Busqueda de contenidos

obra
Una de las técnicas más queridas por Fortuny será la acuarela, trabajando en ella desde bien temprano aunque será en Italia donde alcanzará un mayor éxito y desarrolla una técnica personal con una acentuada dependencia del grabado japonés. En esta ocasión contemplamos un estudio preparatorio para el lienzo El Jardín de los Arcades, tercera obra maestra del preciosismo - junto a La vicaría y la Elección de la modelo - que desapareció en el incendio del palacio de los Heeren en 1935. El acertado dibujo se convierte en el principal punto de referencia para el artista, demostrando su facilidad con los gestos y expresiones de sus modelos, convirtiéndose también en un gran retratista. La rapidez de la ejecución no impedirá al maestro catalán interesarse por ciertos detalles, como las telas, para obtener unos sobresalientes resultados.
contexto
Agosto:Las fuerzas del eje se retiran a Sicilia. El alto mando aliado aprueba los planes de las operaciones Baytown y Avalanche para invadir Italia continental. Badoglio comienza las negociaciones secretas para la rendición.Septiembre:Día 3: firma de la rendición italiana. Se lanza la operación "Baytown", es decir, el desembarco en Reggio Calabria.Día 8: el cuartel general de los aliados transmite por radio la noticia de la rendición italiana. La operación "Giant II" (lanzamiento de los paracaidistas sobre Roma) se anula.Día 9: los alemanes desarman al ejercito italiano. Las operaciones "Avalanche " (Salerno) y "Slapstick" (Tarento) se llevan a cabo con éxito.Día 16: el 8? y el 5? Ejército se unen.Día 17: los alemanes se desentienden de Salerno y comienza a retirarse de forma planificada hacía la Línea de invierno (la Línea Gustav).Día 22: el 8? Ejército conquista Bari.Día 23: el 5? Ejército comienza el avance hacia Nápoles.Día 27: el 8? Ejército llega a los campos de aviación de Foggia.
contexto
La decisión más crucial, que demostró la valentía de Sadat, fue su viaje a Jerusalén en noviembre de 1977. Ante el propio Arafat la había anunciado en el Parlamento egipcio y le costó no sólo la dimisión de sus responsables de política exterior propia sino también unos inicios de los contactos que resultaron muy decepcionantes. Ante el Parlamento israelí afirmó Sadat que los antiguos antagonistas estaban de acuerdo en dos cosas: la necesidad de garantías recíprocas y la evidencia de que la guerra anterior debía ser la última. De hecho, las minucias de la negociación le interesaban muy poco y estaba dispuesto a librarse de la hipoteca palestina que pesaba sobre la política exterior árabe y mediatizaba cualquier posibilidad de desarrollo económico estable. Occidentalista, impaciente y anticomunista, su interés primordial radicaba en recuperar el Sinaí, pero chocó con una fuerte oposición interna a la hora de seguir este rumbo. Tras trece días de encuentro en Camp David entre Beguin, el primer ministro israelí, y Sadat en septiembre de 1978 se llegó a un acuerdo que fue suscrito en marzo de 1979 en Washington. Gracias a él Israel, tras treinta años de guerra, firmó la paz con el más poderoso de sus vecinos árabes y Egipto logró la restitución de los territorios que había perdido en 1967 tras un plazo de tiempo que dilató el proceso hasta 1982. Para entonces Sadat había sido ya asesinado en octubre de 1981, víctima de los integristas que desde mediados de los años setenta venían constituyendo un peligro creciente para el Estado egipcio. Desde antes, sin embargo, el aislamiento de éste del conjunto de los países árabes se había hecho casi total alineándose contra él no sólo los países más próximos a la Unión Soviética sino también los conservadores como Arabia Saudita y Jordania. Egipto fue excluido de la Liga Árabe, cuya capitalidad se trasladó en adelante a Túnez y sólo dos países árabes -Sudán y Omán- mantuvieron sus relaciones diplomáticas con él.
