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La Primera Guerra Mundial había sido, sin duda, una guerra total, en el sentido de que todos los recursos fueron movilizados para la obtención de la victoria, pero la Segunda lo fue mucho más todavía, en el sentido de que las vidas privadas se vieron afectadas de una manera absoluta por ella. Un factor decisivo en la determinación del resultado de la guerra fue, por tanto, el grado de movilización de la retaguardia y éste dependió, en buena medida, del estado de ánimo de los que no estaban en primera línea de combate. En la retaguardia se produjeron, en fin, modificaciones en las formas de vida colectiva y en los modos de dirigir la política, que tuvieron repercusión sobre los acontecimientos militares o sobre la configuración de las realidades institucionales, una vez concluida la guerra. Como resulta necesario referirse, por lo menos de forma somera, a la retaguardia y cada país vivió la experiencia de la guerra de una manera muy peculiar, lo vamos a hacer agrupando a los principales beligerantes de acuerdo con el bando en que combatieron, lo que, por otro lado, coincide con su significación política. Alemania vivió de una forma aparentemente confortable toda la primera parte de la guerra. A diferencia de lo sucedido en 1914, las raciones alimenticias fueron abundantes, como si los dirigentes políticos temieran que una situación problemática pudiera tener idénticos resultados que en 1918. No se movilizó a la mujer para las tareas productivas, en parte por cuestiones de principio pero también por la ausencia de perentoria necesidad. Speer, el ministro dedicado a la producción de guerra, cuenta en sus Memorias que la invasión de Rusia sirvió para que las clases altas del III Reich multiplicaran su servicio doméstico importando criadas ucranianas. Esta anécdota tiene en realidad más importancia de lo que puede parecer porque, en general, Alemania trasladó gran parte de su esfuerzo de guerra al trabajo forzado de personas de otra nacionalidad o raza. Tras esta apariencia, había realidades siniestras que eran padecidas no sólo por quienes eran considerados racialmente inferiores o por los vencidos, sino también por los propios alemanes. Nada más comenzada la guerra, se empezó a convertir en realidad la eutanasia que, desde siempre, estaba implícita en el ideario racista nazi. La confrontación bélica, inherente al pensamiento de Hitler, tuvo como consecuencia la exacerbación del totalitarismo y, por lo tanto, la marginación y trituración de cualquier competidor al poder del Estado. En las grandiosas planificaciones arquitectónicas que, en plena guerra, se hicieron y con las que Hitler quería remozar las ciudades alemanas después de la victoria final, no había lugar, por ejemplo, para los templos. La dictadura, por otro lado, multiplicó sus perversiones. Bajo la apariencia de una concentración de poder, en la práctica funcionaba como una especie de solapamiento perpetuo entre diversos feudos, con el resultado de la anarquía. Aislado, dubitativo y en ocasiones histérico, Hitler se convirtió en prisionero del círculo cada vez más pequeño que le rodeaba, en el que jugó un papel creciente Martin Bormann. Sus órdenes en teoría no admitían réplica, pero con frecuencia ni siquiera llegaban a ser tomadas en consideración por los responsables de ponerlas en práctica. Si en un principio consiguió mantener la disciplina, cuando empezaron a producirse derrotas en el frente oriental las autoridades subordinadas incumplieron las órdenes de autoinmolación que el Führer quiso imponerles. Un importante interrogante acerca del III Reich durante la guerra reside en la aparente inexistencia de oposición interna. Hay que tener en cuenta, sin embargo, la dura represión que la llegada del nazismo impuso, así como el severo régimen del frente, que pudo suponer unas 15.000 muertes por razones disciplinarias, impuestas por la justicia militar. En realidad, existió una oposición, principalmente relacionada con círculos conservadores y religiosos, que en un principio habían colaborado con Hitler, desempeñaban tareas importantes en el Ejército o la Administración y acabaron conspirando contra el régimen. Hasta una quincena de intentos de asesinato del Führer fueron planeados por sus opositores, pero este mismo hecho testimonia la debilidad de la conspiración, porque presuponía que nada podía hacerse mientras él estuviera vivo. De todos modos, la intentona efectivamente realizada "Operación Walkiria", en julio de 1944, testimonia que la red había penetrado capilarmente en toda la estructura del régimen y que incluso era mayoritaria en algunos ámbitos. 7.000 personas fueron ejecutadas como consecuencia de la represión posterior a la intentona. Una Alemania que practicó, al menos, un cierto nazismo pasivo olvidó, en la posguerra inmediata, a estos opositores que tienen, sin embargo, el mérito de haber fundamentado su actitud en unos principios morales y en el repudio de la persecución antisemita. Las otras dos grandes potencias del Eje vivieron los comienzos de la guerra con la impresión de que no era necesario proceder a una movilización total de sus recursos. En Japón, esta conciencia se vio fomentada por el hecho de que el país tenía una tradición victoriosa en sus conflictos pasados y una tecnología militar avanzada en muchos terrenos. Por ello, tuvo una repercusión muy negativa el hecho de que los norteamericanos fueran capaces de bombardear el archipiélago. En la fase final de la guerra, el apego a tradiciones militares ancestrales hubiera podido favorecer una resistencia a ultranza que los norteamericanos temieron y que les llevó a decidir el uso de la bomba atómica contra el adversario. Pero, en Japón, el partido favorable al imperialismo agresivo nunca tuvo la hegemonía absoluta. El emperador, de esta manera, pudo contribuir a la petición de paz, aunque años atrás, él mismo no había puesto obstáculo alguno al desencadenamiento de la guerra. Italia tampoco sintió ninguna necesidad de imponer grandes sacrificios movilizadores en el momento de entrar en la guerra, pero su actitud fue mucho más inconsciente y escasamente previsora. En 1940, el régimen era en general aceptado pasivamente, de