Aunque en otro lugar se tratará acerca de la evolución entre los dos mundos en que quedaron divididos los antiguos aliados hasta 1945, es necesario considerar de forma somera algunos aspectos fundamentales de la posición soviética respecto a estas cuestiones. En consecuencia, lo primero que resulta preciso es abandonar las opiniones simplificadoras. Ni Stalin estaba dispuesto a emprender una expansión sin límites, siempre al borde del estallido de una guerra mundial, ni fue posible en ningún momento una verdadera paz entre los países con instituciones democráticas y la URSS. Lo que caracterizó a Stalin desde el punto de vista de las actitudes básicas respecto a la política exterior fue una mezcla muy particular de ideología, paranoia, dureza de fondo, expectativas carentes de fundamento y deseos de imposible cumplimiento. La ideología le hacía pensar, por ejemplo y como ya sabemos, que la convivencia entre el mundo democrático y el capitalista era simplemente imposible e incluso que, en el caso de un enfrentamiento, tenía todas las de ganar en su favor. La paranoia nació de esta imposibilidad de acuerdo entre los dos mundos, de la conciencia de que las destrucciones le imponían un alto en el camino de cualquier propósito expansivo y en la visión conspiratorial de la Historia que siempre le caracterizó. A los yugoslavos les comentó que se tomaría un descanso de quince o veinte años para luego reanudar la confrontación con el capitalismo. Las medidas de espionaje, las operaciones de servicios especiales y guerra psicológica que los occidentales desarrollaron tendieron de forma inevitable a acentuar su sensación de peligro. Pero si éstas no hubieran existido, el resultado hubiera sido idéntico. En el fondo, Stalin necesitaba la guerra fría incluso de cara al interior de la URSS. Aunque no quisiera la guerra, llevó a cabo una serie de acciones que de forma inevitable favorecían su posible estallido. Por otro lado, una concepción brutal y despiadada de la política explica su incomprensión radical con respecto a los aliados. En pura teoría, Stalin, más que en la posesión territorial, confiaba para después de la guerra en un orden internacional que le protegiera, por más que a medio plazo juzgara que el enfrentamiento era inevitable. Eso es lo que explica la diferente percepción respecto a las conversaciones de Yalta. Stalin no pensó nunca que sus aliados democráticos pudieran imaginar que él no tomaría el poder de forma total en Europa del Este, mientras que estos últimos no concebían las razones por las que él pudiera hacerlo, ya que se le habían dado todas las seguridades de que se le otorgaba una hegemonía en esta zona, con la que podía crearse un glacis protector. Un elemento esencial para comprender la política exterior de Stalin es su ansiosa búsqueda de la seguridad. Más que expansivo, Stalin parece haber sido inseguro, hasta el punto de que necesitaba la sumisión completa de quienes estaban en sus fronteras. Eso suponía la adopción del mismo sistema político y social y, además, el aprovechamiento absoluto de cualquier debilidad, aunque fuera aparente, del adversario para mejorar la posición propia. De esta forma, la guerra fría fue inesperada pero, al mismo tiempo, estaba predeterminada desde el mismo momento de concluir las operaciones bélicas y, aun estando muy lejos de haber sido planeada por Stalin, al mismo tiempo resultaba muy difícilmente evitable. Litvinov, que había sido el principal inspirador de la diplomacia soviética, en sus indiscreciones de cara al mundo occidental les dijo a sus interlocutores que el factor principal de inestabilidad era la búsqueda de seguridad sin límites claramente definidos, así como la ausencia de determinación occidental a resistir pronto y con firmeza. Irónicamente para lo que se juzgaba en las democracias, resultaba que la URSS era menos peligrosa cuando lanzaba grandes y enfervorizados ataques a los países occidentales que en los momentos en que parecía estar dispuesta a aceptar el orden internacional, pero podía en cualquier momento aprovecharse de la supuesta debilidad del adversario. Todas estas circunstancias explican que, apenas dos años después de haber obtenido la gran victoria en la guerra, Stalin llegara nuevamente a la conclusión de que su seguridad estaba en peligro. De ahí el brusco cambio de la tendencia de la política soviética, desde una actitud de frente popular a otra basada en la confrontación con Occidente, aunque ésta no tuviera que llevarse a cabo por procedimientos bélicos. Stalin, en efecto, actuó con respecto a los comunistas de otras latitudes de idéntica manera a como lo hacía con la dirección soviética, es decir, como un dios todopoderoso rodeado por sus arcángeles. En realidad, transmitió órdenes y no pretendió en ningún momento intercambiar pareceres. Mantuvo contactos con los líderes comunistas de todo el mundo por el procedimiento de organizar conversaciones secretas en Moscú. Esos dirigentes acudían a la capital de la URSS como los fieles del Corán a La Meca y, una vez allí, debían soportar largas esperas hasta ser recibidos. Stalin les atendía con maneras corteses y les concedía ayudas pero, al mismo tiempo, les hacía sugerencias, incluso algunas muy precisas como, por ejemplo, la que hizo a Tito para que sumara a Bulgaria en una federación balcánica. A muchos de estos líderes les dio instrucciones que se referían a la más estricta política interna, acerca de cómo tenían que dirigir sus países. A Mao, por ejemplo, le recomendó plantar caucho en la isla de Hainan. El comunismo de la época, por tanto, implicó una absoluta sumisión a la URSS y a Stalin. Incluso quienes mantuvieron una línea de independencia, como fue el caso de los yugoslavos, sentían un entusiasmo sincero y sin límites por la URSS, lo que tenía como consecuencia que aceptaran los súbitos cambios de posición a los que se vieron obligados porque Stalin los había decidido sin contar con ellos. En política exterior, puede decirse que el comunismo soviético, que en los años veinte había pasado de la revolución a la construcción de un Estado, ahora había alcanzado la etapa imperialista. Durante estos años, la URSS utilizó el movimiento revolucionario universal como un procedimiento diversivo y como un instrumento de actuación en beneficio de la URSS. Desaparecida la Internacional Comunista, se creó en 1948 una oficina en teoría dedicada tan sólo a la transmisión de las informaciones entre unos y otros Partidos Comunistas, pero en realidad consagrada a la transmisión de instrucciones. De todos modos, Stalin mantuvo actitudes muy diferentes con respecto a sus aliados. La ruptura con Tito resulta muy significativa acerca de la propensión a la paranoia que sufría Stalin. El dirigente yugoslavo pensó siempre que estaba cumpliendo la estricta voluntad del líder soviético y consideró además que era en la URSS donde se había hecho realidad el ideal utópico de una sociedad sin clases. Pero entre Tito y Stalin había "afinidades incompatibles": ambos asentaron su poder de otras tantas revoluciones acompañadas por una guerra civil, con el resultado de la implantación de regímenes fuertemente arraigados en sus respectivos países. La situación era, de este modo, muy distinta de la que se mostraba en la mayor parte de la Europa del Este, donde sólo la presencia de las tropas soviéticas explica la creación de regímenes como los de las democracias populares. La posición de Stalin respecto a Yugoslavia era tan incoherente que, en dos cuestiones fundamentales relativas a la estrategia de la región, mantuvo políticas contradictorias: ofreció y luego negó la posibilidad de que Yugoslavia creara una federación eslava en los Balcanes o permitió y luego negó la posibilidad de incorporación a ella de Albania. En realidad, nunca valoró a Tito y a su revolución en su justa medida. Lo más probable es que pensara que el Partido Comunista francés era mucho más importante para él que el yugoslavo. China, por su parte, le produjo a Stalin la satisfacción de ver que se había ampliado el sistema soviético hacia un área geográfica inesperada. Las relaciones con Pekín fueron relativamente buenas, dado que nadie esperaba que el comunismo pudiera mantenerse en Asia de no ser por la unidad mantenida de manera muy estricta. La dependencia de la China maoísta con respecto a Stalin fue de esta forma muy grande durante sus primeros años de existencia. Probablemente, fue en este continente donde se corrió un mayor peligro de estallido de una guerra mundial. Lo sucedido en Corea es un buen testimonio de que Stalin podía no querer la guerra pero, al mismo tiempo, siempre