contexto
La paciente labor de incrustación de pequeñas piedras de diferentes materiales y coloridos -lapislázuli, cornalina, diorita, alabastro; conchas, etc.- sobre almas metálicas, de madera o de arcilla recubiertas de betún, técnica conocida como taracea, alcanzó una gran difusión durante la etapa Dinástica Arcaica. Trabajada en forma de paneles, daba origen a verdaderos mosaicos que se aplicaban sobre algunos sectores de los edificios, sobre muebles y especialmente sobre instrumentos musicales y otros objetos de la vida cotidiana. Los ejemplares más importantes de este tipo de decoración provienen de los complejos palaciales de Kish y de Mari, del templo de Ninkhursag en El Obeid y, sobre todo, de las tumbas reales de Ur. Del palacio de Kish poseemos los más antiguos restos de esta técnica ornamental, consistentes en unos pequeños fragmentos de caliza y esquisto embutidos en betún, y que representaban a soldados y prisioneros. En Mari, este tipo de trabajo decorativo conoció un gran, florecimiento, con un denso repertorio de temas iconográficos, entre ellos escenas de guerra y paz, banquetes con música y danza y asuntos de la vida cotidiana de los templos. Así, el Templo de Ishtar ha proporcionado restos de un mural de madreperlas y piedras oscuras, del que nos ha llegado varias figuras de oficiales y prisioneros. El Templo de Dagan, de la misma ciudad, fue decorado con un interesante panel de concha, marfil y pizarra, en cuyos tres registros se representaba una procesión, el esquileo de ovejas y unas mujeres hilando. Del Templo de Ninkhursag proviene una única plaquita de madreperla con el tema de un sacerdote que aporta una cabra para el sacrificio cúltico. Del antiguo palacio presargónico de Mari han llegado diferentes fragmentos, trabajados en lapislázuli, madreperla y cristal de roca, con el tema -muy esquematizado- del Imdugud, y que forzaría parte de algún trabajo de incrustación, hoy perdido. Un objeto muy interesante es un amuleto-placa en forma de lmdugud (12,8 cm; Museo de Damasco), de calidad excepcional, ejecutado en lapislázuli y lámina de oro en cola y cabeza y que completaría, quizás, algún objeto de una persona distinguida, acaso una alta sacerdotisa. El Templo de Ninkhursag de El Obeid tuvo también ornamentada con taracea parte de su fachada principal, junto a otros relieves, a base de figuras recortadas de caliza y de conchas que reproducían una escena de la vida pastoril. Por su temática ha sido denominado popularmente Friso de la lechería, y en el que se podía ver el ordeño de las vacas y la fabricación del queso, entre otros motivos. En el cementerio real de Ur se localizó una famosísima pieza, conocida como el Estandarte de Ur (4,83 por 2,03 m; Museo Británico), muy discutida en cuanto a su finalidad práctica, y que pudo haber sido la caja de algún instrumento musical, de algún arma o el complemento de algún objeto mueble. En el panel de la cara anterior, denominado Cara de la guerra y en sus tres frisos, que deben leerse de abajo arriba, se ve una parada de carros tirados por onagros que patean a los enemigos; un pelotón de infantería que vigila a unos prisioneros, y el desfile de los infantes ante el rey, que se encuentra en la parte central del friso superior, escoltado por tres hombres armados. En el panel opuesto o Cara de la paz se figura a unos hombres cargados de sacos y fardos -los tributos-, a pastores, un pescador y un trampero que aportan diferentes animales y, en lo alto, al rey bebiendo y conversando con sus dignatarios al son de la lira. La taracea sirvió también para ornamentar liras y arpas, según han testimoniado las tumbas reales de Ur. Con esta técnica se representaron las más variadas escenas, algunas de difícil comprensión, como el frontal de la caja de resonancia de un arpa (Universidad de Pennsylvania), en donde en cuatro registros se recoge al héroe desnudo entre dos toros antropocéfalos (¿Gilgamesh?). También aparecen otros diferentes animales tocando instrumentos o portando páteras, jarras o campanillas, así como a un hombre-escorpión, figura típica del primitivo bestiario mesopotámico. Parece ser que esta última composición pudo formar parte del conocido tema la orquesta de los animales, de carácter mucho más religioso que artístico y que sería el disfraz de algunos de los ritos cultuales de la fiestas del Año Nuevo, parangonables a las Saturnales romanas o a nuestro Carnaval. El arpa de la reina Puabi y otras que no podemos detallar aparecen decoradas con esta técnica. En la de Puabi el tema del Imdugud, dos bueyes que comen del Arbol de la Vida, el hombre-toro que levanta a