenemos noticias para que de ellas hacer ver a vuestras reales altezas verdadera relación de las riquezas de oro, plata y piedras. Y juzgamos lo que vuestras majestades podrán mandar juzgar según la muestra que de aquello a vuestras reales altezas enviamos. A nuestro parecer se debe creer que hay en esta tierra tanto cuanto en aquella donde se dice haber llevado Salomón el oro para el templo, mas como ha tan poco tiempo que en ella entramos, no hemos podido ver más de hasta cinco leguas de tierra adentro de la costa de la mar, y hasta diez o doce leguas de largo de tierra por las costas de una o de otra parte que hemos andado desde que saltamos en tierra, aunque desde la mar mucho más se parece y mucho más hemos visto viniendo navegando. La gente de esta tierra que habita desde la isla de Cozumel y punta de Yucatán hasta donde nosotros estamos, es una gente de mediana estatura, de cuerpos y gestos bien proporcionados, excepto que en cada provincia se diferencian ellos mismos los gestos, unos horadándose las orejas y poniéndose en ellas muy grandes y feas cosas, y otros horadándose las ternillas de las narices hasta la boca y poniéndose en ellas unas ruedas de piedras muy grandes que parecen espejos, y otros se horadan los bezos de la parte de abajo de los dientes, y cuelgan de ellos unas grandes ruedas de piedra o de oro tan pesadas que les hacen traer los bezos caídos y parecen muy disformes. Y los vestidos que traen, es como de almaizales muy pintados, y los hombres traen tapadas sus vergüenzas y encima del cuerpo unas mantas muy delgadas y pintadas a manera de alceles moriscos; y las mujeres y de la gente común traen unas mantas muy pintadas desde la cintura hasta los pies, y otras que les cubren las tetas, y todo lo demás traen descubierto. Y las mujeres principales andan vestidas de unas muy delgadas camisas de algodón muy grandes, labradas y hechas a manera de roquetes. Los mantenimientos que tienen es maíz y algunos ajís como los de las otras islas, y patata yuca, así como la que comen en la isla de Cuba, y cómenla asada porque no hacen pan de ella, y tienen sus pesquerías y cazas, y crían muchas gallinas como las de Tierra Firme, que son tan grandes como pavos. Hay algunos pueblos grandes y bien concertados. Las casas en las partes que alcanzan piedra son de cal y canto, y los aposentos de ella pequeños y bajos, muy amoriscados; y en las partes donde no alcanzan piedra, hácenlas de adobes y encálanlos por encima, y las coberturas de encima son de paja. Hay casas de algunos principales muy frescas y de muchos aposentos, porque nosotros habemos visto casas de cinco patios dentro de una sola casa, y sus aposentos muy aconcertados, cada principal servido que ha de ser por sí. Tienen dentro sus pozos y albercas de agua y aposentos para esclavos y gentes de servicio, que tienen mucha. Y cada uno de estos principales tienen a la entrada de sus casas, fuera de ella, un patio muy grande y algunos dos y tres y cuatro muy altos, con sus gradas para subir a ellos, y son muy bien hechos, y con éstos tienen sus mezquitas y adoratorios y andenes todo a la redonda muy ancho, y allí tienen sus ídolos que adoran, de ellos de piedra y de ellos de palo, a los cuales honran y sirven de tanta manera y con tantas ceremonias que en mucho papel no se podría hacer de todo ello a vuestras reales altezas entera y particular relación. Estas casas y mezquitas donde los tienen, son las mayores y mejores y más bien obradas y que en los pueblos hay, y tiénenlas muy ataviadas con plumajes y paños muy labrados y con toda manera de gentileza, y todos los días antes que obra alguna comienzan, queman en las dichas mezquitas incienso y algunas veces sacrifican sus mismas personas, cortándose unos la lengua, y otros las orejas, y otros acuchillándose el cuerpo con unas navajas. Toda la sangre que de ellos corre la ofrecen a aquellos ídolos, echándola por todas las partes de aquellas mezquitas, y otras veces echándola hacia el cielo y haciendo otras muchas maneras de ceremonias, por manera que ninguna obra comienzan sin que primero hagan allí sacrificio. Y tienen otra cosa horrible y abominable y digna de ser punida, que