Si en el lado alemán el espíritu ofensivo aumentaba constantemente, en el aliado, especialmente en el francés, disminuía, si es que había existido alguna vez desde 1939, y la mentalidad defensiva, cuyo símbolo era la línea Maginot iba a hacer mella en la moral, que cada vez será más baja, sobre todo en la zona de Sedán. La Linea Maginot sólo protegía la frontera franco-alemana, pero no la franco-belga, ni la franco-suiza, ni la franco-italiana. Por otro lado, el general Gamelin, comandante en jefe francés, disponía de une ejército, escasamente móvil, anticuado, pero, poseía mayor número de carros de combate -3.600 y algunos mejores que los alemanes-. Pero la doctrina francesa obligaba a que se empleasen dispersos, como apoyo a la infantería o para taponar rupturas del frente, ignorando, sin duda, lo que los alemanes habían hecho en Polonia -y lo que estaban haciendo en Noruega con los paracaidistas y tropas aerotransportadas-. La aviación francesa era de calidad mediocre y disponía de pocos bombarderos (242 sobre 1.700 aviones), pero esto era secundario para Gamelin, anciano general anticuado. Francia disponía de 96 divisiones, incluidas las de la línea Maginot, en el frente norte. En Francia, los británicos disponían de 9 divisiones largas, pero de pocos aviones y carros (288). Y había una división polaca. Los aliados pretendían detener a los alemanes en Bélgica, para que no sufriera daños el territorio francés y para que se les unieran con facilidad las tropas belgas (y si era posible, las holandesas), pues por sí solas éstas poco podían hacer En cuanto los belgas pidieran ayuda, se pondrían en marcha la llamada Maniobra Dyle, y el ala izquierda francesa -general Billote- entraría en Bélgica y se situaría sobre la línea Amberes-Mosa, para respaldar al ejército belga si se retiraba. A esta operación se le añadió otra más arriesgada: la llamada Variante Breda, que debería conducir al VII Ejército francés del general Giraud hasta el centro de Holanda, para enlazar con el ejército de este país. La Maniobra Dyle debería permitir amenazar el Rhur alemán, importante zona industrial. Y así se hará, pese a la oposición del general Georges, que temía, como ocurrió, un debilitamiento de las reservas francesas, y pese a que esto dejaba un punto débil en las líneas aliadas en Sedán, precisamente por donde iban a atacar los alemanes. La Maniobra Dyle era un plan un poco precipitado, mal concebido; no se había previsto lo que tardarían en llegar los alemanes, ni lo que resistirían belgas y holandeses, y, naturalmente, todos seguían pensando en el Plan Schlieffen. Con las tropas holandesas y belgas los aliados sumarían 137 divisiones, contra las 136 alemanas. Es decir, ambos bandos estaban igualados. Las fuerzas aliadas -británicos y franceses- situadas en este área se encontraban dispuestas en la siguiente forma, de izquierda a derecha: VII Ejército francés -general Giraud-; BEF o Cuerpo Expedicionario Británico -general Gort-; I Ejército francés -general Blanchard-; IX Ejército francés -general Corap-; y finalmente, II Ejército francés -general Huntziger-. Las fuerzas francesas integraban el Primer Cuerpo de Ejército, al mando del general Billotte. El conjunto de todos los Ejércitos aliados -francés, belga, holandés y fuerza expedicionaria británica- estaba comandado por el general Georges.
