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De 1907 a 1910 Picasso y Braque van a trabajar mano a mano en la definición de una nueva forma de pintar que exprese el cambio esencial de la concepción de la pintura. A las novedades que se encuentran en el Cubismo en general, los trabajos de los dos pintores se centraron en explorar formas básicas de arte, que no estuvieran maleadas por la concepción renacentista de la tercera dimensión. Estas formas primitivas de arte fueron en su mayoría objetos procedentes de tribus africanas: máscaras, pequeñas esculturas de ídolos, escudos, etc. Éstos procedían del intercambio comercial con las colonias y de la importación a través de los militares de los ejércitos de ocupación de las citadas colonias. Es por esta influencia del arte tribal que al Primer Cubismo se le denomina Fase Negra. El mejor ejemplo de esta interacción es el cuadro Les Demoiselles d'Avignon, en las cuales se observa cómo dos de las mujeres llevan máscaras africanas. El Primer Cubismo plantea una progresiva abstracción de la realidad, que hace que la imagen pintada equivalga en igualdad de condiciones a la realidad y no que la imagen sustituya falsamente a aquella. En la representación de un espacio absolutamente plano, libre de la tercera dimensión, se presentó el problema de la luz y la sombra en los diferentes planos de la figura. Para ello, estos planos pueden tener su propia luz y sombra independientes del resto, un recurso muy empleado por los Cubistas Menores. O bien el plano se rellena mediante rayitas o manchas de color, denominadas según sus formas: plumeado es la que imita un esquema de pluma de ave, facetado la que remite a las facetas de un diamante, respiraciones son los espacios en blanco que unen los planos, cubicado es otra forma más de dividir los planos en cuadraditos, lo cual dio nombre al nuevo estilo. Sin embargo, todos los planos tienden a formar una figura fácilmente visible sobre un fondo más o menos descompuesto, lo cual anula sus intenciones de eliminar la profundidad, puesto que figura-fondo es una relación que introduce tercera dimensión. De los primitivos italianos del Trecento retoman algunas técnicas, al igual que del arte primitivo africano. Estas técnicas italianas son el punto de vista alto, que en los edificios se refleja al mostrar simultáneamente sus paredes y su tejado. También plantean varios puntos de fuga divergentes y que no confluyen hacia el interior del cuadro sino hacia el espectador, volcando la imagen desde el plano pictórico al espacio real. Esto se llama perspectiva inversa. El fondo de la imagen también suele ser plano y fragmentado en múltiples planos de color, iluminados en sí y alternantes, para evitar que se confundan sus límites. Esto hizo que se mantuviera la noción de volumen, lo cual representaba un fracaso de sus intenciones. La razón fue el afán de imitar la realidad que determinaba el mantenimiento de los géneros pictóricos: obviamente un retrato había de parecerse al personaje retratado, que es tridimensional y tiene determinado volumen. Un paisaje tiene ciertos colores que lo hacen diferente, con gradaciones de luces y sombras. Eliminar estas características es lo que nos lleva a la siguiente fase cubista, la más áspera de comprender, el Cubismo Analítico.
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El ascenso de Manuel Godoy no tiene parangón en la historia de España, aunque no es un caso único en la historia de las monarquías europeas del siglo XVIII, al menos en lo que se refiere a su juventud y a la celeridad de su progresión. Pitt el Joven fue nombrado primer ministro de la Gran Bretaña cuando contaba 24 años de edad, y con sólo dos de experiencia política como diputado de los Comunes. Y a los contemporáneos de Godoy esta similitud no les pasó desapercibida. Félix Amat, que sería más tarde arzobispo de Palmira y confesor de Carlos IV, se hallaba en Madrid como representante del clero catalán cuando se produjo el nombramiento de Godoy como nuevo Secretario de Estado, e informó al arzobispo de Tarragona, Armanyá, en los siguientes términos: "El duque de la Alcudia, por sus talentos, expedición y robusta juventud podrá ser en España lo que el famoso Pitt en Inglaterra". En el caso de Godoy, un cadete del selecto Cuerpo de Guardias de Corps, de origen hidalgo e hijo de coronel, en el limitado espacio de treinta meses, se convirtió en plena juventud en Teniente General del ejército, Grande de España, duque de la Alcudia, cuyo valle recibió en donación, Consejero de Estado tras su remodelación de 1792, y en noviembre de ese mismo año Secretario de Estado, o lo que es lo mismo, responsable máximo de la política española. El apoyo de la Corona, la confianza de los reyes, clave de bóveda en la estructura del poder en el Antiguo Régimen, hizo posible esa fulgurante ascensión que liquidaba definitivamente la tradición política heredada de Carlos III, pues Godoy no pertenecía a ninguno de los dos grupos -manteístas o golillas y aristócratas o partido aragonés que habían pugnado por el poder entre 1759 y 1788. El diplomático José Nicolás de Azara, político vinculado al partido encabezado por Aranda por ideología y por su condición aragonesa, dejó testimonio en sus Memorias del cambio del sistema de gobierno de Carlos III, que había llegado hasta Aranda, tras la aparición fulgurante de Godoy: "el conocimiento del sistema estrafalario que se había introducido en nuestro Gabinete lo facilitaba todo: pues ya los ojos iban acostumbrándose a ver monstruosidades inauditas en la Monarquía y fortunas las más descabelladas, con un trastorno general de las ideas arraigadas por tantos siglos en las cabezas españolas". La actividad política de Godoy, siguiendo los deseos de sus protectores, los reyes, debía encaminarse a salvar la vida de Luis XVI, y para ello había que mantener apariencia de neutralidad y utilizar todas las vías posibles, tanto oficiales como secretas. Los deseos españoles de interferir en el proceso a Luis XVI, comenzado el 11 de diciembre de 1792, se iniciaron en ese mismo mes, cuando Godoy ofreció al ministro de asuntos exteriores francés, Lebrun, la retirada de las tropas españolas acantonadas en la frontera pirenaica a cambio de la libertad del rey y de su familia. Leída la carta el 28 de diciembre ante la Convención, fue rechazada violentamente por considerarla una intolerable intromisión en los asuntos internos de Francia. También se efectuaron gestiones cerca del primer ministro inglés Pitt, por la neutralidad que mantenía Inglaterra, para que intercediera a favor del monarca francés. Y, finalmente, se intentó como último recurso el soborno, a través de José de Ocáriz, cónsul general de España en París, de destacados miembros de la Convención con el propósito de lograr que no votasen la condena a muerte del monarca. Pero documentos hallados en las Tullerías probaban que Luis XVI había mantenido contactos continuados con las potencias extranjeras enemigas de la revolución. Acusado de conspirar contra la libertad nacional y atentar contra la seguridad