modo que la coerción sólo era episódica. Tan sólo 1.200 de los 21.500 oficiales italianos pertenecían al partido, lo que indica la insuficiencia de un poder político que, sin embargo, en su momento había inventado el término "totalitario". Mussolini hubiera deseado en 1940 una guerra un poco más larga, para aprovechar mejor sus posibilidades de cara a la paz. La "guerra paralela" que intentó llevar le condenó a la condición de lastre de Hitler y redujo cada vez más su capacidad de acción. Ni siquiera cuando las cosas empezaron a ponerse difíciles para él, fue capaz de otra cosa que de hacer gestos, como enviar a sus ministros a los puestos de combate. Dentro del partido se apoyó en los más jóvenes, pero no dio el paso hacia un mayor totalitarismo y fueron los cuadros más antiguos quienes acabaron con él, en el verano de 1943. Por su parte, las democracias vivieron el conflicto bélico sin modificar el funcionamiento de sus instituciones. En Gran Bretaña y los Estados Unidos fue posible ir a la huelga en plena guerra y, por si fuera poco, se celebraron elecciones al mismo tiempo que se combatía en el frente. La prensa debatió sobre materias estratégicas y los dirigentes políticos recibieron críticas o fueron preguntados sobre materias muy delicadas. Pero, como contrapartida, también actuó la propaganda como medio de comprometer a la población en la tarea bélica. En este sentido, jugó un papel decisivo el uso de la radio por parte de los dirigentes. También la radio fue el instrumento decisivo para que el ciudadano conociera las alternativas de las operaciones llevadas a cabo. Gran Bretaña, como sabemos, se movilizó en 1940 y lo hizo a conciencia. Fue ella quien soportó las peores condiciones bélicas durante los años centrales del conflicto: padeció las nuevas armas alemanas y muy severas privaciones en el abastecimiento alimenticio y de ropa. Sin embargo, no se manifestaron problemas de disgregación interna. El buen ánimo y la sensación de participar en una tarea colectiva, a pesar de que los comunistas hasta el verano de 1941 acentuaron las dificultades, se hicieron manifiestos, por ejemplo, en la disminución de las tasas de suicidio. En las elecciones parciales, los dos grandes partidos aceptaron no presentarse contra aquel que tuviera en sus manos el distrito disputado, pero a menudo aparecieron candidatos independientes. Los dos partidos tuvieron un comportamiento leal entre sí, a pesar del escaso aprecio que sus dirigentes mantenían entre ellos. La guerra, de todos modos, tuvo consecuencias políticas destinadas a aflorar en el futuro. Los sindicatos crecieron y, sobre todo, surgió la sensación de que la guerra debía tener consecuencias sociales importantes a medio plazo. A fines de 1942, el informe del liberal Beveridge, acerca de la posible configuración de un sistema de seguridad social "desde la cuna a la sepultura", obtuvo el apoyo de todos los partidos, de la inmensa mayoría de la población e incluso del Consejo de las Iglesias. Había, pues, un consenso respecto a que, en el futuro, sería preciso llegar a él pero, de momento, las medidas que se tomaron fueron el producto de decisiones ocasionales y expeditivas más que de un programa articulado. El mismo Churchill, considerado como un excelente estadista de guerra, acabó por ser juzgado persona inapropiada para enfrentarse con los retos de la paz. Para el Imperio británico, el principal de ellos fue la disgregación de sus colonias. Si Canadá o Australia anudaron lazos más estrechos con la metrópoli por la sensación de tener una tarea común, en muchas colonias la guerra supuso la quiebra del vínculo colonial. En Egipto, por ejemplo, el rey Faruk y dos jóvenes oficiales de futuro político muy próspero -Nasser y Sadat- manifestaron veleidades germanófilas, en las que todavía fue más beligerante el gran Mufti de Jerusalén, la suprema autoridad musulmana en Palestina. Esta germanofilia era puro anticolonialismo, como acabaría por demostrarse al final de la guerra. En Sudáfrica los "afrikaaners", de origen holandés, fueron germanófilos e, inmediatamente después del armisticio, se harían con el poder político. En Estados Unidos, la guerra produjo algunos cambios importantes. En el terreno político, 110.000 japoneses de origen, que en su mayor parte eran norteamericanos de nacimiento, perdieron sus trabajos, propiedades y negocios y fueron internados en campos de concentración, a pesar de que nunca hubo peligro real de que se produjera un desembarco en la costa Oeste. Pero si esto denotaba una actitud racista, de la que hay muchas pruebas, la condición de la población negra mejoraría gracias a su participación en las tareas bélicas. La costa del Pacífico se benefició del desplazamiento de la industria hacia allí por motivos bélicos. También en este caso hubo la conciencia de que la guerra implicaba de forma necesaria una cierta reforma social. La Declaración de Derechos del Soldado preveía estos cambios para la posguerra y por medio de ayudas directas. Aunque temió, probablemente en exceso, la penetración germanófila en América Latina, la política de Roosevelt no sólo no estuvo en ningún momento dirigida a mantener el colonialismo sino que, por el contrario, su contenido fue por completo contrario a él, siendo ésta una discrepancia profunda respecto a Churchill. La URSS, en fin, consiguió una movilización general contra el invasor que fue en gran medida la consecuencia de considerar que los alemanes eran aún peores que el régimen comunista. Existieron procedimientos expeditivos para eliminar la discrepancia, como destacamentos destinados a evitar que se produjera la desbandada de las tropas propias y el desplazamiento de pueblos enteros que no volverían a su lugar de origen hasta en los años sesenta o incluso los noventa, cuando en realidad no habían sido, en absoluto, culpables de traición. Pero la conversión del conflicto en la "Gran Guerra Patriótica" jugó también un papel de primera importancia en la agrupación de esfuerzos destinados a conseguir el triunfo bélico. La guerra mundial constituyó, en definitiva, para la Unión Soviética, una esperanza y fue un motivo de orgullo, derivación directa de los grandes sufrimientos padecidos durante ella.
