La idea del contraste entre los recursos físicos, emocionales e intelectuales de los sexos, tan desfavorable a las mujeres, se mantiene mayoritariamente en el siglo XVIII tanto a nivel popular como de elite, entre el común de la población analfabeta y entre la minoría cultural de los filósofos. La querelles des femmes, o debate sobre la valía y naturaleza femeninas, desarrollado en las cortes europeas desde el siglo XV, no variará mucho sus términos. Ni la revolución científica ni los cambios ideológicos, que cuestionan, como hemos visto, verdades y principios intocables hasta entonces, que hacen tambalearse los cimientos de la fe y el conocimiento humano, apenas modifican el pensamiento que ahora nos ocupa, al menos de forma esencial. Antes al contrario, apoyan sus justificaciones con la argumentación objetiva que deriva de la observación directa, del estudio empírico de la naturaleza de los hombres y del análisis racional. Si seguimos lo que Jancourt escribe en La Enciclopedia, la mujer constituye el mejor ornamento social, su misión es tener hijos y alimentarlos. Ésta, también, constituía para Rousseau, junto con la dependencia del hombre, la esencia natural femenina. Por ello, defensor de la educación de los individuos conforme a su naturaleza, establece diferencias tan considerables entre la que preconiza para Emilio y la de Sofía, cuya formación se completará tras el matrimonio de la mano de su esposo. Incluso habrá quien justifique las desfavorables condiciones de la mujer por estar derivadas del plan divino para la humanidad. Aunque tales actitudes no pueden por menos que considerarse antifeministas desde la perspectiva de hombres y mujeres occidentales en vísperas del siglo XVIII, no es ésta la óptica de la labor investigadora, sino la de tratar de colocarlas en su aquí y su ahora. En este sentido, hemos de reconocer que respondían a las exigencias de su época, a las necesidades de las sociedades en que nacen. De igual modo que lo hicieron aquellos otros escritos, también aparecidos a lo largo de la centuria, sobre todo en la segunda mitad, donde algunos prohombres ilustrados alzaron la voz para cuestionar la justeza de tales ideas y, lo que es más importante, su carácter de verdades incuestionables. Se hizo constar la falsedad del principio de que la inferioridad de las mujeres tiene por causa su imperfecta naturaleza. Antes al contrario, su origen no es otro que el mal uso que se ha dado a sus facultades, de ningún modo peores que las masculinas, y la deficiente educación recibida. Por otra parte, impulsados, si se quiere casi obligados, por las ideas y proyectos de desarrollo económico, por la creciente demanda de mano de obra generada por la revolución industrial, se comienza a difundir la idea de permitir a las mujeres el ejercicio de la actividad laboral no como hasta ahora, en calidad de ayuda familiar casi o totalmente gratuita, sino de forma remunerada y, siendo preciso, fuera de los muros hogareños. Finalmente, la fe ilustrada en la educación en tanto que instrumento transformador del género humano y la sociedad, la necesidad que sienten de ella sus defensores, hará que traten de extender sus beneficios al sexo femenino, si bien los resultados prácticos quedaron, al igual que en otros terrenos, lejos de los ideales y el impacto real de tales propuestas en la vida de sus beneficiarias son aún un tema a debate, dado el estado en que se encuentran las investigaciones en esta materia. Se ha dicho, porque es cierto, que los ilustrados entendieron la educación femenina antes como formación del carácter que de la inteligencia; primaron la instrucción doméstica sobre cualquier otra e introdujeron diferencias en los contenidos de los programas no sólo respecto a los de los varones, sino también entre las mujeres del pueblo y las de las capas sociales superiores. Los de aquéllas atendían, sobre todo, a preparar para el ejercicio de un trabajo que les permitiera sobrevivir o contribuir al pecunio familiar; los de las segundas, a dotarlas de lo que en terminología de la época se conocía como savoir faire, conjunto de conocimientos que permitían dominar a la perfección los modales sociales y daban una leve cultura intelectual para que sus receptoras salieran airosas en las reuniones pero sin espantar a los futuros maridos o humillar al ya existente por la altura de sus saberes. Ahora bien, si tenemos en cuenta que, ya lo dijimos en otro momento, los ilustrados sólo buscaban recursos homeopáticos para salvar un mundo que se desvanecía y que el objetivo que ellos dan a la educación es el de preparar mejor a quienes la reciben para cumplir con las funciones asignadas por la sociedad y que no cambian- para contribuir a su progreso, entenderemos porqué mayoritariamente no van más allá en sus propuestas ni sus peticiones sobrepasan el terreno de los cambios legales. Sin embargo, tampoco se les puede negar el que dieron pie a la creación de centros de enseñanza femenina escuelas, conventos...- y, lo que desde mi punto de vista resulta más significativo para el futuro, abrieron brecha con sus críticas en una forma de pensar a la mujer hasta ahora sólida en sus cimientos y hermética en sus enunciados. Algunos, incluso, llegaron a hablar de la igualdad de los sexos, si bien su número resulta tan escaso como la fuerza social que alcanzaron sus escritos, debido a la ausencia de un ambiente receptor favorable y a la lejanía mantenida por sus historias, situadas por lo general en un mundo utópico de héroes -Reinhard (1767)- o en remotas islas -Marivaux (1750)-, lo que venia a ser lo mismo. Sólo al final de siglo, el afán de los escritores por extender los bienes de la Ilustración a los grupos sociales hasta entonces alejados de ellos les lleva a hacer propuestas más cercanas. Citemos, a modo de ejemplo, las ideas igualitarias de Condorcet; las de Theodor Gottlieb (1792) aplicadas a la educación y para quien el matrimonio es una técnica de control social, o las palabras de Kant suponiendo a las mujeres problemas diferentes a los de elección de marido y considerando su falta de instrucción como medio de supervisión por parte de quienes no desean su independencia. Su éxito práctico no resultó mayor que el de las anteriores. Con limitaciones y todo, no cabe duda de que el siglo XVIII abrió a las mujeres, sobre todo a las aristócratas y burguesas de la Europa occidental, un mundo social e intelectual más amplio. Recordemos el papel de las salonniéres; de