Las imágenes de bodisatvas requieren una menor idealización, pues no alcanzan la sacralidad de la imagen de Buda; aunque personifican cualidades budistas, en el fervor popular funcionan como puentes entre lo divino y lo humano. En los textos budistas los bodisatvas protagonizan historias moralizantes y ejemplares muy arraigadas en la tradición india, por lo que iconográficamente se agudizan todos aquellos elementos humanos que colaboren a la mejor comprensión del fiel. Pero entre todos los bodisatvas de la imaginería oriental los más realistas son, sin duda, los de la escuela de Gandhara. No hay que olvidar el apoyo que los príncipes Kushana dieron al budismo, por lo que lógicamente quisieron retratarse como protectores del mismo; al concepto antropocéntrico se suma la intención política dando como resultado la mejor colección de retratos Kushana. Los relieves que decoraban las numerosas stupas de Gandhara rubrican la fructífera producción de sus talleres escultóricos. Aunque todavía algunos de ellos resiste in situ el rigor del clima y el paso del tiempo y de los depredadores de arte, la mayoría se encuentran a resguardo en su país de origen (India, Pakistán y Afganistán) o son la gloria de las salas de arte indio de los museos americanos y europeos, cuyos conservadores se sintieron atraídos por estas obras tan cercanas al gusto occidental. Entre toda la escultura de Gandhara, estos relieves son los que más razonablemente merecen el calificativo de helenísticos y más concretamente el de greco-romanos: Los distintos pasajes se compartimentan con elementos arquitectónicos, que suelen consistir en pilastras de orden corintio; a veces un atlante y una cariátide ocupan el fuste. Es interesante observar cómo el artista indio colonizado interpreta a su manera el orden corintio y transforma las cariátides en yakshis. En estos compartimentos escenográficos bien diferenciados, la composición se organiza en torno a un eje central de simetría, sobre un fondo vacío de claro sabor clasicista, contra el que se destacan las figuras con toda nitidez. Las figuras se disponen holgadamente en filas isocefálicas dejando el centro, el lugar de honor, a los protagonistas; a pesar de sus ademanes pausados y de su actitud tranquila, un cierto desenfado nudista y un aire costumbrista en la interpretación de los temas nos indican su carácter inequívocamente indio. La temática siempre es budista, pues todos los relieves pertenecen a stupas, pero en aquellas obras en las que no aparece la imagen típica de Buda (puede mostrarse como el príncipe Siddharta Gautama) es difícil definir el pasaje; faltan los elementos narrativos tan esclarecedores y frecuentes en los relieves Shunga-Andhra. Sin embargo, ofrecen el espectáculo más cosmopolita que se pueda imaginar; toda la población flotante de las caravanas de la Ruta de la Seda confluye para aprender la Ley Sagrada y adorar a Buda: distintas culturas y razas a través de príncipes, mendigos, comerciantes, camelleros, ascetas, saltimbanquis, yakshis, bailarinas... En esta miscelánea todo vale, junto a Buda consagrado bajo un arco de kudú dándonos la bienvenida, una pareja erótica guarecida bajo un arco en mitra protagoniza un pasaje de la mitología griega. De ahí, el dato historiográfico de que la escuela de Gandhara suponga, para algunos historiadores del arte occidental, la extrema propagación oriental del clasicismo y, para los historiadores del arte oriental, la manifestación más exótica de la escultura budista.
