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Las trece colonias inglesas de Norteamérica tuvieron el desarrollo más espectacular del Continente. Crecieron en población, en economía y en extensión, convirtiéndose en una seria amenaza para la otra gran colonia del hemisferio, que era la Nueva España. Su demografía aumentó a saltos. Desde 210.000 habitantes en 1690, pasó a 1.600.000 en 1760 y a 2.121.376 en 1770. Fue lógicamente un crecimiento impuesto por la emigración masiva, voluntaria y forzosa, de blancos y esclavos. Entre los primeros, destacaron los alemanes, irlandeses, franceses y escoceses, que rompieron la imagen monolítica de una sociedad anglizada, en la cual introdujeron muchas variantes. Se calcula que sobrepasaron el medio millón de europeos. Estos emigrantes fueron una gran inversión, ya que llegaban en la plenitud de su edad laboral (su período de formación lo habían pagado sus países de origen) y dispuestos a rendir al máximo para abonar los gastos de su pasaje (se hacía usualmente mediante una servidumbre temporal) y para convertirse pronto en propietarios agrícolas u hombres de negocios. Los blancos tuvieron también un crecimiento vegetativo nada despreciable, consecuencia de varios factores como los matrimonios más tempranos, la necesidad de tener gran número de hijos para sostener la producción agrícola familiar, y la dispersión de la población, que evitaba los grandes estragos de las epidemias. En 1770, los blancos sumaban 1.664.279 (78,5%) y los negros 457.097 (21,5% ). Un fenómeno peculiar de estos últimos es el de su crecimiento vegetativo, que no se registró en Brasil ni en Saint-Domingue, como vimos. El número de esclavos existente duplicaba a los importados, que eran apenas unos 250.000. El 90% de los mismos vivía en las colonias sureñas. En Virginia había casi tantos esclavos como en Cuba, pero con un ínfimo porcentaje de libres (apenas el 10%). Casi la mitad de los 2.121.376 habitantes existentes en vísperas de la independencia estaban en las colonias meridionales: 994.434, que representaban el 46,9% del total. En las septentrionales había 571.038 habitantes o el 26,9%, y en las centrales 555.904 o el 26,2%. Ahora bien, en las norteñas los blancos sumaban 555.696, que representaban el 97,3% de su población subregional, en las centrales 520.975 o el 93,7% de la suya, y en las sureñas 587.608 o el 59% de su población subregional. Existía casi un blanqueamiento en función de los paralelos. Las ciudades más populosas eran, no obstante, las septentrionales y centrales, como Filadelfia, New York y Boston, lo que perfilaba un horizonte de población urbana al norte y rural al sur. La sociedad perdió su rigidez moral de los primeros tiempos y su sentido comunitario. La llegada de grandes contingentes de emigrantes con religiones diversas y costumbres muy diferentes, impuso una convivencia basada en la tolerancia y en la pluralidad. Los emigrantes llegaban dispuestos a ganar dinero lo antes posible, no a resucitar la Nueva Jerusalén. El mercantilismo comercial se expandió enormemente por todas las colonias y el dinero fue el único elemento clasificatorio de su sociedad, mucho más igualitaria por tanto que la europea. La posesión de la tierra seguía siendo un factor de prestigio, pese a todo, especialmente en las colonias sureñas, donde predominaban elementos aristocráticos. La clase alta estaba formada por los comerciantes, plantadores y burgueses. Debajo de ella venía un sector medio de pequeños propietarios agrícolas y comerciales, artesanos y profesionales. En la parte inferior estaban los siervos y los esclavos. Los desheredados huían frecuentemente a la frontera en busca de nuevas oportunidades. Uno de los mejores logros de las colonias norteamericanas fue la educación. El predominio de religiones protestantes, que exigían leer e interpretar la Biblia, sumado a la dispersión de la población en pequeñas comunidades y a la necesidad de trabajar de los padres de familia, impuso la creación de escuelas en casi todos los pueblos, subvencionadas por los vecinos, donde se enseñaba a los niños a leer, escribir y contar. Los niveles de analfabetismo resultaron así muy bajos, del 10% en el norte y del 50% en el sur, situación envidiable que no alcanzaban los más cultos países europeos. Casi todos los colonos tenían, así, una formación básica que les permitía leer periódicos y tomar actitudes frente a los grandes acontecimientos que se vivían en el mundo. También mejoró notablemente la educación superior, fomentada por las distintas iglesias, que construyeron ocho colegios en los primeros setenta años del siglo, a los que se sumaba otro laico en Pennsylvania. En ellos se enseñaban las artes liberales tradicionales, pero a fines de la colonia se introdujeron en ellos los estudios de lenguas modernas, medicina, historia y gramática inglesa. En cuanto a la prensa, se centraba en la edición de libros religiosos, existiendo además un gran periodismo informativo. Desde el punto de vista administrativo, continuó el traspaso de las colonias al realengo. En 1752, once de ellas estaban ya controladas por el Rey, quedando sólo en manos de propietarios particulares las dos de Maryland y Pennsylvania. La colonia de Georgia, última de las trece como dijimos, se fundó