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La tenacidad de Winston Churchill personalizó la voluntad inglesa de pelear sin desmayo frente a los alemanes, desde que llegó al poder el 10 de mayo de 1940. El premier británico afirmaba que la tiranía nazi se podía y se debía vencer: "Estamos seguros de que, al fin, todo saldrá bien". Londres se convirtió en la capital de la lucha contra el Reich, a donde llegaba exiliado todo tipo de marinos, soldados, aviadores y civiles; los reyes y Gobiernos de Noruega, Holanda y Luxemburgo; los Gobiernos de Polonia y Bélgica; el presidente de Checoslovaquia; el rey de Albania y el general De Gaulle. En los puertos británicos estaban refugiadas las flotas danesa, noruega y holandesa. Inglaterra, sin embargo, pronto agotó sus divisas extranjeras y se enfrentó a la bancarrota. Durante el invierno de 1940-41 recibió una ayuda inapreciable; Roosevelt declaró que América sería el arsenal de la democracia y que suministrar armas a los ingleses era el mejor modo de defender a los Estados Unidos. En marzo de 1941, el Congreso norteamericano votó la Lend-Lease Act, que permitía suministrar material de guerra a Gran Bretaña, con la única garantía de reembolsar su importe al finalizar la guerra. Contra los propósitos de Mussolini, el Mediterráneo era un lago británico, controlado por la Royal Navy y las bases de Gibraltar y Alejandría. Hitler ya había hecho preparar la Operación Félix, que preveía el asalto a Gibraltar por unidades especiales alemanas, pues sus informes descartaban que los españoles pudieran conquistarlo. En efecto, España había sido devastada por la guerra civil y su Ejército carecía de material moderno, gasolina y suficientes municiones. La conquista se aplazó y perdió prioridad pues, el 18 de diciembre de 1940, Hitler había ordenado iniciar los preparativos para atacar Rusia y el Mediterráneo perdía importancia para la estrategia alemana. Mussolini, en cambio, centraba en el Mediterráneo su principal atención y pensó en aprovecharse del negro momento del Imperio Británico para ampliar sus posesiones de Libia invadiendo Egipto. Italia contaba con unas fuerzas armadas numéricamente importantes; sin embargo, era una potencia industrial de segunda fila, cuya modernización militar era deficiente; la Marina carecía de portaaviones, de aviación eficiente y no se había modernizado, mientras los ingleses ya contaban con el radar y estudiaban el asdic. La aviación había quedado anticuada y el núcleo de su caza estaba formado por biplanos. El Ejército había desarrollado un armamento ligero, fácilmente manejable pero sin potencia de fuego; los carros eran pequeños, sólo contaban con ametralladoras y no podían mantener un duelo con los británicos, gran parte de la artillería procedía de la Primera Guerra Mundial y la motorización era insuficiente. En 10 de noviembre de 1940, un ataque británico evidenció la realidad naval italiana. La flota británica del Mediterráneo (Cunningham) con cuatro acorazados, un portaaviones, nueve cruceros y catorce destructores navegó, a pleno día y sin ser vista, desde Alejandría a Tarento, cuyo puerto atacó al anochecer con aviones torpederos que, alumbrándose con bengalas, dejaron fuera de combate a la mitad de los acorazados italianos. La ruta de Africa quedó expedita para los convoyes británicos y casi cerrada para los italianos. Mussolini, para avituallar sus tropas de Libia, recabó la ayuda de Hitler y, en enero de 1941, el X Cuerpo Aéreo alemán se estacionó en los aeródromos de Sicilia, dispuesto a reconquistar las rutas africanas.
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Al amanecer del segundo día lunes 18 de septiembre, la diosa fortuna sonrió a los soldados alemanes implicados en la defensa de los puentes. Una densa niebla, seguida de lluvia y violentos aguaceros, cayó sobre los aeropuertos aliados en Inglaterra y en la parte más occidental de Europa, obligando a permanecer en tierra a la segunda oleada de tropas y de suministros junto con los cazas de escolta y los refuerzos de tierra. Con un tiempo extraordinario, la situación se invirtió en los aeropuertos alemanes, en donde los pilotos pudieron levantar el vuelo gozando de máxima visibilidad. Messerschmidt Me 109 atacaron las pociones aliadas hasta Joe Bridge sin ser obstaculizados, mientras que por primera vez en la guerra de Europa los aliados tuvieron que combatir sin cobertura aérea en el campo; este hecho resultó especialmente grave considerando que la operación Market Garden se basaba totalmente en el dominio aéreo.
