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Una nación puede ser descrita como una comunidad de individuos cuya conciencia de pertenecer a algo común se basa en la creencia de que tienen una misma patria y en la experiencia de unas tradiciones comunes y una única trayectoria histórica. En este sentido general, hay naciones cuya existencia data de muchas centurias antes de 1815. Existía, por ejemplo, un vivo sentimiento de nacionalidad en la Inglaterra de los Tudores en el siglo XVI, y Francia desarrolló un sentimiento similar bajo la monarquía centralizadora de los Borbones. Pero el nacionalismo europeo, en su sentido moderno, es decir, el que se basa en el deseo de unos individuos de afirmar su unidad y su independencia frente a otras comunidades o grupos, nació fundamentalmente en el siglo XIX. En efecto, surgió en Europa como consecuencia de la Revolución francesa y del Imperio napoleónico.La doctrina jacobina de la soberanía del pueblo podía interpretarse en un doble sentido. Por una parte afirmaba el derecho de una nación para rebelarse frente a su monarca y para determinar su propia forma de gobierno, ejerciendo un control sobre él. Pero por otra parte implicaba la doctrina democrática de que el gobierno debía representar a todo el pueblo; es decir, que de acuerdo con los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad, proclamaba los derechos de todos los ciudadanos, independientemente de su situación o de su riqueza, a disponer de ellos mismos. Es, en definitiva, la prolongación de la libertad individual y de la soberanía nacional. Los excesos del gobierno jacobino durante la época del Terror desacreditaron las ideas democráticas de la Revolución; sin embargo, las conquistas de Napoleón en Europa consolidaron y reforzaron las ideas y los sentimientos nacionalistas. Así pues, en 1815 el nacionalismo era un sentimiento en Europa mucho más fuerte que el de la democracia.La expansión del imperio napoleónico removió fundamentalmente los sentimientos nacionalistas en Alemania y en Italia, pero también produjo efectos en España, Polonia, Bélgica, Rusia y Portugal. Esos sentimientos consistían en un principio en una actitud de resistencia ante el dominio extranjero; es decir, eran ante todo unos sentimientos anti-franceses. Como consecuencia de ello, cobraron un nuevo valor las costumbres nativas, las instituciones locales, la cultura y la lengua tradicionales. El racionalismo francés y la Ilustración eran de carácter cosmopolita y tenían un sabor internacionalista. La reacción del nuevo nacionalismo contra ellos iba a ser romántica, y de carácter particularista y exclusivo.En aquellos momentos, Alemania estaba viviendo un gran renacimiento cultural en el terreno de las letras, de la música y del pensamiento. Era la época de Beethoven, de Goethe, de Schiller, de Kant y de Hegel. Por consiguiente, podía enorgullecerse de presentar un panorama cultural más rico que el de Francia, a la que había arrebatado la superioridad de que ésta había disfrutado durante el siglo XVIII. Los filósofos Herder y Fichte habían mostrado a los alemanes la importancia del carácter nacional peculiar, o Volksgeist, que presentaban como la base fundamental de toda cultura y de toda civilización. Después de la batalla de Jena en 1806, Prusia desapareció prácticamente como potencia en el mapa de Europa, pero a partir de 1815 resurgió como principal foco de las esperanzas nacionalistas alemanas, en contraste con Austria, cuya preeminencia en la nueva Confederación fue utilizada para mantener desunida políticamente a Alemania. Las ideas y el aliento intelectual para el reforzamiento de este nacionalismo procedía fundamentalmente de la Universidad de Berlín, la ciudad que fue ocupada por Napoleón después de Jena. Desde allí, G. W. F. Hegel expandió la nueva filosofía de la autoridad y del poder del Estado que iba a cautivar a los alemanes, a los italianos y a muchos otros europeos durante todo el siglo XIX.Lo que puede resultar más paradójico de este movimiento es que preconizaba unas reformas similares a las que se habían llevado a cabo durante la Revolución francesa. "Debemos hacer desde arriba lo que los franceses han hecho desde abajo", escribió Hardenberg al rey de Prusia en 1807. En efecto, los reformadores de Prusia se hallaban impresionados por la fuerza y la vitalidad que podía generar un pueblo en armas, como habían demostrado los revolucionarios franceses. Por eso, se lanzaron a la creación de una autoridad central fuerte, de un ejército verdaderamente nacional de un sistema de educación destinado a inculcar a los ciudadanos un espíritu de reverencia patriótica a la herencia germánica y de devoción a la causa nacionalista alemana.Mientras tanto, Napoleón se dedicaba a su intento de crear una gran Alemania, mediante la destrucción del Sacro Romano Imperio y la formación de la Confederación del Rin, y a la tarea de sustituir las antiguas leyes y procedimientos judiciales por el Código napoleónico. De manera que se producían al mismo tiempo dos procesos aparentemente contradictorios: por una parte se adoptaban métodos e instituciones franceses y por otra se creaba un sentimiento antifrancés a causa de su dominio y de sus victorias en territorio alemán.La victoria de Prusia en la batalla de Leipzig, en 1813, dio un impulso al nacionalismo a nivel popular. Aquello se interpretó como el fruto y la justificación de todo lo que los nacionalistas habían estado predicando y de todo lo que los reformadores habían estado haciendo para regenerar a Prusia. Leipzig se convirtió en una auténtica leyenda y, aunque en realidad aquella derrota de Napoleón se debió más bien a la desastrosa campaña que el emperador francés había llevado a cabo en Rusia el año anterior, sirvió a los alemanes para consolidar el nacionalismo alemán y para darle fuerzas para una liberación definitiva.En Italia, el surgimiento del nacionalismo guarda ciertas diferencias con el caso de Alemania. Allí, el dominio napoleónico fue más largo, pero menos opresivo. Las clases medias de la sociedad italiana no vieron con malos ojos la aparición de un dominio que impuso un sistema más eficaz y que terminó con la hegemonía de los pequeños príncipes y del mismo Papa. Sin embargo, lo mismo que en Alemania, la idea de Napoleón de reducir el número de Estados, alentó las aspiraciones de unificación. El intento de Murat de unir a toda Italia en un solo Estado, aunque fracasó en 1815, no fue olvidado por muchos patriotas italianos que pronto emprenderían nuevos movimientos en este sentido.En España, con motivo de la ocupación de las tropas