Durante la década de 1890 Cézanne pintó una serie de cuadros con la temática de los jugadores de cartas, siendo este lienzo que contemplamos el más famoso de la serie. Los protagonistas de las telas son los campesinos de Aix y el jardinero de la finca del Jas de Bouffan, Vallier. Las dos figuras se sientan a ambos lados de una pequeña mesa sobre la que apoyan los codos. Una alta botella nos da paso hacia la cristalera del fondo, por la que se intuye un abocetado paisaje. Los dos hombres están concentrados en el juego, interesándose el maestro en captar sus expresiones, y se presentan tocados con sendos sombreros típicos de las clases sociales humildes de la Provenza. El espectador se convierte en uno de los frecuentes observadores que contemplan estas partidas en las tabernas, al situarnos el maestro en un plano cercano a la escena y no hacer apenas referencias espaciales. La iluminación artificial se manifiesta en las sombras, especialmente en el reflejo blanco de la botella. Pero una vez más, el protagonista del lienzo es el color que inunda todos los rincones de la tela. El hombre de la derecha viste una chaqueta de tonalidades grises amarillentas que tiene su continuidad en el pantalón de su compañero, vestido éste con una chaqueta de tonalidades malvas que se mezclan con diversos colores. El fondo se obtiene gracias a una mezcla de tonos aunque abunden los rojizos, en sintonía con la mesa y el mantel. La aplicación del color se realiza a base de fluidas pinceladas que conforman facetas, elementos identificativos del cubismo. A diferencia del impresionismo del que Cézanne parte, en este trabajo prima el volumen y la forma sobre la luz, obteniendo ese volumen gracias al color en estado puro. De esta manera, el objetivo del maestro provenzal -conseguir que el impresionismo sea un arte duradero como el que se expone en los museos- se ha alcanzado.
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Lo que define a los cassitas en el campo del arte es el relieve, sobre todo el plasmado en unas piedras más o menos ovoides o en forma de estelas, de mediano tamaño, conocidas como kudurru, término acadio que significa límite, frontera. Estas piezas, hincadas en el suelo de los campos, eran los símbolos que de modo público certificaban los derechos que un individuo y sus herederos tenían sobre una propiedad, donada por el soberano cassita. En los kudurru aparecen generalmente tres elementos combinados entre sí: la inscripción, que era la copia exacta de la tablilla de concesión -archivada en el templo- de una propiedad o bien, y que siempre finalizaba con maldiciones contra quien dañase, borrase o destruyese la piedra; los símbolos religiosos (sol, luna, círculos, altares, cornamentas, instrumentos de culto, animales, etc.) algunos de difícil comprensión; y las figuras del monarca, sus beneficiarios y a veces dioses. No sabemos ni dónde ni cuándo surgió el primer kudurru, si bien ya se conocieron piedras parecidas en Sumer, Akkad y en la región del Diyala: el más antiguo kudurru cassita, de los 110 ejemplares que se conocen en la actualidad, pertenece a Kurigalzu I (59 cm; Museo Británico). La época de mayor producción de este tipo de instrumentos jurídicos y también la de mayor belleza plástica por la calidad de sus hermosos bajorrelieves, debe situarse en torno al rey Meli-shipak II (1182-1174), de quien poseemos varios. Uno, de forma ovoide, en diorita (45 cm; Biblioteca Nacional de París), conocido como "Caillou Michaux" -llamado así por su primer propietario-, fue el primer documento mesopotámico que llegó a Europa. El texto de este mojón, que cubre la mayor parte de su superficie, está coronado por los símbolos de cinco dioses, claramente reconocibles y perfectamente identificados. Le sigue en interés otro, del mismo rey, localizado en Susa hoy en el Louvre, en arenisca negra (68 cm), decorado con cinco fajas figuradas, en las cuales se recogen los símbolos de hasta 24 divinidades, todas ellas garantes y protectoras de lo que hay escrito en el dorso del mojón. También de Meli-shipak Il, y hallado en Susa, es otro kudurru (54 cm; Museo del Louvre) en forma de roca fortificada con torres y almenas y con una gran serpiente cornuda en la base, todo ello coronado por dos frisos en relieve: uno, en el que se representa una procesión en donde aparecen siete dioses de forma antropomorfa, armados y que se mueven al son de sus laúdes, seguidos de otros tantos animales salvajes hacia un árbol simbólico al que antecede una diosa que toca un címbalo; y el otro, por encima de éste, donde se reproducen numerosos símbolos divinos. Otro kudurru del Louvre (68 cm) configura la escena de ingreso y presentación de la hija del rey Meli-shipak II como suprema sacerdotisa del templo de Ishtar; el texto que tenía grabado fue totalmente borrado en Susa, adonde la piedra había sido llevada como trofeo, al igual que tantas otras obras artísticas. Estas piezas, cuya utilización se mantuvo hasta finales del período neobabilónico, encierran preciosos datos para el estudio de la religión, la economía, la sociedad y el derecho de los babilonios.
