La situación en la frontera del Islam y del reino franco, convertido en imperio en el 800, es muy confusa durante estos años. Los francos habían ocupado Gerona en el 785. En las ciudades musulmanas de la región, se agitaban todavía algunos jefes árabes de quienes sabemos poco más que los nombres. El gobernador de Barcelona era un tal Sadun al-Rwayni, a quien encontramos en la corte de Carlomagno en el 797, al mismo tiempo que Abd Allah al-Balansi. En Huesca y Zaragoza dominaban otros jefes cuya identidad y cronología se conocen bastante mal. Al-Udhri sitúa en la primera de estas ciudades el poder tiránico de un linaje árabe tuyibí, los Banu Salama. Se alzó contra ellos, en el 798-799, Bahlul b. Marzuq, un musulmán autóctono, de una familia aristocrática local. Les echó de Huesca y se apoderó también del poder en Zaragoza. Mantuvo, por otra parte, relaciones con los francos pero murió en el 802, víctima de la sublevación de Jalaf b. Rashid, otro personaje de origen indígena. A principios del IX, el protagonismo en la región pasó de hecho a jefes de origen indígena quienes sustituyeron desde entonces a los jefes árabes predominantes en la épocas anteriores. Uno de ellos era un tal Amrus b. Yusuf, que hacía originariamente la función de paje (ghulam), según la traducción habitual del término, al servicio de los hijos de Sulayman b. al-Arabi, Aysun y Matruh. Traicionó y mató a este último, cuando se había rebelado en Zaragoza contra el poder omeya, en el 175/791-792. Lo más probable es que fuera en este momento cuando se puso al servicio de Córdoba. En el 797, lo encontramos en Talavera, tal vez como gobernador de esta localidad, que parece haber estado especialmente poblada de beréberes. El golpe que dio en este mismo año al servicio del poder cordobés es célebre: haciendo uso de sus orígenes autóctonos, convenció a los toledanos -los habitantes de Toledo parecen haber sido en su mayoría indígenas, muladíes y mozárabes- que estaban casi en estado de revuelta constante contra el emir, para que le dejaran construir en la periferia de su ciudad un qasr gubernamental. En él ofreció a los notables de Toledo una gran recepción y ordenó a sus hombres masacrarles sin piedad. Esta jornada del foso (donde se habrían tirado cientos de cadáveres de toledanos), sólo habría calmado los ánimos de los habitantes de Toledo por unos pocos años; volvieron a la disidencia entre los años 196 y 203 (811-819). Amrus combatió luego contra Bahlul, echándole de Zaragoza y tomando el control de esta ciudad que gobernó durante el primer decenio del IX (800). Bahlul se retiró entonces más al norte, en la región de Huesca donde parece haber mantenido relaciones bastantes estrechas con los carolingios, pero murió en el 802 víctima de la sublevación de otro jefe local, Jalaf b. Rashid, que controló después las mismas regiones durante casi sesenta años.
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En una sociedad profundamente religiosa como era la de la España moderna, la reina debía ser necesariamente modelo de buena cristiana, mucho más tratándose de la reina de la Monarquía Católica. La reina Isabel I constituyó el ejemplo más perfecto, por eso ha pasado a la historia como la reina Católica. Su fe firme e inconmovible, demostrada en una piedad recia, se traslucía con gran naturalidad en su actuación como reina. Su vida fue profundamente coherente. Ayudó a la defensa de la fe católica, a la pureza de la doctrina y a la disciplina en los modelos de vida religiosa. Al mismo tiempo, demostró gran caridad en sus obras. En el simbolismo barroco, junto a la sacralización de la figura del rey, se tendió a la santificación de la figura de la reina. En ocasiones, se la representaba casi como una santa, pues se consideraba que la esencia de una reina y el mayor de sus triunfos consistía en combinar la majestad de soberana con el comportamiento de una religiosa, pues la virtud era rara en el mundo cortesano. Incluso, se llegó a identificar la imagen de la reina con la de la Madre de Dios, coronada reina de los cielos. Gráfico Una reina debía reunir un cúmulo de virtudes cristianas, las tres virtudes teologales fe, esperanza y caridad, esenciales para todo cristiano, y las cuatro virtudes cardinales, prudencia, justicia, fortaleza, templanza igualmente recomendadas a todos los fieles y especialmente apropiadas y necesarias para una reina. Además, debía conjugarlas con las propias de su sexo, el femenino y de su estado, el de casada y madre de familia. El catálogo de virtudes era muy amplio, amor y temor de Dios, religiosidad, devoción, piedad, clemencia, compasión, tolerancia, paciencia, conformidad, resignación, humildad, afabilidad, discreción, confianza, constancia, entrega