Cuando se habla del Camino de Santiago tradicionalmente se refiere a la ruta que los europeos seguían una vez que traspasaban los puertos pirenaicos, aunque de manera estricta debemos entender que todo camino que condujese a Compostela desde cualquier parte debe ser considerado como tal. En diversos lugares de esta ruta surgió muy pronto, siglos XI y XII, la denominación de "Via publica Sancti Jacobi" o "Strata Sancti Jacobi". En otras ocasiones el referente del camino era el de francorum o francigena, que correspondería a lo que denominaríamos "carretera de Francia". Aunque el término franco en la Edad Media es mucho más amplio que el simplemente francés, pues alude generalmente a todas las gentes venidas de más allá de los Pirineos. En su discurrir por los caminos de España los peregrinos entraban en contacto muy directo con la realidad de su cultura. Aunque marchaban con rapidez, eran muchas las ocasiones que se presentaban para conocer los sentimientos de las gentes y sus costumbres, apreciar la belleza de nuestros paisajes o la dureza de la climatología, sin olvidar el importante paisaje monumental. Este paisaje monumental respondía hasta el siglo XI a un arte muy particular, romano de origen, pero muy diferente al europeo coetáneo. A partir de esta centuria, las formas del arte hispano fueron adaptándose a las del devenir estilístico del resto de Europa, de tal manera que nuestros edificios románicos o góticos eran similares a los de sus países de origen. Es preciso que entendamos esta ruta como una vía político-administrativa de primer orden, en la que se van a difundir todo tipo de obras en función de la infraestructura necesaria para la peregrinación, pero, sin embargo, también es muy importante tener presente que la realidad monumental de las poblaciones está condicionada por otros aspectos sociológicos. Los peregrinos de finales del siglo XI encontraban a su paso importantes edificios románicos en construcción: la catedral de Jaca, San Martín de Frómista, San Zoilo de Carrión y, en la meta de la peregrinación, la propia catedral compostelana. Al comenzar la centuria siguiente podían contemplar ya cómo grandes portadas historiadas, verdaderos hitos en el desarrollo del románico europeo, adornaban estos edificios: la más antigua, obra ya del siglo XI, el tímpano del crismón de Jaca; las dos puertas de San Isidoro de León, la del Cordero y la del Perdón; las extraordinarias fachadas del crucero de Santiago de Compostela. Durante el siglo XIII surgirán en el Camino las primeras catedrales góticas de España, la de Burgos y la de León. Incluso se llega a plantear una gran cabecera gótica para la catedral de Santiago. En el Burgos del siglo XV, las flechas de la catedral o la Capilla del Condestable aparecían como monumentales y dignos testimonios del último gótico. Pero si casi todos estos escenarios arquitectónicos prácticamente no debían nada a la peregrinación, existían otros referentes topográficos de honda raigambre épica y jacobea. En la cultura de los franceses del siglo XII la historia y la épica legendaria aparecían totalmente confundidas. Así, la histórica expedición de Carlomagno a España y las canciones de gesta se habían mixtificado de tal manera que el emperador aparecía como un conquistador-evangelizador que, marchando por la misma ruta que llevarían los peregrinos después, se apoderaba de ciudades enfrentándose con el ejército sarraceno. Una vieja historia, conocida como "Crónica del arzobispo Turpín" o "Pseudo-Turpín", narraba estas gestas carolinas en España. En ella se nos explica que cierta vez que Carlomagno estaba descansando tuvo una extraordinaria visión: "...Vio en el cielo un camino de estrellas que empezaba en el mar de Frisia, que se extendía entre Alemania e Italia, entre la Galia y Aquitania, y continuaba por Gascuña, Vasconia, Navarra y España hasta llegar a Galicia, donde entonces permanecía oculto, e ignorado por todos, el cuerpo de Santiago". Mientras el emperador meditaba sobre este camino de estrellas se le apareció un caballero que le dijo: "Soy Santiago apóstol, discípulo de Cristo, hijo del Zebedeo... y cuyo cuerpo descansa ignorado en Galicia, que todavía permanece bajo el yugo de los sarracenos... Al igual que el Señor te ha hecho el más poderoso de los reyes de la tierra, de igual forma te ha señalado entre todos con el fin de que prepares el camino y libres mi tierra de manos musulmanas... El camino de estrellas que has contemplado en el cielo significa que desde esta tierra hasta Galicia has de ir con un gran ejército a combatir a los paganos, y así liberar mi camino y mi tierra, y visitar mi basílica y mi sarcófago. Y después de ti irán allí en peregrinación todos los pueblos, de mar a mar, pidiendo el perdón de sus pecados y pregonando las alabanzas del Señor... Y en verdad que irán desde tus tiempos hasta el fin de la presente edad". De esta manera, Aymeric y otros peregrinos franceses, cuando recorrían el camino, lo hacían teniendo en cuenta que marchaban por una ruta abierta por el emperador Carlomagno, el de la barba florida. Y en muchos lugares del recorrido salía a su encuentro el evocador recuerdo de las gestas y prodigios que allí habían sucedido. Desde Valcarlos hasta Roncesvalles no faltaban los hitos topográficos que señalaban el trágico destino del caballero Roldán. Al contemplar la aguerrida silueta del castillo de Monjardín surgía el evocador recuerdo de las hazañas del emperador Carlos derrotando a Furro, príncipe de los navarros. Desde Estella los peregrinos podían ver en muchos lugares la representación de un torneo entre dos caballeros, uno cristiano y otro moro: se trataba de la lucha entre Roldán y Ferragut, paladín del Islam. El lugar donde había sucedido esta gesta es la llanada ante la cerca de Nájera. Seguramente, de todos estos episodios épicos, el más hermoso es el que sucedió en Sahagún, donde tuvo lugar el enfrentamiento entre los ejércitos de Carlomagno y Aigolando, rey africano. El campo de batalla tuvo lugar en los prados junto río Cea, donde todavía hoy los chopos -verdes, amarillos o troncos desnudos, según la época del año- nos recuerdan a aquellos valientes caballeros cristianos cuyas lanzas florecieron como anuncio de su martirio.