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La decoración de las iglesias de los siglos V y VI concentraba en los elementos arquitectónicos y en algunas piezas nuevas, de carácter litúrgico, como los canceles y las mesas y soportes de altares, pero en las basílicas se han producido pocos hallazgos. Existió, además, otro sistema decorativo, a base de placas de arcilla y ladrillos con decoración a molde, que tuvo un empleo muy extendido en la Bética hasta el siglo VII, y que debe corresponder a otro tipo de construcciones, aún mal definido. Este tipo de ladrillos se da también en el norte de África, pero no se puede establecer con certeza si existe una dependencia entre ambos focos, ya que las piezas africanas que aparecen en las Baleares corresponden a una relación directa de las islas, que no se mantiene con la Península. Los límites de sus hallazgos en el Valle del Guadalquivir y la costa andaluza indican una moda local, basada en la industria alfarera tradicional de la región. Por lo que conocemos sobre la aparición de algunas de estas series de ladrillo, parece que se empleaban habitualmente con una misma decoración en cada edificio, y en un número muy elevado. Hay ladrillos en los que la zona decorada deja libres unas bandas laterales; éstos se utilizarían como ladrillos por tabla en techumbres planas o de doble vertiente, combinados con una estructura de madera. En otros casos, son placas alargadas o cuadrados de mayor tamaño, que podrían disponerse en forma de frisos. Los temas de su ornamentación, a pesar de la abundancia de símbolos cristianos, no se pueden considerar como expresión de una iconografía definida. Se conocen ejemplares en Osuna, en los que la obtención del motivo se hace sobre una lápida romana de letras de gran relieve, y hay otro caso parecido en Arcos de la Frontera; parece que el único propósito es formar bandas animadas por la repetición de trazos en relieve, aunque carezcan de cualquier significado. Otra muestra de descuido es la frecuente aparición de crismones invertidos, que sólo cumplen la función ornamental de su trazado geométrico. Hay un buen número de piezas con decoración geométrica; lo más habitual es una roseta o un círculo estrellado, con bandas alrededor y todo recortado en forma de puntas de diamante. El crismón aparece aislado, con espigas y palomas, o alojado entre columnas con un frontón o un arco avenerado encima. En una serie de Osuna se emplea la crátera entre columnas, rematada por un frontón con el crismón en el interior y con dos palomas sobre las vertientes; se trata de la descomposición del tema romano y cristiano de las aves bebiendo en el borde de un vaso, en el que el artesano no muestra especial preocupación por mantener el sentido eucarístico de la composición. Con representaciones de caballos hay placas alargadas, también de la zona de Osuna, que representan a dos corceles en posición heráldica ante una palmera. De Lebrija procede una placa con representaciones figuradas en dos bandas superpuestas, que contienen la escena de Daniel entre los leones, una de las empleadas en los ladrillos norteafricanos. En algunos de los ladrillos aparecen rótulos a los que debe otorgarse un sentido funerario como la numerosa serie de Bracarius, y muchos hallazgos proceden de tumbas. En tanto no se produzca una excavación adecuada de uno de estos conjuntos de ladrillos decorados será difícil comprender su destino.
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Los grandes paneles de ladrillo vidriado tuvieron, asimismo, una clara función decorativa, similar a la que tendrían después en Babilonia y en Persia, sus más directos imitadores. El primer ejemplo con este tipo de ornamentación, siempre muchísimo más económica que la de los relieves sobre finas lajas de alabastro yesoso, y quizás de mayor efectismo visual, fueron los paneles que decoraron pasillos y estancias del Ekal Masharti de Salmanasar III en Kalkhu. En la fachada del portal de ingreso de una gran cámara se situó una extraordinaria composición (4,07 m de alto y 2,91 de ancho; Museo de Iraq) presidida por la doble imagen del rey, vestido de sacerdote, a los lados del símbolo de Assur, quien desde su disco solar le ofrecía una corona; por la parte superior, y después de un breve texto genealógico, se figuraba el Árbol de la Vida, sobre el cual dos toros rampantes apoyaban sus patas delanteras. Una hermosísima cenefa con cinco motivos ornamentales distintos rodean todo el campo temático, de tonalidad amarilla. Tiempo después, los zócalos de los templos y de alguna otra construcción de la ciudadela de Dur Sharrukin se vieron decorados con este tipo de cerámica, caso del Templo de Sin, que contó con un zócalo de ladrillos vidriados en tono azul, ornamentados con figuras de diversos animales, plantas y objetos (león, águila, toro, higuera y arado) de coloración amarilla, cuyo desarrollo abría la imagen del propio rey y la cerraba su visir. Las dos figuras masculinas siguen la iconografía tradicional y su significado es claro; en cambio, el resto de las figuras encierra connotaciones simbólicas. Esta misma temática se repitió, con algunas variantes, en los zócalos de los templos de Shamash, Ningal y Nabu, de la misma localidad. Asimismo, de Assur y de Nínive nos han llegado algunos ladrillos vidriados sueltos, decorados con lo que podrían ser escenas reales o palatinas; pero al ser tan escasos en número y tan poco significativos no se puede añadir nada más sobre ellos.