a los demás y muchas otras. De la condición de buena cristiana y dela práctica de esta larga serie de virtudes se derivaban un conjunto de comportamientos, como rendir culto, asistir a la misa y frecuentar los sacramentos, entregarse a la oración, hacer lecturas piadosas, practicar devociones a Jesús, María y los santos, participar en procesiones, practicar la caridad y las obras de misericordia, asistir a los enfermos, distribuir limosnas con generosidad y liberalidad, fundar y proteger a órdenes religiosas y conventos, hacer donación de dinero, joyas y alhajas para el culto divino en iglesias y santuarios. Una de las imágenes preferidas de la reina ideal era la imagen de la reina misericordiosa, la cual, presentada como amparo de sus súbditos, respondía a una imagen femenina, maternal, acogedora, consoladora, protectora. Con frecuencia aplicada a la Virgen María, la madre de misericordia, amparo de las desgracias, descanso en las fatigas, esta imagen también se trasladaba a la reina. La reina era alabada como el "común puerto de desgraciados y afligidos", amparo de los pobres, "a la que invoca en su quebranto la mísera indigencia y ve trocada en benigna su suerte desgraciada" La reina, protectora sobre todo de la fe y la religión, era la bienhechora de sus vasallos y la defensora del reino. La imagen de la reina era con frecuencia, significativamente, una imagen religiosa. Un ejemplo de gran significado es La Virgen de la Merced del monasterio de Las Huelgas de Burgos, que muestra a dos grupos acogidos bajo el manto protector de la Virgen, a un lado las monjas de Las Huelgas, al otro lado Isabel con la familia real y personajes de su Corte. La reina debía ser modelo también en la hora de la muerte y se le exigía como reina y como cristiana, fortaleza y valor en el último trance para ejemplo de su familia y de sus súbditos. Así sucedió, por ejemplo, con Isabel la Católica, que murió en la madurez, tras una larga y penosa enfermedad, "tan cristianamente como había vivido", según dijo su esposo Fernando. Otro caso sobresaliente fue el de la primera esposa de Felipe V, María Luisa Gabriela de Saboya (1688-1714) que tantas pruebas de valor había dado en vida y dio una nueva muestra ante la muerte, aceptando su final en plena juventud con 26 años, cuando se celebraba ya la victoria borbónica en la Guerra de Sucesión y la paz tan deseada estaba ya llegando. El ceremonial de la muerte y enterramiento de las reinas también resultaba significativo. El ceremonial variaba en función de las circunstancias de su fallecimiento, pero generalmente era muy solemne. Muy reveladores era los funerales y sepulturas de las reinas, por el simbolismo utilizado en las obras de arte, efímero y duradero y por el contenido de las oraciones fúnebres. Muchas glosaban su figura en su doble vertiente, como imagen institucional y como persona concreta, en una síntesis difícil de deslindar en que la persona solía quedar en la penumbra, utilizada como mero soporte de la imagen y de la representación de la reina ideal. Las dos reinas propietarias murieron en Castilla, Isabel en Medina del Campo, Juana en Tordesillas, y ambas acabaron sepultadas en la Capilla Real de Granada. Muy reveladoras fueron las instrucciones dejadas por Isabel en su testamento para ser enterrada de manera muy pobre y humilde, amortajada con un hábito franciscano, en una sepultura en el suelo, bajo una simple lápida con su nombre, en el convento de San Francisco de Granada. Sin embargo, su condición de reina la siguió también en la muerte y su esposo Fernando mandó construir para ambos una espléndida tumba renacentista en la Capilla Real de Granada. En el siglo XVI, Isabel de Portugal murió en Toledo, María Tudor en Londres, Isabel de Valois en Madrid, Anna de Austria en Badajoz camino de Lisboa, donde Felipe II iba para ocupar el trono de Portugal. Todas, menos una, fueron enterradas en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Isabel, primero en Granada, y después fue trasladada al Panteón de Reyes de El Escorial construido por Felipe II para enterramiento de los miembros de la dinastía. El Panteón de Reyes acogió también a Isabel de Valois y Ana de Austria. La excepción fue María Tudor, reina de Inglaterra, enterrada en la abadía de Westminster en Londres. En el siglo XVII, Isabel de Borbón, Mariana de Austria y María Luisa de Orleans las tres fallecieron en Madrid, Margarita en El Escorial y Mariana de Neoburgo en Guadalajara, todas muertas en España, en Castilla y enterradas en El Escorial, en el Panteón de Reyes. Margarita y Mariana de Austria, como madres de reyes. En el siglo XVIII, cuatro murieron en España, dos