La invasión mongola de 1241 provocó la ruptura de las instancias tradicionales del poder en Polonia. Durante el último decenio del siglo XIII Premislao II, duque de la Gran Polonia, intentó restablecer la unidad, siendo coronado como rey en Gniezno en el año 1295. Sin embargo, su labor no pudo verse consolidada al morir asesinado en 1296. Tras la breve dominación bohemia durante el mandato de Wenceslao II (1300-1305) y de su hijo Wenceslao III (fallecido en 1306), Ladislao I Lokietek o el Breve (1306-1333) impuso su autoridad con la ayuda del Papado sobre casi todo el territorio polaco, menos en la Gran Polonia (controlada por Enrique III de Glogau) y en Masovia. Ladislao, hermano del magnate Lesko el Negro, había luchado desde 1288 por la dignidad de Gran Príncipe, sometiendo Wislika, Sandomir, Sieradz y parte de la región de Cracovia. En 1309 incorporó la Gran Polonia a sus dominios. No consiguió ser coronado hasta 1320, año en el que recibió la corona polaca de manos de Janislao, arzobispo de Gniezno. La política exterior del nuevo monarca estuvo marcada por su carácter anti-germano. Así, llevó a cabo una campaña por el control de Pomerelia contra la Orden Teutónica, que finalizó con el arbitraje del Papa a través de una comisión presidida por Gerward de Kugavia; la legación, reunida en 1321 en Inowraclaw, dio la razón a la causa polaca, aunque sus disposiciones no se llevaron a la práctica. De igual modo, estableció una serie de pactos matrimoniales con algunas dinastías vecinas para mantener a raya a sus principales enemigos, la Orden Teutónica, el principado de Brandeburgo y el Reino de Bohemia; este es el caso de los enlaces entre su hija Isabel y Carlos Roberto de Hungría y entre su heredero Casimiro y la hija de Gedimino de Lituania. Casimiro III el Grande (1333-1370) sucedió a su padre a la edad de veintitrés años. Durante sus primeros años de reinado estableció una serie de pactos con la Orden Teutónica y con Brandeburgo, renunciando a los territorios entre los ríos Netze y Küddow. Polonia firmó junto a Bohemia y Hungría el I Tratado de Visegrado (1335), mediante el cual Juan de Bohemia renunciaba a sus derechos sobre el trono polaco a cambio del pago de 20.000 cuentos de groschen bohemios; a su vez, Casimiro abandonaba sus pretensiones sobre Silesia, Plock y Pomerelia. El II Tratado de Visegrado (1339), estipulado entre Polonia y Hungría, confirmó a Luis de Anjou, hijo de Carlos Roberto de Hungría, como heredero del trono polaco, tras comprometerse a recuperar Pomerelia, a designar funcionarios y colaboradores entre los naturales del país, a mantener los privilegios nobiliarios y a no crear nuevos impuestos. El Tratado de Kalisch (1343) selló la perdida definitiva de Pomerelia, Kulm y Michelau en beneficio de la Orden Teutónica, aunque también significó la recuperación de Kujavia y Dobrzyn. Pese a la gran labor diplomática de Casimiro, el monarca no pudo evitar el enfrentamiento armado con Lituania, que llegó a alargarse por un periodo de veintiséis años. En 1340 el ejército polaco ocupó Halicz y Lemberg, mientras que Lubart de Lituania tomó Wolhynia. Casimiro organizó una ofensiva sin gran éxito contra Lituania entre 1351 y 1352, en la que colaboraron tropas húngaras. Tras la firma de una efímera tregua en 1352, Polonia incorporó a sus dominios los territorios lituanos de Wolhynia occidental y Wladimir (1366). El monarca reorganizó la administración de los enclaves lituanos (Pequeña Rusia), encabezada por el estaroste o gobernador; las ciudades de Lemberg, Rzeszow, Sanok y Kolomea recibieron el Estatuto de Magdeburgo y Halicz se convirtió en sede metropolitana de una comunidad todavía pagana. Casimiro también tuvo que hacer frente por la vía de las armas al Reino de Bohemia, que siguió hostigando los dominios polacos, pese al compromiso de Visegrado. Su actuación alcanzó grandes resultados, ya que reincorporó a la Corona una serie de territorios: Fraustadt (1343), Masovia (1351), Kujavia (1364), la llamada Nueva Marca (1365) y Deutsch-Krone (13ó8). Casimiro consolidó las bases institucionales del Reino, a través de la reorganización de la Administración. En 1365 creó el Consejo Real, órgano que tuvo que competir durante su reinado con las asambleas locales de nobles y clérigos (colloquia o zjazdy); perfeccionó el cargo de estaroste, de origen bohemio, aumentando sus competencias en el orden político, militar y jurídico; dividió el territorio en una serie de estarostías (antiguas castellanías); estableció nuevas dignidades como la de voivoda (jurisdicción sobre los judíos del Reino), vicecamarlengo (jurisdicción sobre las fronteras) o burgrave (gobierno de las ciudades de la Pequeña Polonia). El rey Casimiro también dotó de un corpus escrito de leyes a la Corona, proyecto en el que colaboraron el arzobispo de Gniezno, Jaroslav Borgorya Skotnicki; el canciller Juan Suchywilk Strzelecki; el alcaide de Cracovia, Spytek, y el obispo de Cracovia, Juan Grot. Dicha inquietud dio origen a las reglamentaciones escritas de Wislica (Pequeña Polonia) y de Petrikau (Gran Polonia) en el año 1347. Las ciudades con derecho alemán mantuvieron su autonomía, aunque perdieron el derecho de apelación a la metrópoli. El soberano instituyó además los Tribunales Supremos de Cracovia y Kalisch (1365). Las reformas de Casimiro III también afectaron al ejército. Así, estableció un primitivo servicio militar, relacionado con la propiedad de la tierra, pero al que se incorporaron los habitantes de las ciudades y los clérigos, estos últimos por representación. La baja nobleza adquirió un gran protagonismo en el ejército (milites scartabelli), al beneficiarse de las jugosas recompenses ofrecidas por la Monarquía para aquellos que