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Los primeros treinta años del siglo XX han presenciado un vertiginoso sucederse de propuestas, de fenómenos, de historias, unas paralelas, otras agotadas, otras cruzadas en algún momento. Pero de todas ellas no puede deducirse la existencia de un objetivo final capaz de ser formulado en términos de estilo. Son tantas las excepciones a la norma, tantas las memorias incluidas en las nuevas orientaciones, a pesar del declarado rechazo de la Historia por parte de algunas, que la posibilidad de quedar reducidas a un solo lenguaje, el del International Style, sólo puede aparecer como una propuesta voluntarista y operativa. Más que de un balance, se trata de una elección.Que el Movimiento Moderno no es algo unívoco lo demuestran no sólo los fenómenos descritos y las polémicas analizadas, sino la misma trayectoria de sus grandes héroes, de los arquitectos que parecían sintetizar en sus obras aspiraciones dispares. Por ese motivo, cada historia canónica había elegido un arquitecto como protagonista, como culminación de un proceso. Sin embargo, sus obras se cruzan y se separan, se comprometen y se aíslan, de un supuesto y fatal destino. Es más, sus mismas biografías no representan un modelo de coherencia, de evolución hacia un estilo, sino que están llenas de contradicciones, de saltos sin continuidad e incluso de autocríticas. Los grandes Maestros de la arquitectura contemporánea vivieron, además, apasionadamente en el trasfondo narrado hasta ahora. Algunos de ellos no sólo estuvieron en el origen de muchas de las tendencias comentadas, sino que quisieron participar de casi todas ellas, como quien necesita comprobar permanentemente la validez de las nuevas propuestas, la pertinencia de su propia arquitectura. Obligaron a la disciplina arquitectónica, a su tradición, a medirse con todas las nuevas instancias técnicas, sociales y políticas. Ningún tema les fue ajeno, desde la vivienda mínima a la ciudad, desde la forma de la arquitectura a su compromiso con la técnica. Precisamente por esa actitud pudieron incorporar a su propia arquitectura la misma idea de crisis del Movimiento Moderno, anticiparon su disolución, si es que alguna vez creyeron ciegamente en la bondad de los nuevos principios. Se trata de héroes que la reciente historiografía ha convertido en antihéroes, cuando la realidad es que ellos mismos habían asumido ese papel conscientemente.Cuando los críticos e historiadores de los últimos años han pretendido derribar la Torre del Movimiento Moderno no han tenido en cuenta que esa Torre era como la de Babel, aunque ellos estaban empeñados en verla como un obelisco monolítico. Seguir la trayectoria de algunos de los Maestros de la arquitectura contemporánea es como hacer un recorrido laberíntico por la Torre, en la que cada rincón depara una sorpresa.
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Entre la esclavitud y la ciudadanía el mundo romano ha propiciado una vía de movilidad que se materializa en la existencia de los libertos, a cuya situación se accede mediante el acto público de la manumisión, que se realiza en presencia del correspondiente magistrado, ante testigos o mediante disposición testamentaria. La posición social del liberto resulta contradictoria ya que, aunque jurídicamente posee la ciudadanía romana, se encuentra sujeto tras su liberación a determinadas obligaciones con su antiguo propietario (dominus), transformado en patrono; entre ellas, algunas tienen carácter económico, como ocurre con el obsequium que le ha de entregar periódicamente, o con las operae que se materializan en la compensación anual con determinadas jornadas de trabajo; otras, en cambio, limitan sus derechos como ciudadanos, afectando a la libertad testamentaria o a la posibilidad de contraer matrimonios. Semejantes limitaciones tienen su proyección en su marginación social, que se deriva de su origen servil, y en la formalidad onomástica expresada en la adopción del gentilicio de su patrono, la explícita mención de su condición de manumitido y la conservación de su antigua denominación como esclavo. La presencia de libertos en Hispania se desarrolla paralelamente a la esclavitud y está presente desde los propios inicios de la conquista; durante el Alto Imperio su constatación documental se aprecia con mayor intensidad en las zonas más romanizadas, especialmente en las ciudades meridionales y de la costa levantina, y en determinados ámbitos de la administración imperial. En ambos casos se constata la proyección de aquellos libertos que consiguen cierto éxito en sus pretensiones de movilidad social, que no da lugar en la primera generación de manumitidos a una equiparación completa con los ciudadanos, pero que posibilita, al menos puntualmente en generaciones posteriores, su completa integración. En la administración imperial destacan la existencia de algunos libertos que alcanzan determinadas procuratelas durante la dinastía de los Antoninos; tal ocurre con el liberto imperial M. Ulpius Gresionus, originario de Mentesa Oretanorum (Villanueva de la Fuente, Ciudad Real), que ejerce como archivero del impuesto sobre el patrimonio en la Galia y en Lusitania. Su presencia se observa, asimismo, como procuradores en las explotaciones mineras; como tales se constatan en Vipasca al liberto Ulpius Iulianus durante el reinado de Adriano y en las minas de Gallaecia a M. Ulpius Eutyches a mediados del siglo II d.C.; dentro de la administración de las minas su presencia se aprecia también en otras funciones secundarias vinculadas esencialmente a la contabilidad de la explotación. No obstante, su relevancia se aprecia especialmente en el interior de las ciudades mediante su vinculación a determinadas asociaciones (collegia) ligadas a la difusión del culto al emperador, que propician su consideración como Seviri Augustales. A ellas pueden acceder por nombramiento de los decuriones los libertos que poseen una determinada situación económica, ya que deben de contribuir con 500 denarios al tesoro municipal y desarrollar determinadas actividades evergéticas de carácter similar a las que lleva a cabo la elite municipal; en Segida Restituta Julia (Zafra), por ejemplo, los libertos L. Valerius Amandus y L. Valerius Lucumus proceden a la reconstrucción del muro que rodeaba el circo. El enriquecimiento necesario para tal consideración se realiza normalmente mediante actividades económicas poco consideradas socialmente; pese a ello, su situación en el interior de las ciudades permanece siendo secundaria y subordinada a la elite decurional. Precisamente, el reconocimiento limitado que la ciudad les tributa en compensación por sus servicios se expresa en la concesión de determinados privilegios, como la posibilidad de vestir los ornamenta decurionalia, que diferencian formalmente al ordo, o la erección de estatuas en su honor; en ambos casos, se aprecia que tales honores se conceden especialmente en ciudades de menor importancia de donde no son originarios para evitar las posibles susceptibilidades de sus antiguos propietarios, y cuando el patrono del liberto destaca por su especial relevancia, como ocurre concretamente con el sevir L. Licinius Secundus, liberto del cónsul L. Licinius Sura, que es homenajeado con diversas estatuas en el foro de Barcino.