dos leopardos y un león atacando a un toro es el repertorio que se figura. Asimismo, la taracea se halla presente en los tableros de juegos sumerios de Ur, sobre cuya alma de madera o plata se incrustaban pequeñas teselas de concha, hueso, lapislázuli, caliza roja, todas ellas fijadas con betún. Los más conocidos son tres ejemplares, formados por veinte casillas de diferente decoración, cuyo geométrico perfil se asemeja a una botella con el tapón puesto. También sus fichas, de distintas formas y en número variable, están decoradas con la técnica de la taracea. Finalmente, debemos reseñar algunos objetos de tocador, ornamentados con dicha técnica. Se trata de cajitas rectangulares o semicirculares, varillas e incluso huevos de avestruz, que sirvieron de vasos rituales.
contexto
Había un reducido grupo de españoles en la Corte y en la administración que veían en el rey José la esperanza para la regeneración de España. Eran los afrancesados. En palabras de Miguel Artola, los afrancesados "...constituyen un partido, por cuanto su decisión de jurar al rey José es la condición necesaria para alcanzar el poder y desarrollar desde él un programa específico, que los diferencia de los otros dos partidos que aparecen en estos años. Su total vinculación ideológica con el Despotismo Ilustrado los lleva a propugnar un régimen monárquico con una autoridad fuerte que impida experiencias revolucionarias como la francesa, pero que al mismo tiempo promueva las reformas que el país necesita". Esta descripción del grupo enmarca perfectamente su origen y sus propósitos. Sin embargo, es conveniente aclarar la diferencia existente entre el afrancesamiento cultural y el afrancesamiento político, pues aunque pueden confundirse, el primero encierra un fenómeno más amplio en el tiempo que, además, no siempre desemboca en un apoyo al rey José. El afrancesamiento cultural es un fenómeno que se produce en la segunda mitad del siglo XVIII y que da lugar a manifestaciones multiformes que van desde la impregnación cultural producida por la lectura de libros franceses, hasta el empleo de galicismos en el lenguaje, pasando por el gusto por la moda francesa, como fue el uso generalizado de las pelucas empolvadas. Aunque hay afrancesados culturales que pasan a ser afrancesados políticos, como Meléndez Valdés, Cabarrús o Moratín, hay también afrancesados culturales que pasan al campo de los patriotas, como es el caso de Jovellanos y de Quintana. Aquellos atacan a la dinastía Borbón porque a su juicio ha sido culpable de la anarquía revolucionaria a la que había dado lugar su incompetencia. No podían aceptar que un rey como Fernando VII debiese el trono a un levantamiento popular. No es que aceptasen de buen grado a la nueva dinastía, pero en todo caso se dispusieron a aceptarla y a sacar el mejor provecho de ella. Los afrancesados trataron de justificar su actitud de una forma un tanto cínica, alegando que ante la aplastante superioridad francesa no podía hacerse otra cosa que colaborar con el monarca impuesto por Napoleón. Ese era el criterio de Félix José Reinoso, quien creía que la resistencia sólo podía traer la ruina al país. Para Reinoso y todos los que pensaban como él, como Miñano, Lista, Cabarrús, etc., era preferible un gobierno fuerte y poderoso que estimulase un programa de reformas controladas y de innovaciones limitadas -aun basadas en las bayonetas francesas- que un poder revolucionario surgido del pueblo, aprovechando la lucha por la independencia nacional. Sin embargo, independientemente de su carácter cultural o político, es conveniente distinguir al menos tres tipos diferentes de afrancesados atendiendo a la actitud que adoptaron frente a la nueva monarquía y a las circunstancias en las que algunos españoles se hallaban en el momento de su establecimiento. En primer lugar, los empleados de todas clases y categorías que desempeñaban sus funciones en la capital y en las poblaciones que fueron ocupadas por las tropas napoleónicas y no tuvieron más remedio que adaptarse a la nueva situación si no querían perder sus respectivos destinos. En segundo lugar, aquellos españoles que se plegaron al gobierno de Bonaparte por simples razones geográficas: pasaron estos años en la parte afrancesada. Por último, los afrancesados por una personal y libre determinación. Estos fueron los verdaderos colaboracionistas en el sentido de que se unieron voluntariamente al rey José para apoyarlo en sus proyectos reformistas y seguirle en su política. Algunos de ellos formaron parte de su gobierno y otros simplemente colaboraron desde puestos más modestos de la administración.