participaran en las expediciones al extranjero. El comercio se vio revitalizado con la concesión de numerosos privilegios de depósito y de mercado para las ciudades. La comunidad judía, numerosa en las villas, vio confirmado y ampliado el privilegio de 1264, al quedar exenta de la justicia ordinaria. Desde el punto de vista cultural cabe destacar la fundación del "Studium" de Cracovia (futura universidad) en 1364, siguiendo el modelo de la universidad de Bolonia, y el florecimiento del gótico de procedencia bohemia. Las reformas monárquicas no contaron con el beneplácito de todas las instancias sociales, ya que en 1352 estalló una revuelta aristocrática en la Gran Polonia, acaudillada por Macieko Borkowicz. Luis I de Hungría (1370-1382) sucedió a Casimiro III, tras la repentina muerte de éste, ocurrida durante una cacería. Fue coronado en Cracovia, según lo estipulado en el II Tratado de Visegrado, y regresó a Hungría, delegando las tareas de gobierno en su madre Isabel. El Estatuto de Kosice (1374) selló el acuerdo entre la nobleza, el clero y las ciudades para asegurar la sucesión al trono, mediante el cual se admitían los derechos sucesorios de las hijas de Luis, anulando las disposiciones del Convenio de Ofen (1353), que tan sólo toleraba la sucesión angevina por vía masculina. Luis, más interesado por los asuntos húngaros e italianos, abandonó el país en manos de la nobleza. Isabel tuvo que abandonar la regencia, así como su sucesor desde 1379, Ladislao de Oppeln, acusado de defender los intereses de la Orden Teutónica. La alta nobleza consiguió imponer un triunvirato presidido por el obispo de Cracovia, que tuvo que hacer frente a una revuelta generalizada en la Gran Polonia y Masovia y que, a su vez, impuso el Cristianismo romano en la Pequeña Rusia por la fuerza de las armas.
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Si las Monarquías sueca y danesa lograron finalmente el sometimiento de las respectivas noblezas, imponiendo aunque no sin grandes dificultades el absolutismo, la Corona polaca no tuvo el mismo éxito en esta tarea, lo que se convirtió en un pesado lastre que terminaría por hundir la nave del inestable e inoperante Estado. Mientras que en buena parte de la Europa occidental y nórdica se construían poderes centralizados, donde el autoritarismo regio era la clave del sistema, alcanzando incluso algunas Monarquías la consideración de derecho divino con todo lo que ello implicaba de exaltación y fortalecimiento de su poder, la situación era muy diferente, por opuesta, en el caso polaco, donde la Monarquía, que seguía siendo electiva, era muy débil, al igual que su aparato de gobierno, frente a la casi omnipotente nobleza de corte feudal, integrada no sólo por la alta aristocracia de magnates y grandes señores, que controlaban la Dieta, sino además por la tan conocida "szlachta", baja nobleza turbulenta y díscola que se hacía más presente en las dietinas provinciales. Tanto en estas pequeñas asambleas como todavía con mayor trascendencia en la Dieta general, desde finales del siglo XVI se adoptó cada vez con más frecuencia por parte de los representantes nobiliarios allí congregados la utilización del derecho del "liberum veto", que suponía la necesidad de alcanzar cualquier acuerdo por unanimidad, es decir, que un solo miembro de la Asamblea podía oponerse a la decisión de los demás, aunque éstos constituyeran la inmensa mayoría. Por este procedimiento se bloqueaba una y otra vez el mecanismo de las reuniones legislativas, dificultándose muy mucho el normal funcionamiento de las mismas. La sagrada libertad individual de los integrantes de la Dieta y de las dietinas se anteponía, pues, a los intereses colectivos y a las necesidades nacionales, no pudiendo hacer la Monarquía prácticamente casi nada por propia iniciativa al estar prisionera de este sistema oligárquico, que de hecho se convertía en una especie de república aristocrática donde predominaba una gran anarquía y la defensa de los intereses particulares. La nobleza tenía además el derecho de desobediencia al rey, posibilidad de insurrección que la Corona no pudo contrarrestar sino a cambio de tener que acatar de continuo las presiones de la nobleza. La incapacidad de constituir un eficaz aparato de poder centralizado y la actuación disolvente de los grupos aristocráticos no fueron únicamente las causas de la profunda decadencia en que se hundió Polonia en el transcurso del siglo XVII. Una organización social retrógrada, feudal, con una estructuración tremendamente polarizada donde el campesinado, mísero y casi esclavizado, se encontraba sometido a la más brutal y opresiva servidumbre; con una clase media casi inexistente, a pesar del pequeño núcleo de burgueses que se enriquecieron con el comercio; y con una nobleza todopoderosa, egoísta y defensora a ultranza de sus intereses clasistas, influyó también decisivamente en la postración de Polonia, que presentaba por otra parte en su inmenso territorio notables diferencias de pueblos, de lenguas, de creencias que ahondaron aún más las divergencias interiores y fueron fuentes de repetidas tensiones y conflictos. Por si todo esto no bastara, poderosos enemigos exteriores la rodeaban, deseosos de aprovecharse de su debilidad y a la espera de oportunidades para extender sus dominios a costa de la tierra polaca. Con este deteriorado telón de fondo, el devenir político de la Monarquía polaca, ocupada durante bastante tiempo por extranjeros ante el temor de la oligarquía de que alguna familia nativa alcanzara excesivo protagonismo y se impusiera a los restantes linajes, fue de fracaso en fracaso en su intento de fundar un Estado de corte moderno, de aumentar su autoridad y su prestigio, de imponer