napoleónicas, se produjeron también dos movimientos aparentemente contradictorios. Mientras que un grupo de españoles patriotas se refugiaban en Cádiz y, reunidos en Cortes, aprobaban una serie de reformas a la francesa destinadas a transformar de raíz las instituciones, la sociedad y la economía tradicionales, otros -la inmensa mayoría- se levantaban unánimemente contra el invasor francés dando muestras de un espíritu nacional solidario frente al dominio extranjero. Sin embargo, en España la burguesía liberal, necesaria para la consolidación de los movimientos decimonónicos de independencia y nacionalismo, era escasa en número y tenía poca fuerza.Polonia constituía el centro del nacionalismo agraviado en la Europa del Este. A finales del siglo XIX su territorio había sido repartido entre los imperios de Rusia, Prusia y Austria. Cuando Napoleón creó el Gran Ducado de Varsovia en 1807, los polacos creyeron que ése podía constituir un paso importante para conseguir la independencia. Pero pronto se dieron cuenta de que eso no entraba en los cálculos del emperador y que, por el contrario, la nueva entidad no iba a ser más que un peón que éste iba a utilizar en sus relaciones con Rusia. Cuando se produjo la derrota napoleónica a manos de las potencias europeas, el Estado polaco fue de nuevo postergado, pero las ideas revolucionarias y las expectativas creadas durante el dominio napoleónico movieron a los patriotas a buscar firmemente la unidad nacional y la independencia, aunque ambas tardarían todavía un siglo en conseguirse.En lo que respecta a Rusia, el sentimiento nacionalista era aún, en esta época, débil y difuso. Las derrotas napoleónicas en Smolensko y Moscú, así como la épica retirada de la Grande Armée, junto con los actos de pillaje y de saqueo de los soldados franceses, contribuyeron a crear un sentimiento de orgullo y de independencia nacional entre aquella población. Sin embargo, aquellos acontecimientos tuvieron un efecto muy limitado en la creación de una conciencia de nacionalismo en un imperio en el que el régimen se hallaba muy distanciado del pueblo.En realidad, la política de Napoleón en Europa no iba más allá de convertir a los países conquistados en satélites de Francia y de poner medios para satisfacer sus ambiciones dinásticas. Probablemente, el emperador no tenía un proyecto claro para utilizar los nacientes sentimientos nacionalistas en algunos países europeos contra sus respectivos gobiernos. Como tampoco preparó una estructura para darle consistencia a su imperio, limitándose a introducir los códigos legales y el sistema administrativo. Las urgencias militares y los requerimientos del Sistema Continental fueron los elementos que marcaron su política en cada momento y para cada ocasión. El nacionalismo no fue, por consiguiente, un producto de las intenciones de Napoleón, sino más bien un fenómeno que surgió en contra de su Imperio en los pueblos sometidos al peso y la exacciones de la presencia francesa.Cuando, tras la derrota napoleónica, los soberanos y los estadistas emprendieron la reconstrucción de Europa en el Congreso de Viena, se olvidaron de los sentimientos nacionalistas que habían contribuido a levantar a los pueblos contra el dominio del Emperador. Las potencias conservadoras, al oprimir al mismo tiempo los movimientos de las nacionalidades y las corrientes liberales, los convirtió en aliados. En efecto, como ha puesto de manifiesto René Remond, la alianza a partir de 1815 entre el movimiento de las nacionalidades y la idea liberal, provenía del desconocimiento por parte de los diplomáticos, de las aspiraciones nacionales. Los movimientos revolucionarios que van a tener lugar a partir de 1830 presentarán, pues, ese doble carácter de revoluciones liberales y de revoluciones nacionales. "Si es cierto -afirma Remond- que el hecho nacional no es más que un molde vacío que necesita una ideología, este molde es llenado, en ese momento, por la ideología liberal".
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No fue posible lograr un consenso constitucional sobre la vertebración territorial de España, a pesar de los múltiples intentos que se realizaron. A lo más que se llegó fue a la aceptación de un marco impreciso y técnicamente incorrecto que, por lo menos, remitía al futuro la voluntad de acuerdo. El problema alcanzó tanta importancia que bien puede decirse que el consenso constitucional sólo se logró con la aprobación de los estatutos catalán y vasco. El cambio producido en la nueva organización del Estado era para buena parte de la sociedad española tanto o más revolucionario que el paso de una dictadura a un sistema democrático. A la altura del año 1975 España era un Estado para todos los españoles, pero así como para la mayor parte de ellos era Estado y Nación a la vez, para importantes minorías era Estado pero no Nación. Sin embargo, la configuración de un Estado basado en fórmulas de descentralización o de carácter federal no fue sentido como reivindicación de primera magnitud en la fase inicial del cambio político, excepto en el País Vasco, Cataluña y, algo menos, en Galicia. Da la sensación de que si hubo una espiral de reivindicaciones de este tipo se debió a su aparición en el seno de la clase política dirigente, que acabó transmitiéndola al resto de la sociedad. Con el paso del tiempo, las reclamaciones vasca y catalana actuaron como detonante del sentimiento regionalista en el resto de España. Resulta necesario, por tanto, tratar del País Vasco y Cataluña en primer lugar, mientras la eclosión de sentimientos regionalistas en otras regiones puede ser remitida a después de las elecciones de 1979, que fue cuando alcanzaron verdadera relevancia política. Lo primero que hay que recalcar es la diferencia entre estos dos casos. Ello es debido en buena parte a la radicalización provocada por el terrorismo y la represión. A finales de los años setenta los deseos de lograr la independencia en el País Vasco eran compartidos por un 24% de la población; en Cataluña esa era una reivindicación minoritaria, que respondía a los deseos de tan sólo el 11 % de la población. Existían también diferencias entre las dos nacionalidades en cuanto al grado de integración en el proyecto de convivencia democrática iniciado en 1977. El País Vasco inició la singladura democrática con un consenso insuficiente, que se puede apreciar en una participación de tan sólo el 45% en el referéndum de la Ley de Reforma Política; en cambio, Cataluña tuvo una proporción de votantes idéntica a la nacional. En el momento de votar acerca de la Constitución sólo uno de cada cuatro