contexto
La falta de vertebración institucional de la ciudad islámica hizo que en ella el poder estuviera concentrado en un solo lugar amurallado, ubicado en un punto periférico de la cerca urbana y privilegiado por la topografía: la alcazaba (qasaba) en la acepción de ciudadela. Con sus murallas autónomas, accesos independientes, espacio para tropas y caballerías, palacios, huertos, aljibes, cementerio y, cómo no, mezquita, era la ciudad del poder dentro de la ciudad. Su trazado y tamaño, e incluso su propia denominación, fueron evolucionando; al comienzo, desde los primeros amsar hasta la época de las Cruzadas, predominaron las de nueva planta y, como las residencias omeyas, adoptaron por lo general formas muy limpias y autosuficientes desde un punto de vista geométrico, ya que predominaron los rectángulos y los cuadrados, con torres y puertas rígidamente distribuidas y decoradas; este tipo es el que deberíamos denominar Dar al-Imara. Sus características formales pervivieron en aquella regiones orientales donde hubo conquistas tardías, como el que, en 1470, se levantó en Ajmer y cuya planta es tan geométrica como el de Federico II de Hohenstaufen en Castel del Monte, labrado en 1240, citado como ejemplo de la influencia musulmana en Italia. En ciudades antiguas ya se dio el problema de instalar el aparato del poder en recintos viejos, y así pronto se dio una línea de alcazabas que se apartaban del esquema omeya. Sin embargo, sería en la época de las Cruzadas, con unas precauciones defensivas más reales que las exhibiciones disuasorias de los primeros siglos, cuando las murallas del Dar al-Imara no alcanzaron la complejidad y potencia propia de las alcazabas; consecuentemente con la debilidad del Islam, las fortificaciones que protegían al poder se multiplicaron; además de la complejidad e iteración de los trazados, que convertían a la topografía en su aliado, las alcazabas incluían barbacanas, fosos, corachas (muros que atajaban espacios baldíos), albarranas, puertas con recodos múltiples, auxiliadas por matacanes, buhaderas, rastrillos y patios intermedios, portenas y pasadizos...; todo ello muy impresionante, pero de nada sirvió ante la artillería. En la época más vieja del Islam no había posibilidad de distinguir en el palacio la residencia, los espacios protocolarios, las habitaciones destinadas a familiares, ayudantes y consejeros, los cuarteles de la guarnición y el amurallamiento del conjunto; todo era un qasr (palacio), un dar al-Imara o, en los casos extremos, una madina, por esquemática que fuese. Durante el período abbasí el ceremonial y aparato de la corte crecieron de forma imparable al compás con la articulación administrativa del imperio musulmán; por ello el compacto palacio de época omeya, organizado como mucho en torno a un par de patios, se disolvió en un conjunto de sectores articulados y jerarquizados, pero cuya identidad se mantenía de tal manera que los nombre, los accesos, la independencia funcional y a veces la formal, permitían dar sentido a unos complejos de salones y patios que hoy parecen laberintos. Cuando la documentación nos permite hacernos una idea de qué funciones alojaron aquellos espacios se detecta que cada patio define un conjunto funcional concreto, de tal manera que el espacio descubierto y sus galerías, en caso de existir, se convierten en nodos que aglutinan a las distintas piezas, que sólo a través de ellos obtienen su acceso principal; normalmente y, salvo mínimos desniveles, toda la serie de estancias que se relacionan con un patio están en el mismo piso, pues normalmente no se da una superposición de planta dentro del mismo conjunto, cuestión de la que