Hubo pocos cambios tácticos y estratégicos en el siglo XVIII. Como hemos explicado, los ejércitos formaban todavía una masa única e ininterrumpida en el frente, carecían de homogeneidad organizativa, estaban compuestos por elementos nacionales y extranjeros, apenas existía espíritu combativo y existían numerosos motivos de deserción. La decadencia de la maquinaria militar se debía a inadecuados recursos financieros y materiales, a la especial composición social de los mandos, soldados y marineros y, en especial, a la permanencia de los convencionalismos. Las formaciones lineales obligaban a complejos movimientos para alcanzar la mayor eficacia en las acciones de fuego y recarga. Por lo general, los batallones se consideraban estáticos, tras los que se reagrupaba la caballería después de la primera carga, y mantenían la ordenación en cuatro o cinco filas, herencia de los tiempos de la pica, con la consiguiente pérdida de potencial de fuego y lentitud de desplazamientos. Fueron los británicos los primeros en la utilización de los disparos de pelotón, consistente en que cada uno hiciese tres descargas consecutivas, en vez de las andanadas por líneas, compañías o batallones, para, por último, ordenar un asalto de bayoneta. Las ventajas resultaban evidentes: aumento de la continuidad y control de la situación, amplia participación de los suboficiales, importante presión sobre el enemigo porque una tercera parte estaba siempre disparando y facilidad para repeler cualquier ataque sorpresa al disponer de un tercio de las armas cargadas. Pronto estas tácticas se adoptaron en toda Europa y se comprobaron las posibilidades de la ofensiva en los campos de batalla, aunque la inercia de una política defensiva neutralizaba en gran parte esos efectos. Por la vigencia del viejo estilo militar, se utilizaban, especialmente, las tácticas de sitio; así, se impuso la contravalación, o líneas de trincheras dirigidas contra la ciudad sitiada, y la circunvalación, o trincheras defensivas para entorpecer cualquier agresión de un ejército que quisiese liberar una fortaleza. Cuando faltaba una rendición honrosa, el siguiente paso consistía en el asalto directo por la brecha, si bien eran poco frecuentes por las numerosas pérdidas humanas y el acatamiento de los acuerdos internacionales sobre plazos para la claudicación. No cabe duda de que los sitios representaban gastos en preparativos y frenaban la guerra activa, lo mismo que otros procedimientos tácticos habituales, como las inundaciones o los puestos de avanzadilla. En tales ocasiones, la victoria, derrota o el punto muerto de la campaña se debía a la profesionalidad del mando y al número de sus efectivos, pues los equipos, armas y planes se parecían en casi todos los ejércitos. El desarrollo de una campaña comenzaba con la agrupación de las tropas en las cercanías de una fortaleza, aprovisionada durante el invierno anterior. El lugar seleccionado para la concentración era supervisado por un alto cargo, asesorado por oficiales de la totalidad de los regimientos, que determinaba los puestos clave y las líneas de ataque. Los flancos del campamento se destinaban a la caballería, separada por escuadrones, mientras que la infantería se situaba en doble línea de acantonamiento y cada batallón tenía asignado un frente de 100 metros. La artillería quedaba delante o detrás de la posición principal, siendo protegida por una guardia específica. Otras prácticas habituales consistían en la construcción de empalizadas y terraplenes en los campamentos permanentes, la fijación de emblemas y estandartes, la organización de piquetes y cuerpos especiales de vigilancia bajo la supervisión del mariscal de campo, la delimitación de los sectores en el campo de cada regimiento por los suboficiales antes de la llegada del resto del ejército y la colocación de la intendencia en los lugares más accesibles. La planificación de cada día de marcha recaía sobre el lugarteniente de la jornada y el comandante de campo, si bien debía aprobarse por el comandante en jefe. En condiciones normales de avance, la reserva, la artillería y los suministros ocupaban el centro, por los mejores caminos, y las otras columnas seguían sendas paralelas o campo a través, encabezadas por destacamentos de ingenieros. Si existía peligro, los ejércitos caminaban en orden de batalla y su formación dependía de la marcha del enemigo: cuando se situaba delante, se organizaba en alas con la caballería del flanco derecho e izquierdo en columnas y la artillería y la infantería en una columna central; cuando se situaba en el flanco, por líneas y cada columna formaba un orden completo de batalla, la caballería en los extremos y la infantería en el centro. Las tácticas fijas restaban numerosas posibilidades, pues los elaborados planes requerían mucho tiempo y ambos bandos podían retirarse, en caso necesario, a otra posición. Formada la línea de batalla, marchaba con lentitud hacia el frente y rectificaba continuamente la alineación. Por medio de la disciplina se conseguía que la infantería disparase en segundo lugar, después de la enemiga, pues se consideraba pernicioso ser los primeros. Tras la batalla, la preocupación del general era el mantenimiento del orden de combate, muy difícil por las irregularidades de la orografía y el desconcierto. El armamento apenas evolucionó a lo largo del siglo. Sin embargo, se incrementó el uso de la artillería en proporción a las demás armas y más que en ningún otro período. Muy pronto en toda Europa se dotó a cada batallón de dos cañones ligeros de apoyo, lo que favoreció las tácticas, pero no evitaron los inconvenientes de la falta de movilidad. Los distintos calibres artilleros variaban poco entre los ejércitos en tipo y alcance de los cañones y, normalmente, incluían piezas de tres, de seis y de ocho libras, si bien no faltaban las que disparaban proyectiles de hasta 24 libras, con una trayectoria efectiva de 400 a 600 metros. El tren de sitio incluía ingenieros, exploradores, suministros, cañoneros, etc., que no formaban parte integrante del ejército. Los cañones no iban con las tropas, pero estaban protegidos por infantería especial, debido a su pesadez y lentitud de movimientos, a pesar del empleo de plataformas de dos ruedas. Los británicos comprendieron, ya en la Guerra de Sucesión, el valor de la artillería y combinaron el puesto de capitán general con el de maestre general, emplearon las cargas de pólvora preparadas, introdujeron el uso de un carro rápido para facilitar el traslado de suministros y municiones e igualaron a los cañoneros e ingenieros al resto del ejército en honores y ascensos. Ya a mediados del siglo XVIII apreciamos cambios importantes en la artillería: los cañones aumentaron su fuerza explosiva por medio de modificaciones en la fundición, con la utilización del coque en el refuerzo del hierro para la fabricación de cañones terrestres, se hicieron menos pesados al acortar su longitud, ganaron en facilidad de manejo y precisión y los ligeros carros incrementaron su movilidad hasta el punto de sustituirse los bueyes de arrastre por soldados en el traslado de las piezas en el campo de batalla. A partir de entonces la artillería pasó a formar parte integrante de los ejércitos porque podía marchar con la infantería, la caballería y los exploradores, como demostró Federico el Grande, en 1762, cuando se valió con gran éxito de la artillería montada. En consecuencia, aunque el poder del fuego de la infantería había aumentado poco, podía reforzase con las armas pesadas y restablecerse la línea de batalla con buenos resultados antes de un nuevo asalto. No obstante, aún la artillería contaba con grandes inconvenientes de transporte y la clave consistía en hallar el equilibrio entre potencia de fuego y movilidad, pues, en no pocas ocasiones, no compensaba el traslado de los cañones de pequeño calibre. No existía diferencia entre la rigidez y el convencionalismo teórico de la instrucción en la plaza y la evolución táctica en el campo de batalla. La única mejora de cierta importancia en la infantería fue la sustitución de la baqueta de hierro por una de madera, realizada por Leopoldo de Anhalt Dessau en 1740. Las armas cortas únicamente sufrieron algunas modificaciones, se reconoció la mayor precisión de las de cañón estriado, si bien se introdujeron con lentitud, y los rifles toscos y de débil estructura no permitían la adición de la bayoneta. Algunos de los fusiles británicos admitían la bayoneta y la carga