aquellas que solas o en colaboración con sus hermanos o esposos contribuyeron a los avances científicos; de lady Montagu difundiendo la inoculación; la existencia de numerosas literatas, pintoras, etc. De otro lado, la corte venía ofreciendo desde el Renacimiento notables oportunidades de mejora social a las mujeres, bien en calidad de damas de los miembros femeninos de la familia real, bien como amantes de los reyes, o ambas cosas a un tiempo. En Francia, por ejemplo, Luis XIV creará el titulo de maîtresse-en-titre a fines del siglo XVII para elevar a un rango oficial a su amante. En adelante todas lo usarán, siendo una de las más conocidas en la época que estudiamos madame Pompadour, a quien Luis XV otorgó también el titulo de marquesa. Estas mujeres no se dedicaban al mero papel de compañeras sexuales, además cumplían con el de consejeras, anfitrionas, mediadoras oficiosas en asuntos diplomáticos, etc. Por ello, habían de estar dotadas de buen gusto, inteligencia, saberes intelectuales; contar con suficiente preparación en múltiples materias. Su vida no era fácil, pues dependían de algo tan frágil como el favor real, la inclinación personal del monarca; mas, aunque solían morir en la miseria, vivieron en la opulencia y el poder. Tampoco podemos olvidar que es a partir del Setecientos que las propias mujeres activan su toma de conciencia y aumenta el número de voces que se elevan para criticar lo anterior, siguiendo el ejemplo de algunas antepasadas -María de Zayas, entre otras-, y pedir un nuevo lugar. Aparecen entonces los primeros periódicos realizados por y para el sexo femenino: Journal de Dames, de París, publicado en 1761 por madame de Beaumer; Pomona, de Sophie von La Roche, en Alemania, o La Pensadora Gaditana, de Beatriz de Cienfuegos, supuesta versión femenina de otro periódico muy famoso en el momento, titulado El Pensador, que dirige Clavijo y Fajardo. A lo largo de sus páginas desarrollan una ideología al servicio de la mujer y de su educación, llegando las más críticas a responsabilizar al hombre de la inferioridad femenina. Mas, salvo estas excepciones, el tono general es más moderado y su acento no se dirige tanto a pedir transformaciones fundamentales como a reclamar cambios individuales y colectivos, a sugerir a sus posibles lectoras la posibilidad de exigir unos derechos que creen, están seguras, les corresponden. Posición defendida también por otras escritoras, tal es el caso de la española Josefa Amar y Borbón, defensora de las capacidades intelectuales de su sexo, y de la británica Mary Wollstonecraft, precursora del movimiento feminista del siglo XIX y en cuyas Vindicación de los derechos de las mujeres (1792) defiende el derecho femenino a ejercer un trabajo remunerado fundamentándolo en la necesidad que tienen muchas de sus miembros de hacer frente al mantenimiento propio y de los hijos. Para algunas investigadoras tal contención de peticiones ha de verse sólo en tanto que estrategia de quienes las defienden para obtener una más fácil aquiescencia social que facilite su consecución. Es difícil saber con exactitud si fue realmente así o si fue que las propias protagonistas mayoritariamente tampoco podían ir más lejos en sus demandas, toda vez que, no lo olvidemos, todos somos hijos de nuestro tiempo, y ellas también lo eran. En cualquier caso, un largo camino empezaba a andarse.
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No obstante, la guerra se inició en Polonia, con un balance local de fuerzas que no parecía augurar una derrota inmediata: si se sumaban las divisiones polacas y las francesas eran superiores en un 30% a las alemanas y, además, Polonia tenía tras de sí una larga tradición de lucha por la independencia propia. Pero éstas eran tan sólo unas apariencias que la realidad desmintió en un corto plazo de tiempo. En la práctica, Polonia adolecía de muy graves desventajas bélicas y proporcionaba un excelente campo a los alemanes para el aprendizaje de la "Guerra relámpago". Un envejecido Ejército disponía de enormes masas de caballería, que constituían un motivo de orgullo nacional, pero cuya operatividad resultaba dudosa. Un especialista británico así lo advirtió poco antes de la guerra y lo único que consiguió fue la emisión de una nota diplomática de protesta de la embajada polaca. La larguísima frontera con el Reich, todavía ampliada tras la desmembración y ocupación de Checoslovaquía -octubre, 1938-marzo, 1939-, y el hecho de que el terreno no presentara alturas que pudieran servir como barrera permitían la fácil penetración del enemigo. La disposición de las tropas polacas, con un tercio de sus efectivos dispuesto en torno al Corredor de Dantzig, parecía incitar a que fuesen rodeadas. El desconocimiento de los designios del adversario hizo que la movilización fuera lenta. Para un ataque relámpago, el único inconveniente de Polonia desde el punto de vista alemán era la carencia de buenas carreteras, pero la estación del año era la propicia para el lanzamiento de la ofensiva. Hizo de esta manera su aparición en la Historia una nueva manera de hacer la guerra. Las denominadas "divisiones panzer" -o las tan sólo motorizadas- de la Wehrmacht, pequeños ejércitos en miniatura capaces de llevar a cabo una penetración a fondo en las líneas adversarias y de desarticularlas, resultaron enormemente efectivas y en tan sólo dos semanas habían reducido el Ejército polaco a trizas. En cumplimiento de su pacto con Alemania, la URSS completó la liquidación de Polonia cuando ya la cuestión estaba decidida, atacando por retaguardia. Varsovia prolongó su resistencia hasta fines del mes de septiembre. Las bajas polacas cuadruplicaron las alemanas, mientras que las rusas fueron insignificantes. Decenas de miles de polacos consiguieron huir de su país y acabaron incorporándose en unidades voluntarias a las fuerzas aliadas. Sin embargo, quizá la contribución más importante de Polonia a la victoria aliada fue haber iniciado el desciframiento de los códigos secretos alemanes, completado después por los británicos. El país que había sido la primera víctima de la guerra acabó resultando también el más afectado por ella. Pocos meses después de la derrota polaca, alemanes y soviéticos comenzaban a suprimir sistemáticamente a parte de la población. Stalin ordenó la liquidación de la oficialidad del Ejército, mientras que Hitler aceptaba recibir a unas decenas de miles de alemanes étnicos procedentes del Este e iniciaba