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Los libros de Chilam Balam Tales cuadernos, a veces relativamente voluminosos, son llamados libros de Chilam Balam porque en sus páginas se menciona un personaje, profeta de este nombre o rango, que debió tener cierta fama en los años anteriores a la conquista. Ah chila'n o chilam significa realmente intérprete, y los diccionarios españoles acuñaron para esta voz la frase chita'h t'an, es decir, declarar en otro lenguaje; de hecho, intérprete era casi equivalente a nahuatlato, el que podía expresarse también en el idioma del altiplano central de México. Como ah chila'n se traduce además por faraute, mensajero o heraldo, podemos sospechar con todo fundamento que el sacerdote maya que portaba el apelativo tenía la misión de anunciar y descifrar la palabra y la voluntad de los dioses. Balam significa jaguar, pero lo mismo puede ser un nombre de persona, un patronímico, que la designación de cierta categoría de religiosos indígenas; reyes, gobernantes y otros individuos de la nobleza incluían a veces entre sus títulos el de balam, prueba de fortaleza y referencia a su elevada estirpe. Según Alfredo Barrera Vásquez y Silvia Rendón, Chilam Balam vivió en la ciudad de Maní en tiempos de Mochan Xiu, poco antes de la llegada de los españoles; predijo el advenimiento de una nueva religión, y de ahí su inusitado renombre posterior. Estos autores creen que la profusión de libros de Chilam Balam, de diferente extensión, incluso alguno cuidadosamente encuadernado, mas todos con grandes semejanzas en el contenido y en la manera de organizar la información, se debe a que algún viejo sacerdote de la fe nativa, que recibió instrucción de los frailes -y llegó a manejar prontamente los caracteres que se adaptaban a la fonología del maya yucateco-, transcribió textos religiosos e históricos de sus tiras de corteza dobladas y cubiertas de jeroglíficos. Atenuada así la posibilidad de ser acusados de idolatría -quizá destruyendo a continuación los libros prehispánicos, u ocultándolos en recónditos parajes-, los sagrados dignatarios de la antigüedad hicieron copias que se difundieron a numerosos poblados, seguramente allí donde la llama de la tradición permanecía viva y vigorosa. En cada lugar se fueron sumando otros materiales al núcleo original, de acuerdo con el criterio del poseedor y según los acontecimientos locales. Eran tenidos por libros santos, y probablemente leídos con frecuencia por los hombres sabios o en ocasiones que se reunía la asamblea de la comunidad. Con objeto de conservarlos para la posteridad, se copiaron a medida que se deterioraban, y sin duda los copistas cometieron errores, suprimiendo y añadiendo frases según les dictaba su conveniencia. Los libros de Chilam Balam que hoy conocemos son, por tanto, trasuntos de aquellos del siglo XVI, unos de las centurias siguientes y otros de hace escasas décadas1. Queda por añadir a esta plausible reconstrucción del proceso de redacción y multiplicación de los textos, el rasgo ya citado de que los sucesivos depositarios se guiaron aparentemente del estilo y orden que era moda entre los impresores de almanaques europeos, y por eso ciertos capítulos o apartados recuerdan poderosamente aquel tipo de lecturas tan extendido en todos los grupos sociales de España. Hasta qué punto el conocimiento de esos reportorios fue para los mayas acicate en la preparación de los libros de Chilam Balam, o, por el contrario, sólo coartada para disimular una información que se sabía de muy distinto origen y valor, es problema que todavía no podemos resolver, pero que conviene meditar. Cuando el tiempo fue pasando, los celosos guardianes de los libros sagrados olvidaron poco a poco el significado de determinados fragmentos, o tergiversaron inconscientemente la explicación de otros, quedando numerosas palabras petrificadas y adquiriendo su virtud antes por las resonancias que despertaban en las atentas inteligencias de los indios que por los misterios o secretos que realmente guardaban. Entonces, los eruditos de la cultura blanca, investigadores o coleccionistas, descubrieron los libros de Chilam Balam. Fueron apareciendo en multitud de pueblos: Chumayel, Tizimín, Kaua, Ixil, Tekax, Maní, Oxkutzcab, Tusik, Calkiní, Teabo, Chan Cah; y, visto el interés que mostraban los extranjeros por aquellos escritos polvorientos, individuos sin escrúpulos se dispusieron a hacer un fácil negocio. Los manuscritos fueron sacados de sus lugares de origen, de la Biblioteca Cepeda de Mérida sustrajeron varios entre 1915 y 1918, y las fuertes sumas ofrecidas por los norteamericanos condujeron a que, finalmente, algunos terminaran en las universidades o museos de Estados Unidos. Como ejemplo, veamos a continuación las peripecias sufridas por los más famosos, exceptuando el que es motivo de la actual edición, que será tratado más adelante. El Chilam Balam de Tizimín procede de esta villa del oriente del Estado de Yucatán, donde fue hallado a mediados del siglo XIX. Llegó a manos del párroco del lugar, Manuel Luciano Pérez, quien tuvo a bien donarlo después de unos años, hacia 1870, al ilustre historiador, y obispo de Mérida, Crescencio Carrillo y Ancona, él mismo de clara estirpe indígena -pues había nacido de padres mayas en una modesta choza de Izamal- y muy versado en temas prehispánicos. Junto con otros importantes documentos fue robado de la biblioteca pública, que atesoraba una parte de los impresos del