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Aunque se ha indicado que el aristotelismo tuvo también su papel en la Florencia del fin de siglo -Lorenzo hizo traducir también a Aristóteles-, en la corte de Lorenzo fue la filosofía neoplatónica la que creó todo un entramado de claves que nos permiten entender alguna de las obras de arte producidas en esa corte. La Academia neoplatónica, reunida en torno a Marsilio Ficino, tuvo su sede en la villa Careggi. Sobre la relación de esta Academia con los artistas no hay constancia documental, salvo en el caso de Pollaiuolo, pero se puede suponer que muchos otros también se relacionaron con ella y conocieron su filosofía, pues así lo muestran sus obras. Es significativo el interés de Ficino por vincular la figura de un Alberti, ya anciano, con la Academia. Ficino escribió que Alberti era uno de sus íntimos amigos, con quien compartía e intercambiaba ideas e investigaciones. También Landino, otro de los miembros de la Academia, lo elogió en sus escritos y no hay que olvidar que el "De re aedificatoria" de Alberti se publicó en Florencia, en 1485, con un prefacio de Poliziano. Ficino escribió la "Theologia platónica" desde 1474, aunque no se publicó hasta 1492. Pico della Mirandola escribió en 1486 "De dignitate hominis". Ambos conciben una religión universal de carácter humanista. Las reuniones en la villa Careggi estaban presididas por un busto de Platón y el 7 de noviembre conmemoraban todos los años el "Banquete", pues los platónicos y, luego, los neoplatónicos de la época helenística, también lo habían celebrado. Se leía el "Banquete" de Platón -que fue una de las obras de más éxito en el Renacimiento- y se comentaba. La fama de esta Academia hizo que fuera visitada por humanistas de Oxford, París o Colonia y sus ideas se proyectaron en otras cortes. La conjunción entre mundo antiguo y cristianismo, lograda por los neoplatónicos, explica, precisamente en este siglo, el éxito de esta filosofía. Para Ficino el amor es un circuito espiritual que recorre el universo, es desiderio di bellezza y esa belleza existe bajo dos formas, simbolizadas por dos Venus, la Venus celeste y la Venus terrenal. Ese poder del amor, encarnado en la figura de Venus, es lo que relaciona al hombre con la divinidad. Según la filosofía neoplatónica, al hombre se le presentarían dos caminos en su vida: el de la vida contemplativa, regida por Saturno y por la Venus celeste, y el de la vida activa, regida por Júpiter y por la Venus terrenal. Uno se asocia a la vida en el campo (por ejemplo en una villa como la misma de la Academia) y el otro a la vida en la ciudad, pero ambos llevan por igual a la salvación del alma. La melancolía presente en la vida contemplativa impregnó muchas obras de la corte de los Médici que parecen querer recuperar con nostalgia una Antigüedad perdida.