un relativo orden en la anarquía que dominaba la vida política y de intentar algunas empresas exteriores para no verse aislada y no quedar al margen de las conflictivas y expansionistas relaciones internacionales, objetivo este último que no conseguiría, no pudiendo impedir tampoco que las potencias vecinas fueran las que penetraran en su territorio y se apoderaran de una buena parte de él. Segismundo III Vasa (1587-1632) conoció bien estas frustraciones interiores y exteriores del trono polaco. No fue capaz de implantar una Monarquía hereditaria ni de imponer el absolutismo sobre las prerrogativas nobiliarias, a pesar de que lo intentó con insistencia, ni tampoco conseguir sus tan deseados proyectos de ver a su hijo Ladislao como zar de Rusia y de recuperar el trono sueco, teniendo que aceptar por contra la tregua de Altmark (1629), que le fue impuesta por Gustavo Adolfo y que implicaba la renuncia a sus aspiraciones de gobernar de nuevo en Suecia. Su hijo, Ladislao IV (1632-1648), tuvo que adoptar una actitud similar, pero esta vez en relación con Rusia, pues aunque pudo frenar la ofensiva moscovita lanzada cuando se iniciaba su reinado, por la paz de Polianov (1634), firmada a continuación, abandonaba sus pretensiones de convertirse en soberano de la gran Rusia. La etapa de Juan Casimiro V Vasa (1648-1668) fue especialmente crítica para Polonia. Conocida como los tiempos del diluvio, contempló la sublevación de los cosacos del Dnieper, los zaporogos, que iniciaron su levantamiento en respuesta a la colonización polaca de Ucrania, que les llevó a cambiar el reconocimiento de la soberanía de Polonia por la de Rusia tras recabar la ayuda del zar, quien no desaprovechó la ocasión para aceptar el vasallaje de estos cosacos y para penetrar en Lituania y Ucrania. Quien tampoco dejó pasar esta inmejorable oportunidad para extender sus dominios fue el monarca sueco Carlos X Gustavo, que, aliado con el elector de Brandeburgo, ocupó Polonia llegando incluso a entrar en Varsovia. La Corona polaca pasó por serios apuros en este crítico momento, estando a punto de ser incorporada al trono sueco, pero las acciones de las fuerzas invasoras provocaron un movimiento nacionalista que obligó a los suecos a retroceder hacia el Norte, a la vez que el elector de Brandeburgo retiraba su apoyo a cambio de obtener la soberanía del ducado de Prusia, a la que tuvo que renunciar el rey polaco. De todas maneras, las pérdidas territoriales de Polonia fueron importantes a favor de Suecia y Rusia, mayormente en las zonas de Livonia, Ucrania y la Rusia Blanca, tal como se recogían en los tratados de Oliwa (1660) y de Andrussovo (1667).
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Gracias a su aislamiento, Polonia, como resultado de la unificación llevada a cabo por la familia Piast, surge en el siglo X con entidad propia en la frontera con el imperio germánico. Su potencial militar, basado en la comitiva del príncipe, facilitó el control de las encrucijadas comerciales que conectaban el Báltico y la cuenca central del Danubio, así como el este de Germania con la cuenca del Dnieper. Esta posición privilegiada, unida a la cristianización y directa vinculación a Roma, tendrá para el futuro consecuencias incalculables, pues en adelante actuará como avanzada de Occidente frente a la Europa oriental. Sin limites fijos, sus fronteras serán continuamente alteradas a tenor de su propia expansión y de la presión de sus vecinos, evolucionando hacia un futuro incierto. Hasta el primer tercio del siglo XII, los Piast, mediante una política de conquistas, ejercen un fuerte control de la situación, pero a partir de esa fecha se produce una anarquía generalizada. Las circunstancias que determinan el cambio son de índole interna y de tipo externo. Entre las primeras, hay que mencionar las luchas dinásticas, que se prolongarían durante los siglos XII y XIII. Al calor de estas contiendas, la nobleza se fortalecerá con amplios privilegios, así como el alto clero, y ambos sectores sociales minarán las bases del poder real. Por otro lado, la debilidad interna sería aprovechada desde el exterior por el Imperio alemán para consolidar su avance hacia el este. Frente a esta precaria situación política, en el siglo XIII se observa cierto crecimiento económico y progreso en el ámbito cultural, favorecidos ambos por el afianzamiento general de la Iglesia y por la presencia germana. En el ano 966, Polonia afirma su constitución, como nuevo Estado occidental frente a los otones, con la conversión al cristianismo de Mieszko I (960-992) y el establecimiento de la primera sede en Poznan (Posen), vinculada directamente a Roma. Al someterse a la jurisdicción romana, Polonia creía haber eliminado el pretexto para una futura intervención alemana, pero la lucha contra el Imperio sería una de las constantes que marcarían su naciente historia. De ahí que sus proyectos fueran, por un lado, mantener su independencia y, por otro, ensanchar sus límites. En este sentido, Mieszko extendió su influencia por el norte hacia Pomerania y por el sur controló parte de la Rutenia Roja y Silesia. Conquistas que serían ampliadas por su sucesor, Boleslav I (992-1025), el verdadero organizador de Polonia, que se impuso como metas: la unión bajo su mandato de todos los eslavos occidentales y la creación de un Estado, según el modelo europeo, que ofreciera ante el Papa y el emperador la garantía de la realeza. Realizó en dos fases su política expansionista. En la primera, iniciada entre los años 992-994, ocupará la Pomerania Oriental, con la que lograría el ansiado acceso al Báltico por Gdansk (Dantzing). En esta zona, fundó el obispado de Kolobrzeg, pero los intentos de cristianización se verían