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La dominación almohade en el Norte de Africa y al-Andalus dejó muestras de un arte extraordinario. Sus mejores ejemplos son la Giralda de Sevilla, la Kutubia de Marraquech y la Torre Hassan de Rabat. La Giralda es el elemento más representativo de ciudad de Sevilla. Se trata del originario alminar de la antigua mezquita. Ahmed ibn Baso y Alí de Gómara en 1198 serán los encargados de la obra. Su esquema deriva del alminar de la mezquita de Córdoba. El gran cuerpo se levanta en ladrillo, alcanzando los 94 metros de altura, con balcones y ventanas en los cuatro frentes. La decoración de los muros hasta la mitad de la altura presenta tres paños verticales con la típica red de rombos. Por encargo del Cabildo Catedralicio, el arquitecto Hernán Ruiz II llevó a cabo la renovación de la torre entre 1558 y 1568, añadiéndose el cuerpo de campanas y los templetes que lo culminan de manera decreciente. Como remate se ubicó una estatua de la Fe en bronce. La escultura hace de veleta, ya que gira según la dirección del viento, motivando la denominación popular de "Giralda". Hermano gemelo de la Giralda es el alminar almohade de la Kutubia de Marraquech, también llamada Mezquita de los Libreros. Destaca por las formas puras y por una decoración limitada a unos simples motivos repetitivos. Tiene 69 metros de altura y presenta planta cuadrada y perfil rectilíneo. Las partes altas de sus muros están decoradas con arcos entrelazados. La Torre Hassan de Rabat es también hermana de las anteriores. Mandada levantar por Yaqqub al-Mansur, la torre nunca fue acabada, aunque presenta una dimensiones impresionantes, con 16 metros de lado y una altura, de haber sido concluida, cercana a los 80 metros .
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El movimiento almohade fue fundado por el bereber Muhammad ibn Tumart, nacido en el anti-Atlas magrebí hacia 1080, quien probablemente en 1117 empezó a reaccionar contra lo que él consideraba relajación religiosa de los almorávides. Perseguido por éstos, se hizo fuerte, desde 1123, en Tinmmal, al sur de Marrakech, con sus seguidores, titulándose Mahdi, y consolidó antes de su muerte, en 1130, su característica doctrina rigurosa en el unitarismo divino y tan sobria inicialmente como eran sus costumbres bereberes no-urbanas, doctrina que adquirió plena dimensión política al lograr sus seguidores conquistar territorios y llegar a sustituir a la dinastía almorávide en el Magreb y al-Andalus en 1145-1146.Los califas almohades de al-Andalus fueron nueve e impusieron su poder sobre el Sur peninsular durante 84 años, de 1145-6 a 1232, cuando acabaron sustituidos por las terceras taifas, reunificadas por el sultanato de los Nazaríes de Granada, el último al-Andalus (1232-1492). En el Norte de África, los almohades fueron sustituidos por tres sultanatos: el de los Hafsíes en Túnez, el de los Zayyaníes en Tremecén y el de los Benimerines en el Magreb Occidental; los Benimerines tomaron la capital almohade de Marrakech en 1268 y, al año siguiente, aniquilaron su último reducto de Tinmal.Desde 1120 a 1268 en el Magreb, y desde 1145 a 1232 en al-Andalus, tres etapas distintas marcan diferencias en casi todas las manifestaciones del período almohade: primero, la fundación y consolidación de su doctrina y su Imperio, hasta la muerte del primer califa Abd al-Mumin (1163); segundo, su apogeo, durante los califatos de Abu Yaqub y Abu Yusuf (1163-1199), algo prolongado hasta 1212; y luego, la decadencia.En general, la férrea organización doctrinal y administrativa de esta dinastía, que, al extenderse en sus mejores tiempos desde la Tripolitania hasta el centro de la Península Ibérica, comunicó además amplias zonas y recursos, propició una brillantez cultural y una grandiosidad artística, en cuanto la cultura almohade dejó atrás el marco bereber estricto, y se enriqueció con los elementos de la alta cultura urbana andalusí.El califato almohade, junto con el califato omeya, representan las cimas de la titulación político-religiosa en al-Andalus, y en este sentido, acierta D. Urvoy al expresar que "fue el poder bereber quien, permitiendo remontar la crisis moral y social, procuró las condiciones para el completo desarrollo del pensamiento". Un pensamiento filosófico que es símbolo del esplendor cultural