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El rasgo dominante de la vida económica de la corona de Castilla en la Baja Edad Media era el predominio indiscutible de la actividad ganadera, fundamentalmente la ovina. La ganadería lanar trashumante contaba, desde tiempos de Alfonso X el Sabio, con una poderosa institución a su servicio, el Honrado Concejo de la Mesta. La trashumancia de ovejas, cuyas raíces se remontaban a tiempos arcaicos, experimentó una gran expansión en el transcurso de los siglos XII y XIII, al compás de la proyección hacia el Sur de los reinos de Castilla y León, lo que permitió incorporar extensos terrenos dedicados a pastizales. El traslado de la cabaña ovina se efectuaba a través de unos caminos especiales, llamados cañadas. Esta red enlazaba las Cabezas de Cuadrillas de la Mesta -León, Soria, Segovia y Cuenca- con las tierras de pastos, en las que los rebaños pasaban el invierno. Los principales dueños de rebaños, es decir los ricos hombres, los establecimientos eclesiásticos y las Ordenes Militares, eran los mayores beneficiados de este tráfico. Las poderosas Ordenes de Alcántara, Calatrava y Santiago, contaban con extensas dehesas. Pero también se beneficiaba la Corona, a través de la percepción del servicio y montazgo, impuesto que los dueños de los rebaños debían pagar al trashumar y para el que se hizo necesario crear puntos de recaudación, los llamados puertos reales, como los de Plasencia, Candeleda, Montalbán, Socuéllamos o Chinchilla, entre otros.
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La expansión del poder romano se basó en la fortaleza de sus legiones. Los campamentos de legionarios aseguraban la protección de las provincias de tan vasto territorio, que abarcaba 60 millones de habitantes. El campamento militar, organizado siempre de la misma manera, era un reducto que imitaba la ciudad de Roma, un espacio romano asentado en medios provinciales. Al final de la marcha, las legiones levantaban campamentos siempre con el mismo trazado, aunque el tamaño variaba según albergase una cohorte, una legión o un ejército entero. Si el ejército quedaba estacionado durante mucho tiempo, el campamento se convertía en semipermanente o permanente, siendo levantado con materiales más duraderos. Rodeado por un foso y un muro y de planta rectangular, lo cruzaban dos grandes vías, que daban a su vez a cuatro puertas. Las partes principales eran el praetorium, donde se asentaba el Estado Mayor, el forum, para celebrar las asambleas militares y la sala de los estandartes, aedes signorum. También se situaba el tribunal, donde el gobernador administraba justicia, y el auguratorium, para la consulta augural de la voluntad de los dioses, que era realizada por el propio gobernador sirviéndose de manuales al uso. Las legiones se disponían en hileras paralelas de tiendas, en cuyos extremos se situaba la del centurión. Según los relatos de los autores antiguos, en los campamentos romanos había buhoneros y prostitutas indígenas. También nos hablan de la baja moral de los soldados, que no tenían excesivo interés en volver a Roma para pasar a engrosar las filas de los desheredados de las ciudades. Además, muchos de ellos establecían sólidos vínculos con las poblaciones locales.
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En septiembre del año 134 a.C., Escipión llegaba a las cercanías de Numancia. Sabía que tomar la ciudad por la fuerza era una tarea casi imposible, a tenor de la suerte que otros habían corrido antes de su llegada. Escipión se estableció en Renieblas, donde Nobilior había levantado un campamento durante su campaña contra los numantinos. Fue aquí donde Escipión elaboró su estrategia para aislar a Numancia y acabar así con la ciudad. La primera noche se dio la orden de levantar dos campamentos en torno a la ciudad: uno al norte, Castillejos; y otro al sur, Peña Redonda. En el primero, fue el propio Escipión quien se puso al mando, mientras que en el segundo dio la jefatura a su hermano Máximo. Ambos campamentos fueron el punto de partida al cerco que posteriormente iba a establecerse en torno a Numancia. La primera medida fue establecer un vallado provisional alrededor de la ciudad, empleando para ello los troncos que los soldados romanos habían transportado hasta los campamentos, así como los de los árboles que allí iban a talar. Para levantar el cerco, los legionarios se distribuyeron las tareas de tala y construcción, así como vigilancia, ya que los ataques de los numantinos durante la construcción del cerco fueron constantes. Igualmente, el temor a ataques de poblaciones vecinas y aliadas de Numancia, hizo que se vigilara también la retaguardia. En total, la circunvalación de Numancia era de aproximadamente 10 kilómetros de longitud. Mientras se construían el cerco, las tropas romanas reclutaron soldados en los pueblos cercanos que fueran aliados, aumentando en gran número el total de efectivos del ejército romano. Una vez que el vallado había sido levantado, se establecieron torres de vigilancia cada 50 metros, y se establecieron guardias a través de cuadrantes entre los soldados. Las torres tenían señales, como antorchas o banderas, para avisar en caso de ataque, de tal modo que si se producía uno, rápidamente el ejército entero se ponía en alerta. Además, grupos a caballo y a pie recorrían todo el trazado del muro comprobando brechas y vigilando ante posibles ataques. El único punto de salida del cerco era por el cauce del río. Para evitarlo, se construyó junto a él dos fuertes, uno a cada lado, con guarniciones que evitaran el paso de los numantinos. Además, de los dos primeros campamentos y los fuertes, el cerco se completaba con otros cinco campamentos: La Rasa, Dehesilla, El Alto real, Traveseras, y Valdevorrón. En ellos se alojaban la legión y las tropas auxiliares. Debido a las medidas de Escipión, los ataques celtiberos fueron siendo cada vez menos, así como la llegada de las ayudas a Numancia, provocando con ello la caída de la ciudad.
