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En el primer cuarto del siglo I a. C. despuntan en Roma dos talleres fundados por sendos maestros griegos. El primero de ellos modela sus cabezas con una cohesión y una vida orgánica reveladoras de su total independencia del retrato itálico. No distribuye este maestro los rasgos de sus modelos por las cabezas de éstos, como elementos sobresalientes en una superficie única, sino que los coordina y concentra para dotarlos de una expresión momentánea y enérgica, hasta representarlos a veces como poseídos de un arrebato de cólera a punto de estallar. Una cabeza de terracota aparecida en el Cerámico de Atenas, con muchos rasgos de su estilo -entre ellos, el pelo lanudo que vemos en el retrato del cabeza de serie, Aulo Postumio Albino- permite atribuirle una procedencia de Atenas. Los ojos y su entorno, que en el retrato etrusco-itálico de la época, quedan desaprovechados, constituyen el centro animador de la fisonomía; y en segundo lugar, la boca, bella y carnosa en ocasiones, pero también elocuente y enérgica, aunque se encuentre sumida entre las encías sin dientes. Las monedas acuñadas en el año 49 por D. Postumio Albino, hijastro del personaje representado en ellas, revelan que éste no fue otro que el conocido Aulo Postumio Albino, cónsul en el 99, asesinado por sus soldados en el cerco de Pompeya del 89. La versión mejor que tenemos de su retrato se encuentra en el Louvre, pero hay otras. Una de ellas, en el Braccio Nuovo del Vaticano, tiene una expresión apagada y sin brío, que ha llevado a la crítica a creer que aun siendo obra del mismo taller, acaso represente a otro miembro de la familia, Spurius, el hermano mayor de Aulus. El Mariscal de Tívoli (n.° 51), una estatua recuperada casi íntegra, y que tal vez represente a uno de los Plautios de la hermosa villa tiburtina, así como una cabeza de la Sala delle Pitture del Vaticano, se revelan como obras de este mismo maestro, que en los años 90 y 80 logró una clientela muy distinguida en la alta sociedad romana. Quizá su obra de mayor empeño fuese el retrato de Sila, que por desgracia no ha llegado a nosotros más que en su reproducción en las monedas acuñadas, en el mismo año 49, por un descendiente del Dictador (n.° 52). A las obras de este grupo, calificado por B. Schwitzer de helenístico-helenizante, se contraponen las de otro que merece la denominación de helenístico-latinizante. Es contemporáneo del anterior y tiene como él sus representantes en retratos monetales, especialmente en las cabezas del cónsul C. Coelius Caldus (año 94 a. C.) reproducidas en los denarios de un nieto de aquél (n.° 53). A partir también del retrato helenístico, renuncia a su intenso carácter orgánico para emitir unas notas que suenan a voz romana. Como atendiendo a una fórmula o receta, la fisonomía acepta unas grandes líneas definitorias: las arrugas de la frente se prolongan por las sienes; las patas de gallo acompañan a los ojos; el arranque del pelo suele dibujar sobre las sienes una S; dos arrugas paralelas recorren las mejillas de arriba abajo, acompañando al surco de la boca, en cuyas líneas enérgicas se concentra gran parte de la fuerza del retrato. Es admirable que atemperando lo orgánico y dando entrada a elementos lineales fuertes, se lograsen obras de arte como la Cabeza Stroganoff del Metropolitan de Nueva York, impregnadas de inconfundible sabor romano. A finales de la década de los setenta, en que ya bullen en Roma los futuros componentes del Primer Triunvirato y despunta un Cicerón deseoso de triunfar, se abre paso un criterio que parece inspirado por una reacción de los adversarios del helenismo, partidarios de una romanidad de viejo cuño, que proclamaba como ideal la añeja figura del campesino-senador, adornado de las tres eses de sapiens, sanctus et severus (= prudente, escrupuloso y estricto). Sus retratos más representativos (ideales como retratos de viejo) forman el grupo romano antiguo. Su base radica en la imago; los ojos pierden fuerza; todos los detalles de la fisonomía, incluso lo feo y defectuoso (v. gr. las verrugas), se registran escrupulosamente. Parece como si hubiese dos talleres o escuelas. El primero trabaja desde dentro, y el resultado final es una superficie movida, de salientes y entrantes, un hacer propio de artífices del metal, que tiene sus mejores exponentes en el Viejo Torlonia (n.