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El territorio de Mongolia era desde hacia siglos el dominio de las más diversas razas nómadas, desde tribus iranias, a turcas, manchurianas y finalmente mongolas. A principios del siglo XIII, junto a las grandes tribus de lengua mongola, había también turcos más o menos mongolizados, y sobre todo se mantenía una diferencia esencial entre los ganaderos, nómadas de las estepas, y las tribus semisedentarias de los cazadores y pescadores que habitaban en los limites de los bosques siberianos. Las tribus nómadas, más ricas y evolucionadas, poseían una estructura social compleja, ya que el poder perteneció a una aristocracia jerarquizada con jefes de clanes o de grandes familias que ostentaban el titulo de "bahadur", y por debajo de ellos los jefes de las tribus y de las facciones tribales que eran llamados príncipes (noyons). Los jefes supremos de las grandes confederaciones tribales (ulus) eran los "khanes", que estaban en la cúspide de la jerarquía y su autoridad era incontestada. Por debajo de la aristocracia, la gran masa nómada perteneció a la clase de los hombres libres, y era la que proporcionaba los guerreros. Finalmente estaban los siervos colectivos, pertenecientes a clanes vencidos, sometidos a toda clase de prestaciones personales y actuaban como tropas auxiliares en las campañas bélicas. Sobre el tan difundido salvajismo de los mongoles, hay que hacer notar que una gran parte de sus tribus eran cristianas de rito nestoriano, mientras que otras adoraban las fuerzas de la Naturaleza, y una minoría por influencia china eran budistas Por otro lado, el poderío de los nómadas estaba en estrecha relación con su riqueza que no era otra que sus pastos y sus ganados. En este sentido a principios del siglo XIII Mongolia conocía una época de prosperidad debido a gozar de una larga temporada húmeda que le permitió alimentar sus numerosos ganados. Debido a todo ello hay que desechar la idea de que los mongoles hambrientos abandonaron sus tierras en busca de otras mejores y más ricas, sino que su expansión se produjo con tropas poco numerosas y perfectamente organizadas, apoyadas por una retaguardia económicamente próspera y sólida.
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El desarrollo de los monasterios en la Edad Media alcanzará cotas muy elevadas, recibiendo un amplio número de solicitudes para formar parte de estas comunidades. La mayoría de los novicios eran sometidos a prueba para confirmar que su ingreso no se debía a deseos de abandonar el mundo por motivos ajenos a la religión. Esos novicios que ingresaban en el monasterio convivían en la casa de huéspedes donde aprendían a relacionarse, iniciando su vida en comunidad. Ocupaban un lugar diferente en el coro y en el refectorio aunque sus hábitos eran similares a los demás. Cada uno de estos novicios tendría asignado un monje mayor que se ocuparía de su formación. Cuando los hermanos valoraban que las aptitudes desarrolladas por los novicios para ser siervos de Dios eran las adecuadas, pasaban a formar parte de la estructura definitiva de la orden, incluyéndose en la comunidad a la hora de comer, dormir o trabajar. La casa de huéspedes que antes ocupaban es abandonada para dormir en las celdas del primer piso, junto a otros monjes. Las normas exigen que se duerma vestido, con las ropas ceñidas al cuerpo por el cinturón. De esta manera podían acudir de manera rápida a los rezos, levantándose sin tardanza al oír la llamada. Cada tres horas las campanas de la iglesia monástica anunciaban el correspondiente rezo: a medianoche, Maitines; a las tres, Laudes; a las seis, Prima; a las nueve, Tercia; a mediodía, Sexta; a las tres de la tarde; Nona; a las seis, Vísperas; y las nueve de la noche, Completas. Si alguno de los monjes se queda dormido debe acudir rápidamente a la Iglesia y, en medio del coro, tenderse boca abajo en el suelo en señal de disculpa hasta que reciba la orden de levantarse. Tras la hora prima se desayuna en el refectorio. Después el abad reúne a todos los monjes en la sala capitular para leer un capítulo de la Regla de la Orden y distribuir los trabajos, de los que sólo están exentos los enfermos y los destinados a importantes menesteres. Tras la labor matinal y la misa mayor, los monjes se reúnen en el claustro para pasar al comedor donde almuerzan en silencio. Su dieta consta de queso, pan, fruta, pescado y carne, aunque las normas de la orden establezcan que la comida deba ser cada vez más frugal. Entre los trabajos de mayor responsabilidad en el monasterio estaba el de tesorero, encargado de controlar las cuentas de la abadía y de las inmensas propiedades que dependían de ella, la mayoría fruto de donaciones reales o nobiliarias. A su cargo estaban también un buen número de trabajadores laicos que habitaban esas tierras y que tenían como señor al abad. Entre los gastos debemos señalar los propios del monasterio y los relacionados con la atención de pobres y enfermos que se realizaba en los hospitales de la orden. El cillecero se encargaba de administrar la cilla, el almacén donde se guardaban los suministros; el limosnero recogía limosna por los pueblos cercanos; en la biblioteca los iluminadores y copistas trabajan en los libros. Tras la labor y la correspondiente comida, el monje dispone de tiempo libre para leer o descansar hasta que de nuevo se continúan las oraciones y el trabajo. A la caída de la tarde se cena y después continúan los rezos. La dura jornada acaba cuando los monjes se recluyen en sus celdas para descansar, estando pendientes de la llamada a la oración.