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Aunque ocupaban el segundo puesto de la pirámide social, los campesinos eran tratados con paternalismo y gran severidad. Conformaban el grupo más numeroso de la población, en torno al 85 por 100 del total y las divisiones internas se basaban en el grado de riqueza. Legalmente no estaban sometidos a servidumbre y el daimyo sólo tenía el derecho de veto en la elección de los cargos locales. Sin embargo, se les exigía vinculación a las tierras, gran laboriosidad y vida frugal; se obligaban a satisfacer al señor aproximadamente el 50 por 100 de las rentas de la producción y a estos elevados gravámenes, pagados en dinero o especie, se unían las corveas en carreteras, diques, tierras señoriales o ciudades-castillo. Sólo un minúsculo grupo, los jinushi, consiguió enriquecerse, dando lugar a una incipiente burguesía rural, que tiende a concentrar las tierras en sus manos. Nadie más que los terratenientes disfrutaban del privilegio de participar en el gobierno, compartir las tierras comunales y aprovechar los derechos de agua, e incluso en ocasiones tenían acceso a una buena educación que les elevaba de categoría ante sus convecinos. En teoría tampoco eran dueños de la tierra, que pertenecía al emperador, sino que gozaban del derecho de cultivo con carácter irrevocable, hereditario y permutable.
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Entre julio y octubre se producía la benefactora inundación del Nilo que permitía el desarrollo de la agricultura en Egipto. Cuando finalizaba se ponían en marcha los instrumentos necesarios para desarrollar una de las economías más prósperas de la Antigüedad. En primer lugar se preparaban las tierras, marcando las lindes de los terrenos para evitar pleitos y establecer la base sobre la que pagar los impuestos. El arado de las tierras era el siguiente paso, utilizando vacas u hombres excepcionalmente. Después venía la siembra: espelta, lino y cebada eran los cultivos más habituales. El tiempo que transcurría hasta la cosecha se ocupaba en el riego de las zonas más alejadas del río, el adecuamiento de los canales, el trabajo colectivo o la lucha contra los pájaros que se comían los pequeños brotes. La cosecha solía ser vigilada por los inspectores de impuestos que valoraban la cantidad que iban a solicitar al campesino, en función de lo cosechado También los escribas del propietario de las tierras e incluso el señor solían estar presentes en el momento más importante de la labor agrícola. El grano cosechado se guardaba en los silos. Además de los cereales, en los huertos se producían todo tipo de productos de regadío como melones, pepinos, alubias, frutas, hortalizas o vides. El vino y la cerveza serán las bebidas favoritas de los egipcios.
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Las "Partidas" de Alfonso X de Castilla definen a los campesinos como los "que labran la tierra e fazen en ella aquellas cosas por las que los omes han de bivir e de mantenerse". No cabe duda de que con esta definición podemos considerar al campesinado como la fuerza fundamental del trabajo en la sociedad medieval. Y es que el campo fue el gran protagonista en la Edad Media europea. Los recursos que aportaba la agricultura y la ganadería eran la base de la economía y la tierra era el centro de las relaciones sociales, dejando al margen la revolución urbana que se vive a partir del siglo XIII. A pesar de ser la fuerza generadora de riqueza en la época los campesinos son presentados como gente ignorante y grosera, comentándose en un dicho popular de aquel tiempo que "el campesino es en todo semejante al buey, sólo que no tiene cuernos". Los campesinos medievales eran los que soportaban el peso fiscal del Estado ya que pagaban los tributos señoriales, los diezmos eclesiásticos y las rentas reales. Formaban parte del escalón más bajo de la sociedad medieval al ser los "laboratores". El trabajo campesino se desarrollaba en pequeñas unidades de producción de carácter familiar, pero las tierras eran propiedad del señor al que el campesino juraba fidelidad, entrando de lleno en la relación vasallática que lleva implícita el feudalismo. El campesino no producía para el mercado sino para su autoconsumo, aunque buena parte de la producción -fuera o no excedentaria- pasaba a manos del señor. La vida campesina era muy dura ya que el nivel tecnológico era muy básico, la productividad muy limitada y el peso fiscal muy determinante. A lo largo de la Edad Media encontramos importantes novedades tecnológicas que aportarán algunos elementos positivos al trabajo de los campesinos. El arado de ruedas y vertedera se incorporó a lo largo del siglo XI en las regiones del norte de los Alpes mientras que la zona mediterránea seguía vinculada al arado romano. Otra novedad será el yugo frontal y los herrajes de los animales, destacando el papel del caballo en numerosas regiones. Los molinos de viento e hidráulicos evitarán muchos esfuerzos a los labriegos al igual que los progresos en el rastrilleo o el trillo o la incorporación de un nuevo tipo de hoz. La rotación trienal será una importante novedad. La tierra se divide en tres zonas que se dedican respectivamente a cultivos de invierno, de primavera y barbecho, lo que aumentará la producción y la hará más diversificada. La cría de ganado también tendrá un importante papel en la vida campesina. A pesar de los progresos, debemos afirmar que la agricultura medieval manifestó siempre signos de precariedad debido a su bajo rendimiento y su estrecha dependencia a las condiciones naturales. En la familia campesina se reunían generalmente tres generaciones que se diversificaban con las ramificaciones laterales de los parientes lejanos, hermanos o hermanas no casados y un largo etcétera. El padre ocupaba el papel protagonista siendo su principal objetivo la protección y la seguridad de los miembros de su clan familiar y de la casa donde habitan. El matrimonio solía estar concertado aunque a medida que avanzó el tiempo la Iglesia lo sacralizó y lo convirtió en un sacramento. Su objetivo prioritario es la procreación por lo que los nacimientos debían de ser numerosos al igual que las defunciones infantiles. La mujer estaba en una situación absoluta inferioridad, teniendo que ocuparse de numerosas tareas. Los hijos estaban valorados como fuerza de trabajo.