en Madrid, María Luisa Gabriela de Saboya y María Amalia de Sajonia, dos en Aranjuez, Isabel de Farnesio y Bárbara de Braganza, otras dos fuera de España, Luisa Isabel de Orleáns en París, pues volvió a Francia al quedarse viuda y María Luisa de Parma en Roma, en el exilio. Los enterramientos fueron en muy diversos lugares. Tres reinas descansan en el Panteón de Reyes de El Escorial: María Luisa Gabriela de Saboya, María Amalia de Sajonia y María Luisa de Parma; Isabel de Farnesio en La Granja de San Ildefonso; Bárbara de Braganza en el Convento de las Salesas Reales de Madrid; Luisa Isabel de Orleans en la iglesia de Saint Sulpice de París. Muchas veces desconocidas a pesar de ser reinas, sus vidas fueron esenciales para la historia de la monarquía española y ocuparon un papel destacado en la historia de España. Aunque excepcionales, las reinas proporcionaron un modelo y una referencia para la vida de millones de otras mujeres comunes y corrientes.
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La intensificación de las relaciones comerciales en todos los ámbitos, pero muy especialmente en el internacional, fue una de las principales notas distintivas del siglo XVIII económico. Europa se erigió en el gran motor y beneficiario de este comercio y si hacia 1720, según la conocida estimación de Rostow, realizaba los dos tercios del comercio mundial, en 1780 la proporción se había elevado a las tres cuartas partes. Se afirmó la navegación atlántica y se avanzó en la incorporación de los espacios asiáticos al área de influencia occidental. Inglaterra, en rivalidad con Francia durante buena parte del siglo, consiguió hacerse con la preeminencia en este campo, mientras las Provincias Unidas, primera potencia comercial en el XVII, vivían un declive relativo y otras potencias menores se abrían un hueco en el concierto internacional. El desarrollo cuantitativo estuvo acompañado, además, por un esencial cambio cualitativo, por el que Europa daba un paso irreversible hacia la generalización de la economía mercantil, en la que todo es susceptible de convertirse en mercancía.
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En este tema hay que dejar claramente sentado las grandes diferencias existentes entre la fragmentación de los imperios de España y Portugal. Mientras el proceso emancipador brasileño fue pacífico y acordado con su metrópoli, en la América española las cosas tomaron otros derroteros, y las autoridades, tanto las absolutistas como las liberales, se empeñaron en un principio en la reconquista militar y violenta de sus posesiones perdidas. Está claro que estas circunstancias incidieron totalmente sobre el tipo de relaciones que se establecieron, o se restablecieron posteriormente. En España, en un primer momento la estrategia tanto de absolutistas como liberales consistió en intentar la reconquista armada de las antiguas colonias. Esa situación de enconamiento, más el nuevo papel reservado a Cuba y Puerto Rico, no sólo como productoras de café y azúcar sino también como intermediarias de productos coloniales provenientes de otras partes del continente, complicó enormemente las cosas. También dificultó, a partir de 1836, la posibilidad de que los gobiernos liberales españoles pudieran plantearse políticas más flexibles de reconquista de los mercados perdidos. El mantenimiento de Cuba y Puerto Rico le permitió a España continuar con el ensayo que había comenzado exitosamente en el Caribe de modernizar sus estructuras coloniales. Probablemente de no haber ocurrido el fenómeno emancipador, ese era el camino destinado a otras regiones del continente, pero se trata de un contrafactual de difícil solución. Se suele insistir en el hecho de que tras la emancipación las relaciones comerciales entre los españoles y los hispanoamericanos se interrumpieron totalmente, con las excepciones ya mencionadas. Las cifras de Prados parecen concluyentes. Mientras las exportaciones a Hispanoamérica pasaron de constituir el 39,2 por 100 del total en 1792 a tan sólo el 0,1 por 100 en 1827, las importaciones tuvieron un movimiento similar; del 20,7 al 0,1 por 100 entre las mismas fechas. Más allá de que todavía el fin de las guerras estaba muy cercano (recordemos que Ayacucho se produjo en diciembre de 1824), hay que agregar otro hecho destacable, y es que la falta de estudios cuantitativos sobre el tema es pavorosa. Sin embargo, con independencia de estas cifras, hay algunos elementos que nos hacen pensar en una mayor importancia de ese comercio, algunos de los cuales fueron estudiados recientemente por Josep María Fradera. En primer lugar, el mantenimiento de pautas de consumo en ambos términos del intercambio que