Los autores de estas crónicas Muy diferente en lo que concierne a la cantidad es la información disponible acerca de los autores de las relaciones que ahora se reúnen para su publicación. De quien más noticias han llegado hasta nuestros días es de Fray Gaspar de Carvajal, de cuya biografía quedan escasas lagunas significativas29. Al contrario, sobre Pedrarias de Almesto apenas se cuenta con la información que él mismo ofrece en su relato. Y lo mismo puede decirse acerca de Alonso de Rojas, de quien sólo contamos con las escasas noticias reunidas por Jiménez de la Espada. El cronista de la expedición de Orellana, Fray Gaspar de Carvajal, nació en Trujillo, en 1504. Debió ingresar muy joven en la Orden de Santo Domingo de Guzmán. A fines del año de 1536 formó parte de un grupo de ocho dominicos que se trasladaron a Indias, llegando a la ciudad panameña de Nombre de Dios. Según Toribio Medina, en 1538 se hallaba ya en Lima, cuyo obispo, Fr. Vicente de Valverde, también dominico, era precisamente quien había solicitado la venida de los frailes a la Ciudad de los Reyes. En ella debió conocer Fray Gaspar a Gonzalo Pizarro, cuando éste se hallaba de paso dirigiéndose hacia su gobernación de Quito, y con él partió, para servirlo como capellán. Una vez organizada la expedición en busca de la canela, Carvajal se adentró hacia las selvas del oriente ecuatoriano con Pizarro, pero al separarse Orellana del gobernador, el dominico descendió por el río en compañía de este capitán. Carvajal se convertiría así en testigo de la imposibilidad de regresar al lugar donde Pizarro había establecido su real en espera de provisiones, por lo que su testimonio en favor de la actitud de Orellana es de gran valor frente a la pretendida traición del capitán de la expedición descubridora del Amazonas. Durante el viaje, Fr. Gaspar recibiría dos heridas de flecha, ambas el día de San Juan de 1542, una de las cuales le costaría la pérdida de un ojo. Al finalizar la primera navegación por el Amazonas, una vez llegados los expedicionarios a la isla de Cubaguá, Carvajal tiene noticia de la muerte de Fr. Vicente de Valverde y decide regresar al Perú; allí se entera de los cargos que pesaban contra Orellana por su presunta traición y, sin duda, éste fue uno de los motivos inmediatos que lo animaron a escribir su relato de los acontecimientos. En 1544 se encuentra en el convento de Lima y será prior del de Cuzco en 1548, desde donde La Gasca lo enviará a Tucumán como protector de indios. En 1557 fue elegido provincial de la Orden de Santo Domingo en Perú. Murió en el convento de Lima en 1584, tras una vida rica en acontecimientos, en los que su buen ánimo siempre jugó un papel activo. Apenas se tienen datos acerca del autor de dos relatos, de desigual valor, sobre la expedición de Ursúa y Aguirre. Se sabe que Pedrarias de Almesto era también extremeño, concretamente de Zafra. Tras los acontecimientos en que participó, que narra en la relación que ahora ve de nuevo la luz, prestó declaración ante la Audiencia de Santa Fe, que lo eximió de culpabilidad por su intervención en ellos. Su nombre figura entre los "marañones" que regresaron a España tras la expedición de Aguirre. Con respecto al probable autor de la relación del viaje de Pedro Texeira, el secretario del cabildo catedralicio de Quito, Diego Rodríguez Docampo, dice en su obra Descripción y relación del estado eclesiástico del Obispado de San Francisco de Quito: "De España; profeso, catedrático y prefecto en esta Universidad; gran predicador y sobremanera devoto de la Virgen Ntra. Sra. Ha sido rector en este Colegio"30. Se refiere el autor al Colegio Máximo de la ciudad de Quito. Rasgos biográficos de los expedicionarios La mayor parte de quienes dirigieron las expediciones descubridoras del Amazonas son personajes bien conocidos y sus biografías han sido divulgadas en numerosas ocasiones. En algunos casos incluso han servido como asunto literario, sin duda por su carácter épico. Las páginas que siguen sólo pretenden, por tanto, que el lector de estas crónicas tenga a mano algunos apuntes en que se recojan las circunstancias más significativas en la vida de aquellos hombres que intervinieron activamente en acontecimientos de tan gran magnitud. Francisco de Orellana Emparentado con los Pizarro, nació Francisco de Orellana en Trujillo, hacia 1511, si se admite su propia declaración. Pasó muy joven a Indias, pues se le atribuyen algunas aventuras en América Central, concretamente por tierras nicaragüenses, hacia 1527. Lo más importante de este bautizo americano de Orellana es que precisamente llega en un momento de verdadera ebullición de las ideas y acciones en búsqueda de un estrecho que comunique los dos océanos. Las promesas de recompensa que Carlos I mantenía a este respecto debieron incidir decisivamente en un joven de dieciséis años. Asimismo, fue un factor desencadenante de su conducta futura el contacto que mantuvo con Francisco Ruiz, compañero de Diego de Ordás en su entrada a Paria. Por otra parte, la llegada del joven Orellana a América viene a coincidir con la de Pedro de Alvarado, constante indagador de una ruta conveniente a la especiería. La mentalidad descubridora que el joven extremeño debió conocer, en frecuentes conversaciones sobre proyectos muy diversos, tuvo que influir poderosamente en su ánimo, y vino a orientar su personalidad por el camino de la aventura. Aún queda un aspecto de su formación que se forjará en las tierras del Perú: su preparación como soldado. Orellana debió pasar al Perú antes de 1535, quizás con Alvarado, o con Almagro, o, más probablemente, con Pedro Álvarez de Holguín. La formación militar de Orellana se consolidará entre 1532 y 1538, cuando contaba entre veintiún y veintisiete años. Su fogosidad en las batallas le llevó a perder un ojo, a causa de un flechazo, hacia los veinticuatro años. Fue en esta época cuando se puso en contacto con los más famosos conquistadores del Perú. Incrementó las tropas de Hernando Pizarro en la batalla de las Salinas con 500 hombres, y en ese momento ya era capitán. Tras dicha batalla, Francisco de Pizarro envió a Orellana a poblar la ciudad de Santiago de Guayaquil, que había fundado Belalcázar y habían arrasado los indígenas. En Guayaquil tomó contacto con una región que anticipaba de alguna manera lo que sería el escenario de su aventura posterior. Además intuyó el valor estratégico de la cuenca del Guayas, sobre todo porque servía de enlace entre las tierras del sur y las del macizo ecuatoriano. Por esta época comenzaría a embriagarse con las noticias legendarias acerca de regiones repletas de riquezas, que se iban divulgando por el área de influencia de Quito, cuya demarcación se hallaba bajo el mando de su pariente Gonzalo Pizarro. Empezaban a cobrar fuerza en él la creencia en una serie de leyendas, que habrían de convertirse en poco tiempo en los mitos impulsores de grandes expediciones: eran las relativas al País de la Canela y al señorío de El Dorado. Además, en los oídos de Orellana debían resonar las palabras de Belalcázar acerca de la existencia de una posible vía de comunicación entre Quito y el mar del Norte. Por un acuerdo entre Gonzalo Pizarro y Orellana se organizó la expedición en busca del País de la Canela. En la mente de Pizarro está la vieja idea, ya acariciada desde la época de Huayna Capac, de establecer relaciones con la región de Macas y Quizna, los límites de la región canelera, empresa que ya había intentado Gonzalo Díaz Pineda. Varios meses después de haber comenzado el viaje, las noticias que dan los indígenas de la existencia de un gran despoblado aguas abajo hacen que Orellana se separe de Pizarro con medio centenar de hombres, para buscar provisiones. Carvajal, que acompañó a Orellana en su descenso