Entre los diversos grupos judíos había algunos que por sus particularidades doctrinales y de acción merecen la denominación de sectas. Todas eran igualmente judías, porque salvaguardaban el contenido fundamental de la creencia y la práctica del judaísmo; pero sus diferencias eran profundas, su irreductibilidad, evidente; su presencia en el pueblo, muy visible, y la influencia, considerable. Flavio Josefo cita cuatro: la de los saduceos, la de los fariseos, la de los zelotas y la de los esenios. Las tres primeras han sido ya mencionadas anteriormente; la cuarta tiene la importancia que le confiere el afortunado hallazgo de una rica documentación en papiro encontrada en cuevas cercanas al mar Muerto y correspondiente al monacato esenio de la zona. El grupo esenio era una segregación que hacía vida aparte, defendiendo la pureza tal cual ellos la interpretaban. Los zelotas traducían sus vivencias judías en un nacionalismo antirromano violento, más cargado de política que de religiosidad. Los saduceos y los fariseos eran dos modalidades del judaísmo oficial: la sacerdotal y la sinagogal; la del templo y la de la ley. Los saduceos pretendían una vinculación directa a Sadoc, el sumo sacerdote a quien David pusiera al frente del templo de Yahvé; eran una derivación del sacerdocio sadocita, el legítimo. Al igual que habían sido conformistas con los dominadores helenísticos, lo eran ahora con los romanos. Dominaban el Sanedrín y los sacerdocios, y tenían la responsabilidad del culto a Yahvé en el templo de Jerusalén. Su más destacada peculiaridad doctrinal era el rechazo del más allá y, consecuentemente, de la resurrección. Los fariseos eran hombres dedicados al estudio e interpretación de la ley, que respetaban más en la letra que en el espíritu. Desarrollaron una riquísima casuística, desde la que se desprendían pautas para la observancia. Eran enemigos de los romanos, de la misma forma que rechazaron con anterioridad las imposiciones helenizantes. Controlaban la religiosidad de las sinagogas y las escuelas rabínicas tanto elementales como superiores. Los zelotas, nacionalistas a ultranza, pudieron nacer con el movimiento rebelde de Judas el Galileo; pretendían la constitución de un estado teocrático, que pasaba por la eliminación de los paganos y el odio a todo extranjero que se interfiriera. Propugnaban la acción violenta, y serían el fermento que haría posible la crisis de la primera guerra judaica. Conocíamos a los esenios por lo que de ellos nos dicen el judío Flavio Josefo y el romano Plinio el Viejo. Ahora sabemos mucho más de ellos gracias a los descubrimientos de Qumrám. Era una secta hiperpurista, tal vez heredera de los hasidim intransigentes del período helenístico, descontenta y segregada. Hacían vida cenobítica a las puertas del desierto, creían que el templo de Jerusalén estaba mancillado por un sacerdocio indigno y se consideraban lo que quedaba del auténtico Israel, autoatribuyéndose la denominación de "el resto". Las cuatro sectas tienen su importancia. La de los saduceos porque representaba el culto sacrificial de Jerusalén e integraba los órganos visibles del judaísmo y su autonomía. Los zelotas, por su lucha antirromana y porque acabarían provocando la catástrofe. Los esenios, porque los hallazgos de sus escritos explican importantes aspectos del judaísmo palestinense y porque al menos algunos autores creen que también iluminan facetas del primitivo cristianismo. Los fariseos, porque su enseñanza de la ley tenía carácter oficial, o lo adquiriría, y porque serían los únicos en sobrevivir tras la destrucción de Jerusalén y el templo en 70 d.C., de tal forma que el rabinismo talmúdico posterior sería empresa exclusivamente suya. Y cabría, para cierre, una brevísima referencia más: la que merece la secta judía que nace de la aceptación de Jesús como mesías; el judeocristianismo, que es rama sin desgajar del judaísmo hasta que se inicia, no sin temores y dudas, la apertura de la Iglesia primitiva a la gentilidad, gracias especialmente a San Pablo; quedan abandonadas prácticas de la ley, y acaban el cristiano y el judío por no reconocerse en la doctrina fundamental del otro, y sobre todo se disuelve o pierde significación la Iglesia-madre de Jerusalén con la destrucción del año 70.