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Esta guerra total, que a todos alcanzaba, había tenido un teórico, el general italiano Douhet, que concibió la idea de reducir una nación por el bombardeo sistemático de sus ciudades. Quedaba por comprobar, sin embargo, qué grado de destrucción se podría conseguir desde el aire, y los efectos de los bombardeos sobre la resistencia popular. Al principio, la guerra aérea no fue más que un apoyo de las acciones llevadas por tierra y por mar. Después tomó, prolongadamente, su propia entidad. A excepción de ciertos episodios del principio, la primera fase duró de octubre de 1940 a febrero de 1942. La aviación alemana sometió Londres y otros centros industriales británicos a sus bombardeos nocturnos cuando hubo perdido toda esperanza de invadir Gran Bretaña. A su vez, llevaron incursiones de terror en Holanda (destrucción completa de un barrio de Rotterdam) y en Francia, que sin duda minaron la moral de estos pueblos. Como resultado de esta estrategia alemana de 1940, ingleses, y después americanos, emplearon el bombardeo estratégico de manera hasta entonces desconocida. Aislados en la isla, los ingleses prefirieron los ataques aéreos a la inacción, por su parte, y en consecuencia, ingleses y alemanes quedaron empeñados en una rivalidad de bombardeos nocturnos, más o menos promiscuos, en los que la destrucción ciega pasó a formar parte de los hábitos de combate. Ninguno de los combatientes había pensado en la utilización independiente del espacio aéreo. A lo largo de la "guerra relámpago", entre agosto de 1940 y mayo de 1941, la aviación alemana arrojó unas 50.000 toneladas de bombas sobre Inglaterra, matando a unos 40.000 civiles. El bombardeo no consiguió debilitar los ánimos de la población, ni tampoco la actividad económica. Entablada la batalla de Inglaterra en los aires desde mediados de julio de 1940, a los "raids" diurnos se sumaron en septiembre los nocturnos, que preferían los núcleos habitados a los objetivos de carácter militar. La voz "coventrizar", inventada por la radio enemiga, simbolizaba el destino de las ciudades inglesas, que el alemán se proponía destruir, al igual que había hecho con Coventry. Londres soportó el mayor peso. Durante 57 noches consecutivas, del 7 de septiembre al 2 de noviembre, Londres fue bombardeada sin cesar del anochecer al amanecer; pero a la mañana siguiente, los londinenses estaban en sus puestos de trabajo, mostrando disciplina y resolución. Durante los bombardeos, patrullas especiales de voluntarios recorrían las calles, colocando letreros a heridos y muertos para que las fuerzas militares y las ambulancias los identificasen con mayor brevedad, y les condujeran a sus destinos respectivos. Los más de 14.000 muertos y 20.000 heridos en Londres por los bombardeos no bastaron para producir la desmoralización buscada. Entre enero y mayo de 1941, en combinación con la guerra submarina, fueron bombardeados los principales puertos. El 1 de mayo, en Liverpool, hubo 3.000 muertos y 76.000 personas perdieron su vivienda y quedaron en la calle. El 10 de mayo siguiente se originaron 2.000 incendios sobre la capital, Londres. Hasta que la apertura de las hostilidades en Rusia no volviera hacia el Este a la aviación alemana, los ingleses no podrían respirar tranquilos. Por su parte, la Royal Air Force, durante los dieciocho primeros meses de la guerra, también procedió de manera localizada, bombardeando de noche, y preferentemente centros industriales. Tampoco sufrieron gravemente ni la moral ni la propia industria alemanas. Desde la primavera del 42, con mayor capacidad de destrucción, los "raids" sobre Alemania se hicieron más eficaces y renovaron su impulso. Mil bombarderos sobrevolaron Colonia, y Hamburgo sufrió los tristemente célebres "raids" incendiarios. Más del 80 por 100 de las aproximadamente 60 ciudades alemanas que contaban con más de 100.000 habitantes fueron destruidas o fuertemente alcanzadas. Con gran precisión, la aviación norteamericana tuvo entonces un importante papel. La Conferencia de Casablanca (enero de 1943) institucionalizó esta estrategia de destrucción aérea. Estados Unidos y Gran Bretaña se disponían a "destruir y desmembrar la organización militar, industrial y económica del país, así como minar la moral del pueblo alemán hasta el punto de infligir un golpe mortal a la resistencia armada". En dicho año se lanzaron sobre Alemania 120.000 toneladas de bombas, que causaron 103.000 víctimas. Al finalizar la guerra habían sido destruidos 3.600.000 edificios en las mayores 60 ciudades, pereciendo 500.000 civiles y dejando a la intemperie a 7.500.000 personas. Tampoco entonces la población alemana -y al contrario de lo que temía Goebbels, alarmado por la posibilidad de que cundiera un pánico total- desfalleció en el esfuerzo de guerra: el índice de producción total de Alemania en 1943 sobrepasó en más del 50 por 100 el del año anterior, y en 1944 se elevó todavía en un 25 por 100. La moral siguió, pues, alta en ambos bandos. Y ello dando por descontado un estado general de angustia entre la población, al que no escapaban tampoco los soldados, sabedores de los terribles problemas a que se hallaban expuestas sus familias. A pesar de ello, no provocó entre las poblaciones, de manera sensible ni directa, el deseo de exigir la paz. En Extremo Oriente, el bombardeo intensivo de Japón por los norteamericanos comenzó en noviembre de 1944; entonces los "raids" fueron de poca importancia, pero a partir de marzo de 1945 se arrojaron sobre Japón 43.000 toneladas de bombas al mes. Quedaron destruidas millones de viviendas, y se produjo una emigración masiva de las poblaciones urbanas hacia el campo; la industria se paralizó. El 6 de agosto se lanzó sobre Hiroshima la primera bomba atómica, y el 9 la segunda sobre Nagasaki. Las dos mataron a 111.000 personas, y produjeron otros muchos heridos. El horror, ahora, era infinito. Tampoco hay que minimizar, como se ha hecho tantas veces, la capacidad destructora de los bombardeos, por mucho que la población se enfrentara a ella con firmeza. Ni mucho menos ocultar la progresión desesperada con que se acudía al recurso desde el aire: si las víctimas en Francia, por este motivo, fueron relativamente reducidas, el ataque a la ciudad de Dresde, llena de fugitivos, el 13 de febrero de 1945, produjo aproximadamente un cuarto de millón de muertos.
