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Repartidos por el territorio católico, los arzobispos son obispos que tienen el título de una archidiócesis. Entre los arzobispos es preciso distinguir varios tipos, según su rango y funciones. Algunos son metropolitanos, pues detentan la primacía de una archidiócesis central de una provincia eclesiástica que integra varias diócesis. Un arzobispo metropolitano tiene los mismo poderes de un obispo en su propia archidiócesis, así como supervisión y jurisdicción limitada sobre otras diócesis, que son llamadas sufragáneas. Su alto estatus se simboliza con un palio, concedido por el Papa. El arzobispo titular detenta una antigua archidiócesis, actualmente desaparecida. Por este motivo, no tiene jurisdicción ordinaria sobre una arquidiócesis. Arzobispos titulares son los arzobispos de la Curia Romana, los Nuncios Papales o los Delegados apostólicos. Otro tipo de arzobispado es el denominado ad personam, un título honorífico que puede ser concedido personalmente a un obispo, por lo que no tiene jurisdicción ordinaria sobre una archidiócesis. El arzobispo primado es aquél que detenta la representación sobre una diócesis antigua y representativa en el mundo católico, como la de Toledo. Por último, el arzobispo coadjutor se encarga de asistir al arzobispo gobernante y tiene derecho a sucesión.
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La máxima concentración de poblamiento fenicio se ha hallado en la zona costera de las provincias de Málaga y Granada, que es, además, la zona más explorada de la costa sur. Pero, si, como parece, la meta de los fenicios era el Suroeste peninsular, sobre todo por la riqueza en metales de la región de Huelva, la elección de la zona oriental se debe, en opinión de Gasull, a varias causas: un factor estratégico de dominio del Estrecho de Gibraltar, la disponibilidad de tierras donde asentarse y las numerosas dificultades que presenta la travesía del Estrecho de Este a Oeste, por lo que estos asentamientos de la costa oriental servirían de base de apoyo al comercio establecido entre Oriente y el Suroeste peninsular. Todos los establecimientos tienen en común su emplazamiento en un promontorio poco elevado, situado a la entrada de una vía fluvial y con su necrópolis en la orilla opuesta al curso del agua en otro islote, con las excepciones de Gadir y Almuñécar. Este modelo de asentamiento responde al descrito por Tucídides (VI, 2) en promontorios o islotes con fines comerciales. Sin duda el asentamiento fenicio que más controversia ha levantado en cuanto a la fecha de su fundación ha sido Gadir. Los historiadores clásicos, influenciados por su grandeza y prosperidad en época helenística y romana, sitúan su fundación en 1100 a.C. Para salvar el lapsus de tiempo entre esta fecha y las que nos ofrece la arqueología (no hay ningún hallazgo anterior al siglo VIII a.C.) algunos historiadores modernos han propuesto la existencia de un período precolonial, junto a una facies proto-orientalizante en los siglos IX y VIII a.C. Pero hay, además, una ausencia total de importaciones fenicias en el territorio de influencia directa de la colonia fenicia anteriores al 750 a.C. , Quizás la más firme defensora de la tardía fundación de Gadir es M.E. Aubet, quien aporta, además, otros datos que coadyuvan a revisar la cronología de la fundación de Gadir: los trabajos de paleotopografía que muestran un asentamiento fenicio relativamente pequeño y comparable al de Sexi-Almuñécar, tanto por su extensión, como por su situación, así como las características de enclave comercial y su situación geográfica, que contradicen la hipótesis de que Gadir ejerciera como centro primario en la expansión fenicia por el Sur de España. Por contra, González Wagner propone la hipótesis de que, si arqueológicamente no hay un núcleo urbano para la fecha de las fuentes escritas, es porque, en un primer momento, más que un núcleo urbano fue una pequeña factoría bajo la protección de un templo encargada de organizar el comercio con la población indígena del interior. Aparte de Gadir conocemos por las fuentes literarias y la arqueología una serie de asentamientos fenicios en el Sur de la Península Ibérica: Malaka y Abdera-Adra (Almería) por Estrabón y, por datos de la arqueología, Guadalhorce (Málaga) de la segunda mitad del siglo VII a.C.; la necrópolis de Trayamar (Málaga), de fines del siglo VIII o principios del VII; el Castillo de Doña Blanca (Cádiz) de mediados del siglo VIII; Guadarranque (Cádiz); Adra (Almería) y el Cerro del Prado (Algeciras) del siglo VIII a.C. Unicamente tres asentamientos fenicios, Toscanos, Horno de Mezquitilla y Chorreras han sido excavados sistemáticamente y han proporcionado ricos niveles de habitación del siglo VIII a.C. Después de realizado este análisis conviene hacer referencia a una serie de aspectos que han resaltado los historiadores que se han ocupado de este proceso. 