Tras la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975, España se encamina de manera lenta e insegura hacia una democracia. En septiembre de 1976, el Gobierno de Suárez aprueba su proyecto de reforma política que habrá de preparar las primeras elecciones a Cortes. Dos meses más tarde, la Ley de reforma política obtendría el apoyo mayoritario de los españoles vía referéndum, con el respaldo del 94,2% de los votantes. Aprobada la ley, en febrero de 1977 desaparecen las principales restricciones para la legalización de los partidos políticos. Todos, excepto el PCE, que lo hará más tarde, pasan a la legalidad. El país respiraba nuevos aires de libertad: los exiliados volvían a casa, las mujeres reivindicaban la igualdad y el Ejército perdía protagonismo. La sociedad civil se organizaba, hambrienta de derechos. Sin embargo, el camino hacia la libertad no es fácil: en los primeros meses de 1977, la extrema derecha y el terrorismo ponen en peligro la transición. Más de un centenar de partidos, en coalición o independientes, se preparaban para concurrir a las primeras elecciones, convocadas para el 15 de junio. Por aquel entonces, las calles comenzaron a dibujar un paisaje desconocido, con miles de carteles de las más variadas formaciones políticas. La propaganda electoral asombraba a los españoles, que asistían atónitos ante tan desconocido despliegue de siglas y medios de propaganda. Los mítines de las formaciones políticas comenzaron a poblar el paisaje de las ciudades. En ellos, miles de españoles escucharon un nuevo discurso político y pudieron conocer de primera mano las opiniones de sus líderes. Por fin se celebran los comicios el 15-J, iniciando España uno de los capítulos más trascendentales de su historia reciente. Diecinueve meses después de la muerte del dictador Francisco Franco, unos 35 millones de votantes acudían a las urnas para participar en las primeras elecciones libres desde la Guerra Civil. El resultado de las urnas dio como vencedor a la UCD de Suárez, que logra 165 diputados al Congreso. Le siguieron el PSOE de Felipe González, con 118; el PCE de Carrillo, con 20; y la Alianza Popular de Fraga, con 16, además de otros partidos. El camino hacia la normalidad democrática ya estaba trazado, aunque aun habrían de sortearse importantes dificultades.
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Dada la gran importancia de Rodas en el contexto del Egeo sudoriental, hay cierta tendencia -que no vamos a combatir aquí- a designar como rodia la plástica de toda esta región durante el Helenismo. Teniendo esto en cuenta, podemos adentramos en ella, y lo haremos comenzando por la escultura, por ser el arte mejor conocido a través de obras, algún texto, y sobre todo firmas de sus autores. Como en Bitinia y en Pérgamo, en el ambiente rodio vemos aparecer las primeras esculturas con características propias, realistas, hacia mediados del siglo III a. C., o quizá poco antes. Y no deja de ser curioso que las dos principales obras de este momento inicial, las efigies de las sacerdotisas Niceso de Priene y Nicoclea de Cnido, sean retratos. Ambas presentan sus trajes de complicados pliegues, y la cara de Nicoclea -la cabeza de Niceso se ha perdido- ostenta unas facciones algo idealizadas, como recordando tendencias áticas de principios del siglo. Este predominio del retrato merece una explicación. Rodas, como las principales ciudades de la zona, tuvo a gala mantener, junto a su régimen de ciudad-estado, la tradición de los exvotos personales en los santuarios. Lo que ocurre es que, en el siglo III a. C., se generaliza la substitución de los exvotos ideales clásicos por otros de facciones individualizadas, con lo que la retratística se extiende de forma imparable: en Cos, en el santuario rodio de Lindos, incluso en la lejana Olimpia, quien quiera y tenga dinero podrá dejar inmortalizada su efigie, y ya no será necesario, como en la Atenas clásica, que el retratado sea un personaje famoso. A este respecto, puede que no esté de más recordar al que quizá fue el más famoso escultor de Rodas en la segunda mitad del siglo III a. C., aunque no nos haya llegado ningún resto de su obra. Llamóse Timócaris y, aunque nativo de Creta, desarrolló su actividad en todas las islas y regiones del Egeo sudoriental, como demuestran sus numerosas firmas llegadas hasta nosotros. Es a través de ellas como conocemos el tipo de encargos que recibía un retratista afincado en Rodas. En efecto, al lado de un exvoto indeterminado, hallamos estatuas de sacerdotes, representaciones de magistrados y generales, un grupo familiar (de un tal Hermofantes con sus hijos), e incluso la efigie de un vencedor en los juegos de Nemea, que le encargaron desde Sidón. Con menos fama que Timócaris, es posible que hubiese en Rodas bastantes escultores trabajando los mismos temas. Pero, obviamente, la escultura rodia no se reducía a la producción de retratos. La ciudad, orgullosa de su carácter monumental, y con ella los acaudalados comerciantes que la gobernaban, estaban deseosos de hacer fuentes y monumentos públicos, templos con sus dioses y también, por qué no, bellos adornos para los jardines y pórticos de sus mansiones. Y es precisamente en este contexto decorativo donde debemos situar la que quizá sea la obra maestra del realismo en las últimas décadas del siglo III: el Fauno Barberini. Magnífica estatua de mármol conservada en la Gliptoteca de Munich, el Fauno se nos presenta fornido, durmiendo plácidamente su borrachera. Tiene la cara de un recio campesino, estudiada con el mismo entusiasmo con que por entonces se analizaban los celtas en la vecina Pérgamo, y el análisis anatómico, igual que en la serie de los galos, conserva un recuerdo de las proporciones ideales del clasicismo; pero el desenfadado de la actitud, con el cuerpo yaciendo en desorden sobre la roca, descuidado de toda estructura que lo sostenga, es algo mucho más libre que los juegos de ángulos y triángulos que exigía el arte oficial de Atalo I. Aun hallándose en el mismo campo de acción, Pérgamo buscaba la ordenación geométrica, mientras que sus vecinos de la costa y las islas se entregaban de lleno a la libertad de la materia y de la vida.