la persecución de los judíos. De hecho, la existencia de una importante minoría bielorrusa y ucraniana en el interior de Polonia había contribuido a debilitar la capacidad de resistencia del país. Mientras tanto, la actitud de las potencias occidentales que habían decidido entrar en guerra en favor de Polonia se demostraba pasiva y poco perspicaz. Sólo a mediados de septiembre, los franceses se decidieron a iniciar una ofensiva cuando ya era tarde, porque para entonces el Ejército polaco había sido ya liquidado. Contribuyeron a esa pasividad la existencia de los campos de minas del enemigo y la idea, heredada de la Primera Guerra Mundial, de que era imprescindible un bombardeo artillero masivo como preparación de cualquier ofensiva propia. Ello sólo sirvió en realidad para dilatar el ataque, sin proporcionarle mayor efectividad. Todavía fue peor el hecho de que, en la práctica, los aliados nada aprendieran de lo sucedido en Polonia. En Francia, tan sólo De Gaulle ratificó su idea de que los tanques tenían que ser utilizados como punta de ataque, pero la doctrina militar oficial siguió opinando que la defensiva estática era la mejor respuesta al ataque de movimiento adversario. Tampoco se extrajeron las consecuencias debidas del hecho de que un núcleo urbano como Varsovia resistiera tanto tiempo como todo el Ejército polaco. Sin embargo, la inteligencia política de Churchill le hizo ver en la nueva frontera soviético-alemana una potencial fuente de conflictos. Pero lo era de cara al futuro y no de forma inmediata. Stalin, en efecto, participó, directamente o a través de los partidos comunistas de todo el mundo, en la ofensiva de paz que Hitler llevó a cabo nada más obtener su primera victoria. Paralelamente, desde comienzos de 1940, la URSS se convirtió en un gigantesco aprovisionador de materias primas para el III Reich, que tenía acuciante necesidad de ellas. A cambio, Stalin había obtenido inmediatamente manos libres para organizar el área de influencia que Hitler le había concedido. En tan sólo unas semanas, convirtió a los Países Bálticos en satélites destinados a formar parte de su perímetro defensivo, aunque sin perder una teórica independencia. Las dificultades empezaron para él cuando, a mediados de octubre, intentó hacer algo parecido con Finlandia. Es posible que no pretendiera tanto una absoluta sumisión como la mejora de su posición defensiva. El hecho es que solicitó el control de una serie de pequeñas islas en el golfo de Botnia, rectificaciones territoriales en la costa ártica y en la frontera de Carelia y, en fin, una base en el extremo suroeste de Finlandia. Ésta, dispuesta a resistir, no estaba preparada para una guerra contra tan poderoso adversario. Con anterioridad, el héroe de la independencia, Mannerheim, había solicitado en vano del Gobierno tanto un incremento del presupuesto militar como una política de acercamiento al resto de los países escandinavos que de hecho, llegado el momento de la verdad, solamente prestaron a Finlandia un apoyo moral. A fines de noviembre, rotas ya las negociaciones, se inició la ofensiva rusa y de forma inmediata se produjo la sorpresa ante la fuerte resistencia que los fineses fueron capaces de ofrecer. En realidad, los soviéticos no habían hecho verdaderos preparativos para la ofensiva y emplearon tan sólo unidades de guarnición fronteriza, que fueron incrementándose de manera progresiva. Las condiciones para la resistencia de los finlandeses eran buenas, no sólo por la adaptación al propio medio sino también porque disponían de buenas comunicaciones, la estación del año era la menos propicia para un ataque y el frente, o estaba bien fortificado -Línea Mannerheim, en el istmo de Carelia- o era tan amplio que las unidades soviéticas se perdieron en él y, luego, atacadas y fragmentadas por el adversario, acabaron por rendirse. En suma, en Finlandia se dio un cúmulo de circunstancias pésimas, que acabó imposibilitando un victorioso ataque relámpago del Ejército Rojo. En esta guerra, era tan desmesurada la diferencia de fuerzas entre los dos contendientes que, de manera inmediata, Finlandia tuvo un apoyo claro de la opinión pública internacional. A mediados de diciembre, la Unión Soviética, condenada como agresora, fue expulsada de la Sociedad de Naciones. En Francia, a comienzos del nuevo año 1940, un centenar de diputados pidió que se rompieran las relaciones con Moscú y se prestara ayuda a la agredida Finlandia. Ésta recibió promesas, pero no colaboración efectiva, lo que se explica por el modo en que hasta el momento se había planteado la estrategia aliada. La guerra se había convertido en un conflicto bélico un tanto peregrino, que ni siquiera parecía tener verdadera existencia en el frente occidental y que la prensa interpretaba, alternativamente, bien como una prueba de que existían negociaciones secretas o, por el contrario, de que había planes muy misteriosos pero de efectividad arrolladora. La "drôle de guerre" o "the phoney war" consistía, en definitiva, en no combatir en Francia, esperando el ataque de un adversario frente al cual se habían recibido estrictas instrucciones de mantener la pasividad más absoluta. Sin embargo, mientras tanto los mandos aliados elaboraban fantasiosos planes, de dificilísimo cumplimiento y que, incluso si se hubieran llevado a cabo, habrían concluido en un espectacular fracaso. Empeñados en mantener una estrategia periférica, los aliados llegaron a considerar el bombardeo de los yacimientos petrolíferos del Cáucaso o de Rumania, el cierre de las bocas del Danubio, el minado de la zona del Rin, la intervención en los Balcanes o la formación de un Ejército para intervenir en Oriente Medio. El ataque soviético contra Finlandia había contribuido a excitar esta incoherente planificación. Se pensó en realizar un desembarco en Petsamo, para desde allí ocupar las minas de hierro suecas y ayudar a Finlandia. Pero cuando, en febrero de 1940, se reanudó la ofensiva soviética, todos esos planes habían quedado en nada. Incluso si se hubieran llevado a cabo, solamente habrían servido para aproximar todavía más a la URSS y a Alemania, además de tener un mínimo efecto sobre los acontecimientos. Finlandia, que sufrió un número de pérdidas especialmente elevado con respecto al total de su población, se vio obligada a mediados de marzo a ceder al conjunto de las peticiones soviéticas. Había, sin embargo, conservado su independencia -quizá porque Stalin no quería