por el río, cuenta detalladamente estos acontecimientos en su relación y se detiene en mostrar la imposibilidad de regresar al punto de encuentro convenido con Pizarro, para disipar cualquier duda sobre la rectitud de las acciones del capitán de la expedición. De las páginas del dominico se desprende asimismo que Orellana había adquirido cierta habilidad en el trato con los indígenas, así como una curiosa facilidad para adentrarse en el entendimiento de sus lenguas, a veces por medio de la elaboración de vocabularios. Con sencillez, Fray Gaspar resalta las cualidades personales y militares del descubridor. A lo largo del relato se muestra también un elemento fundamental para entender la actitud del capitán extremeño; se trata de su ansia descubridora. Si al principio parece que la búsqueda de la canela es el motivo más inmediato de la expedición, desde el momento de la separación del real de Pizarro, la idea de alcanzar la salida al mar se perfila como la finalidad primordial del viaje; aunque, eso sí, arropada en las tramas legendarias del oro de Omagua y del señorío de las Amazonas. Después de la expedición llega Orellana a Cabuguá, el 11 de septiembre de 1542; el otro bergantín había llegado dos días antes. Desde allí pasó a Santo Domingo, donde tuvo ocasión de conocerlo Gonzalo Fernández de Oviedo. Poco después regresó a España, a la Corte, en busca de capitulaciones para gobernar las regiones descubiertas. Consiguió la Capitulación del 13 de febrero de 1544, firmada por el príncipe, en ausencia de Carlos I, por la que se le concedían 200 leguas al oeste de la desembocadura del Gran Río. El 11 de mayo de 1545 emprendió el camino de vuelta. El 20 de diciembre llegaba de nuevo al Amazonas, según el testimonio de Francisco de Guzmán, compañero de Orellana, que relata esta nueva expedición31. La muerte lo sorprendió, probablemente, más allá de la actual ciudad de Santarem. La iniciativa de poblar estas regiones había fracasado con la muerte del capitán extremeño. Sería casi un siglo más tarde cuando comience la efectiva ocupación del Amazonas por los europeos.
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Los nuevos aires democráticos animaron el debate intelectual en su conjunto, al facilitarse la apertura a los nuevos discursos culturales y científicos de allende nuestras fronteras. Sin embargo, los avances culturales perceptibles en estos seis años tuvieron un carácter elitista, más que otra cosa, siguiendo las pautas de decenios anteriores. También es cierto que en tan breve espacio de tiempo resultaba imposible que cuajaran transformaciones apreciables en el nivel educativo y cultural global de la sociedad española. Así, los grandes indicadores, como es el caso del analfabetismo, permanecen constantes, con una ligera tendencia a la baja, fruto más de la tendencia secular que de la acción educativa y formativa de la época. En este aspecto el ideal de los reformadores intelectuales que trajeron la revolución democrática, la ampliación de la cultura a todos los estratos sociales, no pudo llegar a buen puerto. La extensión del debate intelectual tuvo sus principales repercusiones en el ámbito de la cultura política. En términos globales la cultura política se expandió con mayor profundidad en la sociedad. Sus principales difusores fueron los periódicos. Asombra el incremento del número de diarios y de publicaciones periódicas en general a lo largo de este período; sin embargo, todavía faltarán algunos años para que se consoliden en España las modernas empresas periodísticas, no antes de los años ochenta. Entre 1868 y 1874 periódicos tales como El Imparcial o La Correspondencia de España son los embriones de una nueva época periodística que está por cuajar. No obstante, el alto consumo de la prensa aseguró esa ampliación de la cultura política a la que hacíamos referencia. Es en el campo del pensamiento donde se denotan los cambios más perceptibles y duraderos: desde la introducción del darwinismo y de la teoría evolucionista hasta la irrupción del nuevo espíritu positivo, ya a finales del período. En todo ello tuvo mucho que ver la consolidación del krausismo y, con él, la madurez de las nuevas elites intelectuales formadas a lo largo de los años sesenta. El krausismo español, desarrollado por Sanz del Río, consistió en una concepción racionalista basada en una visión antropológica del mundo. Su organicismo antropológico partía de la identidad del hombre con el Ser, por lo que el conocimiento de la Naturaleza se hacía posible a través de la introspección. Frente a la ley de la causalidad adoptada por la ciencia moderna, a partir de la síntesis absolutizadora del sistema newtoniano realizada por Kant y aceptada por el positivismo, los krausistas oponían una concepción del orden matemático del Mundo sustentada en la escala de los seres, que revelaba la unidad formal del Mundo. La ciencia experimental, a diferencia de lo que ocurría con la ciencia moderna, pasaba de ser el espacio de contrastación de las teorías y leyes que desvelaban las causas verdaderas a simple instrumento verificador de la evidencia establecida por la deducción filosófica. El distanciamiento con los postulados dominantes en la ciencia del siglo XIX resultaba significativo. Lo fundamental era, pues, elaborar un complejo sistema de categorías, quedando reducida la comprobación empírica a la simple confirmación de una ciencia doctrinal. Por eso el racionalismo antropológico de los krausistas generaba dificultades de orden epistemológico a la hora de establecer el status de la ciencia experimental. Los trabajos de Augusto González de Linares, Enrique Serrano Fatigati, Salvador Calderón, Francisco Quiroga, Ignacio Bolívar y Eduardo Boscá, estudiantes de doctorado en Ciencias con Giner de los Ríos entre 1867 y 1874, les llevaron desde la concepción organicista característica del krausismo hacia una visión adaptativa, acorde con los postulados de la teoría darwinista para explicar el origen y la evolución de los organismos vivos. Aunque Salmerón, en el prólogo a la traducción de la obra de J.W. Draper Los conflictos entre la religión y la ciencia, publicada en 1876, defienda la generación espontánea excluida de la teoría darwinista, fueron los krausistas los primeros en aceptar en España la teoría de la evolución, a pesar de no compartir el principio de selección natural. El krausismo había animado el debate cultural y científico de los años sesenta, y proyectó, en el último tercio de siglo, con su racionalismo antropológico, la idea de transformación íntima del individuo, traducida en una aspiración reformista del hombre y en un espíritu religioso en contacto íntimo e individual con Dios. Pero también el individualismo krausista llevaba implícita una dimensión social del hombre, un sentido democrático que significaba un intento de moralización de la vida social española, la revisión democrática del universo liberal y la actividad pedagógica. Las ideas evolucionistas penetraron en España y se difundieron rápidamente, inaugurando un largo debate, al calor de las posibilidades abiertas por la revolución de 1868. Hasta esas fechas, en un contexto de relativo estancamiento de la vida científica, apenas se habían realizado alusiones a las teorías evolucionistas. Parece que el primer comentario específico sobre la evolución fue realizado en las conferencias del médico José de Letamendi, en el Ateneo barcelonés, en abril de 1867. La escasísima presencia del darwinismo hasta ese momento contrastó con su enorme penetración y difusión entre 1868 y 1871, para alcanzar su cenit en 1872, con un debate sobre la mutabilidad de las especies y el origen del hombre. En este año se había publicado la traducción francesa de Darwin, y más tarde se traducirán al español Origen