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Adolf Hitler, que se había acostado casi a las 5 de la madrugada del día 21, fue despertado a gritos por su ayudante cinco horas después. El búnker vibraba amenazadoramente. Una batería pesada soviética tiraba sobre la Cancillería con tremenda precisión y había destrozado antenas de radio y líneas de teléfono. El búnker quedaba medio incomunicado. Hitler se presentó ojeroso en el comedor. Tras el desayuno siguió la catarata de malas noticias. El contraataque de Schoerner había fracasado; los ataques de la Luftwaffe contra las columnas soviéticas que amenazaban con el cerco de la capital, se habían estrellado contra los enjambres de cazas soviéticos. Hitler estalló furioso: "¡Los aviones a reacción para nada sirven. La Lutwaaffe sobra! ¡El mando de la Lutwaffe en su integridad debería ir a parar a la cárcel!" Henrici comunicaba la mala noticia de que la brecha en su centro, entre sus III y IX Ejércitos, era cada vez mayor y que el III Ejército (Manteuffel) apenas si podía librarse él mismo del copo ante los ataques que había comenzado a desarrollar Rokossovsky, por lo que la unión del frente era imposible. Hitler rugió de rabia contra aquellos generales de la vieja escuela, según él carentes de coraje, llenos de prejuicios y de reglamentos. Un general joven, un general nazi era lo que necesitaba. Se acordó entonces de Félix Steiner, un hombre de las SS. Pidió que tomara el mando de una división blindada y reuniera los jirones de tropas que se retiraban del frente rechazadas por los rusos o que, sin armas ni municiones, caminaban hacia el Oeste entre la riada de fugitivos. Con aquel abigarrado y débil conjunto, pomposamene bautizado Grupo de choque Steiner, Hitler pretendió que se cortase la pinza que Zhukov había tendido por el norte contra Berlín. Pero aquella esperanza se consumió con la velocidad de un relámpago... Rabia, impotencia, desesperación... En el búnker de la Cancillería se había perdido todo contacto con la realidad. Hitler y sus aduladores militares -Jodl, Keitel, Krebs, Burgdorf- seguían moviendo sus divisiones como si estuvieran completas, como si contaran con todos sus medios de combate y con el combustible y la munición necesaria... Otras veces, durante las largas esperas, los lúgubres y fríos pasillos del refugio eran la más viva imagen de la desolación. Nadie apenas transitaba por ellos y, a ciertas horas, la mayoría prefería evitarlos. En aquellos últimos días, Hitler, que apenas podía andar veinte pasos seguidos, solía sentarse en las escaleras de acceso hacia el primer piso; allí se pasaba un buen rato acariciando a su perro y mirando con sus ojos miopes e inyectados de sangre hacia las sombras que se le acercaban y pasaban a su lado, a veces sin que pudiera reconocerlas claramente. En aquellos últimos días precisaba gafas de fuerte aumento para poder leer los escritos que se le entregaban, aunque éstos siempre se le preparaban en una máquina de grandes caracteres. Sobre su salud mental los médicos que le atendieron hasta el final no tienen duda alguna. Hitler conservó la cordura hasta su muerte, aunque la desinformación sobre la realidad, los prejuicios hacia sus enemigos, las adulaciones de sus tiralevitas y el aislamiento del búnker, unidas a su soledad y desesperación, le hicieran tomar decisiones absurdas y dar órdenes descabelladas. Cuando el día 21 de abril manda a Steiner que ataque la tenaza de Zhukov, amenaza: "Todos los oficiales que no acepten esta orden sin reserva alguna deben ser arrestados y fusilados inmediatamente. Responde usted con su vida de la adecuada ejecución de esta orden. La suerte de la capital de Alemania depende del éxito de su misión". Evidentemente Hitler no sabía lo que tenía ni con lo que se enfrentaba. Tras la toma de Berlín, el mariscal Zhukov manifestó en una gran rueda de prensa: "En esta batalla por Alemania disponemos de gran superioridad en efectivos humanos, tanques, cañones, aviones; en fin, de todo. Una superioridad de 3 a 1 y a veces del 500 por ciento. Pero lo importante no sólo era tomar Berlín -lo cual se da por supuesto- sino hacerlo en el menor tiempo posible". Con esta desproporción de fuerzas y este planteamiento soviético está claro porqué Félix Steiner no pudo cumplir las órdenes de Hitler. Cuando Zhukov supo de concentraciones