en el siglo XVIII y pasó a ser realenga precisamente en 1752. Contaba con 1.735 habitantes blancos y 349 negros. La administración se realizaba usualmente por medio de un Gobernador, al que asesoraba un consejo y una asamblea de representantes de los colonos, donde primaban la defensa de los intereses locales. La política exterior metropolitana fue aceptada bien por los colonos, por coincidir en líneas generales con sus propios intereses (guerras con los franceses, españoles e indios), pero esta circunstancia empezó a cambiar tras la paz de París, cuando el monarca inglés defraudó las esperanzas de los colonos al organizar el Canadá de forma diferente a como ellos pensaban. Londres afirmó, además, su proyección colonialista en 1768 al crear la Secretaría Americana, a cuyo frente estaba un Secretario de Estado para las colonias. En política interna los colonos estaban en total desacuerdo con el monarca inglés, que prohibía la construcción de fábricas y obstaculizaba el libre comercio. El problema se acentuó en vísperas de la independencia, cuando la metrópoli acentuó los impuestos para subvencionar con ellos los gastos de manutención de una escuadra y tropas con que preservar a las colonias. Los colonos norteamericanos entendieron siempre que esto se relacionaba con la política hegemónica inglesa que ellos no tenían por qué pagar. La economía de las Trece Colonias era excelente, con una buena agricultura y ganadería, un artesanado apreciable, una pesca importante y un gran comercio. La agricultura era notable tanto en la producción de excedentes comercializables, como en los de subsistencia. La primera se practicaba, sobre todo, en las colonias sureñas y se centraba en el tabaco (a mediados de la década de los setenta Virginia producía unos 28 millones de libras), el añil (cultivado en tierras altas) y arroz (en las bajas). El tabaco requería mucha mano de obra, esclava o alquilada, y agotaba la tierra, por lo que era preciso barbechar. Afortunadamente había tierra en abundancia. Cuando ésta empezó a escasear, se penetró hacia las tierras vírgenes del oeste. En las colonias centrales se sembraba principalmente trigo, maíz, cebada, centeno, avena, frutas y hortalizas. Los emigrantes alemanes y holandeses eran magníficos agricultores y la existencia de grandes ciudades garantizaba la colocación de los productos. El cultivo del trigo dio grandes excedentes, exportados como harina hacia mercados hispanoamericanos, donde tenían gran demanda. Para que no se estropeara durante la travesía, se empacaba en bolsas enceradas y guardadas en barricas de roble. El éxito de las exportaciones de harinas norteamericanas se debió más a la forma de envasarla que a la calidad del producto, pues llegaba a los destinatarios en buenas condiciones. La producción agrícola se hacía usualmente en pequeñas o medianas propiedades y con mano de obra familiar, complementada a veces con siervos o algunos jornaleros. La agricultura en las colonias del norte tropezaba con la dificultad de suelos pobres y se centraba en cultivos de subsistencia: maíz, legumbres y frutas. Su ganadería era importante, por el contrario, destacando la cría de animales de tiro, de transporte y de carne o leche. Se fabricaban buenos quesos y mantequillas con destino al exterior. La unidad agrícola productiva era pequeña y familiar. Otra riqueza de estas colonias era la pesca, que permitía una industria de salazones. El artesanado atendía las necesidades fundamentales de las poblaciones. La existencia de minas de hierro y carbón permitió crear abundantes ferrerías. También se hicieron algunas fábricas textiles en Massachusetts, así como de papel, de vidrio, etc. Especial importancia tuvieron la elaboración de rones con melazas traídas de las colonias francesas del Caribe, la fabricación de sombreros aprovechando las pieles intercambiadas con los indios y la construcción de barcos. Estos últimos se hicieron en astilleros de casi todas las ciudades portuarias, principalmente en Boston. Inglaterra temió un desarrollo industrial que hiciera sombra a sus exportaciones y puso limitaciones al mismo. Prohibió exportar artículos de hierro (sólo podían exportarse barras de hierro), textiles de lana con destino a la metrópoli o a otras colonias inglesas (desde fines del siglo XVII) y sombreros (desde 1732). En cuanto a la elaboración de rones obligó a fabricarlos con melazas de las propias islas inglesas (acta de melazas). El comercio exterior tenía numerosas trabas, como acabamos de ver, con objeto de proteger la industria metropolitana. Todo el comercio debía hacerse en buques ingleses o norteamericanos y con determinados ámbitos señalados. Las Trece Colonias se convirtieron en el mejor mercado colonial inglés en los lustros previos a la Independencia, pasando del 16 al 33% del monto global de las exportaciones. Las colonias realizaban, simultáneamente, un intenso tráfico de contrabando con puertos españoles y franceses que minaba el negocio inglés. Tras la Paz de París, la Corona inglesa acentuó la vigilancia contra el contrabando, aumentó los impuestos y pretendió utilizar las colonias como mercado para algunos productos que no encontraban fácil colocación en su mercado. Esta política condujo inexorablemente a la rebelión de las colonias.