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Como demostración de la evidente debilidad japonesa, la escuadra de Halsey atacó casi impunemente las bases y barcos nipones en Indochina, Hong Kong, sur de China, Formosa y Okinawa. El ataque de los aviones americanos a todos los rincones de la Gran Asia era mucho más significativo que los vuelos de kamikazes. Evidentemente, la suerte estaba echada. Después de que los aviones americanos bombardearan testimonialmente Tokio, en abril de 1942 no se repitió la operación. El siguiente ataque aéreo corrió a cargo del 20.° Mando de Bombarderos, que tenía sus bases en China y la India. En junio de 1944, 50 aparatos bombardearon Yawata, sede de la industria japonesa del acero. Pero los resultados del 20.° Mando fueron tan escasos y su mantenimiento tan difícil que fue retirado a principios de 1945. Los aviones que habían tomado parte en el ataque a Yawata eran, sin embargo, los más poderosos de la Segunda Guerra Mundial: las fortalezas volantes B-29. Cuando en el verano de 1944 los norteamericanos conquistaron las Marianas, los B-29 contaron con bases suficientemente cercanas a Japón para emplearse contra él. Así, a finales de octubre de 1944 quedó preparada la primera pista en la isla de Saipan (Marianas), y el 21.° Mando de Bombarderos envió a ella un Ala de Bombardeo con 112 B-29. Un mes después despegaban para bombardear Tokio, en una salida masiva. De los 111 aviones que habían partido regresaron 109, pero los resultados del bombardeo fueron escasos. Durante los tres meses siguientes, los aviones de Saipan bombardearon Japón durante el día, en ataques de precisión que tuvieron malos resultados, pero obligaron a dispersar la Aviación y parte de la industria aeronáutica japonesa. En el mes de marzo de 1945 ya había en las Marianas más de 300 bombarderos y se cambió la táctica. Como los japoneses tenían pocos cazas nocturnos, se bombardeó de noche y a baja altura, para lograr mejores blancos. El especial enconamiento de la guerra se reveló en la elección de los objetivos. Los bombardeos habían eliminado prácticamente la navegación costera y el tráfico de carbón se hacía ahora por ferrocarriles, especialmente vulnerables. Si los ataques aéreos se hubiesen dedicado a las vías férreas, el tráfico carbonífero se habría colapsado y, con él, la industria. El mismo Estado Mayor americano calculaba que con 650 salidas aéreas y un total de 5.200 toneladas de bombas podía conseguirse un objetivo que finalizaría la guerra en un breve plazo. Pero, en lugar de ello, se eligió el desembarco en Japón, precedido por una política de bombardeos masivos. En lugar de una pronta rendición japonesa pactada, se mantuvo la línea de rendición incondicional. Y los objetivos elegidos fueron las ciudades. Así, los B-29 realizaron unas 20.000 salidas y arrojaron 104.000 toneladas de bombas sobre las 66 principales ciudades y 29.400 toneladas sobre las instalaciones industriales más importantes. Desde marzo de 1945, las ciudades fueron preferentemente bombardeadas con artefactos incendiarios que causaban mayor destrucción que los explosivos sobre las frágiles viviendas japonesas, construidas en gran porcentaje con papel y madera. El 9 de marzo de 1945 cayeron sobre Tokio cerca de 2.000 toneladas de bombas incendiarias lanzadas por 279 superfortalezas B-29. La cuarta parte de la ciudad quedó arrasada. Hubo 267.000 viviendas destruidas y 185.000 personas muertas. En los días siguientes, Osaka, Kobe y Nagoya fueron devastadas, de manera que el día 19 los americanos suspendieron los bombardeos porque habían consumido las 10.000 toneladas de bombas incendiarias de su arsenal en las Marianas. Naturalmente, los servicios de municionamiento repusieron rápidamente sus depósitos, de modo que en julio se arrojaron sobre Japón tres veces más bombas que en marzo y, además, se lanzaron minas en las costas para impedir el tráfico marítimo. El pánico se apoderó de las poblaciones urbanas, y mucho más cuando los americanos tomaron la costumbre de lanzar octavillas avisando de los bombardeos inmediatos. Más de 8.500.000 japoneses huyeron al campo y la economía de guerra se derrumbó con la producción de las refinerías de petróleo al 15 por 100; las fábricas de equipo electrónico, al 30; las de motores de aviación, al 25, y las de aviones, al 40. Sin petróleo, bauxita, mineral de hierro y coque, las fábricas se convirtieron en silenciosas moles ennegrecidas, desgarradas por las bombas. Los bombardeos y la falta de barcos (de los que la última ofensiva aérea y submarina hundió 1.250.000 toneladas) destruyeron la vida económica de un país al que la política americana de rendición incondicional y los propios grupos de nacionalistas fanáticos empujaban a la resistencia final y la hecatombe, contra los deseos del emperador, partidario de una paz negociada.