° 52) y en el retrato monetal de Antius Restio (n.° 55). El segundo taller parece inspirado por un tallista que abra en la madera mallas de pliegues y arrugas en busca de efectos de claroscuro. El magro oficiante del Vaticano (n.° 57), con la cabeza velada por la toga, es obra suya. Todos ellos son retratos inolvidables, trozos vivos de la Roma de fines de la República, hablando en su magnífico latín. El Viejo Torlonia representa al campesino, duro, terco, enemigo de dar su brazo a torcer y convencido de la rectitud de su criterio. El oficiante velado, en cambio, parece un hombre distinguido, si bien no de la más rancia nobleza, un poco cansado y tal vez decepcionado de su experiencia de la vida. El actor favorito de Sila, el archimimo Norbanus Sórex, mencionado por Plutarco, acompañó al Dictador a Puteoli hasta la muerte del mismo y se retiró después a Pompeya, colonia desde hacía poco de los veteranos de Sila. La estima de los pompeyanos por el célebre amigo de su benefactor se materializó en el emplazamiento de un retrato suyo (n.° 58), de alrededor del año 60, en un rincón del Pago Augusto, donde se ha encontrado, con la inscripción correspondiente en una berma de mármol. El retrato, de bronce, estaba hecho, como sus muchos congéneres, para instalar en herma de piedra en el atrio, a los lados de la entrada al tablinum. Su calidad y su interés aconsejaron a Schweitzer hacer de él el epónimo de un grupo, del segundo cuarto del siglo I, en que sin renunciar a su espíritu romano, sólidamente establecido ya desde los retratos del Grupo de Albino, el retrato vuelve a helenizarse, poniendo los ojos en modelos como el de Filetero, el fundador del reino de Pérgamo, concentrando las energías del rostro en las zonas de la boca y de los ojos y entrecejo. El pelo de Sórex, muy corto, traza un amplio giro horizontal sobre la frente y sendas eses sobre los temporales; sus diminutos mechones están estilizados como el plumón de un pájaro. Integran el mismo grupo otros retratos excelentes, como el Sacerdote de Isis, del Museo de las Termas (n.° 59), el esposo del Monumento funerario de Vía Statilia (n.° 60) y una cabeza de terracota del Museo de Boston (n.° 61), que parece el trasunto de la mascarilla sacada del modelo vivo. También Pompeyo encabeza un grupo de retratos, y lo hace con dos ejemplares, uno de Venecia, que lo representa a los cuarenta y tantos años, tras haber alcanzado la cima de su popularidad en el año 61. Pudiera ser el utilizado para la estatua ecuestre que se alzaba en el Comitium, junto a los Rostra, al lado del de Sila. Tiene algo en común con el de Sórex, pero es más suelto, menos tenso que el del actor, y se inspira claramente en los de los Diádocos. Del mismo artista es el retrato sedente de un dramaturgo romano de la época, el mal llamado Menandro, del Vaticano. El otro retrato de Pompeyo es copia, sin duda, del que el pueblo le hizo erigir en el año 52 en la Curia Pompeii en gratitud por la construcción del teatro y de los pórticos del mismo nombre. Pompeyo pasa ya de los 50 años, pero su bonhomie se encuentra en la cima y así lo revelan su expresión jocosa y el mechón rebelde que se encrespa en lo alto de su frente, la anastolé que los aduladores de los años de su juventud decían que era uno de sus rasgos de Alejandro (y que lo animaron a usurpar el cognomen de Magnus, Cn. Magnus Imperator, como rezan sus epígrafes). En este retrato culmina la tendencia pictórico-patética iniciada en los días de Sila; el artista trata de superar al modelo helenístico con la experiencia romana, y seguramente lo consigue. Por estos años se inicia la serie de los retratos de Cicerón, que aglutinan a los de quienes lo imitan o acuden al mismo taller. Con más de medio siglo a sus espaldas, el consulado y el destierro en su haber, el poder en manos de los triunviros, Cicerón es el estadista veterano y el intelectual más prestigioso de Roma. Tal vez no sea casualidad que su primer retrato, el del tipo Apsley House, sea el primero y el mejor de los retratos clasicistas romanos. Bien pudiera haber ocurrido, en efecto, que un artista perspicaz, consciente de que tenía ante sí a la primera cabeza de Roma, experimentase con ella algo nuevo: una aproximación a Grecia jamás intentada por nadie, no a la Grecia contemporánea ni a la