garantizaban tanto una demanda de productos peninsulares en América (vinos, aceite de oliva, frutos secos, sal, etc.), como de productos coloniales en España (cacao, tinturas, cueros, etc.). En segundo lugar, el incremento del comercio de Cuba y Puerto Rico con la metrópoli, que como recién señalaba no se debió únicamente al aumento de sus propias exportaciones, sino también a la revalorización de su papel de intermediación. Tercero, el papel jugado por un gran número de comerciantes con una larga especialización en el comercio con América, y que no abandonaron o cambiaron instantáneamente sus actividades. Y por último el contrabando, especialmente el que se realizaba a través de un Gibraltar que en estos años ve crecer su importancia. A esto hay que sumar las cifras disponibles para 1872: las exportaciones españolas a América Latina (excluyendo a Cuba y Puerto Rico) fueron el 5,5 y las importaciones el 3,4 por 100 del total, que están hablando de una importante recuperación, que evidentemente no se produjo de un día para otro. Un circuito que sería importante analizar con mayor profundidad es el que vinculaba a Cádiz, el Río de la Plata y Cuba y Puerto Rico a lo largo de buena parte del siglo XIX. Cádiz abastecía de sal a los saladeros de Buenos Aires y Montevideo. Estos cargamentos solían acompañarse de vinos, frutos secos, alpargatas y textiles y retornaban con cueros, aunque había algunos navíos que continuaban al Perú para cargar guano. Sin embargo, la mayoría de las embarcaciones llevaban carne salada para alimentar a los esclavos de las plantaciones de Cuba y Puerto Rico. En las islas cambiaban la carga por azúcar, tabaco y ron y retornaban a Cádiz. A este hecho hay que agregar la importancia que adquirió el tráfico clandestino de esclavos, con relevancia para ciertas regiones españolas como Cataluña y Galicia.
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A principios de 1797, con Godoy todavía como máximo responsable político, era general la creencia de que el fin de los Estados Pontificios era inminente. El ejército de Bonaparte lograba el 14 de enero la victoria de Rivoli sobre los austriacos y la capitulación de Mantua el 2 de febrero, con lo que la presión sobre Roma era extrema, y la curia pontificia discutía si debía aceptarse una paz sin condiciones o si había que resistir. España fue requerida por el Papa para que mediara pero, pese a lo afirmado en sus Memorias, Godoy se mantuvo reticente a la mediación. Roma, no obstante, se salvó momentáneamente, comprando tiempo a los franceses. El Tratado de Tolentino, firmado entre Napoleón y Pío VI el 19 de febrero, evitó la ocupación de la ciudad, pero imponiendo al pontífice unas condiciones extraordinariamente duras: los Estados Pontificios perdían la Romaña y renunciaban a Aviñón, comprometiéndose al pago de una importante cantidad de dinero a los franceses, cifrada en 46 millones de escudos, además de la entrega de víveres y pertrechos. La posibilidad de alcanzar un objetivo largamente acariciado por el regalismo español, la creación de una Iglesia nacional, era ahora posible. En marzo de 1797, Carlos IV envió a Roma una embajada extraordinaria formada por tres prelados: los arzobispos Rafael Múzquiz, confesor de la reina, y Antonio Despuig, arzobispo de Sevilla tras su breve paso por Valencia, encabezados por el cardenal primado, Consejero de Estado y todavía inquisidor general, el leonés Francisco Antonio de Lorenzana. El propósito de la legación no era demasiado explícito en el texto de la real resolución, donde se indicaba que debía "arreglar con Su Santidad los artículos pendientes y cualesquiera otros que ocurrieran en adelante", pero su objetivo verdadero era negociar con la Santa Sede la devolución a los obispos españoles de las reservas hasta entonces en manos del Pontífice en materia de derechos y jurisdicción. Ante la hipótesis, cada vez más plausible dada la situación italiana, de la ocupación de Roma por los franceses, la dispersión de la Curia romana y el fin de la autoridad temporal del Papa, Godoy acentuó la línea episcopaliano-regalista que rebajaba las prerrogativas pontificias y aumentaba la de los prelados, hasta el punto de constituirse éstos en cabezas de una Iglesia católica nacional. Había en ello una ventaja económica indudable: los españoles obtendrían las gracias y dispensas, sobre todo matrimoniales, en sus diócesis respectivas, y el dinero que obtenía Roma de las correspondientes tasas quedaría en España, lo que no era poco, pues las cantidades ingresadas en las arcas romanas por expedientes matrimoniales tramitados en 1797 ascendieron a cerca de 380.000 escudos romanos, razón por la que Corona Baratech pudo