estaba en condiciones de pasar por la tentación de permitir o realizar operaciones que de hecho ponían en peligro la paz mundial. La Guerra de Corea, que causó un millón de muertos, fue autorizada por él. Fue el dirigente norcoreano Kim il Sung quien tuvo la iniciativa y mantuvo la insistencia en intentar la conquista del Sur, arguyendo que allí existía una situación revolucionaria y que tenía una superioridad militar muy considerable sobre él. Stalin le recibió y escuchó en abril de 1950 y luego armó a los norcoreanos y los animó a la guerra, pero al mismo tiempo estuvo dispuesto a abandonarlos en cuanto percibió la posibilidad de que fueran derrotados. Su deseo era ayudarles pero también, y al mismo tiempo, evitar cualquier compromiso que pudiera significar el descubrimiento de la presencia allí de consejeros soviéticos. Dio instrucciones sobre las operaciones militares e indujo a los chinos para que desplazaran seis divisiones a la frontera. Mao parece haber afirmado que si la guerra era inevitable, resultaba mucho mejor que se produjera en ese preciso momento y acabó enviando hasta diez divisiones. Pero el material bélico fue soviético, puesto que la China de Mao carecía de capacidad industrial para proporcionarlo. La posibilidad de acceder a los archivos soviéticos ha revelado en los últimos tiempos que, a partir de un determinado momento y dadas las dificultades de chinos y norcoreanos para enfrentarse a los norteamericanos en el aire, Stalin decidió también la utilización de aviadores soviéticos en su contra. Hubo unos diez o quince mil voluntarios soviéticos, casi exclusivamente aviadores. Las rigurosas instrucciones que dio para impedir que ellos -o sus cuerpos- cayeran en manos de los norteamericanos impidió hasta mucho tiempo después el conocimiento de esta realidad. Fue precisamente el interés que Stalin puso en Corea lo que contribuye a explicar la frustración creciente que sintió en los años finales de su vida como consecuencia de no haber podido ganar aquella guerra. Este caso ratifica lo que ya se ha señalado sobre la política exterior soviética en la época de Stalin. Los líderes de la URSS nunca quisieron superar los límites del irreversible estallido de una nueva guerra mundial, pero el temor occidental a ellos estaba plenamente justificado, aunque no el hecho de que como consecuencia derivaran hacia actitudes poco menos que histéricas. En su perpetua búsqueda de la seguridad y en su conciencia de que el enfrentamiento entre las dos formas de organización social y política era inevitable, los soviéticos estaban dispuestos a aprovecharse de las circunstancias allí donde consideraban que el balance les favorecía de forma ocasional, como puede ser el caso de Corea. En los momentos iniciales del estallido de la guerra fría, Stalin pudo permanecer ignorante de hasta dónde podía llegar. Siempre tuvo muy claro, como les dijo a los yugoslavos, que la Guerra Mundial significaba un cambio radical con relación a las anteriores en el sentido de que quien ocupaba el terreno imponía su propio sistema político y social hasta allí donde llegaba su Ejército. Una vez que la cortina de hierro fue corrida resultó inevitable que los dos campos quedaran constituidos en una incompatibilidad radical entre ambos. La guerra fría derivó de esta situación y, en definitiva, supuso la aplicación de los métodos de organización del poder político en la URSS al escenario internacional.
Busqueda de contenidos
contexto
A comienzos de 1937 el Comité de no-intervención había ya decidido un plan de control para España pero no pasó mucho tiempo para que se demostrara su ineficacia. En el mes de abril de ese año, gracias al convenio Fagoili, la Italia de Mussolini cedió dos submarinos modernos a la España de Franco que ésta pretendió demostrar que eran, en realidad, dos unidades capturadas a sus adversarios; además, la flota franquista se vio incrementada también por cuatro destructores de inferior calidad. Unas y otras unidades desempeñaron un papel importante en el bloqueo de la zona controlada por la República en el Mediterráneo. Por este procedimiento obviamente Italia violaba el espíritu de la no intervención, pero además ésta resultó inaplicable cuando se intentó que buques de los principales países que formaban parte del comité supervisaran la aplicación de lo pactado. En mayo y junio de ese mismo año dos buques alemanes, el Deutschland y el Leipzig, fueron bombardeados por la aviación republicana, hechos que motivaron respectivamente una brutal respuesta de Alemania y la retirada de la flota alemana y la italiana de las misiones de control. Por esas mismas fechas el relevo en el Gobierno de izquierdas francés de Blum por el radical Chautemps tuvo como consecuencia que aumentaran las dificultades para los aprovisionamientos del Ejército Popular republicano a través de la frontera francesa. Pero no tardaron mucho tiempo en verse también puestos en grave peligro en el mar Mediterráneo. En efecto, desde agosto de ese mismo año, submarinos (y en algún caso unidades de superficie) italianos fueron empleados para hundir a los mercantes que transportaban armas y aprovisionamientos destinados a la República. Esta ayuda a Franco, que no tiene parangón ni siquiera similar con ninguna de la que recibió la República de otras potencias, llegó a ser tan abrumadora y excesiva que ni siquiera, si hubieran actuado a la vez todos los submarinos de Franco, podía considerarse posible que obtuvieran tantos hundimientos del adversario, ya que incluso ni en los Dardanelos estaban a salvo los buques rusos de camino hacia España. En total se realizaron una veintena de ataques y es más que presumible que su carga, condenada a reposar en el fondo de los mares, fuera pagada con cargo a los recursos de la República. El exceso de la intervención italiana tuvo como consecuencia que la ayuda soviética tuviera que elegir otra ruta pero acabó volviéndose en contra de quienes la habían practicado. En efecto, en el mes de septiembre, bajo presión inglesa, los italianos tuvieron que aceptar una conferencia en la población francesa de Nyon destinada a estudiar los actos de "piratería" en el Mediterráneo. Se decidió en ella que las potencias patrullaran por la totalidad de este mar y se redujo la zona donde lo harían los italianos a tan sólo en el mar Tirreno. El resultado fue que los hundimientos desaparecieron y que Churchill, que había considerado una "vergüenza" que no se dejara patrullar a Italia para comprobar el cumplimiento de lo previsto, ironizó diciendo que desde los tiempos de Julio César una decisión de Roma nunca había tenido tanta importancia en relación con un asunto mediterráneo. Solucionado, al menos parcialmente, este conflicto así como el abandono del control por parte de italianos y alemanes durante los meses siguientes, incluida la mayor parte de 1938, se discutió principalmente en el Comité de no-intervención la cuestión de la retirada de los extranjeros combatientes en España que Franco no quería o, por lo menos, vinculaba de manera absoluta con su propio reconocimiento como beligerante. Esto hubiera sido dejar en una situación detestable al régimen republicano, más aún de aquella en la que estaba. Durante la guerra la República perdió el puesto que hasta entonces había tenido España de miembro siempre reelecto del Consejo de la Sociedad de Naciones y en el propio convenio de Nyon fueron excluidos los buques españoles pertenecientes a la República, como demostración de que ésta era ya un régimen considerado por una parte de la sociedad internacional como peculiar o poco digno de confianza. Durante los últimos meses del Gobierno de Largo Caballero hubo un intento por parte de los dirigentes de la España del Frente Popular, principalmente inspirados por Araquistain, embajador en París, para superar esta situación. Con una visión de las potencias democráticas o de las fascistas basada en unos criterios puramente economicistas se quiso comprar su neutralidad por el procedimiento de estar dispuestos a cesiones territoriales en Marruecos. También se pensó seriamente en provocar allí una sublevación que hubiera tenido como consecuencia privar a Franco de parte de sus tropas más valiosas. El año 1938 trajo nuevas incidencias internacionales ninguna de las cuales resultó positiva para la República. En febrero Eden dimitió como secretario del Foreign Office, cuya postura en el seno del partido conservador tenía importantes elementos de similitud con la de Churchill, en cuanto que tenía especialmente en cuenta el factor estratégico y, por tanto, el peligro de que Italia sustituyera a los británicos