trasera, pero producían un humo denso que dificultaba la puntería y pronto quedaron descartados como modelo aconsejable. El principal problema de la infantería consistía en encontrar las formaciones más idóneas para la utilización del fusil y de la bayoneta, de tal modo que una línea de combate estuviese siempre en disposición de disparar. La organización en filas parecía la forma más adecuada, si bien requería movimientos precisos y calculados, con lo que se favorecía la falta de rapidez. En algunos ejércitos, por ejemplo, el prusiano, se pasó de tres a cuatro filas, pero los resultados demostraron que el progresivo aumento sólo dificultaba las maniobras. La instrucción consistía en cargar y disparar con celeridad y en la pronta constitución de la línea de lucha, caminando en columnas divididas en pelotones, pero los flancos quedaban desprotegidos. Esta táctica ocasionó graves pérdidas en las guerras del Setecientos porque el enemigo atacaba por los flancos y la retaguardia. Sólo había dos soluciones: en primer lugar, la disposición de otras hileras en forma de cuadrado con un frente en cada dirección; en segundo lugar, la protección con obstáculos naturales. Táctica y armamento estaban muy interrelacionados y los cambios drásticos en el viejo estilo requerían la invención de nuevas armas. Sin embargo, las escasas innovaciones en este sentido ocasionaron que sólo se mejorasen los antiguos presupuestos tácticos; así, se mantuvo la tercera línea, aunque dos alcanzaban suficiente intensidad de fuego. La creciente potencia de fuego sugirió la adopción de formaciones irregulares en puesto de la ordenación en línea, lo que redundaría en la mayor movilidad y en el mejor aprovechamiento del conocimiento del terreno. En 1780 el combate irregular había sido adoptado en las colonias americanas por los rusos y los austriacos con excelentes resultados. No obstante, el retraso armamentístico impidió su generalización y quedó como una alternativa secundaria cuando la situación aconsejaba las alineaciones cerradas anteriores para la concentración de una fuerza superior sobre los puntos débiles del enemigo. Además, se abrían paso en el ejército las ideas que defendían la importancia de la columna de choque frente al fuego, consistente en la apertura de una brecha en el frente para después destruir al adversario confiado en el poder de los disparos. Efectivamente, la columna parecía el único medio de combinar la habilidad con la formación cerrada, ya que se movía con más rapidez que la línea. El problema estribaba en hallar el modo de pasar con facilidad de la columna a la línea y viceversa. Llegado este momento, se imponía la síntesis de estas opiniones divergentes del pensamiento militar en un modo de actuación único, con el fin de ganar batallas decisivas permitiendo a las tropas las maniobras libres en presencia del rival en lugar de estar obligados a comportarse de acuerdo con una posición y proyecto previo. Se concebía el ataque decisivo como una atosigadora concentración de fuego en columna sobre una parte de la línea del contrario; es decir, existiría una especialización de funciones entre las tropas ligeras encargadas de los disparos y las columnas de choque. Sólo en los años finales tuvo su aplicación y se demostró en la importancia de las batallas, ya entonces definitivas. Como conclusión, entre 1763 y 1792 escasearon las batallas terrestres por los anquilosamientos tácticos, estratégicos y armamentísticos. Algunos ejércitos habían aumentado de tamaño debido al perfeccionamiento administrativo y financiero de los gobiernos y tendieron a convertirse en unidades organizadas y permanentes. Ahora se extendió la idea de la necesidad de reformas y se argumentaba la obligación de aumentar la profesionalidad de las tropas y de los mandos, acabar con los obstáculos burocráticos, superar los recelos de los civiles y de los militares más conservadores e introducir los nuevos métodos y armas, que exigían inteligencia e iniciativa en todos los rangos militares, simplificación de la instrucción y sentimiento del deber como base para las divisiones en destacamentos. A finales de la centuria se habían mejorado ciertas armas, con la consiguiente ampliación de las formaciones para aprovechar al máximo el creciente potencial de fuego. Los altos mandos opinaban que los cambios en el ejército pasaban por los cambios en el Estado, pues, de lo contrario, no surgiría el patriotismo necesario entre la población. No era raro, por tanto, que pensadores militares ilustrados simpatizaran con las reformas generales y defendieran hasta las ideas antiautoritarias. La disciplina cruenta dejó paso a otra más relajada que se apoyaba en la motivación, vocación, mejores condiciones de vida, aumento de la paga y racionalización de la instrucción. Al concluir el siglo, las reformas, de éxito muy desigual, sólo habían tenido cierta importancia en Francia y Austria.
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El mineral argentífero se extrajo, al principio, mediante excavaciones abiertas, que se profundizaban luego con pequeños túneles. Más tarde, se recurrió a los socavones: túneles inclinados que cortaban la mina y tenían alguna ventilación y drenaje. Esto produjo según Brading verdaderas ciudades subterráneas. Las labores se facilitaron gracias al uso de bombas, los malacates (cabrestantes movidos por caballerías que sacaban el agua o el mineral) y las voladuras, muy empleadas ya en Potosí desde el último cuarto del siglo XVII. Se obtenían así cloruros y sulfuros argentíferos, conocidos respectivamente como pacos y negrillos, que era preciso refinar. Para esto se trituraba el mineral en machacadoras de pisones metálicos (movidos por fuerza hidráulica o por animales) o por molinos, y se procedía a extraer su mena. Al principio, se hizo por oxidación o combustión en hornos de tipo castellano aventados por fuelles, pero hacía falta mucho material combustible, escaso en las regiones áridas mineras. En 1555, Bartolomé Medina ensayó con éxito en Pachuca otro procedimiento, el de amalgamación, conocido desde la Antigüedad para el beneficio del oro. Consistía en mezclar el mineral con mercurio y añadirle un reactivo, la sal común. La mezcla se hacía en grandes patios, por lo que fue denominado sistema de patio. Al cabo de 6 u 8 semanas (a veces meses), la amalgama alcanzaba el punto apropiado. Se lavaba y la pella resultante se sometía a la acción del calor para volatilizar el mercurio (parte del cual se recuperaba) y decantar la plata. Todo esto exigía abundantes materiales (sal, madera y leña, hierro), gran cantidad de agua para mover los ingenios hidráulicos y realizar las labores de lavado (en Potosí se construyeron 30 presas interconectadas) y, sobre todo, mercurio. Afortunadamente, la Corona contaba con la gran mina de Almadén, que fue puesta al máximo de producción (con promedios anuales de 148.500 kilos) y pudo también importarlo de Idrija, en Eslovenia, entonces bajo dominio de los Habsburgo. El problema era transportar el escurridizo mineral en unos odres a bordo de los buques azogueros y en cantidad suficiente para atender la demanda. En 1563, Amador Cabrera encontró la mina de mercurio de Huancavélica, no muy lejos del Potosí, lo que alivió la producción peruana de plata. La plata mexicana se beneficiaba con azogue de Almadén y de Idrija, y esporádicamente con el de Huancavélica y China (en 1692 y 1693, se compraron 53 quintales y 42 libras de azogue chino, que era 30 pesos más barato que el español, pero los fletes lo encarecían mucho). Durante la década 1691-1700, México recibió 28.136 quintales de mercurio: 19.136 de Europa y 9.000 del Perú. La Corona controló la producción de mercurio (incluso intentó que Huancavélica fuese realenga) e impuso los precios. Al principio procuró que éstos compensasen los gastos de producción y transporte, resultando a 177 pesos el quintal en México y a 104 en Perú, pero luego tuvo que rebajar el precio hasta los 83 pesos y 97 pesos respectivamente, para evitar que se paralizara la producción de plata. El oro de filón o de veta se extrajo igual que la plata, pero ya dijimos que fue escaso. Lo usual era el oro de aluvión que se obtuviera lavando las arenas auríferas. Se hacía con simples bateas, pero luego se recurrió a los ingenios mecánicos y hasta al desvío de los cauces de los ríos. El mineral extraído, la jagua (formado por óxidos de hierro, fragmentos de roca dura y oro) se purificaba igualmente por amalgamación y fundición.