electores en Guipúzcoa lo hizo de forma positiva. Por el contrario hubo un mayor grado de acuerdo con el sistema político vigente en octubre de 1979 con ocasión del referéndum sobre el Estatuto Vasco. Sumados los que apoyaban entonces la Constitución, el Estatuto o tan sólo uno de ambos se llegó ya al 50% de la población. Estas estadísticas revelan claramente ta dificultad para resolver el caso del País Vasco, incluso comparado con el de Cataluña. Si en ésta la existencia de un nacionalismo moderado, capaz de sentirse español al tiempo que catalán, propiciaba una solución de concordia, en el País Vasco la propia sociedad se mostraba mucho más fragmentada. El problema del País Vasco no es de autodeterminación. Esa división se da entre los mismos vascos hasta hacer muy difícil entre ellos la convivencia. A fines de los años setenta entre un 13 y un 16% de los vascos consideraba a los terroristas de ETA como patriotas y entre un 29 y 35%, como idealistas. La reivindicación nacionalista se inició en el País Vasco y Cataluña porque en ellas el sentimiento de peculiaridad estaba muy arraigado. El franquismo había sido socialmente minoritario en estas dos sociedades y, durante él, existieron en el exilio unos Gobiernos procedentes de las instituciones autonómicas creadas de acuerdo con la Constitución de 1931. Por ello es lógico que después de las elecciones de 1977 la reivindicación de la autonomía se hiciera especialmente presente. Después de las elecciones, sesenta y dos de los sesenta y tres parlamentarios electos catalanes solicitaron la vuelta al Estatuto de Autonomía del año 1932. En el encauzamiento del problema jugaron un papel concordante tanto el presidente Suárez que actuó con decisión, rapidez y habilidad, como Tarradellas, presidente de la Generalitat que mantenía un hilo de conexión más bien tenue con la institución de los tiempos republicanos pero que se había convertido en un símbolo y, además, estaba dotado de un realismo y una experiencia que le situaban por encima de la media de los políticos. El propio Tarradellas inició las gestiones para regresar a España y llegar a un acuerdo temporal con el Gobierno. Después de las elecciones se dio cuenta de que estaba en óptimas condiciones para conseguirlo. El político catalán afirma en sus memorias que Suárez tenía motivo para estar preocupado respecto a Cataluña, y el juicio parece acertado. Tan sólo unos días después de las elecciones, el 27 de junio de 1977, Suárez y Tarradellas se entrevistaron en Madrid. No fue fácil para ninguno de los dos. El segundo recordó que un jefe de Gobierno que no supiera resolver el problema catalán inevitablemente ponía en peligro la Monarquía democrática. A pesar de todo, evitando dar cuenta de las tensiones prolongó la negociación que, pese a todas las dificultades, acabó prosperando a fines de septiembre. Como dice en sus memorias, el ambiente político madrileño había cambiado de forma sustancial respecto a la etapa republicana; ahora se palpaba una clara voluntad de llegar a un acuerdo. Su entrevista con el Rey parece que fue muy fructífera. De este modo se restableció una Generalitat con unos poderes más simbólicos que reales; pero el retorno a Barcelona de Tarradellas a comienzos del mes contribuyó de manera decisiva a encauzar una situación que podría haberse convertido en explosiva. A pesar de que existieron tensiones a la hora de debatir el Estatuto de Cataluña, el referéndum sobre éste, en octubre de 1979, demuestra el consenso al que se había llegado. En marzo de 1980 se celebraron las elecciones al Parlamento catalán con un importante triunfo para Convergencia, el partido de Pujol, que pasó a ocupar el primer puesto en 28 de las 38 comarcas catalanas. Así quedaba marcada una tendencia que convertiría a Cataluña en un ejemplo de estabilidad, al menos comparada con el País Vasco. Aquí no se dieron las mismas circunstancias positivas que en Cataluña, pues a pesar de existir un Gobierno vasco en el exilio, no hubo ninguna personalidad capaz de desempeñar una función institucional al margen y por encima de los grupos políticos. Además, el radicalismo de quienes hacían profesión de fe nacionalista y la actitud reactiva de la extrema derecha hacían más difícil el acuerdo. En el mes de octubre de 1977 se amplió la amnistía decretada con anterioridad extendiéndose también a los delitos de sangre. Pero el mismo día en que fue aprobada, ETA asesinó a tres personas. En el mes de diciembre de 1977 se llegó a un acuerdo para el establecimiento de un régimen de autonomía provisional en el País Vasco. La principal dificultad derivó de la propia división de los vascos. Después de las elecciones de 1977, a diferencia de lo sucedido en el resto de las provincias, el Partido Nacionalista Vasco no tenía la hegemonía en Álava, pero todavía era más grave la situación en Navarra, en donde existía una fuerte contraposición entre los partidarios de la integración en Euskadi y los contrarios a ella. Gracias a haber remitido al futuro la solución del problema de Navarra fue posible llegar al régimen preautonómico que, de momento, permanecía al margen de la comunidad autónoma. Ramón Rubial, un histórico dirigente socialista, presidió el Consejo General Vasco. Durante el primer año de su existencia tuvo una ejecutoria endeble a causa de la no aceptación de muchos de los traspasos por parte de los gobernantes autonómicos, la no admisión por parte del PNV de la Constitución y la redacción de un borrador de Estatuto en Guernica que implicaba la existencia de una soberanía nacional vasca. A comienzos del año 1979 tuvieron lugar unas difíciles negociaciones respecto al Estatuto que fructificaron gracias a la capacidad negociadora de Suárez y de Garaicoechea, que desde las elecciones de ese año en que empezó el crecimiento del PNV ocupaba la presidencia del Consejo vasco. En octubre de 1979 se celebró un referéndum sobre el Estatuto que mostró una positiva ampliación del ámbito del consenso constitucional. Frente a la consigna de abstención defendida por HB, cercana a ETA, hubo una participación en torno al 60% y votó afirmativamente el 90% de quienes participaron. A pesar de ello no se puede considerar que el problema vasco hubiera iniciado la senda de su definitiva solución. A comienzos de 1980 los diputados nacionalistas se retiraron del Parlamento como protesta por la forma de llevarse a cabo los traspasos de competencias. Por otra parte, las instituciones autonómicas, dada la fragmentación política de la región, sólo pudieron funcionar por el procedimiento de que HB no asistiera al Parlamento, con lo que el PNV lograba