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Al final del Arcaico se origina en el oriente de Norteamérica un espectacular desarrollo protagonizado por la cultura Adena (700 a.c.-400 a.C.), a la que siguen los desarrollos Hopewell (100 a.C.-400 d.C.). Son los constructores de montículos que, basados en el cultivo del maíz y otros productos secundarios, y en sucesivos contactos con grupos establecidos en el norte de Mesoamérica, incluirán en sus registros arqueológicos objetos muy complejos. Los montículos se construyen a partir de grandes amontonamientos de piedras y tierra hasta formar inmensos círculos, cuadrados, pentágonos y, en ocasiones, llegan a simular animales, como serpientes, osos, águilas y pájaros. También los grupos Adena levantaron montículos funerarios, en cuyo interior se colocaron individuos -por lo general, reducidos a cenizas- junto a ricas ofrendas. Algunos objetos de cobre, como brazaletes, collares y anillos, ponen de manifiesto la existencia de relaciones comerciales con comunidades que se asientan más al norte, en particular aquellas que habitaban el lago Michigan. Los grupos Hopewell complicaron aún más las costumbres funerarias Adena, construyendo algunos montículos funerarios que superaron los 500 m de diámetro, que fueron colocados en torno a espacios urbanizados y unidos mediante calzadas. Otras construcciones, sin embargo, tuvieron una naturaleza ritual, como es el caso del gran Montículo de la Serpiente en Ohio. En tales recintos funerarios aumentó la presencia de objetos de cobre comerciados con comunidades del lago Michigan, pero también se importaron conchas del Atlántico y del Caribe, mica de los Apalaches y otras materias primas como cuarzo, ópalo, calcedonia, esteatita y una amplia variedad de piedras duras, que fueron transformadas en objetos en los que representaron la fauna de la región. Hacia el 800 d.C. la complejidad Hopewell se trasladó hacia el sur, dando lugar a la Tradición Mississipeña, la cual tiene su fundamento en la introducción de nuevas variedades de maíz desde el norte de México. El éxito alcanzado por estas nuevas actividades de subsistencia, y por medio de la reactualización de algunas de las viejas rutas de comercio Hopewell, permitió la formación de densos asentamientos urbanos, algunos de los cuales como Moundville y Cahokia, alcanzaron una extensión de 13 km2 y albergaron 10.000 habitantes. En su interior, plazas, montículos, pirámides, murallas y grandes estructuras, recuerdan el esplendor de las grandes ciudades de Mesoamérica.
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La metalistería neoasiria está magistralmente ilustrada por las láminas de bronce de las Puertas de Balawat (la antigua Imgur Enlil), verdadera obra maestra de carácter decorativo. Las mismas, hoy repartidas en varias colecciones (el lote más importante, en el Museo Británico), provienen del Templo de Mamu, dios de los sueños, o según otros (pues el problema de su procedencia es discutido) del Palacio de verano de tal localidad. En su origen, tales puertas, de madera, tuvieron más de 6 m de altura, con dos batientes, cada uno de 2 m de amplitud; sobre ellos y sus quicios se dispusieron láminas de bronce repujado (2,43 m de longitud por 27,94 cm de altura) con textos epigráficos y escenas militares y religiosas de Salmanasar III, articuladas sin interrupciones. Entre ellas podemos señalar la conquista de la baja Caldea, el hostigamiento de fortalezas sirias, la llegada a Tiro y el regreso con el botín, y el descubrimiento de las fuentes del Tigris. Textos y apostillas contribuyen a la comprensión de las escenas. Del mismo Imgur Enlil provienen otras láminas de bronce, que adornaron las puertas del Palacio de verano de Assur-nasirpal II (hoy en el Museo de Iraq). De gran interés artístico y religioso es una magnífica plaquita de bronce (13,5 cm; Colección De Clerq), de la cual sobresale la cabeza del mítico demonio Pazuzu. Su anverso, de forma rectangular, presenta cuatro registros en los que se figura en bajorrelieve una escena de exorcismo practicado sobre un hombre enfermo, atormentado por la diosa infernal Lamashtu. Por el reverso, y con clara idea de volumetría, aparece la espalda de