enfrentarse en exceso a los aliados- y creado un precedente para que los soviéticos la tuvieran muy en serio como adversario. En aquellos momentos y en una consideración general de la evolución de las operaciones del conflicto general, el principal significado de esta "Guerra de Invierno" fue el de producir en los alemanes la impresión de que el Ejército Rojo no era de temer. No es extraño que pensaran así, porque también los aliados opinaron de esa manera; de hecho, eso fue lo que les había hecho pensar en descabelladas operaciones como las citadas. El mantenimiento de esta tendencia de los aliados a pensar en operaciones periféricas, arriesgadas y poco resolutivas, acabaría por producir un impacto en el desarrollo de los acontecimientos, pero tan sólo para proporcionar una nueva victoria a Alemania. Hitler hubiera deseado, hasta el último momento, la neutralidad de Noruega, principalmente porque cualquier operación contra ella parecía demasiado arriesgada, dados los medios navales de que disponía el III Reich. Lo que le decidió a la invasión fue el conocimiento de que los aliados tenían poco ocultos planes para intervenir allí. Hitler no necesitaba ninguna provocación, pero los preparativos paralelos de los aliados tuvieron esa consecuencia. Fueron, en efecto, los aliados quienes empezaron por violar la neutralidad noruega, capturando en aguas territoriales de este país un barco que transportaba prisioneros británicos. Amenazaron, además, con minar las aguas territoriales noruegas para evitar el paso por ellas del mineral sueco con destino a Alemania y acariciaron incluso el improbable propósito, ya citado, de tomar Narvik, para amenazar los yacimientos de hierro suecos y ayudar a Finlandia. Fue esta amenazadora situación la que llevó a Hitler tomar la decisión de intervenir en Noruega, aunque en un primer momento había pensado que era suficiente con que el líder de los nazis noruegos -Vidkun Quisling- se hiciera con el poder mediante un golpe de Estado. El ataque alemán estuvo planeado con una extremada audacia, que bordeó incluso la imprudencia, pero que tuvo a su favor de manera especial el hecho de que el adversario consideraba sencillamente inconcebible el que tal operación se llevara a cabo. Dinamarca no fue problema alguno: su territorio fue ocupado en cuatro horas y con solamente una docena de muertos. Noruega, que estaba mucho más atenta a defenderse de los británicos que de los alemanes, fue cogida por sorpresa, pero su inmediata resistencia llegó a provocar numerosas bajas en el atacante. Los alemanes efectuaron la invasión con una fuerza muy reducida (apenas 2.000 soldados para cada una de las mayores ciudades del país), gracias a un apoyo naval en que figuraban en su mayoría unidades pequeñas (catorce destructores) o submarinos. Lo más novedoso de este nuevo ataque alemán consistió en el empleo de la aviación. Por vez primera, paracaidistas fueron empleados para ocupar puntos estratégicos, como el aeropuerto de Oslo, mientras que una fuerza de un millar de aviones ejercía un importante papel disuasorio para la intervención de la Flota británica. La reacción de los aliados se caracterizó por la incredulidad y la lentitud. Iniciado el ataque alemán el 7 de abril, tardaron una semana en responder con desembarcos en Narvik y en los alrededores de Trondheim. Los combates más importantes se produjeron en la primera de estas ciudades, donde los aliados tardaron demasiado tiempo en desplazar a un adversario muy inferior en número, para acabar encerrados en una difícil posición. Sin embargo, quince días antes de dar comienzo la gran ofensiva alemana sobre Francia, todavía seguían pensando que ésa era una posición clave para ellos. El reembarque de la fuerza expedicionaria tuvo lugar ya en junio, cuando la amenaza alemana se cernía nada menos que sobre el mismo París. En Noruega pareció confirmarse de nuevo la superioridad bélica alemana. Con una fuerza reducida había conseguido, aun con el inconveniente de ver destruida su flota, proteger su flanco más septentrional y asegurarse hasta el final del conflicto el mineral sueco. Los aliados, en especial los británicos, resultaron extremadamente incompetentes. Muy agresivos en términos verbales, erraron por completo en la medición del tiempo de cara al adversario e incluso fracasaron absolutamente a la hora de emplear aquel arma en que tenían clara superioridad, la Marina. Un resultado como el indicado debía tener un obvio impacto sobre la moral propia y enemiga.
obra
Esta obra responde al idealismo adoptado por Llimona corriente potenciada por el Cercle Artístic de Sant Lluc en cuya primera exposición colectiva figura el yeso de Blay. Síntesis entre el realismo, los sentimientos que inspiran los personajes más allá de la anécdota y elementos del arte de Rodin que Blay había tenido ocasión de conocer durante su estancia de formación en París. Contrastes entre el detallismo exagerado del rostro del anciano y la difuminación en la niña. Considerada por la crítica de la época como una obra que se alejaba de los cánones academicistas, Casellas se refiere a Blay como el escultor-poeta.
contexto
A partir de los años sesenta, los descubrimientos han sido constantes, suscitando además problemas en la determinación del árbol evolutivo. A finales de los años setenta se produce el descubrimiento en Hadar (Afar, Etiopía), de un esqueleto postcraneal - el más completo que se conoce de estos períodos, de un individuo femenino y conocido mundialmente por Lucy - en unas cenizas volcánicas que se dataron por K/Ar en unos 3,5 millones de años, los más antiguos conocidos, con unas características arcaizantes. Estos restos determinaron la introducción en la clasificación taxonómica de un nuevo taxón que se denominaría Australopithecus afarensis, por su descubridor D. Johanson, del cual hace descender tres ramificaciones, que llevarían al Australopithecus africanus, otra rama desgajada de éste que llevaría al Australopithecus robustus, y otra línea que iría a desembocar en el género Homo, con el Homo habilis como primer eslabón. En otra vertiente se encuentra la teoría defendida por los Leakey, especialmente Richard Leakey, para quien la rama del hombre no tiene como ancestro al australopiteco, sino que el Homo habilis se desgajo de otro homínido desconocido, que no tiene nada que ver con el afarensis. En la actualidad la discusión continúa, así como la referente a las dataciones obtenidas para algunos restos.