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Los abundantes sellos latericios de todas sus partes garantizan que su construcción no comienza antes del reinado de Caracalla como único augusto (212-218) ni acaba sino al término de los dos últimos miembros de la dinastía: Heliogábalo (218-222) y Alejandro Severo (222-235). Todavía éstos tuvieron poder y recursos para dejar memoria de sí en los monumentos de Roma, y a ellos se debe el períbolo del gran recinto deportivo y recreativo que rodea al inmenso balneario central. La planta de éste, de 220 metros de ancho por 114 de fondo (140 si se le suma la parte saliente de la rotonda del caldarium), se atiene al esquema consagrado por Apolodoro de Damasco para las Termas de Trajano, modelo de las posteriores imperiales, pero eleva sus proporciones, sobre todo en altura, hasta extremos desconocidos hasta entonces y no superados hasta finales de aquel siglo por las Termas de Diocleciano. El edificio central se encontraba en el sector norte de un parque cuadrado, delimitado por el muro del períbolo, cuyos lados pasaban de los 300 metros. En el tramo del nordeste se encontraba la entrada principal; en el opuesto, el del suroeste, detrás de los jardines, un graderío de extremos semicirculares y un saliente ocupado por los depósitos del agua de una cisterna abovedada, por una prolongación del Aqua Marcia, denominada Aqua Antoniniana. En los otros dos lados se abrían exedras que contenían las bibliotecas y dos salas anejas, una absidada y otra cuadrada por el exterior y octogonal por dentro. Esta última goza de merecido renombre por ofrecer el ejemplo más antiguo en Roma de una cúpula de pechinas, imperfectas por no ser casquetes esféricos, ya que tienen una arista vertical en el centro, pero de todos modos un paso hacia la solución que no culminará hasta la cúpula de Santa Sofía. El plano distribuye los patios interiores y las salas del edificio central en dos mitades, perfectamente simétricas, a los lados de un eje que divide en dos las estancias centrales, natatio, frigidarium, tepidarium y la rotonda, cubierta de cúpula hemisférica, del caldarium. El sistema de calefacción por hipocausto hacia llegar el calor deseado a las salas termales, incluidas las del baño turco (laconicum), accesibles por estrechos portillos. El sector de los baños calientes y de sudor se encontraba, como es lógico, en el lado sur, por donde sobresalía el muro cilíndrico del caldarium y al que daban sus grandes ventanales. Los otros dos tercios del edificio se repartían entre vestíbulos, patios de comunicación, palestras, y la gran piscina contigua al muro del norte y embellecida por las hornacinas y estatuas del gran escenario columnado de que hemos hablado. A continuación se encontraba la más suntuosa y probablemente la más alta de todas las salas: el frigidarium, una verdadera basílica, cubierta por tres tramos de bóveda de crucería, apoyada no sólo en los machones de los muros laterales de hormigón, sino en seis arcos de medio punto paralelos a aquéllos y apoyados en columnas gigantescas, coronadas por ménsulas, una maravilla técnica imprescindible ya en edificios de porte colosal que aspiraran a rivalizar con las Termas de Caracalla: las de Diocleciano y la Basílica de Majencio. Los vestíbulos de los dos extremos del frigidarium lo ponían en comunicación con los hemiciclos de las palestras laterales. De estos vestíbulos proceden los célebres mosaicos polícromos de los púgiles del Vaticano; el centro de cada uno de los vestíbulos, por su parte, estaba ocupado por una de las gigantescas bañeras que desde hace siglos sirven de tazas a las fuentes de la Plaza Farnesio. Gala de estos salones fueron también en su día el Toro, la Flora y el Hércules Farnesio, los tres hoy en el Museo de Nápoles.
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A pesar de que la actitud espartana tendía a buscar la concentración de la defensa en el istmo de Corinto, con ánimo de apoyar a los tesalios enemigos de los Alévadas, la liga decidió establecer la defensa en el valle de Tempe, en el norte de Tesalia, con lo que se conseguía defender el territorio de Grecia entera. Varios pudieron ser los motivos por los que hicieron regresar a la expedición allí enviada, desde la estrategia espartana hasta la inseguridad que podían producir la división de los tesalios y las actitudes de los beocios. También pudo tenerse en cuenta que el campo de batalla en la llanura tesalia podía ser favorable a la caballería de los persas. La flota se situó en el canal de Oreo, al norte de la isla de Eubea, cerca del cabo Artemisio. La elección de un lugar estrecho tenía como objetivo impedir que la flota persa, muy superior en número, pudiera desplegarse plenamente. Tras el regreso del ejército de infantería desde Tempe, los griegos decidieron enviar la expedición a las Termópilas, lugar que podía protegerse mejor al norte de Lócride Opuntia, cuyos habitantes también combatieron en la batalla. Era un desfiladero situado a la altura en que estaba colocada la flota de Artemisio. Aquí la batalla naval fue dura e indecisa. Los griegos capturaron primero algunas naves persas, pero luego sufrieron un duro ataque de consecuencias negativas, aunque no determinantes. La debilidad del contingente que el mando espartano envió a las Termópilas hace sospechar que seguían pensando en una defensa centrada principalmente en el Istmo. Además, a consecuencia de una traición que permitió a los persas cogerlos entre dos fuegos, el rey Leónidas redujo aún más el contingente, concentrado en trescientos espartiatas que resistieron valerosamente hasta la muerte.