tal demonio, con cuatro alas y cola terminada en cabeza de ofidio. Otro magnífico relieve broncíneo, que revistió un altar o un trono, es el del fragmento (33 cm; Museo del Louvre) que recoge las imágenes de Assarhaddon y su madre Naqi'a, actuando en un rito sagrado. Los bronces de bulto redondo, con pequeñas excepciones, todos de gran calidad, han sido hallados fuera del territorio asirio, explicándose este fenómeno bien por el tamaño de las piezas que permitía su fácil transporte, bien por haber sido elaboradas en dichas zonas periféricas, a donde llegaba la influencia artística asiria. De entre todos los bronces hay que seleccionar los que representan al demonio Pazuzu, espíritu titular del Viento del Sudoeste, siendo el mejor ejemplar, sin desmerecer el que conserva el Ashmolean Museum, el exhibido en el Museo del Louvre (14,5 cm de altura), repetidamente publicado. Pazuzu está figurado de pie, con alas y patas de águila, y monstruosa cabeza con fauces de león; un anillo sobre la cabeza permitía llevarlo colgado como amuleto protector. En el Templo de Hera, en Samos, frente a la costa occidental del Asia Menor, se halló también un lote de figurillas de bronce, tenidas como asirias, de parecida factura al pequeño bronce de Tell Taynat (norte de Siria), hoy en el Museo de Antioquía, que representa a un hombre barbudo, semiarrodillado, portando el vaso manante entre las manos. Magníficas piezas del arte animalístico en bronce son los leones echados, de Kalkhu (Nimrud) y de Dur Sharrukin (Khorsabad), todos ellos de gran realismo y algunos con anilla dorsal para ser encadenados, a pesar de su pequeño tamaño (entre los 4,5 y los 41 cm de longitud), en las paredes, a modo de simbólicos guardianes. Muy interesante es el lote de dieciséis figuritas de león, halladas en el Salón del trono del palacio de Kalkhu, todas del siglo VIII, y de diferentes tamaños, lo que ha hecho pensar que se trataría de un sistema de pesas.
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El Hildesheim de Bernward se convirtió en uno de los centros creadores más importantes de la plástica otoniana. Hemos referenciado su aportación a la arquitectura, orfebrería y estatuaria, a las que debemos añadir los bronces monumentales que adoraron la gran basílica de San Miguel: las puertas y una columna triunfal.Las puertas fueron trasladadas por Godehard, sucesor de Bernward, a la catedral. Formadas por dos grandes hojas, de 4,72 metros de altura, se fundieron cada una en una sola pieza, en 1015, según reza en una inscripción. Sus autores realizan con esta fundición el empeño más grande conocido desde la Antigüedad, en cuyas técnicas se inspiran.Cada una de las hojas se divide en ocho registros rectangulares. En una, se narran ocho escenas del Génesis, desde la creación al fratricidio de Abel; en la otra, un número similar de escenas corresponde a un ciclo cristológico en paralelo con los tipos veterotestamentarios anteriores. Sentido narrativo y fórmulas iconográficas dependen de modelos inspirados en las viejas biblias de Tours, incluso a través de ilustraciones del "Codex Egberti". Jantzen las ha calificado de miniaturas fundidas en bronce. Resulta muy curioso el arte de resaltar la parte superior del cuerpo de las figuras, consiguiendo así unas formas que adquieren una plástica muy afín a las experiencias de la imaginería coetánea.En la misma fundición de las puertas, pero por artistas diferentes, se creó la Columna de Bernward, hacia el 1020. Es obra de una pieza, de 3,79 metros y un diámetro de 0,38. Resulta fácil señalar sus precedentes formales en las viejas columnas triunfales de los emperadores Trajano y Marco Aurelio. Subyace en esta creación la vieja ideología imperial que había contribuido a la formación de tantos aspectos de la iconografía cristiana. La historia victoriosa que se narra aquí corresponde a un ciclo cristológico de veintiocho escenas representadas a lo largo de una banda, de 45 centímetros de altura, que se extiende en espiral sobre el fuste. Es obra menos delicada que las puertas, tanto en el arte con que están plasmadas las figuras como en el contenido iconológico, aunque no se puede considerar, como se ha hecho, un arte popular y tosco.
