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Hubo pocos cambios tácticos y estratégicos en el siglo XVIII. Como hemos explicado, los ejércitos formaban todavía una masa única e ininterrumpida en el frente, carecían de homogeneidad organizativa, estaban compuestos por elementos nacionales y extranjeros, apenas existía espíritu combativo y existían numerosos motivos de deserción. La decadencia de la maquinaria militar se debía a inadecuados recursos financieros y materiales, a la especial composición social de los mandos, soldados y marineros y, en especial, a la permanencia de los convencionalismos. Las formaciones lineales obligaban a complejos movimientos para alcanzar la mayor eficacia en las acciones de fuego y recarga. Por lo general, los batallones se consideraban estáticos, tras los que se reagrupaba la caballería después de la primera carga, y mantenían la ordenación en cuatro o cinco filas, herencia de los tiempos de la pica, con la consiguiente pérdida de potencial de fuego y lentitud de desplazamientos. Fueron los británicos los primeros en la utilización de los disparos de pelotón, consistente en que cada uno hiciese tres descargas consecutivas, en vez de las andanadas por líneas, compañías o batallones, para, por último, ordenar un asalto de bayoneta. Las ventajas resultaban evidentes: aumento de la continuidad y control de la situación, amplia participación de los suboficiales, importante presión sobre el enemigo porque una tercera parte estaba siempre disparando y facilidad para repeler cualquier ataque sorpresa al disponer de un tercio de las armas cargadas.

Pronto estas tácticas se adoptaron en toda Europa y se comprobaron las posibilidades de la ofensiva en los campos de batalla, aunque la inercia de una política defensiva neutralizaba en gran parte esos efectos. Por la vigencia del viejo estilo militar, se utilizaban, especialmente, las tácticas de sitio; así, se impuso la contravalación, o líneas de trincheras dirigidas contra la ciudad sitiada, y la circunvalación, o trincheras defensivas para entorpecer cualquier agresión de un ejército que quisiese liberar una fortaleza. Cuando faltaba una rendición honrosa, el siguiente paso consistía en el asalto directo por la brecha, si bien eran poco frecuentes por las numerosas pérdidas humanas y el acatamiento de los acuerdos internacionales sobre plazos para la claudicación. No cabe duda de que los sitios representaban gastos en preparativos y frenaban la guerra activa, lo mismo que otros procedimientos tácticos habituales, como las inundaciones o los puestos de avanzadilla. En tales ocasiones, la victoria, derrota o el punto muerto de la campaña se debía a la profesionalidad del mando y al número de sus efectivos, pues los equipos, armas y planes se parecían en casi todos los ejércitos. El desarrollo de una campaña comenzaba con la agrupación de las tropas en las cercanías de una fortaleza, aprovisionada durante el invierno anterior. El lugar seleccionado para la concentración era supervisado por un alto cargo, asesorado por oficiales de la totalidad de los regimientos, que determinaba los puestos clave y las líneas de ataque.

Los flancos del campamento se destinaban a la caballería, separada por escuadrones, mientras que la infantería se situaba en doble línea de acantonamiento y cada batallón tenía asignado un frente de 100 metros. La artillería quedaba delante o detrás de la posición principal, siendo protegida por una guardia específica. Otras prácticas habituales consistían en la construcción de empalizadas y terraplenes en los campamentos permanentes, la fijación de emblemas y estandartes, la organización de piquetes y cuerpos especiales de vigilancia bajo la supervisión del mariscal de campo, la delimitación de los sectores en el campo de cada regimiento por los suboficiales antes de la llegada del resto del ejército y la colocación de la intendencia en los lugares más accesibles. La planificación de cada día de marcha recaía sobre el lugarteniente de la jornada y el comandante de campo, si bien debía aprobarse por el comandante en jefe. En condiciones normales de avance, la reserva, la artillería y los suministros ocupaban el centro, por los mejores caminos, y las otras columnas seguían sendas paralelas o campo a través, encabezadas por destacamentos de ingenieros. Si existía peligro, los ejércitos caminaban en orden de batalla y su formación dependía de la marcha del enemigo: cuando se situaba delante, se organizaba en alas con la caballería del flanco derecho e izquierdo en columnas y la artillería y la infantería en una columna central; cuando se situaba en el flanco, por líneas y cada columna formaba un orden completo de batalla, la caballería en los extremos y la infantería en el centro.