calificar la Dataría y la Cancillería Apostólica, encargadas de conceder gracias y dispensas, verdaderos "manantiales de las riquezas temporales de Roma". El 28 de diciembre se produjo un levantamiento republicano en Roma. En los enfrentamientos habidos, la guardia pontificia penetró en la embajada francesa, resultando muerto el general galo Duphot y teniendo que escapar el embajador, que llamó en su ayuda al ejército francés acampado en las inmediaciones. El ministro Talleyrand, en nombre del Directorio, ordenó ocupar la ciudad. El 15 de febrero de 1798 fue proclamada desde el Capitolio la República Romana, que invitó al Pontífice a abdicar de su soberanía temporal. Pocos días después Pío VI, con 80 años de edad, abandonaba la ciudad hacia un incierto exilio, que pudo ser Mallorca si el gobierno español hubiera aceptado las sugerencias efectuadas por el Directorio en ese sentido, pero que terminó siendo Francia, en donde moriría desterrado el 29 de agosto de 1799, cinco meses después de su llegada. El fin de los Estados Pontificios y la situación caótica que se vivía en sus antiguos territorios llevaron a Godoy a emitir un decreto el 17 de marzo de 1798 que permitía a los jesuitas españoles y americanos, expulsados por Carlos III en abril de 1767, a regresar a España y residir con sus familiares o amigos. Fue un levantamiento temporal del exilio, pues el 20 de marzo de 1801 otro decreto ordenaba de nuevo la salida de España a los jesuitas que se habían acogido a la medida tres años antes. Urquijo consideró que la coyuntura, con el Papa moribundo en manos francesas y los cardenales dispersos, era idónea para alcanzar el objetivo plenamente regalista: levantar una Iglesia nacional, independiente de Roma en materia económica y disciplinaria, y recuperar para los obispos españoles los derechos y facultades que se había reservado Roma. En septiembre de 1798, cuando Pío VI se hallaba todavía en Siena, el Papa había concedido facultades extraordinarias a los prelados de la archidiócesis de Toledo para conceder dispensas matrimoniales por mano del nuncio. Un mes después Urquijo efectuó gestiones para lograr que el Pontífice ampliara la concesión otorgada a Toledo a todas las diócesis de España e Indias y sin intervención del nuncio, pero tuvo que esperar hasta la muerte del Papa en agosto de 1799 para tomar una decisión unilateral que venía a nacionalizar de hecho la Iglesia española. Un real decreto, fechado el 5 de septiembre de ese año, señalaba que Carlos IV, atento a que sus vasallos no carecieran de los auxilios de la religión en una situación excepcional, en la que la Iglesia se hallaba sin Papa y con Roma convertida en república bajo la protección francesa, había decidido que hasta nueva elección de Pontífice, si ésta se producía, "los arzobispos y obispos españoles usen de toda la plenitud de sus facultades, conforme a la antigua disciplina de la Iglesia, para dispensas matrimoniales y demás que les competen; que el Tribunal de la Inquisición siga, como hasta aquí, ejerciendo sus funciones, y el de la Rota sentencie las causas que hasta ahora le estaban encomendadas en virtud de la comisión de los Papas, y que yo quiero ahora continúe por sí. En los demás puntos de consagración de obispos y arzobispos, u otras cualesquiera más graves, que puedan ocurrir, me consultará la Cámara cuando se verifique alguno, por mano de mi primer Secretario de Estado, y entonces determinaré lo conveniente, siendo aquel supremo tribunal el que me lo represente, y a quien acudirán todos los prelados de mis dominios, hasta una orden mía". El rey, pues, asumía, aunque fuera sólo interinamente, la confirmación canónica de los obispos españoles que antes era facultad pontificia; autorizaba al Tribunal de la Rota a suplir a los tribunales romanos; eliminaba al nuncio por superfluo; y concedía a los obispos plenas facultades para conceder dispensas matrimoniales. Por último, se recomendaba a los prelados la observancia del decreto y su lectura en el púlpito. El decreto de 5 de septiembre, calificado por el embajador austríaco en Madrid de sensacional, podía llegar a suponer, caso de mantenerse una vez elegido nuevo Papa, una situación similar a la entonces vigente en Austria, y no cabe calificarlo de cismático, como cierta historiografía heredera de Menéndez y Pelayo ha sostenido exageradamente. Sin embargo, el cónclave reunido con dificultades en Venecia eligió en marzo de 1800 al cardenal Chiaramonti como Pío VII, y ante su negativa a confirmar el decreto de 5 de septiembre del año anterior, éste fue revocado, siendo comunicada esta decisión a todos los obispos españoles por una circular que Carlos IV les dirigió el 29 de marzo.