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El siglo XVII trajo mejor suerte para los ingleses, que pudieron establecer varias colonias en América. Entre todas, destacaron las 13 que fundaron en Norteamérica. Las circunstancias de la época de Jacobo I (1603-1625) eran muy favorables para la colonización. El país había consolidado su hegemonía en el mar tras la victoria sobre la invencible, había liquidado el poder de la nobleza y del alto clero, había afirmado el poder del anglicanismo sobre otros grupos protestantes, había enriquecido a su burguesía con las propiedades de los católicos (dinero que ahora se necesitaba moralizar), y había transformado su economía, sustituyendo la estructura agraria por la ganadera y preindustrial. Todo esto se hizo a costa de un pueblo que quedó empobrecido y traumatizado por los problemas religiosos. Isabel I había canalizado a los desheredados hacia la piratería y el corso, pero su sucesor decidió hacer algo mas útil, empleándolos en colonizaciones. El capitalismo comercial se brindó a ayudarle, especialmente las dos compañías de Londres y de Plymouth, a las que el monarca les ofreció un territorio americano que los españoles no habían ocupado: el existente al norte de la Florida, entre los 34 y los 45 de latitud N (la costa actual desde Carolina del Norte hasta Maine). Las Compañías se ofrecieron a trasladar allí a los colonos, que pagarían luego su pasaje con el trabajo. Era una variante de los "engagé" o siervos que los franceses enviaban también a las colonias de América. La colonización en Norteamérica empezó y terminó en las colonias del sur, que fueron cinco: Maryland, Virginia, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia. Virginia fue la primera. El 26 de abril de 1607, llegaron a la bahía de Chesapeake (Virginia) tres barcos con 105 colonos mandados allí por la Compañía de Londres. Buscando un lugar donde establecerse subieron un río, al que bautizaron como James, en honor a su Rey. En sus orillas, 40 km arriba, fundaron una ciudad el 24 de mayo a la que bautizaron corno Jamestown. El hambre y las enfermedades redujeron los colonos a 32 en siete meses. El resto pudo sobrevivir gracias a los alimentos que el legendario capitán John Smith logró sustraerles a los indios. La situación se volvió dramática, pues la Compañía no pudo enviar refuerzos. Sus accionistas se negaron a pagar los plazos sucesivos y tampoco surgieron muchos voluntarios que quisieran ir a América para trabajar tierras ajenas. En 1612, un colono llamado John Rolfe injertó una cepa de tabaco nativo con otra traída de las Antillas y obtuvo un producto de excelente calidad: ¡había nacido el tabaco de Virginia! Se cultivó prolijamente y se vendió a buen precio en Inglaterra. La colonia prosperó gracias a esto (más tarde, se consiguió el monopolio de tabaco para Inglaterra) y a la llegada de nuevos colonos, cuando la Compañía transigió al fin (1618) con la propiedad privada, ofreciendo 100 acres a cada emigrante y 50 más por cada miembro de su familia al que pagara el pasaje. En 1619, Virginia tenía más de mil habitantes y el Gobernador Yeardley, representante de la Compañía, solicitó permiso a ésta para tener unos auxiliares administrativos. Se le autorizó a hacerlo. Yeardley les escogió por el mismo procedimiento usado en Inglaterra: cada uno de los 11 distritos de la colonia eligió dos representantes (llamados burgesses u "hombres libres"), que formaron una especie de parlamento local para ayudar al Gobernador en su labor. Fue la primera asamblea electiva de las colonias inglesas. El mismo año de 1619, llegó a Virginia un buque holandés con 20 esclavos negros, que se vendieron con gran facilidad. A partir de entonces, comenzó la compra masiva de esclavos para las plantaciones de tabaco. La usurpación sistemática de las tierras de los indios obligó a éstos a defenderse. El 22 de marzo de 1622 mataron a algunos colonos. Los ingleses hablaron de masacre y prepararon un castigo ejemplar: en 1625 mataron a más de mil indios. Esto se convirtió ya en un modelo a repetir posteriormente en todas las colonias: usurpación de las tierras de los naturales, ataque desesperado de los indios y castigo ejemplar, con el que se conseguía exterminarles o expulsarles definitivamente de su territorio. La Compañía de Virginia entró en bancarrota en 1624 (perdió unas doscientas mil libras) y fue disuelta por el rey. Virginia se convirtió en una colonia real. Maryland fue la segunda de este grupo. En 1632, Sir George Calvert, Lord Baltimore, logró que el rey Carlos I le donara un territorio en América para llevar a ella los católicos ingleses que desearan emigrar. Se le otorgó la parte de Virginia que estaba al norte del río Potomac. La donación llevaba implícita la cesión a Calvert del poder político y del control del comercio. En 1634, llegaron allí 220 colonos (entre ellos dos jesuitas) con el hijo de Lord Baltimore y fundaron la ciudad de Saint Mary, en honor a la Virgen. Su colonia la bautizaron como Maryland o Tierra de María. Los colonos de Maryland tuvieron pronto conflictos con sus vecinos protestantes de Virginia y con los nuevos inmigrantes. Para ponerles freno, acordaron proclamar el Acta de Tolerancia (1649), por el cual se permitió practicar cualquier religión que reconociera la Trinidad. Esto equivalía a admitir a todos los cristianos, pero no así a los hebreos. Los Calvert aceptaron el Acta y permitieron, además, que existiera una representación de los colonos mediante una asamblea de burgueses, y favorecieron la emigración otorgando 100 acres a cada cabeza de familia que emigrara y 50 más por su mujer y por cada hijo. Esto hizo que acudieran a Maryland muchos emigrantes pobres de otras regiones. En 1715, los propietarios de la colonia renunciaron a su catolicismo. Carolina (del Norte) fue poblada, en 1653, por un grupo de virginianos. Diez años después ocho promotores, entre ellos Sir Anthony Ashley Cooper, lograron que Carlos II les cediera tierras situadas entre los 31 y 36 grados de latitud, para cultivar allí morera, vino, aceitunas, etc. La