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Una vez restituida, la dote podía servir para que la viuda saliese adelante, tal vez sola, o tal vez reinvirtiéndola en un nuevo matrimonio. Al fin y al cabo, tras muchos de los matrimonios en segundas nupcias se escondía la lucha por la supervivencia: el matrimonio no era sólo la unión de dos personas, era la conjunción de dos fuerzas productivas. En el mundo agrario este hecho se hacía más que evidente: al tratarse de trabajos estacionales hombres y mujeres combinaban sus esfuerzos para sacar adelante la tierra. Lo mismo ocurría en el caso de las esposas de artesanos: la mujer era un elemento importante en el negocio familiar, se encargaba de las cuentas, de la atención al público y era conocedora del proceso de fabricación. Cuando el maestro moría, algunas viudas decidían permanecer solas y sacar la tienda adelante, pero muchas otras escogían a miembros del gremio al que había pertenecido su difunto esposo para contraer segundas nupcias. Además, las segundas nupcias entre la aristocracia suponían en muchas ocasiones una forma de sellar nuevas alianzas: una viuda joven representaba para la familia de origen una nueva oportunidad de afianzar lazos estratégicos con otras familias importantes. Pero en otras ocasiones las mujeres que habían perdido a sus esposos contaban con recursos económicos suficientes, con negocios familiares o con otros recursos para salir adelante. Por otro lado, en los contratos matrimoniales estudiados no parece que la presencia de los familiares pesase mucho en la decisión de tomar un nuevo esposo. De hecho, mientras que en las primeras nupcias la familia tenía mucho peso, la decisión de contraer un segundo matrimonio fue un acto más libre, donde los contrayentes eran los principales protagonistas. Por lo tanto, y teniendo en cuenta todas estas circunstancias, sería un error pensar que las únicas motivaciones de una viuda eran las económicas o las productivas. La cuestión emocional importó mucho peso a la hora tomar un nuevo esposo. Sea como fuere, amor, alianza, supervivencia o todas ellas a la vez, las segundas nupcias no dejaron de ser un recurso de subsistencia al que las viudas acudieron con relativa frecuencia. No sólo las viudas; en los primeros siglos de la Edad Moderna una de las constantes en los matrimonios en los que al menos uno de los cónyuges había estado casado fue la alta frecuencia con la que éstos se producían. La historiografía demográfica considera que era una forma de aliviar las crisis demográficas de aquellos siglos. No hay que olvidar que la elevada tasa de mortalidad dio lugar a numerosas mujeres viudas que ocuparon el mercado matrimonial y que éstas habían accedido al matrimonio jóvenes. Por lo tanto, al enviudar, muchas de ellas eran todavía aptas para contraer nuevas nupcias. Aunque la nupcialidad entre aquellos que habían perdido a sus cónyuges fue muy frecuente, ésta variaba en función del género, siendo más elevada entre los hombres que entre las mujeres. Además, los viudos no sólo se casaban más que las viudas, sino que lo hacían en un alto porcentaje a todas las edades y dejando un intervalo de tiempo entre matrimonio y matrimonio menor que el de las viudas. Para las mujeres, por el contrario, la barrera de los 40 a veces fue infranqueable. No fue ésta la única diferencia entre hombres y mujeres: mientras que aquellas viudas que tenían niños tuvieron más dificultades para encontrar compañero que las que no tenían vástagos a su cargo, los viudos con niños se casaron más a menudo y más rápido que el resto de hombres que habían perdido a su esposa y no tenían hijos. Esta diferencia en la nupcialidad entre viudos y viudas se debió a varios factores: en primer lugar, la alta mortalidad entre las mujeres que daban a luz dio lugar a un mayor número de viudos jóvenes; por otra parte, el arco temporal para casarse era más breve en el caso de las mujeres -la citada barrera de la fertilidad o el aumento de la esperanza de vida que generaba viudas cada vez mayores-; si a esto sumamos que las mujeres que habían perdido a su esposo esperaban más tiempo que los hombres para encontrar un nuevo cónyuge -ínterin principalmente marcado por cuestiones morales- el marco temporal se limitaba aún más; finalmente los hombres encontraban una sustituta para su difunta esposa con mayor rapidez que las mujeres porque la ausencia de la compañera era más difícil de superar que la del esposo. Es decir, socialmente una mujer podía hacerse cargo de sus hijos y trabajar para mantenerlos, pero era impensable que un hombre realizase labores definidas como "femeninas". Puesto que los viudos con hijos necesitaban una madre para sus vástagos, podemos concluir que las viudas fueron, en este sentido, más autosuficientes. Gráfico Pero, a pesar de la alta frecuencia de este tipo de matrimonios, llama la atención que las segundas nupcias nunca terminaron de ser aceptadas ni por parte de la Iglesia, ni por parte de la comunidad. Esta dicotomía, entre la frecuencia y el rechazo, se dio ya en la Antigüedad. Así, por ejemplo en Roma se permitían los segundos matrimonios tanto en caso de fallecimiento como en caso de divorcio y, de hecho, eran habituales. Tanto es así que el emperador Augusto llegó a castigar con inhabilitaciones sucesorias a aquellos viudos que no volvían a casarse. Pero a pesar de la política imperial, las mujeres romanas que permanecieron fieles a la memoria de sus esposos fueron especialmente alabadas. La Iglesia, por su parte, también mostró una actitud ambigua desde sus inicios. El origen lo encontramos en la Epístola a los Corintios (VII, 9) de San Pablo. Éste consideraba que la mujer estaba limitada mientras su marido viviera y que la muerte del esposo era una suerte de liberación, pues, apartada de las obligaciones debidas al cónyuge, podría dedicarse completamente a Dios. Es decir, Pablo animaba intensamente a las viudas y viudos a que permanecieran solos tras la muerte de sus primeros compañeros, pero no negaba la posibilidad de que se volvieran a casar. Su principal preocupación eran las jóvenes viudas -más frágiles ante las tentaciones de la carne-, su consejo para ellas era casi una orden: para evitar los peligros de una falsa viudedad debían volcarse en un nuevo esposo, ejerciendo la maternidad, el gobierno de la casa y la vida cristiana. Así pues, aunque las