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A los soviéticos, y en ello están de acuerdo numerosos historiadores, les habría bastado realmente, al parecer, con lo que pedían. El problema de las fronteras entre Rusia -luego la URSS- y la Finlandia sueca -luego Finlandia independiente- se remonta a la Edad Media, a los seis siglos de dominación sueca sobre Finlandia y a los intentos de su rival la Rusia de los zares de salir del Báltico y consolidar una frontera defendible en ese área. Finlandia quedará, así a merced de estas dos grandes potencias. La primera frontera ruso-finlandesa (siglo XIV) pasaba por el Istmo, al este de Vipuri, continuaba hasta el mar, por lo que la ciudad quedaba en tierras finlandesas. En siglos posteriores suecos y finlandeses dirán que la frontera sube hasta el Ártico; los fineses carelios y sus aliados rusos dirán que termina en el golfo de Botnia. Con todo, la población de origen finés superaba las fronteras hacia el Norte y hacia el mar Blanco. En el siglo XVII la frontera va más al este, pero aún separa a poblaciones de lengua finesa. En el XVIII Rusia conserva Viipuri y zonas en torno al lago Ladoga, tras la paz con Suecia de 1721. En 1743 la frontera se traslada un poco al oeste, en beneficio de Rusia. Rusia se apodera de Finlandia en 1808-09, durante las guerras napoleónicas, y la convierte en ducado autónomo, al que el zar restituye algunos territorios arrebatados en el XVIII. La frontera de Laponia se adelanta hacia el este. El nacionalismo finlandés del XIX -contemporáneo de una creciente rusificación busca la independencia total, que llega sólo después de la Primera Guerra Mundial (1917) y se consolida sólo tras una verdadera guerra civil entre los comunistas, apoyados por la URSS, y las derechas, apoyadas por Alemania en un primer momento (1917-18), en la que aparece la figura de Mannerheim, vencedor de los comunistas. Tras la feroz represión contra las izquierdas, el Tratado de Tartu (1920) modifica de nuevo la frontera oriental: la URSS cede Petsamo, en el Ártico, y gran parte del istmo de Carelia, y conserva Carelia oriental (que se convierte en República Autónoma de Carelia) y las dos provincias de Repola y Porajárvi que permiten una defensa mínima de Leningrado. Unas cuantas islas del golfo de Finlandia serán neutralizadas. Desde esta fecha, una serie de tratados y acuerdos definirá las relaciones soviético-finlandesas y zanjará los problemas fronterizos. En 1937 suben al poder en Finlandia los "agrarios", a quienes Moscú da la bienvenida, y que prosiguen la linea Paasikivi de neutralidad, pero la clase dominante no oculta sus simpatías por Hitler y por el fascismo. Añadamos que existían también reclamaciones territoriales finlandesas, expresadas con sordina por los partidos liberales y con mayor ruido por el Movimiento Lapua y otros de carácter fascista. Algunas eran históricamente "razonables", como la de la Carelia oriental; otras fantásticas, como las de vastas extensiones de la URSS hacia el norte y los Urales, donde había minorías de lengua finesa, que el gobierno había patrocinado de 1918 a 1920. El Tratado de Tartu había permitido recuperar una parte de esos territorios sin embargo, sobre todo en la juventud, subsistía la idea de la Gran Finlandia.