del hombre -1876-, y Origen de las especies -1877-. Durante el Sexenio democrático jugaron un importante papel en la difusión de las ideas evolucionistas las sociedades científicas, como la Sociedad Histológíca, donde se discutieron los avances científicos europeos, al igual que en el Ateneo de Madrid y en la Sociedad Antropológica Española. Además de Madrid, el debate tomó cuerpo por todo el país, sobre todo en Sevilla, Granada, Barcelona, Valencia y Canarias. El evolucionismo tendrá notable influencia en la ciencia y en la medicina, en particular en la escuela histológica, desde Simarro a Ramón y Cajal, pero además de cuestiones biológicas implicó nuevos cauces de discusión sobre la concepción del hombre y del mundo. Así pues, con la llegada del Sexenio se van a difundir las nuevas tendencias naturalistas: darwinismo, naturalismo alemán, psicología y antropología científicas, a través de encendidas polémicas. El positivismo inició su penetración en España. Patricio de Azcárate publicó, en 1870, Del materialismo y positivismo contemporáneos, en el que exponía el recorrido del naturalismo alemán desde el materialismo especulativo de Feuerbach al naturalismo positivo de la ciencia alemana de mediados del siglo XIX. En 1871, Urbano González Serrano, discípulo de Nicolás Salmerón, introdujo en Los principios de la moral con relación a la doctrina positivista una de las cuestiones que más claramente separarán el krausismo del positivismo: la fundamentación de la moral. La crítica del positivismo a toda metafísica representaba un ataque directo contra los presupuestos de la moral krausista en su afirmación del conocimiento racional de lo absoluto. Francisco de Paula Canalejas, al publicar en 1872 sus Estudios críticos de Filosofía, Política y Literatura, presentaba al krausismo como la mejor alternativa para hacer frente a los dos males del siglo: "el escepticismo criticista y el materialismo naturalista". Desde el hegelianismo de derechas de Antonio María Fabié se combatía en Examen del materialismo moderno, recopilación de sus artículos de 1874 en la Revista Europea, al positivismo como introductor del materialismo, acusando de dicho pecado al darwinismo, al naturalismo alemán, a la psicología empírica o a la filosofía de la historia positiva. Las nuevas corrientes científicas encontraron un caldo de cultivo apropiado en los cambios introducidos por la revolución de septiembre. Las teorías naturalistas y antropológicas se abrieron camino con la publicación, desde 1872, de los Anales de la Sociedad Española de Historia Natural y con la fundación, en 1874, de la Revista de Antropología por la Sociedad Antropológica Española. En estos años se registra una explosión editorial, que trataba de recuperar el tiempo perdido mediante la primera edición o reedición de autores como Galileo, Newton, Leibniz, Bacon, Descartes, Voltaire, Spinoza, Pascal, Rousseau, Kant, Schelling, Comte, Condillac, Holbach, Goethe, Büchner... La polémica entre metafísicos, desde el hegelianismo de Montoro y Fabié y el krausismo de Serrano y Azcárate, eclécticos como Moreno Nieto, y antimetafísicos, desde los neokantianos Perojo y Revilla a los positivistas Simarro, Cortezo, Estasén, Pompeyo, Gener y Ustáriz, polarizó la vida intelectual del Sexenio democrático. En Cataluña, esta polémica adquirió ribetes específicos en función de la cuestión nacional, desde los postulados idealistas, racionalistas, radicales y subjetivistas de Pi y Margall, influido por el pensamiento de Montesquieu, Herder, Hegel, Proudhom y Louis Blanc, al positivismo realista, ecléctico y objetivista de Vicent Almirall, inspirado en Jefferson, Hamilton, Spencer y Darwin, que marca el nuevo rumbo de la Renaixença catalana. Por lo que respecta a la vida académica, el nuevo interés científico se saldó con la aprobación, durante la I República, del plan Chao, de 1873, por el que se creaban en Madrid las facultades de Matemáticas, de Física y Química y de Historia Natural, además de separar Filosofía y Letras en sendas facultades. En el plan se hacía hincapié en la necesidad de desarrollar la enseñanza experimental en ciencias, mediante la correspondiente dotación de laboratorios. El plan era reflejo de la importancia que las nuevas autoridades otorgaban al desarrollo de la ciencia y, en general, de la educación universitaria para sacar a España del retraso acumulado con respecto a los países más avanzados de Europa, en plena concordancia con los postulados del krausismo y con los principios del positivismo, en los cuales se situaban. El fin de la República en 1874 hizo que el plan Chao no pasara de ser un mero proyecto, frustrado una vez más. El fracaso de la experiencia republicana, saldado con el retorno de la dinastía borbónica, influirá en el carácter moderado que tomará el positivismo español. El desorden en el que se sumió la República llevó a los krausistas abiertos a los nuevos postulados del positivismo, como Gumersindo de Azcárate, y a los positivistas a la convicción de la bondad del enfoque de Comte de lo que debía ser la política positiva. Las posiciones reformistas del republicanismo, desde el posibilismo de Castelar al centrismo de Salmerón, creyeron encontrar justificación científica en la afirmación comtiana de la "necesidad simultánea de orden y progreso", que engarzaba perfectamente con el gradualismo spenceriano, según el cual "no se puede abreviar el camino entre la infancia y la madurez, evitando el enojoso proceso de crecimiento y desarrollo que se opera insensiblemente con leves incrementos, tampoco es posible que las formas sociales inferiores se hagan superiores sin atravesar pequeñas modificaciones sucesivas". También los aires de libertad del Sexenio animaron el renacimiento de la novela española y su orientación realista y naturalista. No es de extrañar que la generación de Valera, Pérez Galdós, Pereda, Alarcón... recibiera el sobrenombre de Generación de 1868. El costumbrismo de Fernán Caballero -Cecilia Bóhl de Faber- o del mismo Pereda había actuado de gozne transitorio entre el romanticismo y el realismo bajo los presupuestos del moderantismo histórico, que había encontrado en el casticismo y en el pintoresquismo una vía para hablar de la realidad sin tener que referirse a ella. La extensa vida literaria de Galdós le lleva desde el realismo de sus primeras obras, de agitación política dentro del marco de la revolución de 1868 como La Fontana de Oro y El audaz, hasta el espiritualismo de sus últimas creaciones, Nazarín o Halma, pasando por el naturalismo de La desheredada y Tormento, influenciadas por un cierto determinismo biológico, o El amigo manso, en donde el naturalismo se carga de ironía, para llegar a su esplendor narrativo en Fortunata y Jacinta, alcanzando el cenit del naturalismo en una obra tardía, Misericordia, cuando las inquietudes espiritualistas de Galdós ya están presentes. Juan Valera publicó su Pepita Jiménez en 1874, como inicio de la novela psicológica. Pereda y Alarcón son representantes del conservadurismo narrativo. Pereda, carlista y diputado en 1868, publicó en 1871 Tipos y paisajes. Alarcón, unionista, montpensierista y después alfonsino, publicó La Alpujarra en 1873. José de Echegaray comenzaba a destacar en el teatro, mientras que Núñez de Arce lo hacía en el ámbito de la poesía. En suma, la ambientación cultural del Sexenio se proyectó, sobre todo, en las elites sociales y en las capas medias ilustradas. Más que un corte rotundo con etapas anteriores asistimos a la plena consolidación de corrientes anteriores o a la primera presencia de nuevas formas de pensamiento, que encontrarán su madurez en las últimas décadas del siglo. De todas formas, se denotó una mayor articulación con las renovadoras corrientes europeas de pensamiento.