alemanas sobre la derecha de su tenaza -preparativos muy fáciles de detectar sobre todo el frente- pidió a Rokossovsky que iniciara el ataque sobre el bajo Oder. Esta ofensiva obligó a Manteuffel a poner a la defensiva a todo su III Ejército y a emplear sus reservas para taponar brechas. Henrici, el jefe del Grupo de Ejércitos Vístula, a aquellas alturas ya no podía pensar en más contraataques, sino en cómo retirar al IX Ejército, cercado junto al Oder y en cómo proteger al III, también amenazado de embolsamiento por Rokossovsky y Zhukov. Durante todo el día 21 y 22 Hitler desplegó una actividad febril, tratando personalmente de rebañar hasta el último hombre para fortalecer al grupo Steiner. Fuerzas de la Marina y de la Luftwaffe, quizás hasta 20 o 25.000 hombres, se juntaron a las iniciales divisiones de Steiner (9), pero éste no era un loco para iniciar el ataque suicida que le pedían. Aquellos refuerzos tenían como único armamento fusiles y ametralladoras, y no eran tropas adiestradas para combatir como infantería. Evidentemente hubiera sido suicida lanzarlas a un ataque contra tropas acorazadas, plenas de moral y triples en número. Bastante tuvo Steiner con asegurar el flanco derecho de Manteuffel, que se tenía que emplear a fondo para no ser desbordado. El desplome de las esperanzas de Hitler ocurrió hacia las 3 de la tarde del 22 de abril. En la reunión militar, Keitel y Jodl llevaron, como era habitual, sus informaciones con sumo tacto. Aquí se le comunicaba un descalabro al Führer: "los rusos han irrumpido entre Stettin y Schwedt y han penetrado 20 kilómetros en las líneas del III Ejército". Y a continuación se le doraba la píldora: "El IX Ejército se mantiene junto al Oder y comunica que durante las 24 últimas horas ha destruido 90 blindados enemigos". Hitler quiso olvidarse en aquella reunión de lo que ocurría más al Sur entre el IX y IV Ejércitos, donde la brecha era enorme y por ella había metido Koniev casi medio millón de hombres en una semana. Su obsesión de que el boquete debía ser cerrado por Schoerner desde el sur se le había olvidado. Ante lo imposible, sus mecanismos de autodefensa funcionaban olvidando el asunto. Lo que entonces le preocupaba era Steiner. Sus asesores militares permanecían pálidos ante él. Steiner no ha comenzado el ataque, se limitó a decir Jodl. No le dio tiempo a enumerar las disculpas para aquel retraso. Hitler gritó. Un grupo de personas, que se hallaba en el pasillo, enmudeció ante el grito, un grito agónico, entre enloquecido y doloroso. Habló a voces tan atropelladamente que casi era ininteligible. Los del pasillo sólo percibían su tono herido, dolorido. Las mujeres lloraban, los hombres estaban mortalmente pálidos. Walter Hewel transcribió una parte del berrinche: "¡Muy bien! ¡Cómo voy a dirigir la guerra en estas condiciones! ¡La guerra está perdida! ¡Pero si ustedes imaginan, caballeros, que ahora voy a abandonar Berlín, están muy equivocados! !Antes me meteré una bala en los sesos!" Hitler pidió poco después línea con Göebbels y le dijo que iba a quedarse en Berlín. Como el cañoneo ruso arreciaba sobre la ciudad (ese día se contabilizaron 500 proyectiles de promedio por hora), el Führer invitó a su ministro a refugiarse, con su familia, en el búnker de la Cancillería. Göebbels, por su lado, también había arrojado la toalla. El día 21, en una reunión con sus colaboradores, pronunció un largo y angustioso discurso en el que enumeró los errores cometidos por el Gobierno y el partido nazis para llegar a aquella situación. Según el ministro de propaganda, los principales fallos del sistema habían sido la blandura al no haber cortado de raíz las tibiezas y las traiciones de sus colaboradores. En último término, Göebbels culpaba al pueblo alemán, cuyos hombres no "habían luchado hasta la muerte ni cuando vieron violadas a sus mujeres... El pueblo alemán se merecía la muerte que ahora le aguardaba". Ante aquella injusticia, varios de sus colaboradores se levantaron y protestaron, queriendo argumentarle. Göebbels, descompuesto, no permitió la discusión y abandonó el local con una sentencia terrible: "No se hagan ilusiones. A nadie he forzado a ser colaborador mío. Y tampoco nosotros hemos forzado al pueblo alemán; él mismo nos ha elegido. ¿Por qué han colaborado ustedes conmigo? ¡Ahora les cortarán el cuello!"