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Un segundo rey cuyos monumentos guardan mucha relación con los de Escorpión, pero acreditando un mayor grado de madurez, es Narmer. Probablemente fue su sucesor. El nombre de Narmer (=ballena iracunda) se escribe con una ballena y debajo una cuña vertical, algo asimétrica. Sus monumentos más importantes son también una enorme cabeza de maza y una paleta de 64 centímetros de largo, encontradas ambas en el santuario de Hierakónpolis. El rey, que lleva en ellas una vez la corona blanca del Alto Egipto y dos la roja del Bajo, es designado por su nombre, ya con el jeroglífico de éste, ya con el serekh, ya con el nombre de Horus al completo (halcón, fachada de palacio y nombre). Entre otros testimonios encierra especial interés una estatua de un babuino de procedencia desconocida que lleva el nombre de Narmer en su parte inferior. La forma cóncava que tiene el lado superior de su serekh las dos veces que aparece en la paleta es un rasgo epigráfico de gran arcaísmo, demostrativo de que Narmer pertenece a los comienzos de la época protodinástica. Su maza de Hierakónpolis lo representa entronizado, con la corona roja del Bajo Egipto, en un baldaquino semejante al que aparece en épocas posteriores para representar la Fiesta del Jubileo. El buitre de Neith, la diosa del Alto Egipto, extiende sus alas sobre el dosel del baldaquino. Al pie del estrado cumplen su cometido dos portadores de abanicos de palma; detrás, lanceros de la escolta y dos altos funcionarios, los mismos que lo acompañan en la paleta, todos ellos por debajo del serekh coronado por el halcón. Delante del faraón se ven, arriba de todo, dos bueyes dentro de un cercado, y los cuatro portaestandartes de la escolta de Horus con los mismos estandartes que en la paleta: dos de Horus, uno de Seth y uno de Min. Debajo de ellos una mujer en una silla de manos, unos hombres probablemente maniatados y debajo de éstos la consignación de un copioso botín: 120.000 prisioneros, 400.000 bueyes, 1.420.000 cabezas de ganado menor. A la derecha, como en un cuadro propio, unos antílopes encerrados en un seto y un edificio o pedestal sobre el que se ve una garza, el animal sagrado de la ciudad de Buto, que ya encontramos en el fragmento de la paleta de Escorpión. La paleta de Narmer revela el grado de perfección alcanzado en su tiempo por el relieve egipcio primitivo. Por los dos lados del ático, entre cabezas frontales de Hathor, aparecen el nombre y el palacio del faraón encerrados en una cartela. Es la primera vez que esto ocurre. La cazoleta central, que ha dejado de ser funcional, está formada por los cuellos entrelazados de dos de aquellos monstruos que aparecían en libertad en medio de la fauna salvaje de paletas más antiguas y que ahora aparecen sometidos al dominio del hombre. En uno de los registros inferiores la figura del toro bravo vuelve a encarnar el poder arrollador del faraón; su embestida ha abierto ancha brecha en los muros de una ciudad designada mediante un jeroglífico, mientras un enemigo huye a rastras a los pies del vencedor. Otros dos fugitivos, de ciudades que también se nombran (el signo de una de ellas es una muralla= Menfis), vuelven la cabeza mientras corren por el otro lado de la paleta. Narmer en persona comparece dos veces, en el anverso como rey del Bajo Egipto, con la corona roja, en compañía de dos magistrados que tienen su nombre al lado. El más retrasado lleva las sandalias del faraón en la mano y un pomo de ungüentos en la otra. Su compañero viste una piel de animal y va precedido por los portaestandartes de la escolta de Horus. Los funcionarios y los estandartes son los mismos que en la maza. Como severo administrador de justicia, el rey ha hecho decapitar a diez prisioneros, cuyas cabezas se encuentran entre los pies de sus cadáveres; en la lucha han debido de intervenir barcos, pues los signos de ellos se encuentran encima del grupo de ajusticiados. En la cara secundaria, la más bella, la figura del rey, ahora como soberano del Alto Egipto y de tamaño mucho mayor, sacrifica con su maza a su prisionero mientras Horus trae atado de la nariz al símbolo del Bajo Egipto, una mata de papiros provista de una cabeza humana. Acompaña al prisionero el signo que indica su pertenencia al cantón del Arpón. El séquito regio está reducido ahora al portasandalias del monarca. Esta paleta, obra maestra en su género, debe ser considerada desde dos puntos de vista, el artístico y el histórico. Desde el primero, revela que pese a toda su perfección, los principios del dibujo y de la composición del dibujo egipcio clásico no se han impuesto aún: los rostros son demasiado cortos, los detalles anatómicos que se realzan, otros, etc. Hasta el momento de tránsito de la Dinastía I a la II no adquieren las figuras su aspecto familiar, pero los pasos decisivos en esta dirección ya se han dado. Ni Escorpión ni Narmer fueron reyes aceptados como legítimos por el Bajo Egipto; pero estos monumentos suyos -paletas y mazas- conmemoran con impresionante fuerza y claridad las luchas que condujeron a la unificación del país. Esta primera unidad de ciudades, tribus y cantones no sólo sería recordada por las generaciones del futuro como un hecho histórico de tal importancia que se repetiría periódicamente aunque no fuese más que de manera ritual, sino que ya sus testigos presenciales lo valoraron debidamente como algo prodigioso, único y lleno de posibilidades de futuro. Escorpión y Narmer como reyes victoriosos pusieron, según acabamos de comprobar, un empeño asombroso en que quedase memoria bien clara y expresiva de sus gestas, de aquellas acciones que jamás se habían visto ni en Egipto ni en ninguna otra parte del mundo. La gloria de los hechos correspondía en primer lugar a quien los había realizado, al rey. Él era quien había de verse rodeado, por medio de estos monumentos, de una fama y de una gloria imperecederas. Pero la sola representación figurada, por grandiosa y original que fuese, no bastaba; las figuras por sí solas sólo podían representar a un rey en general, a una ciudad cualquiera, a un país cualquiera o a cualesquiera prisioneros o animales capturados como botín. Lo individual sólo podía expresarse y conservarse mediante la petrificación y el entendimiento de la lengua hablada, esto es, mediante la escritura. De ahí que al encargar su maza, Narmer no se conformase con su representación como rey, con la corona del Bajo Egipto y el buitre de Neith. Sólo