prelado, y sacado del país con dirección a Estados Unidos. Por último, pasó a engrosar los fondos del Museo Nacional de Antropología de México. El Chilam Balam de Maní proviene de este pueblo del suroeste de Yucatán, solar del famoso linaje de los Xiu, legendarios gobernantes de la gran ciudad arqueológica de Uxmal. Fue recopilado por el filólogo y erudito yucateco Juan Pío Pérez alrededor de 1838, es decir, una copia del original -tal vez una síntesis de los originales, que pudieron ser cuatro según Carl H. Berendt- pasó a formar el núcleo del conjunto de papeles reunido y preparado por el investigador durante su estancia en diferentes localidades de la región. Todo ello fue denominado por Carrillo y Ancona Códice Pérez, sustituyendo al título Principales épocas de la historia antigua de Yucatán, que había propuesto el lingüista. Los materiales, fragmentos de los libro; de Maní e Ixil -quizá también del de Oxkutzcab- y documentos de tierras de Sotuta, fueron propiedad sucesivamente del señor Carlos Peón y de la familia Escalante de Mérida. Además, Pérez había obsequiado al explorador John Lloyd Stephens con un texto en maya copiado sin duda de los libros indígenas de Maní, junto con su traducción al castellano y un extenso comentario: Traducción y juicio crítico de un manuscrito en lengua maya que trata de las principales épocas de la historia de esta península antes de su conquista. Para el Sr. D. Juan L. Stephens su amigo Juan Pío Pérez, Peto, 5 de abril de 1842. El norteamericano publicó en 1843 la versión inglesa con el texto maya en un apéndice a la célebre obra Incidents of travel in Yucatán, pero omitió algunos de los comentario de Pérez2. Los Chilam Balam de Tekax y Nah pueden mencionarse juntos, ya que las páginas 1 a 30 del segundo son copia del primero (porción calendárica que también aparece en los manuscritos de Kaua y Maní). El libro de Tekax procede de esta localidad del sur de Yucatán; tiene treinta y seis páginas, aunque aparenta estar incompleto, y se sabe que estuvo en poder del investigador y coleccionista norteamericano William Gates, para acabar por último -con sólo veintiocho páginas- en el Archivo Histórico del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México. El Chilam Balam de Nah es el único que lleva el nombre de sus redactores, José María y Secundino Nah, y no el del pueblo donde se escribió, Teabo, no lejos de Tekax hacia el norte. Fue ésta una decisión de Gates, justificada en cierto modo porque existen otros documentos mayas originarios del mismo lugar; pasó igualmente con toda probabilidad por las manos de Crescencio Carrillo y Ancona, Carl H. Berendt, Daniel Brinton y otros, y ahora se encuentra en la Universidad de Princeton. El Chilam Balam de Kaua es quizá el tercero en importancia, después del Chumayel y del Tizimín, y el más voluminoso con doscientas ochenta y dos páginas. Fue propiedad del obispo Carrillo y Ancona y del señor Ricardo Figueroa; depositado en la Biblioteca Cepeda de Mérida en 1915, desapareció poco más tarde y se ignora actualmente su paradero. El Chilam Balam de Ixil estuvo también en poder del señor Ricardo Figueroa. Había sido copiado por Pío Pérez en Ticul alrededor del año 1837, y fue a parar, como tantos otros documentos valiosos, a la biblioteca del obispo historiador. Perdido algún tiempo, o confundido en el mismo legajo que el libro de Tizimín, se encuentra ahora en la Biblioteca del Museo Nacional de Antropología de México, identificado por Alfredo Barrera Vásquez como el manuscrito primitivo, fechado muy a principios del siglo XVIII. Aparte esta breve reseña que aquí ofrecemos, sería labor engorrosa -e inútil para los fines presentes- enumerar las decenas de copias, traducciones y ediciones totales o parciales que se han hecho de los libros en lengua maya de Chilam Balam. En la bibliografía general que remata esta introducción podrá ver el lector qué documentos se hallan hoy al alcance del público interesado, en publicaciones de fácil adquisición, y qué comentaristas modernos han sumado sus voces a los infatigables eruditos decimonónicos. De mayor interés será sin duda insistir en el contenido de estos peculiares ejemplos de la literatura indígena posterior a la conquista, que, por la cantidad catalogada y el marcado carácter esotérico de los ejemplos conocidos, constituyen un género que no tiene parangón en otras partes de América. Alfredo Barrera Vásquez y Silvia Rendón resumen de la siguiente manera el heterogéneo cúmulo de materiales que suele descubrirse en los libros de Chilam Balam: 1. Textos de naturaleza religiosa: a) puramente indígena; b) cristianos traducidos al maya; 2. Textos de tipo histórico, desde crónicas con registro cronológico maya a base de la llamada cuenta corta (períodos de 7.200 días o katunes dispuestos en series de trece) hasta simples anotaciones de acontecimientos muy particulares sin importancia general; 3. Textos médicos, con o sin influencia europea; 4. Textos cronológicos y astrológicos: a) tablas de series de katunes con su equivalente cristiano; b) explicaciones acerca del calendario indígena; c) almanaques con o sin cotejo con el tzolkín maya (ciclo calendárico sagrado de carácter fundamentalmente adivinatorio y augural, compuesto de doscientos sesenta días, que se forman por la combinación de trece números y veinte nombres), incluyendo predicciones, astrología, etcétera; 5. Astronomía, según las ideas imperantes en Europa en el siglo XVI; 6. Rituales; 