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Entre las diversas Magdalenas penitentes pintadas por El Greco a lo largo de su vida destaca ésta por su originalidad, tratándose de la última salida de sus pinceles. La santa viste túnica azul y manto rojo, está de frente y se lleva la mano derecha al pecho mientras con la izquierda señala al libro y la calavera, sobre una roca. A la izquierda, un paisaje característico de algunas obras del cretense - San Martín y el pobre o San José y el Niño - mientras a la derecha muestra la entrada de la cueva, elemento habitual de los eremitas. Su pasado como prostituta queda aludido cuando muestra su hombro derecho al descubierto, su cabellera rubia que cubre el escote o su bello rostro, cuyos ojos cubiertos de lágrimas recuerdan a San Pedro. La figura es alargada, como corresponde al canon habitual de estos años en la producción de Doménikos, acentuando los músculos y alargando las manos y los dedos para unir el anular y el corazón en una postura que podría servir como firma, aunque aquí recurra una vez más a plasmar su firma en letras griegas en un papel sobre la roca. El modelado recuerda la Escuela veneciana, con una factura suelta y empastada en algunos lugares, que baña de luz a Magdalena y resalta la carnación blanquecina de su cuerpo, suprimiendo el color en aquellas zonas de los paños donde impacta. La santa inspira misticismo y espiritualidad en sintonía con las demandas de la sociedad toledana de la Contrarreforma. El Greco supo ofrecer a sus clientes lo que demandaban; ahí está el secreto de su éxito.
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Quien mayor importancia tiene hoy en día entre los pintores franceses del Barroco que trabajaron bajo una órbita caravaggesca es Georges de La Tour. Sin embargo, este pintor ha estado olvidado desde poco después de su muerte hasta principios del siglo XX, habiéndose atribuido sus obras a otros artistas. En 1915 Hermann Voss descubría su personalidad y desde entonces paulatinamente se ha ido ampliando el horizonte de su obra. En su segunda etapa La Tour se acerca mucho más a los caravaggistas holandeses con la introducción de una candela para iluminar las composiciones, lo que por otra parte le permite obtener determinados efectos lumínicos derivados de la localización de este foco de luz dentro del lienzo. A ello hay que añadir la tonalidad rojiza que baña todo el conjunto debido al tipo de iluminación, todo lo cual asemeja estas obras con las de Honthorst, las cuales pudo haber conocido en un supuesto viaje a Holanda. Están estos cuadros envueltos en una gran oscuridad cortada bruscamente por una candela, que puesta en un candelabro o sujeta en la mano por un personaje, ilumina fuertemente la zona próxima a ella, variando así con respecto a su etapa anterior, cuyas obras estaban más próximas al tenebrismo italiano al no percibirse el foco de luz, que quedaba fuera del lienzo. En estas composiciones se entremezclan extrañamente aspectos muy naturalistas como los espejos o las candelas, con otros tratados de forma más esquemática, como ocurre con algunas partes del cuerpo de la Magdalena que casi parece un maniquí y que de esta forma ya adelantan lo que será propio de su última etapa.
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Aunque se formó con Cano, el estilo maduro de Mena se caracteriza por un vigoroso naturalismo y un interés por el patetismo que le alejan de la sensibilidad del artista granadino. Esta imagen realizada para la casa Profesa de la Orden de Jesús en Madrid, derivada de modelos castellanos, es una de sus obras maestras. Concebida con un intenso realismo, destaca en ella el bello rostro consumido por un fervoroso sentimiento de místico amor, magníficamente reflejado en la emotiva mirada dirigida al crucifijo que sostiene con una de sus manos, aislando a la santa del entorno y desligándola del mundo terrenal. Destaca el virtuosismo de la talla, con el que consigue magníficos efectos realistas en el tratamiento de las calidades.
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Durante la etapa tenebrista, Murillo realizó una serie de Magdalenas penitentes que se convertirán en un prototipo repetido por el maestro a lo largo de su carrera, existiendo siete versiones diferentes sobre el tema. La santa aparece arrodillada, ocupando su figura casi toda la superficie del lienzo. Un potente foco de luz sólo ilumina a la figura, dejando entrever algunas aristas de la cueva donde está la santa, situando de esta manera la escena. La Magdalena cubre su desnudez con un amplio manto que deja al descubierto los brazos, los hombros y parte de un seno, poniendo con estas partes del cuerpo una nota de claridad ante la oscuridad del entorno. De esa penumbra envolvente también parecen surgir el tarro de los afeites y la calavera que simbolizan a la santa. El bello rostro de María dirigiendo su mirada al cielo puede compararse con la Magdalena de Ribera, demostrando Murillo su calidad pictórica al emplear perfectamente dibujo, luz y color, creando un juego cromático de gran belleza con el rojo del manto, la nacarada carnación y el sombrío fondo.