primeras comunidades cristianas tolerasen las segundas nupcias, aquellas viudas que decidían no casarse eran más respetadas que las que sí lo hacían. Siguiendo la doctrina de San Agustín y de los primeros padres, se entendió que el segundo matrimonio era un remedio para la fornicación, una concesión a la fragilidad humana. Con el paso de los siglos, y al tiempo que las leyes canónicas medievales comenzaron a alcanzar madurez, retomaron la cuestión de las segundas nupcias para discutir si éstas se podían considerar como un sacramento. Tantos siglos de rechazo habían dejado un poso en la liturgia. Así, a pesar de que en general los canonistas coincidían en que la bendición sacerdotal no era imprescindible para que un matrimonio fuera válido, ni siquiera para considerase un sacramento, muchos se negaron a conceder la bendición nupcial sobre las viudas bínubas -bendición que no se negó a los viudos que se casaban con doncellas-. Así, llegados a la Edad Moderna, las segundas nupcias fueron aceptadas por la Iglesia como válidas, aunque sobre éstas siempre cayó el peso de tantos siglos de debate. La comunidad, por su parte, tuvo su propia respuesta a las segundas nupcias: las cencerradas. Fue la forma que la comunidad encontró de hacer suyos estos mensajes contrapuestos y de traducirlos a través de su propio lenguaje. Este fenómeno, propio de toda la Europa moderna, adquirió diferentes nombres según el territorio: charivari en Francia; las llamadas cencerradas en la Monarquía hispánica; la mattinata italiana; o skimmington ride o rough music en Inglaterra. Estas conductas eran comunes tanto en el campo como en la ciudad y compartían ciertas formas: instrumentos, ruidos, canciones, palabras groseras y, a veces, disfraces. El objeto de las burlas de la escandalosa comitiva (generalmente formada por jóvenes, aunque no sólo) podía ser cualquier miembro de la comunidad que hubiera infringido las reglas de conducta del grupo y, entre otros, las viudas fueron uno de los blancos preferidos. De hecho fue un indicativo más del descontento que las segundas nupcias de viudas, y no tanto de viudos, generaban entre la población. ¿Por qué este rechazo? En parte las segundas nupcias de las viudas se vieron como un ataque a la seguridad de los hijos del primer matrimonio. No olvidemos, que la viuda que volvía a casarse debía renunciar a la tutela de sus pequeños. Así pues, las madres que optaban por un nuevo matrimonio no despertaban la simpatía de sus convecinos y podían ser percibidas como malas madres que anteponían su voluntad de casarse al bienestar de sus propios hijos. Pero el rechazo a este tipo de matrimonios se producía también como una forma de reivindicar la memoria y el honor del difunto esposo. Además, era habitual que las viudas y viudos se casasen con solteros más jóvenes que ellos. Por lo que las cencerradas y el descontento de la sociedad podían ser también una forma de protesta por el nuevo matrimonio de un hombre o una mujer mayores con un miembro más joven de la comunidad y, hasta ese momento, soltero. Esto se entiende porque ese tipo de matrimonios podía suponer una merma del mercado matrimonial para aquellos otros solteros que buscaban su oportunidad. Finalmente, se entiende que las cencerradas fueron la forma por la cual la comunidad aplicó su propia justicia en un intento por fortalecer el orden local.
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Para una de las principales iglesias napolitanas, la del Monte Pío de la Misericordia, Caravaggio realizó en 1606 el gran lienzo de las Siete Obras de la Misericordia. Caravaggio recurre a una escena callejera, con abundantes personajes, para resumir las obras misericordiosas. La llamativa joven amamantando a un anciano es la alegoría de la Caridad Romana, simbolizando al mismo tiempo las dos primeras obras misericordiosas: ir a visitar a los presos y dar de comer a los hambrientos. Tras ellos se ve un diácono y unos enterradores con el extremo de un cadáver en un sudario; aquí se encuentra la tercera obra de caridad, enterrar a los muertos. El joven caído de espaldas y medio desnudo representa la curación de los enfermos. El grupo que está en pie frente a él reúne otras obras: San Martín da su capa a los pobres, simbolizando la quinta obra: vestir a los desnudos. La sexta, alojar a los peregrinos, está implícita en las figuras del grueso tabernero y Santiago como un joven y apuesto caballero con el sombrero ornado por la concha de peregrino. El musculoso personaje vestido con túnica romana del fondo es Sansón, que bebe agua de una quijada de asno, representando así la séptima obra: dar de beber al sediento. En la parte superior de la composición, encontramos un rompimiento de Gloria: dos ángeles entrelazados y con las alas desplegadas anuncian a la Virgen y el Niño que contemplan las Obras de Misericordia. El tono de la luz y los contrastes con la sombra se han vuelto en esta composición más naturales, sin los dramatismos artificiales de sus primeras obras. Los personajes continúan con el rostro y el aspecto de los desfavorecidos, con sus pies sucios en primer plano como muestra de la humildad de su condición
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Ya en la visión de San Juan y los 24 Ancianos pusimos de relieve cuál es el origen social de esta serie de xilografías que Durero dedicó al Apocalipsis de San Juan. En esta imagen tenemos la tremenda visión de los siete ángeles que con sus siete toques de trompeta trajeron las catástrofes a la tierra para destruirla y que renaciera de nuevo, en el reino de Dios.Algunos de los elementos que aparecen están tomados de series anteriores del Apocalipsis, editadas por impresores cercanos a Durero (la Biblia Grüninger y la Biblia Quentell-Koberger -Koberger era el padrino de Durero-). En la escena, un águila se arroja en picado sobre la tierra gritando "Desgracia, desgracia", como símbolo de la ira divina. El Sol y la Luna miran con rostro crispado el fin de la tierra. En el mar, los naufragios acaban con la vida, con el comercio, con toda actividad humana. La tierra se abre en llamaradas y seísmos, y unas manos provenientes del cielo aplastan un volcán contra el mar. Sobre todo el caos, el Dios caracterizado como un anciano contempla con serenidad la destrucción de sus ángeles, esparcidas como la música de sus trompetas sobre los confines del mundo.