en el dominio del Mediterráneo. Este cambio fue importante, ya que permitió al "premier" Chamberlain llevar hasta sus últimas consecuencias su política de "apaciguamiento", que venía a ser en última instancia de cesión ante los países fascistas. En abril de ese año, británicos e italianos entablaban contactos que dejaban bien claro que los segundos no abandonarían su apoyo a la España de Franco hasta el final del conflicto. Durante este año siguió habiendo intentos de mediación que, como siempre, tenían como centro Londres, capital de la única gran potencia verdaderamente neutral. Sin embargo, tampoco el Foreign Office estaba en condiciones de intervenir de una manera resolutiva para llevarla a cabo dada la complicada situación internacional. Ya en 1937, Besteiro, enviado por Azaña como representante ante la coronación de Jorge V, no había obtenido esa intervención cuando la situación militar estaba más equilibrada y peores eran las alternativas en el momento en que Franco parecía ya el casi seguro vencedor. Con respecto a Francia, la vuelta al poder de Blum, en marzo de 1938, mejoró la situación internacional de la República. Es posible que las decisiones estratégicas de Franco en el sentido de dirigir su avance hacia Valencia y no hacia Cataluña estuvieran motivadas por la eventualidad de una invasión francesa. En cualquier caso, el Gobierno Blum duró poco y su sustitución por Daladier, con el muy apaciguador Bonnet en Exteriores, perjudicó de nuevo al régimen republicano. La crisis de Munich, en septiembre de 1938, tuvo un resultado poco satisfactorio para la República española en cuanto que constituyó una nueva cesión ante los países del Eje por parte de las potencias democráticas. El mismo hecho de que Franco, con gran irritación por parte de Mussolini, se declarara neutral ante un eventual conflicto europeo dio la sensación a Francia de que suponía para ella un menor peligro estratégico del que había pensado. En cuanto a Negrín el desenlace de los acontecimientos (ni guerra ni posición firme frente al Eje) le había de resultar necesariamente perjudicial. Munich, además, había tenido como consecuencia facilitar el acercamiento de Alemania e Italia: si podía existir un cierto resquemor entre ambas como consecuencia de la incorporación de Austria a la primera ("Anschluss", a comienzos de año), se desvaneció por el procedimiento de permitir que Mussolini ejerciera un papel de aparente árbitro entre las potencias europeas. También fue decisivo Munich para la URSS, pues a partir de este momento llegó a la conclusión de que no podía confiar en absoluto en las potencias democráticas. El único momento en que los mecanismos de no intervención parecieron funcionar, aunque tuviera lugar muy tardíamente, fue cuando en el otoño de 1938 se produjo la retirada de los voluntarios internacionales. La verdad es que en esas fechas desempeñaban ya un papel de escasa importancia en las operaciones militares. El círculo de relaciones de la República había ido cerrándose a medida que se multiplicaban sus derrotas militares. Hacía ya un año que los franquistas mantenían relaciones con la Gran Bretaña y a comienzos de 1939 un crucero británico participó en la rendición de la Menorca republicana a Franco. Todavía éste pensaba a comienzos de 1939 en la posibilidad de una intervención francesa en Cataluña, pero no faltaba mucho para que, tras el llamado pacto Jordana-Bérard, la España de Franco y la España republicana establecieran relaciones diplomáticas. En marzo de 1939, Franco se mostró dispuesto a suscribir un nuevo tratado con Alemania de carácter cultural, pero, además y sobre todo, firmó el pacto Antikomintern cuya existencia no se reveló hasta concluido el conflicto. Mientras tanto la Unión Soviética parecía ya mucho más interesada en los problemas de Extremo Oriente que en los españoles, y a fines de 1938 ni siquiera los patéticos llamamientos de Negrín parecían hacerle mucho efecto. En definitiva, para los republicanos la derrota militar era paralela a la diplomática. Ahora bien, ¿cuánto y cómo ayudaron cada una de las potencias europeas teóricamente no beligerantes a cada uno de los contrincantes españoles? En el pasado se ha solido mantener que la ayuda recibida por Franco no sólo habría sido abrumadoramente superior sino que, además, por sí sola habría sido la razón explicativa del desenlace del conflicto. En la actualidad, sin embargo, con matices importantes y disparidad de cifras significativas, se tiende a indicar que, en cuanto al monto total de ayuda recibida y respecto de los pagos efectuados, existe una similitud bastante considerable. Es probable que el debate historiográfico de mayor interés sea no tanto el monto de la ayuda como su empleo, su oportunidad y el beneficio obtenido por quien la proporcionaba. En efecto, si se suma, por un lado, el oro y demás metales preciosos vendidos por la República y los préstamos logrados por Franco resultan cantidades similares que, en cada caso, pueden equivaler a algo más de 5.500 millones de pesetas de la época y a un quinto de la renta nacional. Para apreciar lo que significó la ayuda, tanto para el receptor como para quien la enviaba, quizá lo mejor sea referirse por separado a cada uno de los países que participaron en ella. Para los franquistas, la ayuda "más importante, delicada, desinteresada y noble", en palabras de Serrano Suñer, fue la proporcionada por la Italia fascista, que a cambio no recibió casi nada inmediatamente a no ser promesas de amistad y de influencia política. La ayuda italiana consistió a la vez en material y en colaboración con recursos humanos. Italia entregó a España entre 600 y 700 aviones, dos tercios de los cuales eran cazas, entre 100 y 200 carros, en su totalidad pequeños, y casi 2.000 cañones, además de algunos submarinos y otros buques. El importe de todo este material fue alrededor de 7.500 millones de liras, una cifra que luego en negociaciones con los españoles se vio considerablemente reducida y que no acabaría de pagarse hasta una fecha tan tardía como 1967. Italia dispuso de una compañía destinada a concentrar el comercio con España, denominada SAFNI, pero los intercambios, comparados con los de Alemania, fueron muy escasos. Por si fuera poco, las unidades militares italianas que acudieron a España a fines de 1936 y que actuaron durante la guerra como unidades de choque aunque con resultado muy desigual, denominadas Corpo di Truppe Volontarie, llegaron a ver pasar por sus filas unos 73.000 hombres y otros 5.700 pasaron por la aviación; la cifra máxima de soldados presentes a un tiempo puede haber rondado los 40.000 y en la fase final la oficialidad italiana, en realidad, mandaba en gran parte a combatientes españoles. La ayuda alemana a Franco revistió unas características bastante diferentes. También Alemania proporcionó un número importante de aviones, que puede situarse alrededor de 500, pero probablemente lo más efectivo de su ayuda fue la llamada Legión Cóndor, formada por un centenar y medio de aviones y utilizada como unidad de combate independiente igual que las italianas. La Legión Cóndor debió tener algo más de 5.000 hombres pero en total debieron pasar por ella casi 20.000, de tal modo que favoreció considerablemente el adiestramiento de la Luftwaffe de Göring. Los alemanes también enviaron instructores para la milicias y equipos artilleros y, en general, material militar sofisticado como torpederas y equipos de señalización. A cambio de esta ayuda, cuyo monto puede haber sido inferior en más de un tercio de la italiana, los alemanes descubrieron en el transcurso de la guerra que podían obtener contrapartidas importantes que, además, les iban a servir para preparar su posible participación en una guerra mundial. A tal efecto crearon una serie de compañías dirigidas precisamente por los inspiradores de su intervención en la guerra civil (HISMA, ROWAK, SOFINDUS), cuya misión principal fue apoderarse del capital de las compañías mineras españolas. Franco opuso cierta resistencia inicial a la penetración del capital alemán, de acuerdo con sus criterios nacionalistas, pero en 1938 acabó cediendo a la presión de los alemanes que agruparon sus participaciones en una compañía denominada Montana. Ya en 1937, desplazando a la Gran Bretaña, Alemania había obtenido de España 1.500.000 toneladas de hierro y cerca de 1.000.000 de toneladas de piritas. En enero de 1939 casi la mitad del comercio de la España franquista se dirigía a Alemania y si ésta hubiera invertido la totalidad de su deuda en nuestro país hubiera cambiado radicalmente su peso entre los países con intereses en