7. Textos literarios, novelas españolas, etcétera; 8. Miscelánea de textos no clasificados3. Vale la pena subrayar que los cuatro apartados más interesantes para los mayistas son los que podrían denominarse religioso, cronológico, histórico y médico. El primero porque recoge seguramente, a veces en sorprendente amalgama con ideas católicas, los vestigios de las creencias prehispánicas; como es lógico se trata de una sección laberíntica cuya traducción no resulta sencilla ni la interpretación irrecusable. El segundo porque nos enseña, a través de un complicado juego de números, que lo mismo hace las delicias de las personas con mente predispuesta que conduce a la desesperación a las que no poseen suficiente paciencia, el orden del tiempo maya, es decir, la médula de su pensamiento y de su cosmovisión; y eso sin mencionar la trascendencia de poder averiguar o corroborar las fechas de la evolución cultural del área tal como se insinúan en otras fuentes. El tercero porque viste con el tranquilizador ropaje de la historia convencional las guerras, emigraciones, cambios dinásticos y demás episodios políticos y sociales de un pueblo del que todavía se sabe muy poco, y cuyo sistema antiguo de escritura aún no ha sido descifrado. Finalmente, el cuarto porque la medicina era sin lugar a dudas uno de los afanes predilectos de los mayas, hasta el punto que sus conquistas en ese campo, tanto en el herbolario y la práctica empírica como en el desarrollo especializado de la magia, llenan muchos tratados y han sido objeto de la atención constante de los investigadores. Queda la astronomía, la disciplina en la que sobresalieron los mayas del período Clásico, mas en los libros de Chilam Balam apenas perdura una pálida sombra de lo que mil años atrás había sido ocupación preferente y prestigiosa de los sabios. Teñidas de elemental astronomía europea, las anotaciones al respecto son siempre algo decepcionantes, aunque se perciba la profundidad astrológica de algunas de ellas o el aroma de un remoto sentimiento religioso en otras. De hecho, la insistencia en incluir comentarios astronómicos es prueba de la inquietud que perduraba entre las minorías indígenas ilustradas durante la época colonial. Por lo demás, la abundancia de apuntes variopintos recorre mil y un temas, el registro de nacimientos y muertes de la familia Nah, por ejemplo, o la fecha (8 de mayo de 1883) en que pasó la langosta por el pueblo de Teabo; y, sobre todo, cuentos inefables como el de la Princesa Teodora, la creación del mundo o la historia de Abraham, sacados de ingenuos almanaques, que llevaron hasta los bosques mayas leyendas y fábulas morales árabes y hebreas, relatos que los yucatecos debieron encontrar fascinantes por razones bien difíciles de entender, y que atesoraron padres e hijos en sus ocultos cuadernos, para enseñanza de las generaciones y afianzamiento de la identidad nativa. Volviendo a afirmar, pues, que muchos asuntos de los textos de Chilam Balam, e incluso el estilo en que están expuestos, hunden sus raíces en los libros jeroglíficos anteriores a la conquista española o se apoyan en la vigorosa tradición oral de las poblaciones de las tierras bajas de México y Guatemala, justo es reconocer que al menos la mitad del contenido de los manuscritos proviene de los almanaques conocidos por Reportorios de los Tiempos, tan populares entre la clase dominante desde los primeros tiempos de la colonia. Citemos como muestra las palabras de Francisco de la Maza en su Introducción al Reportorio de los Tiempos y Historia Natural de Nueva España, escrito y editado por Enrico Martínez, en la ciudad de México, el año 1606, donde se enumeran los capítulos de la obra: El libro se compone de seis tratados, el primero es "del Mundo en general y en particular de la región celeste"; el segundo "de las partes y calidad de la región elemental"; el tercero trata de "algunas particularidades desta Nueva España"; el cuarto de astrología "perteceneciente al conocimiento de la calidad della y de los términos y fin della"; el quinto sobre la conjunción de los planetas Júpiter y Saturno del 24 de diciembre de 1603; y el sexto es una "Breve relación del tiempo en que han sucedido algunas cosas notables e dignas de memoria assi en esta Nueva España como en los Reynos de Castilla y en otras partes del Mundo desde el año de mil quinientos veinte hasta el de mil quinientos noventa sacada de las Coronicas y de historias de autores fidedignos4. Éste es un índice que muy bien podría trasladarse, después de mayanizado, a cualquiera de los libros de Chilam Balam, por ejemplo el de Kaua; Héctor M. Calderón afirma en la introducción a los textos de Tekax y Nah que José María y Secundino Nah compilaron en lengua maya valiosa información, médica y astrológica, extraída seguramente de algún almanaque español, a la cual agregaron -y ésa es la inmensa aportación del Chilam Balam de Nah- todo lo que ellos sabían de los remedios nativos, de las curaciones tradicionales, de la pervivencia de una variada herbolaria y de las demás prácticas ancestrales en el medio rural de Yucatán. A tal respecto, el antropólogo mexicano Alfonso Villa Rojas pudo comprobar durante su estancia en el cacicazgo de X-Cacal (en el moderno Estado de Quintana Roo), al oriente de la península, que los secretarios o escribas -personas que saben leer o escribir el maya, muy respetadas, y cuya presencia es requerida frecuentemente en los asuntos de la comunidad- tienen todavía