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El relevo lo había tomado ya un príncipe de Herakleópolis, de nombre Sheshonk, descendiente de una familia de prisioneros libios asentados como soldados en colonias militares, establecidas por los Ramesidas en la mitad norte del país. Los mandos eran sus propios jefes nativos, con lo que su identidad y su orgullo nacionales podían mantenerse incólumes durante generaciones, como era el caso. Sus jefes, egiptizados ya, eran considerados y tratados, incluso en los templos de la comarca en que se hallaban, como príncipes locales. De este modo, el Medio y Bajo Egipto, desde Hermópolis al Delta, llegó a estar dominado por las colonias militares libias. El paso de una a otra dinastía se produjo al parecer sin traumas, pues Sheshonk proclamó gran dios a Psusennes II y se cuidó de restaurar sus estatuas en un largo reinado (945-924). Percatándose del peligro de disgregación del país si su ejemplo era seguido por otros jefes militares, colocó a sus hijos al frente de las plazas más fuertes, a Lamartu en Herakleópolis, y a Uputa al frente del sumo sacerdocio de Tebas, aunque en ambos casos el título era el de General, revelador de su carácter de militar más que de funcionario. Una vez seguro en el trono, inicia Sheshonk la anexión de Palestina, en la que llega hasta Megiddo. Los reyes de Byblos le erigen estatuas y permanecen fieles a él y a su dinastía. Los nombres más frecuentes en ésta -Sheshonk, Osorkon, Takelot- llegaron a sonar hasta la Península Ibérica, donde los encontramos, en sus correspondientes cartelas, grabados en los recipientes de alabastro de la necrópolis fenicia de Almuñécar (Granada). El empuje inicial de la dinastía XXII se fue debilitando hasta quedar reducido al señorío de Menfis. Desde mediados del siglo VIII, en efecto, reinaba en Tanis un nuevo linaje, el de Petubastis, fundador de la XXIII Dinastía, pronto reconocida en la Tebaida, aunque no sin disputa de otros pretendientes. Los nombres de Sheshonk IV, Osorkon III, Takelot II y Osorkon IV, sucesores de Petubastis, indican que la nueva dinastía pertenecía al tronco líbico como su predecesora. El último de los reyes citados fue testigo de cómo los nubios llegaban al Delta, donde él estaba ya reducido a su sede en la ciudad de Bubastis.
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La inmensa mayor parte de la población se encontraba jurídicamente en el denominado tercer estado, es decir, en las filas de los que sin privilegios jurídicos, sin práctico acceso al poder político, sin capacidad de moldear los valores sociales vitales, mantenían la monarquía con su trabajo. Tres eran los sectores productivos más importantes y numerosos: campesinos, artesanos y pescadores. Ellos eran los que generaban la totalidad de la producción y los que dominaban buena parte de los intercambios. A su lado, sin embargo, existía un minoritario grupo de burgueses que pese a su escasez numérica tenía una indudable importancia para la economía del país. Atendiendo al tipo de actividad, a la naturaleza de sus rentas, al volumen de sus patrimonios, al grado de su cohesión social y a la intensidad de su presencia política, pueden distinguirse tres grupos: los hombres de negocios, en su mayoría comerciantes mayoristas agrupados en los consulados de comercio; los mercaderes minoristas representados por los cuerpos generales de comercio; y, finalmente, los profesionales que ejercían como médicos, notarios, abogados o altos funcionarios y que a menudo se encontraban encuadrados en academias o colegios. Los que tuvieron una presencia estratégicamente más relevante fueron los grandes comerciantes. Al calor del crecimiento económico del país y del aumento del tráfico mercantil fue consolidándose una burguesía comercial cuyos efectivos a finales del siglo no superaban los 7.000 individuos. Su relativa escasez numérica no debiera confundirse con su importancia económica y social. Aunque en las diversas regiones la gran burguesía tuvo comportamientos específicos, puede afirmarse la existencia de unos comunes denominadores entre los mayoristas. La familia era el núcleo central de las operaciones económicas, allí donde se acumulaba el capital, se buscaban los socios y se forjaban las compañías. Y junto a la familia estaba la casa. Si la familia era un mundo de relaciones de parentesco cohesionado por el padre, la casa representaba la célula referencial que englobaba todo el potencial económico, la solvencia y la reputación profesional así como el prestigio social de los miembros activos e inactivos de la familia. La burguesía comercial tuvo unos orígenes sociales muy variados. En general, fue un grupo con tendencia a la apertura que reclutaba a sus miembros entre los hijos de los propios mayoristas, de los minoristas ricos, de los artesanos con fortuna o entre los segundones de acomodadas familias de propietarios campesinos. Si las primeras inversiones especulativas se saldaban con éxito, el camino podía ser recorrido sin obstáculos infranqueables. Ahora bien, en el seno de los mayoristas existía una fuerte jerarquización. En bastantes poblaciones portuarias es posible establecer una figura piramidal cuyo vértice estaba ocupado por una aristocracia burguesa minoritaria, económicamente poderosa y socialmente