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No es posible abordar en el presente texto las vicisitudes de todos y cada uno de los asentamientos ibéricos ante la llegada de Roma. Por ello estimamos oportuno seleccionar algunas ciudades significativas que reflejen los principios aplicados por Roma en esta zona. Tomaremos como hilo conductor las fundaciones reseñadas por las fuentes literarias, epigráficas y numismáticas en combinación con los datos arqueológicos. Las únicas ciudades fundadas por Roma en el siglo II a. C. con categoría de colonia latina fueron Carteia, Valentia, Palma, Pollentia, y quizá Corduba. Según A. Marín Díaz, Itálica, Tarraco, Gracurris y Brutóbriga tuvieron carácter de ciudades peregrinas y sólo con posterioridad alcanzarían un estatus privilegiado. A excepción de Valentia (Valencia) que se fundó ex novo por deductio de los veteranos de las guerras lusitanas, los demás se asentaron sobre núcleos indígenas de mayor o menor entidad. Para estas fechas antiguas, la arqueología ha documentado el abandono de numerosos poblados ibéricos y la ocupación de otros no citados en las fuentes, entre los que destaca Azaila. M. Beltrán ha estudiado la secuencia arqueológica e histórica de este lugar, detectando la existencia de tres ciudades superpuestas. La primera es el típico poblado de tradición hallstáttica, destruido a fines del siglo III a. C., tal vez durante las guerras púnicas. La segunda ciudad corresponde al momento de la iberización y primera romanización y se sitúa a comienzos del siglo II a. C. Presentaba una planta regular circundada por una muralla. Las calles se trazaron de N-S y de E-O y tenían aceras pavimentadas. Las viviendas eran de tipo ibérico con zócalo de piedra y muros de adobe o tapial. En un tercer momento, tras la destrucción del enclave en tiempos de Sertorio, se levantó una tercera ciudad aprovechando la disposición urbana del poblado anterior. Se construyó una nueva muralla al pie del foso, pero la influencia romana se dejó sentir, sobre todo, en la construcción de edificios públicos como el templo in antis o las termas, y en las domus de aspecto pompeyano. La ciudad fue arrasada el año 49 a. C., después de la batalla de Ilerda según se deduce de los materiales arqueológicos, en especial de las cerámicas importadas de barniz negro. Comentario aparte merece Emporiae (Ampurias), otro de los pocos enclaves estudiados desde el punto de vista urbanístico por E. Sanmartí y un nutrido equipo de arqueólogos. Ampurias es un caso paradigmático de la aplicación de la dípolis. Existían en este lugar dos comunidades en el periodo prerromano: los colonos focenses y los indiketes que, según Estrabón, formaban una comunidad única. Los romanos establecieron al lado de la Neapolis griega un praesidium cuyos escasos restos se fechan en época catoniana (195 a. C.). A partir del núcleo militar, se desarrolló una ciudad perfectamente estructurada cuya traza se estableció en el paso del siglo II al I a. C. La planta de Ampurias era rectangular (700 x 300 m), con un perímetro de dos kilómetros cercado por una muralla de doble basamento de sillares de caliza local relleno de tierra y piedras, sobre el que se levantó una recia construcción de opus caementicium. Las calles se cruzaban ordenadamente formando insulae de 70 x 35 m. El centro monumental estaba constituido por un templo tetrástilo, y pseudodíptero de carácter itálico que quizá podría ser un capitolio, y más tarde un Cesareum, un gran pórtico en U abierto hacia el sur, con un criptopórtico y una hilera de tabernae cerrando el espacio por la parte meridional. En época imperial, la estructura del templo y su témenos no se modificó, pero se reacondicionaron los espacios forenses. Se añadió una sala hipóstila abierta en la parte E que pudo