Las tácticas fijas restaban numerosas posibilidades, pues los elaborados planes requerían mucho tiempo y ambos bandos podían retirarse, en caso necesario, a otra posición. Formada la línea de batalla, marchaba con lentitud hacia el frente y rectificaba continuamente la alineación. Por medio de la disciplina se conseguía que la infantería disparase en segundo lugar, después de la enemiga, pues se consideraba pernicioso ser los primeros. Tras la batalla, la preocupación del general era el mantenimiento del orden de combate, muy difícil por las irregularidades de la orografía y el desconcierto. El armamento apenas evolucionó a lo largo del siglo. Sin embargo, se incrementó el uso de la artillería en proporción a las demás armas y más que en ningún otro período. Muy pronto en toda Europa se dotó a cada batallón de dos cañones ligeros de apoyo, lo que favoreció las tácticas, pero no evitaron los inconvenientes de la falta de movilidad. Los distintos calibres artilleros variaban poco entre los ejércitos en tipo y alcance de los cañones y, normalmente, incluían piezas de tres, de seis y de ocho libras, si bien no faltaban las que disparaban proyectiles de hasta 24 libras, con una trayectoria efectiva de 400 a 600 metros. El tren de sitio incluía ingenieros, exploradores, suministros, cañoneros, etc., que no formaban parte integrante del ejército. Los cañones no iban con las tropas, pero estaban protegidos por infantería especial, debido a su pesadez y lentitud de movimientos, a pesar del empleo de plataformas de dos ruedas.

Los británicos comprendieron, ya en la Guerra de Sucesión, el valor de la artillería y combinaron el puesto de capitán general con el de maestre general, emplearon las cargas de pólvora preparadas, introdujeron el uso de un carro rápido para facilitar el traslado de suministros y municiones e igualaron a los cañoneros e ingenieros al resto del ejército en honores y ascensos. Ya a mediados del siglo XVIII apreciamos cambios importantes en la artillería: los cañones aumentaron su fuerza explosiva por medio de modificaciones en la fundición, con la utilización del coque en el refuerzo del hierro para la fabricación de cañones terrestres, se hicieron menos pesados al acortar su longitud, ganaron en facilidad de manejo y precisión y los ligeros carros incrementaron su movilidad hasta el punto de sustituirse los bueyes de arrastre por soldados en el traslado de las piezas en el campo de batalla. A partir de entonces la artillería pasó a formar parte integrante de los ejércitos porque podía marchar con la infantería, la caballería y los exploradores, como demostró Federico el Grande, en 1762, cuando se valió con gran éxito de la artillería montada. En consecuencia, aunque el poder del fuego de la infantería había aumentado poco, podía reforzase con las armas pesadas y restablecerse la línea de batalla con buenos resultados antes de un nuevo asalto. No obstante, aún la artillería contaba con grandes inconvenientes de transporte y la clave consistía en hallar el equilibrio entre potencia de fuego y movilidad, pues, en no pocas ocasiones, no compensaba el traslado de los cañones de pequeño calibre.

No existía diferencia entre la rigidez y el convencionalismo teórico de la instrucción en la plaza y la evolución táctica en el campo de batalla. La única mejora de cierta importancia en la infantería fue la sustitución de la baqueta de hierro por una de madera, realizada por Leopoldo de Anhalt Dessau en 1740. Las armas cortas únicamente sufrieron algunas modificaciones, se reconoció la mayor precisión de las de cañón estriado, si bien se introdujeron con lentitud, y los rifles toscos y de débil estructura no permitían la adición de la bayoneta. Algunos de los fusiles británicos admitían la bayoneta y la carga trasera, pero producían un humo denso que dificultaba la puntería y pronto quedaron descartados como modelo aconsejable. El principal problema de la infantería consistía en encontrar las formaciones más idóneas para la utilización del fusil y de la bayoneta, de tal modo que una línea de combate estuviese siempre en disposición de disparar. La organización en filas parecía la forma más adecuada, si bien requería movimientos precisos y calculados, con lo que se favorecía la falta de rapidez. En algunos ejércitos, por ejemplo, el prusiano, se pasó de tres a cuatro filas, pero los resultados demostraron que el progresivo aumento sólo dificultaba las maniobras. La instrucción consistía en cargar y disparar con celeridad y en la pronta constitución de la línea de lucha, caminando en columnas divididas en pelotones, pero los flancos quedaban desprotegidos.