añadiendo su nombre personal existía una garantía de que por siempre jamás el mundo se acordaría de quien era él y de lo que había realizado. A diferencia de Mesopotamia, donde la escritura nace al servicio de la administración, para cuentas, rótulos, inventarios, etc., en Egipto lo hace algo más tarde, hacia el 3000 a. C., con un propósito distinto: conmemorar unos hechos y unas personalidades históricas; en primer lugar el hecho de la unificación del país y gesta sobrehumana de sus promotores. Al tiempo que la unificación se constituye, también la divinización de la monarquía. La escritura jeroglífica será la expresión paladina de ambas. Pero la manera como la escritura nace, si bien suficiente para efectos monumentales, no lo era para transcribir con precisión el lenguaje hablado en todas sus formas y matices; determinativos, auxiliares, semiconsonantes, desinencias, etc., quedaban aún por añadir. La Epoca de las Pirámides se encargará de ello. Pero las peculiaridades del arcaísmo se respetaron hasta tal punto, que signos como los de cazuela (nw), vasija (hs. t) y otros conservarán el perfil que les dieran sus creadores, los hombres de la época de Negade Il, cuando ya nadie haga cazuelas ni vasijas de aquellas formas.
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Tanto los soldados mercenarios como los comerciantes extranjeros se dejaron ganar por una modalidad de la religión egipcia, el culto a Serapis, Isis y Horus (con Anubis como sirviente de la familia) que sin duda encerraba gran atractivo para ellos, entre otras cosas por brindarles la esperanza en otra vida que las religiones clásicas no ofrecían. En tiempos de la hegemonía religiosa tebana, este culto egipcio no había tenido gran relieve; pero ahora era distinto: el Serapeion de Menfis era uno de los focos más dinámicos de la religiosidad del país. La muerte y el sepelio del buey Apis de turno (identificado con Osiris), constituía un acontecimiento que para algunos reyes significaba un hito en su biografía. En el año 52 de su reinado, Psamético I, con la inauguración de unas nuevas catacumbas para los bueyes Apis del futuro, inaugura una época que llega hasta los últimos Ptolomeos. Cuando Mariette la descubrió en 1851, encontró 28 criptas a los lados de un inmenso túnel y en ellas 24 enormes sarcófagos de piedras duras. Isis, por su parte, fundida con Hathor, se convirtió en diosa madre por excelencia, preferida por los griegos del pueblo a las diosas nacionales, para quienes la maternidad era en el mejor de los casos una función subalterna. Con los soldados estacionados en Egipto y con los comerciantes de Naucratis y de Alejandría los cultos egipcios se propagaron por todo el Imperio Romano, y con el fervor de emperadores como Calígula y Adriano, alcanzaron a la misma Roma, reacia un tiempo a aceptarlos. Hoy en día el lugar más idóneo para contemplar el encumbramiento de Isis es la isla de Philae, o mejor, su heredera. Isis no sólo reinaba en el templo de que era titular, sino en la ciudad ptolemaica primero y egipcio-romana después. La isla, de 400 metros de longitud, estaba cubierta de una ciudad placentera, dotada de bellos edificios y lujosos templos: Imhotep, el arquitecto de Zoser, divinizado e identificado por los griegos con Esculapio, Horus vengador de Osiris, Hathor, Augusto... todos tenían sus respectivos lugares de culto, pero el de Isis era aquí y en el resto de Nubia el más importante, y lo siguió siendo después de la cristianización de Egipto hasta que en Bizancio Justiniano dio la orden de clausurarlo. Los romanos despejaron varias zonas de la ciudad trazando calles rectilíneas y abriendo el espacio de una gran plaza porticada ante el templo de Isis. Desde uno de sus pórticos de treinta y tantas columnas monumentales se dominaba con la vista el río, el dromos, el pabellón de Nectanebo, el templo de Harensnufis y el airoso primer pílono del templo. Todos los emperadores romanos del siglo I tienen cartelas en estas columnas. El pórtico que delimitaba la plaza por el este, en cambio, quedó sin terminar, cosa nada rara en los tiempos que corrían. A1 término del dromos se alza el primer pílono del Templo de Isis. En su fachada sur, Neós Diónysos disimula su condición de vasallo de Roma sacrificando enemigos en presencia de Isis, de Hathor y del esposo de ésta, el Horus de Edfú, helenizado ahora en Harpócrates. Una portezuela abierta en la torre del oeste permite atravesar el pílono para entrar en el "mammisi", que a sus espaldas ofrece una hermosa vista de uno de sus pórticos laterales, de seis columnas de capiteles compuestos y dados hathoriformes. Vista desde el patio la cara norte del pílono, muestra en la torre de la izquierda al rey rindiendo homenaje a Hathor y, en la otra, al mismo rey precedido de cuatro sacerdotes portadores de la barca de Isis. Los bajorrelieves del friso superior corresponden a divinidades sedentes, sentadas en tronos, pintados antaño de vivos colores. Un siglo de prolongadas inmersiones en las aguas de la primera presa de Assuán no sólo las ha privado de sus colores sino descolorido al templo entero, que los viajeros románticos llamaban el Templo de las Columnas Pintadas. En los tiempos en que también los pílonos conservaban su policromía parecía que en el crepúsculo sus figuras cobraban vida dispuestas a descender de sus sitiales. Era la época que el delicioso Quiosco de Trajano, construido por éste para uso en las procesiones, aún se llamaba el Lecho del Faraón. Hasta hace unos años, los libros de arte egipcio solían cerrarse con alguna vista de Philae medio sumergida en las aguas del Nilo como lo estaba diez meses al año, tributo a la ingeniería moderna y al progreso del país. La situación ha cambiado: la construcción de una nueva y más alta presa y la formación a sus espaldas de un lago Nasser, que es el segundo en tamaño del mundo, han aconsejado el rescate y el traslado de los monumentos de Philae, sumergida hoy por completo en el fondo del lago, a un nuevo emplazamiento de similar topografía en la isla de Agilka. La operación ha sido un éxito a sumar al de los templos de Abu Simbel. Otro templo de menos importancia, situado en las cercanías de Philae, pequeño pero dotado de sus elementos básicos y de una cripta ingeniosamente disimulada, el templo de Debod, ha encontrado su último y definitivo acomodo en el Parque del Oeste madrileño. Construido por uno de los reyes etíopes lo mismo que Dakkek, había sido terminado por los Ptolomeos y los Césares.