nacional del Estado, la votación efectuada el 15 de enero de 1.793 le fue negativa, tras fracasar la propuesta girondina de apelar al pueblo sobre el destino del rey, conocedores del apoyo mayoritario de la monarquia en la nación. La sentencia de morir en la guillotina fue hecha pública dos días después. La nueva oferta española, vía Ocáriz, reiterando la promesa de un estatus de neutralidad y ofreciendo efectuar una labor mediadora ante las demás potencias a cambio de la vida del rey, resultó totalmente inútil. La ejecución del monarca francés el 21 de enero de 1793 y la ruptura de relaciones franco-británicas tres días después, inclinaron a Carlos IV hacia la guerra, en un clima de indignación general. La Gaceta de Madrid y el Mercurio insertaron noticias sobre los últimos momentos del suplicio de Luis XVI para conmover los espíritus y templarlos para la lucha que se avecinaba. La generosidad de su testamento, publicado íntegro por la Gaceta, servía para difundir la grandeza magnánima de la institución monárquica. Aranda, que conservaba su puesto en el Consejo de Estado y era decano del Consejo de Castilla, defendió, no obstante, la tesis de la neutralidad armada, argumentando razones militares y políticas. El 27 de febrero de 1793 desaconsejó, en un informe confidencial, declarar la guerra. Desde su punto de vista, el ejército español no estaba en condiciones de iniciar una guerra en la frontera, donde el mal estado de las comunicaciones impediría el desplazamiento y abastecimiento de tropas, mientras políticamente el verdadero enemigo de los intereses españoles era Inglaterra y no Francia, sobre todo en lo referente a la salvaguarda de las colonias americanas. Reiterada su postura pacifista en un pleno del Consejo de Estado celebrado el 14 de marzo de 1793, que presidía el rey, cuando la guerra había sido ya formalmente declarada por Francia una semana antes, el debate acabó con una violenta disputa entre Aranda y Godoy, que le valió al conde ser desterrado a Jaén primero, y confinado en la Alhambra granadina después. En opinión de Olaechea y Ferrer Benimeli, lo que en aquel Consejo sucedió fue únicamente la excusa para llevar a cabo la eliminación de un sujeto peligroso, de la misma forma que se iban eliminando todos los partidarios de Aranda, entre los que se encontraban miembros sobresalientes de la aristocracia, como los duques de Osuna, del Infantado, de Medinaceli, de San Carlos y de Sotomayor y el conde de Altamira. La posición de Aranda era, tal y como los hechos vendrían pronto a confirmar, la más sensata y realista, mientras que Godoy dio muestras de su ignorancia y falsa presunción. Excepto por motivos estrictamente de defensa de los principios monárquicos y familiares, no había razón política alguna que justificara comenzar la guerra. Debido a ello fue imprescindible iniciar ante la opinión pública una campaña patriótica sin precedentes que justificara la lucha, en la que participaron entusiásticamente los miembros del clero que figuraban entre los enemigos más recalcitrantes de la Ilustración, pues era, en su opinión, la nueva Filosofía la mayor enemiga del catolicismo y la que había puesto la semilla de la revolución. Fray Jerónimo Fernando de Cevallos, el autor de los seis volúmenes contra La falsa filosofía, o el ateísmo, materialismo y demás nuevas sectas convencidas de crimen de Estado contra los Soberanos, afirmaba en carta a Godoy, fechada en julio de 1794, que "los franceses, con doscientos mil sansculotes podrán hacer una devastación horrible, ¿pero cuánto mejor será la que harán cuatro o cinco millones de sansculotes, que están para nacer en España de labradores, artesanos, mendigos, vagos y canallas, si toman el gusto a los principios seductores de los Filósofos?" Convertido el conflicto en Cruzada, Godoy solicitó a los obispos que no sólo pusieran sus esfuerzos en animar a realizar fervorosas oraciones y recoger donativos, sino que exhortaran a los jóvenes al combate, contribuyendo a forjar un discurso reaccionario al establecer la identificación entre Ilustración y Revolución. El ejemplo más conocido de esa defensa de la Guerra Santa, movilizadora de los ánimos, es el del famoso predicador capuchino fray Diego José de Cádiz, autor de El soldado católico en guerra de religión, en cuyas páginas se hacía una vibrante llamada a la participación en la guerra contra la "perversa Francia", encarnación del Mal Absoluto, como obligación moral, garantizando la salvación eterna a quienes en ella cayeran. Fray Diego José de Cádiz representó como nadie la oposición visceral a las novedades que había traído consigo la Ilustración. Prelados como Armanyá Despuig o Aguado Rojas publicaron cartas pastorales incendiarias exhortando a la lucha contra el impío francés, que no sólo pretendía derribar los tronos, sino abolir la religión, la jerarquía eclesiástica y las órdenes religiosas. Al sumarse a la campaña antirrevolucionaria, una gran parte de la Iglesia española buscó mejorar su imagen, presentándose como una institución patriótica y dispuesta a ser generosa con el sacrificio que se exigía al país para salvar de la impiedad y la anarquía los fundamentos de la civilización cristiana. La Convención también participó, utilizando multitud de recursos en esta batalla por la opinión. En sus escritos dirigidos específicamente a los españoles, como Aviso al pueblo español, o la proclama Als catalans, España se había unido a los tiranos de Europa en "coalición monstruosa", pues reunía a los católicos españoles con los prusianos luteranos y los protestantes ingleses. En la actividad propagandística francesa se procuró evitar ofrecer muestras de anticlericalismo radical y se presentó el nuevo régimen como un paraíso de tolerancia religiosa: "aquí el judío socorre al cristiano, el protestante al católico, los odios de religión son desconocidos, el hombre de bien es estimado y el perverso despreciado". Su capacidad de mitigar el masivo mensaje difundido por el Estado y la Iglesia española fue mínima. Los franceses dejaban tras sí templos profanados, bienes incendiados y sexos ultrajados, y para la mayoría de los españoles eran perversos enemigos del Todopoderoso. Las gacetas no cesaron de difundir relatos sobre el bárbaro proceder habitual de los franceses. La entrada en Besalú fue narrada en los siguientes términos: "En los templos derribaron las imágenes, las arcabucearon y después se ensuciaron por todo; en algunos pueblos han forzado a las mujeres y muerto a otras". El concepto de libertad no era otra cosa que anarquía y rechazo a toda subordinación. La proclamada igualdad era destructora y absurda, pues al nivelar a los hombres eliminaba el mérito y, sobre todo, "borraba la natural distinción entre dueños y esclavos, próceres e ínfima plebe". En ese clima de exaltación antifrancesa es frecuente encontrar ejemplos de odio popular exacerbado, como el citado por Aymes del fabricante de linternas de Requena, un tal Salvador Villacelero, que proponía la utilización de unos polvos fabricados por él para esparcir entre los enemigos "peste, malos granos, carbunclos y landres", tras quedar convencido de que los franceses eran unos "infieles, judíos, herejes y protestantes". No obstante, algún obispo tuvo una actitud un tanto desdeñosa hacia el clima de Cruzada que Godoy alentó en los primeros meses de la contienda contra la Francia revolucionaria. El arzobispo de Valencia, Fabián y Fuero, protagonizó un enfrentamiento escandaloso con el Capitán General de aquel reino, el duque de la Roca. Aunque el detonante del conflicto fue la negativa del prelado a obedecer un edicto del duque que ordenaba la expulsión de los franceses residentes en territorio valenciano, incluidos los eclesiásticos emigrados, fue la pasividad de Fabián y Fuero, no exenta de cierta resistencia, a sumarse a "la movilización de los ánimos" en que se hallaba inmersa la práctica totalidad de la jerarquía católica española, lo que colocó al arzobispo en una incómoda y peligrosa posición. Mientras que la mayor parte del episcopado español, y en especial el obispo de Orihuela Antonio Despuig y Dameto, su sucesor en la mitra valenciana, se mostraba activo en redactar e imprimir encendidas exhortaciones a tomar las armas, Fuero fue más comedido, y ningún texto con su firma fue publicado por el Diario de Valencia, que desde febrero de 1793 había declarado la guerra dialéctica a Francia y a todo lo francés. Si Despuig había recibido la Gran Cruz de Carlos III por sus gratificaciones a los voluntarios del ejército, y el 10 de mayo de 1794, para halagar a su protector Godoy, escribía que "nada me parece más justo que sea el primero que me aliste en esta Cruzada, tomando la Cruz, señal de esta Victoria", Fabián y Fuero, por la via indirecta de dejar constancia de sus opiniones por medio de un apologeta anónimo, se atrevía a criticar estas actitudes en términos inequívocos: "¿cuándo vio VE. a Jesucristo al frente de un ejército para combatir con los contrarios?, ¿cuándo se le oyó declamar contra sus perseguidores y aconsejar defender la fe con la espada?", para añadir poco después: "no ignoráis, o no debéis ignorar que si por desgracia vivimos en un siglo turbulento, por fortuna estamos en un siglo Ilustrado en el que es abominable la fantasía, la idea, y la contrariedad de guerra de Religión". El resultado de su escaso entusiasmo, y su negativa a obedecer al Capitán General, fue el intento de detener al arzobispo. El 23 de enero de 1794, un edicto del duque de la Roca ordenaba el arresto del eclesiástico con el pretexto de garantizar así su seguridad, pues "se oyen las voces que claman por la muerte del prelado". En el transcurso de la ocupación por la tropa del palacio arzobispal, Fabián y Fuero logró encerrarse en uno de sus aposentos y escapar por un corredor que unía el edificio con la catedral. El 27 de enero, el arzobispo huía de Valencia disfrazado de sacerdote, dirigiéndose a Olba, un pueblecito de Teruel. En Valencia quedaron detenidos cuatro canónigos, un párroco y los tres capellanes del arzobispo. El 11 de febrero de 1794 el Consejo de Castilla solicitó a Fuero, todavía refugiado en Olba, que renunciara formalmente al obispado para que se pudiera formalizar canónicamente su sustitución por Antonio Despuig, quien ya se encontraba en Valencia. El arzobispo remitió una representación a Carlos IV manifestando su deseo de dejar limpio su nombre de la calumnia de sedición, afirmando que no había renunciado a la mitra, sino que había sido depuesto por la fuerza. A fines de mayo de 1794, el pleno del Consejo de Castilla intentó encontrar solución a un problema espinoso y que corría riesgo de enquistarse peligrosamente. El cardenal Lorenzana, amigo de Fuero, sugirió el camino que finalmente conduciría a encontrar una salida airosa a un problema que comenzaba a ser piedra de escándalo para Despuig y arma eficaz para los enemigos de Godoy. El Consejo calificó los procedimientos utilizados por el Capitán General de Valencia de "injustos y violentos, hechos con demasiado ardor, y en los cuales se excedió notoriamente de sus facultades". El Consejo de Castilla era de la opinión que el Arzobispo debía recuperar el ejercicio de su jurisdicción y los detenidos puestos en libertad. Para evitar nuevas tensiones era aconsejable, sin embargo, que Fabián y Fuero permaneciera alejado de Valencia. La Consulta del Consejo, que venía a dar satisfacción al arzobispo fue aceptada de no muy buena gana por Godoy, permitió encontrar una salida al rocambolesco conflicto de Valencia. Fabián y Fuero, a instancias del cardenal Lorenzana, aceptó renunciar a su sede valenciana el 23 de noviembre de 1794 dando vía libre a la consiguiente designación de Despuig, ferviente partidario de la Cruzada contra Francia, como nuevo arzobispo de Valencia. En el notable esfuerzo de incitación propagandística, los prejuicios contra lo francés en general, sin ningún tipo de distingos, fueron utilizados con mayor énfasis que las referencias a los excesos jacobinos, que sólo eran conocidos por grupos minoritarios de personas informadas. En las arengas del clero se hacían alusiones genéricas a los franceses, tildados de regicidas, bárbaros y enemigos de Dios, lo que explica que en muchos lugares de España se desatara la violencia contra residentes franceses que nada tenían que ver con el proceso revolucionario que se vivía en su país. Rivalidades seculares se agudizaron por la campaña de galofobia desatada, que sirvió en muchas ocasiones de pretexto para actuar vengativamente contra aquellos franceses que, dedicados a sus profesiones, eran competidores indeseados de los españoles, como sucedía en Cádiz, Barcelona o Málaga, donde existían importantes colonias de residentes franceses. Para las autoridades gaditanas, muchos de los comerciantes y corredores franceses eran jacobinos enmascarados, y la misma impresión tenían las malagueñas para las que era innegable "que entre nosotros vive una multitud no pequeña de malditos jacobinos capaces de contaminar a los más bien complexionados". En Barcelona se odiaba a los caldereros, sombrereros y comerciantes franceses no por regicidas, sino porque eran rivales de los españoles en el ejercicio de sus profesiones, hasta el punto de que, tras la ejecución de Luis XVI, el cónsul francés en la Ciudad Condal exhortaba a sus compatriotas a salir poco y a volver a casa antes del anochecer para evitar agresiones. En Valencia, Manuel Ardit ha estudiado los motines antifranceses de febrero y marzo de 1793, en que fueron asaltadas y quemadas un buen número de casas de comerciantes franceses allí afincados, no librándose de la violencia popular ni tan siquiera los curas allí refugiados por no haber jurado la Constitución Civil del Clero de 12 de julio de 1790 y que se mantenían fieles a Roma. El sentimiento popular antifrancés produjo, al igual que en Valencia, sentimientos indiscriminados de rechazo y de violencia en otros lugares de España, alentados por rumores que se propagaban con rapidez, como la noticia difundida por Madrid en marzo de 1793 de que los franceses preparaban el envenenamiento de las aguas de la capital.