actuar de basílica y que comunicaba en la parte SE con otro espacio interpretado como curia. Las tabernae de la parte sur se cerraron y se abrieron al O otras, pero en dirección a la calle y no a la plaza. Al norte del pórtico en U, se construyó un macellum articulado en torno a un decumano. En época flavia se edificaron al lado del templo republicano ocho pequeños templetes. Un gimnasio y un anfiteatro de dimensiones modestas completaban el conjunto. En cuanto a la arquitectura doméstica, se conocen dos ejemplos de domus pompeyana, estudiados por Balil y más recientemente por Marte Santos, en lo que respecta a la evolución de sus fases constructivas. A fines del siglo II, el conjunto monumental de Ampurias pierde su vigor y la ciudad hubo de adaptarse a las nuevas circunstancias derivadas posiblemente de la pérdida de su papel intermediario en el comercio con Roma. A medida que la conquista avanzaba, Roma fue estableciendo ciudades en los rebordes de la Meseta, en Extremadura y Alto Ebro. Fundaciones como Castra Caecilia (Cáceres el Viejo), Metellinum (Medellín) y Pompaelo (Pamplona) surgen ahora relacionadas con los conflictos del periodo sertoriano. Poco se puede decir del urbanismo de estos enclaves. Pompaelo, citada por Estrabón como "la principal ciudad de los vascones" se cree que fue fundada por Pompeio el año 75-74 a. C. para establecer su campamento de invierno. Los estudios de Mezquiriz han documentado una secuencia ocupacional prerromana pero su urbanismo antiguo sólo se ha podido esbozar en líneas muy generales.
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En la primavera de 1931, el Ejecutivo promulgó numerosos decretos, que luego ratificaría como leyes el Parlamento. El conjunto de estas normas anticipa las grandes líneas del reformismo republicano y las preocupaciones sociales que alentaban los representantes de la izquierda burguesa y socialista. En primer lugar, los llamados "decretos agrarios", impulsados por los ministros socialistas de Trabajo y Justicia, Francisco Largo Caballero y Fernando de los Ríos, buscaban una mejora inmediata en las condiciones laborales del campesinado y preparar el camino a la reforma agraria prometida. Establecían la prohibición de desahuciar a los arrendatarios de fincas; ampliaban al medio rural los efectos de la Ley de Accidentes de Trabajo; fijaban la jornada laboral en ocho horas; obligaban a los propietarios agrícolas a contratar trabajadores de la comarca (Decreto de términos municipales) y a mantener sus tierras en producción (Decreto de laboreo forzoso); y extendían a la economía agraria el sistema de Jurados Mixtos de arbitraje en asuntos laborales. En Instrucción Pública, el ministro Marcelino Domingo adoptó medidas para reforzar la presencia y el control del Estado en el sector educativo, dominado hasta entonces por la Iglesia católica. Sus decretos establecían un plan quinquenal para crear miles de plazas escolares y que, en su primer año, ampliaba en siete mil la plantilla de maestros estatales; aumentaban el sueldo a los maestros; disponían la coeducación en la Enseñanza Secundaria; suprimían la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en las escuelas, y creaban las Misiones Pedagógicas para extender el ámbito educativo a sectores de la población hasta entonces marginados. También desde el Ministerio de la Guerra, Manuel Azaña inició en este período su plan de modernización de las Fuerzas Armadas con una serie de decretos: pase a la reserva con sueldo íntegro de los militares profesionales que lo solicitaran, para aliviar las plantillas sobrecargadas; supresión de regimientos y transformación de las Capitanías en Divisiones Orgánicas; revisión de los ascensos por elección o méritos de guerra; cierre de la Academia General Militar, etc.