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Con la aparición de las Sociedades Económicas de Amigos del País, se reavivó la polémica de la capacidad intelectual de las mujeres, debido al debate que se originó por el posible ingreso de las mujeres en estas asociaciones. Dos ilustrados centraron el debate: Cabarrús y Jovellanos. Cabarrús se opuso al ingreso de las damas de la aristocracia y alta burguesía en las Sociedad Económicas de Amigos del País. Como asiduo lector de la obra de Rouseau se dejó influir por él, de ahí su negativa al ingreso de las damas, que reflejó en su "Discurso sobre la admisión de señoras a la Sociedad Económica de Madrid" (241) "¿Acaso queremos invertir impunemente el orden, tan antiguo como el mundo, que siempre las ha excluido de las deliberaciones públicas?" Y contestando a los que argüían a favor de las mujeres, poniendo de ejemplo a las gobernantes que ilustran la historia, Cabarrús hacía resaltar que "a estas mujeres no se les ha ocurrido tratar con otras mujeres sus guerras, luchas o proyectos. No dieron ninguna nueva autoridad a su propio sexo y los siguieron teniendo reducido a su mundo, que es el doméstico. Si las mujeres importantes no habían cambiado la situación de las otras mujeres ¿por qué habían de hacerlo los hombres? Era pasarse de listos para dar en rematadamente tontos." Jovellanos, por el contrario se presentó como defensor del ingreso de las mujeres en las Sociedades; pero en las páginas finales de su conclusión preveía que: "No nos dejemos alucinar de una vana ilusión. Las damas nunca frecuentan. El recato las alejará perpetuamente de ellas. ¿Cómo permitirá esta delicada virtud que vengan a presentarse en una concurrencia de hombres de tan diversas clases y estados? ¿A mezclarse en nuestras discusiones y lecturas? ¿A confundir su débil voz en el bullicio de nuestras disputas?" (242) Una excepción a todas las reglas y comentarios de la época fue la de Josefa Amar Borbón (1749-¿1833?), a la que se ha considerado la primera feminista de la historia de España, En 1782 fue nombrada socia de mérito de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País. En 1787 lo fue de la Junta de Damas, vinculada a la Real Sociedad de Madrid, y posteriormente de la Real Sociedad Médica de Barcelona. Hidalga aragonesa, hija del famoso médico de cámara de Fernando VI, José Amar, y de Ignacia de Borbón; emparentada con muy ilustres familias de la región e incluso con el Conde de Aranda. En su familia destacaron médicos y abogados; sus hermanos se dedicaron a la milicia y a la Iglesia. En su educación disfrutó de preceptores eruditos y fue una lectora apasionada. Aprendió latín, griego, italiano, inglés, francés, portugués, catalán y un poco de alemán. También le interesaron las cuestiones bibliográficas. Alcanzó, pues, una erudición más que notable, que ejerció con independencia de juicio y en los parámetros de un europeísmo universalista y no tuvo igual entre las escritoras españolas de su siglo. Conocía toda la obra de los ilustrados e ideólogos franceses y la de John Locke, y su pensamiento pasó de una Ilustración avanzada a un liberalismo convencido. Gracias a su conocimiento de idiomas, se dedicó principalmente a la traducción de obras extranjeras, principalmente científicas. Entre 1782 y 1784 tradujo anotados los seis tomos del Ensayo histórico-apologético de la literatura española contra las opiniones preocupadas de algunos escritores modernos italianos del abate Francisco Javier Lampillas contra Girolamo Tiraboschi (1786). A éste añadió además un Índice de autores y materias. Gráfico La Sociedad de Amigos del País de Zaragoza le encargó además la traducción del Discurso sobre el problema de si corresponde a los párrocos y curas de aldea instruir a los labradores en los elementos de la economía campestre, acompañado del plan de Francesco Griselini. Prologó la edición en 1783. En 1783 estaba escribiendo una Aritmética española y tradujo el Diario de Mequinez. Vivió casi toda su vida en Aragón (Zaragoza, Tarazona, Borja). Defendió en la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País de que formaba parte la independencia y dignidad de la mujer, por medio de su traducción de uno de los libros europeos más famosos sobre el tema, el de Knox, Essay moral and literary, y de varios discursos que escribió y pronunció entre 1786 y 1790: Discurso en defensa del talento de las mugeres (1786), Oración gratulatoria . . . a la junta de Señoras (1787) y Discurso sobre la educación física y moral de las mugeres (1790). En todos estos defiende el feminismo de la igualdad: el cerebro no tiene sexo, y la aptitud de las mujeres para el desempeño de cualquier función política o social. (243)