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Esta cultura, asentada en las montañas mineras del norte de Nigeria, sigue siendo hoy mal conocida, pues la mayor parte de sus hallazgos ha sido casual. Aun así, parece que su cronología puede situarse con cierta seguridad entre 500 a.C. y 200 d.C. -dejando aparte fases previas y prolongaciones-, y, desde luego, hoy por hoy, su arte constituye el verdadero punto de partida del arte africano. La pintura rupestre sahariana había mostrado iconografías -¿qué duda cabe?- que le resultan familiares al africanista: máscaras, adornos y vestimentas, danzas, tocados peculiares, etc., e incluso ha habido investigadores que, ahondando en el tema, han buscado en esta expresión plástica el origen de ritos o temas religiosos de las culturas negras; pero, por lo que se refiere al aspecto puramente plástico, el corte es fundamental. En efecto, la pintura descriptiva del Sahara está mucho más cerca del mundo egipcio. Para quienes conceden gran antigüedad a las fases más antiguas de este arte pictórico (periodo bubalino, periodo de las cabezas redondas, comienzos del propio periodo bovidiano), incluso constituiría el punto de partida del arte faraónico. Pero el arte negro africano seguirá otros derroteros: desaparecerá el sentido espacial, o incluso el propiamente pictórico, en favor de la escultura aislada; lo descriptivo dejará paso al gusto por lo esencial y abstracto; las proporciones, en consecuencia, se harán simbólicas, concediéndole a la cabeza un papel preeminente -desproporcionado, diríamos desde una visión realista-; se desarrollará lo frontal, lo hierático... Y todo eso, a falta de testimonios anteriores que pudieran existir -y que acaso se dieron en la cultura sahariana; que tuvo sin duda máscaras, y acaso escultura en madera- lo hallamos elaborado definitivamente en las terracotas de Nok. Estas obras, generalmente fragmentarias, representan cabezas de hombres y de animales, y, dado lo aleatorio de los hallazgos, ignoramos si son simples restos de figuras de cuerpo entero, de las que sólo nos ha llegado algún que otro ejemplo. Sea como fuere, en estas piezas expresivas hallamos los caracteres recién mencionados: formas geométricas puras -entre las que sobresale el cilindro-; importancia de la cabeza y, dentro de ésta, de los ojos; interés por los adornos y tocados -símbolos a menudo de estatus social o divino-; papel esencial de la boca, abierta o cerrada, para animar la figura, etc. Aún existen rarezas descriptivas -actitudes asimétricas del cuerpo, por ejemplo-, pero hay detalles que impresionan por su fijeza posterior: como se ha repetido a menudo, los ojos en forma de triángulo invertido, y con la pupila bien marcada, son idénticos a los del arte yoruba actual. Y es que, efectivamente, desde que en 1943 un minero halló -y usó como espantapájaros- la primera cabeza Nok de que tuvo noticia el mundo científico, el gran reto de los estudiosos es buscar todos los eslabones culturales y artísticos que permitan entender la relación entre estas viejas terracotas y las obras de nuestra época. Poco a poco, y aunque aislados, además de dispersos por todo el territorio de Nigeria, estos eslabones van surgiendo. El más antiguo, y por ahora el más inseguro, es el constituido por las figuras en terracota de Yelwa, fechables entre el siglo II y el VII d.C.: de ellas, parece que por lo menos alguna sugiere el estilo Nok, aunque simplificado. Hay que esperar a fechas más avanzadas para hallar conjuntos más importantes y asombrosas realizaciones artísticas. Así, pronto destacan los hallazgos de Igbo Ukwu, en el territorio hoy ocupado por los Igbo (o Ibo) en la ribera oriental del bajo Níger. En este punto han podido ser recuperadas numerosas piezas, y hasta varios ajuares, permitiendo, por ejemplo, la reconstrucción ideal de la tumba de un sacerdote del siglo IX ó X, que fue introducido en una cámara, sentado, vestido, y cubierto de atributos de su poder. Entre las obras recogidas, las más sobresalientes son las fundidas en bronce, con las formas más variadas: vasijas, cabezas de hombres, incluso un cráneo de leopardo, etc.: se trata de las primeras esculturas en aleación de cobre que encontramos en Nigeria, y por tanto han de ser consideradas, hoy por hoy, como el punto de partida de una técnica artística destinada a un brillantísimo desarrollo. Acaso pequen de un cierto desequilibrio, al intentar compensar su figurativismo inseguro a fuerza de virtuosismo técnico, pero, antes de su descubrimiento, nadie podía entender las bases del arte regio de Ife.
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No solamente el cortejo supuso una notable revolución en las costumbres: la tertulia, que se celebraba terminado el paseo por El Prado, propiciaba un ambiente apto para la relación con las personas no unidas por vínculos de parentesco, que se completaba con la asistencias a las representaciones teatrales y a las corridas de toros. Cada cual celebraba tertulias según su posición social y sus medios. La aristocracia era la que contaba con los medios suficientes para hacerlos. De todos los lugares de tertulia, los más conocidos y famosos fueron los salones, que llegaron a constituir los únicos espacios y sociedades regidos por mujeres. Teniendo por antecedente los círculos literarios que formaron algunas francesas durante el siglo XVI, el salón nace en 1620 por obra de la marquesa de Rambouillet, quien tenía la costumbre de reunir a sus amigos para conversar en la chambre bleu. En este sentido, puede decirse que ella fue la creadora del término en sus dos acepciones: la de habitación menos formal que la sala y la de institución. Como tal, su número aumentó durante el siglo XVIII al tiempo que lo hacía su importancia como lugar de contacto entre las figuras más conspicuas de la época, de difusión de las ideas ilustradas y científicas, y como centro de actividad política al margen o en contra de la corte. En ellos se hicieron y deshicieron carreras, primero; se cobijó a la oposición y se preparó la revolución, más tarde. Si en los primeros momentos la titularidad de los salones correspondió a las aristócratas, pronto se les unieron mujeres de otros grupos sociales, como Suzanne Necker, hija de vicario y madre de madame Stäel, o madame De Geoffrin (1699-1777), cuyo padre era paje y su marido, industrial heladero. Ambas mantuvieron famas reuniones en su época, lo mismo que lo hicieron la marquesa de Lambert, madame Tencin y mademoiselle De Lespinasse. Aunque las mantenedoras de los salones eran siempre mujeres, su auténtico objetivo eran los hombres, verdaderos protagonistas de aquéllos y de cuya fama dependía, fundamental y paradójicamente, la reputación de las anfitrionas. De ahí, la rivalidad que existía entre ellas, compatible con un compañerismo que les lleva a compartir la compañía de las figuras más importantes y, en ocasiones, a legarse el salón al morir. Desde Francia la moda de los salones se extendió a otros países que les aportaron ciertas peculiaridades. En España fueron, en general, lugares de esparcimiento y recreo, más que antesalas del progreso y carecieron de connotaciones políticas y científicas, pues las aristócratas españolas, a