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En parte, el crecimiento de la producción industrial se vio favorecido por una serie de innovaciones técnicas acaecidas en este siglo. La larga época de la técnica rudimentaria, de la madera como casi único combustible, del predominio de la energía de origen humano y animal y, en menor medida, hidráulico y eólico, empezaba a cambiar con la invención de máquinas-herramienta que mecanizaban ciertas operaciones del proceso productivo y la introducción de nuevos combustibles y fuentes de energía en un proceso iniciado en Gran Bretaña y más tarde (y también más lenta e imperfectamente) extendido al Continente. Dichas innovaciones no fueron, en líneas generales, resultado de los avances científicos, sino más bien de los tanteos empíricos, el ingenio, la experiencia de unos inventores que, por otra parte, continuaban una tradición de pequeños perfeccionamientos. Pero a la ciencia correspondería la aportación, nada desdeñable, del método y el afán experimentador y otras contribuciones, mucho más decisivas, en campos como la química o en el descubrimiento de la máquina de vapor. Y también existieron sociedades, como la Royal Society de Londres o la Literary and Philosophical Society de Manchester, que reuniendo a científicos, hombres de negocios y aficionados contribuyeron a difundir conocimientos y avances técnicos, potenciando el sincretismo entre ciencia e industria. En el Continente hubo proyectos destacados, como la Description et Perfection des Arts et Métiers, encargada a R. A. F. de Réaumur por la francesa Académie Royal des Sciences en 1711 (comenzaría a publicarse medio siglo más tarde, ya fallecido su autor), o la Encyclopédie, de Diderot. Pero las instituciones científicas continentales, y especialmente las francesas, solían ser más elitistas que las inglesas y cultivaban más bien estudios abstractos y de difícil aplicación práctica. Lo que sí tuvo una influencia decisiva en el origen de los inventos fue la propia expansión económica, el aumento de la demanda y el alza de precios de los artículos manufacturados. Muchas de las innovaciones trataban de satisfacer esa demanda en auge y su aplicación pudo generar desequilibrios cuya resolución requeriría nuevas invenciones. Esto último se observa meridianamente en la industria textil, sobre todo en el sector algodonero (aunque es posible que algunos inventos fueran pensados para trabajar la lana, las propiedades de la fibra vegetal reorientarían su aplicación; sólo en el XIX se mecanizará masivamente la producción lanera). La primera innovación destacable es la lanzadera volante (fly shuttle), patentada por John Kay en 1733, que mediante un sistema de levas y planos inclinados permitía a un solo trabajador tejer piezas de anchura superior a la de sus brazos extendidos (hasta entonces se precisaba un ayudante para ello). Se incrementaba, pues, la productividad de los tejedores, pero su difusión por Lancashire en los años cincuenta y sesenta, generó una demanda de hilo cada vez mayor, que chocaba con la limitada capacidad de producción de las ruecas tradicionales. El problema comenzó a resolverse por James Hargreaves, que en 1765 ideó la jenny o spinning jenny -se jugaba con el doble significado de jenny: viejo sinónimo de engine (máquina) y nombre propio; la tradición quiere que fuera el nombre de la hija del inventor-, una máquina que, movida por una sola persona, permitía el hilado de varios hilos a la vez (a finales de siglo superaba ampliamente el centenar). De pequeño tamaño y precio reducido, se adecuaba bien al trabajo a domicilio, más su hilo, fino y frágil, era apto sólo para la trama (hilos que constituyen el ancho de la pieza), pero no para la urdimbre (la base del tejido, que determina su largo). En 1769, Richard Arkwright ideaba la water frame (torno de hilar de agua) que, movida por energía hidráulica (el primer modelo construido lo fue por un caballo), daba un hilo resistente, válido para la urdimbre pero no para la trama. Finalmente, la mule jenny o, simplemente, mule, de Samuel Crompton (1779), combinaba los principios de las dos máquinas anteriores y conseguía un hilo fino y resistente y apto tanto para la trama como para la urdimbre. La difusión de la mule invirtió los términos del desequilibrio original: ahora había superproducción de hilo, que incluso se llegó a exportar al extranjero. El remedio comenzó a perfilarse en 1785 con la patente, por el reverendo Edmund Cartwright, de un complejo telar mecánico, progresivamente perfeccionado y al que se le terminaría incorporando una máquina de vapor; su eficiencia, sin embargo, fue limitada y habrían de pasar no menos de treinta y cinco años antes de conseguirse un telar mecánico verdaderamente eficaz (el de Roberts) y esto sólo para los tejidos gruesos. El aumento de la producción textil generó un nuevo desequilibrio, esta vez relacionado con las crecientes necesidades de ácido láctico (derivado de la leche), espacio físico y colorantes, respectivamente, para el lavado, blanqueo y teñido de las telas. La solución vendría esta vez de la mano de la ciencia química. El ácido láctico pudo sustituirse por el sulfúrico desde que entre 1736 (Joshua Ward) y 1746 (John Roebuck) pudo conseguirse en cantidades industriales. Y en 1785 se lograría la aplicación industrial del cloro, cuyo poder blanqueador había descubierto en 1774 el sueco Karl Wilhelm Scheele, liberando para usos agropecuarios los espacios hasta entonces destinados a extender tejidos al sol; la peligrosidad del cloro, sin embargo, no consiguió eliminarse hasta que en 1798-1799 se consiguieron los polvos de blanquear, a partir de la acción del cloro sobre la cal apagada. El impulso en el campo de la siderurgia vendrá por la relativa escasez del combustible tradicional, la madera (y su derivado, el carbón vegetal). Su sustituto, el carbón mineral, conocido desde la Edad Media, proporcionaba un producto con altas tasas de impurezas (carbono y silicio). Culminando una serie de ensayos que tenia casi un siglo de historia, hacia 1709 Abraham Darby conseguía en Coalbrookdale, utilizando coque -carbón mineral previamente quemado-, producir a escala industrial un hierro aún de deficiente calidad, más caro que el producido por carbón vegetal (de ahí la lentitud en la difusión del sistema), pero muy útil para elaborar mediante una técnica propia piezas moldeadas de gran demanda (calderos, planchas, morteros...). El encarecimiento del carbón vegetal por la presión de la demanda desde los años cincuenta-sesenta introdujo un importante cambio, intensificándose el uso del coque e impulsando las experiencias para la resolución de los problemas planteados. Y así, se eliminaron impurezas refundiendo el hierro en unos nuevos hornos, los de reverbero. Se mejoró la inyección del aire necesario para la combustión, obteniendo un chorro continuo, potente y estable mediante el uso de energía hidráulica, que en 1776 John Wilkinson sustituiría por una máquina de vapor -nótese lo temprano de la fecha: fue su segunda aplicación industrial-. En un ambiente de experimentación en el