frustrados por el asesinato de san Adalberto de Praga. Los restos de éste fueron enterrados en Gniezno (Gnesen), primera capital polaca que, poco después, en el año 1000, con ayuda imperial, seria elevada a metropolitana, integrándose bajo su jurisdicción las nuevas sedes de Kolobrzeg, Cracovia, Wroclaw (Breslau) y Poznan. En la segunda, se extenderá por el sur, ocupando Moravia, parte de Eslovaquia, e interviniendo militarmente en Kíev. A la muerte de Otón III, incorporará Lusacia, Misnia y ejercerá el control de Bohemia durante algunos años. El nuevo emperador Enrique II se vería obligado a frenarle, consiguiendo su retirada de Bohemia y que firmara la paz de Bautzen en 1018, a cambio de cederle Lusacia en calidad de feudo imperial. La reunificación de los eslavos centroeuropeos, en virtud de las campañas militares realizadas por Boleslav, parecía un éxito y, en los últimos meses de su vida, pudo cumplir el segundo objetivo de obtener el titulo de rey, al ser coronado como tal por el arzobispo de Gniezno. Sin embargo, a su muerte, las luchas internas por el poder hicieron acto de presencia y allanaron la contraofensiva de los Estados vecinos. El nuevo rey Mieszko II (1025-1034) tuvo que reconocer la superioridad del Imperio y perder, en favor de los Estados colindantes, la mayor parte de las conquistas de su padre: san Esteban recuperó Eslovaquia en 1027; Bratislav de Bohemia, Moravia; Yaroslav de Rusia, Rutenia; y Canuto el Grande de Dinamarca incorporó a su Imperio la Pomerania, en 1031. El retroceso territorial y los conflictos dinásticos conducirían a una insurrección general. Esta se manifestó en levantamientos campesinos, enfrentamientos entre cristianos latinos y ortodoxos, quema de monasterios y matanzas de clérigos por parte de los sectores paganos... Un proceso anárquico que culminó con la pérdida de Silesia a manos de Bratislav de Bohemia, en 1038. Polonia se hallaba al borde de la desintegración. Si ésta no se produjo, fue gracias a la intervención del Imperio, que si bien no había permitido su engrandecimiento, tampoco iba a consentir el de Bohemia, por lo que colaboró activamente en la subida al trono de Casimiro I (1040-1058). Este, con apoyo del emperador Enrique III y de las jerarquías eclesiásticas y aristocráticas del país, rescata Silesia, traslada la capital a Cracovia y restablece el orden. Pero el precio a pagar por dicha ayuda iba a tener graves consecuencias: por un lado, hubo de renunciar al titulo de rey y aceptar la situación de vasallaje con respecto al Imperio; por otro, la influencia de los grandes se dejaría sentir en adelante a través de la imposición de un consejo permanente en torno al rey para compartir y limitar sus funciones. Boleslav II (1058-1079) prosigue la obra de restauración iniciada por su antecesor. Aprovechando el gran conflicto Imperio-Pontificado, apoyó a Gregorio VII para contrarrestar la influencia alemana y sacudirse la tutela del consejo. En 1076, coincidiendo con la humillación de Enrique IV en Canosa y habiendo obtenido resonantes éxitos frente a la Rusia de Kíev, Hungría y Bohemia, recupera la Corona. Sin embargo, frente a los grandes, fracasaría, pues su política prorromana le granjeó la enemistad de la nobleza y parte del clero, quienes le expulsaron del trono situando en el a su hermano menor, Ladislao I (1079-1102), fiel instrumento al servicio de sus intereses. El siglo XII se abre de nuevo con la guerra civil, saliendo vencedor Boleslav III Boca Torcida (1102-1138), que se impone la tarea, como sus homónimos, de engrandecer Polonia. Para ello, conquista Pomerania, restableciendo el acceso al mar, y derrota a Enrique V cerca de Breslau, deteniendo el avance germano. De ahora en adelante, los alemanes tendrán que utilizar como vehículos de penetración a monjes, colonos y mercaderes. De cara al interior, completaría la organización del Estado y de la Iglesia. Esta obra se vio oscurecida por la creación en su testamento del "Seniorado", institución que pretendía evitar conflictos de herencia entre sus hijos y que dividió a Polonia en cinco ducados independientes: Gran Polonia, Silesia, Mazovia, Sandomierz y Pequeña Polonia con capital en Cracovia. Este último correspondería al miembro más antiguo del linaje Piast, junto con el titulo de Gran Duque que, como "primus inter pares", mantendría la unidad polaca. Sin embargo, este sistema no evitó las disputas dinásticas; al contrario, sus consecuencias fueron gravísimas. Polonia se vio lanzada a la división en principados independientes, algunos de los cuales acabarían desapareciendo en medio de la fuerte progresión alemana hacia el este y, asimismo, se desencadenaron sangrientas contiendas civiles, que serían aprovechadas por el alto clero y los magnates para su fortalecimiento, en menoscabo del poder real o ducal. Polonia se derrumbaba, y si pudo salvarse se debió fundamentalmente a la debilidad de los Estados limítrofes. De la etapa siguiente cabría destacar: - La asamblea de Lenczyca de 1180 (primer precedente del senado polaco), donde se derogará oficialmente el testamento de Boca Torcida y los grandes obtendrán importantes exenciones y privilegios. -El avance de los caballeros teutónicos que desde 1228 conquistaran Prusia y levantaran una formidable barrera que cortara a Polonia el acceso al mar. -El ataque mongol de 1241 que asolara el país y cuya consecuencia más importante será la solicitud de ayuda a colonos alemanes para roturar y colonizar nuevos territorios y para activar la economía de ámbito urbano. Después de dos siglos de anarquía feudal y de continuas agresiones de los países vecinos, Polonia tendría que encaminar sus esfuerzos a reunificar los diferentes principados y asegurar el poder real.