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Las cualidades de la escuela granadina, en la que se fundían las influencias de Cano y Mena, llegaron hasta el siglo XVIII gracias a esta familia de escultores, integrada por el padre Bernardo de Mora (1614-1684), sus hijos José (1642-1724) y Diego (1658-1729).Bernardo de Mora fue colaborador de Mena desde 1646 y juntos trabajaron con Cano cuando éste llegó a Granada, aprendiendo en su taller las características de su estilo. Tras la marcha de Mena a Málaga en 1658, para realizar la sillería del coro de la catedral, y la muerte de Cano en 1667, la actividad escultórica granadina quedó en manos del taller de los Mora, cuya fecunda existencia se mantuvo hasta la muerte del patriarca.Con él se formaron sus hijos, siendo José el más dotado y personal. Se dedicó fundamentalmente a realizar imágenes de devoción, con una concepción elegante y esbelta, de perfiles cerrados a la manera de Cano, huyendo como él de las notas dramáticas. Sin embargo, su búsqueda de la expresión mística le acerca también al arte de Mena, aunque su estilo alcanza un carácter singular merced a su interés por profundizar en lo humano.Quizás por influencia de Cano marchó a Madrid hacia 1666, en donde se relacionó con Herrera Barnuevo. Hasta 1680, año en el que ya se afincó definitivamente en Granada, su actividad se repartió entre esta ciudad y la corte, donde en el año 1672 fue nombrado escultor real.De las obras realizadas en Madrid poco se sabe y menos se ha conservado, aunque de esta etapa deben ser la pareja de Ecce Homo y Dolorosa del convento de las Maravillas, en los que sigue la tipología de Mena, que repetirá en numerosas ocasiones a lo largo de su vida.Entre sus trabajos en Granada destacan la Inmaculada de la iglesia de los Santos Justo y Pastor, cuyo diseño en forma de uso depende de Cano, y la hermosa imagen de San Antonio de Padua de la iglesia de las Angustias. De 1671 es la Virgen de la Soledad de la iglesia, granadina de Santa Ana, en la que recoge el modelo de Becerra, que pudo conocer en Madrid o a través de la pintura hecha por Cano para la catedral de Granada. Un dolor contenido impera en esta magnífica talla, sin duda uno de los ejemplos más significativos de su producción.También lo es el San Bruno de la sacristía de la cartuja de Granada, de pequeño tamaño según es habitual en esta escuela, al que domina una intensa vibración mística. En sus últimos años sus figuras se alargan y languidecen con expresiones de honda melancolía y se tornan cada vez más refinadas y formalmente caprichosas, anunciando ya el Rococó, (esculturas para la capilla del cardenal Salazar, catedral de Córdoba, h. 1700; San Pantaleón, iglesia de Santa Ana, Granada).Sin embargo, en el San Bruno del Sagrario de la cartuja de Granada, de tamaño natural, da una visión nerviosa y agitada, en la línea del más puro barroquismo.Su hermano Diego, influido por él, posee un estilo amable y delicado, plenamente dieciochesco.