1. Se puede hablar de un contingente de población inicial relativamente importante, organizado y socialmente complejo, así como de la existencia de una serie de comunidades de mercaderes socialmente interrelacionadas y perfectamente organizadas sobre la base de los vínculos de solidaridad que establece una cultura común. 2. Tradicionalmente se ha denominado a los establecimientos fenicios en la Península con el término factorías, definición que se ajusta a centros del norte de Africa y alguno de Iberia, pero no a la mayor parte de los mismos. Bondi piensa que hay que diferenciar entre centros proyectados hacia el comercio y sin vocación interior y fundaciones con un mayor empeño territorial, cuyo elemento prioritario es el contacto con el territorio circundante. A diferencia de lo que sucede en el Mediterráneo central las fundaciones fenicias aparecen privadas de un relevante componente indígena y los contactos colonizadores indígenas se documentan en el interior y no en los asentamientos litorales, con una "zona de respeto" a los márgenes de las fundaciones fenicias. Una teoría análoga es defendida por Whittaker y Bunnens. Niemeyer, por su parte, niega este control territorial por parte de los asentamientos fenicios hispanos a diferencia de las colonias griegas de la Magna Grecia. 3. No sabemos nada de las instituciones que rigieron estos establecimientos en época arcaica, aunque sí en el período cartaginés, con un gobierno de magistrados o sufetes en Cádiz, asistido por una asamblea de ancianos, como en Cartago, y posiblemente en Ebusus. 4. Parece que se puede afirmar que se trata de una actividad de Estado y no de una empresa privada, si tenemos en cuenta la experiencia comercial fenicia anterior a su establecimiento en la Península y que Tiro tuvo conocimiento previo del potencial en plata y otras materias primas del Sur peninsular.
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Cuando, en el año 689 a.C. el asirio Senaquerib arrasa Babilonia y pone fin al I imperio babilónico, Asiria era ya militarmente una gran potencia. Sin embargo su historia se remonta mucho más atrás. Mientras que sumerios, acadios o babilonios evolucionan en la Mesopotamia meridional, Asiria lo hace en el norte, en torno a una ciudad, Assur, en la orilla oeste del curso alto del Tigris. Es difícil conocer su historia durante el II milenio, existiendo periodos de gran oscuridad. Parece ser que estuvo bajo el dominio de Akkad y de la III dinastía de Ur. Pueblo de probable carácter nómada en origen, con el paso del tiempo los asirios se fueron sedentarizando y orientándose hacia el establecimiento en ciudades. Hacia el año 1116, con el rey Tiglatpileser I, inician su expansión, continuada por los numerosos monarcas que le sucedieron. Los reyes, quienes se entendían a sí mismos como representantes del dios Assur, emprendieron grandes campañas de conquista, que hicieron de Asiria uno de los mayores imperios de la historia de Mesopotamia. Pero la expansión de Asiria no fue sólo militar, pues también se basó en el comercio. Los comerciantes asirios mercadearon con estaño iraní o textiles propios o babilónicos, una actividad que, aparte de ser económicamente lucrativa, produjo la expansión de algunos rasgos culturales asirios, como su lengua y escritura. El empuje comercial fue paralelo y se benefició del engrandecimiento político asirio. Shamsi-Adad I, hijo de un príncipe de la región de Mari, logró usurpar el trono a un soberano asirio y establecer su propia dinastía. Con él, en Asiria entraron nuevas pautas culturales, principalmente babilónicas, entre las cuales la más importante fue la imposición del culto al dios babilónico Enlil, al mismo nivel que la deidad local Assur. Paralelamente, emprendió una política de alianzas y pactos con la que consiguió situar a Asiria como gran potencia regional, cuyo territorio ahora equivaldría a toda la Mesopotamia septentrional. Su hijo Isme-Dagán, sin embargo, no tuvo la misma habilidad política y diplomática que su padre para sacar provecho del juego de las distintas potencias, con lo que Asiria quedó reducida nuevamente a su territorio original. Por si fuera poco, la penetración de pueblos nómadas desde el Irán y la falta de ayuda o incluso el enfrentamiento con el babilonio Hammurabi, produjeron la decadencia de este incipiente Imperio. Al mismo tiempo el comercio, una de sus bazas principales, quedó prácticamente liquidado. Con Isme-Dagán acaba el reinado paleoasirio, durante la primera mitad del siglo XVII, quedando Assur reducida a una ciudad-estado. Aunque en un futuro estará llamada a representar un papel muy importante en la historia de Mesopotamia, Asiria aún habrá de vivir siglos en un segundo plano, principalmente gracias al ascenso del reino de Mitanni.