del primer helenismo, sino a la Grecia clásica de los siglos V y IV, a la Hélade de Tucídides, apasionadamente estudiado e imitado por historiadores del talante de Asinio Polión y de Salustio, a la Grecia de Menandro, cuyo retrato estaba en la mente, si no a la vista, del escultor para quien ahora posaba Cicerón: el hombre, tranquilo y sereno en la plenitud de su ser, en lugar del sujeto arrebatado por la agitación momentánea; las formas claras, en su plasticidad natural y objetiva, en vez del efectismo teatral y pictórico; las leyes ocultas detrás de la realidad y no la crasa realidad por sí misma; la hermosura del hombre y no la personalidad del individuo. Estos fueron los ideales que el autor del más antiguo de sus retratos conocidos -probablemente el primero en el tiempo, hecho hacia el año 51, editada ya "De republica" y en trance de elaboración el "De legibus"-, hizo resplandecer en una obra excepcional y revolucionaria. La apertura al arte griego clásico que despunta en el primer retrato de Cicerón facilitó la visión objetiva del modelo en muchos retratos del decenio de los años 50 en que el romano renuncia a los gestos y expresiones melodramáticas en que había incurrido a veces anteriormente. El segundo retrato de Cicerón, hecho en vida y a instancias de quienes lo consideran ya un clásico como escritor, el Cicerón Chiaramonti (n.° 63), representa a esta romanidad sencilla y severa. Se vive en el decenio de la guerra civil entre Pompeyo y César, de la Dictadura de éste y de su trágica muerte. Cicerón se ha marginado. Las esperanzas que en él hubieran podido despertar los Idus de Marzo se han frustrado al percatarse de que el partido cesariano sobrevive al mando del cónsul Marco Antonio. Pomponio Atico, el sagaz y buen amigo, le recomienda que se abstenga de intervenir en política y se dedique a escribir historia; pero él quiere guerra y no paz. Su retorno a la vida pública es catastrófica, para el pueblo romano y para él. Su exponente, las "Filípicas", con las que aspira a destruir a Marco Antonio y al partido cesariano, sirviéndose de Octaviano, el heredero del César. Sólo la muerte lo redimió de sus errores y fracasos. La posteridad, generosa a la hora de olvidar, ni hizo hincapié en ellos, sino en su obra escrita, y lo inmortalizó en un retrato que ha sido modelo de otros muchos de estadistas y prelados. La mejor de las copias de este retrato definitivo, la del Museo Capitolino, estuvo hace siglos en poder de los Barberini -la familia del papa Urbano VIII- y pudo haber inspirado a Bernini su retrato del cardenal Scipione Borghese. El barroquismo del busto de Cicerón parece inspirado en el de sus fogosos alegatos políticos. Según los testimonios de la época, uno de ellos del propio orador, éste tenía por lo menos dos estatuas en lugares públicos, una en la Samos griega y la otra en la ciudad de Capua. Se las habían levantado en vida por su condición de hombre de Estado, no de letras. La edad que aparenta en el retrato que ahora comentamos no puede distar mucho de los 64 que tenía cuando fue asesinado. Podría ser, por tanto, un retrato póstumo, una obra maestra del retrato antiguo. Su expresión combina el dolor de la decepción con la resolución fría de seguir luchando; delata también la pérdida de fuerza física y el aumento de capacidad intelectual que la vejez incipiente suele llevar aparejadas, un triunfo rotundo para el afán del retrato romano de representar al hombre como persona, no como héroe mítico. Pronto, sin embargo, se llegaría a esto. En una de las cartas de Cicerón, deja constancia el orador, con la natural alarma, de que Octaviano ha jurado con la mano extendida ante una estatua de César, no cejar en su empeño de vengar su muerte. Por entonces fue vista una nueva estrella en el firmamento, que la multitud asistente a los ludi Victoriae Caesaris aclamó con fervor como el alma del finado, el Iulium sidus. Octaviano ordenó colocar estrellas sobre la frente de todas las estatuas del Dictador, nuncios de su próxima divinización. Pese a esta aparente abundancia de retratos de César en la Roma de su tiempo, muy pocos son los que han sobrevivido, y menos aún los que ofrecen garantías de autenticidad. La Sala dei Busti del Vaticano exhibe una cabeza que, si no hecha en vida del Dictador, puede considerarse como su efigie oficial, hecha en tiempos