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Partiendo del hecho de que la organización social del período se basa en la desigualdad natural de los hombres y que el puesto de cada uno dentro de aquélla viene fijado por su nacimiento, era lógico que el objetivo de la educación fuese el de dar a cada uno de sus receptores una enseñanza adecuada a su posición dentro de la sociedad. De ahí que el acceso a la instrucción venga marcado por factores diferentes como son: el sexo, el grupo social, las actitudes familiares y también su coste, pues no podemos olvidar que estamos en un mundo de recursos económicos limitados. Todo ello tiene importantes implicaciones a la hora de conocer la estructura interna del alumnado, las enseñanzas que componen los programas y las formas en que se imparten. El núcleo mayoritario de la población europea durante la Edad Moderna apenas recibía la educación formal correspondiente a la primera etapa de aprendizaje, por lo general breve y básica. Lo que podríamos denominar enseñanza elemental abarcaba de los seis a los diez años y fue la etapa educativa que reciba más atenciones por parte de los filósofos, los pedagogos y los gobernantes del siglo XVIII, toda vez que ha pasado a convertirse en instancia fundamental de la formación del niño, por ende, del futuro adulto y de la sociedad. Hasta la Edad Moderna el método más utilizado para cubrirla eran las clases privadas en casa del alumno. Entre el Quinientos y el Setecientos seguirá siendo el sistema preferido entre la nobleza y la ascendente burguesía. Mas ya no era el único. Se difunde también la instrucción de pequeños grupos de alumnos en casa de un tutor, donde a veces residen y desde el siglo XVII trata de extenderse la escolarización formal en escuelas, donde los niños se agrupan atendiendo a su edad y conocimientos. Dichas escuelas iban a ser los centros educativos más numerosos durante el período que estudiamos. Generalmente de pequeño tamaño, y a veces incluso estacionales, la gran variedad de establecimientos que encontramos dentro de ellas no impide que podamos reunirlos, según Nava Rodríguez, en tres grandes grupos: Escuelas elementales, centros y hospitales para pobres y escuelas de catequesis. Las primeras, que funcionan en viviendas particulares, muchas veces de forma clandestina, acogen a pequeños grupos de niños y niñas procedentes de las capas humildes. Los centros y hospitales para pobres eran instituciones educativas creadas, fundamentalmente, bajo los auspicios de algunas órdenes religiosas -oratonianos, escolapios, hermanos de la Doctrina Cristiana- y de las parroquias- charity schools inglesas-. A partir del siglo XVIII se les unen la iniciativa pública -Estado, municipios- y la privada -industriales, sociedades de Amigos del País- con la creación de escuelas de oficios. Por último, las escuelas de catequesis solían tener una existencia intermitente y breve. El aumento numérico de los centros elementales durante la centuria ilustrada va a permitir incrementar la oferta educativa, llegándose en algunas zonas -Inglaterra, Holanda, noroeste de Francia, Estados alemanes, ciertas áreas de Italia- a conseguir que la mitad de la población en edad escolar reciba algún tipo de enseñanza. Otros lugares -España rural, parte de Austria, por ejemplo- apenas alcanzan un quinto o un tercio; mientras, los hay que no llegan al 10 por 100, caso de Irlanda, sur de Italia o Escandinavia, entre otros. El contraste entre los Estados europeos lo encontramos reproducido en el seno de cada uno de ellos. Por regla general, el acceso a los centros elementales resulta más fácil en la ciudad que en el campo, donde tampoco faltan las escuelas permanentes pese a que la pobreza y el habitat disperso representen sendos frenos a su establecimiento. En cuanto a la extracción social del alumnado, es en los niveles educativos iniciales donde encontramos una representación de hijos de campesinos y jornaleros junto a los de artesanos y comerciantes proporcional al peso de sus grupos en el conjunto social. La diferenciación vendrá más adelante, pues mientras para los primeros ésta será su única ocasión de recibir una enseñanza formal, para los segundos representa tan sólo la primera etapa en su formación. Tal reparto de alumnado incide directamente en el desarrollo del calendario escolar. La necesidad que tienen la mayoría de las familias de la colaboración económica de los niños hace que el año en la escuela se adapte a los ritmos agrarios más que a las necesidades académicas. Su duración no iba más allá de algunos meses, cuando no se veía suspendido por alguna guerra o epidemia. Además, el absentismo de un tercio de los escolares era porcentaje habitual y los abandonos, numerosos. Los programas de la enseñanza elemental incluían, por orden de importancia: religión, moral, lectura, escritura y aritmética, no siendo pocos los