no siempre estamos bien informados, pues Madinat al-Zahra y la Alhambra no existieron, mientras en lo omeya de Siria y en el Alcázar de Sevilla sí. Cuando el espacio disponible era menor, el conjunto se redujo a un solo patio, que normalmente era rectangular, al que abrían dos tandas de salas en los lados cortos. Los ejemplos de esta disposición abundan tanto en Sevilla como en la Alhambra, tal es el esquema del Patio de los Arrayanes, o en la Aljafería. Un esquema distinto es el que se deduce de los ejemplos en los que la extensión disponible era muy notable; en ese espacio abierto principal no es un patio sino un jardín acotado, dotado de organización propia, en el que los edificios principales que se abren en él sólo ocupan la parte central de uno de sus lados, quedando el resto del perímetro cercado por un muro, un desnivel o la discreta apariencia, a modo de zócalo corrido, de hileras de habitaciones de servicio. La organización de las distintas piezas que componen el cuarto sufre una cierta evolución desde el primitivo bayt de cinco espacios hasta los modelos más tardíos en los que el ámbito central de dicha organización adquiere gran altura y se cubre con cúpula independiente, convenientemente arropada por salas perimetrales alargadas y de menor fuste; quedan ejemplos intermedios de ordenaciones basilicales muy suntuosas y otros, más reducidos y sin pretensiones, en los que la alargada es la sala principal y el resto son simples alcobas. La asociación de cuartos se produce en dos escalas diferentes, que parecen sucesivas en el tiempo; durante los primeros tiempos, hasta el Año Mil, las organizaciones se basaron en ejes que llevan de unos patios a otros sin que se produjeran quiebros, dando rígidas simetrías. En un segundo momento los accesos parecen perder toda importancia formal, y las conexiones se establecen de manera quebrada, laberíntica y en los lugares próximos a los ángulos o extremos. Uno de los elementos característicos del palacios, o ciudad palatina, fue su vestíbulo, a cierta distancia de la auténtica puerta principal; solía ser un edificio en cuyas inmediaciones los visitantes desmontaban de sus cabalgaduras, y en el que aguardaban a ser recibidos por el monarca, quien, en determinadas ocasiones, podía convertir el propio vestíbulo en sala de audiencias; uno de los más suntuosos que conocemos es también de los más antiguos, ya que A. Almagro, que los excava y restaura, lo fecha en los últimos omeyas, es el vestíbulo del palacio de Amman, en Jordania, inspirado en ejemplos sasánidas. En bastantes casos la sala de recepción adoptó alguna disposición de prestigio, entre las que prefirió Al-Andalus el salón basilical de tres naves, en el que aparecía el califa entronizado, pero en el que en otro momentos podía ofrecerse un banquete, como la documentación de Madinat al-Zahra nos insinúa. A través de ella, y parece que tal situación puede extrapolarse a otras cortes, sabemos que el número de mayalis (salones, es decir, cuartos) podía ser muy crecido, lo mismo que las dependencias de carácter administrativo, reseñadas como dar (casa), término que también sirvió para designar lo que parecen ser viviendas de personajes concretos de la corte. Estos cuartos están en el Alcázar de Madinat al-Zahra integrados a la manera urbana, es decir, forman manzanas relacionadas por terrazas a nivel (alsath, de donde viene azotea) y calles cubiertas en el sentido de la pendiente del terreno (fasil, en plural fusul), y algo similar debió darse en las Alcazabas de Sevilla, mientras en Samarra, Granada, la Aljafería de Zaragoza o el Fuerte Rojo de Delhi, se establecieron como piezas integradas en un edificio.