pesar de su formación ilustrada, no desarrollaron el deseo de transformación política. Su reformismo no pasó del meramente cultural e incluso, a veces, sin una coherencia seria y sí con los caracteres de una diversión superficial. (237) Cada uno de estos salones tenía su propia personalidad, reflejo de la de su anfitriona. El de la condesa de Lemos, conocido por la Academia del Buen Gusto, (1749-1751) tuvo un carácter literario. Estuvo dirigida por doña Josefa de Zúñiga y Castro, condesa, viuda, de Lemos y marquesa de Sarria al casarse en segundas nupcias con Nicolás de Carvajal y Lancaster (1749). Las reuniones se celebraban en su palacio de la calle el Turco y estaban especializadas en literatura. En ellas participaron, con periodicidad mensual, nobles encumbrados (duque de Arcos, duque de Medinasidonia, marqués de Casasola, marqués de Montehermoso, duque de Béjar, conde de Saldueña...) e intelectuales de moda, que intervinieron de manera desigual. La "literaria diversión" se compaginaba con algunas costumbres de celebración social: los refrigerios, los bailes y las representaciones dramáticas. Gracias a ciertas informaciones indirectas conocemos también los nombres de algunas de las participantes en este sector femenino: "a ella asistían de vez en cuando la condesa de Ablitas, la duquesa de Santisteban, la marquesa de Estepa, que escribía versos, y otras ilustres damas; pero las que no solían faltar a las sesiones eran la condesa de Lemos, presidenta, y la duquesa viuda de Arcos", especificaba Juan Ignacio de Luzán en la biografía que colocó al frente de la segunda edición de la Poética (1789) de su padre al recordar aquellos años, y que llama a la marquesa de Sarria "señora muy instruida y discreta" (238) El salón de la condesa de Montijo fue de condición más religiosa que literaria. La condesa de Montijo, doña María Francisca de Sales Portocarrero, educada en las Descalzas Reales, se casó con Felipe Palafox y Croy, hijo del marqués de Ariza, con el que disfrutó una relación excelente. Persona de grandes inquietudes intelectuales, fue de carácter cortés y sociable, admirada por familiares y amigos que tuvo en gran número por sus múltiples relaciones sociales y preocupaciones políticas. A su salón tuvieron acceso las personalidades eclesiásticas de la época, planteándose los problemas teológicos que a la condesa preocupaban. Profundamente religiosa, su mayor interés estribaba e transformar la religiosidad fanática y sentimental del español, enseñándole a profundizar en el verdadero pensamiento cristiano. Tradujo del francés las Introducciones sobre el matrimonio de Nicolás Letourneaux, considerado por los jesuitas como jansenista, lo cual dio pie a la intervención de la Inquisición. (239) El salón más recomendado de la corte fue el que reunía la condesa-duquesa de Benavente y de Osuna, doña María Josefa Alonso-Pimentel Téllez-Girón, en su finca El Capricho, palacio campestre trazado en 1784 por los arquitectos Machuca y Medina en las cercanías de Madrid, que disfrutaba de una lujosa decoración de muebles y adornos traídos de Francia, excelentes pinturas de paisajistas franceses, ingleses e italianos. Rodeaba la amplia finca un bello jardín diseñado por expertos galos que habían trabajado en Versalles (Mulot, Provost), embellecido con templetes, estatuas y estanques (240). Tenía además de una excelente biblioteca, en la que se incluían libros importados de Francia ya que el duque de Osuna tenía licencia personal para leer autores prohibidos. Gráfico La duquesa tenía inquietudes intelectuales y sociales, y era colaboradora de la Junta de Damas de la Sociedad Económica Matritense. Fueron asistentes asiduos a este salón el marqués de Manca, Ramón de la Cruz, G. Melchor de Jovellanos, Leandro Fernández de Moratín, asesor de sus lecturas y de las compras para la librería, Tomás de Iriarte, Goya (quien pintó para el palacio numerosos cuadros, retratos de los miembros de la familia, escenas campestres, y algunos de comedias). Alternaban en él las diversiones con las animadas discusiones literarias, los conciertos de música con las representaciones teatrales. El salón de la Benavente fue el más típicamente moderno y activo en las décadas finales de siglo. Prácticamente desapareció cuando el duque fue nombrado en 1790 embajador en Viena y luego en París, de donde regresaron en 1800. En el quicio del siglo fue también renombrada la tertulia que se celebraba en casa de la marquesa de Fuerte-Híjar, María Lorenza de los Ríos, que estaba situada en la Plazuela de Santa Catalina. Su salón fue el centro de reunión de la gente del teatro, debido al cargo que ocupaba su consorte, "Subdelegado de Teatros" desde 1802. El salón fue muy frecuentada por los cómicos del vecino coliseo de los Caños del Peral los días de ensayo, y en ese ambiente, la marquesa escribió alguna pieza de teatro. Una de las mujeres más singulares en el mundo cultural ilustrado de la segunda mitad del siglo XVIII fue Cayetana Silva Álvarez de Toledo (1762 - 1802), decimotercera duquesa de la Casa de Alba. La duquesa, gracias a una esmerada educación y a su matrimonio con su primo José Álvarez de Toledo, mantuvo una intensa vida social. Fueron célebres en la sociedad madrileña las fiestas, tertulias y representaciones teatrales que celebraba en sus viviendas, en el palacio habitual de la calle Barquillo y en el de descanso de la Moncloa, en el que pasaba largas temporadas. Las tertulias de Cayetana competían con las que celebraban el palacio de las Vistillas su gran amiga y rival, la condesa - duquesa de Benavente, entablándose entre ambas una batalla de fastuosidad y de poderío que se mantuvo a lo largo de la vida de las dos figuras femeninas más destacadas de la aristocracia madrileña. Frente al gusto y aire afrancesado que envolvía la tertulia de la condesa duquesa de Benavente y de otras damas de la aristocracia, el salón de la duquesa de Alba fue, quizá, el más ameno y divertido de la corte y se convirtió en el centro de reunión del majismo, movimiento iniciado entre la aristocracia que saturada de cuanto venía de Francia, buscaba en el pueblo madrileño su propia identidad. Este salón se transformó en un oasis al que acudían los intelectuales cansados de las disquisiciones filosóficas que se planteaban en otros salones regentados por damas ilustradas. La duquesa Cayetana, nunca pretendió serlo, aunque no por eso dejó de proteger a artistas, toreros, pintores, entre los que Goya fue siempre el primero y para quien posó en más de una ocasión. Algunos autores han afirmado que fue ella la modelo de La maja desnuda. Cayetana, además, asistía a los sitios populares de diversión, a romerías y verbenas, especialmente a corridas de toro s y teatros, lo que favoreció que fuera adquiriendo gran popularidad por su desenvoltura e ingenio e imponiendo una moda "casticista" en la aristocracia. Eterna rival de la reina María Luisa, la mujer de Carlos IV, la duquesa fue condenada a vivir en sus tierras en Andalucía. Allí murió a los 40 años, bajo la sospecha de que había sido envenenada. Falleció sin llegar a tener descendencia, por lo que el título recayó sobre su sobrino Carlos Fitz James Stuart, duque de Berwick, de Liria y Jérica.