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Pese al crecimiento urbano, España era un país altamente ruralizado. Aunque en el conjunto de la monarquía la estructura socioprofesional era variada, por encima de cualquier clase destacaba la presencia de los hombres y las mujeres que trabajaban y vivían directamente de la tierra, es decir, los campesinos. El Catastro de Ensenada para Castilla informa que más de un millón de individuos se dedicaban a las labores del labrantío y el pastoreo como propietarios (700.000) o jornaleros (320.000), lo que representaba más del 30 por ciento de la población activa. Para el conjunto del territorio español, el Censo de Floridablanca señala bajo el epígrafe de labradores y jornaleros algo más de 1,8 millones de personas, mientras que el de Godoy contabiliza 1,6 millones especificando que el porcentaje de propietarios era de un 21 por ciento, el de arrendatarios de un 30 por ciento y el de jornaleros de un 48 por ciento. Sin embargo, el peso de los campesinos era todavía más abrumador y determinante de lo que pueden indicar estas cifras: en las aldeas y ciudades medianas los campesinos eran la fuerza laboral mayoritaria que mantenía con su trabajo a buena parte del conjunto social. Ahora bien, la estructura de clases del campo español no era desde luego uniforme. Los campesinos formaban un abigarrado mundo donde la heterogeneidad era la característica más acusada. Según la disponibilidad de tierras que la estructura de la propiedad de cada lugar posibilitara, dependiendo del tipo de agricultura que el medio físico permitiera, a raíz de la capacidad de capital susceptible de ser invertido y de acuerdo con el contexto global que la historia hubiera deparado, el campesinado poseía distintas peculiaridades en cada una de las regiones de la Monarquía. Pese a esta evidencia, la estructura de las clases agrarias respondía a grandes rasgos a una primera dualidad entre los rentistas y los que trabajaban la tierra. En un lado estaban los señores feudales (laicos o eclesiásticos) que recibían rentas por la titularidad de sus importantes patrimonios rústicos. En el otro lado se ubicaban los campesinos (propietarios, arrendatarios o jornaleros) que tenían que aplicar su propia gestión empresarial y/o su fuerza de trabajo sobre el predio. Asimismo, a pesar de la pluralidad existente en el seno del propio campesinado, se daba también en el mismo una general dicotomía entre los labradores acomodados y los campesinos pobres. Los primeros podían ser propietarios de sus tierras y/o arrendatarios de las de otros. En el caso de los labriegos más prósperos la acumulación de tierras conducía a la contratación de mano de obra asalariada. Eran de hecho la mesocracia rural que tanto aspiraban a conseguir los teóricos y gobernantes reformistas. Es decir, los labradores ricos que se convirtieron en algunos lugares en verdaderos empresarios agrícolas: en Galicia los señores medianeros; en Castilla, Andalucía, Valencia o Mallorca, los labriegos acomodados y los grandes arrendatarios; en Cataluña, los payeses que cultivaban sus masías. Algunas veces utilizaban su propia fuerza de trabajo en las explotaciones que cultivaban; otras aplicaban su dirección a una mano de obra contratada; y en bastantes ocasiones hacían ambas cosas a la vez. Entre los campesinos pobres cabía la posibilidad de que algunos tuvieran modestas parcelas de tierra y que en el mejor de los casos pudieran malvivir con ellas: eran los pelentrines andaluces, los masones catalanes, los roters mallorquines, los subforeros gallegos o los pequeños labriegos castellanos. Pero era todavía más usual que estas categorías precisaran emplearse asalariadamente a tiempo parcial. En este último caso, poco se distinguían de la mayoría de jornaleros que formaban en casi todas partes, aunque con mayor densidad en Andalucía, un cuadro de masas viviendo en la subsistencia. Masas de campesinos que en tiempos de dificultades podían engrosar las filas de los vagabundos que poblaban los arrabales de las grandes ciudades o que surcaban los caminos de España en busca de trabajo y comida. En este somero cuadro queda bien palpable que la mayor parte de los campesinos no podían acumular capitales susceptibles de ser invertidos en el agro o en otros sectores económicos. En Castilla, el 60 por ciento de la tierra de labrantío era propiedad de los privilegiados y la mayor parte del excedente agrícola engrosaba sus economías. El modelo de distribución de la cosecha castellana suponía que el 40 por ciento de la producción bruta se dirigía al pago de derechos que se repartían en su inmensa mayoría entre la nobleza y el clero, clases que posteriormente