colonia fue bautizada entonces como Carolina, en honor al rey, y Ashley condujo el primer gran grupo de colonos. En 1670, estos pobladores marcharon hacia el sur y fundaron Charlestown (1672). Carolina sufrió muchos problemas derivados del enfrentamiento entre los colonos y los señores. En 1669, se implantó una especie de constitución en la que colaboró John Locke, de carácter aristocrático, que creó una nobleza latifundista y reservó la asamblea colonial a los nobles y propietarios. El establecimiento de escoceses e irlandeses en el sur de Carolina motivó nuevos conflictos que condujeron al monarca, en 1729, a dividir la colonia en Carolina del Norte y del Sur, cada una de ellas con un gobernador real. Georgia fue la última de las colonias. Data del siglo XVIII. El rey George II concedió permiso, en 1732, al diputado James Ogelthorpe para establecer una colonia con presidiarios ingleses entre los ríos Altamaha y Savannah, en frontera con los españoles de Florida. Al año siguiente, Ogelthorpe estableció varios cientos de colonos en Savannah, a orillas del río del mismo nombre. Las colonias del norte fueron cuatro: New Hampshire, Nueva Inglaterra, Rhode Island y Connecticut. Simbolizan un sistema de colonización opuesto al de las colonias del sur, creando un antagonismo vital que subsistirá largos años. Nueva Inglaterra, la colonia que se creó en el actual estado de Massachusetts, tiene para los norteamericanos una importancia excepcional, pues se sienten más vinculados a ella que a las demás por sus características spenglerianas, ya que sus colonizadores consideraron América como una Nueva Jerusalén o Tierra Prometida donde podían vivir las gentes que en Europa eran perseguidas por sus ideas religiosas. Estos colonos fueron los puritanos o defensores de una auténtica reforma protestante que purificase la Iglesia anglicana de los vestigios católicos que aún quedaban en ella. Eran calvinistas, creían en la predestinación (el éxito en la vida reflejaba la elección divina de pertenecer a los que irían al Paraíso después de morir), eran extremadamente laboriosos y practicaban una moral social muy rígida, marcada por la austeridad y la frugalidad. Acosados por sus compatriotas anglicanos, muchos de ellos huyeron a Holanda y se radicaron en Leyden y Amsterdam(1609). Allí, sus líderes William Brewster y John Robinson negociaron con la compañía de Londres el transporte de los puritanos a Virginia a cambio de trabajar siete años para pagar a los banqueros y comerciantes el pasaje. Los peregrinos -llamados así porque teóricamente eran apátridas- abandonaron Leyden en el buque Speedwell y se trasladaron a Plymouth, donde se les unieron otros correligionarios. El 16 de septiembre de 1620, embarcaron en el Mayflower, un buque de 33 metros de largo y 180 toneladas. A bordo del mismo iban 35 pasajeros de Leyden y 66 de Londres y Southhampton: 101 peregrinos en total. El 9 de noviembre de 1620 arribaron a América. Al tomar la latitud, comprobaron que se habían equivocado de sitio: aquello no era Virginia. Habían llegado, en efecto, al cabo Cod, en Massachusetts, una tierra bautizada anteriormente como Nueva Inglaterra por el capitán John Smith. Los emigrantes se reunieron para deliberar sobre su situación y acordaron establecerse allí, elegir su propio gobierno, trabajar unidos y buscar la alianza con los indios. El 26 de diciembre desembarcaron y construyeron unas rústicas cabañas para guarecerse del frío. Así nació Plymouth. Aquel invierno perecieron la mitad de los peregrinos, incluido el gobernador que habían elegido. Al llegar la primavera, un indio llamado Squanto les enseñó a cultivar maíz. En el otoño de 1621 pudieron recoger su primera cosecha. Lo celebraron con una gran fiesta que duró tres días, y que es la que los norteamericanos rememoran como Thanksgiving Day o Día de Acción de Gracias. La colonia de Nueva Inglaterra fue prosperando. En 1626, los colonos pudieron pagar a la Compañía de Londres las 81.800 libras que les había costado su viaje, dividiéndose la tierra. En 1628, un grupo de ellos dirigido por John Endecott fundó Salem. Dos años después, se estableció la ciudad de Boston, que pronto fue la más importante de Nueva Inglaterra. En 1633, arribaron casi mil puritanos huyendo de Inglaterra ante la hostilidad del obispo Laud, nuevo primado de la Iglesia Anglicana. La migración continuó sin cesar. En 1640, Nueva Inglaterra tenía ya 22.500 habitantes, frente a los 5.000 de Virginia y Maryland. También progresó el sistema gubernativo. En 1629 se estableció un Consejo General, el que cinco años después se encargó de las cuestiones legislativas (estaba formado con representantes de los hombres libres de cada población), dividiéndose posteriormente en dos cámaras. En 1641, se adoptó un Código de libertades que incluía el juicio por jurados, los impuestos votados por representantes de los ciudadanos, el proceso para los casos de pena capital, la prohibición de tortura o de castigos bárbaros y la igualdad para los extranjeros. La sociedad reflejaba, sin embargo, el espíritu puritano que seguía el ejemplo de las primeros cristianos. La tierra fue repartida por comunidades y redistribuida por éstas entre sus miembros. Los colonos trabajaban, oraban y resolvían sus problemas conjuntamente, bajo liderazgo religioso. La moral imperante condenaba el excesivo enriquecimiento individual: en 1639 se juzgó al comerciante Robert Keayne por encarecer demasiado los artículos que vendía, resultando multado por ello. La rígida disciplina produjo pronto disidencias e infinitos problemas. Dos ministros religiosos, John Cotton y Thomas Hooker prefirieron exilarse antes que aceptar el poder oligárquico de los líderes religiosos, fundando Withersfield y Hartford (1636). Al año siguiente, el reverendo John Davenport y el comerciante Theophilus Eaton fundaron New Haven, en Connecticut. Puntos de vista disidentes sobre la jerarquía religiosa motivaron la expulsión de Anne Hutchinson (1637) y otros, que se establecieron en Portsmouth (Rhode Island). Nueva Inglaterra era ya una colonia