obra
En sus múltiples indagaciones sobre los medios de reproducción de las tres dimensiones de los objetos, el holograma ocupó un lugar muy destacado. Básicamente, mediante la fotografía se consigue captar una imagen que más tarde puede ser reproducida en sus tres dimensiones, lo que da una mayor riqueza al propio objeto. Para Salvador Dalí, la holografía venía a suponer que la pintura (que, como sabemos, parte de las dos dimensiones del lienzo) podría alcanzar el ideal de reproducir de forma globalizadora la naturaleza total de los objetos, de lo pintado. En la imagen que contemplamos, Dalí aplica su método a una forma que en apariencia es bastante tradicional. Dos figuras desnudas masculinas se mueven en posturas diferentes, aunque tienen como factor común su enorme dinamismo. Juntas integran un círculo imaginario, sus piernas y brazos cierran esas forma geométrica. Los colores utilizados en esa ocasión por Dalí están reducidos al límite. Son gamas de rojos, dorados y amarillos que, sin lugar a dudas, confieren a la imagen un aspecto muy peculiar. Además, y como casi siempre en el arte de Salvador Dalí, el dibujo se convierte en el principal recurso expresivo. Es un dibujo que voluntariamente recuerda el arte practicado durante el Renacimiento y, dos siglos más tarde, en el Neoclasicismo. Las dos figuras están esbozadas y reciben un fuerte foco de luz, que determina con rotundidad zonas de sombra y claridad. Esto produce como consecuencia un gran dramatismo en el movimiento y en la expresión de ambas figuras. En el centro de la composición -realizada mediante el uso de sanguina y de la técnica de la pintura al pastel- el artista escribe en inglés el título de la obra, aplicando una caligrafía que, también de forma explícita, remite a la escritura de los siglos pasados.
contexto
La guerra civil en su origen fue un conflicto interno, de modo que no puede atribuirse a país alguno la suficiente influencia como para provocarla. Sin embargo, como también se ha advertido, una vez estallada la guerra convirtió a España, por el mero hecho de su existencia, en el "centro de las pasiones y decepciones del mundo". Sin la ayuda exterior no se entiende el paso del Estrecho, la defensa de Madrid o la batalla de Guadalajara, y en los acontecimientos militares que siguieron hasta el final mismo del conflicto el papel de la ayuda exterior o su ausencia fue de primerísima importancia. Es perfectamente lógico que ambos contendientes solicitaran la ayuda de otros países de manera inmediata, porque a fin de cuentas el Ejército español estaba muy mal dotado desde el punto de vista material y además España había firmado convenios para ese propósito. Por otro lado, no puede extrañar tampoco que la respuesta a esas peticiones fuera positiva porque en las relaciones internacionales se estaba viviendo en aquellos momentos una fortísima tensión prebélica. Eran los momentos del "viraje hacia la segunda guerra mundial" en que se tambaleaba el sistema de paz acuñado al final de la primera en Versalles. Los países derrotados o insatisfechos se lanzaban a una espiral de reivindicaciones frente a la indecisión y la mala conciencia de los vencedores, mientras que la aparición de nuevas doctrinas de indudable impacto sobre la política internacional, como eran el fascismo y el comunismo o la crisis económica mundial, contribuían a deteriorar gravemente la situación. Actuando en este marco, el espectáculo de la guerra civil contribuyó, como veremos, de manera decisiva a perfilar el alineamiento de las diversas potencias de cara al conflicto. La petición de ayuda por parte de sublevados y gubernamentales fue una consecuencia inmediata de la pobreza de medios militares y de la sensación, a los pocos días de la sublevación, de que ésta no se liquidaría de la forma que había sido habitual en los pronunciamientos del siglo XIX. De ahí que ambos bandos recurrieran a aquellos países que más lógicamente les podían ayudar; éstos, ansiosos de que el status internacional no se alterara o interesados en adquirir nuevos aliados, se decantaron rápidamente hacia una intervención, aunque al poco tiempo inventaran también una pantalla para disimularla. El 19 de julio Giral hizo la petición al Gobierno francés del Frente Popular que pronto se mostró dispuesto a atenderla; sin embargo, la publicidad dada a la petición y a la respuesta motivó una indignada reacción de la derecha francesa y dejó en un airada posición al Gobierno Blum, que podría haber dimitido de no ser por la petición de sus propios correligionarios españoles. A partir de este momento la ayuda debió ser más titubeante y disimulada. En cuanto a los sublevados, su petición de ayuda fue tan sólo unas horas posterior y estuvo dirigida a Alemania e Italia. La primera respondió más inmediatamente y además prestaría mayor ayuda a Franco hasta el mes de noviembre de este año, momento en que se produjo la llegada del CTV italiano. Es muy posible que tanto Francia como Italia y Alemania temieran al adversario potencial en una guerra generalizada y que por eso se decidieran a prestar ayuda al bando más próximo en la guerra interna española, pero no hay pruebas de que conocieran de modo preciso la ayuda que se estaba prestando por esos potenciales adversarios. Quedaban así sentadas las bases asimétricas en que fundamentaron las relaciones con sus aliados los beligerantes españoles. El Frente Popular debió recurrir al mercado internacional de armas, aparte de la ayuda francesa; algunos países como los bálticos y Checoslovaquia le prestaron colaboración, pero su situación no quedó aliviada hasta que en septiembre la Unión Soviética se decidió a prestar ayuda al Gobierno español. En cuanto a los sublevados, contaron con la ayuda italiana y alemana, a pesar de que su reconocimiento como gobierno legítimo no llegó hasta el mes de noviembre. Es importante señalar que tal decisión no se tomó en un momento en que parecieran haber obtenido una victoria decisiva, sino cuando tenían dificultades al no haber tomado Madrid, con lo que se demostraba el grado de voluntad de colaboración de sus aliados. Una situación como la mencionada en que aparecían involucradas las principales potencias europeas resultaba potencialmente explosiva; esa es la razón por la que se pretendió distenderla mediante la creación de un novedoso sistema no experimentado hasta el momento en la política internacional que