lo situaban en el mercado. De la parte que restaba en manos de los campesinos, únicamente el 7 por ciento tenía como destino el mercado dado que la subsistencia de la familia y los gastos para mantener las inversiones representaban el 50 por ciento de toda la producción familiar. Así pues, la estructura de clases agrarias ocasionaba poca acumulación de recursos entre los campesinos y en consecuencia escasas oportunidades para la reinversión en el campo y para el aumento del consumo de la clase más numerosa del país, factor este último que en nada favorecía el despegue de la industria española. Así, el exceso de bipolarización social en el campo español resultaba un obstáculo para que el crecimiento agrario pudiera sostenerse adecuadamente. Tan sólo en las zonas donde logró crearse una clase media de campesinos acomodados que cultivaron su tierra sin interrupción en lotes adecuados y comercializaron sus productos, parece que se produjo la oportunidad de generar capitales susceptibles de ser invertidos en el propio agro o en otras aventuras económicas. De este modo, bien puede decirse que las clases privilegiadas, los impuestos estatales y los intermediarios se llevaron buena parte del trabajo de los campesinos. Y la esperanza puesta en que los grandes arrendatarios resultaran un factor dinamizador fue imposible de satisfacer, dada su tácita alianza con los grandes propietarios de los que procedían sus arriendos. Los políticos reformistas conocían bien la situación y la diagnosticaron con acierto, proponiendo como remedio central la mejor distribución de las rentas y la creación de una mesocracia dinámica que dispusiera de libertad para realizar sus negocios agrícolas. Sin embargo, no parece que las medidas tomadas para conseguir la meta deseada fueran las más indicadas. De hecho, las autoridades reformistas confiaron en que la mera extensión de las roturaciones, la promoción de nuevas técnicas o las tímidas desamortizaciones, más pensadas en términos de fiscalidad que de desarrollo de la economía agraria, serían suficiente bagaje. En realidad, lo que parece que preocupó (y a menudo asustó) a los gobiernos reformistas fue la existencia de una masa de jornaleros y/o pequeños campesinos susceptible de convertirse en un foco de inestabilidad social y política, especialmente en épocas de dificultades. Posibilidad que los sucesos del Motín de Esquilache vinieron a reafirmar en 1766. En este contexto debe ser entendida la resolución sobre la libertad de salarios agrícolas adoptada en 1767 para que los organismos municipales, controlados por los poderosos, no fueran los que manipularan la tasa salarial de los jornaleros agravando con ello los grados de injusticia y generando la oportunidad para el alzamiento popular. Así también deben ser entendidas las sucesivas medidas aprobadas a partir de 1766 acerca de la preferencia de los jornaleros en el reparto de los lotes de propios y baldíos. Si bien al principio parecieron tener algún efecto en determinadas zonas, a partir de 1770 fueron los labradores de una o más yuntas los que paulatinamente se hicieron con las parcelas puestas a reparto. Un giro al que las oligarquías locales contribuyeron, dado que corrían el peligro de perder una abundante mano de obra barata, ver descender el precio de los cereales al concurrir nuevas cosechas y contemplar cómo aminoraban los pastos que pertenecían a los baldíos y comunales. Una vez más, la resistencia de los privilegiados impedía no sólo arreglar el problema del agro, sino incluso mejorar la vida de miles de jornaleros. El fracaso de esta medida fue el principio de la paulatina toma de conciencia de muchos braceros andaluces. En definitiva, en España no fueron posible ni la vía prusiana de grandes aristócratas que modernizaban la agricultura, ni la vía francesa con un campesinado potente y estable ni la vía inglesa con una nueva burguesía que venía a sumarse a la emprendedora gentry. La nobleza española no modernizó sus explotaciones, los campesinos medios eran insuficientes y sin rentas adecuadas y la burguesía urbana no pudo internarse con fuerza en un mercado de tierras particularmente escaso y jurídicamente limitado. El mal reparto de la renta agraria fue sin duda una de las razones fundamentales que ocasionó el retraso final de la economía española respecto a las europeas. Y visto lo sucedido, bien puede argumentarse que acabar con esta situación era imprescindible y sólo se podía hacer mediante una ruptura de las relaciones sociales de producción que dominaban el campo español. Tarea que estaba por encima de la visión ideológica de los reformistas ilustrados pero, sobre todo, de sus posibilidades políticas.