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Si bien la Teoría de la Relatividad de Einstein eliminó algunos de los presupuestos epistemológicos básicos de la física clásica, como el espacio y el tiempo absolutos, sobre los que se asentaba la representación moderna del Universo, no puso en cuestión la representación determinista de la Naturaleza, característica de la época Moderna. Dicha representación se asentaba en la validez universal del principio de causalidad clásico, cuyas premisas no quedaban afectadas por la revolución relativista. Lo que salvaguardaba la vigencia del criterio de realidad dominante en la física moderna, mediante el cual era posible aprehender la naturaleza de los procesos físicos sin interferencias del observador, postulado básico de la teoría del conocimiento desarrollada en la época Moderna.Sin embargo, este pilar fundamental del Saber moderno pronto se vería afectado por una profunda crisis, como consecuencia del desarrollo de la Mecánica Cuántica. El inicio de esta fractura epistemológica se sitúa en la introducción del "cuanto de acción" por Max Planck en 1900, resultado de su investigación sobre el problema de la radiación del "cuerpo negro". Con ello introdujo el "cuanto de energía" como una realidad física, al subdividir el continuo de energía en elementos de tamaño finito, asignándoles un valor constante y proporcional a su frecuencia. Un paso que rompía radicalmente con la física del siglo XIX, al introducir la discontinuidad en la emisión y absorción de energía, hecho del que no se percató el propio Planck cuando estableció su teoría de la radiación del cuerpo negro, y que tardaría en reconocer cerca de diez años por la repugnancia epistemológica que ello le producía.La fórmula de Planck por la que se establecía una igualdad entre la energía concebida como discontinua y la energía considerada continua, en función del carácter ondulatorio de la frecuencia, resultaba completamente extraña para los físicos de la época. Sólo Einstein comprendería el problema en toda su magnitud, al postular en 1905 la existencia de partículas de luz -fotones-, y con ello establecer el carácter corpuscular y ondulatorio de la luz. Una posición que gozó de la animadversión del resto de los físicos, entre ellos el propio Planck, que atrapados por la teoría ondulatoria de la luz, dominante desde la segunda mitad del siglo XIX, no podían concebir un comportamiento a primera vista tan contrario a los postulados de la física. Tan sólo en 1922, con la introducción del efecto Compton y el desarrollo de la Mecánica Cuántica a partir de 1926-1927, la solución propuesta por Einstein se abrió camino.Fue Ehrenfest el primero en señalar que la teoría de Planck constituía una ruptura con la teoría clásica, al limitar la energía de cada modo de vibración a múltiplos enteros del elemento de energía establecido por la realidad física del cuanto de acción, señalando que la cuestión fundamental de la teoría de Planck radicaba en el tratamiento probabilístico del campo. A conclusiones similares, pero por caminos distintos, llegó Einstein en las mismas fechas, al defender que durante la absorción y la emisión la energía de un resonador cambia discontinuamente en un múltiplo entero.La teoría de Einstein sobre los calores específicos planteaba la imposibilidad de reducir la discontinuidad a la interacción entre materia y radiación, ni siquiera era posible reducirla a una teoría de los electrones mejorada. La teoría de Einstein era una teoría mecánico-estadística, independiente de consideraciones electromagnéticas, que exigía cuantizar la energía no sólo de los iones sino también de los átomos neutros. La aplicación de la mecánica clásica a cualquier proceso atómico era puesta en cuestión y con ella la totalidad de la teoría cinética. La discontinuidad aparecía así como un fenómeno de una gran generalidad y de profundas consecuencias físicas, que planteaba la reformulación sobre bases nuevas de la teoría cinética de la materia.El siguiente gran paso no se produjo hasta 1913, cuando Niels Bohr aplicó la distribución cuántica de la energía para explicar el comportamiento de los electrones en el seno de la estructura atómica. Bohr resolvió así las dificultades del modelo atómico de Rutherford, al explicar por qué el átomo no emite radiación de forma continua y los electrones no se precipitan sobre el núcleo permaneciendo en órbitas estacionarias. Sin embargo, el modelo atómico de Bohr no estaba exento de dificultades teóricas, debidas a la introducción del cuanto de acción para explicar las transiciones energéticas del electrón. Ello implicaba que las transiciones entre los diferentes estados energéticos del átomo se producían mediante saltos cuánticos, algo que resultaba absolutamente incompatible con la teoría clásica que postulaba transiciones continuas de un estado de energía a otro. La dificultad se veía agravada por el recurso en la misma teoría a los principios de la mecánica y el electromagnetismo clásicos, para definir la carga y la masa del electrón y del núcleo. La utilización dentro del mismo modelo atómico de dos teorías, la clásica y la cuántica, incompatibles entre sí, generaba enormes problemas teóricos, que no fueron resueltos hasta la aparición de la Mecánica Cuántica en 1926-1927.Los experimentos de Frank y Hertz de 1914 demostraron que la cuantización de los niveles de energía de los átomos constituía una propiedad de la materia muy general, incompatible con la teoría corpuscular clásica de la materia, pues para esta última la energía en un sistema de corpúsculos clásicos es una magnitud continua.La publicación de un artículo de Heisenberg en 1925 representó un salto cualitativo en la resolución de los problemas que aquejaban a la teoría cuántica del átomo de Bohr, al proponer la necesidad de abandonar el concepto clásico de órbita electrónica e introducir un nuevo formalismo matemático, que sería desarrollado inmediatamente por Max Born y Pascual Jordan, consistente en la aplicación de la matemática de matrices. Nacía así la mecánica matricial, sobre la que se fundaría la Mecánica Cuántica. Paralelamente, Dirac llegó a resultados similares en Cambridge.Por las mismas fechas, 1924-1926, se desarrolló la Mecánica Ondulatoria por De Broglie y Schrödinger. De Broglie generalizó la dualidad onda-corpúsculo de la luz, establecida por Einstein en 1905 para el caso del electrón, señalando que esta dualidad se encontraba íntimamente asociada a la existencia