fue el Comité de no-intervención sito en Londres. En realidad, quien propuso esta fórmula fue Francia, temerosa de las tensiones experimentadas en torno al conflicto español en la política gala. El Gobierno del Frente Popular, sin embargo, dejó la iniciativa a los británicos que fueron quienes la auspiciaron en el concierto internacional. Para ellos se había producido un peligroso pugilato por intervenir en la política española y de no existir un organismo que procurara evitar las decisiones unilaterales habría un auténtico problema para la paz mundial. A partir de septiembre un Comité reunido en la capital británica comenzó a estudiar las modalidades de la no intervención, y una vez constituido éste, pese a las protestas del Gobierno del Frente Popular, la Sociedad de Naciones remitió cualquier tipo de decisión a dicho organismo, como si lo considerara una especie de instrumento especializado para resolver los problemas españoles. Aunque en el Comité de no-intervención tomaron parte muchos países, la realidad es que las cinco potencias europeas más importantes fueron las que decidieron las principales cuestiones. En una ocasión Metternich dijo que la no-intervención significaba "poco más o menos intervención" y tal afirmación resulta válida para la guerra civil española. Nadie ni por un momento pensó que con ese Comité se hubiera evitado la participación de otros países en los asuntos internos españoles. Las potencias fascistas siguieron a este respecto una política perfectamente cínica. El Conde Ciano, ministro de Exteriores italiano, dio a su embajador en Londres unas instrucciones consistentes en hacer todo lo posible para que el Comité mantuviera una acción "puramente platónica": de hecho en repetidas ocasiones este país boicoteó la labor del Comité hasta que dio a Franco una ayuda determinada para luego pedir el estricto cumplimiento de lo estipulado. Se ha calculado que los alemanes violaron la no-intervención 180 veces y que los italianos lo hicieron 134; unas cifras semejantes se pueden atribuir también a los franceses y rusos. Pero incluso los británicos pensaban lo mismo acerca de este Comité. Un diplomático británico dijo que se trataba de "una farsa pero una farsa extremadamente útil" en el sentido de que aunque no cumpliera sus propósitos evitaba que empeorara la situación mundial. Eden, en el mismo sentido, admitía que la política de no-intervención no era otra cosa que "un telón de seguridad improvisado, andrajoso y lleno de agujeros", pero mucho mejor que una guerra generalizada. Descrita la evolución de la política exterior de la guerra civil en sus primeras etapas, podemos pasar a examinar la posición de cada una de las potencias más importantes o más vinculadas a España por unas u otras razones. Cada país tuvo una política con peculiaridades propias pero aquellos con instituciones democráticas vieron, además, cómo la opinión pública tomaba posición en torno al conflicto en un sentido u otro. Ése, en cambio, no fue el problema de Alemania e Italia. La intervención alemana a favor de Franco fue consecuencia de una decisión personal de Hitler, aunque hubiera sido patrocinada por los representantes del pequeño partido nazi existente en Marruecos. Frente a la opinión reticente de algunos de sus colaboradores más directos, como Göring, el Führer adoptó una de sus decisiones arriesgadas pero de la que sacaría amplio partido por la ausencia de respuesta por parte de las potencias democráticas. En realidad hasta el momento España era para los nazis un país lejano y carente de verdadero interés, aunque allí hubieran pensado construir algún submarino para su rearme. Si se decidió intervenir fue por una mezcla de razones estratégicas (presionar a Francia desde el sur) e ideológicas (oposición al comunismo); sólo en un segundo plano apareció el interés económico. Mucho más prudentes que los italianos, los alemanes no exhibieron en exceso su participación en la guerra; sólo en 1939 Hitler habló de la Legión Cóndor, que sería su principal ayuda a Franco, y no estuvieron dispuestos a ayudar de una manera muy clara a rescatar a José Antonio Primo de Rivera, preso en Alicante. Contribuyeron a la promoción de Franco, pero los juicios de su primer embajador ante él eran reticentes, tanto respecto de su lentitud a la hora de llevar a cabo las operaciones militares como por su carencia de voluntad revolucionaria en lo social. Más tarde que Italia, en marzo de 1937, también Alemania suscribió un tratado con la España de Franco cuyo contenido no revestía especial trascendencia (se refería a mantener contactos mutuos respecto del comunismo y evitar la colaboración con terceros países que pudieran perjudicar a Alemania). Mucha mayor importancia tendría, en cambio, para este país los beneficios económicos obtenidos. A diferencia de lo sucedido en el caso alemán los dirigentes fascistas italianos habían tenido contactos anteriores con la extrema derecha española, aunque en el verano de 1936 Mussolini vetara cualquier ayuda previa a la conspiración. Esa relación fue resucitada en el momento del estallido de la guerra civil, pero también el conocimiento directo de Ciano acerca de la situación en Marruecos, proporcionado por cauces diplomáticos propios, jugó un papel importante en una decisión que fue un poco más tardía que la alemana. La personalidad del ministro de Exteriores fascista parece haber jugado un papel importante en la adopción de esta política; él representaba una política exterior más agresiva y poco propicia a Gran Bretaña que derivó insensiblemente hasta convertirse en pro-alemana. En cuanto a las razones de intervención en España lo más probable es que originariamente Mussolini pensara que podía obtener un aliado barato en una zona estratégica que para él era decisiva con el empleo de unos medios reducidos. Sus propósitos originarios fueron, por tanto, de política exterior tradicional pero con el transcurso del tiempo la guerra tuvo un contenido ideológico más importante para su régimen: la guerra de Abisinia, por ejemplo. Y al mismo tiempo establecía las bases de lo que luego sería el Eje. Desde el principio la intervención italiana en los asuntos españoles fue más estridente que la alemana. Parte de los primeros aviones italianos enviados a Franco fueron descubiertos al caer uno de ellos en territorio francés, y la intervención italiana en las Baleares fue también objeto