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Bartolomé Esteban Murillo y Juan de Valdés Leal polarizaron en diferente medida la pintura sevillana de la segunda mitad del Seiscientos y al analizarlos muestran una serie de paralelismos y diferencias que permiten un contraste en etapas de vida y actividades. De entrada fueron paisanos y estrictamente contemporáneos, pues nacidos en Sevilla aquél en 1618 y el segundo en 1622, apenas se llevaban cuatro años, y mucho de su trayectoria biográfica y pictórica fue en cierto modo afín. Murillo procedía de un ámbito familiar relacionado con lo artístico, al conectar por vía materna con plateros y pintores, y respecto a Valdés, aunque no hay total certeza, alguna vez se ha apuntado que su padre fue un orfebre portugués. Despierta curiosidad e intriga el que, como Velázquez, emplearon preferentemente el apellido materno, quizá por ser de más lustre o limpio de sospecha herética, y por éste se les conocería en adelante. Sus primeras noticias seguras corresponden a sus respectivos matrimonios, contraídos en fechas próximas -Murillo: 1645, Valdés: 1647-, y salvo ocasionales desplazamientos, más escasos en aquél, residieron en Sevilla donde acaeció su muerte en 1682 y 1690 respectivamente. En cuanto a su quehacer pictórico, se tiene hoy noción muy completa de los dos, pues a Murillo dedicó Angulo gran parte de sus esfuerzos y por fin también Valdés ha sido actualizado por Valdivieso. Desde sus comienzos en este campo abundan asimismo los paralelismos, ya que su primer aprendizaje discurrió en la tradición naturalista tocada de tenebrismo, imperante en Sevilla hasta mediados de siglo por el protagonismo de Zurbarán (1598-1664) y Herrera el Viejo (h. 1590-1654), los pintores entonces en auge y con mayor actividad y clientela, a quienes por lógica y edad conocieron. Mientras Murillo debió adiestrarse en el taller de Juan del Castillo (h. 1590-1657) un maestro local, Valdés lo haría en el de Herrera aunando influjos del mismo Castillo, de Juan de Uceda (h. 1570-1631) y Francisco Varela (h. 1580-1645) pertenecientes éstos por edad y estilo a un grupo de pintores secundarios, que practicaban un eclecticismo peculiar y retardatario, pronto desfasado. A esos componentes de su respectiva formación añadieron el conocimiento de Ribera, de quien había cuadros en colecciones sevillanas y Murillo más aún el de Juan de Roelas (h. 1560-1625), de cuya obra extrajo la fórmula de atenuar el tenebrismo mediante el avance por la luz y el color. En la técnica desarrollaron un común interés por la pincelada suelta y la maestría en el dibujo que, sin embargo, tuvo resultados muy diferentes en ambos. Encarnaron actitudes estéticas opuestas, pues con el gusto y búsqueda de la belleza física y, en definitiva, del afán de agradar en Murillo contrasta en Valdés un desinterés en general por esas inquietudes, que sin embargo no justifica la etiqueta de pintor macabro que hasta hoy ha llevado. Respecto a la capacidad de inspiración temática, aunque recurrieron con frecuencia a estampas ajenas, no fue parca en ninguno, mas frente a la extraordinaria inventiva de Murillo parece detectarse un mayor afán de libertad en Valdés. En todas estas consideraciones previas radica la clave de la aparente contradicción paralelismo-diversidad de su respectivo arte y del éxito tan dispar que obtuvieron no tanto en su tiempo como a posteriori. La producción más temprana de Murillo evidencia muchos influjos, de los que no se liberaría sino tras cierta maduración. Al igual que otros principiantes comenzó trabajando en Sevilla para las órdenes religiosas, que en el segundo cuarto del siglo eran los principales comandatarios de obras, con un estilo claro y colorista pero seco de dibujo, que dependía de Castillo en los tipos y de Roelas en recursos compositivos. Aunque escasean cuadros suyos de ese tiempo, así se ve en La Virgen del Rosario con Santo Domingo y la Aparición de San Francisco y Santo Tomás a fray Lauterio (Sevilla, Museo y Cambridge, Fitzwilliam Museum), hechos en torno a 1640 para sendos cenobios dominicos y cuyo tamaño como Las Dos Trinidades (Estocolmo, Museo Nacional) demuestra que pronto cultivó sin dificultad el gran formato. Esta capacidad para componer a gran escala trasunta un aprendizaje muy completo, que le haría conocedor de las reglas de proporción y los contrastes de color para un buen efecto de lejos, lo cual por elemental que pueda parecer no era tan frecuente en un pintor de su edad. Hacia 1645, próximo ya a la treintena, empezó a cimentar su carrera dándose a conocer tras conseguir su primer encargo de monta, un ciclo de once cuadros con asuntos franciscanos para el convento de San Francisco el Grande de Sevilla, hoy en varios Museos (La Cocina de los Angeles, 1646, París, Louvre; San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres, Madrid, Academia; Muerte de Santa Clara, Dresde, Galería, etc.). Pese a la proximidad cronológica a los anteriores muestran un cambio de estilo, del que parece deducirse por una parte que aún estaba en fase de experimentación sobre su bagaje y, por otra, que seguía la moda que entonces encarnaba Zurbarán, pues