misma del cuanto de acción. Se trataba, en definitiva, de asociar al movimiento de todo corpúsculo la propagación de una onda, ligando las magnitudes características de la onda a las magnitudes dinámicas del corpúsculo, mediante relaciones en las que intervenía la constante de Planck.Esta nueva mecánica ondulatoria fue desarrollada por Schrödinger en los primeros meses de 1926. En ella señaló que los estados estacionarios de los sistemas atómicos podían representarse por las soluciones propias de una ecuación de ondas, cuyo formalismo matemático encontraba fundamento en la solución de Hamilton respecto de la analogía formal existente entre los sistemas mecánicos y ópticos.La situación no podía dejar de ser más confusa. Por una parte, el desarrollo de la nueva mecánica matricial ofrecía una teoría que resolvía matemáticamente los problemas que habían aquejado a la primera teoría cuántica, sobre la base de la consideración corpuscular del electrón, obviando su posible comportamiento ondulatorio. Por otra parte, la mecánica ondulatoria de Schrödinger se basaba en el comportamiento ondulatorio del electrón y obviaba el posible carácter corpuscular del electrón. Dos teorías que en principio parecían radicalmente contradictorias, sin embargo, alcanzaban resultados similares.La situación se complicó aún más por la interpretación clásica que Schrödinger hizo de la ecuación de ondas, que perseguía eliminar los saltos cuánticos y la discontinuidad de los procesos atómicos, sobre la base de interpretar la función de ondas de su ecuación desde la perspectiva de la teoría clásica de la radiación electromagnética. En otras palabras, interpretó la teoría cuántica como una simple teoría clásica de ondas, en la que era negada categóricamente la existencia de niveles discretos de energía. La interpretación clásica de Schrödinger encontró una gran audiencia entre los físicos, pues eliminaba el contrasentido de los saltos cuánticos que amenazaba a todo el edificio de la física clásica. Dicha interpretación fue contestada por Niels Bohr, Werner Heisenberg y Max Born.Fue Max Born quien resolvió la polémica y clarificó la situación, mediante su interpretación estadística de la ecuación de ondas de Schrödinger, al poner de manifiesto el carácter equivalente de la mecánica matricial y la mecánica ondulatoria; debido a que la ecuación de ondas, por su carácter complejo, exigía una interpretación probabilística de la localización en el espacio de la partícula asociada. Born sostenía que en los procesos individuales no es posible determinar con exactitud el estado de la partícula, sino que sólo puede establecerse la probabilidad del estado de la partícula, como consecuencia de la existencia del cuanto de acción. De esta manera, la función de la ecuación de ondas debía ser interpretada como la probabilidad de encontrar al electrón en el espacio de configuración determinado por el cuadrado de la función de ondas, no siendo posible una determinación exacta de la posición del electrón. En otras palabras, Born demostró que la ecuación de ondas de Schrödinger sólo podía ser interpretada de una forma probabilística.La interpretación probabilista de la mecánica cuántica realizada por Max Born, completada por la teoría de la transformación de Dirac y Jordan, constituyó un avance sustancial en la comprensión del significado de la nueva mecánica cuántica, al establecer el carácter físico de la probabilidad cuántica, hecho que constituía una profunda fractura con los fundamentos epistemológicos de la física clásica, por cuanto establece que tanto la localización espacial del electrón como los estados estacionarios del átomo sólo pueden ser determinados probabilísticamente.La aparición en 1927 del artículo de Heisenberg en el que introducía las "relaciones de incertidumbre" como un principio físico fundamental, al postular que no es posible conocer simultáneamente la posición y el impulso de una partícula, no hizo sino profundizar dicha fractura epistemológica, al romper radicalmente con la antigua pretensión de la Física Moderna de alcanzar, mediante el conocimiento completo de todos los fenómenos físicos del Universo en un instante dado, la determinación absoluta hacia el pasado y hacia el futuro del Universo, en función de la validez universal del principio de causalidad estricto, origen y fundamento de la representación determinista de la Modernidad. El artículo de Heisenberg apuntaba directamente al corazón de la vieja gran aspiración de la Física Moderna, al sostener la imposibilidad física del conocer simultáneamente con exactitud determinista la posición y el impulso de cualquier clase de partícula elemental. Según las relaciones de incertidumbre, el producto de las incertidumbres de la localización y de la cantidad de movimiento no puede ser más pequeño que el cuanto de acción de Planck, constituyendo éste un límite físico infranqueable.Para poder apreciar el papel que desempeñó el principio de incertidumbre en la renuncia del principio de causalidad estricto, conviene recordar que en la mecánica clásica son justamente los valores iniciales y los ritmos iniciales de cambio de todas las variables mecánicas -que definen el estado de un sistema dado- los que determinan los movimientos futuros del sistema en cuestión. Sin embargo, de acuerdo con el principio de incertidumbre, existe una limitación fundamental, derivada de las mismas leyes de la naturaleza en el nivel cuántico, consecuencia de la existencia del cuanto de acción, que hace imposible la predicción determinista del comportamiento de los procesos físicos cuánticos, debido a su naturaleza esencialmente probabilística.La ruptura epistemológica con la física clásica se torna evidente si consideramos que ésta asocia a los sistemas físicos, cuya evolución desea describir, un cierto número de magnitudes o de variables dinámicas. Estas variables dinámicas poseen todas ellas, en cada instante, un valor determinado, a través de los cuales queda definido el estado dinámico del sistema en ese instante. Por otra parte, se admite, en la física clásica, que la evolución del sistema físico a lo largo del tiempo está totalmente determinada cuando se conoce su estado en un momento inicial dado.El "principio de incertidumbre" se constituye en un principio físico fundamental que rige para el conjunto de los fenómenos, y que no es posible soslayar en los niveles de magnitudes en los que el cuanto de acción no es despreciable. El principio de incertidumbre