hasta hoy no habíamos visto en ninguna parte, y es que a todas las veces que alguna cosa quieren pedirle a sus ídolos para que más aceptasen su petición, toman muchas niñas y niños y aún hombres y mujeres de mayor edad, y en presencia de aquellos ídolos los abren vivos por los pechos y les sacan el corazón y las entrañas, y queman las dichas entrañas y corazones delante de los ídolos, y ofreciéndoles en sacrificio aquel humo. Esto hemos visto algunos de nosotros, y los que lo han visto dicen que es la más cruda y espantosa cosa de ver que jamás han visto. Hacen esto estos indios tan frecuentemente y tan a menudo, que según somos informados, y en parte hemos visto por experiencia en lo poco que ha que en esta tierra estamos, no hay año en que no maten y sacrifiquen cincuenta ánimas en cada mezquita. Esto se usa y tienen por costumbre desde la isla de Cozumel hasta esta tierra donde estamos poblados. Y tengan vuestras majestades por muy cierto que según la cantidad de la tierra nos parece ser grande, y las muchas mezquitas que tienen, no hay año que, en lo que hasta ahora hemos descubierto y visto, no maten y sacrifiquen de esta manera tres o cuatro mil ánimas. Vean vuestras reales majestades si deben evitar tan gran mal y daño, y cierto seria Dios Nuestro Señor muy servido, si por mano de vuestras reales altezas estas gentes fueran introducidas en nuestra muy santa fe católica y conmutada la devoción, fe y la esperanza que en estos sus ídolos tienen, en la divina potencia de Dios; porque es cierto que si con tanta fe y fervor y diligencia a Dios sirviesen, ellos harían muchos milagros. Es de creer que no sin causa Dios Nuestro Señor ha sido servido que se descubriesen estas partes en nombre de vuestras reales altezas para que tan gran fruto y merecimiento de Dios alcanzasen vuestras majestades, mandando informar y siendo por su mano traídas a la fe estas gentes bárbaras, que según lo que de ellas hemos conocido, creemos que habiendo lenguas y personas que les hiciesen entender la verdad de la fe y el error en que están, muchos de ellos y aún todos, se apartarían muy brevemente de aquella errónea secta que tienen, y vendría al verdadero conocimiento, porque viven más política y razonablemente que hasta hoy en estas partes se ha visto. Querer decir a vuestra majestad todas las particularidades de esta tierra y gente de ella, podría ser que en algo se errase la relación, porque muchas de ellas no se han visto más de por informaciones de los naturales de ella, y por esto no nos entremetemos a decir más de aquellos que por muy cierto y verdadero a vuestras reales altezas podrán mandar tener de ellos. Podrán vuestras majestades si fueren servidos hacer por cosa verdadera relación a nuestro muy Santo Padre para que en la conversión de esta gente se ponga diligencia y buena orden, pues que de ello se espera sacar tan gran fruto, y también para que Su Santidad haya por bien y permita que los malos y rebeldes, siendo primero amonestados, puedan ser punidos y castigados como enemigos de nuestra santa fe católica, y será ocasión de castigo y espanto a los que fueran rebeldes en venir en conocimiento de la verdad y evitarse han tan grandes males y daños como son los que en servicio del demonio hacen. Porque aún allende de que arriba hemos hecho relación a vuestras majestades de los niños y hombres y mujeres que matan y ofrecen en sus sacrificios, hemos sabido y sido informados de cierto que todos son sodomitas y usan aquel abominable pecado. En todo suplicamos a vuestras majestades manden proveer como vieren qué más conviene al servicio de Dios y de vuestras reales altezas, y cómo los que aquí en su servicio estamos, seamos favorecidos y aprovechados. Con estos nuestros procuradores que a vuestras reales altezas enviamos, entre otras cosas que en nuestra instrucción llevan, es una, que de nuestra parte supliquen a vuestras majestades que en ninguna manera den ni hagan merced en estas partes a Diego Velázquez, teniente de almirante en la isla Fernandina, de adelantamiento ni gobernación perpetua, ni de otra manera, ni de cargos de justicia, y si alguna se tuviere hecha la manden revocar porque no