casos en que las materias anteriores se reducían a las tres, incluso a las dos primeras. Las razones de ello hemos de buscarlas en los costes del aprendizaje y su duración, dependientes ambos de la selección hecha por los padres entre el menú pedagógico ofertado por el maestro. Leer era lo más barato y la habilidad que menos tiempo exigía adquirir. La escritura suponía ya una mayor inversión temporal y monetaria, lo que engendra la idea de que sólo era útil para quienes la convertirían en su profesión. En verdad, para los integrantes de las capas sociales inferiores resultaba más favorable pagar a los que sabían hacerlo que afrontar el gasto de aprender, dadas las pocas ocasiones en que se verían necesitados de escribir a lo largo de su vida. Además, no olvidemos que las tasas de mortalidad infantil son muy altas, lo que aporta mayores dudas aún sobre la rentabilidad de la inversión educativa. No en vano, las zonas con mayores porcentajes de población firmante en el siglo XVIII coinciden, caso de Inglaterra, con las de menor letalidad infantil y juvenil. La centuria ilustrada consiguió amortiguar algo los efectos, de tal modo de pensar, pero no logró erradicarlo ni con mucho. Como ha señalado Meyer, "la disociación lectura-escritura fue una característica específica, de la Europa moderna". Aprender a escribir constituyó entre la gente popular un "multisecular proceso de transición marcada por el paso de una civilización fundada primordialmente sobre lo oral a otra especialmente escrita, propia de la Edad Contemporánea". Mayor éxito se obtuvo del esfuerzo por resaltar la importancia de aquellas otras asignaturas que instruían en un oficio, consideradas medio de paliar los efectos de la pobreza, reducirla y prevenir, de paso, los desórdenes sociales emanados de la indigencia en que vivían amplias capas de la población. Sin embargo, los centros que incluían este tipo de enseñanza junto a la religiosa fueron aún menos numerosos que los tradicionales. Tanto el medio físico en que se lleva a cabo la enseñanza -la escuela- como los métodos y materiales empleados eran bastante limitados. Salvo en las instituciones de elite, sólo existía un maestro y un aula, por lo general sucia, fría y mal aireada, amueblada con bancos y unas pocas mesas reservadas a quienes estaban aprendiendo a escribir. Aun esto constituía un lujo en aquellos lugares de hábitat disperso donde graneros, cocinas y corrales cumplían funciones docentes. La instrucción se basaba en el ejercicio de la memoria, siendo los libros más usados el catecismo y los religiosos. Además se utilizaban abecedarios, en tamaño de pliego de cordel con imágenes o frases, y cartillas o gramáticas elementales conteniendo listas de palabras, oraciones y, sólo en ocasiones, normas ortográficas y gramática. El régimen interno revestía una gran severidad e incluía los castigos corporales como medio correctivo y coercitivo. Ante tal panorama no es raro que los ilustrados propusiesen una alternativa. Rousseau la concreta en un aprendizaje basado en la propia acción del niño, realizado de forma escalonada y en contacto con la naturaleza que le rodea, con los problemas cotidianos que ha de afrontar. Esto es lo que intenta llevar a la práctica la experiencia pedagógica de Pestalozzi (1746-1827) en Neuhof. La admiración que suscitaría más tarde no fue compartida por sus contemporáneos que le acusaron de hacer perder el tiempo a los niños normales al desperdiciar sus capacidades de intuición, imaginación y razonamiento. Si en el paisaje de la educación elemental presentado hasta ahora introducimos la variable sexo nos encontraremos con algunas diferencias. Mas, dado que afectan a la mitad de la población, le dedicaremos un apartado específico poco más adelante.
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Durante los cinco cursos que estuvo en esta Academia, Fortuny asistió a las clases de Teoría e historia del arte, Anatomía, Perspectiva, Dibujo de estatua, Dibujo de pliegues, Desnudo del natural, Paisaje, Colorido y composición. Como complemento acudía también al estudio de Claudio Lorenzale, donde podía ver trabajar al maestro y captar el sentido global e integrado del proceso creador, difícil de apreciar en la enseñanza académica, fragmentada en distintas asignaturas. Entre sus profesores, Lorenzale fue el que mayor influencia ejerció en estos primeros años, aunque supo apreciar otros estilos e interesarse por la pintura de paisaje. Su paso por la institución le sirvió para perfeccionar la técnica y aprender cuestiones de oficio, las únicas que podían enseñarse en un momento en que el Arte había dejado de ser una voz unívoca (Enrique Lafuente Ferrari). A partir de entonces, observando la trayectoria del pintor, Fortuny parece atender a los modelos que prevalecen siempre -y que ya en 1841 el neoclásico José de Madrazo (1781-1859) aconsejaba seguir a su