importante por entonces y estaba necesitada de centros educativos. Una ayuda de 400 libras había permitido abrir una escuela al norte del río Carlos, pero se carecía de recursos para sacarla adelante. En 1638, murió de tuberculosis un pastor llamado John Harvard, quien dejó toda su fortuna a la escuela: unas 700 libras y una biblioteca de 400 volúmenes, un verdadero tesoro para entonces. La escuela decidió llamarse Colegio de Harvard y se constituyó como la primera institución de enseñanza en las colonias inglesas. También en 1639, se introdujo la imprenta en el pueblecito de Cambridge, donde se publicó al año siguiente un libro de salmos. En 1660, los calvinistas perdieron el monopolio de gobierno sobre la comunidad y la colonia se volvió más mundana y próspera. En 1691, la Corona asumió el control de la Colonia. New Hampshire fue poblado en 1622, año en que Sir Ferdinando Georges y John Mason obtuvieron permiso de Nueva Inglaterra para fundar entre los ríos Merrimack y Kennebec. Mason había vivido en Inglaterra en el condado de Hamphsire, de donde trasplantó el nombre. Connecticut fue explorado por colonos de Massachussets a partir de 1632, cuando se realizó la primera marcha hacia al Oeste de la historia norteamericana. En 1635 se estableció Saybrook, en la boca del río Connecticut. En esta colonia se realizó la primera gran matanza de indios en 1637. Unos colonos encerraron a 600 pequot (hombres, mujeres y niños) en un baluarte y le prendieron fuego, quemándolos vivos. En realidad la conquista inglesa, se parecía bastante a la española, como vemos. Todas las conquistas son iguales. Rhode Island nació gracias al celo del puritano Roger Williams, que llegó a Boston, en 1631, y encontró muchas dificultades para el ejercicio de su apostolado, ya que predicaba una reforma religiosa con separación de la iglesia y el Estado. Fue desterrado de Nueva Inglaterra, en 1635, y se dirigió al sur, donde fundó Providence. La colonia se expandió luego por numerosas islas cercanas. La mayor de ellas había sido bautizada como Rodas por el descubridor Verrazzano, un siglo y cuarto antes, tomando por ello la colonia el nombre de Rhode Island y Providence. Con el tiempo terminó por llamarse sólo Rhode Island. En 1647, comprendía Providence, Newport y Portsmouth. Si las colonias del sur y del norte representaron dos formas contrapuestas de colonización inglesa, las del centro (Nueva York, Nueva Jersey, Delaware y Pennsylvania) simbolizaron, en cambio, otras colonizaciones europeas. Nueva Holanda, llamada luego Nueva York, se originó como una colonizacion holandesa. El interés de la Compañía de las Indias Orientales holandesa por hallar un paso interoceánico en Norteamérica la llevó a contratar los servicios del navegante inglés Henry Hudson, quien llegó en 1609 a la isla de Manhattan y a la desembocadura del río que lleva su nombre. Hudson contó excelencias de aquella zona a su regreso y numerosos holandeses empezaron a viajar hacia ella para comerciar con los indios. Una de las primeras expediciones fue la de Adriaan Block. Arribó a Manhattan en 1613 y tuvo que quedarse allí, ya que se le quemó el barco. Las cabañas que construyó para invernar constituyeron el primer poblamiento europeo en la famosa isla. Pronto fueron tantas que formaron una aldea. La Compañía holandesa de las Indias Occidentales, que acababa de constituirse (1621), reclamó el territorio existente entre el Cabo Cod y el río Delaware. En 1624, colonos holandeses fundaron los fuertes Orange (Albany) y Nassau. Al año siguiente, se construyó el fuerte Amsterdam, en la isla de Manhattan, bajo la dirección del ingeniero Cryn Fredericksz. En 1626, Peter Minuit fue enviado por la Compañía para organizar dicha colonia y compró la isla de Manhattan a los indios por unas baratijas (telas chillonas, collares, etc.) valoradas en unos 60 florines. Manhattan se convirtió en el centro de una próspera colonia llamada Nueva Holanda. Su pequeña aldea de Nueva Amsterdam acogió pronto a gentes de todos los países, ya que los emigrantes holandeses eran escasos. En 1643, un jesuita que pasó por allí dijo que se hablaban 18 lenguas diferentes. Era un presagio de su futuro. Los holandeses poblaron las regiones cercanas a la isla. Brooklyn y Harlem fueron nombres de ciudades holandesas. Fundaron, además, numerosas ciudades, como Swanendael, Beverwyck, Gravezande, Heemstede, Vliessingen, Yonkers, etc. La colonia prosperó gracias a la libertad de comercio de pieles y, en 1653, tenía ya dos mil habitantes. Tuvo varios gobernadores holandeses entre los que destacó Peter Stuyvesant. Delaware nació como Nueva Suecia y fue el sueño del rey Gustavo Adolfo. Murió en 1632 sin verlo realizado, pero poco después se creó la Compañía de la Nueva Suecia, que puso en marcha la empresa. Reunió unos colonos y contrató los servicios de Peter Minuit, que se había convertido en socio de la Compañía sueca, para que los condujera a América. La expedición llegó en 1638 a la bahía de Delaware, donde había un pequeño establecimiento de 22 colonos holandeses y procedió a fundar allí la colonia. El 29 de marzo de 1638, erigieron Fuerte Cristina (cerca de la actual Wilmington), en honor a la reina sueca. La Nueva Suecia tuvo varios cientos de colonos suecos y finlandeses. En 1643, el nuevo gobernador sueco Johan Bjornsson construyó nuevos emplazamientos en Varkenskill, Upland y Nueva Cristina, mientras los pastores luteranos trataban de evangelizar a los indios. Estas colonias fueron a parar a manos inglesas. Primero, hubo problemas entre los colonos holandeses y suecos, que terminaron en 1655, cuando los primeros ocuparon la Nueva Suecia, integrándola a Nueva Holanda. Luego surgieron otros entre los ingleses y los holandeses, derivados de la lucha por la supremacía en el mar. El rey Carlos II de Inglaterra decidió concederle las colonias holandesas en América a su hermano Jacobo, Duque de York. Este organizó una flota que se presentó en Nueva Amsterdam, el 29 de agosto de 1664, exigiendo su rendición. El gobernador Stuyvesant tuvo que capitular el 7 de septiembre y