conviene al servicio de su corona real que el dicho Diego Velázquez ni otra persona alguna tenga señorío ni merced otra alguna perpetua, ni de otra manera, salvo por cuanto fuere la voluntad de vuestras majestades en esta tierra de vuestras reales altezas, por ser como es a lo que ahora alcanzamos y a lo que se espera muy rica; y aún allende de no convenir al servicio de vuestras majestades que el dicho Diego Velázquez sea proveído de oficio alguno, esperamos si lo fuese que los vasallos de vuestras reales altezas que en esta tierra hemos comenzado a poblar y vivimos, seríamos muy maltratados por él, porque creemos que lo que ahora se ha hecho en servicio de vuestras majestades, en enviarles este servicio de oro, plata y joyas que les enviamos, que en esta tierra hemos podido haber, no era su voluntad que así se hiciera según ha parecido claramente por cuatro criados suyos que acá pasaron, los cuales desde que vieron la voluntad que teníamos de enviarlos todo como lo enviamos a vuestras reales altezas, publicaron y dijeron que fuera mejor enviarlo a Diego Velázquez y otras cosas que hablaron, perturbando que no se llevase a vuestras majestades, por lo cual los mandamos prender y quedan presos para se hacer de ellos justicia. Y después de hecha, se hará relación a vuestras majestades de lo que en ello hiciéramos, y porque hemos visto que el dicho Diego Velázquez ha hecho y por la experiencia que de ello tenemos, tenemos temor que si con cargo a esta tierra viniese nos trataría mal como lo ha hecho en la isla Fernandina el tiempo que ha tenido cargo de la gobernación, no haciendo justicia a nadie más de por su voluntad y contra quien a él se antojaba por enojo y pasión, y no por justicia ni razón. Y de esta manera ha destruido a muchos buenos trayéndolos a mucha pobreza, no les queriendo dar indios con que puedan vivir y tomándoselos todos para sí, y tomando él todo el oro que han cogido sin darles parte de ello, teniendo como tiene compañías desaforadas con todos los mas muy a su propósito y provecho. Y como sea gobernador y repartidor, con pensamiento y miedo que los ha de destruir, no osan hacer más de lo que él quiere, y de esto no tienen vuestras majestades noticia, ni se les ha hecho jamás relación de ello, porque los procuradores que a su corte han ido de la dicha isla, son hechos por su mano y sus criados, y tiénelos bien contentos dándoles indios a su voluntad, y los procuradores que van a él de las villas para negociar lo que toca a las comunidades, cúmpleles hacer lo que él quiere, porque les da indios a su contento, y cuando los tales procuradores vuelven a sus villas y les mandan dar cuenta de lo que ha hecho, dicen y responden que no envíen personas pobres, porque por un cacique que Diego Velázquez les da, hacen todo lo que él quiere, y porque los regidores y alcaldes que tienen indios no se los quite el dicho Diego Velázquez, no osan hablar ni reprender a los procuradores que han hecho lo que no debían, complaciendo a Diego Velázquez. Y para esto y para otras cosas tiene él muy buenas mañas por donde vuestras altezas reales pueden ver que todas las relaciones que la isla Fernandina por Diego Velázquez hiciese, y las mercedes que para él pide, son por los indios que da a los procuradores, y no porque las comunidades están por ello contentos, ni tal cosa desean, antes querrían que los tales procuradores fuesen castigados. Y siendo a todos los vecinos y moradores de esta Villa de la Veracruz notorio lo susodicho, se juntaron con el procurador de este Concejo y nos pidieron y requirieron por su requerimiento firmado de sus nombres, que en su nombre de todos suplicásemos a vuestras majestades que no proveyesen de los dichos cargos ni de alguno de ellos al dicho Diego Velázquez, antes le mandasen tomar residencia y le quitasen el cargo que en la isla Fernandina tiene, pues que lo susodicho, tomándole residencia se sabría que es verdad y muy notorio. Por lo cual a vuestra majestad suplicamos manden dar un pesquisidor para que haga la pesquisa de todo esto de que hemos hecho relación a vuestras reales altezas, así para la isla de Cuba como para otras partes, porque le entendemos