hijo Federico- por encima de cualquier tendencia: la naturaleza y su belleza y las cualidades de los grandes pintores. Las primeras pinturas de Fortuny, algunas hechas como trabajo de clase, están dedicadas a temas históricos, religiosos o mitológicos -considerados de mayor trascendencia por su carácter moral y educativo- y en sus características formales reflejan el estilo de su maestro. Destacan por su corrección y por haber participado en exposiciones y concursos San Pablo predicando en el Areópago, Carlos de Anjou en la playa de Nápoles y Ramón Berenguer III elevando la bandera de Barcelona en el castillo de Foix, con la que obtuvo la beca de pensionado en Roma en 1857. Son obras de formas estilizadas, preferentemente ovaladas, encerradas por líneas que ejercen su primacía sobre los colores claros y sin sombras, y de composiciones organizadas siguiendo sencillos principios de simetría. En estos mismos años, 1855-1857, recoge en distintas pinturas otros episodios de la Edad Media catalana; sin embargo -salvo los cuadros de la guerra de África y algún encargo especial- casi van a ser las últimas dentro de un género en el que nunca se sintió a gusto. Resulta aventurado pensar que si nunca se presentó a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, fue -entre otras consideraciones- por la casi obligación que había de hacerlo con una pintura de historia, aunque parece cierto que ese tipo de narrativa no llegó a emocionarle como para crear escenas convincentes que estuviesen exentas de la rigidez y aparatosidad tan usuales en estos temas (Juan Antonio Gaya Nuño). Junto a los modelos conocidos en el medio académico, la formación de Fortuny se amplia y encuentra otros tipos de referencias gracias a la obra del escritor y dibujante Paul Gavarni (1804-1866), cuyas ilustraciones conoce durante este período de estudios. Difundidos en colecciones de estampas y publicadas por la prensa francesa, los grabados de Gavarni ofrecían una crónica tan sutilmente expresiva del vivir cotidiano que fascinará a Fortuny y le llevará a copiar muchos de sus dibujos. Estudiantes, actores, burgueses quedaban retratados en las series del dibujante francés con exquisita sensibilidad, parecida a la que demuestra Fortuny en sus cuadros de género. Ese saber plasmar con la debida frescura y habilidad lo esencial del personaje y su historia, comienza a descubrirlo en estos años gracias a sus trabajos como ilustrador. En 1857 se publicaba en Barcelona "El mendigo hipócrita", novela de Alexandre Dumas, ilustrada por el joven Fortuny, que hizo también algunos dibujos para una edición de "El Quijote". No quedó satisfecho con los resultados, pero a lo largo de su carrera llegará a dominar plenamente diversas técnicas de estampación, especializándose en el aguafuerte. La energía y precisión con la que supo manejar la línea sobre las planchas de cobre, hacen de él "el más singular y original de los grabadores españoles de la segunda mitad del siglo XIX" (Carrete Parrondo y otros); "el mejor entre Goya y Picasso" (Juan Antonio Gaya Nuño). Publicados prácticamente en su totalidad por su marchante, Goupil, con asuntos comunes a los de su pintura, los grabados de Fortuny contribuirán a enriquecer el mundo editorial y de las revistas ilustradas. Esta importante vertiente de su trabajo le lleva también -desde el principio- a observar con mayor atención su entorno y medio natural. Dos obras muestran claramente esos intereses, las tituladas El doctor Casas visitando a un enfermo de cólera -pequeña crónica de un acontecimiento dramático- y Un alto en la caza, fusión de retrato y paisaje, los géneros más difundidos durante el siglo XIX. Todos los temas, religiosos, históricos e incluso los asuntos extraídos de la vida real que estaban ocupando el lugar reservado a la historia, fueron por tanto tratados en esta etapa formativa que se cierra con su pensionado en Roma.
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Lo más peculiar de este naciente arte etrusco es el desorden estético que se aprecia en sus múltiples realizaciones. La tradición villanoviana, pese a su pobreza, permanece asentada en muchas mentalidades y usos; además, la llegada de lo griego afecta mucho a la Etruria costera, pero, a corto plazo, pasa casi inadvertida en las regiones del interior. Lo helénico y lo oriental, por su parte, son manifestaciones muy evolucionadas. Para ser bien comprendidas exigen en los ambientes etruscos más ricos e interesados por ellas, la recepción de elementos culturales más profundos, de tipo mítico en particular. Lo que traen los comerciantes es demasiado sugestivo para oponer un rechazo: es preferible intentar comprenderlo en su totalidad o, si esto no es posible, reinterpretarlo a la luz de las propias ideas y creencias. Valen, por tanto, soluciones muy variadas, según la geografía, el nivel social e incluso actitudes personales. En