España. Así como Franco supo obtener considerables ventajas de Mussolini, en cambio no puede decirse lo mismo de los alemanes. Franco contó también con la ayuda de voluntarios portugueses e irlandeses aunque su significación fue mínima respecto del desarrollo de la contienda. En cambio un papel de importancia cabe atribuir a los marroquíes que, sólo de acuerdo con unos criterios estrictamente puristas, pueden ser considerados como extranjeros en la época. La ayuda recibida por el Frente Popular dependió principalmente, como sabemos, de Francia y de la Unión Soviética. Francia pudo entregar unos 300 aviones a la República, pero la ayuda exterior fundamental para ella fue de procedencia soviética. Los rusos adoptaron en su intervención en el conflicto español una actitud muy parecida a la de los alemanes: enviaron material y no personal y exigieron una inmediata contrapartida económica. El número de rusos presentes en la Península sigue siendo una incógnita, pues mientras que Prieto afirma que no hubo más de 500, otros historiadores elevan la cifra hasta 7.000 u 8.000. Da la sensación, sin embargo, que su intervención en las operaciones militares testimonia una capacitación elevada: futuros mariscales como Zhukov o Malinovsky estuvieron presentes en la Península, y en ocasiones, además, combatientes soviéticos participaron en operaciones militares suponiendo un refuerzo considerable al Ejército del Frente Popular, por ejemplo, en el contraataque con carros en Seseña y en los combates aéreos en torno a Madrid. Da la sensación de que la fragmentación del mando y las disputas de carácter político entre quienes resultaron vencidos en la guerra civil facilitaron considerablemente que la influencia de los asesores militares soviéticos fuera muy grande: durante la batalla del Norte Prieto, ministro de Defensa, no lograba, por ejemplo, que se cumplieran sus órdenes relativas al auxilio de la aviación a aquella zona. Con respecto al material se ha calculado que la URSS entregó a la España del Frente Popular unos 1.000 aviones y un número reducido de torpederos, aparte de una cifra considerable de carros que fueron los de más poderoso blindaje que estuvieron presentes en la guerra española. Este hecho nos pone en contacto con otra cuestión de importancia que ha sido muy discutida respecto de la guerra civil española: se ha dicho que el material de guerra ruso era deficiente, pero esta afirmación no parece corresponder a la realidad, sino que debió ser el mejor material que tenían aunque fuera inferior en calidad al de países como Alemania. Un último aspecto de la presencia rusa en España se refiere a su supuesta o real influencia política. Todo hace pensar que fue superior a la que tuvieron alemanes e italianos en el otro bando en donde, por ejemplo, el embajador Faupel fue cesado por entrometido. Algunos dirigentes rusos en España habían tenido un papel considerable en la URSS en el inmediato pasado: éste puede ser el caso de Ovseenko, un viejo bolchevique que participó en la Revolución de 1917 y que asumió la representación consular en Barcelona. Parece, sin embargo, que si pudieron tener mayor influencia fueron también más discutidos a lo largo de todo el período bélico y sobre todo en su fase final, como lo testimonian las Memorias de algunos personajes políticos o militares importantes (Prieto o Guarner). Si directamente la URSS no proporcionó un número elevado de combatientes, en cambio organizó las Brigadas Internacionales en beneficio del Frente Popular, cuyos efectivos totales sucesivos pudieron superar los 60.000 hombres pero cuyo momento álgido debió situarse en torno al verano de 1937 con algo más de 40.000. No todos los componentes de las Brigadas eran comunistas aunque este partido fue, de acuerdo con lo escrito por Dolores Ibárruri, el "motor organizativo". Las Brigadas Internacionales constituyeron un excelente procedimiento para Stalin de satisfacer las ansias revolucionarias de la Komintern a la que, sin embargo, Stalin designaba como "lavotchka", es decir, "pandilla de estafadores", y al mismo tiempo hacer olvidar la persecución que se estaba produciendo por aquellos días en Rusia en contra de los seguidores de Trotski y, en general, cualquier tipo de disidencia fuera real o imaginaria (en el Ejército, por ejemplo). Así se explica que en las Brigadas formara parte un buen elenco de la élite dirigente del comunismo mundial, que luego ejerció el poder en los países del Este tras la segunda guerra mundial: un presidente y cuatro futuros ministros de la República Democrática Alemana, un futuro presidente de Hungría, cuatro futuros ministros, polacos, etcétera. El propio Marty, principal organizador de las Brigadas, era una figura importante del comunismo francés, que acabaría abandonando, y había conseguido su fama como organizador de la protesta de la flota de su país contra la intervención militar en la Rusia revolucionaria. Todos los testimonios presentan a las Brigadas como unidades regidas por una extremada disciplina, lo que las hizo convertirse en fuerzas de choque del Ejército republicano y tener un elevado porcentaje de bajas. El ideal que las guiaba era el antifascismo y en muchos casos, además, el deseo de llegar a una revolución mundial, como se demuestra por los muchos exiliados procedentes de Alemania e Italia que militaban en sus filas y por las divisas de sus banderas ("Hoy en España, mañana en Italia"; "Por vuestra libertad y la nuestra"). Prematuros antifascistas, los brigadistas desempeñaron un papel de importancia en sus países respectivos durante la segunda guerra mundial, pero luego solieron padecer las consecuencias de la guerra fría. Esta descripción de la ayuda internacional a cada uno de los dos bandos en la guerra revela la importancia que tuvo para ellos. Sin ella, en última instancia, la guerra no se habría producido porque Franco no hubiera podido franquear el Estrecho de Gibraltar, los sublevados hubieran perdido Mallorca, no habrían detenido el flujo de armas por el Mediterráneo, ni hubieran tenido la superioridad de fuego durante la campaña del Norte o tomado Málaga. Por su parte, el Frente Popular tampoco habría sido capaz, probablemente, de ofrecer resistencia a la toma de Madrid, emprender la ofensiva de Brunete o atacar atravesando el Ebro. Como ya se ha señalado, es posible que el volumen total de la ayuda fuera semejante en los dos bandos: así parece indicarlo el cómputo del número de aviones y la similitud entre el monto del oro enviado a Rusia y la suma de los préstamos concedidos a Franco por Italia y Alemania. Sin embargo, para Azaña la ayuda rusa fue siempre lenta, problemática e insuficiente. En parte puede deberse a que el Ejército Popular hizo un uso poco eficaz de ella, pero también a que la causa de la España republicana tampoco era tan decisiva para la URSS y las potencias democráticas, por sus especiales características, su división interna y su política de apaciguamiento o no quisieron intervenir en España o lo hicieron con titubeos. Franco recibió una ayuda más generosa (porque era en préstamo), más decidida (era pedida por los propios embajadores) y más arriesgada (porque comprometió a unidades militares propias). La URSS de Stalin no llevó a cabo operaciones como el torpedeo al que sometieron a sus buques los submarinos italianos. Puede que por ella sola y por su monto local la ayuda exterior no explique el resultado de la guerra, pero, en comparación, el fundamental beneficiario de esa intervención exterior fue Franco, aunque fuera sólo por el carácter de sublevado contra un régimen comúnmente aceptado en 1936 y por la continuidad con que la recibió. En la política internacional del momento quien salió mejor parado de lo sucedido en la guerra fue, por supuesto, Hitler. Aprovechando plenamente la circunstancia de crisis europea consiguió atraerse definitivamente a la Italia fascista, hacer desconfiar a la URSS de Stalin del sistema de seguridad internacional y, sobre todo, en la fiabilidad de los países democráticos, atemorizar a éstos con el peligro de una conflagración general y dejar a Austria y Checoslovaquia inermes por completo. Aunque luego no sería decisivamente peligroso, Franco no era en 1939 un dirigente en que pudieran confiar británicos o franceses. Rusia había recibido al menos una parte de la derrota y después de alzar, con su ayuda, a los comunistas españoles a un puesto de primera importancia en la política nacional los vio caer a la misma velocidad marginados por todos. Italia vengó la derrota de Guadalajara pero había obtenido más supuesta gloria y propaganda que beneficios materiales.