una mayoría artificial. Con ocasión de la presencia en la Casa de Juntas de Guernica de los Reyes, en febrero de 1981, se produjeron graves incidentes por parte de los diputados de Herri Batasuna. No puede abordarse la cuestión de la autonomía vasca sin hacer referencia al terrorismo de ETA, que complicó de manera considerable la normalización democrática española. La evolución de ETA resulta fácil de resumir en sus tendencias generales. Desde el momento en que se hizo manifiesto que la senda reformista se iba a recorrer con plena sinceridad, el nacionalismo radical se encontró ante la disyuntiva de elegir la senda de la política como complemento de la violencia o como única fórmula de actuación. El camino hacia la política fue recorrido antes o después por quienes procedían de ETA, pero esto no excluye que se siguiera utilizando como arma el atentado. Muy pronto se vieron frustradas las esperanzas de que con la libertad ETA retrocediera; por el contrario, como sabemos por las cifras ya citadas, la democracia sufrió más los zarpazos del terrorismo que la dictadura de Franco. Esto se explica, por un lado, por la tendencia de los más jóvenes en ETA a proseguir en el activismo terrorista mientras que los más veteranos se volvían hacia la política. Por otro, no hay que olvidar el impacto que siempre tuvo en favor del terrorismo la actuación torpe y sin control de las fuerzas de orden público. A finales del franquismo ETA aparecía dividida en dos ramas. ETA-militar era el antiguo frente armado de la organización; formada sólo por un puñado de militantes, profesaba un radicalismo mucho más nacionalista que revolucionario. ETA-político militar tenía originariamente el apoyo de la mayor parte del movimiento y se había planteado la posibilidad de actuar por otros procedimientos que no fueran el terrorismo. Mucho más marxista y revolucionaria, consideraba que debía aliarse con los movimientos de extrema izquierda existentes en el País Vasco. El ministro del Interior, Juan José Rosón, con la colaboración de Euskadiko Eskerra, siguió una política de represión y reinserción que tuvo como consecuencia la práctica descomposición de ETA político militar al comienzo de los ochenta, disminuyendo considerablemente el número de muertos provocados por esta organización y por el terrorismo vasco en general. Finalmente, en septiembre de 1982, ETA-pm anunció su disolución. Por su parte, en la primavera de 1978, ETA-militar creó su propia organización paralela de carácter político, Herri Batasuna, de la que formó parte originariamente un conglomerado de fuerzas diferentes. Siempre estuvo subordinada a ETA-m y obtuvo muchos votos por la solidaridad de una porción considerable de la sociedad vasca con los etarras. Pero, sin embargo, a la altura del verano de 1979 ya resultaba manifiesto que no sólo el PNV tenía el apoyo mayoritario de los nacionalistas vascos sino que estaba dispuesto a reaccionar contra el terrorismo etarra actuando en el marco de la Constitución. Aunque eso no resolvía por completo el problema de ETA, al menos lo ponía en vías de una solución.
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La última dinastía meridional, la de los Nayaka, se independiza tras la derrota Talikota y se repliega hacia el sur, en Tamil Nadu, donde gobiernan sobre Maduraj, Thanjavur, Trichy, Gingi e Ikkari.Realmente, esta dinastía hindú se llamaba Tuluva y sus príncipes lucharon al lado de los Vijayanagar contra los islámicos, a los que infligieron sonadas derrotas, gracias a lo cual recuperaron territorios para consolidar el nuevo imperio hindú. Su fiel y valerosa actitud les hizo merecedores del título de Nayaka, el que enseña el camino, con el que han pasado a la historia.Se erigen en protectores de las artes y las letras y heredan el carácter universalista de sus antiguos soberanos, promoviendo el cultivo de amigos y aliados extranjeros. Una de las muestras más extravagantes y espectaculares del arte híbrido al que da lugar su actitud ecléctica es el Palacio Tirumalay Nayaka de Maduraj (construido en 1636 y renovado en 1870); este inmenso complejo palaciego fue diseñado por un anónimo arquitecto italiano y comprende residencias reales, harén, santuario, teatro, auditorio, sala de armas, jardines, estanques... y un hall de audiencias porticado a base de altísimas columnas monolíticas de orden corintio.También patrocinaron la reconstrucción de templos y fundaron ciudades de nueva planta, como Nagalapura y Tiruchchirappalli (popularmente Trichy) o Ciudad de la Roca Sagrada; ésta fue fundada en 1616 en torno a una enorme roca en la que se había construido primero un templo y después un fuerte, que presidirá en el siglo XVIII las guerras entre ingleses y franceses por el dominio del sur de la India.Los Nayaka son herederos del arte de Vijayanagar, cuyas características potencian hasta caer en un manierismo y virtuosismo técnico; pero siempre se distinguieron como urbanistas. Ejemplos notables en el campo civil son las dos últimas ciudades comentadas, pero donde destacan especialmente es en el urbanismo sagrado, y es precisamente a 4 km de Trichy donde se muestra con más éxito: en la ciudad-santuario de Srirangam, donde se rinde culto a Vishnu Ranganatha, o Vishnu cósmico dormido sobre la serpiente Ananta en el momento de la creación del mundo.Srirangam, rodeada de agua es una isla formada por los meandros del río Cauvery, donde los Nayaka construyeron de nueva planta la mayor ciudad-santuario y el mayor complejo dedicado a Vishnu; presenta un perímetro rectangular de 3.250 m, con siete murallas concéntricas perfectamente regulares, cuyo acceso se salva por 28 gopuram (en la actualidad terminados sólo 21).Lo mejor es su gran mandapa, con 953 pilares monolíticos de granito, cuya magnífica labra hace de cada pieza una obra de arte. La serie exterior de estos pilares muestra a los príncipes Nayaka montados en caballos en corbeta, bajo cuyas patas caen los enemigos, tanto humanos como míticos; en una de las mejores piezas vemos a un enemigo occidental (¿un soldado portugués?) clavar una espada a una mujer Nayaka que huye con un niño en brazos. Este conjunto de pilares exteriores de la mandapa de las mil columnas se individualiza, gracias a su excelencia, en el panorama del arte indio como la Cabalgata de Srirangam.Como otras muchas ciudades-santuarios, Srirangam es un lugar extraordinario para entrar en contacto con la realidad religiosa que rige toda la actuación de la vida cotidiana india. Es la última gran obra del sur de India y en su constante emulación veremos perpetuarse el arte hindú hasta nuestros días.