y según el gusto clasicista de su heredero en el Imperio. La cabeza no es una construcción naturalista, sino estereométrica, un prisma alargado en que el artista ha encajado los rasgos del modelo: la frente moderadamente alta, atravesada por surcos regulares; las sienes hundidas; la mandíbula inferior ancha y tenaz; los ojos grandes, capaces de una mirada intensa y concentrada. Parece la cabeza de un asceta, animada por un enérgico e intenso fuego interior, el mismo que iluminó la personalidad evanescente de este hombre singular. Muy distinto, pese a representar a la misma persona en el mismo momento de su vida, es un retrato conservado en Aglie (Piamonte) desde hace años, pero procedente de Túscolo, en las cercanías de Roma. Pudiera ser la copia de un bronce que conservase mucho del modelo en barro, por ejemplo, en el pelo. Tal vez sea el retrato más fiel al natural. La depresión que, visto de perfil, se observa en lo alto de la bóveda craneana es rasgo (una anomalía, si se prefiere) que pese a su pequeñez, acusan sus efigies monetales; lo mismo puede decirse del cuello, largo y delgado. No tendría nada de extraño que fuera éste el retrato escultórico más antiguo que nos ha llegado de César. En su semblante resplandecen el ingenio, la espiritualidad y una ironía que desaparece de los retratos posteriores, más preocupados por transmitir la imagen del gran hombre, del César arquetípico.
Personaje
Nació en Vitoria el 18 de julio de 1881. Su educación, en un ambiente familiar cosmopolita y liberal, resultó decisiva en su formación intelectual y profesional. La temprana muerte de su padre, Manuel de Maeztu Rodríguez, un hacendado cubano de origen navarro, dejó a su familia en la ruina. La familia se trasladó entonces a Bilbao donde su madre, Juana Whitney, hija de un diplomático inglés, montó una residencia de señoritas en la que podían cursarse estudios, completar la educación, aprender o perfeccionar idiomas y cultura general. Tras finalizar la primera enseñanza, cursó estudios en la Escuela Normal de Maestras en su ciudad natal (1896-1898). En 1902 logró por oposición una plaza de maestra en una escuela pública de Santander, pero consiguió su traslado a Bilbao. En septiembre de 1907 obtuvo el grado de bachiller, con la calificación de sobresaliente en la Sección de Letras y premio extraordinario. En el mismo año se inscribió como alumna no oficial de Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca, licenciándose en Madrid en 1915 con premio extraordinario. Entre octubre de 1909 y junio de 1912 siguió, como alumna oficial, las enseñanzas de la Sección de Letras de la recién creada Escuela de Estudios Superiores del Magisterio, siempre con excelentes calificaciones. En esta época tuvo como profesor a Ortega y Gasset, a quien tributó siempre una enorme admiración. La estrecha vinculación con la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas de la Institución Libre de Enseñanza, le procuró una amplia formación europea. Fue pensionada en varias ocasiones: - En el verano de 1908, durante dos meses en Londres. - En el verano de 1910, disfrutó durante tres meses de otra pensión para conocer los "Problemas actuales de la educación estudiados en las orientaciones de algunos de los principales países europeos" (Bélgica, Suiza, Turín y Milán), y asistió también en Amberes al III Congreso Internacional de Educación Familiar. - Finalmente, en octubre de 1912, pasó dos semestres en la Universidad de Marburgo, donde fue alumna de Paul Natorp, de quien tradujo después Religión y Humanidad y Curso de Pedagogía. - Estuvo también pensionada en otras muchas ocasiones para asistir a congresos o realizar distintas misiones encomendadas por la Junta. En noviembre de 1913, se incorporó a la Sección 9.? del Centro de Estudios Históricos, dedicada a la filosofía contemporánea y dirigida por Ortega y Gasset, donde permaneció hasta la interrupción de su actividad en el verano de 1916. En octubre de 1915 fue nombrada directora de la Residencia Internacional de Señoritas, creada por la Junta para la Ampliación de Estudios. Regida por las mismas normas que la célebre Residencia de Estudiantes. La Residencia de Señoritas tuvo gran trascendencia para la cultura femenina española: María de Maeztu, con su prestigio personal y cultural, mantenía el espíritu de la Residencia en un