sector, Henry Cort, entre 1781 y 1784, daba un paso decisivo al convertir arrabio en hierro dulce (sin impurezas) en un horno de reverbero mediante el pudelado, es decir, batiendo el arrabio en el horno expuesto al calor, pero evitando el contacto con la llama. La utilización, por el mismo Cort, de un juego de rodillos accionados mecánicamente para laminar el hierro candente (convertirlo en planchas) o darle forma de barras (acanalando los rodillos) completó los principales avances del sector en este siglo. Si en 1750 sólo el 5 por 100 del hierro producido en Gran Bretaña se obtenía con coque, en 1790 ya había 81 altos hornos de coque frente a sólo 25 de carbón vegetal. La generalización del uso del hierro no llegará hasta el siglo XIX (su precio era todavía elevado), pero el XVIII conoció ya algunas aplicaciones espectaculares y precursoras, como la construcción, en 1779, por el tercer Abraham Darby del primer puente de este material (sobre el río Savern), cuyos nervios principales rozaban los 20 metros de longitud y la botadura del primer barco de casco metálico (1784). La máquina de vapor completa, junto con los avances en los sectores textil y siderúrgico que acabamos de ver, la clásica trinidad de avances técnicos del Siglo de las Luces (y, más concretamente, de la revolución industrial, a la que luego nos referiremos). Con una serie de antecedentes en diversos países hay que citar, entre otros, al incomprendido francés Denis Papin-, el inicio de la utilización del vapor de agua como fuente de energía está unido a la necesidad de achicar el agua de los pozos mineros, tarea que a principios del XVIII exigía un elevadísimo número de caballos. Thomas Savery ideó en 1698 una bomba que aprovechaba el vacío producido por la condensación del vapor de aguza al enfriarse repentinamente; Thomas Newcomen (1711) la mejoró, haciendo que el vapor actuara no directamente, sino por intermedio de un pistón o émbolo móvil. Aunque hubo posteriores perfeccionamientos de detalle, la esencia de la máquina -desde mediados de siglo utilizada esporádicamente en alguna otra industria- permaneció inmutable hasta las modificaciones de James Watt, mecánico escocés empleado en la universidad de Glasgow: la introducción de un condensador de vapor independiente (1765), que suprimía la necesidad de la presión atmosférica y, tras años de experimentaciones, el doble efecto (1780) que, mediante el sistema biela-manivela (por cierto, conocido desde muchísimo antes; Watt solía decir que se lo había sugerido el mecanismo utilizado habitualmente por los afiladores) transformaba el movimiento de vaivén en un movimiento circular. La importancia de la máquina de vapor era doble: contribuiría al desarrollo fabril, al conseguir una fuente de energía regular e independiente de las condiciones naturales, y, al mismo tiempo, su construcción exigía la creación de fábricas de nuevo cuño, como la establecida por su inventor J. Watt en asociación con Matthew Boulton, empresario, por cierto, con gran sentido de la innovación y cuyas atrevidas propuestas comerciales serían tan decisivas para la venta de máquinas de vapor como las propias ventajas que ésta proporcionaba. Sin embargo, hay que advertir contra la impresión de una industria altamente tecnificada que puede transmitir la brillante sucesión de inventos presentada. Su difusión, incluso en Inglaterra, fue muy lenta; además, la aparición de un nuevo ingenio no implicaba automáticamente el abandono de las máquinas a las que podía sustituir; la coexistencia de técnicas era la norma y, globalmente, la producción industrial durante el Setecientos, recuerda Samuel Lilley, "se basaba principalmente en el uso de técnicas medievales y en su aprovechamiento hasta donde era posible, lo que será especialmente cierto por lo que a las fuentes de energía, se refiere: hasta después de 1800 -continúa Lilley- los nuevos proyectos de casi toda la industria adoptaron normalmente el agua, más que el vapor para accionar la maquinaria".
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La aviación francesa no estaba preparada para la guerra, pero tal como se temían los alemanes lo hubiera estado con sólo un año más de tiempo, sobre todo por lo que se refiere a los aparatos de caza. Cuando se iniciaron las hostilidades Francia contaba con unos 2.000 aparatos de reconocimiento, caza y bombardeo, pero algunos eran tan obsoletos que no merecen el calificativo de aviones militares en esa contienda. La aviación de caza francesa que pueda merecer tal nombre estaba constituida por unos 600 aparatos útiles de las siguientes firmas y modelos: Morane-Saulnier MS-406, Potez 630, Bloch MB-152, Hanriot NC-600 y Dewoitine D-520. Todos ellos, salvo el último, eran aparatos de comienzos de los años treinta, de buena calidad, en general, pero anticuados. El mejor de ellos eran el MS-406. Se contruyeron de éste 1.081 unidades, de las que unas 200 estaban en servicio al iniciarse las hostilidades. Alcanzaba la velocidad de 486 km./h, con un techo de servicio de 9.400 metros. Su autonomía era de 800 kilómetros y su armamento estaba compuesto por un cañón de 20 mm. y dos ametralladoras. Otro aparato interesante fue el bimotor Potez 630, del que se llegaron a fabricar 1.100 unidades. Francia tenía unos 200 en servicio cuando se inició la guerra. No era un aparato para medirse con los cazas alemanes: 370 km/h, aunque su armamento fuese más que mediano: 2 cañones de 20 mm y 1 ametralladora. Prometedor fue el Bloch MB-152, caza ligero, con 525 km de velocidad punta, 600 kilómetros de autonomía y cuatro ametralladoras como armamento. No fue, sin embargo, competidor para el BF-109 que le aventajaba en velocidad, autonomía, solidez, manejabilidad, aceleración y armamento... Tenía Francia en marcha la fabricación de un excelente caza, digno competidor de los BF-109 y los FW-190. Se trataba del Dewoitine D-520, un caza de nueva generación, cuyo primer prototipo voló por vez primera en otoño de 1938. 775 ejemplares salieron de las cadenas de montaje, pero los aprovecharon -como el resto de los aviones franceses- los alemanes y, sobre todo, sus aliados: cuando se inició la guerra Francia sólo tenía 50 en servicio. Este caza alcanzaba los 529 km./h. de velocidad a los 6.000 metros de altura; tenía un techo de servicio de 11.000 metros y una autonomía de 998 km. y su armamento estaba compuesto por un cañón de 20 mm. y cuatro ametralladoras. Hubiera podido ser el pánico de los Stukas alemanes, pero 50 aparatos son una cifra insignificante. Y si obsoleta y escasa era la caza, peor era la aviación de bombardeo. Tenía ésta unos 300 aparatos de la segunda década de los años treinta, en su mayoría Bloch 131, deficiente bimotor que los alemanes prefirieron destruir a emplear cuando tuvieron ejemplares capturados en sus manos. Mucho mejor era el Lioré el Olivíer Leo 451, un robusto bimotor rápido (494 km/h), con autonomía de 2.300 kilómetros y buen armamento: 1 cañón de 20 mm y dos ametralladoras, además de capacidad para 2.000 kilos de bombas. Tenía Francia 222 aparatos el 10 de mayo de 1 940, pero sólo estaban en activo la mitad...