se extiende, como principio físico fundamental, al conjunto de las relaciones físicas de las magnitudes cuánticas, y no sólo a las relaciones de incertidumbre de posición e impulso. Las consecuencias epistemológicas de las relaciones de incertidumbre alcanzaban de lleno al centro mismo de lo que había sido la Física desde los tiempos de Newton; es decir, cuestionan la capacidad de la Física para establecer leyes de la Naturaleza que determinen con absoluta precisión su funcionamiento como si de un mecanismo de relojería se tratara.Ello provocó una fuerte polémica entre los defensores y detractores de la mecánica cuántica, centrada en el alcance de las consecuencias epistemológicas y la interpretación que debía realizarse de la nueva teoría cuántica. Polémica cuyos rescoldos todavía no se han apagado en la actualidad, si consideramos las posturas mantenidas por el neodeterminista Bunge o el realista clásico Popper, por citar sólo dos casos. La fractura era tan radical que tanto Planck como Einstein se negaron hasta su muerte a aceptar los resultados de la mecánica cuántica, al considerar que significaba el fin de la física como teoría comprensiva de la Naturaleza. En el caso de Einstein, éste mantuvo una prolongada y famosa polémica con Niels Bohr iniciada en la V Conferencia Solvay, celebrada en Bruselas en octubre de 1927, y continuada hasta su fallecimiento en 1955. De dicha polémica Einstein salió derrotado pero no vencido, y aunque terminó aceptando a su pesar la validez del formalismo de la mecánica cuántica, no cejó en su intento de demostrar que la interpretación de dicho formalismo no era correcta.Einstein, en una carta dirigida a Max Born en 1926, explicitaba su repugnancia a las consecuencias de la mecánica cuántica: "la mecánica cuántica es algo muy serio. Pero una voz interior me dice que de todos modos no es ese el camino. La teoría dice mucho, pero en realidad no nos acerca gran cosa al secreto del Viejo. En todo caso estoy convencido de que El no juega a los dados". En 1957 De Broglie expresaba con claridad la validez de las consecuencias que Einstein rechazaba: "Mientras que en la física clásica era posible describir el curso de los sucesos naturales como una evolución conforme a la causalidad, dentro del marco del espacio y del tiempo (o espacio-tiempo relativista), presentando así modelos claros y precisos a la imaginación del físico, en cambio, en la actualidad la física cuántica impide cualquier representación de este tipo y, en rigor, la hace completamente imposible. Sólo permite teorías basadas en fórmulas puramente abstractas, desvirtuando la idea de una evolución causal de los fenómenos atómicos y corpusculares; únicamente suministra leyes de probabilidad considerando que estas leyes de probabilidad son de carácter primario y constituyen la esencia de la realidad cognoscible; y no permiten que sean explicadas como consecuencia de una evolución causal que se produjera a un nivel aún más profundo del mundo físico".La relatividad general y la mecánica cuántica son las dos grandes teorías sobre las que se basa la actual representación del Universo. Un universo dinámico y en expansión, que encuentra sus orígenes en el big-bang. Las observaciones astronómicas realizadas hasta la fecha han confirmado las previsiones teóricas de la cosmología contemporánea. Pero, además, la relatividad general y la mecánica cuántica no sólo han destruido los fundamentos sobre los cuales descansaban los pilares básicos de la racionalidad occidental en la época moderna y nos permiten explicar la estructura del Universo, sino que también se han constituido en el núcleo central de los desarrollos de la ciencia del siglo XX. La formulación de la ecuación de Einstein por la que la energía y la materia están directamente ligadas (E = mc2) fue el fundamento teórico para el desarrollo de la física nuclear, que ha dado lugar a las bombas atómicas, pero también a las centrales nucleares o la medicina nuclear.
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Los procesos revolucionarios que se generalizaron en Europa durante el primer semestre de 1848 marcaron un nuevo avance del liberalismo y de las corrientes nacionalistas, aunque estos avances se vieron también acompañados por exigencias de carácter democrático (sufragio universal) y reclamaciones de reforma social que protegiera los intereses de las clases trabajadoras, especialmente el derecho al trabajo.Las revoluciones tuvieron lugar en una Europa en la que el liberalismo no había dejado de avanzar desde la oleada revolucionaria de 1830. El Reino Unido y Francia ejercían un indudable liderazgo en este aspecto, que había permitido la creación de Bélgica, bajo la forma de una monarquía liberal, y los procesos de implantación de regímenes liberales en Portugal y España, superando costosas guerras civiles en ambos casos. También eran varios los Estados alemanes que contaban con Constituciones liberales.Frente a ese mapa del liberalismo, los principales regímenes absolutistas eran Rusia, Prusia y Austria, que extendían su influencia desde la península italiana hasta el noreste de Europa. De todas maneras, como ha recordado Roger Price, las estructuras sociales y económicas de carácter preindustrial seguían casi intactas en la mayoría de los Estados europeos y la sacudida revolucionaria de estos años brindó la oportunidad de que alcanzasen protagonismo sectores sociales que hasta entonces habían permanecido al margen.En los momentos álgidos de la revolución (primavera y verano de 1848) pudo pensarse que se había producido una profunda alteración del orden político establecido en 1815, y de los principios que lo habían alentado, pero la evolución de los acontecimientos aconseja no magnificar las consecuencias de los movimientos revolucionarios. La fuerte represión que siguió a los estallidos revolucionarios ha hecho que algunos historiadores (W. Fortescue, Price) opinen que 1848 contribuyó al mantenimiento de un orden social y político conservador que perduró hasta el estallido de la primera guerra mundial. Algunas innovaciones políticas significativas (unificaciones de Italia y Alemania) se hicieron bajo el signo conservador y casi no quedó otro movimiento revolucionario que el anarquismo. Las grandes conmociones revolucionarias de los años siguientes (Comuna de París, revolución rusa de 1905) se explican más como reacciones a desastres militares que como verdaderas propuestas de transformación política profunda.