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Esta imagen de la Magdalena es una de las pinturas más atractivas de El Greco. La santa exhibe el esplendor de su belleza ante una ligera referencia paisajística. La figura se sitúa en primer plano, envuelta en un amplio manto rojizo, mirando al crucifijo que se sujeta sobre una roca. Sus manos indican el arrepentimiento, se lleva la derecha al pecho y señala con la izquierda la calavera, símbolo indiscutible de los eremitas. Precisamente, las manos son una de las partes más interesantes del conjunto, con esos dedos largos y estilizados tan del gusto de Doménikos, uniendo el anular y el corazón en uno de los gestos más tradicionales del pintor. No aparece el tarro de los afeites con el que ungió los pies de Cristo y que simboliza su anterior vida como prostituta. Bien es cierto que esta imagen se aleja de otras representaciones en donde Magdalena aparece como una dama de alto postín, mostrándose aquí como una eremita que olvida su lujo y se dedica plenamente a la contemplación y la meditación. El paisaje es muy austero, sólo una referencia a las nubes, el cielo y las rocas de la cueva, junto a las ramas de un arbusto. Respecto al color, también destaca por su austeridad, destacando el manto rojo, que contrasta con la piel blanquecina de la santa y que se complementa con el anaranjado del cabello. Los grises hacen algo más fría la composición, recurriendo a una iluminación inspirada en la Escuela veneciana, que aplica mayor viveza a las tonalidades donde incide la luz, como en el caso del brazo izquierdo. Con estas escenas, Doménikos demuestra la superación de sus modelos italianos y la creación de un lenguaje propio, inconfundible para los espectadores. Fue adquirida por el pintor catalán Santiago Rusiñol a finales del siglo XIX, ejemplo de la atracción que sintieron los pintores modernistas por la obra de El Greco. Se organizó una procesión de artistas y literatos para trasladar esta imagen desde la estación ferroviaria de Sitges a la casa del pintor, conocida como el Cau Ferrat, hoy museo, en el que se exhibe junto a obras de Ramón Casas, Rusiñol o Pablo Picasso.
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Artemisia se acomodó muy bien entre los Médici en Florencia. Allí su pintura era muy cotizada y tuvo la oportunidad de conocer y establecer amistad con personalidades como Miguel Angel, el Joven, o Galileo Galilei, a quien recurrió de vez en cuando en busca de asesoramiento. La artista pintó para las nobles familias florentinas y de aquellos encargos se han perdido muchos lienzos. Se conserva como ejemplo esta Magdalena penitente, en la que aparece la firma de la artista como Artemisia Lomi (en el respaldo de la silla), apellido que utilizó durante esta etapa florentina. No sabríamos decir si el tema del lienzo es la Magdalena arrepentida o si por el contrario, el tema es el color. Artemisia emplea un brillante y matizado amarillo oro en el vestido de la santa, que provoca una auténtica explosión de luz cálida en mitad de la oscura estancia. Pero además, el mismo color encuentra su eco en diferentes elementos del lienzo, como en los cabellos rizados de la mujer, los adornos de la silla, su propia firma, etc. Esta manera de emplear el color permite a la pintora acompañar en los objetos secundarios al tema protagonista. Magdalena está rodeada por los símbolos tradicionales del pecado y el arrepentimiento: en el suelo, a su lado, el frasco de ungüentos que nos habla de los perfumes y el adorno personal, el placer en definitiva. En la mesa, casi ocultos, el espejo y la calavera que simbolizan la vanitas, lo efímero del placer en el mundo y la proximidad de la muerte. La figura parece sobreactuar, con un gesto excesivamente retórico que no se ajusta demasiado a la libertad con la que solía trabajar la pintora. Es evidente que el tema de la mujer contemplativa, arrepentida de sus pecados, no es un tema querido para la artista.
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La Magdalena Penitente que aquí observamos sigue los modelos de las que se conservan en los museos de Worcester y Budapest. La santa estaba considerada uno de los símbolos de la penitencia y la confesión debido a su antiguo oficio de prostituta, del que se arrepintió. Potenciada por la Contrarreforma, será una de las figuras más utilizadas durante el Barroco. La figura se sitúa ante una gruta, recortada su cabeza sobre un cielo tormentoso muy del gusto del pintor, eleva su mirada hacia el cielo y une sus manos en actitud orante. Viste una túnica blanca y un manto oscuro, a los que añade un pañuelo transparente sobre el cuello; su larga cabellera rubia acentúa la belleza de la santa al igual que los labios pintados de carmín. A la derecha encontramos una calavera y el tarro de los afeites con los que ungió los pies de Cristo, sus dos símbolos característicos. La Magdalena es una figura amplia, de canon alargado y cabeza pequeña, que recoge a la perfección la espiritualidad necesaria en el tema, motivo por el cual tendría tanto éxito la pintura de El Greco en una comunidad tan piadosa como Toledo. La influencia de la Escuela veneciana continúa presente, especialmente Tiziano, aunque también existe cierta referencia a Miguel Ángel.
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Durante los primeros años de estancia en España, El Greco realizó varias imágenes de la Magdalena, siendo ésta una de las primeras donde establece el prototipo que repetirá en las de Budapest o Kansas City. Doménikos se inspira en una obra de Tiziano, con la figura en primer plano ante una gruta y un fondo paisajístico. El esquema triangular es una aportación del cretense, la figura muestra un mayor estatismo y elegancia, sin dejar de lado la espiritualidad que caracteriza este tipo de figuras. En la zona de la izquierda contemplamos la calavera y el tarro de los afeites, símbolos tradicionales en la santa, prostituta arrepentida que la Contrarreforma potenció como imagen de penitencia y confesión. La ejecución es muy delicada, especialmente en los rubios cabellos o el transparente velo, poniendo de manifiesto un estilo con el que Doménikos pretende introducirse en la sociedad toledana a fin de obtener importantes encargos. No debemos olvidar una mención al canon amplio y ligeramente alargado que ya presenta la santa; de aquí partirá El Greco para elaborar figuras con pequeñas cabezas y cuerpos gigantescos en sus últimos trabajos, como se observa en la Adoración de los pastores del Museo del Prado.
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La Magdalena, arrodillada, es la protagonista de esta composición. Tras ella, se sitúan san Pedro Mártir, santa Catalina de Siena y la Beata Margarita de Hungría. Pérez Sánchez considera que esta tabla sería un fragmento que serviría de fondo a una Crucifixión, junto a otra escena.
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