andalusí-almohade, acompañado por el orden gubernativo, el esfuerzo militar que logra la última gran victoria musulmana en la Península (Alarcos, 1190), aunque caiga en picado tras la derrota de Las Navas de Tolosa (1212). Y, también, buen engranaje en el comercio mediterráneo, como manifiestan diversos tratados con potencias italianas, hasta que en el siglo XIII se produzca un cambio de la situación anterior que hizo perder protagonismo a la iniciativa comercial andalusí y magrebí, en la cual hay que buscar una de las causas del declive musulmán al iniciarse la Baja Edad Media.Otra de las razones del declive y del retroceso territorial, que se vuelve imparable en al-Andalus tras la grave derrota de Las Navas de Tolosa, reside en una de las características que fue, en sus mejores tiempos, timbre de gloria de los almohades: su condición de socorredores militares de al-Andalus. Precisamente, el hecho de que no se reclutaran ejércitos suficientemente numerosos formados por andalusíes, sino que se recurriera a traer combatientes del Norte de África, acabó produciendo ese carácter poco militarizado evidente en la sociedad de al-Andalus que, cuando sin apoyos del Magreb (todavía en ayuda de los Nazaríes de Granada vendrán los Benimerines) le dejarán a merced de las treguas costosas con los reinos cristianos, o a merced de sus conquistas progresivas.En ambos aspectos: protagonismo andalusí en el comercio mediterráneo y protagonismo combatiente en la Península Ibérica, los almohades representan la última gran baza de los musulmanes del Occidente islámico, antes de que el peso de sus relaciones con la Cristiandad se incline definitivamente en su contra.
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Los principios religioso-políticos instaurados por los almohades tomaron auge rápidamente y no sólo se impusieron sobre los de la dinastía almorávide sino que sirvieron de base a un nuevo Imperio que extendió sus límites territoriales desde la Tripolitania hasta al-Andalus. Los almohades, tras un proceso inicial jalonado por numerosos vaivenes de avance y retroceso en el territorio magrebí, cruzaron finalmente el Estrecho a fin de instalarse en al-Andalus.La situación política andalusí en esta época ofrecía un panorama adecuado y proclive a recibir a una nueva dinastía. La población, sometida y descontenta con la gestión política y económica ejercida por los almorávides, estaba dispuesta no sólo a promover múltiples levantamientos sino a proclamar como nuevo dirigente de al-Andalus a un gobernante almohade. Así pues, de nuevo fue un movimiento religioso magrebí el que vino a solventar dificultades.En 1145 habían desembarcado en la Península las primeras tropas almohades respondiendo con ello a la petición de auxilio tramitada por Ibn Qasi, cabecilla espiritual y político que, desde su reducto del Algarve, partió en busca de ayuda con el fin de eliminar totalmente a los almorávides de al-Andalus. Estos últimos se habían visto obligados a reducir los efectivos militares a este lado del Estrecho dado que eran necesarios en el Magreb para combatir al nuevo poder que avanzaba rápidamente. Dicha coyuntura fue aprovechada por los andalusíes, quienes a su vez se alzaron en un movimiento de rebeldía que se extendió por todo el territorio y que lo fragmentó en los llamados segundos reinos de taifas, regentados por señores independientes. De entre ellos, fue el mencionado Ibn Qasi el primer amotinado, pues ya en 1142 se reveló en el Algarve, donde construyó, concretamente en Silves, una rábida en la que reunió a sus adeptos, los llamados muridin.Entre los que se levantaron contra el poder almorávide figuran, igualmente, Zafadola Ibn Hud, en Levante; Ibn Mardanis, el denominado Rey Lobo en las fuentes cristianas, quien ejerció su poder especialmente en Murcia y Valencia hasta casi la mitad del reinado del segundo califa almohade, Abu Yaqub; Ibn al-Hachcham, que acabó dominando Badajoz, y los Banu Ganiya, en las Baleares, entre otros.Este es el contexto socio-político que aguardaba a la nueva dinastía en la Península. Queda claro, pues, que en la venida de los almohades se conjugaron dos hechos importantes: por una parte, el ideal expansivo generado por este movimiento de base religiosa; por otra, la necesidad de los andalusíes de recurrir a éstos para contrarrestar los avances cristianos.