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Uno de los fenómenos migratorios característicos del siglo XX ha sido el de los movimientos de refugiados que, en 1991 según datos de la ONU, afectaban a 17 millones de habitantes del planeta. Tras la II Guerra Mundial se definió jurídicamente el Estatuto de Refugiado y se organizó una serie de instituciones con el objeto exclusivo de encargarse de la protección legal y de la búsqueda de soluciones para los afectados por este tipo de migraciones.La Convención de 1951 definía al refugiado como "la persona que debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social o por sus opiniones políticas, se encuentra fuera del país de su nacionalidad". Esta definición sigue siendo aceptada, aunque ha habido esfuerzos posteriores de ampliación y de matización de la misma y a pesar de sus conocidas limitaciones. Se da el caso de personas que podrían demostrar que tienen un "temor fundado" por alguno de los motivos mencionados en la Convención pero que, sin embargo, se niegan a solicitar el Estatuto de Refugiado por considerar que de ello pueden derivarse acciones en contra de sus familiares, porque sospechan -con mayor o menor fundamento- que existe algún tipo de acuerdo entre los servicios policiales del país receptor y del de origen, o porque piensan que este tipo de acciones puede dificultar la vuelta posterior, generalmente ansiada. Para otros, es difícil demostrar con criterios objetivos que existen fundados temores de ser perseguidos y son rechazados como refugiados por los potenciales países de acogida. La negativa de los países receptores se ampara a menudo en el argumento de la existencia de "falsos refugiados", esto es, inmigrantes económicos que tratan de beneficiarse de las ventajas sociales que se derivan de la obtención del Estatuto de Refugiado.Aún cuando uno y otro tipo de emigración son a veces difíciles de diferenciar en países sumidos en un profundo deterioro económico y político, se pueden establecer algunas distinciones. A diferencia de las denominadas migraciones económicas, en las que los factores de atracción de los países receptores pueden adquirir una fuerza significativa, en los movimientos de refugiados son los factores de expulsión o de rechazo los que desempeñan el más importante papel causal. Por otra parte, mientras que las migraciones voluntarias hasta no hace mucho tiempo solían ser selectivas en cuanto a su composición, generalmente de hombres jóvenes en edad laboral, los movimientos de refugiados movilizan a comunidades enteras: niños, ancianos y personas incapacitadas se ven de igual forma involucrados en ellas.Las primeras acciones por parte de los Gobiernos occidentales se produjeron al finalizar la II Guerra Mundial, cuando se hizo necesario reasentar a numerosas personas desplazadas a consecuencia del conflicto. En 1946 fue creada la "Organización Internacional para los Refugiados" (OIR) que hasta su desaparición, en marzo de 1952, se ocupó de la asistencia a más de un millón y medio de personas. En diciembre de 1950 la Asamblea General de la ONU creaba el "Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados", el ACNUR, con el objeto de resolver la situación de los refugiados resultantes de los acontecimientos ocurridos antes de 1951. Años después, por medio del Protocolo de 1967, quedó suprimida esta limitación temporal del ACNUR, que ya se había encargado de otros reasentamientos posteriores al año 1951, como el de los refugiados húngaros a raíz del levantamiento de 1956A partir de los años sesenta, los movimientos de refugiados adquieren nuevos matices: se intensifican notablemente, cambian los escenarios en los que se producen y alcanzan una dimensión intercontinental. Desde entonces, los principales movimientos de refugiados tendrán lugar en Africa y en Asia, en territorios sometidos antes a la dominación colonial y sumidos tras la independencia en permanentes tensiones y conflictos. En la década de los setenta los movimientos más espectaculares se produjeron en el continente asiático, cuando diez millones de bengalíes se desplazaron desde el Pakistán Oriental a la India. El éxodo de refugiados africanos en la misma etapa comenzó con las expulsiones de asiáticos de Uganda y la marcha de los propios ugandeses que huían del régimen del general Amín. También en América Latina se asistía a la salida de numerosos argentinos, chilenos, bolivianos, uruguayos... que acudían a Europa huyendo de la represión de las dictaduras militares.La amplitud de los movimientos de refugiados fue aún mayor en la década de los ochenta: el número de refugiados creció en el continente asiático de tres a ocho millones; en Africa de 2,7 a 4,8. En la actualidad Asia, con 7,9 millones de refugiados reúne casi la mitad de los que existen en el mundo, concentrados especialmente en dos focos de acogida: Irán y Pakistán. Africa suma 4,8 millones de refugiados que suponen alrededor del 30% del total, concentrados en su mayoría en Malawi, Sudán y Etiopía. En América Latina la cifra de refugiados asciende a poco más de un millón, localizados en su mayor parte en México, Costa Rica, Honduras y Guatemala. El mundo desarrollado acoge en su conjunto a dos millones y medio de refugiados de los cuales millón y medio permanecen en América del Norte, unos 900.000 en Europa y el resto repartidos entre Australia y Nueva Zelanda.A los problemas que afectan en su conjunto a la población emigrante (de desarraigo, de desempleo...) se unen algunos específicos en el caso de los refugiados, como son los derivados de la creación de campos de acogida en la proximidad inmediata de la frontera con el país de procedencia, lo que propicia ataques frecuentes del ejercito regular o de grupos paramilitares del país de origen. Los dramáticos episodios que se han sucedido en los campos de Botswana, Lesotho, Somalia o el Líbano son sólo unos pocos ejemplos entre una larga lista de sucesos semejantes. A su vez abundan los casos de devoluciones no deseadas, a pesar de estar impedidas explícitamente en el artículo 33 de la Convención. Pese a ello se han producido numerosos actos de intercambio de refugiados entre los Gobiernos, como los de Uganda, Kenia y Tanzania, con el objeto de atraer hacia sus países a los opositores políticos, quienes en muchas ocasiones fueron después encarcelados. No son menores los problemas que plantea a la población local la proximidad de los campos de refugiados, situados en países subdesarrollados. La población autóctona próxima a estos lugares ha manifestado su descontento al ver desfilar ante sus ojos camiones y vehículos provistos de alimentos y de ayudas de las que ellos mismos carecen, y por ver amenazada la seguridad de la zona ante los bombardeos y las incursiones armadas dirigidas contra los campos.El número de refugiados en el mundo aumenta de manera constante y contribuye a crear un riesgo para la paz mundial. El ACNUR propone tres tipos de soluciones para los refugiados: la repatriación voluntaria, el reasentamiento o la reinstalación y la integración local. El reasentamiento consiste en el traslado de los refugiados a un tercer país distinto al del primer asilo o acogida. La mejor solución es lógicamente la repatriación o retorno voluntario, posible cuando finalizan las condiciones que propiciaron el exilio. La integración local se propone cuando se prolonga la situación que obligó a la salida o cuando existe el deseo de permanecer en el país de acogida, y se refiere a la creación de condiciones que propicien la permanencia prolongada del refugiado en tierra extranjera. La auténtica integración, sin embargo, se presenta hoy día como un problema de solución habitualmente lenta y muy problemática.