Esta táctica ocasionó graves pérdidas en las guerras del Setecientos porque el enemigo atacaba por los flancos y la retaguardia. Sólo había dos soluciones: en primer lugar, la disposición de otras hileras en forma de cuadrado con un frente en cada dirección; en segundo lugar, la protección con obstáculos naturales. Táctica y armamento estaban muy interrelacionados y los cambios drásticos en el viejo estilo requerían la invención de nuevas armas. Sin embargo, las escasas innovaciones en este sentido ocasionaron que sólo se mejorasen los antiguos presupuestos tácticos; así, se mantuvo la tercera línea, aunque dos alcanzaban suficiente intensidad de fuego. La creciente potencia de fuego sugirió la adopción de formaciones irregulares en puesto de la ordenación en línea, lo que redundaría en la mayor movilidad y en el mejor aprovechamiento del conocimiento del terreno. En 1780 el combate irregular había sido adoptado en las colonias americanas por los rusos y los austriacos con excelentes resultados. No obstante, el retraso armamentístico impidió su generalización y quedó como una alternativa secundaria cuando la situación aconsejaba las alineaciones cerradas anteriores para la concentración de una fuerza superior sobre los puntos débiles del enemigo. Además, se abrían paso en el ejército las ideas que defendían la importancia de la columna de choque frente al fuego, consistente en la apertura de una brecha en el frente para después destruir al adversario confiado en el poder de los disparos.

Efectivamente, la columna parecía el único medio de combinar la habilidad con la formación cerrada, ya que se movía con más rapidez que la línea. El problema estribaba en hallar el modo de pasar con facilidad de la columna a la línea y viceversa. Llegado este momento, se imponía la síntesis de estas opiniones divergentes del pensamiento militar en un modo de actuación único, con el fin de ganar batallas decisivas permitiendo a las tropas las maniobras libres en presencia del rival en lugar de estar obligados a comportarse de acuerdo con una posición y proyecto previo. Se concebía el ataque decisivo como una atosigadora concentración de fuego en columna sobre una parte de la línea del contrario; es decir, existiría una especialización de funciones entre las tropas ligeras encargadas de los disparos y las columnas de choque. Sólo en los años finales tuvo su aplicación y se demostró en la importancia de las batallas, ya entonces definitivas. Como conclusión, entre 1763 y 1792 escasearon las batallas terrestres por los anquilosamientos tácticos, estratégicos y armamentísticos. Algunos ejércitos habían aumentado de tamaño debido al perfeccionamiento administrativo y financiero de los gobiernos y tendieron a convertirse en unidades organizadas y permanentes. Ahora se extendió la idea de la necesidad de reformas y se argumentaba la obligación de aumentar la profesionalidad de las tropas y de los mandos, acabar con los obstáculos burocráticos, superar los recelos de los civiles y de los militares más conservadores e introducir los nuevos métodos y armas, que exigían inteligencia e iniciativa en todos los rangos militares, simplificación de la instrucción y sentimiento del deber como base para las divisiones en destacamentos.

A finales de la centuria se habían mejorado ciertas armas, con la consiguiente ampliación de las formaciones para aprovechar al máximo el creciente potencial de fuego. Los altos mandos opinaban que los cambios en el ejército pasaban por los cambios en el Estado, pues, de lo contrario, no surgiría el patriotismo necesario entre la población. No era raro, por tanto, que pensadores militares ilustrados simpatizaran con las reformas generales y defendieran hasta las ideas antiautoritarias. La disciplina cruenta dejó paso a otra más relajada que se apoyaba en la motivación, vocación, mejores condiciones de vida, aumento de la paga y racionalización de la instrucción. Al concluir el siglo, las reformas, de éxito muy desigual, sólo habían tenido cierta importancia en Francia y Austria.

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