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La mayoría de los saberes tradicionales transmitidos oralmente por las mujeres medievales están relacionados con la salud y la enfermedad, la vida y la muerte. Los asuntos relacionados con el nacimiento y los difuntos son exclusivos de mujeres al igual que las curaciones de enfermedades. El desarrollo de una medicina oficial en la universidad y en manos de los hombres no se producirá hasta el siglo XIII y su difusión será muy lenta. Estos conocimientos tienen todavía una importante relación con el paganismo y la brujería. No en balde, entre 1400 y 1450 en el Delfinado francés fueron denunciadas por prácticas de brujería más de 250 mujeres, el 70 % del total de las denuncias. Las hierbas y las técnicas de curación se transmitían entre las mujeres y los encantamientos para que tuvieran efecto estaban a la orden del día. Entre estas prácticas mágicas encontramos encantamientos para adueñarse de la fortuna de la vecina, el falseamiento de las ordalías gracias a llevar cosidas en el traje madera o piedras, la mezcla de la sangre menstrual con los alimentos para atraer al hombre deseado, hacer pasar a los niños que lloran a través de un agujero en el suelo para que se callen, etc. La Iglesia manifestó cierta tolerancia hacia las parteras y curanderas hasta el siglo XV, cuando inició su persecución bajo la acusación de brujería.
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Los sacerdotes A los sacerdotes de México y de toda esta tierra los llamaron nuestros españoles papas, y fue que, preguntados por qué llevaban así los cabellos, respondían papa, que es cabello; y así les llamaban papas; pues entre ellos tlamacazque se dicen los sacerdotes, o tlenamacaque, y el mayor de todos, que es su prelado, achcauhtli, y es grandísima dignidad. Aprenden y enseñan los misterios de su religión de palabra y por figuras; mas no los comunican ni descubren a lo lejos, bajo gravísima pena. Hay entre ellos muchos que no se casan, por la dignidad, y que son muy notados y castigados si se acercan a mujer. Dejan crecer todos estos sacerdotes el cabello sin jamás cortarlo, peinarlo ni lavarlo, por cuya causa tenían la cabeza sucia y llena de piojos y liendres; pero los que hacían esto eran santones; pues los otros se lavaban la cabeza cuando se bañaban, y se bañaban muy a menudo; y así, aunque llevaban los cabellos muy largos, los llevaban muy limpios; aunque criar cabellos, de suyo es sucio. El hábito de los sacerdotes es una ropa de algodón blanca, estrecha y larga, y encima una manta por capa, anudada al hombro derecho, con madejas de algodón hilado por orlas y flecos. Se tiznaban los días festivos, y cuando su regla lo mandaba, de negro las piernas, brazos, manos y cara, que parecían diablos. Había en el templo de Vitcilopuchtli de México cinco mil personas al servicio de los ídolos y casa, según en otra parte dije; pero no todos llegaban a los altares. Las herramientas, vasos y cosas que tenían para hacer los sacrificios, eran los siguientes: muchos braseros grandes y pequeños, unos de oro, otros de plata, y la mayoría de tierra; unos para incensar las estatuas, y otros en donde tener lumbre; la cual nunca se había de matar, pues era mal señal morirse y castigaban duramente a los que tenían encargo de hacer y atizar el fuego. Se gastaban ordinariamente quinientas cargas de leña, que son mil arrobas de nuestro peso, y muchos días había de entre año de quemar mil quinientas arrobas. También incensaban con los braseritos a los señores; que así hicieron a Cortés y a los españoles cuando entró en el templo y derrocó los ídolos; incensaban asimismo a los novios, a los consagrados, a las ofrendas y otras mil cosas. Perfuman los ídolos con hierbas, flores, polvos y resinas; pero el mejor humo y el corriente es el que llaman copalli, el cual parece incienso, y es de dos maneras: uno era arrugado, que llaman xolochcopalli; en México está muy blando, en tierra fría estaría duro; requiere nacer en tierras calientes, y gastarse en frías. El otro es una goma de Copalquahuitlan, buena, que muchos españoles la tienen por mirra. Punzan el árbol, y en punzarlo, sale y destila gota a gota un licor blanco que después se cuaja, y de ello hacen unos panecillos como de jabón que se traslucen; éste