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Los ayunos de Teouacan Otra manera de ayuno tenían en la provincia de Teouacan, muy grande y muy diferente de todas las dichas. De cuatro en cuatro años, que es, como dicen ellos, el año de Dios, entraban cuatro mancebos a servir en el templo; no vestían más que una sola manta de algodón, y aquélla de año en año, y unas bragas; la cama era el suelo, la cabecera un canto. Comían a mediodía sendas tortillas de pan y una escudilla de atulli, brebaje que hacen de maíz y miel. De veinte en veinte días, que comienza mes, y es fiesta ordinaria, podían comer y beber de todo. Una noche velaban dos de ellos, y otra los otros dos; pero no dormían en toda la noche de la vela, y se sangraban cuatro veces para ofrecer la sangre con oraciones. Cada veinte días se metían por un agujero que se hacían en lo alto de las orejas, sesenta cañas largas cada uno. Al cabo de los cuatro años tenía cada uno cuatro mil trescientas veinte cañas metidas por sus orejas. Montaban las de los cuatro ayunadores diecisiete mil doscientas ochenta cañas. Las quemaban en acabando su ayuno con mucho incienso, para que los dioses gustasen de aquella suavidad. Si alguno de ellos moría durante los cuatro años, entraba otro en su lugar; pero temían que sería mortandad de señores. Si participaba con mujer, lo mataban a palos de noche, ante la furia del pueblo, y delante de los ídolos; lo quemaban y esparcían los polvos por el aire para que no quedase recuerdo de tal hombre, pues no pudo pasar cuatro años sin llegar a mujer, habiendo pasado toda la vida Quezalcoatl, por cuya remembranza comenzó el ayuno. Con estos ayunadores se distraía mucho Moctezuma, y los tenía por santos. Cuentan de ellos que conversaban siempre con el diablo, que adivinaban grandes cosas y que veían maravillosas visiones; pero la más continua era una cabeza con cabellos muy largos, por lo cual debían de criar cabello largo todos los sacerdotes de esta tierra. No dejaré de contar otro sacrificio de los moradores, aunque feo, por ser extrañísimo. Había muchos mancebos por casar de Teouacan, Teutitlan, Cuzcatlan y otras ciudades, que, o por devotos o por animosos, ayunaban muchos días, y después se hendían con agudas navajas el miembro por entre cuero y carne cuanto podían, y por aquella abertura pasaban muchos bejucos, que son como sarmientos mimbres, gruesos y largos, según la devoción del penitente; unos diez brazas, otros quince, y algunos veinte; los quemaban luego, ofreciendo el humo a los dioses. Si algunos desmayaba en aquel paso no le tenían por virgen ni por bueno, y quedaba infamado y por fementido. Tal cual veis era la religión mexicana. Nunca hubo, a lo que parece, gente más, ni aun tan idólatra como ésta; tan matahombres, tan comehombres; no les faltaba para llegar a la cumbre de la crueldad sino beber sangre humana, y no se sabe que la bebiesen.
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La fecha que se da para la llegada de los aztecas al valle de México es la ya indicada de 1215. Son un grupo bárbaro, pendenciero, depredador y cruel, guiado por los sacerdotes de Huitzilopochtli, su sanguinario dios. Se habían ido fundando ciudades en el valle y los aztecas no hallaban acomodo en ninguna de ellas, ya que sus habitantes los repelían, por falsos y traicioneros. Es una etapa oscura, sobre la que cada fuente discrepa y también los historiadores que las han interpretado. Lo que sí parece claro es que es entonces cuando los aztecas adquieren la herencia tolteca y se van adaptando a los usos urbanos, sin un lugar fijo, empujados por unos o por otros. Algún tiempo estuvieron en Tipazán (sitio de las serpientes), o en Chapultepec (seguramente monte de las langostas o chapulin en nahuatl), de donde los expulsan los xaltonecas o los culhúas, según las fuentes, hasta que buscaron acomodo en unos islotes cercanos a la costa occidental de la laguna de Texcoco, donde ya otros nahua se habían establecido, fundando Tlatelolco (sitio de tierra, de talli, refiriéndose a aquélla con que habían ido llenando los estrechos canales entre los islotes). El establecimiento de los aztecas en estos islotes de la laguna fue, según la versión tradicional, en 1325 de nuestra era, pero Kirchhoff opina que fue en 1370, lo que cuadra mejor con la cronología de sus futuros jefes. A su nueva fundación la llamaron los aztecas Tenochtitlan, en opinión de algunos por el nombre (Tenoch) del caudillo que los guió hasta allí, o, al parecer de otros, porque significaba el nochtli, nopal, sobre la tetl, piedra. Esto parece lógico, pues según la tradición los sacerdotes hicieron creer a la tribu que allí daba fin su peregrinación, porque se había cumplido la profecía de que hallarían a un águila sobre un nopal, con una serpiente en el pico. La huida de los aztecas hacia los islotes parece haber tenido una causa: la persecución de culhúas, porque la hija de su jefe había sido sacrificada por los aztecas a su dios, desollándola viva. Es evidente que un pueblo hasta entonces tan miserable, pero al cual le estaba reservado un gran destino histórico, no podría mantener su relativa independencia sin una protección, y parece que ésta fue establecida alternativamente por los señores de Azcapotzalco y los de Culhuacán, los primeros tecpanecas y los segundos culhúas. Los tecpanecas eran sin duda los más importantes en el valle y los aztecas supieron coordinar una sumisión a los señores tecpanecas de Azcapotzalco con un establecimiento de buenas relaciones con Colhuacán, donde se habían instalado los restos de los toltecas de Tollan. Como el prestigio de la dinastía tolteca era grande en el valle, los aztecas pidieron al señor de Culhuacán les designara un jefe de su estirpe, y así fue designado Acamapichtli como primer tlatoani -el que habla o da órdenes- de Tenochtitlan, primero de la lista de tlacatecuhtli o jefes de hombres de la ciudad-estado. Este nuevo jefe se muestra sometido a los tecpanecas. Su designación en 1376 parece confirmar la reciente fundación (1370) de Tenochtitlan. Huitzilihuitl, que le sucede como jefe de hombres hasta 1417-por más de veinte años-, significa la consolidación de la ciudad y su crecimiento demográfico, así como un trato de igual a igual con sus vecinos, quizá porque Huitzilihuitl casó con una princesa tecpaneca, hija de Tezozomoc de Azcapotzalco. La suerte de Tenochtitlan iría vinculada a la de Azcapotzalco. Muerto Tezozomoc en Azcapotzalco, se erige a sí mismo como jefe de esta ciudad Maxtla, al que llamaríamos según nuestro modo de decir usurpador, que pretende someter también a Tenochtitlan, asesinando a Chimalpopoca (escudo humeante), sucesor de Huitzilihuitl. En 1427 