endogámica, con tradición en la ciudad respectiva y que era el núcleo dirigente del sector burgués. Por debajo existían diversas graduaciones de otros comerciantes mayoristas menos poderosos, menos reputados y con vidas mercantiles más azarosas. La procedencia geográfica de los mayoristas resultó también muy variada. La combinación de efectivos autóctonos, nacionales y extranjeros (franceses, ingleses, italianos y holandeses) fue particular en cada urbe. En Alicante, Málaga o Canarias la presencia extranjera era masiva. En Cádiz o La Coruña su participación fue muy notable, siendo buena parte de los burgueses locales meros testaferros que no controlaban la vida comercial. Por el contrario, en otras plazas como Bilbao, Valencia o Barcelona la burguesía autóctona dominó la situación. No faltaron tampoco las colonias de comerciantes españoles en distintas ciudades de la Península, especialmente vascos y catalanes, con una notoria predilección por Cádiz, donde se centraba el comercio colonial. La fortuna de los grandes comerciantes se encontraba bastante diversificada con el decidido objetivo de reducir el riesgo de pérdidas. La actividad central era el tráfico mercantil a riesgo o comisión, de ahí su habitual apelativo historiográfico de burguesía comercial. Oficio de comprar y vender sin tienda abierta que efectuaban en una variada geografía: aunque tenían en el propio país su zona preferente no descartaban andar los caminos de Europa o surcar los mares hacia las colonias americanas. Sin embargo, los grandes comerciantes no despreciaban invertir las primeras ganancias mercantiles en los más diversos negocios. Algunos tuvieron una presencia habitual en los arrendamientos urbanos o en los tratos con el Estado (arriendos de impuestos o intendencia militar). Fue también usual que los mayoristas frecuentaran el préstamo hipotecario, la negociación de letras de cambio, la compra de vales reales o la formación de compañías de seguros. Asimismo, la burguesía mercantil no tuvo vacilaciones en comprar propiedades inmuebles (rurales y urbanas) de las que extraer rentas y con las que salvaguardar sus economías en caso de dificultades comerciales o financieras. A veces participó en arrendamientos de derechos feudales, en otras ocasiones compró tierras para establecer a colonos o gestionar directamente su explotación. Y, en todo caso, el acceso al agro servía además para poder ascender en el escalafón social: tierras y colonos representaban un binomio de gran consideración en el momento de alcanzar los estratos bajos de la nobleza. Mucho más modesta fue la participación en actividades industriales. Y cuando se dio todo indica que, incluso en el caso de la industria algodonera catalana, la experiencia en tales empresas no fue dilatada. Así pues, la consigna del siglo fue la de sumar beneficios con rentas y cuando las cosas no iban bien sustituir los unos por las otras. El auge de estos grupos en las ciudades costeras (Cádiz, Barcelona, Valencia, La Coruña o Bilbao) y en el propio Madrid, facilitó una cierta toma de conciencia de grupo social diferenciado que supo poner a su servicio, y para el diálogo con la administración, a las instituciones consulares creadas a lo largo del siglo, especialmente tras los decretos de libertad de comercio de 1778. Sin embargo, esta toma de conciencia no derivó nunca en un enfrentamiento directo con el sistema político vigente, algo que no requerían sus negocios ni se lo permitía su tipo de cultura y mentalidad. Únicamente en la crisis finisecular, cuando las colonias americanas empezaron a estar seriamente amenazadas, algunas voces burguesas comenzaron a cuestionar tímidamente el edificio de un absolutismo ilustrado que les había permitido llenar las arcas familiares durante la centuria. En la mayor parte de las ciudades era asidua la presencia de una pequeña burguesía compuesta por mercaderes que atendían las necesidades de la venta al por menor en un número no superior a 15.000 al finalizar el Setecientos. Los principales mercaderes eran los de tejidos, especias y joyas. En todos los casos, la práctica mercantil a la menuda, centrada en la tienda y en el consumo local, era la actividad principal y casi exclusiva de estos mercaderes que no dedicaron particular atención al mundo de la producción. Ahora bien, en algunas ocasiones las ganancias en el mercadeo debieron ser significativas, puesto que no fue inusual que algunos minoristas, a menudo procedentes de ámbitos rurales, acabaran en las filas de los mayoristas. El caso de la burguesía comercial catalana fue paradigmático. Personajes de la alta burguesía partieron del pequeño comercio para ir frecuentando paulatinamente otros negocios (arrendamientos urbanos, suministros al ejército, construcción de barcos) hasta poder dar el salto al tráfico de envergadura y proceder así al cierre, a veces tardío, de sus tiendas. Con el paso del siglo, en una España corporativa como la del Setecientos, los mercaderes porfiaron por institucionalizarse adecuadamente. Primero lo hicieron a través de gremios y colegios a imitación de los organismos artesanales clásicos. Pero más tarde, hacia mediados del siglo, el deseo de imitar a sus parientes mayores que habían creado los consulados, el ejemplo previo y triunfante de los Cinco Gremios