era su perfecto olor en sacrificio, y precisada ofrenda de dioses. De esta goma, mezclada con aceite de olivas, se hace muy buena trementina, y los indios hacen de ella sus pelotas. Tienen lancetas de azabache negro, y unas navajas de a jeme, hechas como puñal, más gruesas en medio que a los filos, con las que sajan y sangran de la lengua, brazos, piernas, y de lo que tienen en devoción o voto. Es esta piedra dura en grandísisma manera, y hay otras de la misma clase de piedra, pero de muchos colores. Cortan las navajas por ambos lados, y cortan bien y dulcemente; y si esta piedra no fuese tan vidriosa, es como hierro, pero después salta y se mella. De estas navajas hay infinidad en el templo, y cada uno las tiene en su casa para sus sacrificios y para cortar cosas. Tienen asimismo los sacerdotes púas de metal, con las que se pican; y para coger la sangre que se sacan tienen papel, hojas de caña y metal; tienen pajuelas, cañas y sogas para tocar y pasar por las heridas y agujeros que se hacen en las orejas, lengua, manos y otros miembros que no son para decir. Hay en cada espacio de los templos que está de las gradas al altar, una piedra como tajón, hincada en el suelo y alta una vara de medir, sobre la cual recuestan a los que han de ser sacrificados. Tienen un cuchillo de pedernal, que llaman ellos tecpactl; con estos cuchillos abren a los hombres que sacrifican, por las ternillas del pecho. Para coger la sangre tienen escudillas de calabazas, y para rociar con ella los ídolos, unos hisopillos de pluma colorada; para barrer las capillas y placeta donde está el tajón tienen escobas de plumas, y el que barre nunca vuelve las nalgas a los dioses, sino que va siempre barriendo cara atrás. Con tan pocos ornamentos y aparejo hacían la carnicería que después oiréis.
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En Roma la religión estaba muy vinculada al Derecho, al ser necesario distinguir entre lo ilícito de lo lícito. Esta función religioso-judicial la realizaban los pontífices, quienes formaban un colegio sacerdotal que estaba dirigido por el pontífice máximo. Ese cargo de pontífice máximo podía ser ocupado por cualquier miembro de la clase política romana, siendo habitual que estuviera en manos del emperador. Los sacerdotes, encargados de celebrar las fiestas, debían conocer el complicado ritual, por lo que hubieron de especializarse y organizarse en colegios independientes. Los sacerdotes no eran una clase aparte de la población, pues eran elegidos entre los ciudadanos, generalmente entre la clase política o militar. Una vez electos, y puesto que no precisaban de una preparación previa, debían aprender el complicado ritual romano y su extenso panteón. En el colegio pontificial también se integraban los flamines -sacerdotes dedicados al culto particular de un dios-, las vestales -sacerdotisas de Vesta- y el rex sacrorum -quien desempeñaba las funciones sacras anteriormente reservadas a los reyes-.
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En la XII Dinastía encontramos las primeras alusiones al clero de Amón. Este estamento era dirigido por un gran sacerdote, llamado el "primer profeta de Amón", que paulatinamente alcanzará mayor peso político en la vida de Egipto, llegando un momento en el que se nombren miembros de la familia real para ejercer un control mayor sobre el cargo. El gran sacerdote contaba con un alto clero y un bajo clero como asistentes. El alto clero lo integraban los "sacerdotes divinos" y tenían exclusividad en la participación de los sacrificios. El bajo clero estaba formado por los purificadores -llevaban la barca del dios, purificaban el templo y adornaban las estatuas- y los sacerdotes lectores, que se encargaban del ritual. Entre los sacerdotes existían jerarquías. Un amplio personal femenino acompañaba a los sacerdotes: las cantoras y las esposas del dios. La reina tenía el título de "divina adoratriz", ya que creían que Amón se unía a ella para mantener el divino linaje de los faraones. Los sacerdotes de Amón estaban entre los más ricos de Egipto, pues contaban con tierras, depósitos, tributos llegados de las provincias y ganados, disponiendo de un amplio número de trabajadores a su cargo. Esta riqueza favorecerá el incremento de poder del clero de Amón.