de especulaciones en los medios diplomáticos internacionales: se pensaba que una base italiana en ellas tendría como consecuencia impedir que Francia trajera sus tropas coloniales a la metrópoli en caso de guerra. Sin embargo, más espectacular fue todavía la intervención italiana a favor de Franco cuando, en noviembre de 1936, se firmó un tratado entre ambas partes que presuponía una neutralidad más que benevolente por parte de este último en el caso del estallido de una guerra. Era mucho más de lo que nunca los alemanes, que se quejaron, consiguieron de Franco, pues suponía de hecho la hegemonía fascista en el Mediterráneo occidental. A partir de este momento Mussolini se empleó a fondo a favor de la causa de los sublevados, incluso más de lo que éstos hubieran querido. De ahí que mandara todo un ejército, del que casi la mitad eran tropas regulares, sin que Franco lo hubiera pedido o lo deseara. El CTV obtuvo victorias como la de Málaga, pero también derrotas como en Guadalajara que le fueron imputadas inevitablemente al fascismo. A partir de este momento la guerra española fue para los dirigentes fascistas italianos una aventura cara que a veces proporcionaba quebraderos de cabeza, unas auténticas arenas movedizas de las que era imposible librarse, mientras que el deseo de resolver el problema provocaba inevitablemente una mayor intervención. Hasta el final de la guerra la obsesión fundamental de Mussolini respecto de España fue la victoria militar, mientras que tan sólo algunos dirigentes fascistas radicales como Farinacci pensaban en la eventual fascistización inmediata del régimen de Franco. Hubo otro país que también jugó un papel importante en la fase inicial del conflicto en favor de Franco, aunque su papel era mucho menos destacado en las relaciones internacionales y su condición de pequeña potencia evitara que pudiera ser mayor. El Portugal de Salazar había tenido siempre una intensa preocupación por los problemas españoles. Como diría el ministro de Asuntos Exteriores, para él una guerra civil en España no era una cuestión intrascendente sino de vida o muerte, pues incluso existía la posibilidad de que el conflicto se reprodujera más allá de la frontera luso-española. Cuando estalló la guerra Salazar aprovechó la ocasión para actuar con decisión en contra de la oposición, incluso creando alguna organización de cierto paralelismo con los partidos fascistas (la llamada Legión portuguesa). El embajador de la República, Sánchez Albornoz, se vio aislado por la hostilidad de las autoridades lusas y por el abandono de los propios diplomáticos a sus órdenes; en octubre se rompieron las relaciones entre Portugal y el Gobierno del Frente Popular. Fue el país gobernado por Salazar el que más dificultades puso para aceptar el Comité de no-intervención, principalmente porque creía que eso implicaba una disminución de su soberanía. La principal ayuda de Salazar a Franco, que siempre evitó la espectacularidad, fue proporcionarle la seguridad de una frontera, pero además desde territorio portugués entraron aviones en la zona nacionalista; allí se consiguieron préstamos y unos 4.000 ó 6.000 portugueses, de los que 200 eran militares, combatieron con Franco. Para comprender la significación de la postura franco-británica respecto de la guerra civil española hay que tener en cuenta, en primer lugar, que nuestro país podía ser considerado como área tradicional de influencia franco-británica, a pesar de lo cual la actitud de esos dos países fue fundamentalmente pasiva sin tomar una iniciativa decidida. Hay varias razones que contribuyen a explicarlo: las características de los regímenes democráticos que no podían propiciar una intervención como la de los fascistas, el deseo de evitar la guerra mundial por medio de una política de apaciguamiento, las divisiones internas de la opinión pública y el hecho de que el Frente Popular parecía demasiado revolucionario y Franco no lo suficientemente fascista. Todos estos factores explican que no se tomara una decidida actitud verdaderamente nacional sobre la guerra civil española. En Francia el conflicto español excitó las pasiones ideológicas por encima de los intereses nacionales. Ya en la campaña electoral que dio la victoria al Frente Popular el caso de España fue presentado como un ejemplo del peligro revolucionario, y estallada la guerra civil se dio la paradoja de que la derecha más nacionalista (Maurras, que visitó a Franco, y la Acción Francesa) apoyaba a Franco a pesar de que éste, por su cercanía a Alemania e Italia, representaba intereses totalmente opuestos a los franceses. No sólo esa extrema derecha denunció la supuesta colaboración del Frente Popular francés con los revolucionarios españoles, sino que otros sectores más amplios (los católicos, los intereses comerciales...) simpatizaron con Franco. Desde 1937 hubo peticiones de establecimiento de relaciones con esa España y en el año 1938 el número de diputados pertenecientes a las asociaciones pro-franquistas se acercaba al 40 por 100, pues incluso una parte del partido radical-socialista era benevolente con respecto a Franco. Este tipo de actitudes encontraba su apoyo en la necesidad de practicar una política que no desentonara con la británica, pero se inspiraba sobre todo en el espectáculo de la revolución española: el embajador Herbette, antaño íntimo de Azaña, se convirtió en un partidario de Franco. Por su parte, Blum, jefe del Gobierno del Frente Popular francés, luchaba entre los sentimientos encontrados del pacifismo y de la necesidad de apoyar a un Gobierno como el español. Hubo un momento en que incluso temió que una guerra civil estallara en Francia. Por su parte, los comunistas franceses, con la divisa "Por la no-intervención, contra el bloqueo", fueron los más decididos partidarios de que se siguiera autorizando la venta de armas a la España republicana, pero procuraron al mismo tiempo evitar que colapsara el Frente Popular. De hecho este programa de gobierno entró en crisis precisamente por esta razón. La posición francesa osciló entre una neutralidad simplemente benevolente hacia la República cuando los gobiernos se inclinaban hacia Francia, y una no intervención relajada cuando predominaban los sectores situados más a la izquierda. Esta fórmula implicaba tolerar que de manera subrepticia circularan por territorio francés armas destinadas a la España republicana. De