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Si la relación de los proyectos auspiciados por el poder permite reconocer la importante labor del Estado en la modernización de la cultura española, otro ejemplo de intervencionismo en este ámbito nos permite comprender los propósitos oficiales en la divulgación de las Luces. Se trata del caso de las Sociedades Económicas de Amigos del País, una de las instituciones más originales y más representativas del movimiento ilustrado de la España de la segunda mitad del siglo XVIII. La iniciativa partió también aquí de un grupo de particulares, los caballeritos de Azcoitia, que se reunían para conversar sobre matemáticas, física, geografía e historia, discutir problemas de actualidad y escuchar música. En este tertulia destacaba la personalidad del triunvirato compuesto por Miguel de Altuna, el marqués de Narros y el conde de Peñaflorida, quien ya había puesto por escrito algunas de sus ideas sobre la ciencia moderna en 1758, en un libro significativamente titulado Los aldeanos críticos. En 1764, los animadores del grupo deciden dar un paso más allá y fundan la Sociedad Bascongada de Amigos del País, que recibe al año siguiente el reconocimiento oficial aprobando sus objetivos: el fomento de la agricultura, la industria, el comercio y las ciencias. En esta declaración genérica vemos ya prefigurarse los dos planos en que va a desenvolverse la actividad de la sociedad y la de sus seguidoras: el adelanto de las ciencias, especialmente el de las consideradas útiles, y el fomento de la economía en su área de actuación. Los dos planos estaban íntimamente trabados en cualquier caso, pues la elaboración teórica debía ponerse al servicio de la mejora técnica y de la educación popular y debía repercutir en el progreso de las fuerzas productivas. Los instrumentos esenciales para llevar a cabo la tarea fueron, prácticamente en todos los casos, la redacción de memorias e informes y la creación de escuelas de formación profesional. En este sentido, la Sociedad Bascongada, por una parte, fue un gran centro de recepción de la ciencia europea a través de los viajes al extranjero de sus miembros y de la acogida en su seno de prestigiosos sabios foráneos y, por otra, se embarcó en ambiciosos proyectos educativos, como la adquisición de una granja en San Miguel de Basauri para experiencias agrarias, el intento de fundación de una Escuela de Náutica en San Sebastián, la puesta en funcionamiento de una Escuela gratuita de Dibujo y, sobre todo, la creación del Seminario Patriótico de Vergara. El éxito de los ilustrados vascos indujo al gobierno a apropiarse de su iniciativa. En 1774 Pedro Rodríguez Campomanes enviaba una circular a todos los rincones de la Monarquía, incitando a las autoridades locales a promover la creación de sociedades patrióticas con los mismos fines que la vascongada, que eran recogidos y reinterpretados en la obrita que acompañaba a la comunicación oficial (uno de los testimonios mayores del espíritu del reformismo borbónico, el Discurso sobre el fomento de la industria popular), cuyas líneas maestras serían resaltadas al año siguiente por otro escrito, el Discurso sobre la educación popular de los artesanos y su fomento. El mensaje oficial era diáfano: las nuevas instituciones debían levantar acta de la situación económica de su territorio, proponer las reformas que pareciesen necesarias y ocuparse de la formación profesional de los agricultores y los artesanos, a fin de elevar el nivel de las fuerzas productivas, pero las reformas debían respetar las estructuras básicas de la propiedad agraria y de la estratificación social y el modelo de crecimiento propuesto no debía cuestionar el sistema económico propio del Antiguo Régimen. El llamamiento de Campomanes encontró una respuesta entusiasta, que indicaba que el terreno estaba abonado para una experiencia de este tipo: en quince años, entre 1775 y 1789, se fundaron más de setenta Sociedades Económicas de Amigos del País, que se dispusieron a secundar de la mejor manera posible los deseos del gobierno. La más importante de estas sociedades fue sin duda la Matritense, cuyos estatutos sirvieron de modelo a la mayor parte de las restantes, cuyas escuelas de hilados para niñas fueron imitadas en muchos otros lugares, cuyas memorias e informes alcanzaron un alto grado de calidad y penetración en asuntos de relevancia y cuyas sesiones estuvieron realzadas por la presencia de algunos de los más notables intelectuales de la época, como Francisco de Cabarrús o Gaspar Melchor de Jovellanos. Dentro de su marco institucional tuvo cabida además la incorporación de la mujer a las tareas reformistas, a través de la creación de la Junta de Damas de Honor y de Mérito, donde laboraron en favor de la causa la duquesa de Alba, la condesa de Benavente o la condesa de Montijo y donde destacó como publicista en pro de la educación femenina la aragonesa Josefa Amar y Borbón, una de las figuras más relevantes de la entidad y una de las que más contribuyeron a su fundación. Producto a un tiempo de la iniciativa particular y del dirigismo gubernativo, el significado y la obra de las Sociedades Económicas han sido valorados de manera muy desigual a partir del análisis