inicia su actuación de tlatoani Itzcoatl (serpiente blanca), que en trece años da una completa vuelta a toda la situación, gracias a la inspiración del cihuacoatl (o "serpiente-hembra", presidente del tecpan o asamblea) Tlacaelel. Pero hagamos una breve interrupción, de carácter histórico general, relativa a la crítica que se hace a la historia como simple exposición de las gestas de los jefes. Mientras más pequeño es el pueblo, mientras sus circunstancias le obligan a una mayor cohesión interna, para autodefensa y afirmación de su identidad, mayor es el papel de los caudillos que se identifican con su mentalidad y con sus problemas. De ahí que pueda parecer que seguimos un manido y trillado camino de secuencias reales, y que, incluso, al referirse a los tlatoque aztecas, algunos autores hablen de reinados, como se hace con las dinastías medievales europeas. Son las propias fuentes indígenas, sus tradiciones captadas por los cronistas españoles, las que destacan la decisiva influencia de hombres singulares en el desarrollo de la política en el valle de México y en el engrandecimiento de Tenochtitlan. Itzcoatl inaugura el sistema de alianzas, en este primer caso de cuatro ciudades: Tenochtitlan, Texcoco, Cuauhtitlan y Huexotzingo. Su objetivo era combatir al usurpador y asesino de Chimalpopoca, Maxtla. ¿Había un propósito oculto azteca de acabar con la preponderancia tecpaneca? Es muy posible, ya que entonces es cuando se inicia la grandeza de México-Tenochtitlan.
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Las Monarquías polaca, bohemia y húngara mantuvieron importantes intereses en los Balcanes durante la Baja Edad Media, debido a la posición estratégica que éstos ocupaban frente al avance turco. Croacia, unida a la Corona húngara por mor de los "Pacta Conventa" de 1102, mantuvo su autonomía a través de una administración propia, encabezada por un "ban" o gobernador. Tras la victoria turca en la llamada batalla del Campo de Sangre (1493), los croatas resistieron durante algunos años bajo el mandato del gobernador Krsto Frankopan. La actual Rumania, dividida durante el periodo medieval en una serie de principados independientes, giró también en torno al área de influencia de la dinastía real húngara. El voivoda Basaraba (fallecido en 1304), príncipe de la Pequeña Valaquia, combatió las miras expansionistas de Carlos Roberto de Anjou, quien tuvo que claudicar ante la belicosidad del valaco y ceder parte de los territorios del Danubio. No obstante, años más tarde, otro voivoda de Valaquia, Mircea el Viejo (1386-1418), participó como aliado de Segismundo de Luxemburgo en la batalla cruzadista de Nicópolis (1396). En ciertas ocasiones los príncipes valacos jugaron a dos barajas, reconociéndose al mismo tiempo vasallos de Hungría y del Imperio otomano. Así, Vlad Dracul (murió en 1446) rindió homenaje a Segismundo y a Amurates I; años más tarde, tras enviar a su hijo al frente de 4.000 hombres al campo de batalla de Varna y conocer la derrota cruzadista, apresó a Juan Hunyadi para cobrar un importante rescate. Los enlaces dinásticos entre Hungría y Polonia hicieron posible que a mediados del siglo XV el príncipe de Moldavia Alejandro el Bueno jurara fidelidad a los reyes polacos. Este juramento fue respetado por sus hijos, pero no por su nieto, Esteban el Grande (1457-1504), al considerarse suficientemente fuerte para mantener la lucha contra los turcos por sí sólo. Entre 1497 y 1499 Juan I Alberto de Polonia llevó a cabo una expedición de castigo contra el voivoda moldavo, que finalizó con el descalabro de las tropas polaco-lituanas y la contraofensiva de Esteban sobre la ciudad polaca de Przemysl. Las influencias centroeuropeas no se limitaron al campo estrictamente político, al incidir también sobre la vida cultural de los Balcanes. Así, a lo largo del siglo XIV penetró en Moldavia la arquitectura gótica de procedencia bohemia y en la segunda mitad del siglo XV los influjos del Renacimiento italiano invadieron la Corte de Esteban el Grande, procedentes de Hungría. El Humanismo latino también contó en las regiones balcánicas con figuras como Iván Cesmicki, obispo croata de Pécs y autor de diversas composiciones bajo el seudónimo de Juan Panonio. Desde el punto de vista comercial, el protagonismo de los mercaderes italianos, venecianos en su mayoría, eclipsó la presencia del elemento centroeuropeo. Tras la caída de Caffa (1475), los tratantes italianos, atraídos por los yacimientos de plata serbios, comenzaron a comprar esclavos en los mercados balcánicos controlados por los turcos, abandonando los habituales enclaves del Mar Negro. Numerosos serbios y dálmatas se incorporaron a la servidumbre doméstica de las principales familias venecianas. El contacto permanente entre la Cristiandad latina y la oriental, junto al mantenimiento de las tradiciones eslavas, hicieron posible el surgimiento de una diversidad cultural en toda la zona, que pese a su raíz altomedieval aún pervivía en los siglos XIV y XV. Así, en países como Hungría, de marcada tradición latina, todavía existían iglesias de rito oriental hasta comienzos del siglo XIV; en los dominios húngaros de Transilvania éstas perduraron durante la centuria siguiente. Este particular acervo cultural cristalizó en el desarrollo de un arte propio, auspiciado por el mecenazgo real y en el que confluyeron influencias occidentales y orientales. El emperador Carlos IV fue el gran mecenas del gótico bohemio, surgido de la mano de Matías de Arras y Pedro Parler de Gmünd. Dos de sus discípulos, Wenceslao de Praga y Juan de Prachatice, continuaron su obra con la construcción de nuevas iglesias: San Carlos (Praga), Santa Bárbara (Kutna Hora), San Jacobo (Brno), etc. El gótico bohemio no se difundió solamente por Polonia, Hungría y Transilvania, ya que también alcanzó Croacia, en donde los artistas de las ciudades de Sibenik y Trogir supieron mezclar los influjos bohemios con los procedentes de Venecia. La lengua eslava retomó un gran protagonismo, sobre todo tras el éxito del movimiento husita, que, entre otras muchas cosas, exigía el final del monopolio del latín como lengua litúrgica. La relación existente entre el desarrollo de las lenguas eslavas y la reforma religiosa trajo como consecuencia la aparición de numerosos libros y textos de himnos litúrgicos, como el "Kancionál Jistebnicky" o las "Lamentaciones de Nuestra Señora", ambos escritos en checo. La lengua magiar tuvo una presencia menor en la literatura de la época, debido en gran parte al impulso humanístico que recibió el latín desde la Corte de Matías Corvino; sin embargo, cabe destacar entre la escasa producción en húngaro la composición "O Mária Siralom".