contexto
La celebración de los esponsales de Carlos I con la emperatriz Isabel en los Alcázares de Sevilla en 1526, debió de ser el origen del interés del monarca por este conjunto palaciego. Ya desde 1535 se emprendieron una serie de reformas de carácter funcional, orientadas a transformar el viejo recinto en un moderno palacio adecuado a las necesidades del monarca y de su corte. Las obras, bajo la dirección de Luis de Vega, cobraron un gran impulso a partir de la década de los cuarenta con la construcción de la galería alta del Patio de las Doncellas, la elaboración del artesonado serliano de la denominada Sala de Carlos V y otras labores de remodelación como el pavimento de mármol de los corredores y el crecimiento de la cubierta del Salón de los Embajadores; operaciones todas ellas donde los elementos y motivos clasicistas se combinaban dentro de un conjunto en el que la tradición constructiva islámica es el factor dominante. Lo mismo ocurre con la remodelación del Cenador de la Alcoba, conocido como Pabellón de Carlos V, antigua qubba que formaba parte del recinto amurallado almohade. Entendido como una villa con funciones lúdicas (Lleó) o como referencia al núcleo del jardín islámico propuesto por el tratadista musulmán Ibn Luyún (Bonet), el pabellón regio responde igualmente al rigor, armonía y sentido de las proporciones propios del clasicismo, que al refinamiento del mundo musulmán en su relación con la naturaleza y en sus labores de yeserías, mármoles y azulejos de colores. Paralelamente a estas obras, se comenzó a intervenir en el Jardín del Príncipe, procediendo a incorporar al conjunto una serie de jardines, lamentablemente modificados en nuestro siglo, que fueron materializándose en los reinados de Felipe II y Felipe III. El resultado final fue una buena muestra de la jardinería española del siglo XVI, que nos remite al concepto de jardín manierista a la italiana, donde se pone de manifiesto la sorpresa y el juego derivado de la relación dialéctica entre Arte y Naturaleza. Los intereses de la corona pronto desplazaron a Granada y a Sevilla de la atención del emperador, en beneficio de otras ciudades del centro de la Península que, como Madrid y, Toledo, estaban llamadas a ocupar un papel importante dentro del programa de construcciones reales, con la transformación de sus respectivos alcázares en proporcionados conjuntos palaciegos. A mediados de los años treinta, coincidiendo con el nombramiento de Alonso de Covarrubias como maestro mayor de las obras reales, se inician las obras de transformación del Alcázar madrileño, tratando de convertir un complejo conjunto de construcciones defensivas en un verdadero palacio del Renacimiento. El proceso de transformación, estudiado recientemente por V. Gerard, consistió en el mantenimiento de parte de la estructura defensiva del edificio anterior -principalmente el sector oeste y los torreones del lado sur- y la delimitación de una planta rectangular mediante la articulación de dos patios, con arcadas en la planta baja y adintelados en el piso superior, separados por una crujía central donde se alojaban la antigua capilla del alcázar y una escalera doble cuya misión principal consistía en resolver los problemas de enlace y comunicación de ambos sectores. Soluciones que, ensayadas previamente por Covarrubias en los palacios arzobispales de Alcalá de Henares, fueron consideradas por el arquitecto al proyectar las obras del Hospital de Afuera de Toledo. Además de la escalera y los patios del Rey y de la Reina, el elemento más destacado lo constituye la portada que, por su disposición tripartita, su carácter triunfal, su remate en galerías flanqueado el escudo imperial y por la reducción de sus elementos ornamentales, se ha puesto en relación con la portada occidental del Palacio de Carlos V en Granada, la fachada del Alcázar de Toledo e, incluso, con la fachada del Colegio Mayor de San Ildefonso de la Universidad de Alcalá de Henares. No fue hasta 1545 cuando dio comienzo el proceso de transformación del Alcázar de Toledo, encomendando el monarca la dirección de sus obras a Alonso de Covarrubias. El carácter heterogéneo de las primitivas construcciones conformaban, antes de la intervención, un conjunto carente de cualquier criterio de unidad. Para rectificar esta situación, Covarrubias ensayó una tipología -edificio de planta cuadrada, con patio central, flanqueado por cuatro torres en los ángulos- llamada a tener una amplia resonancia en las construcciones regias y procedió a reformar las fachadas mediante un proceso de regularización de sus alzados, consistente en la utilización sistemática del aparejo, la organización de las