Mayores de Madrid y el estímulo de unos gobiernos que deseaban agrupar a todos los mercaderes, lograron consolidar los cuerpos generales de comercio en las principales ciudades españolas supervisados por la Junta General de Comercio. Proceso institucional que no se hizo sin conflictividad, puesto que artesanos y mayoristas, por razones distintas, vieron con malos ojos las actividades de las nuevas corporaciones. Con todo, su escaso número, el apego a la tienda y la mentalidad conservadora de la mayoría de sus miembros fueron otros tantos obstáculos para hacer de esta pequeña burguesía un grupo estimulante para la economía y la sociedad española. Los evidentes casos de dinamismo empresarial que también se dieron no pudieron impedir el predominio de esta realidad. Por último, cabe recordar que el aumento de la demanda de servicios y la intensificación de la división social del trabajo posibilitaron el auge y consolidación de una serie de profesionales. Unos estaban empleados por el Estado, formando una abigarrada cohorte de altos funcionarios jerarquizados que tenían bien delimitadas las formas de acceso, las modalidades de ascenso en la carrera burocrática y las tasas de sus emolumentos, más bien modestas en los estratos inferiores. La mayoría de estos funcionarios provenían de la Universidad dada su pertenencia a los colegios mayores (colegiales), instituciones duramente criticadas por los golillas, que eran los que disputaban las plazas que aquellos querían detentar en régimen de cuasi monopolio. Otros profesionales se dedicaban a los servicios que las necesidades ciudadanas requerían. Médicos, cirujanos, notarios, abogados o profesores provenían también de las universidades, pero no era extraño que completaran su arte con la enseñanza práctica transmitida en el seno familiar. Entre ellos, desde luego, poseían muy distintas funciones, rentas y acceso al poder público, con lo cual la posibilidad de crear instituciones que les amalgamaran fue difícil. Únicamente algunos profesionales urbanos lograron acomodarse en colegios (notarios) o academias (abogados o médicos), entidades de corte corporativo que englobaban a aquellas profesiones que no tuviesen relación con el trabajo mecánico y por tanto merecieran una mayor consideración social.
obra
La figura del Miles Christi era muy poderosa y atractiva en la Edad Media, puesto que proponía un personaje que reunía las características de un héroe fuerte, experto en las armas, aguerrido, así como las virtudes del buen cristiano, un soldado en defensa de la fe. Este modelo hizo que florecieran las órdenes militares, de monjes-guerreros, como los templarios, los caballeros de la Orden de Malta o los cruzados. El panel que los Van Eyck dedican a los Caballeros de Cristo en el Políptico de Gante flanquea en la parte más próxima al panel de la Adoración del Cordero Místico, uno de los más importantes del políptico. Este grupo debía estar integrado por figuras que todo el mundo pudiera reconocer como los más importantes caballeros de la cristiandad, por lo que se identifican tradicionalmente algunas figuras como Carlomagno, al fondo, con la corona de emperador. En primera línea estarían los santos guerreros por excelencia, San Martín, San Jorge y San Sebastián. Otros personajes reconocidos pertenecen al ambiente cultural y político de los Van Eyck, como el caballero Godofredo de Bouillon, sobre una mula blanca, el rey francés San Luis, el rey Arturo, Juan sin Miedo, el duque de Berry, etc.
contexto
Los estudiosos están de acuerdo en que los calendarios fueron creados por los olmecas, aunque en realidad no disponemos de evidencias fehacientes a este respecto. Lo que resulta indudable es que los calendarios se pusieron en vigor en el Formativo, a juzgar por una fecha encontrada en San José Mogote correspondiente al 600 a. C. También en Monte Albán existen fechas inmediatamente posteriores a este momento. Los mesoamericanos utilizaron dos ciclos básicos en sus calendarios. Uno ritual, él más antiguo, que contabilizó 260 días, y fue conocido por los mayas como Tzolkin, y con el nombre de Tonalpohualli por los aztecas. Se componía de 20 días con sus nombres que se combinaban con un número del 1 al 13, de manera que su recurrencia coincidía cada 260 días. De innegable sentido ritual, ha pervivido hasta hoy día en algunas zonas específicas, como ciertos pueblos de los Altos de Guatemala. El segundo ciclo sigue el comportamiento del sol. Consta de 20 meses de 18 días, más otro mes de 5 días. Los aztecas denominaron a este sistema con el término de Xihuitl y los mayas con el de Haab. De estos 365 días, sólo 4 pueden ocupar la primera posición de cada mes, y fueron denominados como Cargadores del Año. Los días aztecas Cargadores del Año fueron Acatl (rojo), Técpatl (obsidiana), Calli (casa) y Tochtli (conejo); y los mayas, Ik, Manik, Eb y Caban. Ambos ciclos fueron combinados, dando lugar a un tercero denominado Calendario Redondo, de 52 años, tiempo necesario para hacer coincidir nuevamente la primera fecha de ambos calendarios. Este acontecimiento, del que participaron las principales civilizaciones mesoamericanas, fue muy celebrado, y tuvo un especial significado adivinatorio y ritual, que culminó con la celebración de las ceremonias denominadas del Fuego Nuevo.