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Existía la costumbre de decapitar al contrario, una vez muerto. Ello se debía, en parte, a la necesidad de demostrar al resto de los enemigos que su jefe había perecido en la batalla. Las cabezas se exhibían posteriormente, como trofeo, ante la población civil. Recuérdese lo que les ocurrió a los Siete infantes de Lara, según dice su romance: "Los moros entonces tomaron las cabezas de los siete infantes y la de Munio Salido, e fueronse con ellas a Córdoba". En otras ocasiones, las lesiones del cuello fueron producidas por flechas, como queda reflejado con todo detalle en la Crónica de Alfonso VII el Emperador, al referir la muerte del conde Rodrigo Martínez, en el sitio de Coria, en 1139. Una punta de la flecha, desprovista del asta, atravesó la protección de cañizo tras la que se hallaba el conde y se le clavó en cuello, entre el almofar y la loriga, es decir, en la fosa supraclavicular, produciéndole una intensa hemorragia. Todos los intentos de parar la pérdida de sangre fueron inútiles, muriendo el conde al final del día. Seguramente, la flecha fue disparada por una ballesta, lo que explicaría que pudiera traspasar el cañizo, que detuvo el asta, pero no la punta. Por el tiempo que tardó el conde en morir, probablemente el proyectil lesionó la vena yugular o la subclavia, ya que si hubiese afectado los troncos arteriales, la muerte por shock hemorrágico se hubiera producido antes. Semejante fue la herida que causó la muerte a Ricardo Corazón de León, cuñado de Alfonso VIII, el vencedor en Las Navas de Tolosa, durante el asedio del castillo de Chálus-Chabrol. Según una crónica, el rey recibió un flechazo en el lado izquierdo del cuello, produciéndole una herida que al cabo de los días le causó la muerte. Milon, abad de Pin y capellán del rey, que lo asistió en sus últimos momentos, narró el lance de forma diferente y detallada: el rey estaba contemplando las operaciones de asedio y los infructuosos intentos de los defensores por alcanzarle con sus saetas. Entre ellos se hallaba Gourdon, quién "...Tensó su ballesta, arrojó rápidamente su cuadrillo en dirección del rey, que lo miraba y aplaudía. Dio al rey, cerca de las vértebras del cuello, de suerte que el tiro fue desviado hacia atrás y fue a clavarse en su costado izquierdo, en el momento en que el rey se inclinaba hacia delante, pero no lo bastante para protegerse con su escudo rectangular que llevaban delante de él". El rey murió once días después de ser herido. Por cierto, los furiosos ingleses asaltaron y tomaron la fortaleza, pasando a cuchillo a todos sus defensores, salvo al desdichado ballestero Gourdon, al que desollaron vivo.
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Las ciudades musulmanas han estado llenas de baños públicos (hamman), de los que sólo unos treinta se conservan de mala manera en la Península Ibérica, entre ellos el de Jaén; su uso vino dictado, además de las más obvias necesidades higiénicas y el contacto social en un medio relajado, por la obligación de la ablución mayor, imprescindible para la oración del viernes. Por falta absoluta de costumbre, en los primeros momentos se les consideró actividad ilícita, lo cierto es que desde el siglo VII (Basora, 665) se documentan y bien pronto se consideró que un edificio que permitía la purificación ritual debiera ser promovido como labor meritoria. Los primeros baños responden a las disposiciones normales en los privados de época cristiana; los baños, de los que hay varios ejemplos bastante bien conservados, están conformados por una sucesión de pequeñas cámaras abovedadas, que, por sistemas alojados en el subsuelo y las paredes, gozaban de temperaturas crecientes y en cuyas exedras laterales, absidadas casi siempre, existían alberquillas para la inmersión y las abluciones. Este esquema duró mucho tiempo, pues en el baño de Abd al-Rahman en Madinat al-Zahra, fechado cuando se construyó el gran maylis al que sirve; lo más chocante de los baños de esta primera época es su contigüidad con salas de recepción y no con las mezquitas, como hubiera sido lo lógico dada su excusa ritual. El caso más llamativo es el de Jericó, cuyo vestuario, bayt al-maslaj, fue un suntuoso espacio, quizás el más viejo precedente formal de las mezquitas que hemos llamado de cuatro soportes, aunque éste tuviera dieciséis lobulados, profusamente decorado e iluminado, donde se llegaron a celebrar las justas poéticas, los recitales de música y danza que las crónicas narran y que, como en Roma, acababan en orgías colectivas, propiciadas por las efusiones etílicas. En la ciudad palatina del Califato de Córdoba la proximidad al maylis era grande, pero no parece que fuese con las mismas intenciones que en Jirbat al-Mayfar. En el XI los baños sufrieron un cambio importante, aunque como la información de la que disponemos es parca, puede que el supuesto cambio sea tan sólo el reflejo de la escala, ya que los reseñados hasta ahora fueron privados al fin y al cabo, mientras que los que veremos estuvieron abiertos al público sin más restricciones que los horarios diferentes para hombres y mujeres. El cambio consiste en la introducción de una sala mayor, cuya planta es la de un patio con tres o cuatro danzas de arcos, en el que tanto las galerías como el mismo patio se cubrieron con bóvedas esquifadas, que siempre muestran los típicos lucernarios estrellados; no parece, por tanto, que esta sala sea, como en Arbat al-Mafyar, un espacio frío, para actividades previas o un espacio a modo de vestuario, sino un bayt al-wastani, el tepidarium romano. Otra alteración consistió en la adopción de plantas compactas, próximas al cuadrado, para conservar mejor el calor. En Oriente los cambios debieron venir por causas externas, ya que se documentan entre los silyuqíes de Anatolia, donde las condiciones climáticas fueron muy distintas de las habituales en el resto del Islam; comienzan con un vestíbulo que servía de vestuario y para el descanso a la salida, con galerías en alto para el reposo; seguían los baños tibios, con letrinas y lugar para la depilación, que también era una exigencia religiosa, y finalmente estaba la sala de vapor con tinas de mármol y mesas para el masaje. Al igual que en Occidente lo principal de la composición era este espacio final del bayt al-wastani, que en los baños del Sultanato de Run, fuera una gran cámara octogonal, a la que se abrían cuatro exedras, constituidas cada una de ellas a manera de iwan.