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Los sacerdotes de Tatahuitlapan De Iztapan fue Cortés a Tatahuitlapan, donde no halló gente ninguna, salvo veinte hombres, que debían de ser sacerdotes, en un templo del otro lado del río muy grande y bien adornado; los cuales dijeron haberse quedado allí para morir con sus dioses, que les decían que los mataban aquellos barbudos, y era que Cortés rompía siempre los ídolos o ponía cruces; y como vieron a los indios de México con unos aderezos de los ídolos, dijeron llorando que ya no querían vivir, pues sus dioses eran muertos. Cortés, entonces, y los dos frailes franciscanos, les hablaron con los lenguas que llevaban, otro tanto que al señor de Iztapan, y que dejasen aquella su loca y mala creencia. Ellos respondieron que querían morir en la ley de sus padres y abuelos. Uno de aquellos veinte, que era el principal, mostró dónde estaba Huatipan, que figuraba en el paño, diciendo que no sabia andar por tierra. Simpleza harto grande; pero con ella vivían contentos y descansados. Poco después de salir el ejército de allí, pasó un cenagal de media legua, y luego un estero hondo, donde fue necesario hacer puente, y más adelante otra ciénaga de una legua; pero como era algo tiesta debajo, pasaron los caballos con menos fatiga, aunque les daba en las cinchas, y donde menos, encima de la rodilla. Entraron en una montaña tan espesa, que no veían sino el cielo y lo que pisaban, y los árboles tan altos, que no se podían subir en ellos para atalayar la tierra. Anduvieron dos días por ella desatinados; descansaron a orillas de una balsa, que tenía hierba, para que paciesen los caballos; durmieron y comieron aquella noche poco, y algunos pensaban que antes de acertar a poblado habían de dormir. Cortés tomó una aguja y carta de marear que llevaba para semejantes necesidades, y acordándose del paraje que le habían señalado en Tahuitlapan, miró, y halló que corriendo al nordeste iban a salir a Guatecpac o muy cerca. Abrieron, pues, el camino a brazos, siguiendo aquel rumbo, y quiso Dios que fueran derechos a dar en el mismo lugar, después de muy trabajados. Mas se refrescaron entonces en él con frutas y otra mucha comida, y ni más ni menos los caballos con maíz verde y con hierba de la ribera, que es muy hermosa. Estaba el lugar despoblado, y no podía Cortés tener rastro de las tres barcas y españoles que había enviado río arriba, y andando por el pueblo, vio una saeta de ballesta hincada en el suelo, por la cual conoció que habían pasado adelante, si ya no los habían matado los de allí. Pasaron el río algunos españoles en unas barquillas; anduvieron buscando gente por las huertas y labranzas, y al cabo vieron una gran laguna, donde todos los de aquel pueblo estaban metidos en barcas e isletas; muchos de los cuales salieron entonces a ellos con mucha risa y alegría, y vinieron al lugar hasta cuarenta, que dijeron a Cortés cómo por el señor de Ciuatlan habían dejado el pueblo, y cómo habían pasado algunos barbudos el río adelante con hombres de Iztapan, que les dijeron certeza del buen tratamiento que los extranjeros hacían a los naturales, y cómo se había ido con ellos un hermano de su señor en cuatro canoas de gente armada, para que no les hiciesen mal en el otro pueblo más arriba. Cortés envió por los españoles, y vinieron en seguida al otro día con muchas canoas cargadas de miel, maíz, cacao y un poco de oro, que alegró la vista a todos. También vinieron de otros cuatro o cinco lugares a traer a los españoles bastimento, y a verlos, por lo mucho que de ellos se decía, y en señal de amistad les dieron un poquito de oro, y todos quisieran que fuera más. Cortés les hizo mucha cortesía, y rogó que fuesen amigos de los cristianos. Todos ellos se lo prometieron. Volviéronse a sus casas, quemaron muchos de sus ídolos por lo que les fue predicado, y el señor dio del oro que tenía.