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El campesinado constituía la parte mayoritaria de la población de la Corona de Aragón, y la principal clase productora y antagónica de la feudal dominante, pero era un grupo heterogéneo, sometido a grados de explotación y niveles de subyugación muy dispares. Excepcionalmente, en algunas comarcas, como la pirenaica del Pallars Sobirá, los campesinos poseían en alodio no sólo las tierras familiares sino también los bienes comunales (pastos y bosques), no existían los malos usos o servidumbres, funcionaba una jurisdicción campesina sobre los bienes del común y en comunidades de valle y aldea había un notable grado de autonomía política, de modo que la autoridad señorial se limitaba a percibir algunas rentas de la propiedad (censos enfitéuticos), cargas de señorío como las tallas o qüestias, algunos ingresos de la justicia, una participación en las rentas eclesiásticas y algunos ingresos sobre el tránsito de bienes y ganados. En el extremo opuesto, los campesinos de remensa estaban muy subyugados, aunque los grados de explotación dentro de esta categoría también eran diversos. En el conjunto de la Corona había servidumbres personales, en el sentido de derechos, especialmente opresivos, de algunos señores sobre la persona de sus cultivadores o de una parte de ellos, a causa de los cuales la libertad jurídica de éstos resultaba notablemente restringida. Estas servidumbres, jurídicamente muy precisas, que limitaban la libertad de movimiento, matrimonio y sucesión, y la conducta sexual, permiten calificar de siervos al sector restringido del campesinado que era víctima de tal opresión. No obstante, el concepto de siervo puede perfectamente aplicarse también al conjunto del campesinado si por siervo entendemos al productor agrícola que, por la fuerza e independientemente de su voluntad, era obligado a satisfacer determinadas exigencias económicas de un señor, situación en la que se encontraban todos los campesinos: fuera cual fuera su nivel de subyugación y grado de explotación, no había campesino sin señor. Es más, el campesinado podría ser definido también como una clase servil si por tal entendemos una clase alienada, en el sentido de que las personas y/o los bienes de esta clase eran, al menos en parte, secuestrados por la clase señorial; una clase menospreciada y vilipendiada, en el sentido de que la clase señorial los consideraba ignorantes, incultos y salvajes, casi confundibles con las bestias, y una clase maltratada, porque a menudo estaba a merced de los castigos físicos que por alguna razón o sin ella los señores le aplicaban. Subrayar, como hacemos, la naturaleza servil de las relaciones de producción en el campo no debería impedir distinguir los niveles de acción de las clases en conflicto. Los señores ejercían su papel desde la esfera política, de modo que su presión sobre el campesinado ha podido ser calificada de coacción extraeconómica. En cambio, los campesinos, que estaban en posesión de sus propios medios de producción, de las condiciones objetivas de trabajo necesarias para la realización de su actividad y para la creación de sus medios de subsistencia, efectuaban el trabajo agrícola por su cuenta. Era la esfera económica de la producción cuyo ciclo interno los campesinos controlaban. Precisamente esta autonomía relativa de la economía campesina es lo que ayuda a comprender las estrategias y reglas de comportamiento de los campesinos, sus procesos de diferenciación interna, la capacidad organizativa del conjunto y la fuerza de algunos movimientos, como el de los remensas catalanes, que llevaron a cabo una guerra agraria de cien años y obtuvieron al cabo (Sentencia Arbitral de Guadalupe, 1486) la abolición de las servidumbres. Sobre el conjunto de los campesinos de la Corona se imponía la autoridad señorial, aplicada a través del señorío territorial y el señorío jurisdiccional. El señorío territorial partía de los derechos de propiedad eminente del señor sobre las tierras de sus cultivadores, y a él se añadían a veces dependencias personales producto de actos de encomendación. Materialmente se concretaba en el pago de unas rentas por el uso de una propiedad ajena y en unos censos de reconocimiento. El señorío jurisdiccional, tanto si había sido creado por concesión regia, como por un acto de fuerza señorial (usurpación, imposición), equivalía a una privatización de las antiguas prerrogativas públicas de la autoridad, y, en el campo, se ejercía en el marco de las baronías y castillos. Entre las cargas o exacciones de carácter jurisdiccional había, pues, un conjunto de obligaciones de origen público: derechos de alojamiento del señor y sus agentes (alberga o cena), prestaciones de carácter paramilitar (hueste, cabalgada, vigilancia), servicios en trabajo (obras de construcción y reparación de castillos, transportes y mensajería) e ingresos derivados del ejercicio de la justicia. Además de estas cargas, de antiguo origen, la quiebra del viejo sistema de libertades públicas permitió a los señores jurisdiccionales introducir nuevas obligaciones: imposiciones de repartición (tallas), imposiciones fijadas directamente (qüestias), requisas, prestaciones en trabajo en tierras del señor, pagos por el uso forzado de los monopolios señoriales (molinos, herrerías, hornos), etc. En la práctica, señoríos territoriales y jurisdiccionales se entremezclaban en la persona de los señores, y ello explica precisamente su capacidad de coerción y, precisamente, la aplicación a sectores del campesinado de altos niveles de subyugación (servidumbres), sin duda como garantía del mantenimiento de determinados grados de explotación. En Cataluña cabe distinguir entre los campesinos de la Cataluña Vieja que, en general, como culminación de un proceso de violencia señorial (durante los siglos XI y XII) y legitimación jurídica (durante el siglo XIII), pagaban rentas elevadas y estaban sometidos a servidumbre (remensas), y los campesinos de la Cataluña Nueva, que, a causa de las cartas de población y franquicia que se otorgaron para el poblamiento y organización del territorio (durante el siglo XII), pagaban rentas más livianas y no conocían las servidumbres. Los remensas, además de efectuar pagos variables por la tierra (rentas fijas y rentas proporcionales a la cosecha) y por el uso de monopolios señoriales, como el molino y la herrería, y de efectuar determinadas jornadas de trabajo en la reserva señorial, estaban sujetos a malos usos: adscritos al manso y la tierra, no podían abandonarlos sin pagar rescate (redimentia); si morían sin testamento o sin hijos, el señor podía quedarse una buena parte de sus bienes (intestia, eixorquia); si la campesina cometía adulterio, debía entregar una parte de sus bienes al señor (cugucia); el campesino pagaba con parte de sus bienes una indemnización al señor en caso de incendio fortuito del manso (arsia o arsina), y el matrimonio del campesino, en la medida que comportaba la redacción de unos capítulos matrimoniales, con la asignación de garantías sobre el manso para la dote y el esponsalicio, requería la aprobación comprada del señor (ferma d'espoli forçada). Por último, el señor tenia el derecho, reconocido por las Cortes de Cervera de 1202, de maltratar impunemente a sus campesinos (ius maletractandi). Esta situación de subyugación, que por sí misma entrañaba un grado importante de explotación, se completaba en la Cataluña Vieja con la práctica del heredamiento, que obligaba al campesino a dejar los 2/3 o 3/4 de la herencia a un solo descendiente (el hereu). Esta práctica, que resolvía a los campesinos el problema del relevo generacional y simplificaba para los señores la mecánica de la sustracción, consolidó una estructura de explotaciones sólidas ocupadas por campesinos remensas, de modo que no puede decirse que la situación jurídica degradada de los remensas se correspondiera con una situación económica precaria, más bien al contrario. En el reino de Valencia, la situación era muy distinta. En virtud de los pactos de capitulación y del goteo constante, pero débil, de pobladores catalanoaragoneses a las nuevas tierras, una gran parte del agro valenciano siguió trabajado por musulmanes (mudéjares), que a finales del siglo XIII constituían la inmensa mayoría de la población del reino, y que en los siglos XIV y XV todavía debían predominar. El nivel de subyugación y el grado de explotación que padecían debía ser importante, mayor que el de los cultivadores cristianos del reino, que recibieron buenas tierras y pagaban censos enfitéuticos livianos. En la isla de Mallorca, el 43 por ciento de la población vivía en la ciudad y el 57 por ciento restante en el campo, un espacio explotado por campesinos mediante contratos enfitéuticos que les otorgaban gran libertad y les obligaban a pagar censos a los señores que residían en la ciudad. Muy pronto los campesinos mallorquines intervinieron en la política: pudieron organizarse en un sindicato que elegía a los consejeros foráneos del Gran y General Consejo (asamblea consultiva del gobierno de la isla) y que, desde 1315, designaba a diez síndicos para formar parte de la diputación permanente de este organismo, un Consejo Menor de treinta miembros. La isla adoleció de la macrocefalia de su ciudad, del predominio político de los ciudadanos y de una infraexplotación del sector agrario, que causaba carestías y condenaba la isla a depender del comercio exterior para resolver los problemas de aprovisionamiento. Para arreglar la situación, Jaime II de Mallorca, en 1300, impulsó un plan de reordenación agraria (A. Riera), que tuvo efectos positivos, pero no resolvió ni las carestías ni las discriminaciones políticas, que se traducían en desigualdades tributarias. Los foráneos protestaron por ello y, aunque en 1315 consiguieron ampliar su representación en el Gran y General Consejo, siguió el descontento, que culminó en la insurrección foránea de 1450-1453, reprimida por tropas de mercenarios enviados desde Nápoles por Alfonso el Magnánimo. En Aragón el régimen señorial al norte del Ebro fue mucho más duro que al sur (E. Sarasa). En las tierras viejas, el descenso de las rentas ocasionado por la crisis del siglo XIV fue combatido con la estricta sujeción a la gleba, el pleno ejercicio de la jurisdicción civil y criminal que muchos señores poseían en sus señoríos, y que excluía toda posibilidad de apelación a un tribunal superior, y el ejercicio del "ius maletractandi", que el Justicia de Aragón reconocía como derecho señorial (1332). La legislación emanada de las Cortes en el siglo XV insistió en la adscripción campesina (Cortes de Alcañiz y Catalayud, de 1436 y 1461), y las donaciones regias de honores y jurisdicciones precisaban el derecho señorial a atormentar, mutilar e incluso, en algunos casos, condenar a muerte a los vasallos de señorío. Es muy posible, por tanto, que el grado de subyugación de este campesinado aragonés fuera mayor que el de los remensas pero, por causas desconocidas, a diferencia de Cataluña, sus actos de resistencia fueron aislados (Maella, 1439; monasterio de Piedra, 1444) y sin futuro. Así, mientras en Cataluña, a finales de la Edad Media, el régimen señorial se fortalecía moderando sus aristas (abolición de las servidumbres, 1486), en Aragón acentuaba sus rasgos más odiosos de violencia señorial. Al sur del Ebro, en cambio, la situación del campesinado aragonés era distinta. Aquí predominaban los mudéjares que no pagaban diezmo eclesiástico, poseían la tierra en régimen de aparcería, tenían libertad de movimiento y estaban bajo la directa protección de la autoridad real.
