Durante su etapa de formación, van Scorel, estudia la pintura de Mabuse. Durante su viaje por Europa entra en contacto con personas de la talla de Durero. Lo que más huella dejará en su pintura, será su visita a Roma, donde el pintor queda fascinado con las obras Rafael y Miguel Ángel como queda patente en algunas de sus obras.
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La identificación de esta joven con María Magdalena fue posterior al lienzo, y tal vez su autor, Caravaggio, la reflejó solamente al añadir los objetos que se encuentran en el suelo y que normalmente se consideran atributos de este personaje bíblico. La joven que aparece retratada también está en otros cuadros del artista como en la Muerte de la Virgen, y el vestido que lleva fue usado por otros modelos que posaron para el pintor, como por ejemplo Narciso. Esto nos habla de la fidelidad con que Caravaggio pintaba los objetos elegidos, así como de la pobreza de su taller, que solía emplear a los mismos personajes con el mismo atrezzo. Caravaggio ha pintado a la muchacha según el modelo de las Melancholie, unas figuras tradicionales en la pintura del último Renacimiento y el Manierismo que alegorizaban la Melancolía. La joven está sentada, con las manos cruzadas sobre el regazo y la cabeza ladeada con abandono. Sus cabellos dorados se esparcen con descuido por su cuello y espalda, lo que ayudó a que posteriormente el artista la dotara de los rasgos de la Magdalena. A esta identificación contribuyen los objetos del suelo: las joyas desparramadas y rotas, y el jarro con perfume, símbolos de la vanidad de Magdalena así como de su pasado turbio de cortesana.
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La pintura de Gentile da Fabriano está a caballo entre el Gótico Internacional y el Quattrocento, siendo el maestro más solicitado del primer cuarto del siglo XV, viajando por las diferentes cortes para realizar numerosos encargos. En la primera década del siglo trabaja en el Políptico de la Coronación de la Virgen para el convento de Valleromita, cercano a Fabriano, una de cuyas tablas laterales apreciamos aquí. La figura de la Magdalena se recorta sobre un fondo dorado, interesándose el maestro por otorgar cierta volumetría a la santa a través de los duros plegados del manto y de la túnica. La perspectiva también es una nueva preocupación al disponer bajo los pies un campo de florecillas que llega hasta el fondo dorado, campo que sirve para dotar de peso a la figura y evitar la planitud. La anatomía es muy somera y el rostro apenas muestra expresividad. No se puede decir que Gentile sea un pintor renacentista pero aportará algunas de las pautas que más tarde desarrollará Masaccio, al que conocerá en Florencia. Su arte cortesano y elegante ha dejado obras de interés como la Adoración de los Magos o una Virgen con Niño y santos.
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Gracias a la calidad cromática de su estilo, Antolínez posee un especial protagonismo dentro de la pintura madrileña de su tiempo. De su obra religiosa conviene destacar su interpretación del Tránsito de la Magdalena, tema de éxito en nuestra iconografía del Siglo de Oro desde Ribera. Soberbio, ejemplifica lo que pueden dar de sí los artistas madrileños. En el cuadro destacan los azules del lujoso manto de la santa penitente y los de los celajes del paisaje de fondo, los malvas y los platas en los que se disuelve la figura del ángel que saluda a la santa, que en su impulso ascensional describe, junto al ángel, una diagonal perfecta que atraviesa todo el cuadro. El esplendor y la delicadeza de sus vibrantes tonos testimonian su admiración por la escuela veneciana, especialmente por Tiziano, aunque su empleo de la gama plateada deriva de la paleta de Velázquez.
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La estrecha relación de esta Magdalena con el Calvario de Osuna hace pensar a los especialistas que se trate de una obra realizada por Ribera en sus primeros años napolitanos, a el calor de la protección del duque de Osuna. La Magdalena aparece de estricto perfil, destacando su pensativo rostro a través de un potente foco de luz procedente de la izquierda que resalta también la volumetría de la figura, al recortarla sobre un fondo neutro. En su manos porta una calavera que ha sido tratada por el maestro con absoluta veracidad, siguiendo la tradición flamenca, similar a los objetos de la serie de los Sentidos. Las tonalidades pardas y tostadas están tomadas, al igual que el naturalismo del personajes y la iluminación empleada, de Caravaggio, si no directamente sí a través del círculo de pintores nórdicos que vivía en Roma denominado Caravaggistas de Utrecht.
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Una de las principales aportaciones iconográficas del Barroco será la representación de santos penitentes, en sintonía con las ideas de la Contrarreforma. Ribera realizará un buen número de ellos, destacando la Magdalena que aquí observamos por su delicada belleza. La santa aparece en una cueva -aunque no existen referencias espaciales- apoyándose sobre la calavera que se sitúa sobre una piedra que acaba en ángulo -símbolo de penitencia-, mientras que en primer plano observamos el pomo de perfumes. En su meditación, la Magdalena dirige sus enrojecidos ojos al espectador, captando el maestro valenciano de manera perfecta su gesto y expresión. La figura se recorta ante un fondo neutro gracias a un potente foco de luz que acentúa el carácter tenebrista del conjunto, resaltando el brillo de los cabellos, la calavera y el pomo de perfumes. Tampoco renuncia al naturalismo con el que está tratado tanto el rostro como las manos o las calidades de las telas. Las novedades respecto a la etapa juvenil las encontramos en el tratamiento pictoricista y la brillantez cromática empleada. Pérez Sánchez considera que podría tratarse del cuadro que en el Inventario del Alcázar de Madrid del año 1666 aparece en la alcoba de la Galería del Mediodía donde falleció Felipe III.
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La Magdalena -símbolo de la belleza arrepentida- protagonizará un buen número de lienzos al permitir representar un rostro juvenil y sugerente, ajeno a las tristezas de los martirios tan comunes en el cercano Barroco. Veronés nos transmite una de sus imágenes más interesantes, en la que muestra su predilección por las calidades de las telas. La santa aparece en primer plano, elevando su mirada hacia Dios, en un maravilloso gesto de ternura y arrepentimiento por su anterior vida de lujo y prostitución. Viste un elegante traje carmesí, cubriéndose el amplio escote con sus manos y sus largos cabellos, postura muy del gusto de la época. A su alrededor encontramos una calavera, un libro y un crucifijo, elementos que aluden a su vida de contemplación en el desierto, como una eremita más. La luz divina ilumina su bello rostro, provocando un ligero claroscuro. La pincelada empleada por el maestro es bastante suelta, apreciándose la rapidez de la factura en algunas zonas del vestido o del cabello.