contexto
Durante el reinado de Felipe II, la Monarquía española alcanzó el cenit de su poderío, siendo sin duda la potencia hegemónica del Continente. La separación del Imperio le permitió centrarse en sus propios intereses, aún excesivos debido a la dispersión y la variedad de sus territorios. Pese a ello, su política continuará las líneas trazadas por el emperador, con los cambios lógicos que impondrán las diferentes circunstancias. El endurecimiento de la política en los Países Bajos proseguía la represión religiosa iniciada por su padre, que había introducido en ellos la Inquisición. Pero Felipe II se mostró proclive a la flexibilidad siempre que era posible: así, se opuso a la expulsión de los moriscos, no suprimió los fueros aragoneses cuando pudo, mantuvo la autonomía de Portugal cuando la anexionó, intentó prorrogar la amistad inglesa (aunque sin resultado) y mantuvo buenas relaciones con Catalina de Médicis. Incluso en el caso donde el peso de su poder se manifestó con más rigidez, en los Países Bajos, aceptó finalmente la posibilidad de su autonomía cuando nombró como gobernadora a su hija Isabel Clara Eugenia.
contexto
La política exterior y colonial española en el período isabelino gira en Europa en torno a los problemas derivados de la política interior y la relación con Portugal tendente a crear lazos especiales que deriven en la unidad ibérica. Respecto a los primeros, los principales son las consecuencias de la guerra carlista (1833-39), por la necesidad de buscar apoyos internacionales tanto políticos como económicos, y la ruptura con la Santa Sede de algunos gobiernos liberales de los años treinta, provocada por una cadena de hechos entre los que destacan la exclaustración y la desamortización, así como la intromisión en la administración eclesiástica sin que sea ajena la actitud de muchos eclesiásticos en apoyo al carlismo. Pacificado el país y con predominio de gobiernos liberales moderados, se intentarán reconstruir las relaciones con Roma a través de un Concordato. Las relaciones con Portugal serán, por una parte, de interferencias en la política interna de ambos países con dificultades semejantes en la implantación del liberalismo emanadas de tensiones entre fuerzas muy parecidas carlistas (miguelistas) frente al liberalismo moderado o progresista (cartistas) que, a su vez, se enfrentan entre sí y cuentan con mayor o menor apoyo de sus colegas transfronterizos. Una corriente de nacionalismo aglutinador como la italiana o alemana, común a buena parte de los liberales, será la de unidad hispano portuguesa en una Iberia fuerte. El iberismo será una doctrina recurrente a lo largo de buena parte del siglo XIX. En otros continentes, había que atender los territorios y las áreas de influencia de los restos del antiguo imperio colonial. La intención española es mantener lo que quedaba, basándose en el equilibrio entre las potencias europeas y Estados Unidos. Por otra parte, en el periodo de Unión Liberal tendrán lugar varias acciones bélicas exteriores que se acometen con doble fin: Recuperar el prestigio internacional que tuvo España hasta el siglo XVIII y crear en la ciudadanía un enemigo externo que desvíe la atención de la política interior. Las expediciones a Cochinchina y a México, la vuelta temporal al dominio de Santo Domingo y, sobre todo, la guerra de África , cumplen parcialmente el segundo objetivo indicado anteriormente. Todas estas acciones tienen lugar en las áreas de influencia colonial española.
contexto
Si algo caracteriza al Seiscientos es el permanente estado de conflictividad que generaban las rivalidades (territoriales, religiosas, económicas) entre los distintos estados. Aunque teóricamente se sostiene que las disensiones de los príncipes cristianos deben solventarse por la vía del diálogo, por medios diplomáticos, lo cierto es que sólo los más débiles recurrían a este procedimiento, optando los poderosos por imponer la dura ley de la guerra en la vida política europea para lograr sus ambiciones, las cuales se justifican con una serie de premisas plenamente aceptadas por todos y que daban una cobertura legal a sus acciones bélicas. En efecto, cuando un reino declara la guerra a otro lo hace con el argumento de que es en defensa propia, de que persigue asegurar la paz y la quietud interior de los reinos o garantizar la tranquilidad del orbe. De este modo se legitima no sólo la guerra defensiva, sobre la cual todos estaban de acuerdo, sino también la guerra ofensiva, estuviese o no guiada, como argumentaban los teólogos, por la conducta recta de los gobernantes, la cual les impulsa a enfrentarse al mal acatando los preceptos de Dios. Desde la óptica de los monarcas españoles y sus consejeros, el recurso a la guerra es inevitable porque los enemigos de la Monarquía, muy numerosos y emuladores de su grandeza, procuran por todos los medios a su alcance minar su prestigio y su poder, sea en el terreno militar o en el político, en el económico o en el religioso. De aquí, por tanto, que la política exterior española del siglo XVII gire en torno a una serie de objetivos básicos, heredados de la centuria anterior, y que en síntesis son los siguientes: conservar la integridad de los reinos bajo la soberanía de los monarcas españoles, mantener la reputación de la Monarquía hispánica -una especie de honor y de prestigio internacional-, defender la religión católica que los soberanos profesan frente al avance del protestantismo (luteranismo y calvinismo) y evitar que el monopolio comercial de América se resquebraje o se pierda ante el acoso de las restantes potencias europeas, en particular de las Provincias Unidas y de Inglaterra. Para acometer estos objetivos, la Corona utilizará los medios más adecuados (diplomáticos, financieros, militares e incluso económicos), según el talante de los gobernantes, la influencia de las facciones cortesanas -belicistas versus pacifistas- o las circunstancias internacionales, sin tener en cuenta lo que el padre Vitoria escribiera en su libro De iure bellis, a saber: "que ninguna guerra es justa si consta que se sostiene con mayor mal que bien y utilidad de la república, por más que sobren títulos y razones para una guerra justa". Esto explica que desde el final de la fase bélica heredada de Felipe II hasta la Paz de Rijwick, en 1697, la Monarquía hispánica participe en todos los conflictos internacionales que se desarrollan en Europa, a menudo de manera decidida y firme, en ocasiones a remolque de las circunstancias internacionales, a veces también con desgana, sin ilusiones, como sucede a partir de la Paz de los Pirineos (1659), cuando España pierde la iniciativa militar y diplomática, que pasa a Francia, y se repliega en sí misma para poder remontar la crisis económica y financiera que sufre, recayendo desde entonces la defensa de sus posesiones europeas en Holanda, Inglaterra y el Emperador ante la falta de recursos propios.
contexto
Otro de los rasgos novedosos del gobierno de Calígula reside en su peculiar política de fronteras. Augusto y Tiberio continuaron las líneas marcadas por M. Antonio de mantener un entramado de reinos clientes en los bordes del territorio romano. Ahora bien, Tiberio se vio obligado a una intervención más directa, como la que condujo a la anexión de los reinos de Capadocia y Comagene. Calígula deshizo la labor de Tiberio: el caso de Comagene fue escandaloso para los políticos romanos pues no sólo la entregó de nuevo al descendiente del antiguo rey sino que le amplió el territorio a costa de la provincia de Siria y devolvió al nuevo rey todos los impuestos cobrados por Roma durante los años en que permaneció anexionada. Tales comportamientos con los reinos clientes de Oriente pueden responder a relaciones personales de amistad con los hijos de los antiguos dinastas que habitualmente se educaban en Roma y varios de ellos eran antiguos compañeros de Calígula (el príncipe de Iturea, el príncipe judío Julio Agripa...) más que a una auténtica actuación bien meditada que fuera coherente con la política general del emperador. En el otro extremo del Mediterráneo, en Mauritania, aplicó medidas distintas: Juba II de Mauritania, educado en Roma bajo la tutela del dictador César, ya se había adaptado a todas las variantes del programa romano para esa zona del norte de África. Su hijo Ptolomeo siguió igualmente siendo un rey cliente de Roma, pero Calígula lo mandó asesinar, decidiendo la anexión de Mauritania al Imperio romano. Por otra parte, preparó una expedición militar contra los germanos en el más viejo estilo del momento del expansionismo romano y tal vez también para ser merecedor del título de imperator. No se constatan razones objetivas que justificaran tal campaña. Es posible que pretendiera continuar el proyecto fracasado de su padre Germánico de llevar la frontera hasta el río Elba. La campaña fue minuciosamente preparada y resultó totalmente inútil. A pesar de todo, se hizo conceder por el Senado los honores del triunfo. Y su posterior proyecto de conquistar Britania se quedó en la concentración de tropas en la costa de las Galias, para devolverlas a sus cuarteles después de firmar un pacto con uno de los reyes de las islas Británicas.