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No es un recurso muy frecuente en la pintura de Magritte la utilización de un espejo, aunque en esta ocasión resulta un artificio similar al de los cuadros que, pintados ante una ventana, se llegan a confundir con el paisaje. La imagen que el espejo refleja completa y contradice al mismo tiempo a la imagen que está ocultando. Nos encontramos ante uno de los ejemplos más evidentes de las tradicionales imágenes en conflicto, cuyo objetivo es desconcertar al espectador, revelando la posibilidad de alternativas allí donde todo parecía establecido para siempre. Después de siglos de pintura occidental en trompe l'oeil (engaño a los ojos), Magritte la plantea como un trompe l'esprit (engaño de la mente): "El arte de la pintura es un arte del pensamiento, cuya existencia pone de manifiesto la importancia que tienen en la vida los ojos del cuerpo humano", escribía en "Le vrai art de la peinture".
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Las culturas autóctonas negro-africanas, frecuentemente muy complejas, aparecen ligadas por lo general a cultos de tipo animista (basados en la creencia de la acción voluntaria de seres orgánicos e inorgánicos, incluso de fenómenos de la naturaleza, que se consideran movidos por un alma antropomórfica). En ocasiones, el animismo se concreta en un totem, animal sagrado del que creen que depende la vida de la tribu. Estas formas anteriores a la penetración contemporánea de los europeos no excluyen, sin embargo, la subsistencia de creencias distintas entre las que destaca la del Dios único, creador del mundo (entre tribus bantúes, kikuyus y gabonesas). Samuel Johnson en su History of the Yorubas señala que el dios de éstos significa "el señor del cielo". Le consideran como creador del cielo y de la tierra, pero en un lugar tan elevado que no puede ocuparse directamente de los hombres y de sus asuntos, por lo que deben admitir la existencia de numerosos dioses e intermediarios. Creen en el otro mundo, de donde se deriva el culto de los muertos y su fe en un juicio final.
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Actualmente y desde hace muchos siglos conviven en el Japón dos religiones principales: el sintoísmo y el budismo. Ambas han coexistido e influido recíprocamente durante los últimos quince siglos. El primer culto es originario del Japón, mientras que el budismo nipón es una rama concreta del budismo a nivel mundial. En términos generales, el pensamiento religioso japonés está presidido por el deseo de integrar todas las partes de forma armónica. Al contrario que en el mundo occidental, para el japonés las distintas religiones no son opciones exclusivas. Una misma persona puede venerar a dioses de diferente religión, sin que ello signifique caer en una contradicción. Es habitual que el individuo creyente realice una ofrenda en su altar sinto antes de abandonar su casa y después rece una oración en el templo budista del barrio. Además, también existen recintos religiosos que contienen imágenes de divinidades de religiones distintas, siendo lo más habitual la mezcla de deidades budistas y sintoístas. Incluso, un sacerdote de una religión concreta puede llegar a oficiar ceremonias de otro culto, una mezcolanza que aparece también reflejada en la iconografía, en la que se combinan elementos de distintas religiones. El espíritu japonés busca la armonía de las cosas, y por tanto también de las creencias. Se busca no diferenciar, no hacer de menos, integrar elementos de procedencias diversas que pueden resultar válidos, sin cuestionar su origen, su ortodoxia o su procedencia. Para la cultura japonesa, así como en la Naturaleza coexisten multitud de elementos diversos, integrados en un todo armónico e indivisible, así las religiones han de coexistir, pues la falta de uno de estos elementos rompería el equilibrio y conllevaría el caos.
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Durante los siglos XVI y XVII, Europa vive continuos conflictos a causa de la religión, estando profundamente dividida. La mayoría del territorio es católico, destacando los reinos de España, Francia, Nápoles y Polonia. A éstos se suman Irlanda, Bohemia, Austria, Hungría, Venecia y, por supuesto, los Estados Pontificios. Los seguidores de Lutero se asientan principalmente en el norte de Europa, ocupando buena parte de Alemania, Prusia y parte de los Estados Bálticos. Son también luteranos el reino de Suecia y el de Dinamarca y Noruega. Los partidarios de Calvino están menos extendidos. Ocupan principalmente Suiza, los Países Bajos y Escocia, además de dos extensas regiones en Europa Central. El enfrentamiento entre el rey inglés Enrique VIII y el papa Clemente VII hace que Inglaterra se separe de la obediencia al Vaticano, dando origen a la religión anglicana. El este y sur de Europa están ocupados por poblaciones de religión ortodoxa.