casi todos presentan un naturalismo intenso y muy tenebrista derivado de este último. La edad del pintor no impide considerar la serie todavía como obra temprana, ante la impericia que delatan las descompensaciones compositivas al plasmar los asuntos, incluso con forzadas yuxtaposiciones de mundo real y sobrenatural. El conjunto posee unidad por el constante claroscuro y el tratamiento escultórico y hasta inánime de muchas figuras. Mas en algunos se da la búsqueda de un modo propio, valorando aspectos que van desde el paisaje (Fray Junípero y el pobre, París, Louvre, con sugerencias de Heemskerck) al desarrollo de la luz y la movilidad de los personajes (Cocina de los Angeles y Muerte de Santa Clara). Con la realización del ciclo coincidió su matrimonio con Beatriz Cabeza, descendiente de plateros, iniciando una prolífica vida familiar que determinaría en adelante mucha de su laboriosísima actividad. De entonces datan también las noticias de que en 1645 ya era maestro pintor y con trabajo en aumento, pues tomó al año siguiente un aprendiz. A la sazón empezaría a ser conocido como un buen pintor de temática piadosa, pues así lo confirman abundantes cuadros de esa índole, difíciles de fechar quizá por surgir para clientes particulares o para venderse en el taller como apuntó Brown. Su aplicación a la moda naturalista pero investigando a la vez sobre el tenebrismo (Cena, 1650, Sevilla, Santa María la Blanca) y por fin aligerando la técnica (Sagrada Familia del pajarito, antes de 1650, Madrid, Prado). También pintó entonces Vírgenes con el Niño (Prado, Louvre y Pitti, principalmente) donde partiendo de modelos italianos, que recrearía haciéndolos suyos, logró hermosos tipos femeninos muy peculiares en adelante, al tiempo que se despegaba del tenebrismo. Idéntico fue el progreso en sus temas populares, pues por la técnica pastosa y los contrastes lumínicos se considera al Niño espulgándose (h. 1650, París, Louvre) como el más antiguo de los cuadros que hizo en esta parcela, sobre todo para los comerciantes foráneos de Sevilla. Del mismo tiempo es su primer Autorretrato, en colección americana, posando con lujoso atavío tras una lápida antigua.
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La vitalidad de la Susa construida en los aledaños de la gran plataforma de adobe del Período I parece haberse reorientado a mediados del IV milenio. La plataforma se abandonó, lo mismo que la cerámica pintada -un fenómeno observado igualmente en Mesopotamia-, y la cultura material de la ciudad irania comenzaría a recibir el eco de otra ciudad singular. Dice P. Amiet que la ocupación humana en torno a Susa se organizó entonces en cuatro tipos de hábitats: grandes centros como Susa, Choga Mish o Abu Fanduweh, poblaciones medias, pueblos y aldeas. Esta diversidad sugiere la existencia de varias organizaciones proto-estatales. La cultura susiana de época Uruk no es el resultado de una colonia, al estilo de las emplazadas en el Eufrates Medio, como Habuba Kabira; antes bien, los distintos centros independientes entre sí -pequeños Estados en realidad que se combatieron con ardor- si bien asimilaron algunos aspectos por la evidencia de los contactos, acometieron una expansión propia en las regiones que les eran familiares desde mucho tiempo atrás, los valles altos de los Zagros, la meseta oeste y los valles que por el Fars y bordeando el descenso del Lut llevaban al Luristán. La glíptica de la Susa de entonces proporciona una rica información sobre oficios y reyes guerreros que, en un estilo semejante al de la ciudad mesopotámica, nos habla de una verdadera monarquía. La cerámica pintada del período anterior se vio sustituida por otra más sencilla, entre la que es preciso destacar -si no por su escaso atractivo, sí por su valor fósil-, los centenares de cuencos groseros de borde biselado, hechos en molde y a mano, bien conocidos en todo el ámbito Uruk. Más sugerentes son los grandes recipientes de alabastro -de hasta un metro de diámetro-, o los vasos teriomorfos y antropomórficos en el mismo material, que P. Amiet vincula al culto religioso. Igualmente son dignas de mención las estatuillas de alabastro -primeros modelos de una escultura irania en bulto redondo- y los objetos de bronce realizados a la cera perdida, tales como largos alfileres de manto o cabello con cabezas de animal, en especial el carnero o muflón iranio. En tomo al 3300/3200 a.C., la Susiana vivió una crisis de regresión y, cuando retomamos los datos a fines del IV milenio, encontramos que el área miraba decididamente hacia el interior iranio, hacia el Fars e incluso al Sistán, poniéndose así las bases de lo que estética y culturalmente sería el mundo suso-elamita del III, II y I milenio a.C. Precisamente en el Fars, las excavaciones del University Museum de la Universidad de Pennsylvania, bajo la dirección de W. Summer, que iniciadas en 1971 llevaron al descubrimiento de la otra gran capital política de Susa, Ansan, en el lugar de Tell-i Malyan, demostraron que, a fines del IV milenio a.C., existió allí una gran ciudad comparable a Susa, con la que se comunicaba directamente por la vía natural que cruzaba las