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La región que vamos a comentar bajo este epígrafe se extiende desde el oeste de Cuba hasta la Tierra del Fuego, y desde el Océano Atlántico a los Andes. Dentro de estas fronteras existen grandes islas de bosque tropical e inmensos pantanos, aunque diferencias de clima, suelo y elevación originan tipos distintos de hábitats arbóreos, terrestres y acuáticos. Existen tres cuencas principales: el Orinoco, el Amazonas y el Plata, los cuales tienen tributarios que se originan en los Andes y en las tierras bajas. El Orinoco fluye hacia el norte-noroeste; el Plata hacia el sur y el Amazonas hacia el norte-noreste. Debido a la baja altitud de los territorios y al regimen de lluvias, existen conexiones permanentes entre ellos por medio de sus afluentes. Las principales masas arbóreas se encuentran en las márgenes de estos ríos y circundando amplias zonas de sabana como los Llanos del centro de Venezuela o las Pampas de Argentina y Uruguay. Las Antillas forman un arco que se extiende desde Venezuela al Yucatán; y la Patagonia en el otro extremo es un territorio que se va haciendo cada vez más inhóspito por las condiciones climáticas hasta que se desintegra en un sin fin de islas. El clima de la costa este de la Amazonía es templado y húmedo en el sur, y tropical y árido en el norte, siendo posible establecer cuatro amplias subregiones: Venezuela y Antillas, Amazonía, faja costera y tierras bajas del sur. El área es una de las más desconocidas de la arqueología americana, con trabajos realizados en buena medida hace décadas y enfocados sobre sitios aislados, sin que sea posible conocer en profundidad una región determinada. Otra dificultad añadida es la imposibilidad de obtener fechas de C14 en las tierras bajas tropicales, lo cual ha originado que se hayan trazado historías culturales a partir de tipologías y analogías, enmarañando aún más la situación. Por otra parte, la mayoría de los utensilios de los grupos de bosque tropical son de naturaleza orgánica; por ejemplo, madera, hueso, plumas, semillas, materiales perecederos para edificios y ornamentos, etc., los cuales se han perdido en los suelos ácidos del bosque y dificultan la reconstrucción de las sociedades antiguas. A ello se le añade el hecho de que la cerámica se introdujo de manera irregular y en tiempos tardíos, y de que los asentamientos son de dificil acceso, complicando aún más el panorama de la investigación en la región que han resumido de modo excelente Evans y Meggers, cuyo esquema cronológico seguimos en esta ocasión. En consecuencia, los yacimientos de los que tenemos noticia son sitios de habitación, extensiva y casi sin desechos; cementerios formados a partir de urnas crematorias y ofrendas; y campos de cultivo; en ellos se encontró una cerámica muy sencilla, salvo en las últimas fases en que aparece decorada.
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Las tierras bajas mayas conforman una vasta región con una extensión que se aproxima a los 324.000 km2, ocupando el sureste de Mesoamérica. Es un territorio de formación Terciaria que deja en el sur una rugosa orografía de tierras calizas bien irrigada por ríos que desaguan en el Caribe y en el Golfo de México. El norte, de formación más reciente, es una llanura kárstica de drenaje subterráneo. El regimen de lluvias varía entre 650 cm anuales en el suroeste y 50 cm en el norte de la península de Yucatán. En consecuencia, la vegetación varía desde el bosque tropical alto en el sur, al bosque bajo y matorrales en las regiones semiáridas del norte del Yucatán. La zona fue poblada por agricultores a inicios del Formativo Medio, tanto grupos de procedencia altiplánica, que ocuparon Cuello en el norte de Belice, como comunidades procedentes de los altos de Chiapas que se establecieron en la cuenca del Pasión, en Altar de Sacrificios y Seibal, conocidos como poblados Xe. El Formativo Medio fue una etapa de baja evolución, en la que las poblaciones se dedicaron a ocupar los territorios vacíos de las tierras bajas y desarrollaron una cultura uniforme, fundamentada en el uso de cerámicas de engobe rojo, negro y crema, que definen el periodo Mamom (550-300 a.C.). Por el norte, el Cenote Maní, la Cueva de Loltún -que en estos momentos decoró su fachada con una gran figura de estilo Izapa- y Dzibilchaltún participaron del sistema de vida Mamom. Lo mismo ocurrió con Becán, Tikal, Copán y otros sitios del sur de las tierras bajas. En algunos de estos centros comienza la arquitectura pública y se establece el patrón básico de asentamiento maya: edificios colocados en torno a plazas rectangulares, algunos de naturaleza ritual coronados por templos, y muchos otros de carácter habitacional. Nakbé, en el nororeste del Petén, desarrolló un patrón diferente, al construir grandes plataformas cubiertas con piedras bien cortadas y colocar sobre algunas de ellas un grupo de tres templos, dando lugar a un patrón de arquitectura triádica que se implantará en el sur durante el Formativo Tardío. Esta evolución se inició hacia el 650 a.C. y finalizó en el 250 a.C., de manera que el sitio concentra dos mecanismos que van a caracterizar a toda la civilización maya: la evolución acelerada y la decadencia de sus centros. En definitiva, el Formativo Medio fue un tiempo de baja evolución, caracterizada por la expansión de aldeas y pueblos campesinos que practicaban un sistema extensivo de cultivo, los cuales participaban de tradiciones cerámicas comunes y que, a veces, se integraban en un pequeño sitio con arquitectura pública incipiente. En este sentido, Nakbé fue una excepción, y un anuncio claro de lo que habría de ocurrir en la etapa posterior. El Formativo Tardío (300 a.C.-250 d.C.) fue una etapa de cambio radical, mediante el cual el pueblo maya pasó de un nivel de sociedades igualitarias a la aparición de centros urbanos con una sociedad jerarquizada. Un factor crucial para tal cambio fue el aumento demográfico y el desarrollo de técnicas intensivas del trabajo agrícola. La mayor cantidad de excedentes y la concentración de las poblaciones en torno a los nuevos centros de integración política, dio lugar a la construcción de inmensas estructuras ceremoniales y públicas en las que se alojaron complicados motivos iconográficos, a la formación de redes comerciales a larga distancia y a la aparición de clases intermedias de naturaleza urbana. De un lado a otro de las tierras bajas -Yaxuná, Komchén, El Mirador, Cerros, Lamanai y Tikal- surgieron grandes núcleos urbanos con arquitectura monumental. Algunas de estas estructuras rituales estuvieron decoradas con impresionantes máscaras de estuco colocadas a ambos lados de sus escalinatas de acceso, dando inicio a un estilo artístico muy formalizado y manifestando la existencia de una religión compleja, por medio de la cual los gobernantes se identificaron con el jaguar y con el sol. En algunos sitios se ha detectado la práctica de un sistema de escritura y la utilización del calendario ritual, antecedentes claros de la gran explosión escrituraria del Clásico. El final del Formativo (150-250 d. C.) constituye un momento de transición hacia el Clásico y el pleno desarrollo de la civilización maya, por lo que algunos autores lo han denominado Protoclásico. A lo largo de él los centros ceremoniales se transforman en verdaderas ciudades con arquitectura monumental abovedada, adquieren un sistema de escritura y de calendario muy evolucionado e introducen delicadas cerámicas polícromas. Algunos estudiosos sugieren que la explosión del volcán Ilopango en el área de Chalchuapa originó una migración hacia el este y centro de las tierras bajas; otros destacan la influencia de la evolucionada civilización izapense y otros aún defienden un proceso interno como origen del Clásico. Sea como fuere, el caso es que para el 150 d.C. la civilización maya es una realidad e inicia un periodo de gran esplendor que se mantendrá hasta el 1.200 d.C. Las causas para esta gran transformación no están del todo claras, debido a la dispersión de la documentación existente sobre este particular. Se han esgrimido modelos en los que el motor principal es el comercio, la explosión demográfica, la competición por el territorio, la guerra y el desarrollo de las instituciones políticas, religiosas e ideológicas; pero aún no hemos llegado a la formulación de un modelo explicativo en el que encajen todos los datos del rompecabezas que es el ascenso de la cultura maya al nivel de civilización y estado.