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La presencia de Filipo en Grecia, tras el largo proceso de expansión y de contactos entre violentos y amistosos, produjo reacciones de diverso signo que, en el conjunto de las ciudades, pueden evaluarse a través de actitudes colectivas e indirectas, variables, como las de Tebas, bajo condiciones difíciles de conocer. En Atenas las circunstancias varían, pues no sólo se conocen mejor las fluctuaciones colectivas, sino que, además, por medio de las reacciones individuales de una serie de personajes significativos, protagonistas de la vida política del momento, cuyas opiniones se conocen directamente gracias a los discursos presuntamente pronunciados por ellos mismos, puede accederse mejor a los matices y las oscilaciones concretas que pudo producir la presencia de Filipo, acicate para despertar reacciones que tenían que ver, en gran medida, con la propia coyuntura social, económica y política que atravesaba la ciudad, espejo, sin duda peculiar y deformado, del conjunto de Grecia. Isócrates, orador y teórico de larga vida profesional, estuvo desde el principio preocupado por encontrar el sistema que acabara con las luchas por la hegemonía, pues en ellas no era posible hallar el camino para la estabilidad social de las ciudades y, específicamente, de Atenas. Primero creyó que esta misma ciudad podría lograr la reconstitución de una unidad concorde que garantizara la paz interior. Luego puso sus ojos en Esparta. Se trataba de recuperar un objetivo común, capaz de aglutinar en un solo proyecto las fuerzas de cada ciudad, para lo que nada parecía mejor que la guerra contra Persia. Evágoras de Chipre, Dionisio de Siracusa y, finalmente, Filipo de Macedonia fueron sus candidatos para un programa de guerra exterior donde hallar la solución de los conflictos internos. Así, podría organizarse un nuevo mundo político donde la democracia tradicional, patrios politeia, se identificaría con la participación en los ejércitos hoplíticos. Con ello se eliminaría el peligro de los ejércitos mercenarios, motivo de disgregación de la comunidad ciudadana, y se restringiría la participación en los derechos políticos, con exclusión de la masa de los thetes, medida que, a su vez, sólo sería posible por medio de la coacción desde un sistema autoritario procedente del exterior, el mismo que fuera capaz de organizar la campaña contra los persas. Sólo muestras de bienvenida podía recibir esta corriente del avance de Filipo. El orador Demóstenes, en cambio, sale a la luz pública con motivo de los avances de Filipo, que ponían en peligro la capacidad de control de los mares por Atenas. Los objetivos de sus reacciones se dirigen fundamentalmente a la conservación de ese control, único capaz de garantizar la autonomía de la polis y la perduración del sistema democrático. Los fundamentos teóricos se apoyan en la idea de una polis autónoma, pero, dados los peligros externos, es capaz de percibir cómo se desprenden del sistema consecuencias que afectan a su eficacia militar, de modo que llega a hablar de las ventajas del poder personal en ese terreno. El resultado es un entramado ideológico contradictorio, seguramente uno de los reflejos más significativos de la crisis ideológica del sistema de la polis democrática. Esquines fue el rival de Demóstenes en lo concreto y en lo teórico. Se dice que no era ni aristócrata ni rico, pero adopta formas de pensamiento tradicional, expuestas sobre todo en el discurso "Contra Timarco". Se presenta como defensor de las leyes, sobre modelos que se hallan por igual en las leyes de Esparta y en la constitución de Solón. La clase dominante no aristocrática ha adoptado de modo radical la ideología de la aristocracia. Él mismo se presenta como defensor de la democracia, pero esa defensa implicaba, a su manera de ver, la aceptación de Filipo, pues de lo contrario los atenienses caerían en una situación de violencia similar a la que habían atravesado a lo largo de la guerra del Peloponeso, es decir, la época en que el fundamento del sistema democrático se encontraba basado más radicalmente en el demos subhoplítico. La recuperación de una situación anterior a la guerra del Peloponeso se revela también en la recuperación del proyecto de lucha contra los persas, lo que vuelve a justificar la aceptación de Macedonia, ofrecida como alternativa a la sumisión a los persas. Esta última actitud habría sido la de los tebanos, que lucharon en Platea junto a Mardonio. Esquines olvida que también