los ingleses ocuparon Nueva Amsterdam, que rebautizaron como Nueva York. A Fuerte Orange lo denominaron Albany, etc. Así quedó todo anglizado. Cuando el Duque de York se convirtió en Jacobo II, transformó el territorio en colonia real (1685). Holanda reconoció la pérdida territorial de Nueva Holanda en el Tratado de Breda de 1667. New Jersey tuvo una colonización más compleja. Tras la ocupación de Nueva Holanda, el Duque de York cedió a sus amigos George Carteret y Lord John Berkeley algunas tierras situadas entre los ríos Delaware y Hudson (1664). En las condiciones de la cesión se estipuló que los propietarios nombrarían un gobernador, que se ayudaría en su trabajo con un consejo, y que habría asamblea electiva y libertad religiosa. Carteret, que había defendido la isla inglesa de Jersey contra los parlamentaristas de Cromwell, pudo llamar a la nueva colonia Nueva Jersey. El mismo año envió a colonizar a su sobrino Philiph Carteret, que fundó la población de Elizabethtown (1665) en honor a su señora. Las mercedes territoriales de Carteret y Berkeley se unieron en 1702, integrando una colonia real. En cuanto a Lord Berkeley, vendió sus derechos en New Jersey a dos cuáqueros (1674). Pennsylvania fue una colonia fundada por los cuáqueros, grupo protestante que practicaba una doctrina igualitarista, pacifista y de plena libertad de conciencia, que horrorizaba a los anglicanos. El fundador de la secta fue George Fox y sus seguidores fueron, principalmente, gentes pobres de los suburbios urbanos. El nombre de cuáqueros les vino porque decían temblar -quaquer, en inglés- ante el poder de la palabra divina, que cada uno escuchaba dentro de sí (rechazaban la jerarquía eclesiástica). El problema cuáquero adquirió importancia cuando se convirtió a dicha religión un personaje notable, William Penn, hijo del almirante del mismo nombre. Penn Jr. heredó con la fortuna paterna un pagaré por valor de 16.000 libras contra el Rey de Inglaterra y propuso a Carlos II amortizarlo a cambio de un territorio en Norteamérica donde pudiera instalar a sus hermanos de religión. El Rey aceptó encantado, en 1681, no tanto por librarse de la deuda como por quitarse de encima a los cuáqueros y le otorgó la región situada entre los 40 y 43 grados de latitud norte (1681). Al año siguiente, los cuáqueros arribaron al río Delaware y lo remontaron hasta un lugar que pareció ideal para fundar una ciudad en la que realizar su Holy Experiment o Santo Experimento. Se llamó Filadelfia y fue proyectada con un trazado modelo. Penn vendió parcelas de hasta 8.000 hectáreas por un precio bajo, más un censo anual y arrendó otras a los colonos que no tenían dinero. Como no quiso cometer el mismo error de las compañías de gobernar la colonia desde Inglaterra, pese a ser propietario del terreno, redactó una especie de constitución y una declaración de derechos (Frame of Government y la Charter of Liberties) que reconocían la autonomía colonial y garantizaban la libertad religiosa. Pennsylvania siguió siendo propiedad de la familia Penn hasta la revolución independentista.
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El premier británico Winston Churchill escribía, en 1942, a propósito de ciertas pretensiones soviéticas: "No se puede establecer un trazado de fronteras antes de la conferencia de paz... Sé que el presidente Roosevelt es tan categórico como yo en lo que se refiere a este tema". Lo importante de esta afirmación no es que Churchill hablase de un trazado de fronteras en los primeros días de 1942, cuando aún no se había decidido, por supuesto, la Segunda Guerra Mundial, sino que hiciese mención de una esperada "conferencia de la paz" y que uniese al presidente Roosevelt en sus sentimientos. Esto quiere decir que, en aquella fecha, los grandes del mundo no se habían dado cuenta, todavía, de que las cosas eran muy distintas a anteriormente. Hablar de "conferencia de la paz" significaba creer que la Segunda Guerra Mundial tenía alguna semejanza con la Primera y que, cuando llegase el triunfo aliado, del que no dudaban, habría algo semejante a la Conferencia de Versalles. Churchill olvidaba las críticas al Tratado de Versalles y a la Sociedad de Naciones (SDN) que de él nació. La excesiva democracia de la SDN -se dijo después- había sumido a ésta en una falta de efectividad que fue el principio de su fin. Los tres años inmediatamente siguientes a 1942 sacaron a Churchill de su error. Esa "conferencia de la paz" jamás se celebraría y tampoco habría los actos diplomáticos derivados de la aplicación de un Derecho Internacional en el que parecían confiar aún. De hecho, el Tratado de Paz con Alemania nunca se firmó. La Gran Conferencia de la Paz, que era como el rito que debía poner fin a la guerra, fue sustituida por una serie de conferencias parciales, fijadas y celebradas sin tener en cuenta -aparentemente- el desarrollo de las operaciones bélicas. Además, no estarían en esas conferencias los representantes de todos los países que combatieron en el bando presumiblemente vencedor, sino solamente los que se autodenominaban "Grandes" y, por supuesto, lo eran. Churchill tuvo la primera comprobación de que se estaba jugando a una política de hechos consumados en Teherán, durante la reunión que mantuvieron en la capital iraní el presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt, el soviético Josep Stalin y el propio premier británico. Roosevelt, que sentía una extraña atracción por el generalísimo soviético y que, desde 1941, pretendía reunirse con él, logró su objetivo en la Conferencia de Teherán, desde el 28 de noviembre al 2 de diciembre de 1943. Para entonces, la guerra estaba orientada a la victoria de los aliados. Desde la primavera de 1942, los acontecimientos bélicos se habían vuelto contra Alemania y Japón. En abril, Estados Unidos bombardeó Tokio. Siguieron las derrotas japonesas de Midway y las islas Salomón. Los aliados habían desembarcado en el África francesa y en Sicilia y avanzaban Italia arriba. Se trataba, pues, de dialogar sobre cómo conseguir la victoria del modo más rápido.