contexto
El cuadrante Noreste de la Península recibió el influjo cultural de los Campos de Urnas centroeuropeos, que aproximadamente a partir del año 1100 a. C., incluso antes, comenzaron a llegar a través de los Pirineos e introdujeron una serie de innovaciones culturales y lingüísticas importantes, quizás sobrevaloradas en algunos momentos de la investigación. Durante años, fue objeto de estudio y de polémica la manera en que pudieron entrar las nuevas formas culturales y si fueron introducidas por contingentes humanos numerosos, hablándose de invasiones indoeuropeas para describir las supuestas y sucesivas entradas de grupos procedentes del sur de Alemania que habían traído los nuevos ritos funerarios, nuevos modelos de hábitat y nuevos objetos materiales. Hoy día no puede negarse la presencia de estos influjos pero, aunque se trata de un tema aún no cerrado, se acepta una llegada paulatina, seguramente siguiendo el modelo de onda de avance ya analizado en capítulos anteriores, sin ningún matiz de invasión guerrera, que continuaría una evolución local, a partir de la absorción o simbiosis con las poblaciones indígenas preexistentes. Rovira ha sugerido una primera llegada de elementos de Campos de Urnas por vía marítima hasta las costas de Tarragona, donde se localizan las necrópolis de incineración más antiguas, en vez de la tradicional vía terrestre de los Pirineos Orientales. Cataluña fue la primera región peninsular en la que se detectaron estas influencias, primero en forma de cerámicas encontradas en cuevas (Janet o Marcó en la provincia de Tarragona) y a continuación por la presencia de las primeras necrópolis de incineración, verdadera novedad en el ritual funerario peninsular. Las necrópolis de la zona costera, que podemos ejemplificar en la de Can Missert (Tarrasa), muestran las típicas incineraciones en urnas cerámicas de forma bicónica enterradas en el suelo sin protección especial, mientras que los cementerios descubiertos en el valle del Segre ofrecen incineraciones en urnas cerámicas protegidas por una pequeña estructura tumular (ejemplos de Llardecans o Pedrós, en Lérida); esta variación en las sepulturas hizo pensar a algunos autores en la penetración por los Pirineos de variadas tradiciones culturales europeas, mientras que otros investigadores creen ver en estas estructuras de piedra una revitalización de las viejas costumbres megalíticas plasmadas ahora en forma tumular y asociadas al nuevo rito de la incineración. En las formas de hábitat también se pueden detectar innovaciones, pues surgen poblados de nueva planta asentados en lugares elevados, con viviendas rectangulares dispuestas alrededor del perímetro del cerro y que en algunos casos, como el yacimiento de Carretelá en Lérida, han proporcionado fechas de C-14 del 1090 y 1070 a. C. La difusión de las características culturales de los Campos de Urnas se produjo con relativa rapidez, bien por la vía del Segre-Cinca, bien remontado el valle del Ebro desde Tarragona o a la llanura de Lérida desde la costa, y pronto pueden detectarse en el Bajo Aragón, a finales del siglo X a. C. Los cambios se perciben, sobre todo, en las formas de poblamiento, pues en esas fechas se empiezan a ocupar los cerros de mediana altura, situados en los valles de los ríos por su claro valor estratégico, tanto defensivo como económico, siguiendo el modelo denominado de calle central con las viviendas de planta rectangular adosadas y dispuestas a lo largo del perímetro del cerro, dejando libre un espacio central común. Fechas todavía más antiguas las ha proporcionado el poblado de Palermo (Caspe) cuyo nivel inferior está datado por el C-14 en 1100 a. C., con cerámicas típicas de los Campos de Urnas Antiguos, pero es a partir del siglo X y IX cuando se percibe una mayor densidad de hábitats, reflejo de un claro aumento de la población, que encontró en el valle del río una zona fértil donde asentarse. Otros poblados importantes de la misma región caspolina son los de el Cabezo de Monleón, con más de cincuenta viviendas dispuestas según el modelo típico, el de Záforas, La Loma de los Brunos, etcétera. Las necrópolis están peor documentadas que en Cataluña pero también se conocen bastantes ejemplos y todas ellas son de incineración en urnas cerámicas, protegidas por una pequeña estructura tumular. Unicamente la necrópolis de Els Castellets de Mequinenza parece ofrecer nuevos datos, puesto que en uno de sus túmulos, fechados entre el siglo X y IX a. C., ha aparecido un enterramiento de inhumación que ha sido considerado muy significativo porque indica la coexistencia de los dos rituales; por un lado, el ancestral de la Península entroncado con la tradición megalítica y, por otro, el novedoso de la incineración cuya coincidencia demostraría el proceso de adaptación por parte de la población indígena de las nuevas formas culturales, en este caso el ritual funerario y las formas de las vasijas cerámicas que acompañaban los enterramientos. Remontando el valle del río sigue existiendo un abundante poblamiento documentado hasta la llanada alavesa, aunque el yacimiento más significativo de esta zona es el de Cortes de Navarra, excavado en los años 50 por Maluquer y en el que todavía hoy continúan las investigaciones, habiendo proporcionado una estratigrafía que documenta muy bien el tránsito del Bronce Final a la Primera Edad del Hierro. Está situado en la terraza del Ebro y se pudo documentar tanto su disposición urbana, del tipo calle central, como su actividad económica, ya que se encontraron restos vegetales en muchas de las despensas de las casas; se conservaba trigo, cebada y mijo, lo que hace suponer que el sistema empleado era el de la rotación de cultivos y también se practicaba la ganadería con los ovicápridos en primer término, lo que seguramente supone un aprovechamiento lanar, seguidos de los bóvidos y del cerdo.