lo hicieron los macedonios. El discurso "Contra Ctesifonte" viene a representar la elaboración de esta teoría, para defender una vez más la colaboración con los macedonios. En el interior, es en la postura contraria donde se halla el peligro de poder personal, en Demóstenes, demagogo que intenta implantar la tiranía, apoyada en los persas, frente a la democracia defendida por él mismo, en realidad una forma de oligarquía sustentada por el poder militar exterior de los macedonios. Según Plutarco, fue Foción quien tuvo que desempeñar el papel de administrador del naufragio la ciudad. Sería más bien un personaje sintomático de cómo vivían ese naufragio algunos sectores específicos de la ciudadanía. Era de origen artesano, pero se educó en la Academia con Platón y Jenócrito. Las clases relacionadas con el desarrollo artesanal de la ciudad han accedido ya a los bienes intelectuales anteriormente monopolizados por la aristocracia, síntoma igualmente de la adopción de determinados mecanismos ideológicos. En el campo de la retórica, se define, contrariamente a otro artesano, Cleón, como un orador sobrio. Como los antiguos estrategos, su vida pública se concentra principalmente en la actividad militar, iniciada al lado de Cabrias, en la corriente no imperialista. El poder naval ha de servir fundamentalmente para la garantía del tráfico y de los mercados. En el retrato de Plutarco, se enorgullece de hallarse muy frecuentemente en desacuerdo con la ciudad, modo de definir una actitud política que quiere presentarse como no demagógica. El demagogo sería un esclavo del demos, mientras que Foción entra en conflicto con él porque pone de relieve los peligros de sus actitudes agresivas. Sin embargo, al mismo tiempo, se presenta como defensor de los intereses del demos, sobre la base de que mientras reine la paz es él quien tiene el poder, mientras que la guerra se presta a que sean los estrategos los que acumulen en sus manos los hilos de la decisión. Aquí se ponían de relieve los complejos matices de la realidad, que fueron aún más manifiestos después de Queronea. Entonces estalló el conflicto entre Caridemo, enemigo violento de Filipo, y Foción, que terminó con el triunfo de este último. Ahora bien, Foción no quiso participar en el synedrion de los griegos que organizó el macedonio, mientras que Demades defendió la participación materializada en el envío de tropas a las órdenes del rey. Ello produjo la reacción del rey. Plutarco quiere dibujar la figura de Foción como ejemplo de moderación y equilibrio, pero pone de relieve su ambigüedad en un momento conflictivo, de indefinición de los intereses del demos. Se presenta como defensor de la autonomía de la polis, de la moderación, de la paz y de la autonomía, de la colaboración con Filipo sin sumisión. Por ello, consecuentemente, no participaría en la guerra Lamíaca, auténtica rebelión contra el poder macedónico. Más difícil fue la actitud que habría de tomar ante la presencia de Antípatro. En principio, se niega a admitir la presencia de una guarnición macedónica, pero se plantea el problema de garantizar la paz interior cuando, en definitiva, se trataba de restringir la participación de la ciudadanía para recuperar los rasgos de una ciudad oligárquica. Para tal restricción hubo de admitir el establecimiento de una guarnición, lo que provocó contra él las iras del demos, en esta ocasión aliado de los esclavos, pues la tendencia del poder estaba dirigida a identificarlos en una clase dependiente de esclavos y pobres. El apoyo recibido de Poliperconte, calificado de democrático, viene a ser ya un ejemplo de la orientación que toma la utilización del término en los inicios de la época helenística, aplicado a la conservación pactada de instituciones de tradición democrática dentro del protectorado de los reyes y de sus colaboradores. Hipérides fue el colaborador y continuador de la actitud representada por Demóstenes, aunque la llevó más lejos y la mantuvo hasta el año 323. Él fue quien organizó la resistencia tras la batalla de Queronea y llegó a proponer que, para poder evitar que los libres se convirtieran en esclavos, había que darles a éstos la libertad. Desde otro punto de vista, resulta igualmente ilustrativo de los fenómenos de reacción contra las restricciones de Foción y de las transformaciones que se operan en el sistema, creador de una forma de dependencia que incluye a los libres y requiere para su control de un aparato represivo fuerte como el representado por la monarquía macedónica.