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La libre interpretación de los presupuestos estéticos idealistas dio pie a un panorama estilístico diversificado en torno a 1800, algo que no era extraño si tenemos en cuenta la compleja alteración de los modos estilísticos que trajeron consigo el pintoresquismo y otras poéticas derivadas de la Ilustración dieciochesca. Especialmente el principio de la autonomía artística, que es tan importante para la corriente de la abstracción formal, como para el subjetivismo que afecta a la pintura de paisaje lo mismo que a la de tema, promovió la multiplicidad fáctica de las manieras individuales y la libertad de estilo para la interpretación de los temas.El propio clasicismo hizo un esfuerzo didáctico por convertirse en programa de época, pero, si exceptuamos constelaciones muy limitadas de los dictados académicos preceptivos, fue, en sentido lato, una manifestación híbrida, con numerosos resabios de estilos históricos, a la vez que profundamente afectada por la crisis de la doctrina tradicional de los modos. Las jerarquías de los modos estilísticos se vieron alteradas sobre todo por la puesta en escena del nuevo paisajismo, el pintoresquismo y los sincretismos neomanieristas. Alguna vez se ha dicho que la primera pintura romántica surge de la libertad de concepto que David concedía a sus discípulos. Esa libertad puede hacerse extensiva a la individualización del estilo de otros autores ajenos al círculo de David y fue instancia secular en la formación artística no académica.La pintura nazarena se coloca en las antípodas de la moral ilustrada y revolucionaria, que instaba a la formación de las propias disposiciones individuales. Si el pintor-filósofo Runge se esforzó por acompañar el misticismo de su praxis artística con una amplia teoría estética personal, los nazarenos se propusieron el desarrollo de un programa estilístico homogéneo que sirviera de doctrina estética de grupo. Mientras que en el primer Romanticismo la labor artística está orientada hacia la creación de estilos personales y mitologías privadas, el historicismo nazareno se propuso la recuperación fiel del estilo de un pasado mitificado. El paisajismo romántico quiso equiparar su género a la pintura de tema, y en 1825 el historicista P. Cornelius dirá: "La pintura de paisaje no es más que un parásito en el tronco del gran árbol del arte". El nazarenismo recuperó la doctrina tradicional de los modos, fijó modelos estilísticos históricos y se refugió aprensivamente en la moral cristiana, tratando con ello de sobreponerse al sino de la libertad laica propio de la Europa revolucionaria. Comenzó siendo una manifestación artística extemporánea para convertirse después, con la Restauración, en signo de época.Nazarenos es el nombre por el que la gente con humor conocía en Roma a un grupo de artistas germanos que vivían en comunidad y que llevaban el pelo largo y con la raya en medio, peinado alla nazarena, que recordaba a Cristo. Se trataba de la Hermandad de San Lucas, fundada en 1809 en Viena por alumnos de la Academia que en ese mismo año se trasladaron a Roma, donde llevarán juntos un régimen de vida propio de santurrones. En 1810 se instalaron en el monasterio de San Isidoro. Los fundadores fueron, entre otros, Johann Friedrich Overbeck (1789-1869) y Franz Pforr (1788-1812), pero pronto se les unirá un sinfín de pintores centroeuropeos, entre los que se encontraban Peter Cornelius (1783-1867), Friedrich Olivier (1785-1841), Wilhelm Schadow (1788-1862), Julius Schnorr von Carolsfeld (1794-1853) y C. Ph. Fohr (1795-1818). También el viejo J. A. Koch guardó relación con el grupo.La actividad nazarena tiene muchos síntomas de extravagancia. En realidad era el descontento causado por la trivialidad de las enseñanzas académicas lo que impulsó a los fundadores a una suerte de militancia estética en favor de valores artísticos auténticos, de experiencias de extatismo artístico como las que, con absoluta ingenuidad, contaba Wackenroder que habían tenido los verdaderos artistas en su novela entusiasta de 1797 Efusiones del corazón de un monje amante del arte. La Hermandad de San Lucas trató de asimilar a Rafael y a los primitivos italianos y alemanes a través de una lectura melindrosa del tipo del entendimiento artístico de Wackenroder y L. Tieck. Como las virtudes espirituales parecían un ingrediente imprescindible del auténtico artista primitivo, el ideario nazareno fue el de un arte confesional. Eran frecuentes las conversiones al catolicismo entre los miembros, pues aspiraban a ser visitados por la Musa al recibir la Comunión y quizá también a recibir algún encargo de la Iglesia.No podemos pensar, sin embargo, que este nuevo pseudo arte beato, como lo denominara Goethe, pudiera tomar cuerpo tan rápidamente sin otros apoyos. No basta con encontrarle justificaciones en el hecho de que por entonces aún no se había descubierto el psicoanálisis. El arte de los primitivos italianos y nórdicos era ya objeto de atención. Novalis y Chateaubriand habían preparado también una mítica romántica de la Edad Media, que