llamadas Puertas Persas. Y si lo que después sería una unidad política no lo era ya, con certeza disponía del mismo horizonte cultural en expansión. La Susa del período es mal conocida en su arquitectura, pero ha proporcionado cientos de tablillas escritas -halladas también en Tall-i Malyan- con un sistema propio, en gran parte ideográfico y, por tanto, de muy difícil lectura. Pero lo sorprendente es que lejos de allí, en el valle de Soghun, C. C. Lamberg-Karlovsky encontrara en el nivel IV del Tépé Yahyá, arquitectura semejante a la de Tall-i Malyan y tablillas allí escritas con el mismo sistema que en el Fars y la Susiana. Pero es que además en el lejano Sistán, al otro lado del desierto de Lut, M. Tosi descubriría la ciudad de Sahr-i Sohta -punto de relación entre el Asia Central, el Indo y el Irán occidental-, donde una sola y modesta tablilla proto-elamita da cuenta del alcance de los movimientos iranios. Desde el punto de vista artístico, E. Porada y P. Amiet entre otros atribuyeron a la época unas vigorosas estatuillas de felinos, realizadas en alabastro, magnesita u otras piedras, talladas con un sorprendente realismo, de las que conocemos no pocos ejemplares. A lo largo del III milenio, algunas áreas del Irán se verían fuertemente afectadas por la presión sucesiva de los primeros imperios mesopotámicos. Pero otras muy alejadas, como las de Gurgan, el Sistán y el Asia Central, asistirían al crecimiento y madurez de una cultura urbana avanzada dotada de una arquitectura monumental sorprendente. Sería el horizonte de lo que M. Tosi llama el Turán, un mundo que todavía espera mucho de la futura investigación. Los escasos materiales artísticos descubiertos en la Susa del III milenio avanzado nos hablan de una renovada influencia estética mesopotámica. Esculturas de aire provincial, que representan a príncipes iranios a los que quizá correspondan tumbas con carro semejantes, aunque mucho más modestas que las de Ur. Pero la cerámica pintada del llamado Estilo II se nos antoja más irania, si bien las grandes jarras globulares -como la que contenía sellos mesopotámicos de Ur I (ca. 2450 a.C.), recipientes y objetos de cobre y vasos de alabastro-, pintadas con temas geométricos y animales, nos parecen estéticamente inferiores a las del estilo Susa I. Los príncipes iranios participaban en las luchas entre las ciudades susianas. Así Eannatum recordaría que "el elamita se arrojó sobre Eannatum, pero él rechazó al elamita a su país" (E. Sollberger/R. Kupper, 1971). Conquistada por Sargón, Susa continuó manteniendo relaciones con Ansán, tan inalcanzable para los akkadios que Naram-Sin acabó firmando un tratado. Un paréntesis de recuperación vendría de la mano de Puzur-Insusinak, rey de Awan, Ansan y Susa, que se aprovechó del fin de Akkad. Restaurada la dependencia con la III dinastía de Ur, Idattu, rey de Simaski y Elam, acabaría definitivamente con la célebre ciudad mesopotámica en torno al año 2000 a.C. El no lo sabía, pero cerraba toda una época de la historia. Tan rápida sucesión de acontecimientos ha oscurecido la imagen del arte susiano. Sin embargo, nuevos hallazgos realizados en el interior del Irán nos permiten conocer facetas imprevistas. Por ejemplo, que en la contemporánea Tépé Yahya se tallaban y decoraban peculiares recipientes en clorita, con temas que hablan del estrecho contacto con el mundo afgano e indio. Y, más al este, A. Hakimi, un estudioso iraní, descubrió en los años setenta, en la necrópolis de Sahdad, a unos 120 km al este de Kermán, la llamada Cultura del Desierto de Lut, con cerámicas rojas decoradas en negro, fragmentos de escritura silábica igual a la utilizada en sus inscripciones por Puzur-Insusinak, y sellos que hablan de contactos con el Sistán y el Turkmenistán. Y es que, como R. Biscione y M. Tosi han puesto de relieve, estamos en la época de madurez de las primeras estructuras estatales del Turán, con ciudades que como Tureng Tépé III C1, incorporan grandes plataformas fechadas con certeza -por C14 en este caso- antes del 2350 a.C., esto es y como J. L. Huot ha destacado, mucho antes de que en Mesopotamia se construyeran las primeras torres escalonadas.
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Birmania fue el país que mejor acogió a los japoneses. Los nacionalistas colaboraron con los invasores, que les habían prometido la independencia. Pero hubo pocas concesiones: de marginal para los japoneses, Birmania se había convertido en una de las principales posiciones asiáticas. Además, los nuevos ocupantes necesitaban todas las materias primas y productos alimenticios, y todas las energías humanas locales para sus fines militares. Se prohibió a los birmanos que exportaran su arroz y otros productos. Pronto apareció el hambre y el trabajo forzado -y los muertos se contaron por millares-, los malos tratos y el desprecio racista. La prometida independencia fue aplazada continuamente. En cuanto a los británicos, tras su expulsión de Birmania, convirtieron la capital regional de Manipur, Imphal, en su cuartel general. Ahora había que formar un ejército, infundirle moral y lanzarlo contra los victoriosos japoneses. Había que demostrar