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Siendo la salvación el anhelo último de los fieles de cualquier época, los sacramentos ocupan un lugar de primacía en el logro de tal objetivo. Ante todo porque frente a otras vías complementarias como el rigor moral o la piedad personal, la simple práctica de los sacramentos parece identificarse en la mentalidad del laicado con el logro mismo de la salvación. Mas también porque el cumplimiento sacramental supone la aceptación de un cómodo programa de vida en el que, por encima de toda creencia, los aspectos simbólicos y litúrgicos resultan decisivos. Esta primacía de lo ritual, expresada en ceremonias, gestos estereotipados y obligaciones positivas, tiene poco que ver con la evolución de la teología sacramental en sí, que queda estructurada definitivamente a lo largo de la Edad media cristiana, más concretamente del siglo XII. Expresión de la voluntad soberana del Creador y fuente de la gracia, el numero de sacramentos quedó entonces fijado en siete, superándose así las dudas expresadas durante el Alto Medievo. Los sacramentos católicos son siete: bautismo, eucaristía (santa comunión), confirmación, penitencia, matrimonio), ordenación sacerdotal y extremaunción. La Iglesia protestante sólo reconoce dos sacramentos, el bautismo y la confirmación, si bien algunas iglesias protestantes los consideran más simbólicos que sacramentales.
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Siendo la salvación el anhelo último de los fieles de cualquier época, los sacramentos ocupaban un lugar de primacía en el logro de tal objetivo. Ante todo porque frente a otras vías complementarias como el rigor moral o la piedad personal, la simple práctica de los sacramentos parecía identificarse en la mentalidad del laicado con el logro mismo de la salvación. Mas también porque el cumplimiento sacramental suponía la aceptación de un cómodo programa de vida en el que, por encima de toda creencia, los aspectos simbólicos y litúrgicos resultaban decisivos. Esta primacía de lo ritual, expresada en ceremonias, gestos estereotipados y obligaciones positivas, tenía poco que ver con la evolución de la teología sacramental en sí, que quedo estructurada definitivamente a lo largo del siglo XII. Expresión de la voluntad soberana del Creador y fuente de la gracia, el numero de sacramentos quedo entonces fijado en siete, superándose así las dudas expresadas durante el Alto Medievo. Agrupados en dos categorías, según confiriesen la gracia a los privados de ella (sacramentos de muertos: bautismo y confesión), o simplemente la acrecentasen (sacramentos de vivos, el resto: confirmación, eucaristía, penitencia y matrimonio), constituían el seguro itinerario que permitía a un laico lograr la salvación.
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Según la religión romana, lo que más satisfacía a los dioses eran los sacrificios, por lo que estos eran la parte más importante del culto. Había muchos tipos de sacrificios, desde la inmolación de animales hasta la ofrenda de alimentos. En los rituales domésticos raramente se sacrificaban animales, ofreciendo a la deidad frutas, cereales o vino. Sin embargo, en los ritos públicos lo normal era sacrificar animales, pese a que algunos dioses preferían la fruta. Otros dioses se mostraban más caprichosos: a ellos se les ofrendaba no sólo un animal determinado, sino de unas características concretas en cuanto a sexo, color, estado, etc. Elegido el animal, era llevado al altar adornado con cintas y guirnaldas. Entonces se uncía con la mola salsa hecha por las vestales y se le degollaba. Las vísceras eran quemadas tras ser examinadas por los arúspices, quienes debían dar el visto bueno si no encontraban nada anormal en ellas. El resto del animal era consumido en un banquete ritual o bien vendido en las carnicerías. En los casos en los que se debía inaugurar o restaurar un templo el sacrificio era llamado souvetarilia. Con esta ocasión se sacrificaban un cerdo, una oveja y un toro. Este mismo sacrificio podían realizarlo algunas familias adineradas, dado el alto coste de los animales, para pedir a Marte que proteja el ganado y las cosechas. En casos de gran desgracia, los romanos pensaban que sus sacrificios y ofrendas a los dioses no habían sido suficientes. Entonces ofrecían un gran sacrificio de origen griego, consistente en cien bueyes (hecatombe). También en casos extraordinarios se acudía a la consulta de los Libros Sibilinos, libros sagrados de las predicciones. En ellos se decía que el remedio era la primavera votiva: si Júpiter accedía a las demandas de los sacerdotes, se le ofrecería el sacrificio de todo ser vivo que naciese durante la primavera, incluidos los seres humanos. Para evitar sacrificar a los niños, sin embargo, se recurría a esperar a la edad adulta, siendo entonces desterrados. Con respecto a los sacrificios humanos, por último, se sabe que fueron prohibidos por el Senado en el siglo I a.C., aunque algunos emperadores continuaron realizándolos.