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Consolidaron los bereberes Sinhaya en el norte de África, desde mediado el siglo XI, un Imperio que por su orientación religiosa ortodoxa, defensora de los valores espirituales y a la vez de los territorios del Islam, se denominó de los almorávides. Su instalación en al-Andalus fue conjunción de dos factores complementarios: la fuerza expansiva, propia del movimiento almorávide, y la urgencia sentida por los andalusíes de contrarrestar la permanente ofensiva de los reinos cristianos. Así llegan, en 1086, un año después de la toma de Toledo por Alfonso VI, y tras comprobar la inseguridad de la fragmentación en los existentes reinos de taifas, empiezan a conquistarlos, desde 1090 (primero, Granada) hasta 1116 (las Baleares).Los almorávides dominan al-Andalus con sus ejércitos y con la colaboración de los letrados andalusíes, pero esas tropas traídas del Magreb no logran contener los avances cristianos y en las gentes de al-Andalus pronto rebrota la berberofobia, cuando advierten la decadencia doctrinal, política y militar de los almorávides, sobre todo desde la segunda década del siglo XII.Alzándose contra este Imperio, minado además en el Magreb por los almohades, los andalusíes se alzan de nuevo en taifas, desde 1142, hasta ir pasando al dominio del nuevo Imperio magrebí, de los almohades.Junto a tanta inestabilidad política y militar, se aprecia en al-Andalus un esplendor cultural y científico, un amplio desarrollo urbano y una notable pujanza económica.
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El siglo XI fue, como señaló Ramón Menéndez Pidal, la centuria de las extremas crisis en el mundo musulmán y en el cristiano. En la primera mitad de este siglo, las crisis políticas afectan a los dos califatos: los abbasíes de Bagdad y los omeyas de Córdoba, las partes mediterráneas del mundo islámico (Dar al-Islam), desde Siria hasta al-Andalus, fueron territorios de disidencia y conflictos. En Oriente el decadente califato abbasí se encuentra bajo la tutela del poder político de los buhíes si'i, de origen persa, y desde 1055, de los selchuquíes turcos. Siria fue el territorio más débil del Imperio abbasí, donde se desarrollaron luchas continuas entre el potente califato fatimí de El Cairo y los señoríos locales y en particular los selchuquíes, que duró hasta la invasión de los Cruzados en 1097.En Occidente, y tras la muerte del dictador Almanzor (1002) y su hijo al-Muzaffar (1008), al-Andalus entra en una guerra civil (Fitna) que sumergió el país en una crisis política profunda, que condujo a resquebrajar lo que parecía sólido poder central y a acabar con la abolición del califato omeya en 1031, culminando en la aparición de los reinos de taifas. Lo mismo sucede en Sicilia, que tras una crisis política, llegó a la revolución de Palermo en 1019 y a la partición de la isla en señoríos el año 1036.El siglo XI nos presenta, pues, un nuevo aspecto político, tanto en la Península como en el sur de Italia, en Sicilia. Es el retroceso territorial espectacular del islam europeo y el avance de la cristiandad en las tierras musulmanas sicilianas y andalusíes. Esta presión cristiana -como señaló Pierre Guichard- "se explica por el dinamismo de un Occidente en donde empiezan a revelarse los factores de toda naturaleza político-ideológicos, económico-sociales y militares que