a los hindúes -y a los birmanos- con ideas nacionalistas que los británicos no estaban vencidos y, sobre todo, que India seguía en sus manos (26), y que los japoneses no eran superhombres. Pero faltaban soldados -una gran parte del Ejército de la India se hallaba en los frentes del norte de Africa-, faltaban oficiales, material, aviones, transportes, aeródromos, carreteras. A partir de septiembre de 1942 se construyeron más de 200 aeródromos, se trajeron aviones británicos y norteamericanos. Se comenzó a solucionar el grave problema sanitario -la disentería y la malaria habían ocasionado más víctimas que el enemigo. Slim hizo todo lo posible para que el plan de defensa de la India y de contraofensiva fuese una realidad. Fue designado comandante supremo Lord Mountbatten, siendo su segundo el general StilwelI. El primero era prudente y sensato, el segundo más impulsivo, y estaba ansioso de atacar. Este quería reconquistar Birmania para concentrar el esfuerzo en la ayuda a China, considerada el teatro de operaciones fundamental, donde se hundiría el poderío japonés. Quería adiestrar a un ejército chino que expulsara al enemigo del norte de Birmania y restablecer de una vez las comunicaciones con China. Mountbatten prefería concentrar recursos en la India y esperar a que los japoneses extendieran demasiado sus líneas y se desgastaran, y luego iniciar la contraofensiva, y liberar toda Birmania. A fines de 1942 y comienzos de 1943 se lanza finalmente una ofensiva limitada hacia Arakán. La operación, concebida como un ataque frontal, mal preparada, ejecutada sin entusiasmo por las tropas y por un mando lento y demasiado centralizado, fracasa, lo que no ayuda a levantar la moral británica. Era necesaria una reestructuración en profundidad. Antes de que ésta se iniciara, y mientras duraba aún la incertidumbre y la confusión, Wavell, desde 1943 virrey y gobernador general de la India, decidió aceptar un plan de infiltración tras las líneas japonesas, propuesto por quien en ese momento gozaba de fama de buen organizador de irregulares, el general de división Orde Wingate. Este había adiestrado, antes de la guerra, a grupos terroristas judíos de Palestina contra los árabes, entre ellos al Haganá, y luego, en 1940, grupos guerrilleros tras las líneas italianas en Africa oriental, con éxitos llamativos y discutibles. Ahora se trataba de hacer otro tanto con unos Grupos de Penetración de Largo Alcance -llamados chindits, nombre de unos leones legendarios de la mitología birmana-, que cortarían las comunicaciones y atacarían los puestos japoneses, se moverían sin vehículos, serían aprovisionados desde el aire y eventualmente coordinarían su acción con la de unidades regulares. Los chindits eran unos 3.200. Divididos en dos grupos, mantendrán cierta inquietud detrás de las líneas enemigas a partir de febrero de 1943, y mejorarán un poco la moral de los aliados, pese a su reducida eficacia militar. Llegarán a penetrar más de 150 kilómetros en territorio japonés, cruzando incluso el río Irawady -Eráwadi en birmano-, y obligando, en un primer momento, a los japoneses a emplear bastantes tropas para cazarlos. En marzo comenzaron a retirarse, perseguidos por el enemigo, y perdieron casi un tercio de los chindits y todo el material. También los japoneses, mientras tanto, habían mejorado su organización y preparación. El Cuartel General de Rangún fue confiado al prudente general Kawabe, bajo cuyo mando estaba el XV Ejército del general Mutaguchi -centro-, el XXVIII Ejército, del general Hanaya -Arakán- y el que será XXXIII Ejército, del general Honda -norte-. Mutaguchi, impulsivo y dinámico, propuso un plan de invasión de la India para la estación seca 1943-1944, que fue aceptado tras interminables discusiones, pero quedó limitado a la zona de Imphal; esta ciudad y la de Kohima deberían ser capturadas, pero la operación no se extendería al valle del Brahmaputra, en Assam, como deseaba Mutaguchi. Se intentaría, además, cortar los suministros a las fuerzas de Stilwell en el norte. En el Arakán, Hanaya atacaría en la zona de Chittagong hacia Bengala, reteniendo las reservas de Slim. Aquí el Ejército Indio de S. Chandra Bose -una división con 9.000 hombres- se uniría a las fuerzas de Hanaya, trataría de atraerse a los soldados indios del Ejército británico. Los japoneses estimaban que harían todo esto en tres semanas, y el frente aliado se derrumbaría definitivamente. Los aliados, para su proyectada ofensiva, crearon en agosto de 1943 el Mando del Sudeste de Asia -SEAC, en sus siglas inglesas-, cuyo mando fue dado a Mountbatten; el mando de todas la fuerzas fue dado al general sir G. Giffard, con el XI Grupo de Ejércitos, y el de las fuerzas de choque a Slim, con el XIV Ejército. En Imphal estaba el IV Cuerpo del general Scoones, y en Arakán el XV Cuerpo del general Christison. La organización, aparentemente, había mejorado mucho, lo mismo que el material y la moral. Con todo, no faltaban las dificultades, para el abastecimiento de las fuerzas de Imphal, por ejemplo, y por la escasez de aviones, paliada por la llegada de aparatos de transporte, un tercio de los cuales era estadounidense.