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A lo largo del siglo XVIII el reino polaco se fue sumiendo en una profunda decadencia. A pesar de que nunca había tenido un papel dirigente en las relaciones internacionales, su identidad nacional había cristalizado tiempo atrás y gracias a sus excedentes agrícolas había tenido una función destacada en el comercio hanseático. Sin embargo, el panorama cambiaría ahora de manera radical; la escasa vitalidad de sus instituciones, dominadas por una oligarquía de magnates y de rancios grupos nobiliarios, junto con una debilidad de la Monarquía, electiva y no hereditaria, que nunca pudo jugar un papel rector en la vida política del país hacen posible la dominación extranjera, a través de la dinastía sajona reinante, y la permanente intromisión de las potencias vecinas como Rusia o, cada vez en menor medida, Suecia. Los intereses foráneos se impondrán de tal manera que se acaba distorsionando la realidad nacional, cuando se celebren los tratados de repartición de su territorio, hasta lograr la desaparición del país. Por eso, al comenzar la centuria decimonónica la nación polaca había desaparecido, y sus súbditos a partir de entonces deberían acatar otras soberanías. La historiografía clásica divide este período en dos fases claramente diferenciadas: la época sajona, que ocupa la primera mitad de la centuria, así llamada por el origen de los dos monarcas, electores de Sajonia, Augusto II y Augusto III. La segunda es la época de las Luces, más nacionalista, el reinado E. A. Poniatowski, combinando el triunfo de la Ilustración con la tutela rusa que le llevó al trono.
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La resistencia polaca tras la ocupación de 1939 no aspira sólo a expulsar al invasor, sino a hacer sobrevivir al país como tal, como comunidad; nadie ignoraba, y los polacos tampoco, que Hitler pretendía suprimir Polonia (12). De ahí el comportamiento particularmente inhumano de los invasores. De ahí, también, que la unanimidad antialemana haya sido una de las características de la resistencia de este país, y a que los alemanes no hubiesen encontrado un solo "Quisling". Tras la derrota se forma un gobierno en el exilio de Londres, cuyo presidente es el general Sikorski -octubre de 1939- y, pronto, un ejército -80.000 hombres- formado por los evacuados y los residentes en el exterior. El SOE británico ayudará a la resistencia interior. Esta, en las zonas directamente anexionadas por Alemania o por la URSS, y debido sobre todo al mayor control y a la expulsión de la población polaca, será muy limitada, al contrario que en el territorio del "protectorado" alemán del Gobierno General, donde trata de subsistir una administración polaca y donde se inicia la resistencia con algunos grupos espontáneos. A fines de 1940 éstos se fusionan en el Ejército del Interior -AK-. Surgen redes de información, que advertirán sobre el ataque alemán a la URSS -pero no se les creerá-, sobre las armas V-1, y acerca de los campos de exterminio. La enseñanza universitaria, prohibida, subsistirá clandestinamente. El Gobierno de Londres prohíbe en 1939 los sabotajes no englobados en planes de conjunto. A partir de 1941 estos actos se incrementan notablemente, llegando a su punto culminante en 1944. Entre los años 1942 y 1944 se destruirán miles de locomotoras y vagones y se llevarán a cabo 6.000 atentados. Durante mucho tiempo la Resistencia polaca será hostil a la URSS. Cuando este país es invadido por Alemania, se forma la Unión de Patriotas Polacos y su brazo armado, la Guardia Popular, en la zona oriental, y más tarde se crea un Gobierno comunista polaco en el exilio, conocido posteriormente como Gobierno de Lublin. Pero las relaciones entre éste y el establecido en Londres nunca serán buenas e incluso empeorarán (13). Sólo en 1944, cuando los soviéticos se acercan a Polonia en persecución de los alemanes, la AK da orden de no atacar a los soviéticos, pero no acepta la incorporación de sus fuerzas al Ejército Rojo, "que nuevamente nos agrede". Paralelamente, los partisanos del Gobierno de Lublin prosiguen su actividad contra los alemanes. En esto, se produce un hecho resistente con un matiz propio: la insurrección del ghetto de Varsovia. Las matanzas, el hambre y las deportaciones habían acabado exasperando a la comunidad hebrea de la capital, reducida a 90.000 miembros un total de casi 400.000. Desde 1942 los judíos se habían organizado y creado algún grupo de resistencia, con alguna ayuda en armas de los polacos gentiles, y trataban de defender lo que quedaba del ghetto. El levantamiento se desencadena el 19 de abril de 1944, y la lucha dura hasta el 26, aunque algunos focos persistirán hasta mediados de mayo. Los judíos sufrirán 7.000 muertos; otros tantos serán deportados y unos 5.000 morirán bajo las ruinas. El ghetto será destruido sistemáticamente. Los alemanes tuvieron unos 100 muertos. Tres meses después, estalla una nueva insurrección en Varsovia. En las zonas liberadas por los soviéticos durante su avance se va estableciendo la autoridad del Gobierno de Lublin que, sobre la marcha, inicia profundas reformas económico-sociales. Para adelantarse a la liberación de las ciudades por los soviéticos, el AK tratará de ocuparlas. Este es el caso de Varsovia cuando el Ejército Rojo alcanza la orilla derecha del Vístula: el Gobierno de Londres opta por la insurrección, decisión política más que militar, de la cual los aliados no sabían nada. Aquélla estalla el 1 de agosto. Los insurrectos armados son 20.000 -del AK- y pronto se les unen comunistas de la Guardia Popular. Con tardanza, los británicos envían suministros a "esos irresponsables", y con mayor tardanza, los soviéticos lanzan paracaidistas sólo el 10 de septiembre. El 28 cesan los combates sin resultado apreciable para los patriotas, que han tenido un elevado número de muertos y heridos, además de las víctimas producidas entre la población civil, e ingentes destrucciones. Por estas fechas los alemanes comienzan a retirarse de Polonia. Tras la ofensiva soviética de enero de 1945 -en la que participan soldados y partisanos polacos- Moscú disuelve la AK y reconoce a un Comité de Lublin como Gobierno Provisional de Polonia. El Ejército polaco del Exterior, dependiente del gobierno de Londres, combatirá por su parte en Francia, Noruega, en la batalla de Inglaterra, en el norte de África, en Italia, Normandía, Holanda y Alemania; el Ejército del Gobierno de Lublin combatirá a la URSS, Checoslovaquia, Alemania y la propia Polonia. En mayo de 1945 había 600.000 soldados polacos enrolados, de los cuales 300.000 en el frente. Y habrá polacos en las resistencias francesa, holandesa, belga, danesa, noruega y soviética.