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La desproporción existente en la distribución de la población entre la ciudad y el campo refleja la importancia que desempeña la agricultura, contemplada tanto en sí misma como en su influencia en el desarrollo de las demás ramas de las producción. Durante el Alto Imperio se intensifican y se extienden procesos de transformación en la agricultura hispana que habían estado presentes de forma geográficamente limitada durante el período republicano, al mismo tiempo que se introducen otros nuevos en clara relación con la situación del Imperio. Las puntuales fundaciones de colonias del período republicano y su ulterior ampliación por el programa de César, habían transformado el paisaje agrario hispano mediante la introducción de nuevas formas de propiedad y la reorganización del sistema productivo. La fundación de una colonia implica la adscripción al nuevo centro urbano de un territorio (ager) que, delimitado del resto del territorio provincial (limitatio), constituye uno de los planos donde se expresa la autonomía que ostentan las ciudades en el interior del Imperio. Del territorio adscrito a la colonia se hace un triple uso, que está constituido por su distribución (assignatio) a los colonos que participan en la fundación como propiedad privada, la consideración de parte del ager como propiedad pública de la colonia, susceptible de ser utilizada por el conjunto de los ciudadanos (ager publicus) y de ser objeto de concesiones usufructuarias mediante arrendamientos, y, finalmente, la estimación del resto del territorio como tierra no catastrada. Todo este complejo proceso se proyecta de forma pormenorizada en los correspondientes mapas catastrales (formae) y, de modo puntual, en las leyes fundacionales como ocurre, pese a su carácter fragmentario, en la Colonia Julia Genetiva Urbanorum Urso (Osuna). La intensificación del proceso de urbanización en época triunviral y el desarrollo del programa de fundaciones coloniales y de promociones municipales de Augusto, proyecta este modelo de organización del territorio de la ciudad a los correspondientes ámbitos provinciales. El resultado está constituido por la remodelación del paisaje agrario, en el que desempeña un papel esencial, como consecuencia de la distribución de parcelas entre los colonos, la centuriación (centuriatio) del territorio; ésta consiste en la distribución de una zona previamente delimitada en forma rectangular o cuadrada en cien lotes, de donde se deriva el nombre con el que se conoce. Originariamente, el territorio distribuido obedece a criterios homogeneizados de tal forma que cada una de las parcelas resultantes de la distribución consta, según las medidas romanas, de dos yugueras (1 yuguera =0,252 Ha.), equivalentes a su vez a 4 actus (1 actus = 0,126 Ha.); el resultado correspondiente es la creación de una centuria de 50,4 Ha., dividida en 100 lotes (heredium) asignados a los colonos que participan en la fundación, lo que implica una propiedad privada de aproximadamente media hectárea. La proyección de este sistema en Hispania se encuentra socialmente documentada mediante datos indirectos ofrecidos por la documentación epigráfica, que aluden concretamente a la presencia de determinadas asociaciones de agrimensores (collegia agrimensorum), encargados de realizar los correspondientes mapas catastrales, como ocurre concretamente en Carmo (Carmona), o la frontera concreta del territorio de una ciudad, expresada en hitos terminales como los descubiertos en Valdecaballeros o en Montemolín, o a los límites de una determinada parte de la centuriación como ocurre en Ostippo (Estepa), donde se documenta durante el reinado de Claudio, en el 48 d.C., la presencia de unos termini agrorum decumanorum, que constatan, de la misma forma que la teoría de los agrimensores latinos, la organización de la centuriación conforme al modelo ortogonal que estructura el propio espacio urbano, es decir, mediante dos ejes con dirección norte-sur (cardo) y este-oeste (decumanus). Sobre las peculiaridades de la aplicación de este sistema en Hispania, poseemos dos informaciones de carácter literario y epigráfico, referentes a las centuriaciones de Emerita y de otro territorio de la Betica en su límite con la Lusitania, que se ha propuesto adscribir a la colonia de Ucubi. Concretamente, la centuriatio de Emerita es reseñada por los agrónomos latinos por su excepcionalidad. Higino, que vive a fines del siglo I y comienzos del II d.C., nos informa que las centurias de la colonia de Emerita poseen dimensiones superiores a lo usual ya que ocupan un área de 400 yugueras, es decir, aproximadamente 100 Ha., equivalentes a la extensión de una superficie cuadrada de 20 x 40 actus. Unas medidas superiores se constatan también en un documento excepcional recientemente publicado, constituido por un pequeño fragmento de bronce del mapa catastral correspondiente posiblemente al territorio de la Colonia Claritas Iulia Ucubi (Espejo), que pudo tener una proyección geográfica discontinua; en él se aprecia la especificación de la localización del catastro mediante la explícita mención del territorio de la ciudad de Lacinimurga (Villavieja) con el que limita y del río Anas (Guadiana) que lo atraviesa; a su vez, su organización se proyecta en el dibujo de las correspondientes parcelas con la anotación de sus dimensiones constituidas por 275 yugueras, lo que equivale a una superficie de 20 x 25 actus. En consecuencia, en este catastro la centuria posee una forma rectangular, fenómeno que se aprecia asimismo en los dibujos presentes en el fragmento conservado. La amplitud alcanzada por la proyección del sistema comienza a vislumbrarse mediante los estudios del paisaje agrario donde ha quedado fosilizado. En algunos casos, como ocurre en la colonia de Ilici, no cabe la menor duda de su existencia, ya que la red de caminos, las conducciones de agua, los propios límites actuales de las parcelas documentan su planta; en otros, su carácter romano puede discutirse al existir colonizaciones de época moderna organizadas de forma análoga. Poseemos algunas indicaciones que nos informan sobre el volumen y las limitaciones que tiene la proyección del sistema en las ciudades de Hispania; así ocurre con el contraste observable en las estimaciones del territorio centuriado en dos colonias augústeas como son Emerita e Ilici. Las investigaciones de campo han permitido estimar que las centuriaciones de Emerita ocupan una extensión global de 60.000 Ha. (equivalentes a 1.200 centurias) en la zona sur de su territorio y de 30.000 Ha. en la zona norte; en el caso de Ilici tan sólo se constata una sola centuriación relativamente reducida de 225 centurias; la explicación de semejante contraste puede encontrarse en el distinto carácter que asume la deductio de la colonia, ya que mientras que en el primer caso la fundación se produce ex nihilo, en el segundo existe un poblamiento indígena previo. Esta redistribución de la propiedad está también presente en ciudades que se vieron afectadas por la promoción jurídica inherente al proceso de municipalización. No obstante, no se puede sustentar la existencia de una proyección generalizada de la centuriación, ya que la propia literatura agronómica reseña para algunas ciudades hispanas la existencia de territorios que tan sólo han sido delimitados periféricamente sin ninguna reorganización interna, como ocurre con las indicaciones que Frontino nos proporciona a fines del siglo I sobre el territorio de Salmantica (Salamanca) y Palantia (Palencia); precisamente, este otro tipo de delimitación del ager de determinadas ciudades permite la subsistencia en ellas de sistemas de propiedad ajenos al mundo romano. La nueva organización del territorio derivada de la reestructuración inherente a la