exaltaba su condición de edad cristiana. El círculo romántico de Heidelberg, con Górres a la cabeza, recuperó paulatinamente desde comienzos de siglo la lírica popular y la literatura medieval alemanas. Los hermanos Boisserée, iniciadores de la historiografía del arte medieval, comenzaron ya sus colecciones y estudios de los primitivos alemanes en 1804.También nos hemos referido a los curiosos barbus, que, entre otras cosas, como otros discípulos de David, reverenciaban a Rafael y al Perugino. No hemos parado, por el contrario, en otro grupo singular de frecuentadores del taller de David, que son Fleury Richard, Révoil, Grobon, Granet y otros artistas menores que ya en la primera década del siglo inauguraron lo que se conoce como style trouvadour. Basándose en el tan extendido estilo lineal, estos autores que se las daban de aristócratas católicos aplicaron su escaso ingenio a la representación de temas históricos y caballerescos con atrezzi y ambientes medievales, especialmente góticos. Los trouvadours iniciaron el historicismo en Francia.Con todo, existen fuentes más próximas para los nazarenos. Ya en 1805 el fundador Overbeck pudo contemplar en Lübeck los dibujos realizados por los hermanos J. y F. Riepenhausen realizados según pinturas quattrocentistas. Los Riepenhausen procedían de Gotinga, como Friedrich Schlegel, que fue el gran publicista del primer Romanticismo en Alemania y luego uno de los artífices de la cultura restauracionista, sobre todo después de su conversión al catolicismo en 1808 en Viena. Schlegel escribió una serie de artículos entre 1803 y 1805 en su revista "Europa" en favor de una nueva valoración de los primitivos del XV. Schlegel aconsejaba seguir por completo a los maestros primitivos, especialmente a los más primitivos, e imitar fielmente la perfección única y lo naïf el tiempo necesario, hasta que se convierta para el ojo y el espíritu en otra naturaleza. Si llegara a escogerse el estilo de la escuela primitiva alemana como modelo, entonces estarían ambos asuntos en cierto modo unidos, el camino seguro de la antigua verdad y lo jeroglífico.
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Los más famosos escultores de este ambiente romano fueron Arcesilao y Pasíteles. Ambos debieron de ser contemporáneos, puesto que el primero murió, al parecer, en 42 a. C., y el segundo trabajó hasta mediados del siglo, según nuestras noticias; y ambos tuvieron, al parecer, métodos de trabajo semejantes, basados en la realización previa de modelos de barro -proplásmata-, a los que concedían una importancia primordial. Arcesilao, incluso, cobraba a precios muy elevados estos modelos, como si de obras acabadas se tratase. Por lo demás, ambos fueron, al parecer, aficionados a las figuras de animales, cuyo estudio realizaban del natural: Según Plinio, "una vez que Pasíteles, en los depósitos navales donde se encontraban las fieras de África, cincelaba un león mirándolo a través de los barrotes de su jaula, se escapó de la misma jaula una pantera, lo que supuso no pequeño peligro para aquel cuidadosísimo artista" (NH, XXXVI, 40). En cuanto a Arcesilao, una de sus principales obras era "una leona de mármol jugando con unos Cupidos alados, de los cuales unos la tienen atada, otros la obligan a beber en un cuerno y otros le están calzando unas sandalias, todo ello de una sola pieza de mármol" (Plinio, NH, XXXVI, 41; trad. de M. E. Torrego). Realmente, temas de este tipo ponen en duda si ambos artistas eran propiamente neoáticos. El grupo de la leona y los Cupidos -alegoría de la fiereza vencida por el amor- casi entra de lleno en ese horrible mundo del llamado "rococó helenístico", con obras más o menos neoáticas, más o menos realistas, del tipo de la Afrodita Calipigia ("la de bellas nalgas") del Museo de Nápoles, o del grupo de Cupido y Psique besándose, o del inefable mármol, hallado en Delos, donde Afrodita amenaza con una sandalia a Pan bajo la sonriente mirada de Eros, obras todas del periodo que tratamos. Pero también, desde el punto de vista técnico, podríamos hallarnos -y es lo que sugiere la anécdota de Pasíteles- dentro de la vertiente del animalismo realista que ilustran, por ejemplo, los Relieves Grimani del Museo de Viena, acaso de fines del siglo I a. C., con sus fieras pintorescas y minuciosamente labradas, y su paisaje rocoso al fondo. Si, pese a todo, incluimos a Arcesilao y a Pasíteles en el neoaticismo, es sobre todo porque este último escribió cinco libros sobre las obras de arte famosas de todo el mundo -lo que le daría un profundo conocimiento de los artistas del pasado- y porque dos miembros de su escuela, Estéfano y Menelao, nos han dejado, firmadas, las dos obras neoáticas más gélidas que conozcamos: el Atleta Albani, sosa reelaboración levemente realista de una obra fechable a mediados del siglo V a. C., y el grupo de Orestes y Electra, envarado, inexpresivo, y tan cegado por los principios del clasicismo que, para mostrar que Orestes es más joven que Electra, se limita su autor -Menelao- a figurarlo en tamaño algo menor, pero con anatomía de hombre adulto.