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Junto a Rusia, el Realismo en Europa oriental tiene también incidencia en Polonia y en Hungría. En el caso polaco, su seguidor más representativo fue Ian Matejko (1836-1893), fervoroso cultivador de temas nacionales, a través de lienzos de gran formato, en los que se intenta transmitir al pueblo el pasado glorioso de su patria. Son de esta factura los titulados Pleitesía de Alberto de Prusia a Segismundo el Viejo de Polonia (1881) y Sobieski liberando a Viena (1889, Roma, Museo Vaticano). Partidario de "lograr la fuerza expresiva de los personajes, más que la pureza de la línea", según sus propias palabras, Matejko destacó también en el campo del retrato y en la ejecución de temas religiosos. En el caso de Hungría es Milhaly Munkacsy (1844-1900) quien se configuraría como el más preclaro representante del Realismo. Un realismo directamente inspirado en el francés, puesto que en 1867 conoce de primera mano la obra de Courbet y en 1870, tras obtener en el Salón de 1870 una medalla de oro por su cuadro Ultimo día de un condenado (Budapest, Galería Nacional Húngara), se instala en París. Sus temas, de fuerte contenido dramático, muy bien pueden compararse con el realismo comprometido de los pintores rusos, siendo un válido ejemplo de ello Fabricando vendajes (1871, Budapest, Galería Nacional Húngara). Además de Munkacsy, el realismo húngaro tiene otro significado representante. Se trata de Lászlo Paál (1846-1879), que recibió la influencia de la Escuela de Barbizon.
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Tras estos tiempos calamitosos el Reino polaco quedó totalmente hundido y empobrecido, destrozado por los efectos de las invasiones y de las guerras en que se vio implicado. Una pretendida reacción de Juan Casimiro V para hacer frente al desastre interior que se padecía, mediante unos proyectos de reforma institucional y de supresión del "liberum veto", fue pronto abortada por un levantamiento en su contra de la nobleza. Cansado de tanto esfuerzo inútil y completamente desanimado, el rey abdicó en 1668, planteando de nuevo a la Dieta el espinoso tema de la elección de otro monarca. Como había sido frecuente hasta entonces, aparecieron varios candidatos extranjeros más o menos apoyados por las potencias que solían inmiscuirse en los asuntos polacos (Austria, Francia), pero en esta ocasión salió elegido un príncipe polaco, Miguel Korybut Wisniowiecki (1669-1673), que en su breve reinado tuvo que enfrentarse a la ofensiva turca contra Polonia, una más que se sumaba a las invasiones anteriores. En un primer momento no pudo frenarse el avance de los otomanos, que se apoderaron de la Podolia y de la Ucrania polaca, aunque en 1673 el que ya se estaba convirtiendo en brillante militar, el mariscal Sobieski, pudo derrotarlos. Este triunfo le valió ser nombrado rey a la muerte de Korybut. El nuevo monarca, Juan III Sobieski (1674-1696), polaco como el anterior, destacaría sobre todo por su lucha contra los turcos, alcanzando un éxito resonante en toda Europa al lograr salvar a Viena del asedio otomano. Sin embargo, en los asuntos internos este destacado personaje nada pudo hacer para sacar a Polonia del lamentable estado en que se hallaba, ni para superar la profunda crisis política, económica y social en que había caído. A su muerte, un candidato extranjero, el elector de Sajonia Federico Augusto, ocuparía el trono como Augusto II, reiniciándose así la presencia de soberanos no polacos, buena prueba de que los destinos nacionales se decidían muchas veces fuera de las propias fronteras del Reino.