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1.La España de los Reyes Católicos. El reino nazarí de Granada. El principio del final. La construcción de una herencia familiar. La reina y el rey. Una sociedad dividida. Reyes católicos de los eclesiásticos. La Inquisición. Señores de nobles y vasallos. Castilla y Aragón. La conquista de Granada. La construcción de instituciones. El gobierno de las ciudades. El viejo y el nuevo mundo. La política mediterránea. Los viajes del Descubrimiento. Entre la tolerancia y la intolerancia. Bibliografía sobre la España de los Reyes Católicos. 2.El "Nuevo Mundo". América antes del "descubrimiento". Los grandes imperios. Descubrimiento y exploración. La espera en Castilla. Las Capitulaciones de Santa Fe. El primer viaje de ida y vuelta a las Antillas. El reparto del mundo. El segundo viaje colombino. Los últimos viajes. Los viajes andaluces. La búsqueda del paso. La conquista. La conquista de México. La conquista del Tawantinsuyu. La hueste indiana. Participación estatal en la conquista. La polémica ideológica. Bibliografía sobre el descubrimiento y conquista de América. 3.Los Austrias mayores: Carlos I y Felipe II. Introducción. El reinado de Carlos I. De las guerras dinásticas a las guerras confesionales. La revuelta de las Comunidades. Conflictos exteriores de Carlos I. El reinado de Felipe II. El problema turco. La guerra de los Países Bajos. Portugal, Inglaterra y Francia. La monarquía hispánica: rey y reinos. Rey y reinos en una sociedad de estados. Cortes, élites, estamentos, diputaciones.... La Monarquía hispánica: reinos y estamentos. Casas y familias. Vecinos y concejos. Los hidalgos. Venta de privilegios. Estamento eclesiástico. Señoríos. Los sin espacio. Judeoconversos, moriscos, herejes. Los esclavos. El gobierno de la Monarquía en la Corte. Monarquía y consejos. El rey y las formas de despacho. Secretarios reales. Las Juntas. Corte, etiqueta y majestad. La etiqueta al estilo de Borgoña. Nobles o burócratas. El gobierno de la monarquía en los territorios. Portugal: virreinato de sangre real. El gobierno de Aragón. Corregimientos, justicias, rentas y milicias. Letrados. Fiscalidad. Asientos y juros. La población española durante el siglo XVI. Población rural. Autorregulación demográfica. La economía española durante el siglo XVI. Civilización del pan. Ganadería y artesanado. Los pobres. Entre el universalismo y lo particular. Bibliografía sobre los Austrias Mayores.
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A mediados del siglo XV, los distintos reinos peninsulares viven momentos y situaciones muy diferentes. Castilla y Aragón salen muy fortalecidos del proceso reconquistador, especialmente el primero. Portugal ve en el Atlántico un ámbito propicio para su expansión, más de carácter económico que militar, mientras que Granada y Navarra apenas pueden luchar sino por mantenerse, frente al creciente poder de sus vecinos. Especialmente delicada es la situación del reino nazarí de Granada. Ultimo reducto islámico en una Europa cristiana, los gobernantes de la vieja ciudad de la Alhambra se ven forzados a pagar tributo a los reyes castellanos y a defenderse de sus cada vez más frecuentes incursiones, recordando con añoranza pasados tiempos de esplendor. Hecha para el disfrute de los sentidos, la magnífica Alhambra de los palacios y los patios, de los jardines y las fuentes verá con resignación cómo la conquista cristiana de Granada marca el comienzo de importantes modificaciones que habrán de suceder sobre su recinto. Por encima de todas, destacará el Palacio que mandará construir Carlos V, quien pretendió con este edificio levantar el gran centro político y residencial de su Imperio. El reinado de los Reyes Católicos supone la unión formal de las Coronas de Castilla y Aragón y el comienzo de la expansión a todos los niveles de estos reinos, tanto por tierras del Viejo Mundo como del Nuevo. Castilla conquista Granada, anexiona Navarra y emprende sus exploraciones atlánticas, siguiendo la estela de Portugal y empujada por los continuos avances técnicos. Los viajes de exploración, primero de todos el llevado a cabo por Colón, producen el contacto con nuevas tierras y gentes situadas en el occidente atlántico. Se trata de un nuevo continente que será conocido como América y que a partir de este momento comenzará a ser explorado y colonizado, dando lugar a un doloroso encuentro entre dos