obra
El ambiente carcelario de esta imagen se pone en relación con Por que fue sensible. Una joven duerme acompañada de tres enigmáticas figuras que podrían ser frailes o monjas, aludiendo por lo tanto a la feroz crítica anticlerical existente en numerosos círculos de la Ilustración. Si no están relacionadas con el clero podría tratarse de celestinas, volviendo al mundo de la prostitución.
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Para los mercaderes de los reinos peninsulares de la Corona, Cerdeña, Sicilia, Nápoles y el norte de Africa eran mucho más que escalas del comercio con el Mediterráneo oriental. Desde el siglo XIII los mercaderes catalanes controlaron buena parte del comercio en la zona, preponderancia económica que se reforzó con el dominio político. Puesto que se trataba de países con escaso desarrollo industrial, resultaron excelentes compradores de productos manufacturados y proveedores de primeras materias. En suma: la prosperidad del gran comercio catalanoaragonés se forjó tanto en el Ultramar de las especias (el Mediterráneo oriental) como en las escalas de la llamada diagonal insular (el Mediterráneo occidental). Los mercados de Cerdeña debían ser los menos atractivos. La economía de la isla, ha dicho M. Del Treppo, tenía connotaciones coloniales. Era, en efecto, una especie de dominio colonial de los catalanes. Habitada por una clientela más bien pobre y poco numerosa, constituía una escala de la navegación catalana. Es posible, por tanto, que su conquista obedeciera más a razones de estrategia política que a imperativos comerciales. Con todo, los mercaderes no desaprovechaban la ocasión para comerciar: descargaban un poco de todo y en pequeñas cantidades y adquirían trigo, coral, y en menor cuantía sal, queso, cueros, pieles y metales. Para los mercaderes de la Corona, el reino de Nápoles era sobre todo un mercado consumidor y una zona internacional de intercambio (ferias de Nápoles, Gaeta y Salerno), todo lo cual no parece justificar la tardía y costosa conquista de Alfonso el Magnánimo, a mediados del siglo XV. El montante de las importaciones de tierras napolitanas era modesto (trigo, algodón, azufre, esclavos y vino), no así las ventas. Los mercaderes catalanes vendían en el reino de Nápoles lana, cueros, azafrán, cera, sal de Ibiza, algunos productos sicilianos (azúcar, queso) y, sobre todo, paños de la industria catalana, valenciana y mallorquina. La mayor parte de estos productos exportados a Nápoles debían ser reexportados por mercaderes italianos (genoveses y venecianos) y por catalanes que operaban en Ultramar, y que así se proveían cómodamente en los mercados napolitanos. Como indica J. Heers, Nápoles no era más que una etapa del gran tráfico hacia el Levante mediterráneo, a lo largo del eje catalán Barcelona-Nápoles-Sicilia-Rodas. El norte de Africa fue el taller experimental del comercio catalanoaragonés y el ámbito de creación de las primeras fortunas mercantiles de la Corona. Siempre fue una ruta relativamente modesta, en cierto sentido popular, hecha de un comercio de pequeñas cantidades y muchas comandas. No obstante, y a pesar del riesgo del corsarismo (vinculado al comercio de esclavos), en esta zona se sumaban ventajas económicas y políticas: la debilidad de las flotas africanas dejaba el transporte en manos catalanas, y las divisiones y rivalidades entre los sultanes facilitaban la imposición de una especie de protectorado militar del rey de Aragón en la zona. Los mercaderes de Barcelona, Valencia, Mallorca y Sicilia iban a los mercados del norte de Africa (Túnez, Bona, Bugía, Argel) a vender paños y productos muy diversos, agrícolas e industriales, y adquirir cera, cuero, coral, esclavos y oro, además de productos exóticos. La ruta ofrecía un saldo favorable, y proporcionaba primeras materias para los talleres catalanes y oro para las compras de especias en el Mediterráneo oriental. Sicilia, aunque incorporada a la Corona por intereses puramente dinásticos de la monarquía, desde finales del siglo XIII ocupó un lugar destacado en la navegación y el comercio exterior catalanoaragonés. Los monarcas otorgaron privilegios a los mercaderes catalanes, que formaron colonias numerosas (en Palermo, Mesina, Catania y Siracusa) y, desde hacia 1350, dieron preponderancia al comercio catalán en la isla, donde practicaron la compraventa, el comercio del dinero y el negocio de los seguros. Compraban trigo, coral, seda, azúcar y algodón, y vendían productos catalanoaragoneses (paños, azafrán, cueros) y de reexportación (tejidos de lujo ingleses y flamencos). Para los catalanes la balanza comercial era favorable y la isla se situaba en el centro de su compleja red de intercambios, ya sea como eslabón de la ruta de las especias o larga diagonal insular, ya sea como parte de relaciones triangulares en el Mediterráneo occidental. Más allá de Sicilia y del estrecho