ambiente grato y atractivo. Contertulios habituales fueron Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Ramón Menéndez Pidal, Gregorio Marañón, Juan Ramón Jiménez, Azorín, Federico García Lorca... Desde su creación en 1918, dirigió también la Sección Preparatoria del Instituto-Escuela. (Real Decreto de 10 de mayo de 1918). Se trataba de un nuevo ensayo pedagógico de Segunda Enseñanza bajo el patrocinio de la Junta para Ampliación de Estudios. María de Maeztu, fue nombrada para dirigir la Sección Primaria, contando con la ayuda de un grupo de extraordinarias educadoras entre las que se encontraban María Goyri, su hija Jimena Menéndez Pidal, Josefa Castán Zuloaga. El Instituto-Escuela de Segunda Enseñanza comprendía una sección preparatoria de niños y niñas, el internado y las clases de alumnas de bachillerato. Entre marzo de 1928 y marzo de 1930, fue además vocal de la Junta par ASmpliación de Estudios -la única mujer que ocupó ese puesto antes de 1936-, y perteneció a la comisión encargada de las relaciones culturales con América desde su constitución, en noviembre de 1928. En 1926 fundó y presidió el Lyceum Club Femenino, asociación creada a semejanza de las ya existentes en Europa. Este Lyceum fue también llamado el "club de las maridas", porque en ella coincidieron varias esposas de personajes de relieve intelectual de la época. Se constituyó según el modelo internacional, con secciones de Literatura, Ciencias, Artes Plásticas e Industriales, Social, Música e Internacional. Eran vicepresidentas Isabel Oyarzábal y Victoria Kent; secretaria, Zenobia Camprubí; vicesecretaria, Miss Helen Phipps; tesorera, Amalia Galinizoga, y bibliotecaria, María Martos de Baeza. En el Lyceum participaron Margarita Nelken, María Lejárraga, Ernestina de Champourcín, Concha Méndez, María Teresa León, Elena Fortún, Mabel Pérez de Ayala... María de Maeztu organizaba cursillos, conferencias, conciertos y exposiciones a cargo de intelectuales, científicos y artistas nacionales y extranjeros. En 1927, durante la Dictadura de Primo de Rivera, fue elegida miembro de la Asamblea Nacional, desarrollando su actividad en la sección dedicada a la educación. En 1932 accedió a la docencia universitaria en la recién creada Sección de Pedagogía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central. Su gran elocuencia y dominio de idiomas le facilitaron impartir con gran éxito sus doctrinas pedagógicas y feministas por Gran Bretaña, Estados Unidos, México, Cuba, Argentina y distintas ciudades españolas. Así mismo, su conocimiento de idiomas, poco frecuente en la España de entonces, le abrió la puerta para representar a España en Congresos Internacionales. Obtuvo diversos premios y reconocimientos, como el doctorado honoris causa por el Smith College en 1919, el nombramiento como miembro correspondiente de la Hispanic Society of America o el de profesora honoraria de la Universidad de México. El 31 de julio de 1936 es detenido su hermano Ramiro, intelectual de derechas perteneciente a la Generación del 98. Tras un simulacro de juicio fue fusilado en la madrugada del 29 de octubre. Éste golpe terrible la distanció de sus convicciones liberales anteriores. Abandonó España y en 1937 se instaló en Buenos Aires, donde fijó su residencia y obtuvo una cátedra de Historia de la Educación en la Universidad de Buenos Aires que mantuvo hasta su muerte. Gran parte de los escritos de María de Maeztu se refieren a cuestiones educativas y pedagógicas, donde procura incorporar las tendencias conceptuales y metodológicas más actuales. Se refleja en sus obras la preocupación por la educación de la mujer que promovió siempre. Las publicaciones más importantes de María de Maeztu corresponden a la última etapa de su vida. Dedicó gran parte de sus esfuerzos a divulgar la obra y el pensamiento de los últimos años de su hermano Ramiro. Escribió también dos ensayos afines con esa línea de pensamiento: El problema de la ética (1938) e Historia de la cultura europea (1941). En 1943 publicó su obra más conocida, Antología. Siglo XX. Prosistas españoles. Semblanzas y comentarios Madrid: Espasa-Calpe, 1943. María de Maeztu viajó a España en 1945 por asuntos personales, pero regresó a Buenos Aires. Fallece en Mar del Plata, Argentina, el 7 de enero de 1948. Su cadáver fue repatriado al mausoleo familiar de Estella.