de sus propósitos y de su composición social. Jean Sarrailh incluyó a los Amigos del País entre los cruzados de la Ilustración, aun reconociendo que nunca pretendieron una transformación profunda de la nación y que al mismo tiempo que difundían las Luces contribuyeron a preparar los ánimos "para aceptar la sana política realizada por los grandes funcionarios estatales". Richard Herr, por su parte, insistió en considerar a las Sociedades Económicas como uno de los principales "conductos de la Ilustración", atribuyendo su fracaso más que al letargo de sus energías iniciales a la presión ejercida por la oposición conservadora. Gonzalo Anes llamó la atención sobre el peso en el seno de las sociedades de los terratenientes, interesados esencialmente en el desarrollo de la agricultura sobre la base de meras reformas técnicas que no afectasen a la intocable distribución de la propiedad de la tierra y en el fomento de la industria doméstica o de la artesanía tradicional en el sector secundario no controlado, directamente por el Estado a través de sus fábricas reales. Sin embargo, el estudio detallado de las sociedades pone de relieve que los Amigos del País fueron un reflejo de la composición social en cada localidad de los grupos dirigentes, que incluían a nobles terratenientes, clérigos ilustrados, empresarios burgueses, miembros de profesiones liberales, intelectuales reformistas y, en definitiva, gentes cultas y de espíritu abierto. Es más, si en algunos casos bien conocidos el impulso partió de algún gran terrateniente, como pudo ocurrir en Osuna, donde el duque fue el protector de la sociedad, los elementos más dinámicos fueron por lo general, como puede mostrar el ejemplo de las sociedades castellanas y leonesas, las autoridades locales, los socios vinculados a la administración y los profesionales con inquietudes. Las Sociedades Económicas de Amigos del País se muestran así como un movimiento extendido a todo lo largo de la nación, del que sólo se desentendieron algunos grupos burgueses bien caracterizados, como parecen demostrar la inexistencia de fundaciones de este tipo en Cádiz y Barcelona, tal vez por falta de sintonía con los planteamientos económicos emanados de los sectores oficiales impulsores por parte de los comerciantes, industriales y navieros, que encontraron un mecanismo alternativo para la defensa de sus intereses en el Consulado o la Junta de Comercio. En cualquier caso, la geografía de las Sociedades Económicas tampoco es exactamente la geografía del subdesarrollo, pues junto a los centros establecidos en las capitales de comarcas estrictamente rurales, existieron muchas otras instaladas en núcleos urbanos expansivos y cuyas preocupaciones iban mucho más allá de la mera promoción de la agricultura. Las Sociedades Económicas de Amigos del País fueron una agrupación de ilustrados de buena voluntad y un instrumento de fomento al servicio del reformismo oficial. En el primer caso, su actuación fue encomiable y contribuyó a despertar la conciencia crítica sobre los males de la nación y a difundir la ilusión de que la supresión del atraso era posible, mientras que en la segunda vertiente los resultados sólo pueden calificarse, salvo algunos logros puntualmente localizados, como decepcionantes. Tomemos un ejemplo, entre otros muchos, la sociedad de Avila, fundada a instancias de Francisco Salernou, un fabricante que era al mismo tiempo diputado del común: su actuación debió ceñirse a abordar el acuciante problema de la pobreza mediante la distribución de sopas económicas, quedando en suspenso sus objetivos más ambiciosos ante los estrechos límites impuestos por una realidad desoladora. El fracaso final de los Amigos del País debe ponerse en relación con la ralentización del empuje reformista del gobierno desde los años finales del siglo, con la incomprensión manifestada por buena parte del entorno social, con la crisis económica finisecular que privó de recursos a las instituciones benéficas o docentes en funcionamiento, pero quizás sobre todo se debió al planteamiento voluntarista subyacente a toda su labor, ya que los medios disponibles nunca hubieran podido poner remedio a una situación de atraso económico y cultural que necesitaba de acciones más enérgicas y radicales y de mayor envergadura que las permitidas en el ámbito local de actuación reservado a los Amigos del País. Las Sociedades Económicas de Amigos del País, en definitiva, fueron uno de los productos más originales del dirigismo cultural de los equipos gobernantes borbónicos. Su historia permite plantear el problema de las relaciones entre el Despotismo Ilustrado y la propagación de corrientes reformistas espontáneas entre los grupos sociales que tenían acceso a la cultura superior. Su historia permite, por tanto, en cuanto fueron en muchos casos el núcleo aglutinador de dichas corrientes, introducir la cuestión del reformismo en provincias, al margen de la incitación directa de la administración madrileña.