consecuencia, el arte etrusco nace dividiéndose en varias direcciones. Por una parte, contemplamos cómo pervive el mundo villanoviano, pero no decaído ni repetitivo, sino en plena creación: si antes las urnas se decoraban sólo mediante esgrafiado, relleno con pasta blanca para realzar las decoraciones geométricas, ahora se gana en variedad: con el tiempo llegará a inventarse incluso el sello o impronta en relieve, que permite yuxtaponer motivos idénticos por toda la panza del vaso. Frente a esta producción, nos encontramos las cerámicas a torno, en estilo geométrico final; tan puramente griegas son a veces sus decoraciones pictóricas, que hasta se duda si sus autores se formaron en Grecia o ya en la propia Toscana. Pero, sin duda, lo más brillante y creativo de este arte etrusco inicial lo hallamos en ciertas obras que saben conjuntar la tradición técnica local (impasto, bronce) con las sugerencias del arte helénico. Podrían citarse varias piezas de interés, todas ellas caracterizadas por su ingenuo descubrimiento de la figuración, pero, a título de ejemplo, vamos a referirnos sólo a dos. Es la primera una vasija con pitorro, o askós, sin duda destinada a libaciones fúnebres, que se halla en el museo de Bolonia; el cuerpo ha tomado la curiosa forma de una ave, pero con cuatro patas y cabeza de toro. En cuanto al asa, se ha convertido en un jinete a caballo. Hombre, cabalgadura y ave-toro son trasuntos de la plástica griega del momento -recuérdense los caballitos consagrados como exvotos en Olimpia-, pero el conjunto cobra un sentido particular: nos muestra el emerger de una nueva clase social rica, caracterizada por la posesión de ganado equino y vacuno como signo de poder. Nuestro anónimo artesano, además, ha sabido superponer las figurillas con tal sencillez y fantasía que, para un espectador inadvertido, su obra podría sugerir una tradición folklórica de raíces remotas. El otro objeto que deseamos recordar es también una obra de la región interna de Etruria, donde las novedades griegas llegaban en escaso número, y no tomaban nunca un aire impositivo. Se trata de la urna cineraria de Bisenzio, hallada junto al lago de Bolsena. Signo de una sociedad que se enriquece, el bronce ha sustituido al impasto en la realización de la pieza; mas lo principal es la decoración de la parte superior: en torno a un gran animal encadenado (probablemente un oso que se yergue) danzan una serie de hombres desnudos, y, en otro aro exterior, sobre el hombro de la vasija, se suceden unos guerreros en actitud ofensiva conduciendo un prisionero; junto a ellos camina un campesino con su buey. En este caso, la impronta griega se reduce a la simple idea de concebir una plástica figurativa, pues el tratamiento es simple y popular, podríamos decir que casi carente de estilo. Lo esencial, sin embargo, es que esa turba de personajillos parece querernos describir una escena concreta, y una escena que no tiene precedentes claros fuera de Etruria; probablemente se trate ya de los ritos fúnebres locales, tal como los conoceremos después, con sus danzas, sacrificios de animales, luchas entre hombres y fieras, y acaso primitivos sacrificios humanos; de cualquier forma, el artista etrusco empieza a poner en práctica sus facultades narrativas.
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La ciencia y la cultura fueron hasta el siglo XII patrimonio exclusivo del clero, que había logrado mantener un cierto nivel cultural a través de las escuelas monásticas y episcopales. La nueva situación económica de Europa, con un desarrollo importante en los siglos XI y XII, permite que un grupo relativamente importante de personas abandone las ocupaciones tradicionales para dedicarse al estudio, para ampliar sus conocimientos más allá del mundo religioso-eclesiástico. La primera universidad hispánica o la primera escuela catedralicia capaz de atraer a estudiantes de otros lugares parece haber sido la de Palencia, conocida desde los años finales del siglo XII y reconocida y confirmada en 1212 por Alfonso VIII, que lleva a Palencia maestros de Francia e Italia. Los problemas económicos de Palencia hicieron que su importancia pronto quedara eclipsada por la Escuela-Universidad fundada en Salamanca en 1218 por Alfonso IX de León. Esta primera fundación será refrendada en 1254 por Alfonso X quien, en las Partidas, establece un plan completo de lo que debería ser un estudio general, una universidad o "ayuntamiento de maestros e de escolares" para enseñar y aprender artes, gramática, lógica, retórica, aritmética, geometría, música y astronomía (el Trivium y Quadrivium clásicos), ciencias a las que se añade el Derecho, al disponer que haya "maestros de decretos e señores de leyes". A mediados del siglo XIII se crea la Universidad de Valladolid, a la que seguirá la de Sevilla en 1254, la de Lisboa-Coimbra en 1290 y la de Lérida en 1300.