van a alcanzar hasta nuestros días, en un movimiento casi continuo de expansión a costa de los mundos exteriores".El despertar de la cristiandad occidental frente al estado de la fragmentación del islam europeo favorece una "agresión extranjera", y en particular la intervención del Papado de Roma, tanto en Sicilia como en la Península. El papa Alejandro II movilizó, bajo su égida, e hizo predicar en los dos países la Guerra Santa: la primera fue cuando los normandos empezaron su conquista de Sicilia, en 1061, bajo la bandera del Papa y su bula general para los combatientes; mientras que la segunda se realizó, en la Marca Superior, con la aparatosa cruzada franco-aragonesa de Barbastro ocurrida en 1064, que fue reconquistada por los andalusíes al año siguiente. Más tarde, la rendición de Toledo (mayo de 1085) al rey Alfonso VI de Castilla fue un duro golpe para al-Andalus, y también para el Magreb. Como consecuencia, los régulos de taifas se convencieron de que era necesario deponer sus rencillas y salvar al-Andalus, pidiendo auxilio al emir magrebí Yusuf ibn Tasufín. Con una clara visión de las circunstancias, el poeta Ibn al-Assal dirigía sus versos a sus compatriotas para darles cuenta de la amenaza de Castilla, mostrandó al-Andalus como una ropa que se deshilacha por el medio:"¡Oh gente de al-Andalusl, ¡Aguijad vuestras monturas! Porque el permanecer aquí es un error; La ropa se deshilacha primero por los bordes y veo que la ropa de la Peninsula se deshilacha por el centro".
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Cuando, poco después de la muerte de César, los decuriones de Urso se reuniesen para organizar los espectáculos de la colonia según la ley que les había otorgado el dictador, pocos fueron, probablemente, los que se plantearon celebrar esos juegos en edificios concretos: el texto legal se limitaba a mencionar el circo y el foro, y lo cierto es que reflejaba así una indefinición muy propia de su época. En efecto, quien conociese la Italia de mediados del siglo I a.C., bien sabía lo raros que por entonces eran todavía los teatros y anfiteatros estables: sólo hacía unas décadas que habían empezado a plasmarse sus planteamientos y estructuras, llenos aún de dudas y ensayos, y tan costosas construcciones apenas se veían fuera de Campania y Etruria. En la propia Roma, centro del poder político y por tanto teórico modelo para municipios y colonias, la situación se hallaba aún peor: fruto de la desconfianza del senado hacia las asambleas populares, se carecía por completo de anfiteatro -los gladiadores combatían en el Foro, las fieras en el Circo Máximo-, y sólo en 55 a.C. había podido Pompeyo construir el primer teatro en cal y canto de la ciudad. Realmente, salvo ese edificio -grandioso sin duda, pero aislado-, hubo que esperar en Roma al principado de Augusto para que los ámbitos arquitectónicos de los juegos cobrasen un carácter monumental: fue entonces cuando se levantó el primer anfiteatro de la Urbe, el de Estatilio Tauro (en 29 a.C.), que aún debía de tener gradas de madera; también en esos años se inauguraron los teatros de Balbo y de Marcelo (en 13 y 11 a.C., respectivamente) y, además, se decidió dar al Circo Máximo una entidad que superase la de mera explanada rodeada con bancos de leño: a raíz del incendio de 31 a.C., se construyeron en piedra por lo menos el pulvinar y parte de las gradas.