contexto
Los textos publicados sobre el arte románico en Navarra nos presentan como la primera obra románica de entidad el edificio del monasterio de Leyre. Se trata de la abadía con más solera del reino y que para algunos autores fue la más importante, tanto en cuanto a aspectos políticos como religiosos. Sin embargo, esta imagen triunfal de Leyre, que pudo ser cierta en determinados momentos, no fue una constante de toda su historia y seguramente ha podido falsear la realidad a la hora de estudiar algunos de los aspectos artísticos de este conjunto, especialmente los relativos a la portada de los pies. De hecho, la abadía pudo gozar de la posición indicada en la consagración documentada en 1057, pero seguramente, como sugiere L. M?. de Lojendio, su papel no era tan destacado en el momento de la consagración de 1098. De cualquier modo, los conflictos que la abadía mantuvo frente al obispado de Pamplona después de 1078 determinaron durante el siglo XII un gran gasto de los fondos de Leyre y un claro declive de su importancia en todos los ámbitos en los que en otro momento había tenido un papel destacado. No trataremos aquí los problemas relacionados con las fechas de consagración de la iglesia de esta abadía y las partes del edificio que estuvieron listas para ellas, ya que ello implicaría consideraciones arquitectónicas que no podemos realizar ahora, pero sí se puede suponer que los capiteles tallados de la cripta y la cabecera de la iglesia alta corresponden probablemente a la segunda consagración, como parece suponer Lojendio al indicar que los capiteles de la cripta pudieron ser colocados, pero no decorados en un primer momento y que su decoración se realizó en el mismo momento que los de la cabecera de la iglesia alta. Estos capiteles son interesantes por su primitivismo e ingenuidad, presentando problemas en cuanto a su datación y modelos seguidos, pero en ellos la recuperación del modelado escultórico, en un sentido estricto, es aún muy precaria. De cualquier modo, para algunos autores este tosco y sumario concepto de la talla de piedra es una muestra de lo que en Navarra se hacía en el campo escultórico antes de la creación y difusión de un arte relacionado con el Camino de Peregrinación.
obra
La cuñada de Van Gogh, Johanna Bonger, espera un hijo para el mes de enero de 1890. Vincent se siente feliz ante la noticia - especialmente al conocer que le van a poner su nombre si es un niño como así ocurrirá - aunque ligeramente receloso ante la posible pérdida de atención que pueda mostrar su hermano ante el nacimiento de un hijo. Quizá como homenaje elabore esta bella composición, inspirada en una estampa de Millet pero adaptada al lenguaje artístico de Vincent, tomando como punto de partida el Impresionismo. Así el escenario se llena de una potente luz solar que proyecta sombras malvas, resaltando las tonalidades amarillas y verdosas incluyendo toques de blanco en la escena. La pincelada es rápida y empastada, destacando los trazos caracoleantes que observamos en la parra o en algunos matojos, mientras las líneas de contorno están marcadas con un trazo oscuro que recuerda a Gauguin. Las "traducciones" de las estampas de Millet se pueden considerar auténticos originales donde Van Gogh expresa los profundos sentimientos que desarrolla en su interior.
contexto
Una edulcorada tradición habla de cómo León IX aceptó la designación como Papa por Enrique III a condición de que fuera -como así lo fue luego- aprobada por el clero y el pueblo de Roma. El nuevo Papa era, en efecto, hombre plenamente comprometido con las ideas de reforma. Así lo demostró rodeándose de un eficaz grupo de colaboradores bien conocidos por sus ansias de renovación. Entre ellos se encontraban el archidiácono de Lieja Federico de Lorena, Hugo Cándido, el cardenal Benon, Ogier de Perusa, Mainardo de Urbino, Hildebrando y, sobre todo, los máximos representantes de las facciones reformistas lotaringia e italiana: Humberto y Pedro Damián. El primero, monje en el monasterio de Moyenmoutier era hombre de sólida formación y fue elevado a cardenal y obispo de Silva Cándida. Se erigió en el principal teórico de la reforma en su sentido más radical. Pedro Damián, un ravenés ermitaño en Fonte Avellana era, desde tiempo atrás, el paladín de la reforma en la región de las Marcas. Aunque de un espíritu ascético a veces excesivo era, al contrario que Humberto, partidario de soluciones templadas en los temas de investiduras y de relaciones entre Papado e Imperio. La actuación de León IX durante sus cinco años de reinado (1049-1054) se dejó sentir en todos los rincones de la cristiandad. Los legados pontificios, provistos de plenos poderes, empezaron a convertir en realidad los ideas de reforma. El propio Papa fue un hombre personalmente activo que pasó buena parte de su vida recorriendo Europa. En los primeros meses de su gobierno presidió un sínodo en Pavía y otro en Reims en donde puso en evidencia a un nutrido grupo de obispos franceses que habían accedido a su cargo simoniacamente. A renglón seguido otro sínodo del clero alemán mantenido en Maguncia con la presencia del emperador condenó severamente el nicolaísmo y las prácticas simoníacas. En la primavera de 1050 un sínodo romano condenó los errores en materia eucarística de Berengario de Tours. Nuevas reuniones (sínodos de Vercelli y Augsburgo, conferencia con el emperador en Presburgo...) acrecentaron el prestigio de un Papa que, como cabeza de la Cristiandad, se hacía visible en buena parte del territorio europeo. Los últimos años de su gobierno fueron, sin embargo, poco afortunados. En 1053 León IX emprendió una campaña contra los normandos del sur de Italia que, acaudillados por Roberto Guiscardo, habían invadido el territorio pontificio de Benevento. El Papa fue derrotado en Civitella del Tronto y cayó prisionero. Sólo obtuvo la libertad a cambio de reconocer a los normandos la posesión de los territorios del Mediodía italiano que habían conquistado en los años anteriores. Igualmente desafortunado fue el intento pontificio (el mismo año de 1054) de dulcificar las relaciones con Constantinopla. La intemperancia del patriarca oriental Miguel Cerulario y la del embajador papal cardenal Humberto serían, en efecto, el detonante para un cisma que, si no definitivo, había de enrarecer peligrosamente las relaciones entre las iglesias latina y griega. Pese a estos fracasos, las líneas de reforma marcadas por León IX fueron seguidas por sus sucesores Víctor II (1054-1057) y Federico de Lorena, que tomo el nombre de Esteban IX (1057-1058). El viejo equipo de reformadores mantuvo la antorcha de la regeneración eclesiástica: en estos años, precisamente redactó Humberto de Silva Cándida su "Adversus simoniacos". Algunos autores han visto en este tratado el precedente doctrinal para la regulación de elección de Papa que se produciría en los meses inmediatos. En efecto, en 1058 y tras un forcejeo con la nobleza romana, los cardenales encabezados por Hildebrando elevaron al solio pontificio al obispo Gerardo de Florencia que tomó el nombre de Nicolás II. Su breve reinado (1058-1061) fue enormemente fructífero. En un concilio tenido en San Juan de Letrán en la primavera de 1059 se promulgó un importante decreto por el que se sustraía al emperador y a las facciones