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Al igual que los judíos, los mudéjares, es decir los creyentes del Islam que vivían en tierras de cristianos, eran una minoría religiosa. Organizados en aljamas, se les respetaban sus creencias y gozaban de un cierto grado de autonomía. Resulta de todo punto imposible hacer estimaciones cuantitativas sobre los efectivos de esa minoría. De todos modos parece que no era muy numerosa. A tenor de los datos fiscales del año 1461 sabemos, por ejemplo, que dentro de la Meseta Norte las aljamas mudéjares de más enjundia eran, por este orden, las de Avila, Arévalo y Valladolid. Por lo demás, en el transcurso de los siglos XIV y XV la comunidad mudéjar debió sufrir importantes mermas, debido a la conversión al cristianismo de unos y a la emigración a Granada o al Norte de Africa de otros. De todos modos parece evidente que la comunidad mudéjar de la Corona de Castilla tuvo un protagonismo muy escaso, a diferencia de lo sucedido con los judíos. Sin duda había mudéjares que alcanzaron una posición económica pujante, como ha demostrado A. Rucquoi en su estudio sobre el Valladolid medieval. Brayme Castañón, miembro de la morería de Valladolid, que vivió en tiempos de Enrique IV dejó al morir bienes valorados en unos 100.000 maravedíes. Pero, hablando en términos generales, cabe decir que los mudéjares eran gente de condición modesta, que trabajaban como agricultores o como artesanos (albañiles, alfayates, alfareros, albeitares, etcétera). Por lo demás las disposiciones legislativas eran cada día más restrictivas. Las famosas Leyes de Ayllón de 1412 iban simultáneamente contra los judíos y contra los mudéjares. Así se explica la reclusión de los segundos en espacios acotados para ellos, como el barrio de Santa María, en donde se establecieron los de Valladolid. De todas for mas, los mudéjares no fueron en ningúr momento blanco principal de las iras de las masas populares cristianas.
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Los musulmanes, que siguieron viviendo en sus territorios después de la conquista (mudéjares), constituían un grupo humano muy numeroso. Según J. Vicens, a finales del siglo XIV, todavía podían llegar a ser el 66 por ciento de los habitantes del reino de Valencia, el 35 por ciento de Aragón y el 3 por ciento de Cataluña. En territorio valenciano, las capitulaciones firmadas por los conquistadores cristianos, que perseguían mantener en sus lugares a la población trabajadora musulmana, garantizaban la práctica religiosa del Islam y la continuidad de las instituciones y leyes de la comunidad islámica. Convertidos en enfiteutas de señores cristianos, pero, de hecho adscritos a sus predios, los antiguos propietarios y cultivadores musulmanes fueron obligados a pagar rentas generalmente más elevadas que los cultivadores cristianos, y a vender productos alimentarios a sus señores a bajo precio. Maltratados a menudo por sus señores, los campesinos mudéjares eran también aborrecidos por los campesinos cristianos vecinos, que se sabían minoría en tierra conquistada, los veían como competidores por la tierra (aceptaban un grado mayor de explotación) y temían una eventual revuelta musulmana con ayuda exterior (de Granada y el Norte de Africa). En la ciudad, la situación de los mudéjares, que generalmente trabajaban en el sector de los oficios, fue mejor hasta el siglo XIV. Durante esta centuria se extendió la costumbre de recluirlos en barrios especiales (morerías), donde este grupo humano tuvo su propia organización política, jurídica y religiosa, y sus edificios públicos, y quizá por todo ello se convirtió en un grupo endogámico inasimilable. Desde mediados del siglo XIV, el trato respetuoso que los Fueros establecían empezó a ser socialmente quebrantado, y las fricciones entre cristianos y musulmanes se hicieron frecuentes. Comenzaron entonces las discriminaciones judiciales, políticas y administrativas; la obligación de llevar signos distintivos; la prohibición de ejercer determinados oficios, y los actos de violencia: saqueo de las morerías de Alzira, Lliria, Murviedro, Oropesa, Elda, Valencia, etc. Eiximenis, testimonio privilegiado de la época, compartía con los demás cristianos de Valencia la frustración y el temor de pertenecer a la etnia conquistadora en un país todavía islámico por la presencia mayoritaria de sus habitantes musulmanes, de ahí que recomendara a las autoridades que prohibieran a los mudéjares llevar armas y que suprimieran los rasgos externos de islamismo y acentuaran la presencia de los signos y manifestaciones cristianas. En Aragón, en cambio, según E. Sarasa, las comunidades mudéjares, especialmente numerosas en el valle del Ebro y en las márgenes de sus afluentes meridionales, convivieron armoniosamente con sus vecinos cristianos. Aunque estaban divididos en señoríos de la Iglesia, de la nobleza y del rey, el monarca fue siempre su señor natural, de cuya protección dependían. Generalmente satisfacían tributos personales (pechas), y no podían ser desposeídos de sus tierras mientras cumplieran los pactos establecidos pero, en cambio, podían abandonarlas libremente. Sus delitos menores eran juzgados por los tribunales del señorío, pero las causas criminales estaban reservadas a la justicia real. Como vasallos naturales del rey, sus señores no podían ejercer sobre ellos el "ius maletractandi", que en cambio ejercían sobre los vasallos cristianos. Es más, dada la laboriosidad de los mudéjares y la falta de mano de obra, en los siglos XIV y XV hubo una auténtica competencia entre el rey y la nobleza para atraer mudéjares a sus señoríos. Como sucedía con los campesinos cristianos, también había una categoría de mudéjares más subyugada que el resto: eran los exáricos, especialmente numerosos en el valle del Jalón, que trabajaban la tierra en régimen de aparcería, estaban adscritos al predio con el que podían ser enajenados, y tenían estrechos lazos de dependencia con sus señores. La crisis bajomedieval afectó al conjunto de las comunidades mudéjares, cuyo potencial disminuyó. Este descenso y el temor a migraciones hacia Granada, llevó a las autoridades a restringir las libertades de esta minoría, disposiciones a las que, por voluntad proselitista de la Iglesia, se unió la prohibición (1403) de ceremonias religiosas de carácter público.