contexto
Los primeros pasos de Bismarck en el Gobierno estuvieron encaminados a afirmar el poder del monarca frente a la amenaza representada por el Parlamento, aunque evitó un choque directo con la Asamblea que le atara las manos para conseguir los objetivos de su política exterior. Por eso retiró la propuesta de presupuesto para 1863 y prefirió entablar negociaciones secretas con los líderes liberales. Pero, a la vez, quiso dejar claro que las posibilidades de la unificación alemana pasaban por un Ejército y por un Estado fuertes. Las grandes cuestiones advirtió en su discurso de 30 de septiembre de 1862- no se decidían con discursos y votaciones, sino "con sangre y hierro". Bismarck pretendía manos libres para sacar adelante su política pero la insistencia de la Cámara en el control presupuestario, le llevó a prescindir de la misma, interpretando que la Constitución daba atribuciones al monarca para aprobar el presupuesto contando sólo con la Cámara alta, y resolver así el conflicto constitucional planteado. Se trataba, en realidad, de una simple solución de fuerza, que provocó fuertes críticas en los sectores liberales, pero que no consiguió desviar a Bismarck de sus objetivos marcados. De ahí que la ratificación de la mayoría de los liberales de izquierda en las elecciones de septiembre de 1864 no alterara profundamente la situación. Por otra parte, el respeto a la autoridad del Estado y el mantenimiento del principio del orden eran valores compartidos por muchos liberales nacionalistas. A medida que la política de Bismarck comenzara a dar sus primeros frutos, muchos de esos liberales terminarían adhiriéndose a las filas del ministro-presidente. Por otra parte, fuera de ciertos ambientes burgueses, la oposición al Gobierno era desdeñable. El mundo rural dependía notablemente de los terratenientes mientras que las primeras organizaciones obreras, no sólo no eran contrarias al Gobierno, sino que ponían en un Gobierno fuerte sus esperanzas de conseguir las metas que se habían propuesto. En enero de 1864 Bismarck se entrevistó con el líder socialista Lassalle, que buscaba el apoyo de un Estado fuerte para conseguir mejoras en las condiciones de vida de las clases trabajadoras. Incluso en el Partido de Progreso, había algunos pensaban que era necesario sacrificar los principios de la libertad para hacer posible la unificación política. Había quienes pensaban que el desarrollo del nacionalismo pondría a Bismarck en la necesidad de contar con ellos, para asegurarse el apoyo popular. La realidad, sin embargo, resultó ser muy otra. Fue la política exterior de Bismarck la que contribuyó eficazmente al fortalecimiento del ministro-presidente en la dirección de la política prusiana.
contexto
La muerte de Felipe II cuya figura es exaltada en los diferentes catafalcos que con dicho motivo se levantan en las catedrales de las principales ciudades de la Monarquía, en contraste con las críticas que desde varios sectores -palatinos, eclesiásticos- se hacían a su gobierno personal, por distanciarse de los Consejos y recurrir al asesoramiento de unos pocos ministros reunidos en la Junta de Noche, suscita enormes expectativas de cambio. Pese a las instrucciones legadas a su hijo, éste optará de inmediato por delegar el poder en el duque de Lerma, iniciándose así el régimen de los validos y con él la pujanza de la aristocracia, hasta entonces relegada a un plano secundario.
contexto
En Estados Unidos, como en el resto del mundo, la paz había creado grandes expectativas de transformación social. El liderazgo paternal y casi percibido como el de un profeta o un santo de Roosevelt había creado la expectativa de una pronta vuelta a los programas del New Deal, nada más concluir la guerra. El presidente había prometido una "ley de derechos económicos" y la mayor parte de los liberales pensaban que volvería a sus programas de reforma social gracias al incremento del gasto público (uno de los ensayistas más conocidos del momento, Chester Bowles, había prometido una profunda transformación social a partir de estos ideales). Sobre la conciencia de Truman también gravitó el hecho de que en los últimos meses de la guerra había existido una protesta social grave, principalmente entre los mineros. Aunque dudó considerablemente sobre la política a seguir, acabó por resumirla en veintiún puntos con la denominación de Fair Deal. Se trataba de un conjunto de medidas omnicomprensivas destinadas a promocionar un sistema de seguridad social y a favorecer a los más desamparados. Al tratar de llevarlas a cabo, Truman se encontró con graves problemas explicables por muy distintas razones. Su intento de que se aprobara una ley para el fomento del pleno empleo en el Congreso fracasó y Truman se enfrentó pronto con acusaciones de corrupción en el reparto de los cargos públicos. También fue incapaz de lograr de la Cámara un servicio médico generalizado. El mayor problema para él resultó la composición del legislativo que en 1945 estaba dominado por republicanos y demócratas conservadores; además, y sobre todo, estaba ansioso de librarse de un liderazgo invasor y que le reducía a comparsa como fue el caso de Roosevelt. Por otro lado, existía una rebelión en buena parte de la sociedad norteamericana en contra del excesivo intervencionismo estatal (por ejemplo, en los controles de precios). En 1947 y 1949, por ejemplo, el Congreso votó reducciones de impuestos que, según Truman, eran injustificables. El enfrentamiento con el legislativo le llevó al presidente a vetar muchas de sus decisiones, pero doce de los vetos de Truman fueron superados finalmente por el legislativo, una cifra muy superior a la de cualquier época anterior. El estilo provinciano de Truman y su conservadurismo fiscal, por otra parte, le alejaron de los liberales relacionados con el mundo intelectual. Todo esto hizo que en un plazo muy corto, precisamente en el mismo momento en que tenía que habérselas con el estallido de la guerra fría, el presidente sufriera una grave impopularidad. En las elecciones de 1946 los republicanos consiguieron una ventaja aplastante en las dos Cámaras (246 republicanos frente a 188 demócratas y 51 frente a 45 en Congreso y Senado, respectivamente). "Equivocarse es Truman" -decía la propaganda republicana con un mal juego de palabras con el término "humano" ("human"). De este modo, cuando, en 1948, Truman anunció su candidatura para la reelección presidencial pareció que tenía nulas posibilidades. "Hubiera sido feliz -explica con sinceridad en sus memorias- sirviendo a mi país como juez del condado". Todo parecía contra él: en su propio partido le salieron candidatos alternativos cuando todavía estaba lejos de concluir su mandato. Proliferaron también los candidatos independientes: uno de ellos fue el general Eisenhower a quien el mismo Truman se lo propuso. Al comienzo de la campaña era imaginable que obtuviera tan sólo un tercio del voto y la viuda de Roosevelt le quiso convencer de que retirara su candidatura. Sin embargo, los estrategas demócratas le convencieron de que, a pesar de todo, él podía obtener la victoria si conseguía resucitar la alianza que en su día hizo Roosevelt entre diferentes grupos de interés, como negros, campesinos, pobres y grupos étnicos, coalición que constituía la esencia misma del partido demócrata. Así lo hizo y su energía, unida a la ineptitud de sus adversarios, acabó por darle la victoria. En sus memorias, Truman asegura que "la mayor proeza fue ganar sin los radicales extremistas y sin el Sur". Wallace, al frente de un partido progresista, hubiera podido ser un peligro de haber mantenido una postura más realista en política exterior y de haber logrado el apoyo de los sectores más liberales del partido demócrata. Pero no tomó en consideración ni siquiera el golpe de Estado en Checoslovaquia (1948) y eso le quitó los votos del mundo intelectual y de los sindicatos, donde el anticomunismo era un sentimiento bastante extendido. Un grupo denominado "Americans for Democratic Action", al frente del cual estaba Eleanor Roosevelt, se opuso a los progresistas por vincularlos con el partido comunista. El candidato republicano Dewey siempre fue distante y demasiado confiado: un historiador le ha descrito como "tan excitante como un trozo de tiza". El senador demócrata sureño Thurmond, con una candidatura defensora de los derechos de los Estados, dividió el voto conservador mientras que, por su parte, Truman hizo campaña