de Mesina empezaba el Mediterráneo oriental, el ámbito que las fuentes llaman Oriente, Levante y Ultramar, esencialmente delimitado por Constantinopla al norte y Alejandría al sur, y formado por las costas griegas, Asia Menor, las islas de Creta, Quíos, Rodas y Chipre y los puertos sirios de Jaffa y Beirut. En este ámbito había dos rutas, la del Imperio bizantino o Romanía, y la de Siria y Egipto. La del Imperio bizantino, con centro en Constantinopla, era la menos frecuentada. Aquí los mercaderes de la Corona, generalmente catalanes, vendían productos agrícolas (azafrán, aceite) y de fabricación (paños, armas, coral trabajado) y adquirían primeras materias (cera, alumbre, cobre, algodón) y esclavos. "La ruta más importante del comercio internacional de Barcelona, que le debía todas sus fortunas y la prosperidad de su clase dirigente" (M. Del Treppo) era la de Siria y Egipto. En esta ruta, Rodas, con una importante colonia de mercaderes catalanes, era escala y almacén. En función de la coyuntura política, los mercaderes se dirigían a Siria (Beirut, Damasco) o a Egipto (Alejandría), con el objetivo principal de adquirir especias (gengibre, pimienta, canela, laca, incienso) y secundariamente productos industriales de lujo (tejidos finos) y materias primas (lino, algodón). A cambio vendían coral y paños, productos de reexportación (estaño, telas de cáñamo) y algunos productos agropecuarios (miel, fruta seca, aceite). En las rutas de Ultramar se invertían sumas considerables, pero de este comercio dependía, en gran medida, la prosperidad de los mercaderes catalanes y de otros sectores sociales y pueblos de la Corona: las especias de Oriente, reexportadas hacia Flandes, Languedoc, Provenza, Aragón y Castilla, servían para comprar lana, trigo, azafrán (en parte en Aragón y Valencia) y tejidos ricos (en las rutas continentales y del Atlántico norte), productos que en parte eran consumidos en la Corona, en parte transformados (fabricación de paños) y en parte reexportados (ventas de azafrán en el Languedoc, de lana en Venecia y de paños en todo el Mediterráneo), y claro está, con los ingresos de las ventas de lana y paños, trabajaban los talleres textiles rurales y urbanos, y de ello vivían, al menos parcialmente, mercaderes, artesanos y campesinos de todos los reinos de la Corona. Se trataba de un sistema económico complejo cuyo funcionamiento dependía de muchos factores engarzados. El fallo de una pieza importante, como el aprovisionamiento o la venta de especias, azafrán o paños, ponía en peligro a todo el conjunto, que es lo que sucedió en distintos momentos durante el siglo XV.
contexto
El clero femenino -wabet- ya existía en el Imperio Antiguo, en contra de lo mencionado por Herodoto. Sus funciones eran diversas: bailar, cantar y tocar música para los dioses, así como tareas más complejas, como guardar el tesoro. Este sacerdocio femenino hubo de ser creado en paralelo al masculino, estando integrado por mujeres de la nobleza, así como esposas e hijas de los sacerdotes, que asumen sus funciones, sobre todo al principio y hasta el I Periodo Intermedio, centradas en asuntos de tipo funerario. Durante el Imperio Medio el sacerdocio femenino decreció en importancia, continuando sólo los títulos religiosos de manera más simbólica que funcional. Sólo cantoras y músicas tuvieron una cierta relevancia, que se incrementó durante el Imperio Nuevo, como las cantoras de Amón. También en este periodo tuvieron relieve las concubinas del dios -hekeret-.
contexto
Parece que las funciones religiosas estaban monopolizadas en las mujeres. En la lengua kampanga eran llamadas katulungan, término que los españoles traducían como catolonan. La raíz de esta palabra aparece en oficios o tareas que se hacen para ayudar o asistir a otros. Las catolonan asistían y ayudaban a la comunidad propiciando la benevolencia de los espíritus y mediando entre el mundo de los vivos y el de los difuntos. Los filipinos consideraban natural esta dedicación femenina puesto que las mujeres podían ser más persuasivas en el trato con los espíritus. En una religión donde la danza ritual ocupaba un lugar importante, los gráciles movimientos de las mujeres podían atraer de modo más favorable la atención de los dioses. Estas sacerdotisas curaban enfermedades, hacían amuletos y conjuros, guardaban y recitaban la historia de las genealogías de los barangay, pacificaban a los dioses y presentaban las peticiones y acciones de gracias de los fieles. Existía una especie de jerarquía entre ellas, pues estaban sujetas a la autoridad de la sonat. Era la que tenía más experiencia y su función principal consistía en asistir en la hora de la muerte y predecir si un alma había alcanzado la salvación o si se condenaba. En el caso de las pueblos de Mindanao y Zambales las mujeres no desempeñaban estas funciones religiosas, porque en su mayoría eran musulmanes.