la misión de guardar los llamados libros santos (Santo Huun). Esos libros consisten en almanaques, doctrinarios, catecismos, un ejemplar de la Biblia y algunos cuadernos manuscritos en la lengua indígena sobre temas diversos, como cuentos, leyendas, anotaciones personales, cortas profecías acerca de los días del Juicio Final y, por último, pequeñas crónicas de los hechos ocurridos recientemente. Entre los papeles de X-Cacal encontró Villa Rojas un fragmento de Chilam Balam, muy parecido a la parte denominada en el Chumayel Palabras de Suyua tan, copia realizada en 1875 de otro fechado en 16285. De todos los libros de Chilam Balam, no obstante, los menos adulterados por la influencia de los reportorios son los de Tizimín, Maní y Chumayel. Es indudable que estos manuscritos yucatecos son la fuente inagotable e imprescindible en la que beben, por una u otra razón, muchos mayistas. Desde luego que nos ayudan a comprender la situación y vicisitudes de las comunidades mayas bajo el imperio español, pero especialmente contienen la expresión de la antigua manera de pensar anterior a la invasión europea, aunque se vislumbre con dificultad después del tremendo impacto que terminó con el orden de los reinos y señoríos precolombinos. En efecto, si es necesario hoy reivindicar los extraordinarios cuadernos llamados libros de Chilam Balam, lo es de manera principal porque han conservado no sólo noticias, información de la vida indígena, sino el estilo, la forma, el aire furtivo de una cultura irremediablemente perdida en su desenvolvimiento natural, truncada cuando corría el duodécimo de los ciclos cronológicos, en un katún denominado 11 Ahau, al comenzar nuestro siglo XVI. Quien los lea bajo esa perspectiva, con la imaginación atenta, podrá penetrar levemente en el dormido mundo de las ciudades arruinadas de la selva, oirá la majestuosa voz de un espléndido pasado, y, comprenda o no los confusos mensajes, tendrá la inquietante sensación de haber traspasado los estrechos límites de la mentalidad occidental.
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Mientras el comienzo de este período final conoce el momento culminante del libro manuscrito de lujo iluminado con multitud de imágenes, al final comienza a ser sustituido por el libro impreso, también completado con grabados y más barato. Tanto uno como otro tienen una difusión mayor que en el pasado, en tanto que se generaliza el uso individual iniciado en los siglos anteriores. Son numerosas las personas de alto rango que manifiestan un verdadero entusiasmo por el texto escrito e iluminado, lo que quiere decir por el contenido, pero también por el complemento estético que supone su ilustración. Ya en el siglo XIII Raimundo Lulio se quejaba de que muchos querían los libros para admirarlos más que para edificarse con su lectura. Esto es mucho más claro en los siglos siguientes.El más importante de todos los libros de uso entonces es el "Libro de Horas" cuyo ciclo de imágenes es siempre religioso y sobre el que volveremos. Pero interesa resaltar ahora otro tipo de obras que presentan una iconografía muy diferente. Por ejemplo, las obras históricas, las crónicas encargadas para enaltecer un reino, el gobierno de un monarca o las hazañas de una familia o un individuo de ella. Muchas se iluminan. Así, el rey de Francia, Juan el Bueno encarga una traducción al francés de la "Historia" de Tito Livio. Su hijo, el gran Carlos V, manda hacer una copia muy ilustrada (París, Biblioteca del Arsenal, ms. 5212). En estos momentos la historia del escritor romano era considerada magistral y por tanto digna de tener en cuenta por los hombres políticos. Felipe el Atrevido de Francia había encargado una historia oficial de la monarquía en el siglo XIII que fue completada por sus sucesores. Carlos V la puso al día extendiéndose mucho en los gobiernos de su padre y el suyo propio reuniendo todo en una copia de lujo sumamente ilustrada (París, Biblioteca Nacional, fr. 2813). La canción de gesta del siglo XII, "Girart de Roussillon", se convierte en libro de historia en el siglo XV, cuando Felipe el Bueno, gran duque de Borgoña, encarga a Jean Wauquelin una nueva redacción. La razón era principalmente política: el héroe, antecesor de los duques, se levantó contra el legítimo gobernante, como en cierto modo sucedía con los duques respecto a los reyes de Francia. Con la obra terminada se procedió a elaborar un extraordinario ejemplar de lujo magníficamente iluminado (Viena, Biblioteca Nacional, cod. 2549).Diversas obras literarias antiguas y medievales de éxito se copian en sus textos originales o se traducen en diversos ejemplares más o menos suntuosos. El "Roman de la Rose" es uno de los grandes éxitos de la Edad Media. Ahora se copia en los mejores ejemplares franceses, como el que conserva la Biblioteca Universitaria de Valencia (Ms. S. 387). La temática caballeresca, ya entonces de venerable antigüedad, renace y se multiplican las copias de diversas narraciones. El "Guiron le Courtois" se copia en Lombardía con miniaturas de una delicadeza de pincel excepcional (París, Biblioteca Nacional, Nouv. Acq. Fr. 5243). Nuevas obras se escriben de acuerdo con ese espíritu, pero cargadas con alegorías. Es René de Anjou quien escribe el "Cueur d' amours Espris" y lo manda iluminar a su gran pintor y miniaturista Bartolomé Van Eyck (Viena, Biblioteca Nacional, Vind. 2597). Los importantes escritores italianos del Duecento y Trecento, Dante, Petrarca