superficies con órdenes y entablamentos y la distribución de vanos de acuerdo a criterios regularizadores. Las fachadas oriental y occidental fueron las que recibieron un tratamiento más sencillo, siendo la meridional donde Covarrubias centró el carácter representativo y emblemático del edificio. Esta última se dividió mediante el uso de entablamentos en tres pisos con nueve vanos cada uno, situados en ejes ortogonales a las líneas de imposta de la fachada. Su portada, donde se emplean los órdenes jónico y compuesto, enfatiza su carácter principal mediante el tratamiento plástico de los detalles ornamentales -escudo imperial y heraldos en el piso alto- y la utilización del almohadillado en el arco de ingreso. El patio, diseñado por Covarrubias en 1550, es la pieza más clásica y monumental del conjunto que, junto con la escalera, diseñada por Villalpando y construida por Juan de Herrera, dotan al edificio de un aspecto solemnemente triunfal en sintonía con la proporción y monumentalidad clásica del conjunto. El interés del monarca por la región central de la Península se tradujo también en la construcción de otras casas reales en antiguos cazaderos de la monarquía. Así ocurrió con el Palacio de El Pardo, trazado por Luis de Vega siguiendo el tipo palaciego de planta cuadrada, con patio central y torres angulares, y la cercana Torre de la Parada. Como El Pardo, las residencias de Aranjuez y Valsaín fueron concebidas como lugares de descanso y recreo, procediéndose a racionalizar su entorno mediante un gran parque que, en el caso de Aranjuez, estaba formado por grandes extensiones de bosque y arbolado y zonas urbanizadas dedicadas a huertas y jardines, enlazadas por una red de caminos, acequias y canales. La presencia de estas residencias en la zona centro demuestran el interés de la corona por lograr una incipiente ordenación del territorio en torno a Madrid, que con Felipe II adquirirá su configuración definitiva con la construcción del complejo de El Escorial. Las preferencias clasicistas del soberano, expuestas en los tipos y soluciones constructivas ensayados en las obras reales y en los programas históricos, alegóricos y mitológicos de la corona, pronto se asumieron en el círculo de la corte y se extendieron a los gustos de la nobleza y de las clases urbanas más favorecidas. A ello contribuyó definitivamente el desarrollo y transformación de las ciudades en tiempos del emperador Carlos con sus edificios municipales, docentes y administrativos, y las fiestas, triunfos y ceremonias civiles qué, como en los recibimientos de Zaragoza (1518), Burgos (1520) y Sevilla (1526), estaban ideados como medio de exaltación de las glorias del emperador.
contexto
La gravedad de la situación de Bélgica obligó a los franceses a correr para completar su despliegue en el Dyle y el Mosa antes de que se hundiera por completo el ejército belga. En la zona de las Ardenas, Corap y Huntziger, informados de que los alemanes avanzaban por todas las carreteras practicables, lanzaron contra ellos sus divisiones de caballería y motorizada en la mañana del 10 de mayo, tratando de retrasar los avances alemanes para soldar bien sus líneas. Estas cinco divisiones tropiezan pronto con fuertes columnas alemanas, que con el apoyo de los bombarderos en picado, rechazan a los franceses casi sin interrumpir su avance. El día 11, las dos divisiones de caballería metidas en la operación por Huntzinger, son violentamente rechazadas contra el río Semoy: increíblemente, Sedán se halla en primera línea. Más al norte, Corap debe retirar apresuradamente a sus divisiones de caballería y motorizada tras el Mosa para evitar su copo y aniquilación. La sorpresa, pues, era completa: mientras tres ejércitos aliados penetraban en Bélgica, felices por la escasa actividad aérea desplegada por la Luftwaffe sobre ellos, la tormenta comenzaba a abatirse sobre el frente de las Ardenas. Gamelin y su Estado Mayor, obcecados con su plan, no acertaron a ver dónde estaba la amenaza real y no se olieron la trampa que les estaban tendiendo los alemanes: cuantos más soldados aliados penetrasen en Bélgica, más quedarían atrapados en la bolsa de Flandes, por eso la Luftwaffe permitió su cómodo avance por las carreteras belgas. En la tarde del día 11, aparecieron ante Bouillon los tanques de Guderian. El Mando francés comenzó entonces a calibrar la importancia de ese ataque y ordenó que se reforzase al general Corap con una división blindada y 3 de infantería... De haber llegado esas fuerzas al frente el día 12, como se había decidido, hubieran podido variar la suerte de la batalla, pero se incorporaron el día 17, cuando ya todo estaba perdido para Francia.