contexto
Los cambios más decisivos no sólo para Europa del Este sino para el conjunto del sistema soviético, e incluso para la evolución del mundo, se produjeron en Polonia. Allí se puso en marcha una evolución cuyo resultado final había de hacerse patente a finales de los ochenta. En Polonia el incremento de precios llevado a cabo por Gomulka al final de 1970 tuvo como consecuencia manifestaciones en Gdansk que dieron como resultado entre setenta y cinco y ciento cincuenta muertos; así arruinó Gomulka el poco prestigio que le quedaba como "comunista nacional". Fue -merece la pena reseñarlo- la primera ocasión en que un gobernante del Este de Europa fue desplazado directamente como consecuencia de una protesta popular. Gierek, que le sustituyó, tenía un estilo más directo y negociador. No se tomaba como un ideólogo ni había tenido contactos con la URSS sino que su trayectoria era la de un joven y modesto emigrante a las minas belgas. Gierek dominó la política polaca durante una década con un estilo peculiar, que incluía las consultas a la clase obrera en las propias fábricas cuando había un conflicto y la aceptación de que se empezara a reconstruir el castillo de Varsovia, símbolo de la independencia polaca. Gierek, cuya gestión previa le había dotado de una sólida popularidad en Silesia, realizó una leve purga en el partido y prometió que los campesinos adquirirían la propiedad definitiva de la tierra que cultivaban. Además, estableció buenas relaciones con el Vaticano, con quien tuvo relaciones diplomáticas en 1974. Por lo tanto, la gestión de Gierek pareció basarse en una especie de profundización en una vía nacional del comunismo. La primera parte estuvo principalmente dedicada a las reformas económicas y la segunda a sus consecuencias, que no fueron en absoluto positivas para la estabilidad del régimen. Gracias a concesiones a los campesinos y a los préstamos occidentales, entre 1971 y 1975 los salarios reales se incrementaron un 40% mientras el previsible problema a medio plazo no fue percibido por el momento. La deuda quintuplicó en 1970-1973 y en 1975 había llegado a 8.500 millones de dólares, en el ínterin la dependencia del mercado occidental llegó hasta la mitad del comercio exterior. Mientras tanto, prosiguió la construcción de grandes industrias de destino impredecible. Cuando vino la crisis pudo exportar menos carbón y las importaciones fueron más caras pero, además, el peso de la deuda se convirtió en literalmente insoportable. Mientras tanto, la oposición crecía y la sociedad polaca se demostraba capaz de imponerse al Partido Comunista. La Iglesia y los intelectuales consiguieron suprimir de la Constitución de 1975 cláusulas sobre el papel dirigente del partido, reducido a la condición de tan sólo "vanguardia", y sobre la naturaleza de las relaciones entre Polonia y la URSS. En el verano de 1976 se reanudaron unas protestas sociales que Gierek tan sólo había logrado anestesiar y, como consecuencia, fueron saqueadas las oficinas del partido en Radom: murieron dos personas, 2.500 fueron detenidas y más de trescientas sentenciadas a diversas penas. La protesta tuvo un carácter nacional y tal intensidad que la propia policía debió actuar con prudencia. Como respuesta, Gierek trató de conseguir que la Iglesia y la intelectualidad disidente permanecieran como antagonistas y para ello se acercó a la primera, pero no consiguió nada. En septiembre de 1976 Jacek Kuron, perteneciente a la segunda, formó el KOR, Comité de Defensa Obrera, destinado a defender a los perseguidos por las protestas; fue la manifestación inicial del nacimiento de una sociedad civil. Por vez primera el partido parecía haber perdido por completo el apoyo del mundo intelectual y, al mismo tiempo, proporcionó a los medios obreros un asesoramiento inteligente y lleno de prudencia. Gierek, por otra parte, no podía recurrir a procedimientos represivos muy duros por temor a que los préstamos occidentales desaparecieran. La disidencia católica, por su parte, nunca fue conducida al colaboracionismo. Wojtyla, el arzobispo de Cracovia, no atacó nunca directamente al marxismo pero sus manifestaciones iban más allá de él imprimiendo al movimiento de oposición de carácter religioso una altura ética que le podía hacer coincidir con ese mundo intelectual. Elegido Papa en otoño de 1978 en junio siguiente hizo una visita triunfal a Polonia. Durante nueve días dio la sensación de que el Estado no existía y Polonia no era una nación comunista; en ocasiones, las autoridades estuvieron a punto de suspender las retransmisiones televisivas del acontecimiento. La visita papal produjo en los polacos una mezcla de sentimientos acerca de su conciencia nacional, de la capacidad de la sociedad para enfrentarse al Estado y de orgullosa unidad, que jugó un papel decisivo en la transición posterior hacia la democracia. Al mismo tiempo, proseguían las dificultades económicas. En julio de 1980 se estableció un nuevo sistema para determinar el precio de la carne y éste fue el motivo de nuevas protestas. Los obreros de los puertos bálticos tenían una larga tradición protestataria y en esta ocasión fueron aconsejados por los intelectuales. En el KOR, que actuaba de forma pública y sin ninguna pretensión más allá de hacer llamamientos éticos, había antiguos resistentes contra los nazis, excomunistas y jóvenes líderes estudiantiles, como el periodista Adam Michnik. La idea fundamental que lo presidió fue organizar a la sociedad para la resistencia ante el poder político: a fin de cuentas el filósofo Kolakowski había asegurado que cualquier emancipación humana sólo podía ser lograda por la identificación entre la sociedad civil y las instituciones políticas. El KOR siempre repudió las manifestaciones violentas como inútiles y contraproducentes pero, al mismo tiempo, montó una amplia red de publicaciones y se convirtió en la voz de una sociedad que ya no estaba dispuesta a permanecer callada ante ningún problema. Entre las veintiuna peticiones de los protestatarios obreros figuró la formación de sindicatos libres pero también la retransmisión de la misa, la reforma de la censura y la erección de un monumento en recuerdo de los muertos de 1970. De esta manera se llegó en 1980 a la fundación de "Solidaridad". Fue una realidad diferente de cualquier cosa que se hubiera podido ver en Europa del Este previamente: era la primera revolución obrera genuina desde la Commune de 1871. Los valores éticos y nacionales estaban en ella estrechamente entremezclados con sus principios. Muy pronto se convirtió en un acontecimiento para los medios de