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Los niños Es costumbre en esta tierra saludar al niño recién nacido diciendo: "¡Oh, criatura! ¡Ah, chiquito! Venido eres al mundo a padecer; sufre, padece y calla". Le ponen luego un poco de cal viva en las rodillas, como quien dice: "Vivo eres, pero morir tienes, o por muchos trabajos has de ser tornado polvo como esta cal, que piedra era". Se regocijan aquel día con bailes, cantares y colación. Era general costumbre no dar leche las madres a sus hijos el primer día todo entero que nacían, para que con el hambre cogiesen después la teta de mejor gana y apetito; pero mamaban ordinariamente cuatro años consecutivos, y tierras había que doce. Las cunas son de cañas o palillos muy livianos, por no hacer pesada la carga. También se los echan las madres y amas al cuello sobre la espalda, con una mantilla que les coge todo el cuerpo, y que se atan ellas al pecho por las puntas, y de aquella manera los llevan caminando, y les dan la teta por el hombro; huyen de quedarse preñadas criando, y la viuda no se casa hasta destetar el hijo, pues les estaba mal mirado que hiciesen lo contrario. En algunas partes zambullen los niños en albercas, fuentes o ríos, o en tinajas, el primer día que nacen, para endurecerles el cuero y carne, o quizá por lavarles la sangre, hedor y suciedad que sacan del vientre de las madres; cuya costumbre algunas naciones de por acá la tuvieron. Hecho esto, les ponen, si es varón, una saeta en la mano derecha, y si hembra, un huso o una lanzadera, significando que se habían de valer, él por las armas, y ella por la rueca. En otros pueblos bañaban a las criaturas a los siete días, y en otros a los diez de nacer; y allí ponían al hombre una rodela en la izquierda y una flecha en la derecha. A la mujer le ponían una escoba, para entender que el uno ha de mandar y la otra obedecer, En este lavatorio les ponían nombre, no como querían, sino el del mismo día en que nacieron; y a los tres meses suyos, que son dos de los nuestros, los llevaban al templo, donde un sacerdote que llevaba la cuenta y ciencia del calendario y signos les daba otro sobrenombre, haciendo muchas ceremonias, y declaraba las gracias y virtudes del ídolo cuyo nombre les ponía, pronosticándoles buenos hados. Comían en tales días muy bien, bebían mejor, y no era buen convidado el que no salía borracho. Además de estos nombres de los días siete y sesenta, tomaban algunos señores otro, como era Tecuitli y Pilli; mas esto acontecía raras veces. El castigo de los hijos toca a los padres, y el de las hijas a las madres. Los azotan con ortigas, les dan humo en las narices, estando colgados de los pies; atan a las muchachas por los tobillos, para que no salgan fuera de casa; las hieren en el labio y punta de la lengua, por la mentira; son muy apasionados por mentir todos estos indios, y por enmienda y por quitarlos de este vicio ordenó Quezalcoatl el sacrificio de la lengua. Caro les costó a muchos el mentir al principio que nuestros españoles ganaran la tierra; porque, al preguntarles dónde había oro y sepulturas ricas, decían que en tal y tal sitio; y como no se hallase por más que cavaban, los descoyuntaban a tormentos y golpes, y hasta los aperreaban. Los pobres enseñaban a sus hijos sus oficios, no porque no tuviesen libertad para mostrarles otro, sino porque los aprendiesen sin gastar con ellos. Los ricos, especialmente los caballeros y señores, enviaban a los templos a sus hijos cuando tenían cinco años, y por esta causa había tantos hombres en cada templo, cuantos en otra parte dije. Allí había un maestro para adoctrinarlos; tenía esta congregación de mancebos tierras propias en que coger pan y fruta; tenían sus estatutos, como decir, ayunar tantos días en cada mes, sangrarse las fiestas, rezar, y no salir sin licencia.
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Mientras comenzaba a erosionarse lentamente la posición de los estamentos privilegiados, el desarrollo de nuevos grupos y categorías socio-laborales al compás de la evolución económica acentuaba la complejidad estructural del resto de la sociedad, esa inmensa mayoría compuesta por los "que no eran ni clérigos ni nobles". Pero la nota más destacada fue el afianzamiento de una burguesía que, si aún no aspiraba ni estaba en condiciones de disputar el protagonismo social a la nobleza, sí se distanció definitivamente de la masa y, quizá no muy conscientemente, caminaba hacia un futuro que terminó consagrando su dominio.
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Es precisamente el aspecto religioso el que entraña más cambios en la vida de los núcleos urbanos, puesto que cada vez más la ciudad se encierra sobre sí misma para ofrecer la imagen de la civitas Dei o de la también denominada civitas christiana, donde se ponen en juego todos los valores y esencialmente los valores morales de lo que es y quiere ofrecer la ciudad. Los mecanismos de funcionamiento del ámbito de la ciudad no se limitan al estricto espacio urbano intra muros, sino que atañen de forma directa al suburbio, cubierto en gran parte por áreas funerarias, y a todo el territorio circundante. La ciudad se convierte de este modo en el centro físico y vertebrará el denominado suburbium y el territorium. En el interior del espacio delimitado por el recinto murario se disponen, sin romper la tradición, las estructuras arquitectónicas necesarias a los servicios administrativos, los edificios públicos y de representación, así como los espacios destinados al hábitat, aunque no existen nuevas construcciones derivadas de la edilicia privada. Sin embargo, el cristianismo obligará a crear una serie de nuevos edificios destinados a las funciones a las que obliga el culto cristiano y la Iglesia, y por ello, antiguas construcciones podrán observar cambios en su funcionalidad e incluso algunos de los edificios existentes, precisamente por perder sus funcionalidades, se verán abandonados. Al mismo tiempo, a pesar de la prohibición existente, se constata la presencia de sepulturas en el interior de los núcleos urbanos, hecho que es relevante pues permite detectar terrenos o zonas que habían tenido su uso en época anterior y que en este momento se hallan olvidados. La lenta penetración de inhumaciones junto a los lugares de hábitat será un hecho normal en época medieval, donde los muertos conviven en el espacio de los vivos, llegando a formar parte de la vida cotidiana. Alrededor del núcleo urbano y siempre extramuros, es decir en el suburbio, se disponen por regla general los