probar cosas por donde vuestras majestades vean si es justicia ni conciencia que él tenga cargos reales en estas partes ni en las otras donde al presente reside. Nos ha pedido asimismo el procurador y vecinos y moradores de esta villa, en el dicho pedimento, que en su nombre supliquemos a vuestra majestad que provean y manden dar su cédula y provisión real para Fernando Cortés, capitán y justicia mayor de vuestras reales altezas, para que él nos tenga en justicia y gobernación, hasta tanto que esta tierra esté conquistada y pacífica, y por el tiempo que más a vuestra majestad pareciere y fuere servido, por conocer su tal persona que conviene para ello, el cual pedimento y requerimiento enviamos con estos nuestros procuradores a vuestra majestad, y humildemente suplicamos a vuestras reales altezas que así en esto como en todas las otras mercedes en nombre de este Concejo y villas les fueron suplicadas por parte de los dichos procuradores, nos las hagan y manden conceder y que nos tengan por sus muy leales vasallos como lo hemos sido y seremos siempre. Y el oro, plata, joyas, rodelas y ropa que a vuestras reales altezas enviamos con los procuradores, demás del quinto que a vuestra majestad pertenece, de que suplica Fernando Cortés en este Concejo les hacen servicio, va en esta memoria firmada de los dichos procuradores, como por ella vuestras reales altezas podrán ver. De la Rica Villa de la Veracruz, a lo de julio de 1519 años. El oro, joyas, piedras y plumajes que han sido en estas partes descubiertas, después que estamos en ellas, que vos Alonso Fernández Puerto-Carrero y Francisco de Montejo, que vais por procuradores de esta Villa Rica de la Vera Cruz, a los muy altos excelentísimos príncipes y muy católicos y muy grandes reyes y señores la reina doña Juana y el rey don Carlos su hijo, nuestros señores, lleváis, son las siguientes: Primeramente una rueda de oro grande con una figura de monstruos en ella, y labrada toda de follajes, la cual pesó tres mil ochocientos pesos de oro. Y en esta rueda, porque era la mejor pieza que acá se ha habido y de mejor oro, se tomó el quinto para sus altezas, que fue dos mil castellanos que le pertenecía de su quinto y derecho real, según la capitulación que trajo el capitán Fernando Cortés de los padres Jerónimos que residen en la isla Española y en las otras, y los mil ochocientos restantes, a todo lo demás que tiene a cumplimiento de los mil doscientos pesos el Concejo de esta villa hace servicio de ellos a sus altezas, con todo lo demás que aquí en esta memoria va, que era y pertenecía a los de dicha villa. Item: dos collares de oro y pedrería, que el uno tiene ocho kilos y en ellos doscientas treinta y dos piedras coloradas y ciento sesenta y tres verdes, y cuelgan por el dicho collar por la orladura de él, veintisiete cascabeles de oro, y en medio de ellos hay cuatro figuras de piedras grandes, engarzadas en oro, y de cada uno de ellos dos, en medio, cuelgan pinjantes sencillos y de las de los cabos cada cuatro pinjantes doblados. Y el otro collar tiene cuatro hilos que tienen ciento dos piedras coloradas y ciento setenta y dos piedras que parecen verdes, y a la redonda de las dichas piedras, veintiséis cascabeles de oro, y en el dicho collar diez piedras grandes engarzadas en oro, de que cuelgan ciento cuarenta y dos pinjantes de oro. Item: cuatro pares de antiparas, los dos pares de hoja de oro delgado con una guarnición de cuero de venado amarillo, y las otras dos de hojas de plata delgada con una guarnición de cuero de venado blanco, y las restantes de plumaje de diversos colores y muy bien obradas, de cada una de las cuales cuelgan dieciséis cascabeles de oro y todas guarnecidas de cuero de venado colorado. Item más: cien pesos de oro por fundir para que sus altezas vean cómo se coge acá el oro de minas. Item más: una caja, una pieza grande de plumajes enforrada en cuero, que en los colores parecen martas, y atadas y puestas en la dicha pieza y en el medio una patena grande de oro que pesó sesenta pesos de oro, una pieza de pedrería azul y colorado a manera de rueda, y otra pieza de pedrería azul, un poco colorada, y al cabo de la pieza