mundos diferentes. Además, el reinado de Isabel y Fernando supone el comienzo de un proceso homogeneizador, de unificación cultural, que se manifiesta principalmente en la cuestión religiosa, con la conversión de los musulmanes de Granada y la expulsión de los judíos, y que se completará en el siglo XVII, con la expulsión de los moriscos. El nieto de los Reyes Católicos, Carlos I, inaugura una nueva dinastía, la de los Austrias. A la edad de 16 años el joven Carlos hereda de su abuelo Fernando el Católico los estados de la Corona de Aragón: Cataluña, Aragón, Valencia, Baleares y las posesiones italianas de Cerdeña, Sicilia y Nápoles. Ese mismo año se corona rey de Castilla, con lo que toma posesión de los territorios que ésta comprende: Castilla, Navarra, Granada, Canarias, colonias americanas y las plazas estratégicas de Melilla, Orán, Bugía y Trípoli. De su padre Felipe el Hermoso recibirá los Países Bajos y el Franco Condado. La herencia de su abuelo Maximiliano comprende la Corona Austriaca y la posibilidad de ser elegido emperador de Alemania, lo que sucederá en 1520. Carlos I se convertirá, sin duda, en el monarca más poderoso de su tiempo. Sin embargo, el gobierno de reinos tan heterogéneos y la relación de la monarquía con diferentes estamentos, como las ciudades o los nobles, será el problema principal al que tenga que hacer frente el monarca. La guerra de las comunidades fue un importante conflicto interno, en el que ciudades como Burgos, Palencia, Zamora, Salamanca, Madrid o Toledo, entre otras, se alzaron contra Carlos V en defensa de sus privilegios y fueros. Igualmente se produjeron las germanías, reivindicación de tipo social y económico que produjo alzamientos en ciudades como Benicarló, Valencia, Elche o Palma. Cansado, el emperador se retira a Yuste y cede la Corona a su hijo, Felipe II, en 1556. Éste se encargará más tarde de agregar el reino de Portugal. Rey poderoso, emprende un fuerte proceso de centralización burocrática con el objetivo de atender al gobierno de tan vastos dominios y dar una imagen de monarquía estable y omnipotente. Sin embargo, son frecuentes los problemas tanto internos como externos. En el interior, el principal problema es el asunto de Antonio Pérez, secretario real acusado de corrupción y refugiado en Aragón, que supone un enfrentamiento entre el monarca y las instituciones aragonesas. Los problemas del monarca en el exterior no serán de menor magnitud. Inglaterra y Francia se perfilan como rivales de la monarquía hispánica, siendo América, Italia y los Países Bajos los principales escenarios de la contienda. Contra Inglaterra se enviará una gran armada, llamada más tarde Invencible de forma irónica, que partió de La Coruña en 1588 y que resultó desastrosamente derrotada. La confrontación con este país provocó también asaltos ingleses a los puertos de Lisboa, en 1589, y Cádiz, en 1596. Otro importante frente abierto tiene como escenario el Mediterráneo, por cuyo dominio se enfrentan cristianos y musulmanes. Las costas levantinas fueron objeto de frecuentes ataques de los piratas berberiscos, y contra estos se preparó una expedición que tomó Argel en 1541, al tiempo que se enviaban sendas flotas con dirección a Túnez, en 1535, y Lepanto, 1571, donde la armada cristiana resultó vencedora. También tuvo un trasfondo religioso la rebelión de los moriscos de las Alpujarras, que se produjo entre 1568 y 1570 con ayuda turca. La guerra se saldó con la derrota de los musulmanes y el destierro de sus poblaciones, paso previo a su expulsión definitiva en 1610. El tercer gran problema de la política exterior de Felipe II viene del norte de Europa, con la revuelta independentista en los Países Bajos, cuestión que se convertirá en un verdadero quebradero de cabeza para el monarca y sus sucesores. Con todo, la España del siglo XVI representa en lo cultural un momento de gran actividad, con gran protagonismo de universidades como las de Alcalá o Salamanca. En esta centuria trabajan artistas como Juan de Juni y Fancelli, Bigarny y Berruguete, Tiziano y Siloe, El Greco y Juan de Herrera o Sánchez Coello. También nos dejan un legado maravilloso las plumas de Fernando de Rojas e Ignacio de Loyola, Luis Vives y Boscán, Garcilaso y Fray Luis de Granada, Santa Teresa, San Juan de la Cruz y Fray Luis de León. En definitiva, se prepara la auténtica eclosión de la cultura española, que se producirá en el llamado Siglo de Oro.