Personaje Político
Su juventud discurre entre París y La Habana, donde desarrollaba actividades mercantiles. Miembro de la Generación del 98, trabajó la mayor parte de su vida como periodista y poco a poco se fue convirtiendo en uno de los mayores representantes de la cultura. Desde el punto de vista político, inicialmente se mostró partidario del socialismo, aunque con el paso de los años fue cambiando su orientación hasta convertirse en defensor de una España católica y autoritaria. Prueba de ello es la publicación de "La crisis del humanismo" y "Defensa de la hispanidad", obras donde se declara a favor del catolicismo. Otra de sus obras más destacadas es "Don Quijote, Don Juan y La Celestina", o la serie de artículos "Norteamérica desde dentro". Con Primo de Rivera trabajó como embajador en Argentina. Murió fusilado al inicio de la Guerra Civil española.
Personaje Pintor
Su educación transcurre en su ciudad natal, donde se empapa del estilo manierista y estudia el Cinquecento del véneto. Fetti y Strozzi fueron dos de los autores que más influencia ejercieron sobre él en este tiempo. Entre sus obras cabe citar: La adoración de los magos de la catedral de Vicenza o La traslación de los santos en la catedral Vieja de Brescia. En ellas el Manierismo se funde con las tendencias barrocas.
obra
El prelado que aparece retratado en este lienzo de Caravaggio era un miembro de la poderosa familia Barberini, que dio a Roma varios papas. Los Barberini estuvieron muy relacionados con la vida de Caravaggio, pues junto con otras poderosas familias italianas, rodearon y apoyaron al pintor. Encargaron muchas de sus obras, que se conservan en sus colecciones, y le proporcionaron los referentes cultos e intelectuales que pueden rastrearse en una pintura que fue tachada por los ajenos de vulgar. Caravaggio ha situado a su modelo en una pose muy natural, lejos de los artificiosos retratos de aparato que el Barroco produjo. La mirada sencilla y amable de Maffeo está hábilmente destacada por el foco de luz, que hace brillar los ojos al tiempo que los agranda. El fondo neutro, perdido, concentra la atención sobre el personaje y no sobre posibles muebles o elementos arquitectónicos. De este modo, el protagonista parece sobresalir del lienzo y aumentar su presencia ante el espectador.
Personaje Militar
Hijo de hidalgos venidos a menos, Magallanes tomó parte en la expedición a Asia dirigida por el virrey Francisco de Almeida. El primer destino será la isla de la Especiería, que más tarde él intentaría alcanzar tomando la ruta occidental. Convertido en experto marino, viajaría a Sumatra, Malaca y Marruecos por encargo del rey Manuel I. En Marruecos sería herido en una pierna y pasaría la convalecencia en la corte portuguesa, ampliando su formación naútica. Don Manuel se negó a conceder a Magallanes un aumento de pensión, ni siquiera una misión de gran calado por lo que el marino decidió dirigirse a Castilla. Durante largo tiempo había madurado un proyecto que será expuesto al cardenal Cisneros -regente del reino en ausencia de Carlos I-: alcanzar las islas de la Especiería tomando la ruta del oeste. La idea no era ninguna novedad -la habían intentado Caboto, Corte Real y Vespucio- pero la novedad de Magallanes estaba en que aseguraba conocer un paso de comunicación entre el Atlántico y el Pacífico. Cisneros aprobó el proyecto y el 22 de marzo de 1518 se firmaban en Valladolid las capitulaciones que otorgaban el permiso a Magallanes para navegar por el oeste y tomar posesión de las Molucas. En la capitulación se prohibía expresamente a la flota penetrar en aguas de jurisdicción portuguesa al tiempo que Magallanes recibía los títulos de gobernador y adelantado de las tierras que descubriese. Sufragados por la Corona, cinco navíos y 234 personas formarían parte de la tripulación durante un periodo de dos años. Los cinco navíos -San Antonio, Trinidad, Concepción, Santiago y Victoria- partieron de Sevilla el 10 de agosto de 1519, acompañando a Magallanes en la aventura Ruy Faleiro como capitán de la armada, el italiano Pigafetta como cronista y Elcano como maestre de la Concepción. Las Canarias, Cabo Verde y la bahía de Santa Lucía en Brasil serán las primeras etapas del viaje. Posteriormente se dirigieron al mediodía bordeando la costa. Pasaron el Río de la Plata y arribaron a un puerto que fue llamado San Julián. Este lugar será tomado como punto de