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Tras el Neolítico en China nos encontramos con una legendaria dinastía local que gobierna gran parte del territorio. Se trata de la dinastía Hia, cuyo origen parece remontarse al siglo XXI a. C., aunque algunos especialistas la sitúan hacia los años 1800-1500 a. C. A esta dinastía hacen referencia la primera antología poética china, el She-king, y la primera historia china, el Shu-king. Era un pueblo agricultor, que desconocía la metalurgia pero sí utilizaba la cerámica, trabajada con dos técnicas diferentes: la negra, fina y pulida, y la roja, pintada. También se ha constatado el tejido de la seda y la construcción de diques La dinastía Hia dejaría paso a una nueva dinastía llamada de los Shang, fechada hacia 1500-1100 a. C. Se localiza en la zona de Honan, en el norte de China, dominando el valle del río Huang-ho. Se trata de un poder teocrático donde el soberano ejerce funciones sacerdotales y gobierna un estado feudal. Las ciudades Shang están amuralladas y tienen un templo en el interior del recinto. Conocían la metalurgia, desarrollando una amplia colección de piezas de bronce decoradas con animales. Al tratarse de un pueblo guerrero utilizaban el carro de guerra, como se ha podido constatar en los tesoros encontrados en las tumbas reales. Estas tumbas eran auténticas mansiones, construidas bajo tierra y provistas de un amplio y variado ajuar funerario. El monarca era enterrado junto a todo su séquito. Los Shang conocían la escritura, cercana ya a los caracteres clásicos chinos, y desarrollaban una religión basada en el tao, principio que guía al Universo. También veneraban al cielo, a los antepasados y a las fuerzas naturales, conociéndose la existencia de sacrificios rituales. La dinastía Cheu consigue imponerse militarmente a los Shang. Procedentes del valle de Wu, gobernarán el occidente de China entre el 1000 y el 700 a. C. extendiéndose hacia el año 770 a.C. hasta la zona oriental por lo que su dominio dura hasta el siglo III a. C. Nos encontramos con un sistema de gobierno feudal en el que las tierras del soberano están rodeadas de zonas en manos de sus vasallos que limitan con otros feudos. Con esta estructura territorial era imposible que la autoridad monárquica se impusiera, provocando el fortalecimiento de los señores. Este resquebrajamiento del poder será aprovechado por los nómadas para instalarse en algunas zonas del país. Hacia el año 770 a. C. la capital se traslada a LoYang, implicando la pérdida definitiva de la autoridad real. Los señores feudales aumentan su poder y se agrupan para evitar la llegada de nuevos pueblos nómadas. Las continuas guerras provocarán un paulatino debilitamiento del poder nobiliario. Sin embargo, el campesinado verá reforzado su poder ya que su participación en las guerras como combatientes será crucial. Las batallas se deciden por el número de soldados que intervengan, no ya por la participación de carros de combate. Aquel señor que mantenga un ejército de campesinos disciplinado obtendrá importantes victorias. La erosión del poder feudal también beneficiará a los comerciantes quienes se convertirán en los dueños de la economía al cobrar los tributos a los feudatarios. De esta manera, conseguirán hacerse con el dominio del Estado. En el siglo V a. C. se produce la descomposición definitiva del poder monárquico al dividirse el territorio de China en diversos estados feudales independientes. Se trata del periodo denominado de los Reinos Guerreros (ChanKuo). Los funcionarios adquieren una mayor relevancia, al igual que la burguesía. Este momento de desequilibrio político va parejo a un cierto esplendor cultural. En el año 221 a. C. Ts´in She Huang-ti, rey de Ch´in, toma los demás estados aún existentes (Han, Chao, Ch´u, Wei, Chi y Yen) y se hace nombrar Hyang Ti, primer señor o emperador. Con él se inicia la dinastía Ch´in que supone la creación de un Estado unitario y centralizado. Por influencia occidental se introduce la caballería a la vez que se sustituyen las armas de bronce por las de hierro. Recientemente se ha descubierto la tumba de Ts´in She Huang-ti donde destaca la existencia de más de 7000 figuras que componen el ejército del emperador, junto a sus caballos y carros. Todas son de tamaño real y manifiestan una sorprendente originalidad ya que los rasgos son propios.
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Manetho era un egipcio de Sebennytus que a principios del siglo III a. C. escribió para Ptolomeo II una historia de su país. No se puede dudar de su competencia, pues era al parecer sacerdote del templo de Heliópolis, centro capital del saber egipcio, y tenía acceso a la documentación conservada en aquel lugar y preparación para hacer buen uso de ella. Su obra se ha perdido, pero se conservan los extractos que con mayor o menor fidelidad al original hicieron de la misma tres historiadores posteriores, Josefo, Eusebio y Africano. Aun de esta forma imperfecta Manetho es, y será siempre, la fuente primordial que existe para la historia del Egipto antiguo. A él se debe, en primer lugar, la que pudiéramos llamar agrupación tradicional de los reyes egipcios por dinastías y la denominación de éstas según la localidad originaria de cada una. De las dos primeras dice Manetho que procederían de Thinis, ciudad de situación desconocida, pero sin duda próxima a Abydos, en el Alto Egipto. En esta última localidad se ha descubierto una necrópolis real paralela a la de Sakkara (ya entonces se había implantado la costumbre de que cada rey tuviese dos tumbas, una en el Alto y otra en el Bajo Egipto). De ahí que se denomine época tinita a la primera de la historia y del arte egipcio. Según Manetho, el primer monarca del Egipto unificado fue Menes, fundador de Menfis, la capital del país durante todo el Imperio Antiguo. Hoy conocemos por documentos contemporáneos de todos los primeros reyes sus nombres respectivos, pero no todos los nombres de cada uno, de modo que no podemos identificar con plena seguridad, aunque sí con cierta probabilidad, al célebre Menes de la lista de Menetho con uno de ellos. Es de tener presente que Manetho dio formas griegas a los nombres de todos los faraones, y que no dice si esos nombres los sacó del horus, del nebti, del nesu bit o de cualquiera que fuese, cosa que tampoco importaba a sus lectores griegos. Tampoco ha sido posible, hasta ahora, hacer coincidir a Manetho con otras fuentes más antiguas, aunque menos completas, ni aun a éstas entre sí. Pero a fuerza de mucho trabajo se ha logrado trazar un cuadro coherente, hoy en día con bases mucho más sólidas que las de antaño