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El reinado de los Reyes Católicos supone la unión formal de las Coronas de Castilla y Aragón, y el comienzo de la expansión a todos los niveles de estos reinos tanto por tierras del Viejo Mundo como del Nuevo. Castilla conquista Granada, anexiona Navarra y emprende sus exploraciones atlánticas, siguiendo la estela de Portugal. Como resultado, se produce el contacto con nuevas tierras y gentes situadas en el occidente atlántico, un nuevo continente que será conocido como América. Además, el reinado de Isabel y Fernando supone los comienzos de un proceso homogeneizador, de unificación, que se manifiesta principalmente en la cuestión religiosa, con la conquista de Granada y la expulsión de los judíos, y que se completará en el siglo siguiente, con la expulsión de los moriscos. Carlos I, nieto de los Reyes Católicos, inaugura una nueva dinastía, la de los Austrias. Recibe de sus abuelos territorios muy diversos, tanto en Europa como en Africa y América. Además, en su persona recae el título de Emperador de Alemania, al ser elegido en 1520, con lo que es el monarca más poderoso de su tiempo. Felipe II, hijo de Carlos, sucede a su padre en 1556, heredando sus dominios y agregando el reino de Portugal. Sin embargo, son frecuentes los problemas tanto internos como externos, como se manifestará con ocasión de la revuelta de los Países Bajos y la guerra con Inglaterra, entre otros conflictos.
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Decir que los inicios de la Casa de Austria en España suponen un momento clave en nuestra evolución histórica es un lugar común que, por repetido, muchas veces se acepta sin preguntar por qué, contentándonos, apenas, con afirmar que el XVI es un siglo de hegemonía y primer esplendor. Desde una perspectiva universal, sin duda, es éste un período en el que una de las novedades mayores -y el siglo asistió a muchas- tuvo que ver con la constante y renovada presencia de la Monarquía de Carlos I y de Felipe II en todos los escenarios de un mundo que, precisamente, se encontraba en expansión respondiendo, en buena medida, a su impulso. El siglo XVI, a escala internacional, lleva su impronta, aunque, de puertas adentro, la identidad de España como unidad política sea poco más que una entelequia, pues, de hecho, los Austrias Mayores gobernaban sobre un conjunto de múltiples territorios que, sin unirse entre sí, reconocían particularmente su dominio. La Monarquía se fue definiendo y adaptando a nuevas circunstancias mediante distintas formas de articular las partes con ese todo que representaba la Corona. En el interior de los reinos de esa plural Monarquía Hispánica no siempre se estuvo de acuerdo con la renovada acción internacional que impulsaron Carlos I y Felipe II y que los llevó de las Guerras de Italia a la intervención en el enfrentamiento civil francés. El siglo XVI, en suma, aparece dividido entre lo particular de los reinos y lo universal del Imperio y la Monarquía, encerrando tantos esplendores como miserias, tantos conflictos como logros. Un siglo crucial, pese a sus paradojas, en el que la historia hispánica se unió a la de Europa de una forma que iba a determinar su evolución futura.
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Entre 1598 año en que accede al trono Felipe III, y 1700, fecha de la muerte de Carlos II, la hegemonía política y militar de España se derrumba ante el acoso de las potencias europeas, émulas de su grandeza, mientras el esfuerzo realizado por la Corona en defensa de los territorios de su soberanía obstaculiza la ejecución de las reformas económicas solicitadas reiteradamente por los arbitristas y desencadena la oposición de las oligarquías que gobiernan los reinos, contrarias a nuevos sacrificios fiscales, provocando enfrentamientos y roces que devienen finalmente en rebeliones, en medio de una crisis demográfica y económica, de desigual intensidad y cronología, que afecta a todos los reinos hispánicos. Pero el siglo XVII español no debe valorarse sólo por los fracasos militares o las rebeliones de los reinos, ni tan siquiera por el declive demográfico y económico. Si así hiciéramos, el lector perdería de vista los rasgos positivos del período, los logros institucionales y los proyectos reformistas que se elaboran y tratan de aplicar en tiempos de Felipe IV y de Carlos II, así como las transformaciones que afectan a la economía y los cambios que se producen en la sociedad, cada vez más polarizada en torno al dinero, cada vez menos estamental, difuminada la frontera, siempre móvil, entre el noble y el plebeyo, entre el eclesiástico y el seglar. Todas estas facetas forman parte de una misma realidad histórica, explicada a través del desarrollo de los acontecimientos políticos, económicos y sociales, pues el objetivo del presente volumen no es otro que poner en contacto al lector con una época, sin duda apasionante, donde los hechos históricos se suceden a un ritmo acelerado y doloroso, modificando y recomponiendo el ordenamiento político y las estructuras económico-sociales heredadas de la centuria anterior.