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Una nación puede ser descrita como una comunidad de individuos cuya conciencia de pertenecer a algo común se basa en la creencia de que tienen una misma patria y en la experiencia de unas tradiciones comunes y una única trayectoria histórica. En este sentido general, hay naciones cuya existencia data de muchas centurias antes de 1815. Existía, por ejemplo, un vivo sentimiento de nacionalidad en la Inglaterra de los Tudores en el siglo XVI, y Francia desarrolló un sentimiento similar bajo la monarquía centralizadora de los Borbones. Pero el nacionalismo europeo, en su sentido moderno, es decir, el que se basa en el deseo de unos individuos de afirmar su unidad y su independencia frente a otras comunidades o grupos, nació fundamentalmente en el siglo XIX. En efecto, surgió en Europa como consecuencia de la Revolución francesa y del Imperio napoleónico.La doctrina jacobina de la soberanía del pueblo podía interpretarse en un doble sentido. Por una parte afirmaba el derecho de una nación para rebelarse frente a su monarca y para determinar su propia forma de gobierno, ejerciendo un control sobre él. Pero por otra parte implicaba la doctrina democrática de que el gobierno debía representar a todo el pueblo; es decir, que de acuerdo con los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad, proclamaba los derechos de todos los ciudadanos, independientemente de su situación o de su riqueza, a disponer de ellos mismos. Es, en definitiva, la prolongación de la libertad individual y de la soberanía nacional. Los excesos del gobierno jacobino durante la época del Terror desacreditaron las ideas democráticas de la Revolución; sin embargo, las conquistas de Napoleón en Europa consolidaron y reforzaron las ideas y los sentimientos nacionalistas. Así pues, en 1815 el nacionalismo era un sentimiento en Europa mucho más fuerte que el de la democracia.La expansión del imperio napoleónico removió fundamentalmente los sentimientos nacionalistas en Alemania y en Italia, pero también produjo efectos en España, Polonia, Bélgica, Rusia y Portugal. Esos sentimientos consistían en un principio en una actitud de resistencia ante el dominio extranjero; es decir, eran ante todo unos sentimientos anti-franceses. Como consecuencia de ello, cobraron un nuevo valor las costumbres nativas, las instituciones locales, la cultura y la lengua tradicionales. El racionalismo francés y la Ilustración eran de carácter cosmopolita y tenían un sabor internacionalista. La reacción del nuevo nacionalismo contra ellos iba a ser romántica, y de carácter particularista y exclusivo.En aquellos momentos, Alemania estaba viviendo un gran renacimiento cultural en el terreno de las letras, de la música y del pensamiento. Era la época de Beethoven, de Goethe, de Schiller, de Kant y de Hegel. Por consiguiente, podía enorgullecerse de presentar un panorama cultural más rico que el de Francia, a la que había arrebatado la superioridad de que ésta había disfrutado durante el siglo XVIII. Los filósofos Herder y Fichte habían mostrado a los alemanes la importancia del carácter nacional peculiar, o Volksgeist, que presentaban como la base fundamental de toda cultura y de toda civilización. Después de la batalla de Jena en 1806, Prusia desapareció prácticamente como potencia en el mapa de Europa, pero a partir de 1815 resurgió como principal foco de las esperanzas nacionalistas alemanas, en contraste con Austria, cuya preeminencia en la nueva Confederación fue utilizada para mantener desunida políticamente a Alemania. Las ideas y el aliento intelectual para el reforzamiento de este nacionalismo procedía fundamentalmente de la Universidad de Berlín, la ciudad que fue ocupada por Napoleón después de Jena. Desde allí, G. W. F. Hegel expandió la nueva filosofía de la autoridad y del poder del Estado que iba a cautivar a los alemanes, a los italianos y a muchos otros europeos durante todo el siglo XIX.Lo que puede resultar más paradójico de este movimiento es que preconizaba unas reformas similares a las que se habían llevado a cabo durante la Revolución francesa. "Debemos hacer desde arriba lo que los franceses han hecho desde abajo", escribió Hardenberg al rey de Prusia en 1807. En efecto, los reformadores de Prusia se hallaban impresionados por la fuerza y la vitalidad que podía generar un pueblo en armas, como habían demostrado los revolucionarios franceses. Por eso, se lanzaron a la creación de una autoridad central fuerte, de un ejército verdaderamente nacional de un sistema de educación destinado a inculcar a los ciudadanos un espíritu de reverencia patriótica a la herencia germánica y de devoción a la causa nacionalista alemana.Mientras tanto, Napoleón se dedicaba a su intento de crear una gran Alemania, mediante la destrucción del Sacro Romano Imperio y la formación de la Confederación del Rin, y a la tarea de sustituir las antiguas leyes y procedimientos judiciales por el Código napoleónico. De manera que se producían al mismo tiempo dos procesos aparentemente contradictorios: por una parte se adoptaban métodos e instituciones franceses y por otra se creaba un sentimiento antifrancés a causa de su dominio y de sus victorias en territorio alemán.La victoria de Prusia en la batalla de