centros martiriales, las grandes áreas cementeriales y las comunidades monásticas. Si bien la arqueología proporciona abundante documentación sobre zonas funerarias y el culto martirial, para un mayor conocimiento acerca de los monasterios nos tendremos que remitir a las fuentes escritas. El culto martirial, aunque se inicia a finales del siglo II con el fin de las persecuciones y la paz constantiniana, tendrá una gran fuerza social y religiosa a partir del siglo IV. Esta fuerza, plasmada a través de las diversas manifestaciones de la veneración, se debe a diversas creencias, entre las que destacan, en primer lugar, el que el martirio sufrido por los santos puede ser vehículo para interceder por el cristiano. En segundo lugar, la esperanza en la obtención de favores, no sólo escatológicos o espirituales, sino también de orden milagroso. Por último destaca la esperanza en la resurrección, lo que conlleva a la preparación de una infraestructura material que es en definitiva una protección espiritual. Las inhumaciones ad sanctos, que suelen ser sepulturas privilegiadas, buscan la intercesión por la redención del alma, hecho que requiere una cierta proximidad al mártir. Esta cohabitación en el espacio funerario refleja la esperanza de una cohabitación en la eternidad celestial. La presencia de una inhumación martirial y su veneración se encuentra en el origen de muchas áreas cementeriales suburbanas e incluso de lugares de culto. A lo largo de los siglos V y VI, estas inhumaciones se monumentalizarán, convirtiéndose en una memoria, confessio o un martyrium, en estrecha relación con el culto a las reliquias y las peregrinaciones. Tras este análisis podríamos decir que existe una disyuntiva entre el centro urbano y el núcleo suburbano, puesto que el primero responde a la comunidad de los vivos, y el segundo a la comunidad de los muertos. Sin embargo, dicha disyuntiva es tan sólo aparente, puesto que en realidad existe una perfecta relación dinámica e interactiva, cuyo funcionamiento será siempre dependiente y estará articulado esencialmente por la vida litúrgica de la ciudad. Lo mismo podemos decir de la posible dicotomía entre la religión y la práctica funeraria. La religión responde a un hecho público, es en definitiva un acto social o que se desarrolla en sociedad y por ello se lleva a la práctica en el espacio de los vivos; sin embargo, la práctica funeraria es un hecho íntimo y privado que sólo se desarrolla en el ámbito familiar o en un reducido grupo social. Una vez establecidas las diferencias y relaciones existentes entre lo que es el ámbito estrictamente urbano, el suburbium y el territorio, cabe ahora plantearse cómo se organizaba el hábitat. Esta organización está presidida por una rígida jerarquización de la estructura social, de la cual conocemos esencialmente las altas capas sociales y aquellas menos favorecidas, aunque poco es lo que sabemos de las clases medias. A lo largo de toda la Antigüedad tardía, y al menos hasta el siglo VII, existió una clara separación en las libertades de los individuos que vivían en zonas urbanas o rurales, que determinará a la vez el tipo de hábitat o vivienda.
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Si ya el desmantelamiento y posterior transporte acelerado de las industrias fue una labor titánica, su instalación en los nuevos emplazamientos tropezó en muchos casos con dificultades casi insalvables. Multitud de ejemplos ilustran la increíble abnegación de los trabajadores soviéticos, que se veían obligados a hacerlo en un invierno muy crudo, con suministros alimenticios y viviendas menos que adecuadas. Por poner un ejemplo, en Novosibirsk gran cantidad de operarios iban a descargar los interminables convoyes ferroviarios tras una agotadora jornada de catorce horas en la factoría de la zona, haciendo gala de una energía centuplicada. Diversas fábricas evacuadas al este eran integradas con las empresas ya existentes en el lugar de llegada. Una gigantesca factoría de Ucrania -dedicada al montaje de carros de combate- fue inmediatamente asociada a varias plantas metalúrgicas, hasta llegar a denominarse Fábrica de Tanques Stalin de los Urales. Por otro lado, la factoría de tractores de Chelyabinsk quedó fusionada con la de motores Diesel, llegada desde Jarkov, así como con algunas secciones de la empresa Kirov de Leningrado, hasta formar la nueva fábrica llamada Tankograd. La historia de cómo cinco millones de personas y miles de industrias pudieron ser trasladadas al este es una asombrosa aventura de la Segunda Guerra Mundial y demuestra hasta qué punto puede llegar la resistencia y moral del ser humano. En Sverdlovsk, capital de los Urales, se recibió el encargo de construir dos enormes edificios industriales para una empresa trasladada desde el sur y, por añadidura, en lo más duro del peor invierno del siglo. Esta epopeya contra el reloj la reflejó en parte la prensa soviética así: "La tierra parecía piedra, duramente helada por nuestro fiero clima siberiano. Los picos no eran capaces de romper el suelo, duro como la piedra. A la luz de las lámparas la gente atacó la tierra durante toda la noche. Dinamitaban el helado suelo y colocaban los cimientos. Sus manos y sus pies se hinchaban al helárseles, pero no por eso abandonaban su tarea. El viento frígido soplaba furiosamente sobre los planos proyectos sujetos a cajones de madera. Cientos de camiones establecían un viaje continuo con materiales de construcción. Al duodécimo día empezó a llegar la maquinaria, cubierta de una costra de hielo endurecido. Fueron encendidos braseros para deshelar la maquinaria. Dos días más tarde la industria de guerra comenzaba la producción". En la mayoría de las nuevas fábricas ya funcionaban las máquinas incluso antes de completarse la cubierta, soportando prácticamente a la intemperie durante el día temperaturas de hasta 40 grados centígrados bajo cero. En una de las ciudades de la cuenca del Volga -donde se habían instalado una de las mayores fábricas de aviación de toda la URSS- ya salía montado el primer caza Mig, ¡sólo catorce días después de la llegada de los trenes iniciales cargados de equipos! Los operarios improvisados -mecanógrafas, estudiantes, empleados, amas de casa, artistas, maestros, dependientes de comercio, etcétera-, todos trabajaban hasta el agotamiento las veinticuatro horas del día, iluminando la noche con arcos voltaicos y bombillas colgadas de los árboles. Sólo ese sobrehumano esfuerzo hizo posible la puesta a punto tan rápida de la factoría aeronáutica soviética.