gracias a los hallazgos arqueológicos. Antes de tratar de éstos, veamos las otras fuentes. El Papiro de Turín, desgraciadamente hecho fragmentos, contenía la nómina en escritura hierática de los reyes de Egipto con la duración de sus reinados, y no sólo de los reyes históricos, sino de los prehistóricos y míticos. La lista parece compuesta durante la Dinastía XIX. Documentos como éste habrán dado su información a Manetho. De los diecisiete reyes tinitas mencionados por el papiro, sólo doce son reconocibles. La Tabla de Abydos, grabada en los muros de un corredor de la tumba de Sethi I, da una lista de los nombres de nesu de 76 reyes, desde los tinitas a Seti I. La Tabla de Sakkara conserva los nombres nesu de 47 reyes, desde Merbapen (Enezib), sexto de la I Dinastía, hasta Ramsés II. La lista omite a los cinco predecesores de Merbapen, porque probablemente el Bajo Egipto, donde radica Sakkara, no los tenía por reyes legítimos. El Calendario de Palermo consta de cinco fragmentos (el mayor de ellos en el Museo de Palermo) de lo que fue una estela de basalto, de gran tamaño, en la que se consignaban los nombres de los reyes de las cinco primeras dinastías, los años de sus reinados y los principales acontecimientos ocurridos en ellos. Erigida la estela durante la V Dinastía, sólo siete siglos después de la Unificación, daría preciosos informes sobre aquellos siglos si la tuviésemos entera. Es curioso que al rey Semerchet, que probablemente es el mismo que Manetho llama Semempsés, sólo se le atribuyan en el fragmento de El Cairo nueve años de reinado, mientras que Manetho le asignaba 18. Y es que los números de Manetho no fueron transcritos fielmente por los copistas. Aparte estos documentos, conocidos desde hace años, las exploraciones y excavaciones de Abydos, Hierakónpolis, Negade, Sakkara, Helwan, los yacimientos más importantes para el conocimiento de la época tinita, han suministrado en estos últimos decenios multitud de documentos contemporáneos de los primeros reyes: tumbas, estelas, improntas de sellos con sus nombres, tabletas que además de dar sus nombres se refieren a sus hechos y a sus monumentos, ofrendas, ajuares... De este modo la documentación se ha enriquecido considerablemente, y no por crónicas o anales de redacción posterior en varios o en muchos siglos, como eran los documentos examinados hasta aquí, sino contemporáneos de los hechos o personas a que hacen referencia, como era el caso de las paletas y las mazas. En el estado actual de nuestros estudios se puede dar la siguiente nómina a base del nombre de Horus y del nit (dos flechas formando un aspa sobre un escudo, símbolo de la diosa Nit del Bajo Egipto, n.? 3) de una reina, de los monarcas de la I Dinastía: 1. Hor-aha (Horus con maza y escudo= Horus luchador). 2. Zer (cancela con pestillo lateral). 3. Meryet-nit (una reina). 4. Uadyi (serpiente). 5. Udimu (mano y línea ondulada). 6. Enezib (horquilla doble, vaso de 4 asas). 7. Semerkhet (Semempsés de Manetho). 8. Ka´a (Kebh en la Tableta de Abydos y Papiro de Turín). De esta forma, Hor-Aba, Horus o halcón luchador, encabeza la lista de la I Dinastía, y para muchos es identificable con Menes. Uno de los argumentos, muy ingenioso e interesante, en que esta identificación se basa es el siguiente. Una tumba real de Negade, de tipo muy arcaico por tener la cámara del sarcófago a ras del suelo, lo mismo que los almacenes contiguos, proporcionó unas cuantas improntas de sellos de Narmer, otros de su esposa Nithotep y varios documentos de Hor-Aha. El sello de Nithotep, coronado por el signo nit como el de la reina Maryet-nit acabada de citar, lleva aparejada la mata de papiros del Bajo Egipto, que hemos visto en la maza del Rey Escorpión y en la paleta de Narmer, lo que parece indicar que la reina procedía de aquí. Incluso cabe suponer que la mujer sentada en una silla de manos en la maza de Narmer, delante del solio del rey, sea esta princesa, con la que Narmer se habría casado para legitimar sus pretensiones a la soberanía del Bajo Egipto. Por tanto, la tumba de Negade, que no puede pertenecer a Hor-Aha porque las dos de éste las conocemos con seguridad, ha de corresponder a Nithotep, o incluso a su esposo Narmer, cuya sepultura no se ha descubierto hasta ahora. Hor-Aha, sucesor de Narmer y probablemente hijo suyo, se preocupó de aderezar bien esta tumba. Entre otros testimonios de su interés por ella aparecieron aquí los trozos de una tableta de marfil de una importancia histórica tal, que Garstang reanudó la excavación de esta tumba, que otros habían explorado antes que él, con el propósito de encontrar algún fragmento más, y tuvo la suerte de lograrlo. En el registro superior de la tableta, a la derecha, se hallan dos cartelas, una normal, con el nombre ya conocido de Hor-Aha, y otra de techo a dos vertientes. En ésta se ven dos signos de lectura indudable en la escritura jeroglífica clásica: el buitre y la cobra sobre dos cuencos -por tanto el principio de un nombre de nebti-, y debajo de ellos, un tablero a vista de pájaro con cuatro fichas en su borde superior, signo que con seguridad más tarde, y probablemente ya entonces, se leía mn. Así pues, Men, Menes en el griego de Manetho, sería el nombre de nebti de Hor-Aha. Esta solución al problema no es tan evidente que satisfaga a todos, pues men significa también permanecer, quedar, y la cartela podría ser una aposición a la cartela anterior o una frase del rey (que a menudo también se encierra en una cartela). Aun tal y como están, las dos cartelas juntas pueden leerse: Hor-Aha, el que permanece en el Alto y Bajo Egipto dándoles el significado original a las dos señoras, el buitre y la cobra. En todo caso, no deja de ser probable que el nombre de Menes naciese de la lectura de un jeroglífico como éste y que deba aplicarse a Hor-Aha.
obra
Al regresar en 1887 de la Martinica, enfermo de malaria, Gauguin pasó una breve estancia en París para trasladarse a la Bretaña, concretamente a Pont-Aven y, más tarde, a Le Pouldu. Las mujeres bretonas con su típico traje de falda, corpiño y cofia se convertirán en las protagonistas principales de la pintura de Paul. En esta escena contemplamos a dos de ellas sobre un prado cubierto de flores mientras el fondo ha perdido la profundidad debido a la aplicación de pinceladas verticales que ha aprendido de Cézanne. Así podemos observar cómo Gauguin se va despegando del Impresionismo para crear una pintura más avanzada, en la que los símbolos, la simplicidad y el colorido cobran mayor importancia. Precisamente las tonalidades empleadas en esta imagen son típicas de Bretaña, destacando la amplia gama de verdes.