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Definidas las múltiples intenciones con las que los autores abordan los diversos géneros literarios, ¿qué podemos decir acerca de la identidad de estos autores? La fuente que registra los escritores españoles en los siglos XVI y XVII es la Biblioteca Hispana Nova de Nicolás Antonio (1617-1684), que abarca toda la producción literaria hispano-portuguesa de 1500 a 1684. La obra se editó en primera edición en 1696 y se reeditó en 1783-8 con unos índices valiosísimos. La obra de Nicolás Antonio ha sido explorada por diversos historiadores, aunque de manera parcial. J. M. López Piñero la utilizó para su labor de identificación de los cultivadores de la ciencia en España. Para el siglo XVI López Piñero reunió datos sobre 572 biografías de científicos que en su mayor parte publicaron al menos una obra impresa (366). El 32,87 por ciento de estos científicos fueron médicos y cirujanos, a los que siguen los clérigos (18,70%), profesores minoritarios de artes (6,29%), marinos (5,59%), militares (4,02%) y cosmógrafos (3,67%). De todos estos científicos, López Piñero registra que un total de 490 tienen residencia en 490 localidades distintas, entre las que sobresalen Sevilla, Valencia, Madrid, Salamanca, Zaragoza, Alcalá, Toledo, Barcelona y Valladolid. Los lugares donde se publicaron las primeras ediciones de obras científicas en España fueron Sevilla, Madrid, Alcalá, Salamanca, Valencia, Zaragoza, Barcelona, Valladolid y Toledo. La coincidencia de unas y otras ciudades (residencia y publicación) es patente aunque el orden de prioridad no sea el mismo. López Piñero ha averiguado, asimismo, la condición social de los cultivadores de ciencia, recopilando información respecto a un total de 486 personas. De ellas, 10 son nobles con título, 63 caballeros o hidalgos (en conjunto, un 15,02% de nobles, por tanto), 107 clérigos (22,02%) de los cuales son 63 del clero secular y 44 del regular, 306 del estado llano (63%). J. Caro Baroja manejó la obra de Nicolás Antonio para el conocimiento de la temática de lo publicado a lo largo del siglo XVI y XVII. Los índices de la obra de Nicolás Antonio recogen, efectivamente, un total de 23 secciones de materias, las doce primeras de las cuales son de carácter religioso, seguidas de obras filosóficas, médicas, jurídico-políticas, políticas, matemáticas, traducciones, humanidades, historia, poesía, varios y fábulas en prosa. El dominio de la materia religiosa en el total de la producción literaria es evidente. La distribución geográfica de los escritores pone de relieve el extraordinario peso específico de las Castillas con Portugal y Andalucía, sin duda por la relevancia como focos culturales de ciudades como Madrid, Toledo, Valladolid, Sevilla, Granada, Córdoba y Lisboa. En un segundo nivel estaría la Corona de Aragón y en el último lugar la periferia cantábrica y la insular. Urbanización y producción de escritores parecen conceptos muy relacionados. Respecto a la identidad socioprofesional, Nicolás Antonio aporta información de 3918 personas, entre las que es bien patente la importancia del clero, con un total de 3407 personas. El predominio del clero regular es evidente, con los franciscanos y los jesuitas encabezando el escalafón cultural. Sólo figuran 46 nobles como autores, aunque a esta cifra habría que añadir los que anota Nicolás Antonio como gobernadores o virreyes (18) o consejeros regios (187). Fuera de este status merecen mención los 54 cosmógrafos reales y los 30 médicos que figuran entre los escritores. Conocemos, en cambio, bastante mejor la sociología de los artistas del Siglo de Oro a través de los trabajos de Jonathan Brown y J.J. Martín González. De ellos, es bien patente su condición de artesanos perfectamente instalados en un rígido sistema gremial, que poco a poco se fue rompiendo por la propia dinámica exterior de los artistas, con viajes a Italia (desde Ribera a Velázquez pasando por Berruguete o El Greco). Gente culta como Velázquez, Berruguete, Cano o Herrera contrastan con el ínfimo nivel cultural de la mayoría de los artistas. Pero si la cultura sabia nos plantea problemas, ¿qué decir de la cultura popular?