hecho, con dinero de procedencia republicana española se financiaron en Francia periódicos y empresas de transporte, auspiciadas y dirigidas por comunistas de este país. También en Gran Bretaña la guerra civil española tuvo una importante repercusión tanto para el Gobierno y la política como para la opinión pública. Se ha podido calcular que en tres cuartas partes de las reuniones del Gobierno británico se abordó el problema español, cuya importancia derivaba no sólo del peligro que suponía para la estabilidad de las relaciones internacionales sino también para las inversiones británicas que eran el 40 por 100 de las extranjeras en España. Como en el caso de Francia, los diplomáticos británicos se alinearon casi inmediatamente con Franco: el embajador Chilton residió toda la guerra en el sur de Francia y describió el enfrentamiento como "rebel versus rabble" (los rebeldes contra la chusma). La posición del Gobierno conservador, con muchos matices en su interior, consistía, a diferencia de lo sucedido en Francia, en no encontrar ningún beligerante próximo a sus propias posturas e intereses, de no ser los nacionalistas vascos. Baldwin expresó esta postura de una manera un tanto cínica cuando dijo que los británicos odiaban tanto a los fascistas como a los comunistas y que si había un país en que unos y otros se mataban, tanto mejor. No siempre la postura era la misma, pues en el Almirantazgo Hoare mantuvo una postura muy franquista, y, en cambio, en el Foreign Office y en la Cámara de los Comunes Eden y Churchill mantuvieron una postura distinta. Para el primero la solución hubiera sido un compromiso entre los beligerantes españoles, mientras que Churchill recalcó el peligro de que la Italia de Mussolini jugara un papel creciente en el Mediterráneo como consecuencia del desarrollo de los acontecimientos en España. Sin embargo, estas opiniones no fueron tomadas muy en serio y, en definitiva, los gobernantes británicos parecen haber pensado que el problema fundamental de la guerra española nacía del peligro de provocar un conflicto generalizado. De ahí que se siguiera una política de apaciguamiento de la que es una óptima expresión la frase de Chamberlain: "decía haber oído que en las altas montañas hay a veces condiciones en las que un movimiento imprudente o un grito repentino puede producir una avalancha" y eso es lo que tenía la intención de evitar que se produjera como consecuencia de los sucesos españoles. Aunque Gran Bretaña mantuvo una neutralidad muy estricta, superior a la del resto de los países europeos, al evitar con ella la compra de armas por parte de los republicanos, resultó beneficiosa para Franco. A partir de la primavera de 1937 tuvo éste un representante oficioso en Londres (el Duque de Alba, emparentado con la aristocracia británica), y en octubre hubo además un representante de los intereses comerciales británicos en la España de Franco. Pero la guerra civil no sólo fue una cuestión del Gobierno sino también de la opinión. Como en el caso de Francia, resultó una cuestión tan ásperamente debatida que "en ningún momento fue posible una acción coherente" (Churchill). Entre los propios conservadores hubo partidarios de la República, como la Duquesa de Altholl, y la división interna de los laboristas fue también manifiesta: mientras que el ala derecha era profundamente reticente respecto del papel de los comunistas en España, los izquierdistas mantenían una posición profundamente contradictoria, pues si por un lado defendían posturas pacifistas, al mismo tiempo querían que se ayudara a la República. La cuestión se complicaba todavía más por el hecho de que la inmensa mayoría de los católicos ingleses eran laboristas y, por tanto, se encontraban divididos en cuanto a sus lealtades. Unos 2.000 británicos combatieron en España, de los que murieron 500. Es evidente que muy a menudo en Gran Bretaña se desconoció la realidad de los sucesos españoles, de modo que Franco a veces era descrito como un conservador clásico. Esta sensación de ignorancia es patente también en el caso de los Estados Unidos. Allí sólo un 14 por 100 de la población simpatizó con Franco y aun así esa cifra se debía al hecho de que entre los católicos el porcentaje era muy superior, llegando al 39 por 100. Con todo, el embajador norteamericano, Bowers, fue quien mantuvo una posición más claramente republicana entre los países democráticos. Eso, sin embargo, no se tradujo en la posición oficial de su Gobierno. Los Estados Unidos se declararon neutrales en agosto de 1936 y Roosevelt recomendó el "embargo moral" del negocio de armas que luego se hizo efectivo, impidiendo de esta manera que el Frente Popular se pertrechara de armas cuando las fuentes de Franco no suponían ningún problema para él. Se ha atribuido a los Estados Unidos una posición benevolente ante Franco por el hecho de que compañías petrolíferas, como Texaco, le proporcionaron aprovisionamientos, pero el Gobierno nada tuvo que ver en ello y dicha entidad, que exigió ser pagada con antelación, se basó en criterios puramente económicos. En suma, la posición de las potencias democráticas demuestra hasta qué punto este tipo de regímenes son incapaces de llevar a cabo una intervención decisiva en un conflicto de las características de una guerra civil, sobre todo cuando se enfrentan a otras naciones que no deben tomar en cuenta a la opinión pública, ni tener por qué mostrar escrúpulos morales en intervenir en asuntos de otros países incluso mediante el uso de la violencia. De hecho las circunstancias dejaron aislada e inerme a la República, que no tuvo otro remedio que recurrir a la ayuda de la URSS. Frente a lo que pensaron las derechas, la realidad es que ni el interés de Stalin por los sucesos españoles fue grande ni su decisión de intervenir inmediata. La República no había mantenido relaciones con la URSS hasta la guerra civil y cuando se establecieron probablemente no se pensó en la amplitud que llegarían a alcanzar. Es muy posible que para Stalin Casares hubiera sido, en abstracto, mejor que Largo Caballero, pero el prestigio revolucionario de su país exigía un apoyo a la España del Frente Popular. Ésta comenzó por ser no oficial, producto de suscripciones populares, pero acabó siendo oficial desde finales de septiembre, es decir, una fecha relativamente tardía. En esta actitud final debió jugar un papel decisivo la reflexión respecto de la