Leipzig, en 1813, dio un impulso al nacionalismo a nivel popular. Aquello se interpretó como el fruto y la justificación de todo lo que los nacionalistas habían estado predicando y de todo lo que los reformadores habían estado haciendo para regenerar a Prusia. Leipzig se convirtió en una auténtica leyenda y, aunque en realidad aquella derrota de Napoleón se debió más bien a la desastrosa campaña que el emperador francés había llevado a cabo en Rusia el año anterior, sirvió a los alemanes para consolidar el nacionalismo alemán y para darle fuerzas para una liberación definitiva.En Italia, el surgimiento del nacionalismo guarda ciertas diferencias con el caso de Alemania. Allí, el dominio napoleónico fue más largo, pero menos opresivo. Las clases medias de la sociedad italiana no vieron con malos ojos la aparición de un dominio que impuso un sistema más eficaz y que terminó con la hegemonía de los pequeños príncipes y del mismo Papa. Sin embargo, lo mismo que en Alemania, la idea de Napoleón de reducir el número de Estados, alentó las aspiraciones de unificación. El intento de Murat de unir a toda Italia en un solo Estado, aunque fracasó en 1815, no fue olvidado por muchos patriotas italianos que pronto emprenderían nuevos movimientos en este sentido.En España, con motivo de la ocupación de las tropas napoleónicas, se produjeron también dos movimientos aparentemente contradictorios. Mientras que un grupo de españoles patriotas se refugiaban en Cádiz y, reunidos en Cortes, aprobaban una serie de reformas a la francesa destinadas a transformar de raíz las instituciones, la sociedad y la economía tradicionales, otros -la inmensa mayoría- se levantaban unánimemente contra el invasor francés dando muestras de un espíritu nacional solidario frente al dominio extranjero. Sin embargo, en España la burguesía liberal, necesaria para la consolidación de los movimientos decimonónicos de independencia y nacionalismo, era escasa en número y tenía poca fuerza.Polonia constituía el centro del nacionalismo agraviado en la Europa del Este. A finales del siglo XIX su territorio había sido repartido entre los imperios de Rusia, Prusia y Austria. Cuando Napoleón creó el Gran Ducado de Varsovia en 1807, los polacos creyeron que ése podía constituir un paso importante para conseguir la independencia. Pero pronto se dieron cuenta de que eso no entraba en los cálculos del emperador y que, por el contrario, la nueva entidad no iba a ser más que un peón que éste iba a utilizar en sus relaciones con Rusia. Cuando se produjo la derrota napoleónica a manos de las potencias europeas, el Estado polaco fue de nuevo postergado, pero las ideas revolucionarias y las expectativas creadas durante el dominio napoleónico movieron a los patriotas a buscar firmemente la unidad nacional y la independencia, aunque ambas tardarían todavía un siglo en conseguirse.En lo que respecta a Rusia, el sentimiento nacionalista era aún, en esta época, débil y difuso. Las derrotas napoleónicas en Smolensko y Moscú, así como la épica retirada de la Grande Armée, junto con los actos de pillaje y de saqueo de los soldados franceses, contribuyeron a crear un sentimiento de orgullo y de independencia nacional entre aquella población. Sin embargo, aquellos acontecimientos tuvieron un efecto muy limitado en la creación de una conciencia de nacionalismo en un imperio en el que el régimen se hallaba muy distanciado del pueblo.En realidad, la política de Napoleón en Europa no iba más allá de convertir a los países conquistados en satélites de Francia y de poner medios para satisfacer sus ambiciones dinásticas. Probablemente, el emperador no tenía un proyecto claro para utilizar los nacientes sentimientos nacionalistas en algunos países europeos contra sus respectivos gobiernos. Como tampoco preparó una estructura para darle consistencia a su imperio, limitándose a introducir los códigos legales y el sistema administrativo. Las urgencias militares y los requerimientos del Sistema Continental fueron los elementos que marcaron su política en cada momento y para cada ocasión. El nacionalismo no fue, por consiguiente, un producto de las intenciones de Napoleón, sino más bien un fenómeno que surgió en contra de su Imperio en los pueblos sometidos al peso y la exacciones de la presencia francesa.Cuando, tras la derrota napoleónica, los soberanos y los estadistas emprendieron la reconstrucción de Europa en el Congreso de Viena, se olvidaron de los sentimientos nacionalistas que habían contribuido a levantar a los pueblos contra el dominio del Emperador. Las potencias conservadoras, al oprimir al mismo tiempo los movimientos de las nacionalidades y las corrientes liberales, los convirtió en aliados. En efecto, como ha puesto de manifiesto René Remond, la alianza a partir de 1815 entre el movimiento de las nacionalidades y la idea liberal, provenía del desconocimiento por parte de los diplomáticos, de las aspiraciones nacionales. Los movimientos revolucionarios que van a tener lugar a partir de 1830 presentarán, pues, ese doble carácter de revoluciones liberales y de revoluciones nacionales. "Si es cierto -afirma Remond- que el hecho nacional no es más que un molde vacío que necesita una ideología, este molde es llenado, en ese momento, por la ideología liberal".