otro plumaje de colores que cuelgan de ella. Item: un moscador de plumajes de colores con treinta y siete verguitas cubiertas de oro. Item más: una pieza grande de plumajes de colores que se ponen en la cabeza, en que hay a la redonda de ella sesenta y ocho piezas pequeñas de oro, que será cada una como medio cuarto, y debajo de ellas veinte torrecitas de oro. Item: una mitra de pedrería azul con una figura de monstruos en medio de ella, y enforrada en un cuero que parece en los colores martas, con un plumaje pequeño, el cual y el de que arriba se hace mención son de esta dicha mitra. Item: cuatro arpones de plumajes con sus puntas de piedra atadas con hilo de oro, y un centro de pedrería con dos anillos de oro y lo demás plumajes. Item: un brazalete de pedrería, más una pieza de plumaje negra y de otros colores, pequeña. Item: un par de zapatones de cuero, de colores, que parecen martas, y las suelas blancas cosidas con tiritas de oro, más un espejo puesto en una pieza de pedrería azul Y colorada, con un plumaje pegado allí, y dos tiras de cuero coloradas pegadas, y otro cuero que parece de aquellas martas. Item: tres plumajes de colores que son de una cabeza grande de oro que parece de caimán. Item: unas antiparas de pedrería de piedra azul, enforradas en un cuero que los colores parecen martas, y cuelgan quince cascabeles de oro. Item más: un manípulo de cuero de lobo con cuatro tiras de cuero que parecen de martas. Item más: unas barbas puestas en unas plumas de colores, y las dichas barbas son blancas que parecen de cabellos. Item más: dos plumajes de colores que son para dos capacetes de pedrería que abajo dirá. Más otros dos plumajes de colores que son para dos piezas de oro que se ponen en la cabeza, hechas de manera de caracoles grandes. Más dos pájaros de plumaje verde con sus pies y picos y ojos de oro, que se ponen en una pieza de las de oro que parecen caracoles. Más dos guariques grandes de pedrería azul, que son para poner en la cabeza grande del caimán. En otra caja cuadrada, una cabeza de caimán grande de oro, que es la que arriba se dice para poner las dichas piezas. Más un capacete de pedrería azul con veinte cascabeles de oro, que le cuelgan a la redonda con dos sartas que están encima de cada cascabel, y dos guariques de palo con dos chapas de oro. Más una pájara de plumajes verdes y los pies y pico y ojos de oro. Item más: otro capacete de pedrería azul con veinticinco cascabeles de oro y dos cuentas de oro encima de cada cascabel, que le cuelgan a la redonda, con unos guariques de palo con chapas de oro y un pájaro de plumaje verde con los pies, pico y ojos de oro. Item más: hay un haba de caña, dos piezas grandes de oro que se ponen en la cabeza, que son hechas a manera de caracol de oro, con sus guariques de palo y chapas de oro, más dos pájaros de plumaje verde con sus pies, pico y ojos de oro. Más dieciséis rodelas de pedrería, con sus plumajes de colores que cuelgan de la redonda de ellas, con una tabla ancha esquinada de pedrería con sus plumajes de colores, y en medio de la dicha tabla hecha de la dicha pedrería, una cruz de rueda la cual está forrada en cuero que tiene los colores de martas. Otrosí: un cetro de pedrería colorada hecha a manera de culebra con su cabeza y los dientes y ojos que parecen de nácar y el puño guarnecido con cuero de animal pintado, y debajo del dicho puño cuelgan seis plumajes pequeños. Item más: un moscador de plumajes puesto en una caña guarnecida en un cuero de animal pintado hecho a manera de veleta, y encima tiene una copa de plumajes, y en fin de todo tiene muchas plumas verdes largas. Item: dos aves hechas de hilo y de plumajes; tienen los cañones de las alas y las colas, las uñas de los pies, los ojos y los cabos de los picos de oro, puestas en sendas cañas cubiertas de oro, y abajo unas pellas de plumajes, y una blanca y otra amarilla, con cierta argentería de oro entre las plumas, y de cada una de ellas cuelgan siete ramales de plumaje. Item: cuatro piezas hechas a manera de lisas puestas en sendas cañas cubiertas de oro, y tienen las colas, las agallas, los ojos y las bocas de oro; abajo en las colas unos plumajes de