situación internacional y la española. Stalin debió pensar que tan profunda conmoción de las relaciones internacionales como representaba la guerra española le daba la oportunidad de tratar de comprobar hasta qué punto el sistema de seguridad colectiva podía evitar una guerra mundial o, por lo menos, hasta qué punto podía él mismo acercarse a países como Francia y Gran Bretaña; sólo cuando vio que esas dos opciones fracasaban se decidió a pactar con Hitler en 1939. Por otro lado, la colaboración con el Frente Popular le permitía tener una influencia decisiva en un país del occidente europeo y respondía a la necesidad de que la URSS siguiera apareciendo en la vanguardia revolucionaria mundial. Con el transcurso del tiempo, además, la situación interna de Rusia (era la época de las grandes purgas) pudo ser ocultada gracias a la existencia de la guerra civil española y, por otra parte, la colaboración con elementos democráticos en el Frente Popular español podía hacer aparecer a los dirigentes soviéticos como liberales. De todas maneras, para comprender la posición de la URSS hay que tener en cuenta que al mismo tiempo que se obtenía su apoyo para la causa del Frente Popular se trasladaban las reservas de oro del Banco de España a Cartagena, de donde partirían hacia Rusia en octubre de 1936. Nada como este hecho demuestra el patético aislamiento de los republicanos que no podían confiar por completo en Francia y que así quedaban condenados a una sola fuente de aprovisionamiento bélico. Por otro lado, se hace patente también que Stalin no actuaba con un criterio idealista sino que desde un principio dejó bien claro su deseo de ser bien pagado inmediatamente. En el fondo, a Stalin le interesaba relativamente poco España, lo mismo que Checoslovaquia a Chamberlain. Sin embargo, eso no quiere decir que la ayuda rusa al Frente Popular fuera de mala calidad o insuficiente; ya veremos más adelante que no fue ni lo uno ni lo otro en la mayor parte de los casos. Los asesores militares y políticos soviéticos jugaron un papel muy importante en el seno de la causa frentepopulista. Otro rasgo determinante de la intervención soviética en la guerra civil española reside en la voluntad de discreción que la caracterizó. De ahí que la presencia de asesores soviéticos pretendiera ser simulada, incluso haciéndolos pasar por hispanoamericanos. Aunque hubo militares y técnicos rusos en España al servicio del Frente Popular la principal ayuda en hombres estaba formada por las Brigadas Internacionales, reclutadas gracias a la actuación de la Internacional Comunista a pesar de que no todos sus miembros pertenecieran a partidos de esta significación. La fecha en que empezó el reclutamiento para las Brigadas coincide con la decisión tomada por la URSS, y también con su política exterior, el significado que se dio a las Brigadas como testimonio de la solidaridad internacional en la lucha contra el fascismo. En ellas estuvieron, por supuesto, parados o aventureros pero también un número muy elevado de idealistas, incluso de procedencia intelectual, o exiliados de aquellos países en que el fascismo había destruido las instituciones democráticas. Así se explica que en la batalla de Guadalajara hubiera combatientes italianos en ambos bandos. Un recorrido por la geografía del impacto de la guerra civil española en el mundo no debe excluir el caso de Hispanoamérica, con la que nuestro país mantenía unas relaciones muy estrechas producto de la Historia pasada y reciente. Quizá hay que empezar por señalar que en muchos de esos países no se vio tanto el conflicto de España como un enfrentamiento entre fascismo y democracia como entre conservadurismo y liberalismo; en todos ellos, sin embargo, hubo una tendencia a juzgar lo que sucedía en España desde una óptica propia y atendiendo a los conflictos internos. Así sucedió en México, donde el presidente Lázaro Cárdenas presentó la guerra española como un conflicto contra el imperialismo intervencionista de otras potencias, trasponiendo sus conflictos con los norteamericanos. Mientras que la derecha católica se identificaba con el corporativismo de Franco, quienes más apoyaron al Frente Popular fueron los sindicatos, donde el papel de los comunistas era muy grande. Aunque México mantuvo un estrecho contacto comercial con la España del Frente Popular y sirvió de intermediario para el aprovisionamiento de armas, el papel que podía jugar en las relaciones internacionales en torno al conflicto era muy modesto. Hubo también otros países en que el apoyo conseguido por el Frente Popular fue notable: este es el caso de Colombia, donde los liberales practicaban una política en cierto modo semejante a la del Frente Popular, o en Cuba donde la emigración española era abundante y Batista, aunque futuro dictador, había alcanzado el poder con apoyo de las izquierdas. En Chile el Gobierno del Frente Popular también mostró su simpatía, aunque más bien platónica, por la causa republicana; en realidad era una forma más moderada que la homónima española como también, en la derecha, lo fue Alessandri respecto de Franco. El apoyo a Franco fue evidente en algunos países pequeños como Guatemala y Nicaragua, pero también en otros en los que predominaban tendencias conservadoras y militaristas como Perú. En Argentina las tendencias predominantes eran conservadoras lo que explica la pronta admisión de un enviado oficioso de Franco, pero con matices que dependían de la persona del ministro de Exteriores, lo que contribuye a explicar que el reconocimiento de éste fuera tardío.
obra
El prólogo del Primer Lapidario (hay cuatro lapidarios en el códice) habla de una participación del rey bastante reducida: "Dios quiso que viniese, siendo príncipe, a manos de don Alfonso, que, aconsejado por su físico, el judío Yhuda Mosca el Menor, se lo mandó traducir del árabe al castellano, tarea que realizó con la ayuda del clérigo Garci Pérez". Aunque la traducción se acabó en 1250 (dos años después de la conquista de Sevilla), el códice se empezó a escribir siendo ya rey don Alfonso -es decir, después de 1252-, pues como tal figura en el prólogo.
obra
El Lapidario es la primera obra astrológica que mandó traducir Alfonso X el Sabio e inauguró por tanto un importantísimo capítulo de su tarea científica. Tarea a la que dedicó gran parte de su vida, ejerciendo unas veces como promotor de las obras y otras como su autor.