y Bocaccio, adquieren una resonancia internacional, son traducidos a otras lenguas romances y copiados los textos en Francia y la misma Italia en ejemplares iluminados. Como podría parecer normal en una cultura donde la importancia del individuo es tal, el retrato adquiere un protagonismo sin precedente.En los tiempos anteriores era claro cuáles eran los centros que creaban los grandes modelos góticos. Primero fue el norte de Francia con la gestación de ese edificio total, porque integraba a la arquitectura, la escultura y la vidriera, que fue la gran catedral del siglo XIII. El modelo alternativo a la pintura lineal de muros, pergamino y vidrio, fue una creación del centro de Italia, sobre todo Roma y la Toscana. Pero ahora resulta más difícil establecer prioridades. Es importante la arquitectura inglesa, que se impone curiosamente un ejercicio de austeridad con el "perpendicular style", cuando en los años anteriores se había adelantado a otros países creando unas formas profusamente decoradas que sirvieron de modelo. La creación y la difusión de la gran torre terminada en aguda aguja es preferentemente alemana. En Francia se crean obras delirantes en su ornamentación, pero no puede decirse que de allí partan las modas arquitectónicas.En pintura y miniatura la denominación de internacional para designar al primer modelo de pintura es significativo de un carácter que supera las barreras de Estados y países, aunque en la miniatura los centros principales estén en París. El segundo modelo, por el contrario, se califica a veces de flamenco, porque su origen está en un prodigioso grupo de pintores todos ellos activos en Flandes. La última reforma de la escultura la protagoniza Borgoña a través de la obra de Claus Sluter, pero está aún por determinar si parte de las novedades no están ya en el lugar de donde procede el gran escultor: los Países Bajos de nuevo. Sin embargo, es dudoso que sea posible considerar que mantenga este papel rector ni Borgoña, ni Flandes en la segunda mitad del siglo XV, cuando en el Imperio existe un grupo espléndido de tallistas en madera que prolongan su trabajo más allá de 1500 o en Castilla se cubren los presbiterios con inmensas fábricas de madera policromada. En definitiva, que el importante período del que estamos hablando está falto de esa unidad que se presentó en otros momentos en la Europa medieval. A cambio, existe una diversidad de centros, de formulaciones artísticas y arquitectónicas, que convierten este final del medievo en algo de una extraordinaria brillantez.¿Hasta cuándo se debe prolongar? No hay respuesta clara. De nuevo hay que analizar cada país o cada región para decidirlo. En Toscana aún convive el internacional con el renacimiento en la tercera década del siglo XV, cuando las grandes familias prefieren el preciosismo internacional de Gentile de Fabriano en su deslumbrante Epifanía (M. Ufizzi) a la solidez del nuevo lenguaje de Masaccio. En Lombardía y Piamonte, sin embargo, se construye la catedral de Milán, sin duda gótica, y viven muchos años del siglo XV, artistas como Michelino da Besozzo, Jacquerio o Belbello de Pavía. En todo caso es posible afirmar que en la segunda mitad del siglo XV el Renacimiento se había impuesto en Italia, aunque quedaban reductos y modas que mantenían contacto con el mundo anterior.En el resto de Europa occidental ocurre lo contrario. Hasta 1500 predominan en todos lados los modelos no renacentistas, aunque aires provenientes de la península italiana hayan llegado ya a todas partes, de modo ocasional o más firme. Después de esa fecha es difícil pronunciarse. Hay quien niega el nombre de renacimiento a todo lo que venga de Italia y propone el término de manierista para todo lo que se hace entonces. Es evidente que en ningún lugar se entendió el movimiento en Italia, pero la pervivencia de la tradición anterior fue muy viva en los primeros años del siglo nuevo.La independencia que las restantes artes van obteniendo respecto a la arquitectura (al menos en lo que afecta a la escultura y a las artes del color, como la pintura mural o la vidriera) en los siglos anteriores, se consuma ahora. En ciertos momentos, como ocurre con los grandes retablos de la Península Ibérica, se diría que incluso la arquitectura se modifica y se pliega a las exigencias de estas colosales fábricas que obligan a cerrar las ventanas de las cabeceras y a pensar en fuentes alternativas de luz para alimentar los presbiterios faltos de ellas. A mi juicio, la arquitectura ha perdido el papel director e integrador que tuvo en el románico y en el primer gótico. Esto no quiere decir que no existan grandes arquitectos y obras muy atrevidas. Aunque se han abandonado los arriesgados alardes constructivos del siglo XIII en la búsqueda de la estructura más diáfana y la altura más desmesurada, se mantiene un sólido oficio que permite elevar estructuras tan espectaculares como la que consigue Guillem Sagrera en la Sala de los Barones del Castel Nuovo de Nápoles. No obstante, tal vez sea la pintura (con la miniatura evidentemente) la más creativa, variada, cambiante, la que ensaya lenguajes nuevos de calidad excepcional. Es también una etapa espléndida de la escultura, en portadas todavía sujetas al marco arquitectónico; en retablos con estatuas exentas, grandes grupos o relieves, construidos en mármol, alabastro y madera; en sepulcros suntuosos y caprichosos de forma; en imágenes sueltas fabricadas con todos los materiales.