partida, explorando rutas diferentes para encontrar el paso. Tras un mes de difícil navegación, el 27 de noviembre de 1520 llegaban al Pacífico. Magallanes había conseguido su primer objetivo -cruzar el Atlántico- y puso rumbo a la Especiería. El viento favorable permitió una tranquila navegación durante tres meses y 20 días, intervalo de tiempo en el que sólo encontraron dos islas deshabitadas a las que llamaron Infortunadas. En marzo de 1521, con escasez de víveres y problemas con el escorbuto, arribaron a unas islas que llamaron de los Ladrones -posteriormente se denominarán Marianas- donde se abastecieron y fueron objeto de robos, de ahí el nombre. El siguiente destino serán las islas de San Lorenzo -las Filipinas- donde los indígenas acogieron a los navegantes de manera cordial y les facilitaron numerosas provisiones. Magallanes partió hacia Leyte y Cebú, donde consiguió que el rey se convirtiera al cristianismo y aceptara el vasallaje a la Corona española. Debido al éxito obtenido, el portugués intentó que todas las tribus del archipielago aceptaran el vasallaje por lo que tuvo que enfrentarse con algunas tribus hostiles a la presencia de los extranjeros. En Mactán el jefe no aceptó la tutela y Magallanes ordenó arrasar la ciudad principal, persiguiendo a los indígenas que se habían refugiado en el interior de la isla. Al mando de 60 hombre y en una pequeña nave, desembarcaron en la isla y se enfrentaron a un considerable grupo de indígenas -posiblemente más de 1.000- resultando Magallanes herido en una pierna. Ordenó la retirada y murió cuando intentaba reembarcar. Era el 27 de abril de 1521. Será Elcano quien culmine la empresa, no sin grandes dificultades.
fuente
Maquina de guerra, similar a una catapulta.
fuente
Maquina de guerra, igual a almajaneques, también utilizado en buques de guerra.
Personaje
Teresa Magbanua nació en Pototan (Iloilo). Sus padres la enviaron a estudiar a Manila y cuando acabó sus estudios volvió a Pototan donde empezó a enseñar. Se trasladó a Sara donde conoció a un rico propietario con el que se casó. Dejó la enseñanza y se quedó en la plantación donde ayudaba en la administración de la granja. Cuando la revolución empezó en Iloilo sus hermanos, Pascual y Elías se unieron al Katipunan y enseguida destacaron como jefes. Teresa quiso unirse al ejército rebelde y a pesar de las objeciones de su marido se alistó bajo las órdenes del General Perfecto Poblador, que era su tío. El general al principio se negó a aceptarla por ser mujer, pero ella con su determinación consiguió que su tío cediera. Se puso al mando de un pequeño grupo de hombres y luchó contra las fuerzas americanas en Jaro hacia 1899. Nunca se rindió hasta que ya fue inútil. Entonces disolvió su ejército y volvió a casa. Sus hermanos fueron asesinados por los propios filipinos, celosos de sus éxitos. Cuando las tropas japonesas invadieron Filipinas, Teresa vendió todas sus propiedades para financiar la guerrilla. Emigró a Mindanao y murió en Zamboanga en 1947.
obra
La imagen de mayor belleza pintada por Ribera es esta Magdalena penitente, que la tradición popular identifica con su hija Lucía, muchacha muy bella de la que se enamoró el hijo natural de Felipe IV, Don Juan José de Austria, cuando fue a Nápoles para sofocar una revuelta en 1647, naciendo una hija de la relación entre ambos. Como en todas las imágenes de penitentes, la escena se desarrolla en una especie de cueva que nos permite ver al fondo un paisaje inspirado en la Escuela veneciana. La composición se inscribe en un triángulo, dentro del clasicismo de Carracci, iluminando un fuerte haz de luz la bella figura. La Magdalena viste un traje azul muy escotado que permite ver su hombro, una especie de tela de arpillera para exculpar sus pecados y un precioso manto rojo. Se apoya sobre dos sillares perfectamente tallados en los que aparece el tarro de los afeites y el cilicio, sus atributos. El pasado de prostitución de la Magdalena se muestra en el hombro al descubierto y en el bote de los afeites con el que también ungió los pies a Cristo. La bella mirada elevada hacia Dios es también un rasgo característico de muchos de los mártires pintados por el Españoleto. Formaba parte de una serie junto a Santa María Egipciaca en la que se contraponía la belleza y la juventud frente a la vejez. San Juan Bautista y San Bartolomé representaban la contraposición en el sexo masculino.