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La derrota de Rodrigo, el último rey visigodo, en el año 711, supuso el inicio de la dominación musulmana en la Península. La desaparición de la monarquía visigoda y la entronización del poderío musulmán provocaron la huida de muchos cristianos hacia el norte, buscando refugio y salvación en los montes de Cantabria. Toledo fue tomada sin resistencia, comenzando así los 374 años de convivencia en la ciudad de musulmanes, cristianos y judíos, en lo que se ha denominado como periodo de las Tres Culturas y que, a pesar de ser visto por ciertos historiadores como un periodo sangriento y tenebroso, se caracterizó por la convivencia entre dichas culturas. Efectivamente, hubo levantamientos contra los recién llegados, debido al rechazo de la población cristiana, y sólo fueron sofocados durante el califato de Abd al-Rahman III. Sin embargo, con el tiempo las comunidades cristianas de la ciudad acabaron por arabizarse completamente, no sólo hablando su mismo idioma sino adoptando también su cultura. También existía una comunidad judía numerosa. Durante el periodo califal (929-1031), Toledo se embelleció y enriqueció con nuevos edificios, destacando las dos mezquitas, que todavía hoy se mantienen en pie; la de Bib-Al-Mardum, posteriormente convertida en la ermita del Cristo de la Luz, y la, también convertida, Mezquita de Tornerías. En el año 1031, se produjo la caída del califato, instaurándose los Reinos de Taifas. Toledo fue la capital de uno de ellos hasta que, en el año 1085, Alfonso VI conquistó la ciudad y estableció en ella un régimen de tolerancia con los antiguos pobladores, convirtiéndose Toledo en centro de las culturas musulmana, cristiana y judía, y acudiendo a ella sabios de toda Europa que, en el siglo XII, formaron la Escuela de Traductores de Toledo. Durante la época de los reinos de Taifas se desarrolló en la ciudad una intensa actividad artística y científica. En este tiempo, los reyes y condes cristianos se habían conformado con el cobro de parias o impuestos que debían pagar los musulmanes a los cristianos para no ser atacados por éstos, hasta que el monarca castellano-leonés Alfonso VI llegó a un acuerdo con los toledanos para que, tras cuatro años de asedio castellano, entregaran la antigua capital visigoda después que el rey dio garantías de que se respetarían las personas y bienes musulmanes y de permitirles seguir en posesión de la mezquita mayor. Por su parte, los toledanos se comprometieron a abandonar las fortalezas y el alcázar, renunciando a toda actividad o resistencia militar. Se cumplió, por tanto, uno de los sueños de los monarcas leoneses, es decir, la ocupación de Toledo y el restablecimiento de la sede primada como símbolo de la unidad eclesiástica de los reinos cristianos, mientras que el título imperial utilizado por el monarca reflejaba la unidad política. Para la conquista de la ciudad, Alfonso VI utilizó voluntarios extranjeros, principalmente, franceses, y su conquista cambió la percepción tanto de cristianos como de musulmanes, ya que Toledo fue la primera gran ciudad en caer en manos cristianas desde el inicio de la Reconquista. La ordenación posterior del territorio conquistado fue la misma que la llevada a cabo en otros lugares; se conquistaba el núcleo urbano y se subyugaban los alrededores de ella. El caso de Toledo fue diferente, ya que cuando entraron en ella se encontraron con una ciudad sofisticada, con espléndida tierra agrícola y rodeada de huertos. La sorpresa fue mayor cuando vieron que dentro del núcleo urbano había comunidades de cristianos y judíos viviendo pacíficamente bajo dominio musulmán, habiendo adoptado incluso el lenguaje y la cultura árabes, incluyéndose la forma de vestir y el estilo de vida. Este descubrimiento transformó la vida intelectual al norte de los Pirineos. Los eruditos islámicos aportaron valiosa información en los campos de la medicina, botánica, geografía o farmacología, entre otras ciencias; también se desarrollaron las traducciones de textos del árabe, previamente traducidos del griego, al latín. A partir de los siglos XI-XII, primero los almorávides y después los almohades, llamados por los reyes de taifas para evitar la ocupación cristiana, atacaron la ciudad en reiteradas ocasiones, como cuenta la leyenda de la Peña del Rey Moro, que hoy es recordada por un conjunto de rocas en forma de cabeza humana cubierta por un turbante que, según la leyenda, correspondería a un caudillo almorávide que quiso recuperar la ciudad y murió en el intento sin poder conseguirlo, excavando allí su tumba y esculpiendo su imagen como recuerdo por su perseverancia. Para muchos musulmanes de al-Andalus, la caída de Toledo en manos cristianas se debió al abandono de las costumbres y criterios del Islam. Así pues, una secta del norte de África, los almorávides, fue invitada por algunos gobernantes de los Reinos de Taifas a la Península con la misión de reforzar un mayor cumplimiento de la ley religiosa. Sin embargo, sus reformas se consideraron inadecuadas y en el 1150 fueron sustituidos por una nueva oleada de fanáticos también del norte de África, los almohades. Su momento de mayor gloria se produjo en el año 1195, cuando vencieron a los ejércitos cristianos al sur de Toledo, en la batalla de Alarcos. Sin embargo, esta victoria tuvo escasa repercusión, ya que, en el año 1212, fueron derrotados por los cristianos en la batalla de Navas de Tolosa. Por lo tanto, a partir del siglo XII, Toledo pasó a formar parte del reino de Castilla y León. Bajo el reinado de Fernando III el Santo, se iniciaron las obras de construcción de la catedral y con Alfonso X el Sabio se abrió uno de los periodos de mayor esplendor de la urbe, convirtiéndose en la capital europea de la cultura; se trasladaron allí los restos de la biblioteca de Al Hakam II, cuyos fondos fueron traducidos al latín, se recopilaron obras y se escribieron nuevas en todas las materias (medicina, filosofía, cosmografía, etc.). Durante este periodo la ciudad fue un punto de referencia política y epicentro en las guerras fraticidas entre monarcas cristianos de los siglos XII-XIII y XIV. Además, era punto estratégico de decisiones militares durante las campañas de reconquista del sur de la Península. La ciudad intervino activamente en las luchas entre Pedro I el Cruel y Enrique de Trastámara, a favor del primero, siendo tomada por el segundo en 1369, tras un largo asedio. A lo largo de toda la edad Media el núcleo urbano fue aumentando, adquiriendo en el siglo XIV el Privilegio de Ferias y pasando a ser, un siglo después, una de las principales productoras de Castilla de paños, actividad que se sumó a las ya existentes de acuñación de moneda, fabricación de armas e industria de seda. El colectivo que más ayudó a dicho desarrollo económico fue el de los judíos.