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Los meses iniciales del régimen constitucional estuvieron cargados de tensiones a causa de la actitud de los exaltados que querían radicalizar el proceso revolucionario y que provocaron algunas revueltas de carácter popular. En la creación de este ambiente jugaron un papel importante las Sociedades Patrióticas. Estas sociedades surgieron por toda España a partir del triunfo de la Revolución de Riego y eran una especie de clubes cuya función era la de propagar el liberalismo al pueblo en los locales donde celebraban sus sesiones. Las Sociedades Patrióticas tenían como lugares de reunión los recintos más diversos, desde los cafés públicos hasta las casas particulares, los teatros y hasta los conventos desamortizados. Una de las más famosas fue la que tenía como sede La Fontana de Oro en Madrid, y que dio título a una conocida novela de Pérez Galdós sobre esta época. La llamada Amigos de la Libertad, se reunía en el café de Lorencini, también en la capital de España y fue una de las primeras en crearse. Otras sociedades famosas fueron la que se creó en el conocido café madrileño de la calle Caballero de Gracia, La Cruz de Malta, y la sociedad Landaburiana, cuyo nombre procedía del héroe de la libertad Mamerto Landáburu. Proliferaron también estas sociedades en el sur de España, y especialmente en Cádiz, San Fernando, Sevilla, Granada, etc. El profesor Gil Novales ha señalado la tipología de dichas sociedades, que llegaron a fundarse en 164 poblaciones y que alcanzaron el número de 270 en toda España, y ha descrito sus características fundamentales. Para este historiador, las Sociedades Patrióticas jugaron un doble papel. Por una parte mostraron una clara simpatía por el pueblo que, sobre todo a través de las clases artesanales, participaba en las reuniones. Existía un sincero afán de mejorar su forma de vida y de promover su amor por la libertad. Pero por otra, mientras que se reclamaba el voto popular para las clases acomodadas, se trataba de evitar que ese mismo pueblo demandase otros derechos y que se apuntase a otras facciones. Las Sociedades Patrióticas reflejaron una notable diversidad ideológica, de tal manera que, en un momento en el que la confusión y la volubilidad de las diferentes actitudes políticas era la característica que reinaba en el país, resultaría difícil adscribirlas a un credo rígido y monolítico. Diversidad también en el plano regional y local, de acuerdo con las modalidades particulares de cada población española y diferencias según la fecha de su fundación. Gil Novales establece tres periodos cronológicos en su estudio sobre estas Sociedades: El primero, desde sus orígenes hasta la Ley restrictiva de 21 de octubre de 1821. El segundo, el de las Tertulias patrióticas hasta los sucesos del 7 de mayo de 1822 en los que fracasó una intentona absolutista. Y por último, el tercero, desde esta fecha hasta la caída del régimen constitucional. Aunque las Sociedades Patrióticas continuaron existiendo durante todo el siglo XIX, fue durante el Trienio cuando alcanzaron mayor relevancia, pues a pesar de no estar encuadradas en ningún dispositivo político del Estado, llegaron a constituir, como ha escrito Comellas, algo así como un para-poder con una presencia real en la vida pública de aquellos años. No sólo servían de tribuna para dar salida a las opiniones y las inquietudes de los ciudadanos, sino que en sus sedes se organizaban las manifestaciones y asonadas que tuvieron lugar por aquellos años.
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Junto con las Sociedades Patrióticas, las sociedades secretas fueron otro de los elementos que dejaron sentir su influencia en este periodo liberal. Con todo, no conviene magnificar su importancia, como a veces se ha hecho. La masonería, en cuyo seno se había fraguado la Revolución de 1820, no renunció a jugar su papel en el Trienio a pesar de que ya no era necesaria la clandestinidad de los partidarios de la Constitución para entrar en el juego político. Lo que sí cobró la masonería fue un carácter diferente, pues se convirtió en algo así como una plataforma para medrar en la lucha por el poder y por la ocupación de los altos cargos. Alcalá Galiano, aunque no se muestra en sus Memorias muy de acuerdo con su perduración, la justifica por el hecho de que se convirtió en una especie de vigilante de la revolución. En realidad, en el seno de las logias, no sólo se disponía el reparto de los puestos públicos sino que hasta se discutían cuestiones relativas a los proyectos de ley, a las disposiciones del gobierno y a los cambios en los ministerios. El mayor número de logias y las más importantes estaban en la capital. Sus nombres simbólicos, como Libertad, Nuevos Numantinos, o Virtud Triunfante, sólo eran superados en pintoresquismo por la denominación de los afiliados, que ocultaban su verdadera identidad con el apelativo de Trajano, Nerón, Aquiles, Tito Livio, Pitágoras o Napoleón. Aunque las noticias que existen sobre la masonería en esta época son vagas y confusas, hay quien afirma que fue Riego el que pasó a ocupar el cargo de Gran Maestre de la masonería en 1821, para sustituir al conde de Montijo que lo había sido hasta entonces. Según Heron Lepper, esa información no es cierta sino que fue más bien producto de la propaganda de finales de siglo que quiso engrandecer a la masonería vinculándola