fundación de una colonia puede observarse en la información que los agrónomos latinos nos ofrecen sobre el caso de Emerita. En la amplia dimensión de su territorio, las extensas centurias distribuidas entre sus veteranos se ubican en su periferia, llegando a constituir tres distritos administrativos (praefectura); uno de ellos se localiza en Turgalium (Trujillo), a 70 km. del centro de la colonia; en cambio, amplias zonas en los alrededores de la ciudad fueron consideradas como ager publicus de la colonia y se le asignaron en ocasiones funciones religiosas, como ocurre con un bosque de 250 Ha. consagrado a la diosa Feronia; entre ambos tipos de propiedad, una amplia zona quedó sin asignar, constituyendo territorios considerados jurídicamente como subcesiva. La función militar originaria de control de pueblos sometidos que desempeñan las colonias romanas no es ajena a esta planificación, que en el caso concreto de Hispania viene condicionada en cada caso por el contexto en el que se produce la fundación. Semejante reorganización de la propiedad agraria vinculada al proceso de fundaciones coloniales y de municipalización no permanece tras su creación en una inmovilidad ahistórica; en realidad, mediante diversos procedimientos, que pueden oscilar desde los sociales (matrimonios, adopciones) a los mercantiles, se genera una progresiva concentración de la propiedad, que facilita la implantación de propiedades de mediana y gran extensión en el período altoimperial. Junto con las transformaciones que se operan en el período inmediatamente posterior a la conquista y la centuriación del territorio, dos factores más convergen en la ulterior evolución del sistema de propiedad; de ellos, uno está constituido por la práctica de ocupación por particulares de tierras no distribuidas que, conceptualizada en el derecho romano con el término de occupatio, tiene una amplia tradición histórica en Roma desde los primeros momentos de su expansión en la península italiana. El otro medio dinamizador lo constituye la compra de tierras sin adscribir, es decir, de los territorios conceptualizados como subcesiva. Poseemos algunos datos aislados referidos a la proyección de esta medida en Hispania por los emperadores que de esta forma intentan solucionar las crisis económicas que se abaten sobre el fisco imperial; concretamente, conocemos que Vespasiano procede a la venta de este tipo de agri como medio de compensar la deuda de 4.000 millones de sextercios generada por la guerra civil. Entre las zonas afectadas se encuentran el territorio de Emerita, donde la reacción de sus habitantes evitó la enajenación. Pese a su éxito, el mantenimiento de los subcesiva de Emerita debe de considerarse más como excepción que como regla; de hecho, la movilidad de la propiedad agraria mediante la compraventa viene estimulada por la importancia que la agricultura posee en el ordenamiento económico y por las concepciones que genera. Por ello, debemos aceptar que parte de la riqueza acumulada por particulares en las explotaciones mineras, reseñadas con toda crudeza por Diodoro de Sicilia, se destinan a la compra de propiedades agrarias y a la creación de instalaciones que permiten una rentable explotación. Todos estos cambios en la propiedad, ya presentes en Hispania durante el período republicano, van acompañados de transformaciones en el sistema productivo. El resultado lo constituye la implantación en Hispania de un nuevo tipo de explotación agraria, presente en Italia desde el siglo III a. C., al que conocemos con el nombre de villa. En sentido estricto, la villa define el hábitat de la explotación rural, que consta de la parte edificada (villa) y del correspondiente terreno que es objeto de explotación desde ella (fundus); pero, por extensión, conocemos con el término de villa a todo el conjunto. Durante el período altoimperial, las villae constituyen propiedades de mediana y gran extensión, con un tipo de producción semiespecializada que, al mismo tiempo que le proporciona los medios necesarios para su existencia, contribuye mediante la comercialización de determinados productos a satisfacer las necesidades de las ciudades en cuyo territorio se ubican y en algunos casos de los centros consumidores del Imperio, entre los que se encuentran Roma y las fronteras. La evolución del sistema puede apreciarse en el volumen constructivo de las villae, que desde meras casas de labor evolucionan hasta convertirse en edificios complejos, donde cabe diferenciar, como documenta el agrónomo gaditano Columela, tres partes: residencia del propietario (dominus), estancias de esclavos y personal vinculado a la gestión de la explotación, y almacenaje de la producción, a las que se le denomina respectivamente como urbana, rustica y frumentaria; precisamente, la parte más noble, dedicada a residencia ocasional del propietario, reproduce en gran medida el esquema de casa mediterránea de patio central con peristilo organizador de distintas estancias funcionalmente diferenciadas, propias también de las grandes domus de la ciudad, donde habitualmente residen sus propietarios durante los siglos I y II d.C. La difusión de este sistema, aunque con una expresión urbanística elemental, se había proyectado en época republicana, y especialmente desde el inicio de las guerras civiles, a comienzos del siglo I a.C., a zonas concretas de Cataluña, especialmente a los valle del Penedés y Maresme y zonas de Tarragona, donde se observa la transformación de los centros indígenas existentes en nuevas explotaciones en un contexto de fuerte influencia campana observable en la correspondiente cultura material. En el resto de Hispania, si exceptuamos determinadas zonas de los alrededores de Carthago Nova, cuyas explotaciones mineras y factorías de salazones atraen a emigrantes itálicos que introducen las nuevas formas de explotación agraria presentes en Italia, no se encuentra proyectado el sistema de la villa en época republicana; y de hecho, en la Betica se observa una continuidad en el poblamiento indígena, que no excluye la existencia de ricos propietarios agrarios absentistas, residentes en los abundantes centros urbanos. La implantación del sistema tiene su punto de referencia en los años comprendidos entre el 20 a.C. y el 20 d.C., en clara correspondencia con la intensificación del proceso de urbanización que se produce durante el principado de Augusto. En la Betica la difusión de las villae se constata arqueológicamente en el valle del Guadalquivir, con gran intensidad en la zona comprendida entre Italica-Hispalis y Carmo y en el territorio adscrito a determinadas colonias fundadas por Augusto como la Colonia Augusta Gemella Tucci (Martos). En la Tarraconense se intensifica el proceso en la zona afectada por este tipo de explotación en época republicana y se proyecta tímidamente a otras nuevas como la cuenca del Ebro, mientras que en la Ulterior Lusitania el sistema comienza a difundirse en los territorios de Emerita y de Metellinum (Medellín). Durante el resto del siglo I d. C., a tenor de los datos arqueológicos, se observa una intensificación de su implantación en la costa catalana y en el curso medio del Guadalquivir, al mismo tiempo que su consolidación en el curso del Ebro y su difusión en las cuencas del Guadiana, Tajo y Duero. En el siglo y medio posterior se produce la eclosión del sistema, que sigue extendiéndose por los territorios más urbanizados de las provincias hispanas y termina por conquistar la Meseta y zonas del Noroeste. La mayor parte de las villae hispanas de fines de la República y del Alto Imperio perdura en épocas posteriores; su progresivo desarrollo urbanístico y las transformaciones que se operan durante la Tardía Antigüedad implican el que lo conservado en la mayoría de ellas corresponda a las últimas etapas de su vigencia.