nobiliarias romanas el privilegio de designar Papa. En el futuro éste seria elegido por los cardenales obispos apoyados por los cardenales presbíteros y cardenales diáconos. Un cuerpo electoral que, por esas fechas, apenas sí rebasaría el medio centenar de miembros. En último término, los restantes clérigos y el pueblo de la ciudad prestarían su consentimiento. Como deferencia al emperador, el decreto añade una coletilla: la elección se haría siempre "Salvo debito honore et reverentia dilecti filii nostri Henrici". La habilidad política de Nicolás II se reafirmó con los pactos suscritos con los normandos del sur de la península: Roberto Guiscardo y Ricardo de Aversa obtuvieron la sanción pontificia para sus territorios conquistados y por conquistar: Apulia, Calabria, Capua, la isla de Sicilia. En estos belicosos caudillos tendrían los futuros pontífices unos eficaces aliados en su pugna con los emperadores alemanes. Más dilatado reinado que el de Nicolás II fue el de Anselmo de Luca, papa Alejandro II (1061-1073), elevado al solio pontificio en pugna con el obispo Cadaolo de Parma acusado por sus rivales de nicolaíta. Los mecanismos de la reforma seguían funcionando con eficacia. El nuevo Pontífice se manifestó como activo reformador enviando legados a los distintos reinos del Occidente y persiguiendo a los clérigos concubinarios de Cremona y Piacenza. En Milán estalló un movimiento reformista popular (la pataria) para combatir la simonía y el nicolaísmo de los clérigos de Lombardía. Con el tiempo, el movimiento fue adquiriendo unos matices antinobiliarios y anti alto clero que empezaron a ser sospechosos a la curia romana. En Alemania el Pontífice topó con mayores dificultades. La muerte de Enrique III en 1056 abrió un periodo de minoridad (la de su heredero Enrique IV) en el que la simonía retoñó con fuerza: las designaciones para las altas dignidades eclesiásticas se hacían en nombre del rey. Tuvo, sin embargo, el Pontífice un gesto de autoridad en los últimos meses de su vida: su oposición al intento de divorcio del joven soberano germánico y la excomunión de algunos de sus consejeros. En 1073 moría Alejandro II y el pueblo de Roma aclamaba como nuevo Pontífice a uno de los supervivientes de la generación de grandes reformadores: Hildebrando. El nuevo Papa tomó el nombre de Gregorio VII.
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La tradición señala que el primer rey fue Rómulo, hijo de Marte y rey en cierto modo mítico, al que había correspondido crear el primer ordenamiento político de la ciudad. Es además el rey epónimo, pues su nombre significa Romano. De él nos dicen las fuentes que, después de fundar la ciudad, habría buscado incrementar el número de sus súbditos por dos procedimientos: abriendo un asilo o refugio sobre la colina del Capitolio, donde se establecieron gentes marginadas de otras comunidades y comerciantes extranjeros, y raptando mujeres sabinas. Este último episodio se sitúa durante la celebración de las fiestas en honor del dios Conso, a las que habían acudido muchos sabinos y gentes de otros pueblos vecinos. Los hombres de Rómulo se apoderaron de sus mujeres. Tito Tacio, rey del pueblo sabino de Curi asaltó Roma y tomó el Capitolio. Posteriormente, ambas aldeas se fusionaron y llegaron a constituirse en una sola ciudad con dos reyes hasta la muerte de Tito Tacio. A través de este relato apreciamos el carácter abierto de la ciudad de Roma desde sus inicios. Individuos de distintos lugares y condiciones se acogieron al derecho de asilo que la tradición atribuye a Rómulo. Así, el sucesor de éste, Numa Pompilio, era un sabino, como también lo fueron Tulio Hostilio y Anco Marcio. Esto viene a probar la presencia de un importante número de sabinos en la Roma de los comienzos y, probablemente, la fusión inicial de dos comunidades distintas: la del Palatino, núcleo original de la ciudad, y tal vez la del Quirinal, ya que existen justificadas teorías sobre la existencia en esta colina de un poblado de sabinos emigrados del interior apenínico. Algunos de los ritos, cultos y costumbres sabinas pasaron a formar parte del patrimonio cultural romano desde épocas muy arcaicas. Por ejemplo, el culto al dios sabino Quirino, identificado por los romanos a veces con Marte y a veces con el divinizado Rómulo. Esta dualidad parece corresponderse con la existencia muy temprana de colegios sacerdotales dobles como los Luperci Quinctiales y los Fabiani. La existencia de las tres tribus primitivas -Ramnes, Tities y Luceres- y de triadas divinas, como Júpiter, Marte y Quirino, que es la más antigua, podría relacionarse con la anexión de una tercera colina, tal vez el Aventino, a la que, según la leyenda, se retiraría Remo, el hermano y rival de Rómulo. El Aventino fue también el centro de los cultos de la plebe romana durante las luchas patricio-plebeyas de los primeros tiempos de la República. Posteriormente, el número pasará a cuatro, con la anexión tal vez del Celio y así hasta culminar el proceso de unificación de las aldeas de las siete colinas. Aunque el proceso ordenado de la unificación de las colinas no puede establecerse con seguridad, sí sabemos con certeza que se fue produciendo un fenómeno de sinecismo entre las comunidades asentadas en las distintas colinas y que el núcleo primitivo de la ciudad fue el Palatino, tal como confirma la tradición y los hallazgos arqueológicos. Por esta razón, algunos historiadores dan a Rómulo el sorprendente pero preciso título de rey del Palatino, por ser esta colina el núcleo embrionario de la ciudad y porque ésta aún no se llamaba, casi con seguridad, Roma. El historiador Aulo Gelio dice expresamente que "el más antiguo pomerio, que fue creado por Rómulo, terminaba en la parte baja del monte Palatino". El pomerio (igual a post murum) era el límite de la inicial ciudad palatina. Si atendemos a la tradición, esta debía quedar protegida por algún tipo de muro o fortificación, ya que se ha conservado el recuerdo de dos puertas de la ciudad: la Mugonia y la Romanula, hacia el Oeste, o sea hacia el Rumón, que era la antigua denominación del Tíber y el auténtico origen del nombre de la ciudad. La tradición atribuye unas funciones concretas y específicas a cada uno de los primeros cuatro reyes. Así, Rómulo aparece como el fundador de la ciudad y el que instauró no sólo la institución monárquica, sino también los primeros órganos de gobierno: el Senado y las Curias. Numa Pompilio habría sido el artífice de las instituciones sociales y religiosas de la ciudad. Se le atribuye la creación de colegios sacerdotales, además de la reforma del calendario. Tulio Hostilio y Anco Marcio son presentados con funciones principalmente guerreras. Al primero se le atribuye la destrucción de Alba Longa y la creación de una curia destinada a la actividad jurídica, que fue llamada Curia Hostilia. Anco Marcio habría eliminado las aldeas situadas inmediatamente al sur de Roma (Politoro, Ficana...). Se le atribuye también la creación de unas salinas en Ostia y la construcción del primer puente de madera sobre el vado del río Tíber, el Pons Sublicius. Si tales actividades fueran ciertas, éstas habrían obedecido sin duda al incremento y la seguridad del tráfico como consecuencia del control de las salinas situadas en la desembocadura del Tíber.