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Actualmente, se puede afirmar que el proceso de cambio socioeconómico no es sincrónico en todo el territorio peninsular. El área costera del Mediterráneo y sus zonas interiores de influencia, ven con mayor prontitud el fenómeno de transformación. Las zonas interiores, como la Meseta y los territorios noroccidentales, sufren esta transformación en un momento cronológico posterior. En las zonas costeras mediterráneas de la Península Ibérica esta neolitización inicial se incluye en el proceso observado en la globalidad del Mediterráneo occidental, vinculándolo con el desarrollo del horizonte de cerámicas impreso-cardiales, con fechas que cubren esencialmente el VI y, sobre todo, el V milenio. En efecto, en la mayor parte de las regiones, el registro material asociado con las primeras prácticas agro-pastoriles, aparece asociado con cerámicas decoradas mediante impresiones de concha de Cardium edule. Se observan, no obstante, variaciones regionales en la cultura material, tanto a nivel de cuantificación de cerámicas con decoración impresa (por ejemplo, su presencia muy reducida en Andalucía en relación con el Levante y Cataluña), o la aparición de otros conjuntos cerámicos diferenciados, que proponen una variabilidad regional dentro del proceso de transformación que difícilmente puede ser único y uniforme. A menudo la documentación de este registro material diferenciado va acompañada de manifestaciones de actividades productoras (domesticaciones precoces) en unos contextos cronológicos-culturales que presentan dificultad de integrarse en la secuencia global mediterránea. Desgraciadamente, la documentación de estos casos particulares no es aún completa y sus dataciones son a menudo controvertidas. A nivel general, los modelos explicativos han evolucionado desde las posiciones simplemente difusionistas de tipo mediterráneo de los años sesenta, hacia una mayor complejidad de los modelos, fruto de un progresivo conocimiento del registro y evolución epistemológica. Actualmente, en términos generales, para el marco costero peninsular se concretan dos posturas o modelos generales. La primera proposición explicativa, expuesta por los investigadores de la región de la zona levantina, teniendo a B. Martí, J. Fortea y J. Bernabeu como principales defensores, ha recibido el nombre de modelo dual. Esa hipótesis, resumida de manera esquemática, parte de la premisa, considerada incuestionable, de que la disparidad y la variabilidad de la cultura material observada en el registro arqueológico del Levante peninsular del VI-V milenios no son explicables con los recursos de adaptaciones estratégicas de subsistencia, sino que responden a dos tradiciones culturales distintas. Una de ellas sería la constituida por los últimos cazadores-recolectores, y la segunda estaría representada por una cultura de origen exterior con una forma económica plenamente neolítica. Las dos tradiciones culturales entrarían en mutua imbricación, desarrollándose un proceso de aculturación de los epipaleolíticos por parte de los neolíticos, que les llevaría a la adopción de algunas características de la economía y tecnología neolítica. El segundo grupo de posiciones se caracteriza por otorgar, en términos generales, un mayor rol activo a las sociedades de cazadores-recolectores en la transformación del cambio cultural. Autores, como J. Vicent, proponen una vía explicativa de que las causas de las transformaciones se hallan en las propias contradicciones internas de cada sociedad. Siguiendo los postulados de B. Bender o de J. Lewthwaite, se enfatiza un proceso de transición determinado por el cambio de unas relaciones sociales de tipo abierto con una reciprocidad generalizada, a unas relaciones sociales cerradas vinculadas a las restricciones sociales derivadas de las alianzas intergrupales.