contexto
Si en el lado alemán el espíritu ofensivo aumentaba constantemente, en el aliado, especialmente en el francés, disminuía, si es que había existido alguna vez desde 1939, y la mentalidad defensiva, cuyo símbolo era la línea Maginot iba a hacer mella en la moral, que cada vez será más baja, sobre todo en la zona de Sedán. La Linea Maginot sólo protegía la frontera franco-alemana, pero no la franco-belga, ni la franco-suiza, ni la franco-italiana. Por otro lado, el general Gamelin, comandante en jefe francés, disponía de une ejército, escasamente móvil, anticuado, pero, poseía mayor número de carros de combate -3.600 y algunos mejores que los alemanes-. Pero la doctrina francesa obligaba a que se empleasen dispersos, como apoyo a la infantería o para taponar rupturas del frente, ignorando, sin duda, lo que los alemanes habían hecho en Polonia -y lo que estaban haciendo en Noruega con los paracaidistas y tropas aerotransportadas-. La aviación francesa era de calidad mediocre y disponía de pocos bombarderos (242 sobre 1.700 aviones), pero esto era secundario para Gamelin, anciano general anticuado. Francia disponía de 96 divisiones, incluidas las de la línea Maginot, en el frente norte. En Francia, los británicos disponían de 9 divisiones largas, pero de pocos aviones y carros (288). Y había una división polaca. Los aliados pretendían detener a los alemanes en Bélgica, para que no sufriera daños el territorio francés y para que se les unieran con facilidad las tropas belgas (y si era posible, las holandesas), pues por sí solas éstas poco podían hacer En cuanto los belgas pidieran ayuda, se pondrían en marcha la llamada Maniobra Dyle, y el ala izquierda francesa -general Billote- entraría en Bélgica y se situaría sobre la línea Amberes-Mosa, para respaldar al ejército belga si se retiraba. A esta operación se le añadió otra más arriesgada: la llamada Variante Breda, que debería conducir al VII Ejército francés del general Giraud hasta el centro de Holanda, para enlazar con el ejército de este país. La Maniobra Dyle debería permitir amenazar el Rhur alemán, importante zona industrial. Y así se hará, pese a la oposición del general Georges, que temía, como ocurrió, un debilitamiento de las reservas francesas, y pese a que esto dejaba un punto débil en las líneas aliadas en Sedán, precisamente por donde iban a atacar los alemanes. La Maniobra Dyle era un plan un poco precipitado, mal concebido; no se había previsto lo que tardarían en llegar los alemanes, ni lo que resistirían belgas y holandeses, y, naturalmente, todos seguían pensando en el Plan Schlieffen. Con las tropas holandesas y belgas los aliados sumarían 137 divisiones, contra las 136 alemanas. Es decir, ambos bandos estaban igualados. Las fuerzas aliadas -británicos y franceses- situadas en este área se encontraban dispuestas en la siguiente forma, de izquierda a derecha: VII Ejército francés -general Giraud-; BEF o Cuerpo Expedicionario Británico -general Gort-; I Ejército francés -general Blanchard-; IX Ejército francés -general Corap-; y finalmente, II Ejército francés -general Huntziger-. Las fuerzas francesas integraban el Primer Cuerpo de Ejército, al mando del general Billotte. El conjunto de todos los Ejércitos aliados -francés, belga, holandés y fuerza expedicionaria británica- estaba comandado por el general Georges.