a héroes del pasado. Otras fuentes, recogidas por Comellas, citan a Agustín de Argüelles como máximo responsable de la masonería española en este momento, pero tampoco lo aseguran con rotundidad. Ferrer Benimeli afirma incluso que ni siquiera el conde de Montijo pudo suceder como Gran Maestre al conde de Aranda en 1789, como se ha repetido con tanta frecuencia. Más difícil aún resulta precisar el número de masones existentes en España en estos años. Comellas se limita a afirmar que debió haber varios miles, algunos muy conocidos, como Flórez Estrada, Quiroga, Arco Agüero, Ballesteros, San Miguel, Agustín de Argüelles o Cayetano Valdés, y reconoce su peso y su participación fundamental en los negocios políticos. Sin embargo, algunos de estos nombres sólo accedieron a la masonería hasta finales de 1820 o comienzos de 1821, sobre todo aquellos de la primera generación liberal que habían participado en las reuniones de las Cortes de Cádiz. Eso provocó una escisión en la masonería, pues los jóvenes que hasta entonces habían dominado las logias se vieron desplazados por los elementos de mayor peso y categoría. Así pues, estos jóvenes masones crearon una sociedad secreta nueva, más radical, más abierta, más netamente española y también más popular y, por lo mismo, menos secreta. La sociedad de Los comuneros -que así se llamó-, no se organizó hasta febrero de 1821, pero la escisión venía ya del verano del año anterior. Pronto creció el número de sus afiliados, que llegó a alcanzar la cifra de los 60.000. Su ideario, aunque extremista, nunca llegó a ser republicano. Su fidelidad a la Constitución de 1812 y al sistema político de la monarquía estaban fuera de toda sospecha. Hubo, eso sí, otras sociedades secretas en España por aquellos años, cuya procedencia y aspiraciones pudieron confundirse con planteamientos políticos más radicales. Tales podían ser los carbonarios, cuyo origen se remontaba a la Italia medieval y que se habían convertido en adalides de la independencia italiana y de la unidad de aquella península. Su internacionalismo en la lucha por las libertades y en contra de la Santa Alianza les llevó a extenderse por la Francia de la Restauración, donde jugaron un papel importante en la oposición contra la Monarquía de Luis XVIII, y también por España, sobre todo a partir de la llegada de algunos refugiados políticos napolitanos, como D'Atelis y Pacchiarotti. No obstante, los carbonarios no arraigaron en nuestro país y las pocas ventas, como se llamaban sus células, que se crearon estaban integradas en su mayor parte por extranjeros. Las sociedades secretas formaban parte del ambiente político que se respiraba en la Europa de estos años. El espíritu sedicioso de la época, el deseo de misterio y ocultamiento, hacen que estas sociedades proliferen de una manera extraordinaria en otros países además de España, como Francia, Italia o Alemania. Se ha comprobado, incluso, cómo los revolucionarios españoles mantenían contactos con los franceses a través de las sociedades secretas y se apoyaban en sus aspiraciones de implantar un régimen liberal cuando las fuerzas conservadoras eran las que estaban en el poder. Incluso, esta corriente afectó a los propios realistas, quienes también organizaron sus propias sociedades secretas para luchar contra los liberales desde la oposición.
contexto
De porcelana, marfil, laca, esmalte, cristal o piedras duras se realizaron a partir del siglo XVII unos pequeños botes utilizados para guardar tabaco, conocidos como tabaqueras. El tabaco lo introdujeron los portugueses en China a fines del siglo XVI, siendo difundido su uso entre las clases elevadas como medicamento para las más diversas curaciones: el asma, las afecciones de garganta, el mal de ojo, el apéndice... tenían cura con estas hierbas extranjeras utilizadas aún en pequeñas dosis. Al convertirse en una moda, pronto aparecieron unos recipientes pequeños que, como objeto cotidiano, acabaron convirtiéndose en obras de arte. La forma de las tabaqueras procede de aquellos frascos destinados a guardar medicamentos, con algunas variaciones para su nuevo uso. De 10 a 15 cm de longitud, su cuerpo globular termina en un cuello alargado, cuya boca se cierra con un botón o tapa, ricamente ornamentado, al que está sujeto una espátula realizada en marfil o asta. Su uso no se generaliza hasta el reinado del emperador Qianlong, si bien existen algunas tabaqueras en porcelana con marcas de Kangxi, consideradas fraudulentas. Estilísticamente son parejas a las obras realizadas coetáneamente destinadas a otros usos, esto es, son reflejo de las vajillas de la época tanto en lo que respecta a los aspectos técnicos, como a los iconográficos. El centro de producción se situó en Beijing, si bien muchas de las realizadas en cristal se manufacturaban en Cantón y posteriormente se decoraban en los talleres de la Ciudad Prohibida. La curiosidad de estas piezas reside en la variedad de materiales, especialmente aquellas realizadas en piedras duras que imitan por su color y veteado al jade, al marfil, al cuerno de rinoceronte, todos ellos de costosa y escasa producción. A partir del siglo XVIII se valoraron las tabaqueras realizadas en cristal y su interior pintado con bellas y delicadas escenas procedentes de la tradición literaria. Como parte de la indumentaria, pendían de los cinturones, junto con la funda de los palillos, los abanicos, etc.