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Coincidiendo con el inicio de la mejora climática y a lo largo de casi dos milenios (10.500-8200 a.C. según dataciones de C14), un conjunto recurrente del registro arqueológico ha permitido definir y conocer las características de los últimos cazadores-recolectores de la zona, definidos como la cultura Natufiense. Su contribución a las hipótesis sobre el origen de la agricultura se ha visto progresivamente reforzada, si bien no exenta de polémica y de limitación dificultosa. En efecto, el hecho de admitir una transición gradual de las características que permiten definir unas nuevas formas económicas y sociales obliga a revisar, dentro de los periodos de transición, a los últimos cazadores-recolectores, insistiendo especialmente en los aspectos socioeconómicos y los patrones de asentamientos debido al problema del sedentarismo de las poblaciones. La cultura natufiense, cuyas manifestaciones cubren una zona muy amplia que va desde la zona media del Éufrates hasta el sur del Neguev, presenta unos patrones de asentamientos caracterizados por la generalización del emplazamiento al aire libre; no obstante, se continúan ocupando algunos abrigos y las terrazas anteriores a los mismos. La mayor documentación procede de los campamentos situados al aire libre: Mallaha (Palestina), Ouadi Hammet 27 (Jordania), Mureybet y Abu Hureyra (Siria) o los asentamientos en la cueva y terraza de Hayonim (Palestina). La nueva orientación económica ligada a una explotación más intensiva y diversificada del medio ambiente próximo a los hábitats, propia de los cazadores-recolectores tardíos (cultura natufiense), propicia unos campamentos de mayores dimensiones y, más importante aún, con evidencias de un mayor esfuerzo arquitectónico. En efecto, las habitaciones, en clara continuidad tecnológica con las etapas anteriores, se presentan de planta oval o circular con diámetros de 3 a 9 metros, realizadas mayormente a partir de fosas semiexcavadas, y con el reforzamiento de las paredes con construcciones de piedra seca o revestimiento de arcilla. Aparecen novedades como los primeros adobes (Beidha, valle del Jordán) o un sistema mixto de construcciones de tierra y elementos vegetales en el interior (Mureybet, valle del Éufrates). Asimismo, merece especial mención el desarrollo que experimentan las estructuras del almacenamiento (silos, pequeñas depresiones ...). A pesar de todo, las novedades más significativas son, sin duda, la consolidación y en cierto modo la extensión de la agrupación de cabañas/abrigos, dispuestos de forma ordenada. Así, se distingue una agrupación alineada (Mallaha, valle del Jordán) o bien en forma de colmena (Hayonim, Palestina) que muestra la aparición de una diversificación de la función arquitectónica. La constatación de una doble categoría de asentamientos: por una parte, los poblados o campamentos base citados y, por otra, las evidencias de estaciones secundarias sin vestigios arquitectónicos propiamente dichos, interpretadas como pequeñas instalaciones de caza, nos indican un principio de jerarquización en el modo de ocupación del espacio. Para los poblados del primer tipo se ha seguido debatiendo su estatus de sedentarización. Los análisis de microfauna (roedores), de explotación de aves migratorias, y en general de los recursos explotados, junto con las evidencias más propiamente arqueológicas (construcciones con mayor esfuerzo invertido, mobiliario pesado, presencia de sepulturas debajo de los suelos de habitaciones), hacen mantener la hipótesis de unas ocupaciones permanentes de tipo sedentario. Esta hipótesis encaja notablemente con un modelo de ocupación relacionado con unas actividades económicas caracterizadas por una explotación intensiva de nichos económicos diferenciados y situados en la proximidad de los asentamientos. En efecto, la cultura natufiense se caracteriza como las demás manifestaciones culturales de estos momentos de cambio climático de finales del Pleistoceno/inicio del Holoceno, por una economía diversificada, en la que tradicionalmente se otorgaba un rol activo al consumo de los cereales, dando, consecuentemente, a estos grupos un papel importante en la transformación producida para estos productos vegetales. Actualmente no se admite que los natufienses se especializaran en la recolección de los cereales. Las informaciones actuales indican que por lo que se refiere a la alimentación vegetal los diferentes campamentos explotaban los productos que se encontraban en su medio ambiente más próximo. Leguminosas, frutos y cereales salvajes se reparten la preponderancia en función de las diferencias ecológicas; este mismo hecho se encuentra en la gama de recursos cárnicos con una preponderancia de pequeños rumiantes, siendo la gacela o los cérvidos las especies dominantes según sea el medio semidesértico o no. Los suidos y équidos también serán cazados en los ambientes más húmedos (Mallaha, Abu Hureyra). Especies menores, en especial aves acuáticas, perdices, tortugas y reptiles completarán los recursos en las diferentes zonas. Actualmente se tiende, pues, a considerar que la cultura natufiense no practica aún ningún tipo de estrategia preferencial en favor de los cereales o de las leguminosas domesticables, a menos que estas especies dominen naturalmente en el microambiente donde se establece el campamento, como en el caso de los cereales en Abu Hureyra. No obstante, se puede seguir considerando que en estos momentos se produce un avance significativo en el campo de la estrategia de los asentamientos y sus modos de ocupación. Las características de los mismos, tanto a nivel de extensión, de complejidad arquitectónica, de consolidación de estructuras especializadas como, por ejemplo, los silos, y zonas de molienda, encajan bien con la presunta sedentarización de la población. Hay que atribuir a estos momentos, pues, la creación del poblado o campamento base de tipo permanente, aun si éstos conviven y son complementarios de pequeñas instalaciones de tipo especializado como campamentos de caza, estaciones de descuartizamiento o zonas de trabajo de materias primas. Hay que hacer notar que estos primeros poblados natufienses con sus características típicas (casas circulares, molinos...) no expresan más que la intensificación de una evolución lenta, que comenzó mucho antes.