en Harlem, lo que le dio más votos que los que perdió en los Estados del Sur. No debe minusvalorarse tampoco lo largo y apasionado de la campaña del presidente saliente. Sin embargo, ganó por poco: no consiguió algunas zonas habituales de los demócratas y quedó por debajo del 50% del total del voto. Le apoyaron los sindicatos y las zonas rurales pero, sobre todo, consiguió la victoria gracias a que los norteamericanos estaban mucho mejor en 1948 que con anterioridad. Éste es un factor de primera importancia para explicar la sociedad norteamericana de la segunda posguerra mundial. A lo largo del conflicto se había producido un incremento del gasto público que multiplicó su cuantía por diez y que provocó una extraordinaria prosperidad económica. Nada más concluida la guerra, un factor decisivo para comprender el crecimiento estuvo constituido por el conjunto de facilidades concedidas a los veteranos, una vez que regresaron de la guerra, en forma de préstamos para vivienda, para iniciar negocios o reanudar sus estudios. Pero el crecimiento económico, producto de la proyección de la etapa de crecimiento anterior, fue obra de la empresa privada, de lo que el sociólogo Daniel Bell denominó como "la revolución de los conocimientos" y del consiguiente incremento de la productividad. Hacer un coche costaba 310 horas de trabajo pero en el plazo de 10 años ese tiempo se redujo a la mitad. Lo que importa de forma especial es constatar el volumen de este progreso económico. Con el 7% de la población mundial a fines de los años cuarenta, Estados Unidos tenía el 42% de la renta total: producía el 57% del acero, el 62% del petróleo, el 43% de la electricidad y el 80% de los automóviles. Su renta per cápita casi duplicaba a la de Suiza, Suecia y Gran Bretaña, ejemplos de países desarrollados. En 1947-60 la renta per cápita creció tanto como en el conjunto de la mitad del siglo precedente y el PIB creció un 250% durante ese mismo período. Todavía más importante que todos estos datos cuantitativos son las realidades cualitativas, mucho más difícilmente mensurables. Por ejemplo, la sensación de apertura de oportunidades al conjunto de la sociedad y, en especial, a los más jóvenes: esto es lo que contribuye a explicar que éstos se endeudaran, actitud que era incomprensible para sus padres que habían pasado por la crisis de los años treinta. Pero, además, se debe tener en cuenta también la aparición, aunque fuera en estado germinal, de industrias que estaban destinadas a un futuro extraordinariamente prometedor. El primer computador data de 1946 y el primer transistor de 1947 por más que en el mercado aparecieran mucho más tarde. La electrónica pasó en los tres lustros posteriores a la finalización de la guerra de ser la industria que hacía el número cuarenta y nueve en los Estados Unidos al cinco en el ranking total. La industria de los plásticos creció un 600% durante el mismo período. El punto de partida de la Segunda Posguerra Mundial no había sido tan optimista. Aunque en Estados Unidos nació y se desarrolló la civilización de consumo que luego se transmitiría de forma sucesiva al conjunto del mundo en 1945, sólo el 40% de las familias americanas era propietaria de sus casas; sólo un 37% pensaba que sus hijos tendrían mejores posibilidades que las suyas y sólo el 46% de los hogares tenía teléfono. Pero las cosas cambiaron de forma sustancial en el transcurso de sólo década y media. Un óptimo indicio del cambio de mentalidad y, al mismo tiempo, un testimonio singular de la recuperación de la posguerra fue el "boom" demográfico: en 1946 nacieron un 20% de niños más que en el año anterior. En los cuarenta se incorporaron al censo diecinueve millones de americanos y en los cincuenta la cifra ascendió ya a treinta millones. Como ya se ha sugerido, el "boom" fue el resultado del retorno a la normalidad de los más viejos pero también de una actitud nueva de los más jóvenes, menos preocupados por el posible cierre del horizonte de oportunidades. Para estos jóvenes padres se convirtió en famoso (e imprescindible) el libro de un médico pediatra, el Dr. Spock, uno de los más reeditados en los cincuenta. Si la Norteamérica de la posguerra se caracterizó por el peso en ella de los niños, otro rasgo fundamental suyo es que se convirtió en una sociedad suburbana. En los años cincuenta las ciudades crecieron seis veces menos que los suburbios y si se construyeron trece millones de casas, de ellos once se levantaron en los suburbios. Ya en 1960 el 60% de los norteamericanos eran propietarios de sus casas en medios suburbanos. El fenómeno nuevo de la aparición de interminables urbanizaciones de casas repetidas fue criticado por ensayistas y periodistas, porque parecía ir acompañado por la monotonía arquitectónica y la radical despersonalización, pero no cabe la menor duda de que la mayoría de los norteamericanos desearon este cambio que, por otro lado, introdujo también cambios en la sociabilidad, fomentando la relación de barrio. Por otro lado, este tipo de viviendas fue característico de una transformación social irreversible. De acuerdo con el nivel de ingresos atribuidos a la clase media, se llegó a decir que ésta pasó desde antes de la Segunda Guerra Mundial al final de los cincuenta del 30 al 60% de la población. Se había producido, según el sociólogo Daniel Bell, la transformación de buena parte del proletariado en "asalariado" o de los "blue collar" en "white collar". Esta transformación vertiginosa de la sociedad se vio acentuada por la tradicional movilidad geográfica: el 25% de los norteamericanos cambiaron de lugar de residencia una vez al menos al año durante los años cincuenta. Pero desde el punto de vista de las expectativas de los marginados y de los cambios que habrían de venir en el futuro, esa sociedad norteamericana también resultó muy a menudo decepcionante. En 1945, los negros, las mujeres y los sindicatos no hubieran querido volver al punto de partida anterior al comienzo de sus reivindicaciones y vieron en la victoria bélica la posibilidad de un avance significativo en sus reivindicaciones. Sin embargo, ya a comienzos de los años cincuenta se había producido una inversión de tendencia hacia unos Estados Unidos cada vez más conservadores y poco propicios a aceptar innovaciones. En 1944, por vez primera, un periodista negro fue admitido en una conferencia de prensa presidencial. Además, a lo largo de la guerra, los negros adquirieron una especial conciencia de su marginación, de manera especial aquellos que fueron veteranos en el Ejército. Así sucedió a pesar de que esta institución no se caracterizaba precisamente por su apertura en estas materias: la Armada sólo aceptaba a los negros en tareas manuales y en el propio Ejército la discriminación duró hasta 1954. Pero no fueron sólo ellos los que lucharon por sus derechos políticos: durante el período 1940-1947 el número de negros censados en el Sur pasó del 2 al 12%. Habían desaparecido ya las muestras más palpables de marginación -el analfabetismo en la población negra se situaba sólo en torno al 11%- pero la protesta se concentraba sobre todo en el Norte a pesar de que dos tercios de la población negra vivía todavía en el Sur. Allí, en la práctica, las Administraciones estatales no los admitían, por ejemplo, como jueces. No faltaban los casos más graves de violencia contra la población discriminada; hubo aún linchamientos de negros en 1940-44 pero la cifra iba en disminución. El mismo hecho de votar era peligroso. En el mismo año 1948 en que fue reelegido Truman un veterano que votó en Georgia acabó asesinado. El presidente, antes de serlo, aseguró en privado que no era partidario de las leyes contra los linchamientos pero que tenía que cuidar el voto negro de su Estado. En un principio fue muy poco avanzado en lo que respecta a la desegregación y sólo al final apoyó la existencia de un comité de derechos civiles y acabó por ser el primer presidente norteamericano que se dirigió en un discurso a la NAACP (la Asociación Nacional de Americanos de Color). Merece la pena señalar la diferencia de su comportamiento con respecto a otra minoría, menor en número pero muy influyente en el seno del partido demócrata: en lo que atañe al Estado de Israel alineó a los Estados Unidos con los judíos y creó así una alianza férrea que duraría mucho tiempo. Lo importante respecto a la discriminación es que en estos años, por vez primera, apareció la conciencia de que