comunicación occidentales y su fuerza misma impidió que las presiones soviéticas en relación con la tolerancia de las autoridades pudieran plasmar en su prohibición o una dura represión. Kania, el sucesor de Gierek en la dirección del Partido Comunista, intentó llegar a un nuevo pacto social. Nuevas protestas sociales se produjeron hasta el momento en que "Solidaridad", en noviembre de 1980, fue legalizada admitiendo, en un apéndice de los estatutos, no ser un partido político y no contestar ni la hegemonía de los comunistas ni las alianzas exteriores de Polonia. De esta manera la de "Solidaridad" fue una revolución que supo autolimitarse. Ese fin de año, sin embargo, hubo movimientos de tropas en la frontera con la URSS. Los dirigentes soviéticos pensaron, a lo largo de todo este año y del siguiente, en repetidas ocasiones que deberían intervenir; tan sólo les detuvo la conciencia de la mucha sangre que deberían derramar. Después de su legalización, "Solidaridad" consiguió, además, un mejor acceso a los medios y vacaciones los sábados. En marzo de 1981, tras una amenaza de huelga, logró el reconocimiento de la "Solidaridad" rural. A lo largo de 1981 "Solidaridad", sin embargo, fue mostrando posiciones más radicales mientras que en la dirección del Estado el general Jaruzelski iba adquiriendo cada vez mayor importancia. Fue un caso peculiar porque, aunque comunista, toda su familia había sido deportada a Siberia; además, en un momento de crisis nacional el Ejército pudo identificarse con el ser nacional. En estos momentos sólo el 7% de los polacos tenía confianza en el partido pero el 68% lo tenía en el Ejército mientras que la Iglesia y "Solidaridad" superaban el 90%. La dirección del partido era consciente de que éste perdía afiliados a miles y de que la sociedad se había alejado ya de él de forma irreversible. Eso produjo la eclosión de un cierto reformismo: en el verano de 1981, por primera vez en el Congreso del Partido Comunista hubo pluralidad de candidaturas y voto secreto. Pero mucho más decisivo fue el Congreso de "Solidaridad" en septiembre, calificado como "orgía antisocialista y antisoviética" en la prensa de la URSS. Tras haber utilizado por primera vez métodos policiacos para combatir la huelga, Jaruzelski en la noche del 13 de diciembre impuso el estado de sitio aludiendo a que lo había hecho para evitar un mal mayor (evidentemente la invasión soviética). En enero de 1982 "Solidaridad" fue ilegalizada. Los acontecimientos habían demostrado, sin embargo, que los obreros, que hubieran debido protagonizar la revolución comunista, abominaban de ella y que la situación, como en 1968 en Checoslovaquia, sólo podía sostenerse con el apoyo de la fuerza militar. Ni siquiera ésta bastaba para volver al punto de partida. "Solidaridad" perduró en la clandestinidad, aunque ya había experimentado alguna discordia interna. En 1984 hubo una amnistía parcial, al mismo tiempo que el Gobierno pretendía mostrar una apariencia todavía reformista. La Europa del Este soportó muy mal la tormenta democrática de la "Solidaridad" polaca. Los regímenes sovietizados fueron conscientes de su deterioro económico y tecnológico, al mismo tiempo que la gerontocracia soviética careció de iniciativas políticas y de capacidad económica para reconducir la situación. La nueva actitud de Occidente, más decidido a mantener una posición dura con respeto a la URSS, acabó de complicar la situación. En la propia Polonia Jaruzelski pretendió aflojar las riendas del estado de sitio pero el asesinato de un sacerdote, Popieluszko, por la policía en octubre de 1984 empeoró la situación. En febrero de 1986 el líder de "Solidaridad", Walesa, un personaje imaginativo pero impredecible, fue detenido, pero eso mismo era ya la mejor prueba de que "Solidaridad" seguía desempeñando un papel muy importante en la vida polaca. En Hungría surgieron también protestas públicas, en este caso por motivos ecológicos, derivados de la construcción de una gran presa. El comunismo húngaro iba evolucionando hacia una fórmula constitucionalista con la creación de un Consejo como órgano dedicado a estas cuestiones y la aprobación de una ley electoral que hubiera permitido la presencia en la campaña electoral de candidatos independientes. En Alemania se trató de dar un nuevo contenido al Estado por el procedimiento de tratar de crear un sentimiento nacional, pero a mediados de la década de los ochenta el crédito de Honecker estaba ya agotado. En Bulgaria los intentos de Zhivkov de proseguir una transformación económica fracasaron por problemas de calidad en la producción y surgió un nuevo problema con el intento fallido de asimilar por completo a la población turca. En Checoslovaquia, como también en otras partes, la protesta política o la simple demanda de libertades nacida de medios religiosos jugó un papel creciente. En Rumania el carácter represivo del régimen fue cada vez más patente: hasta las máquinas de escribir estaban controladas y el nivel de vida se deterioró hasta límites impensables. En Yugoslavia pronto hubo problemas después de la muerte de Tito. En 1985 su yate y la isla que utilizaba como jardín particular fueron nacionalizados, el primero vendido y la segunda convertida en parque. Desde 1981 hubo protestas en Kosovo mientras que, en 1985, la intelectualidad serbia trataba de presentar la situación de los serbios en Croacia como el producto de un genocidio al que no había prestado atención Tito. En Albania los problemas parecieron derivar de la división interna dentro del régimen. Shehu, un colaborador de Hoxha, se suicidó o fue asesinado testimoniando estas dificultades. La totalidad de Europa del Este pasaba, por tanto, una profunda crisis a mediados de los ochenta. La punta de lanza de la posible transformación era la efervescente Polonia pero tan sólo un profundo cambio en la URSS podía hacer posible que se llegara a dar una solución a los cada vez más consistentes deseos de transformación en su glacis defensivo.
obra
A partir de 1947 Pollock ya ha elaborado un estilo personal, del que Alfred Barr escribió en 1954: (Número 1) "presenta una aventura extraordinaria para el ojo -una aventura que incluye excitación y descubrimiento, peligros, fuegos artificiales, irritaciones y delicias. A medida que el ojo vaga, se desarrolla una misteriosa sensación de profundidad y una luz interior en el entramado de líneas. Luego, cuando el ojo consugue escapar de nuevo al borde del remolino, te das cuenta de que el artista ha recuperado con fuerza la realidad plana de su enorme lienzo, poniendo sobre él las manos manchadas de pintura".