plumas verdes, y tienen asida a la boca de las dichas lisas sendas copas de plumajes de colores, y en algunas de las plumas blancas está cierta argentería de oro, y debajo del asidero cuelgan de cada una seis ramas de plumajes de colores. Item: una verguita de cobre forrada en un cuero en que está puesta una pieza de oro a manera de plumaje que encima y debajo tiene ciertos plumajes de colores. Item más: cinco moscadores de plumaje de colores, y cuatro de ellos tienen diez cañoncitos cubiertos de oro, y el otro tiene trece. Item: cuatro arpones de pedernal blanco puestos en cuatro varas de plumaje. Item: una rodela grande de plumajes guarnecida del revés y de un cuero de animal pintado, y en el campo de la dicha rodela, en el medio, una chapa de oro con una figura de las que los indios hacen, con otras cuatro medias chapas en la orla, que todas ellas juntas hacen una cruz. Item mas: una pieza de plumajes de diversos colores hecha a manera de media casulla, forrada en un cuero de animal pintado que los señores de estas partes que hasta ahora hemos visto, se ponen colgadas del pescuezo, y en el pecho tiene trece piezas de oro muy bien aseritadas. Item: una pieza de plumajes de colores que los señores de esta tierra se suelen poner en las cabezas, y hecho a manera de cimera de justador, y de ella cuelgan dos orejas de pedrería, con dos cascabeles y dos cuentas de oro, y encima un plumaje de plumas verdes ancho, y debajo cuelgan unos cabellos blancos. Otrosí: cuatro cabezas de animales, las dos parecen de lobo y las otras dos de tigres con unos cueros pintados, y de ello les cuelgan cascabeles de metal. Item: dos cueros de animales pintados, forrados en unas mantas de algodón y parecen los cueros de gato cerval. Item: un cuero bermejo y pardillo de otro animal que parece de león, y otros dos cueros de venado. Item: cuatro cueros de venado de guadamecieres de que acá hacen los guantes pequeños adobados. Más dos libros de los que acá tienen los indios; media docena de moscadores de plumajes de colores y una poma de plumajes de colores. Otrosí: una rueda de plata grande, que pesó cuarenta y ocho marcos de plata, y más en unos brazaletes y unas hojas batidas, un marco, cinco onzas, y cuatro adarmes de plata, que pesaron cuatro marcos y dos onzas, y otras dos rodelas que parecen de plata, que pesó un marco y siete onzas, que son por todas sesenta y dos marcos de plata. ROPA DE ALGODÓN Item más: dos piezas grandes de algodón, tejidas de labores de blanco y negro y llanado, muy ricas. Item: dos piezas tejidas de plumas y otra pieza tejida de varios colores; otra pieza tejida de labores, colorado, negro y blanco, y por el revés no aparecen las labores. Item: otra pieza tejida de labores, y en medio una rueda negra de plumas. Item: dos mantas blancas en unos plumajes tejidas. Otra manta con unas presecillas y colores pegadas. Un sayo de hombre de la tierra. Una pieza blanca con una rueda grande de plumas blancas en medio. Dos piezas de guascasa pardilla con unas ruedas de pluma, y otros dos de guascasa leonada. Seis piezas de pintura de pincel; otra pieza colorada con unas ruedas, y otras dos piezas azules de pincel, y dos camisas de mujer. Doce almaizares. Item: seis rodelas que tiene cada una chapa de oro, que toma toda la rodela. Item más: media mitra de oro. Las cuales cosas y cada una de ellas según que por sus capítulos van declarados y sentados a Alonso Puerto Carrero y Francisco de Montejo, procuradores susodichos, es verdad que las recibimos y nos fueron entregadas para llevar a sus altezas de vos Fernando Cortés, justicia Mayor por sus altezas en estas partes, y de vos Alonso de ávila y de Alonso de Grado, tesorero y veedor de sus altezas en ellas; y porque es verdad, lo firmamos de nuestros nombres. Hecho a seis días de julio de mil quinientos diecinueve años. Puerto Carrero, Francisco de Montejo. Las cosas de suso nombradas en el dicho memorial con la carta y relación de susodicha que el Concejo de la Vera Cruz envió, recibió el Rey don Carlos nuestro señor, como de suso se dio en Valladolid en la Semana Santa en principio del mes de abril del año del Señor de mil quinientos veinte años.