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El primer documento literario que suministra información explícita sobre una serie de comunidades cristianas y el clima general del cristianismo hispano a mediados del siglo III es una carta sinodal datada a fines del año 254 o comienzos del 255. Las referencias al cristianismo de Hispania anteriores a esta fecha tienen un carácter sumamente genérico y aparecen en contextos circunstanciales. Esta carta sinodal, que está firmada por Cipriano, obispo de Cartago, y 36 obispos africanos participantes en el sínodo, va dirigida al presbítero Félix y a las comunidades cristianas de León y Astorga, así como al diácono Elio y la comunidad de Mérida. Se trata de la respuesta a una carta previa -no conservada- entregada al obispo cartaginés por Sabino y Félix, en la que se exponía la situación siguiente: Basílides y Marcial, obispos de ambas sedes -del contexto de la carta parece deducirse que Basílides era obispo de Astorga y Marcial de Mérida, si bien no es seguro- habrían sido sacrificati (quiere decir que habrían sacrificado a los dioses romanos) durante la persecución de Decio (en los años 249-250), obteniendo el correspondiente libelo (certificado que los libraba de la persecución). Este hecho había generado la hostilidad de algunos obispos hispanos, así como de clérigos y laicos de ambas comunidades, razón por la que son depuestos de sus sedes, nombrándose a dos nuevos obispos en sustitución de los anteriores: Sabino y Félix. Como Basílides había ido a Roma obteniendo del obispo de la ciudad, Esteban, el consentimiento para seguir ocupando la jerarquía episcopal, el conflicto alcanzó, al parecer, una dimensión más amplia. De la carta se desprende una división de opiniones entre los obispos hispanos en contra y a favor de la continuidad de ambos en el episcopado. Los detractores deciden el concurso de otra autoridad eclesiástica que, sin duda, sospechan más favorable a su criterio. Ya antes, Cipriano había expuesto su opinión sobre los libeláticos, planteándose si éstos -no obispos, sino laicos- podían ser o no absueltos según el grado de presión a que se hubieran visto sometidos. No obstante, de la respuesta parece deducirse que además del problema concreto de su debilidad ante la presión oficial, ambos obispos eran objeto de otras muchas acusaciones. Cipriano no escatima adjetivos acerca de ellos, tales como idólatras, prevaricadores, blasfemos y les acusa además de haber cometido crímenes nefandos, si bien explícitamente sólo alude a la pertenencia de Marcial a un collegium tenuiorum (asociación funeraria), en el que, al parecer, habían sido enterrados sus hijos. Este hecho probablemente no fuera tan infrecuente en el cristianismo de esta época, no sólo por razones de escasa infraestructura propia -como la inexistencia de epígrafes y restos arqueológicos de estos años parecen probar- sino en razón de un código de comportamiento que sólo a lo largo de años y de un estrecho control por parte de las autoridades eclesiásticas irá delimitando y diferenciando las actitudes cristianas en el entorno social pagano. De hecho el detonante que había implicado su derogación como obispos había sido su condición de libeláticos. Sus detractores se habían asegurado la firme repulsa de Cipriano dibujando a ambos personajes con unos rasgos criminales tal vez exagerados. En todo caso, de la carta se desprende una serie de datos que arrojan cierta luz sobre el cristianismo de estos años. En primer lugar, la extensión del conflicto -que se percibe en el comentario sobre la división de opiniones de numerosos obispos acerca de estos acontecimientos- induce a pensar en la existencia de numerosas comunidades cristianas, con contactos directos entre ellas y vínculos a veces muy estrechos, lo que explica que el obispo Félix de Zaragoza intervenga activamente en el conflicto. Estas comunidades aparecen ya dotadas de una jerarquía eclesial que incluía a presbíteros y diáconos, con una importante participación de los laicos, ya que Cipriano recuerda que los nuevos obispos habían sido votados por los laicos de la comunidad, siendo posteriormente refrendada esta elección por los diversos obispos presentes. Sin duda las persecuciones supusieron para el conjunto de las comunidades cristianas un factor de dinamización que afectó tanto a su organización interna tendente a consolidar la estructura de la comunidad, como a la creación de unos guías o autoridades que, bien en función de la importancia de su sede episcopal o de su prestigio personal, actuaron resolviendo las situaciones que, una vez pasado el peligro, se habrían planteado. Así, en el caso de Basílides y Marcial, estas autoridades aparecen representadas por el obispo de Roma y Cipriano de Cartago, que reunía en su persona el prestigio de su sede y el de su alto nivel doctrinal. El mayor nivel organizativo alcanzado explicaría en parte que, durante la persecución de Decio, el número de libeláticos o apóstatas fue cuantioso en todo el Imperio y en la siguiente, la de Valeriano (en los años 257-258), no se conocen situaciones de este tipo.