era una situación inaceptable y contradictoria con los principios fundamentales de la sociedad norteamericana. Ése fue el tema del libro del sociólogo Gunnar Myrdal en An American Dilemma (1944) acerca de la desigualdad real entre blancos y negros. No obstante, dos de las presunciones en que se basaba resultaron radicalmente falsas: la de que los blancos llevarían la iniciativa en la tarea de combatir la discriminación y la de que los negros acabarían por adecuarse a la forma de vida predominante entre los blancos. Sólo en los años cincuenta empezó la llamada "música negra" a ser considerada como un ingrediente imprescindible en la música popular. Después de haber desempeñado un papel de importancia decisiva en la fuerza de trabajo durante la guerra, resulta lógico que la mujer no deseara volver exclusivamente al hogar, pero la actitud oficial de la Administración y la de la mayor parte de la sociedad fue más bien propicia a ese retorno. De acuerdo con la legislación se consideraba que los veteranos debían sustituir a las mujeres que habían desempeñado un papel tan sólo circunstancial y, en consecuencia, unos dos millones y cuarto de mujeres perdieron sus empleos en el momento de concluir la Guerra Mundial. Aquellas que permanecieron en el trabajo padecieron una evidente discriminación. El setenta y cinco por ciento de las mujeres tenía trabajos tan sólo femeninos y, como media, la mujer no ganaba más que dos tercios del salario masculino. A mediados de los años cuarenta el setenta por ciento de los hospitales no querían médicos internos que fueran mujeres. En política sólo había ocho congresistas y una senadora en el legislativo norteamericano. Todas las medidas tendentes a la igualdad laboral de la mujer carecieron de los votos suficientes en el legislativo. Toda esta situación se explica por un estado de conciencia muy arraigado, sobre todo en la población masculina. El sesenta y tres por ciento de los hombres consideraba que las mujeres no debían trabajar si sus maridos podían mantenerlas (sólo en 1973 la proporción fue ya en sentido inverso). A menudo, en las revistas dirigidas al público femenino, se hacían afirmaciones como la de que "el hombre moderno necesita a su lado una mujer pasada de moda". Años después, la femenista Betty Friedan describiría la concepción del hogar como único horizonte vital para la mujer como, en realidad, "un confortable campo de concentración". Los modelos de comportamiento sexual y las referencias al ideal de belleza femenina remitían a ese recuerdo del predominio masculino. En muchos Estados de la Unión era todavía ilegal vender medios para el control de la natalidad. El modelo de belleza incluso cuando parecía transgresor -Rita Hayworth en Gilda- ofrecía la complementaria imagen de la decencia convencional, Incluso la caracterización del símbolo sexual por excelencia, Marilyn Monroe, fue la de una mujer ingenua en el fondo, aunque pareciera otra cosa en ocasiones. Si los negros y las mujeres se vieron decepcionados como consecuencia de la oleada de conservadurismo que se produjo en los años de la guerra fría, en el caso de los sindicatos se produjo un manifiesto retroceso. En 1945 se partía de una tasa de sindicalización muy elevada, próxima al treinta y cinco por ciento. Además, los líderes sindicales manifestaban una decidida voluntad de llegar a una "democracia industrial" en la que a los sindicatos les correspondiera un papel decisivo. Por otra parte, en los medios industriales y políticos existió siempre un evidente temor a que los sindicatos cayeran en las manos de radicales. Originariamente, los propios sindicatos vieron en Truman la actitud de un presidente que parecía interesado en romper las huelgas. Sin embargo, cuando el Congreso y el Senado votaron la Ley Taft Hartley (1947) cambiaron de opinión. La ley ponía dificultades objetivas a los sindicatos, como crear períodos de enfriamiento de los conflictos, impedir la afiliación compulsiva a un solo sindicato en un lugar de trabajo y suponer la obligación de declarar los jefes sindicales que no eran comunistas. Truman vetó la ley pero su decisión fue derrotada en las dos Cámaras del legislativo norteamericano. Hasta mediados de los cincuenta, los sindicatos más radicales, que representaban un millón de afiliados, tuvieron fuerte implantación comunista. Sin embargo, estaban condenados en la práctica a la marginalidad y a convertirse en inviables porque los propios grandes sindicatos se enfrentaron a muerte con ellos. Éstos fueron los aspectos menos positivos de una sociedad en que, como en todas partes, las expectativas creadas durante la Guerra Mundial se vieron decepcionadas en un elevado porcentaje. Pero esa sociedad tenía vertientes mucho más positivas. Aunque el 5% de la población era propietaria del 19% de la riqueza, era también una de las sociedades de todo el mundo en que la movilidad social era mayor. Seguía siendo, además, una sociedad muy estable. Homogénea -las leyes de la preguerra habían restringido severamente el número de los inmigrantes- aparecía, además, caracterizada por actitudes conservadoras: hubo un momento en el que la tasa de divorcios se aproximó a un tercio del número de matrimonios, pero después de la guerra disminuyó mientras que crecía el peso social de la religión. Había, además, aparecido a comienzos de los cincuenta una civilización del consumo. Pronto hubo un coche por cada tres adultos y la compra para el consumo en el hogar empezó a llevarse a cabo en los grandes supermercados suburbanos. En ellos era posible encontrar toda una serie de novedades que parecían de ciencia-ficción para la generación anterior: el secador eléctrico de ropa, el disco, la cámara Polaroid.
contexto
En el año 469, un terremoto en Laconia favoreció la promoción de una revuelta servil entre los hilotas de Mesenia, que se hicieron fuertes en el monte Ítome, lugar sagrado de Zeus en que se sentían protegidos. A pesar de que ya se definen las diferencias entre ambas ciudades, los espartanos, en situación muy agobiante, buscan la solidaridad de los propietarios de esclavos y la reciben de algunas colectividades, entre ellas de Atenas. Aquí todavía triunfaba el orgullo de la victoria, como si el apoyo a los espartiatas fuera a repercutir en la consolidación de la hegemonía, incluido el territorio del Peloponeso. Los argumentos de Cimón se dirigían hacia la consideración de una Grecia bifronte, formada por dos ejes que no se podían perder. En este debate se sitúa la primera actuación de Efialtes, opuesto a que tal ayuda se llevara a cabo. El demos vota de momento a favor de la propuesta de Cimón. Es el punto culminante de la política evergética. Plutarco aclara el sentido que pudiera atribuírsele a ésta. Para él, no hay que ver en ella algo que pueda confundirse con la democracia. Cimón era aristocrático y laconizante. Éste fue el momento clave para que se revelaran los contenidos de sus actitudes. En efecto, la revuelta no se sofocaba a pesar de que los espartanos habían confiado en la capacidad de los atenienses. No sólo ésta resultaba inútil, sino que, incluso, comenzaron a surgir sospechas de que los atenienses no mostraban interés, a causa de sus diferentes etnias, pues no pertenecían a la rama griega de los dorios, pero tampoco compartían sus modos de concebir las relaciones humanas. Los atenienses tuvieron que marcharse, ante las sospechas de que colaboraban con los rebeldes, lo que repercutiría en la orientación de las relaciones entre ambas ciudades y en el prestigio de Cimón dentro de Atenas. Al revelarse el sentido exterior de sus proyectos políticos, para el demos ateniense se aclararon también los aspectos externos, revestidos de demagogia, pero consistentes más bien en que la capacidad distributiva de los poderosos, enriquecidos gracias al trabajo del demos, de los esclavos, de los tributos y de las acciones navales en que participa el demos, aumenta su poder y aparta al demos del mismo. Éste se dedica a los erga, labores económicas, productivas y de consolidación del poder imperial, mientras deja los prágmata, la labor política, en manos de aquéllos, que son los que ponen en circulación el dinero. El texto conocido como "Anónimo de Jámblico" alaba esta actitud como creadora de circulación frente a la tesaurización propia del hombre tiránico, aislado de la colectividad. Aquél se encuadra dentro de la democracia, pero en una línea que reproduce los aspectos económicos del arcaísmo.