obra
Las tres edades de la mujer se exhibió por primera vez en la Exposición de Arte de 1908 junto a El Beso, mostrando ambas telas una composición similar ya que las zonas laterales están sin cubrir y el fondo está constituido por manchas cromáticas. En el centro de la escena podemos observar las tres edades de la mujer ante un campo de flores amarillas en el que observamos imperfectas elipses doradas y negras, recordando este fondo a los mosaicos bizantinos de Ravena que tanto atrajeron al maestro. De frente y en primer plano aparece la madre, con su hija en brazos, apoyando su cabeza sobre la de su retoño. Tiene los ojos cerrados y gesto de ensoñación, al igual que la pequeña, cuyo sexo no podemos contemplar al estar su figura apretada contra la madre. Una anciana desnuda, de lado, con el rostro cubierto por el largo cabello, llevándose la mano izquierda hacia la cara, es la representación de la vejez. De esta manera podemos apreciar la representación del nacimiento, la madurez y la decadencia, igual que se muestra en la Filosofía. De nuevo, Klimt evoca el importante papel de la mujer en la vida, aludiendo a su lado femenino, lo que algunos especialistas interpretan como la rebelión de Edipo.El maestro vienés se ha inspirado en una obra de Rodin para la figura de la anciana, manifestando la admiración hacia el escultor francés. Una vez más, encontramos el característico gusto por las líneas onduladas, el soberbio dibujo y el decorativismo que definen la pintura de Klimt, en sintonía con los trabajos del art-nouveau y de la Secession, precisamente el año que se produce una escisión dentro del grupo ante la presión de los "naturalistas", opuestos a la filosofía de arte global que defendían los promotores de los Talleres de Viena, entre ellos el propio Klimt. Las tonalidades brillantes empleadas contrastan con el fondo neutro, apreciándose la renuncia a la perspectiva tradicional que se manifiesta en el maestro vienés.
obra
La vinculación de Giorgione con círculos neoplátonicos le llevará a desarrollar una iconografía que recoja sus pensamientos sobre el amor, la belleza y el paso del tiempo, como apreciamos en este lienzo protagonizados por tres hombres de diferentes edades, resaltados ante un fondo neutro gracias al empleo de un potente foco de luz que acentúa los contrastes entre luz-sombra y acentúa las brillantes tonalidades utilizadas. El anciano gira su cabeza para dirigir su mirada al espectador, introduciéndonos en la escena protagonizada por el joven que sostiene en sus manos una partitura mientras que el adulto, de perfil, parece mantener una conversación con el muchacho. La sensación atmosférica conseguida gracias a la iluminación es un recuerdo de Leonardo, el maestro que más influyó en la pintura del de Castelfranco, posiblemente más que el propio Giovanni Bellini con el que dio sus primeros pasos. El "sfumato" leonardesco se manifiesta de manera acertada en esta obra, posiblemente una de las últimas realizadas por Giorgione antes de fallecer víctima de la peste.
obra
Esta obra se atribuye indistintamente a los dos hermanos Van Eyck, si bien el arcaísmo de la composición inclina a una parte de los expertos a considerar la obra como hecha por Hubert. La escena está seccionada, es decir, formaba parte de un conjunto mayor. Este se colige a partir de los extraños rayos dorados que salen del borde derecho del marco, indicando que allí había algo resplandeciente, probablemente Cristo resucitado ante las tres Marías. De tal modo, este cuadro pudiera haber sido el ala lateral izquierda de un tríptico. Respecto al cliente que encargó este óleo, podemos decir que el pintor da pistas de su identidad en el collar que se encuentra en el ángulo inferior derecho: el collar de la Orden de San Miguel, que distinguía a Felipe van den Clyte. Este personaje cayó en desgracia ante Carlos el Temerario en 1472, fecha bastante tardía que no invalida la tesis de que la pintura fuera realizada en el segundo cuarto del siglo XV por uno de los Van Eyck.
obra
La obra gráfica figurativa de los primeros tiempos de la escuela de Glasgow no acusa influencias historicistas en ninguno de los rasgos fundamentales. Sus características distintivas serían la sinceridad y la originalidad. En la linealidad y en los juegos de simetría adoptada por todos ellos latía la influencia de Aubrey Beardsley y Jan Toorop (que había publicado esta obra que contemplamos en la revista "The Studio" en 1893), pero también huellas de origen celta y nombres que provenían de la obra de Maurice Maeterlinck y Dante Gabriel Rossetti.