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Colón se aproximó a tierra al amanecer el 12 de octubre buscando un lugar para desembarcar. Fue bordeando lo que parecía una isla hasta su litoral occidental donde halló un sitio adecuado junto a un poblado. Era cerca de mediodía. Pidió la barca armada y rogó a los otros capitanes, Martín Alonso y Vicente Yáñez, que le acompañaran. Una vez en tierra, tomó posesión de ella en nombre de los Reyes Católicos ante el veedor Rodrigo Sánchez de Segovia. El escribano Rodrigo de Escobedo levantó el acta. Luego españoles y naturales se contemplaron con mutuo asombro y se inició un absurdo diálogo (cada cual en su lengua), del que Colón dedujo que estaba en una isla llamada Guanahaní ("isla de la iguana"). La bautizó como San Salvador y parece (todavía no lo sabernos con exactitud) que es la misma que los ingleses llamaron luego Watling, una de las Lucayas. Le preocupó que aquellos naturales no parecían indios, ni chinos, ni japoneses. Iban desnudos "como su madre los parió", tal como anotó en el "Diario". Los miró y remiró y concluyó que eran "de la color de los canarios, ni negros, ni blancos", y observó que eran "de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras. Los cabellos (tienen) cortos, casi como sedas de cola de caballos". Lo que más le alarmó fue su pobreza, pues iba a un país riquísimo y encontró con unos indios pobrísimos que sólo parecían tener algodón, papagayos y azagayas. Desconocían hasta las armas. Colón concluyó que debía estar en alguna isla de la antesala del continente asiático. Al comprobar que algunos indios mostraban señales de heridas sentenció "y creo que aquí vienen de tierra firme a tornarlos por cautivos". En cualquier caso, estimó que los naturales resultarían buenos siervos y podrían convertirse fácilmente al catolicismo, ya que no parecían tener religión alguna. Colón permaneció todo el día 13 anclado frente al poblado indígena de Guanahaní, hablando y observando a los indios. Al día siguiente decidió seguir en busca de Cipango. Terminó de rodear San Salvador, verificando que era una isla y al anochecer siguió hacia otras islas de las Lucayas; Santa María de la Concepción (quizá Cayo Rum), Fernandina (quizá Long Island), en donde desembarcó, Isabela (quizá Crooked Island), en la que estuvo varios días. Colón buscaba denodadamente el Cipango, oro y especias. El 21 de octubre tomó la decisión de partir hacia la isla grande de Cipango, que según intuía debía ser la misma que los indios llamaban Colba, "en la cual dicen ha naos y mareantes muchos y muy grandes". El 28 de octubre arribó a la costa septentrional de Cuba, que bautizó como Juana en honor del príncipe de Castilla. La recorrió con dirección Este y al ver aquella costa infinita concluyó que era una península asiática. El 21 de noviembre desertó la Pirita, pues su capitán Martín Alonso decidió buscar el oro por su cuenta. Colón pasó luego con la nao y la Niña a la isla cercana de Haití, que llamó La Española, por recordarle España. La recorrió asimismo por su costa septentrional y con rumbo Este. Al llegar a la bahía de Acul recibió algunos presentes de oro de un cacique, seguramente Guacanagari. Prosiguió su singladura y en la Nochebuena la Santa María encalló en un banco de arena. Toda la marinería se había ido a dormir, tras una cena más copiosa de lo usual, dejando el timón en manos de un inexperto grumete que no vio el banco. Afortunadamente no hubo víctimas. Al día siguiente Colón ordenó construir con los restos de la nao el fuerte de la Navidad, donde decidió dejar 39 hombres que no podía llevar consigo. Tras despedirse de Guacanagari, a quien ingenuamente encomendó el cuidado de los españoles (debía haberlo hecho al revés), prosiguió su viaje el 4 de enero de 1493. Dos jornadas después apareció la Pinta en Monte Christi. El Almirante recibió contrariado a Martín Alonso, quien se disculpó diciendo que todo había sido contra su voluntad, pero se abstuvo de hacer ningún escarmiento. Colón quería seguir descubriendo, pero las carabelas hacían agua. Aprovechando que soplaban vientos favorables para regresar a Europa ordenó el tornaviaje. Para ello tuvo la intuición de remontarse hasta los 32 y 35 grados de latitud N. con objeto de coger los contralisios que le condujeron a las Azores. El regreso fue muy rápido, aunque lleno de contratiempos. Una gran tormenta hizo que se perdiera la Pinta, que fue a parar a Bayona. Colón condujo la Niña hasta la isla de Santa María, en las Azores, donde los portugueses estuvieron a punto de apresarle. Finalmente logró proseguir viaje y el 3 de marzo arribó a Cintra. Escribió al rey de Portugal comunicándole su arribada y solicitando una audiencia que se le concedió el 8 de marzo. El monarca portugués, tras escucharle, le comunicó que las tierras a las que había llegado pertenecían a Portugal en virtud del tratado existente con Castilla. Antes de partir de Lisboa Colón escribió la primera relación de su viaje, conocida comúnmente como la "Carta de Colón". No la dirigió a los Reyes Católicos, como era de esperar (nadie sabe por qué razón), sino a dos altos personajes de la Corona de Aragón, don Luis de Santángel, escribano de ración, y don Gabriel Sánchez, tesorero de dicho Reino, al último de los cuales llamó equivocadamente Rafael Sánchez, pese a que debía conocerle bien. La relación parece extractada del "Diario de a bordo", pero con inexactitudes e incluso errores posiblemente intencionales sobre el descubrimiento. Está fechada en Canarias (otro dato erróneo), a bordo de la carabela, el 15 de febrero de 1493. La carta se publicó en castellano en Barcelona el año 1493. En los meses siguientes se hicieron once ediciones de la misma (varias en latín) impresas en Roma, Amberes, Basilea, París y Florencia. Por ellas supo el resto de Europa la noticia del descubrimiento. Colón levó anclas en Lisboa el 13 de marzo y dos días después entró en el puerto de Palos. Unas horas más tarde, aquel mismo día, atracó la Pinta. Martín Alonso Pinzón la había llevado hasta Bayona, en Galicia, desde donde notificó a los Reyes el descubrimiento y pidió permiso para ir a verles, pero los monarcas le ordenaron regresar a Palos. El capitán andaluz venía muy enfermo, según las Casas de avariosis, y murió a poco en el monasterio de La Rábida. Nadie explica por qué el Almirante no fue a recibirle, ni a verle. Colón permaneció quince días en Palos, al cabo de los cuales se puso en camino hacia Barcelona para entrevistarse con los Reyes. Su comitiva, un verdadero circo con los indios, los loros, las plumas de colores, las armas extrañas, etc., cruzó la Península y arribó a la ciudad condal. El Almirante informó verbalmente a los Reyes de su hallazgo y les presentó algunas muestras de lo que había en sus nuevos dominios. Los Reyes confirmaron a Colón todos sus títulos y honores, añadieron otros para sus parientes y le pidieron que colaborase en el apresto del segundo viaje, que corría prisa para socorrer a los españoles que habían quedado en la Navidad.