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La trilogía mediterránea -olivo, vid y cereales- era la base de la agricultura helénica, añadiéndose árboles frutales y legumbres. La cebada era el cereal más cultivado, convirtiéndose en la base de la alimentación. Jenofonte, en su diálogo el "Económico", nos narra las labores agrícolas: generalmente dos, y en ocasiones, tres -en primavera, en verano y en otoño, antes de la siembra del mes de noviembre-. En primavera se plantaban las viñas, empleando los huecos abiertos durante el invierno anterior, de un pie y medio o dos de profundidad. La planta se elevaba sobre estacas u otros árboles, realizándose la vendimia en septiembre u octubre. Las vides y los árboles frutales se plantaban en las laderas soleadas de tierra caliza mientras que el olivo estaba en medio de los campos o a comienzos del verano se hacía la siega, empleándose mulos o caballos para la trilla. El cereal desgranado se aventaba con un cesto plano empleándose la paja como alimento del ganado o para la elaboración de adobes. Para conseguir una mayor rentabilidad se practicaba la rotación bienal: un año de cultivo y otro de barbecho, año empleado para que el ganado pastara en el campo y se enriqueciera con abono natural. El abono era un producto muy utilizado en la agricultura helénica, recogiéndose los excrementos de los animales y repartiéndose en los diversos campos, a los que se sumaban restos orgánicos previamente descompuestos o el estiércol de caballos y animales que transitaban por las ciudades, recogidos previamente por los encargados de la limpieza viaria y vendidos en las puertas de las poleis. Aunque en todas las regiones se conseguían los mismos productos, evidentemente se desarrolló una especialización regional: eran famosos el aceite del Ática, el vino de Tasos o el cereal de la Cirenaica. Una de las principales fuentes de ingresos en el mundo rural procedía de la ganadería. Se criaban ovejas, cabras, vacas, bueyes, cerdos, caballos y asnos, conjugando cada especie en función de los pastos disponibles en cada zona. No debemos olvidar la importancia de la avicultura en algunas regiones o de especies exóticas, como el faisán en la región de Atenas. Tenemos datos relacionados con la práctica de la trashumancia, a pesar de la independencia de las poleis y de la dificultad para la libre circulación, existiendo noticias de acuerdos entre ciudades vecinas para la práctica del pastoreo.
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Se trata de un conjunto de cerámicas procedentes de yacimientos ubicados en el valle del Ebro y en el reborde oriental de la Meseta, en un ámbito donde las poblaciones de raigambre céltica han experimentado a lo largo de los siglos el paulatino aporte de los elementos ibéricos de la costa. Esto se manifiesta también en la cerámica, y trae como consecuencia una producción híbrida del mayor interés. Ejemplo paradigmático de este estilo cerámico son los vasos de Azaila, en Teruel, que por una parte muestran aspectos formales y decorativos derivados del mundo ibérico y por otra elementos propios, cuando no directamente derivados del mundo itálico. Entre los primeros, la forma del cálato ibérico, que arraigó profundamente entre los celtíberos, y la decoración tradicional de circunferencias, semicircunferencias, bandas, líneas, bandas de líneas onduladas, etc., propias de los iberos; pero junto a ellos se desarrollan formas nuevas, como los vasos cilíndricos con tapadera o los quemaperfumes en forma de trompeta, que parecen unas formas importadas directamente de Italia y casi desconocidas entre los iberos; y también decoraciones en las que abundan las hojas de hiedra, los roleos y las hojas vegetales estilizadas; hay un marcado predominio de la línea curva, sinuosa, sobre las formas rectas meridionales. Una decoración muy característica, sobre todo en los vasos cilíndricos, es la de uno o varios motivos alargados, por regla general vegetales estilizados, a cuyo alrededor, y en ocasiones de forma simétrica, se disponen roleos, motivos vegetales y geométricos y, en algunos casos, también humanos. Uno de los ejemplos más característicos es el de un vaso del Cabezo de La Guardia, en Alcorisa (Teruel), en el que, en torno a un árbol de la vida central, se arremolinan guerreros o cazadores a caballo, un hombre manejando un arado tirado por dos bueyes, tres jabalíes perseguidos por cuatro perros, y dos parejas de hombres danzando alrededor de una gran ánfora; todo ello ante un fondo repleto de aves y pájaros diversos, y representado con un gran esquematismo, sin atisbo alguno de profundidad ni de perspectiva. Algunos recursos decorativos recuerdan las soluciones de los vasos de Liria: los cuerpos ahuecados, en este caso sobre todo los de las aves, que presentan líneas onduladas como motivos de relleno, aunque en otros vasos pueden ser sustituidos por rosetas y espirales. Otro friso decorativo de un vaso del Castelillo de Aloza, también en Teruel, presenta restos de un combate entre dos guerreros armados de lanza y escudo, sobre un toro que parece atado por los cuernos a un objeto semidesaparecido, y tras ellos, separado por lo que parece ser una escalerilla de cuerda, un grupo de guerreros y motivos vegetales indeterminados. Recipientes con este tipo de decoraciones son los que predominan en los distintos yacimientos del valle del Ebro. Hay, sin embargo, un conjunto cerámico del mayor interés, que hemos de exponer a continuación. Nos referimos al grupo cerámico de Numancia, caracterizado, como ocurría con el de Azaila, también en parte por formas propias, como las jarras de cuerpo alargado con un asa, y sobre todo por su decoración polícroma de animales, guerreros, escenas de combates, etc., todo ello realizado con figuras sumamente esquemáticas y expresionistas; característicos son los caballos fantásticos y los guerreros que se enfrentan en combate singular en un cuenco del museo de Soria, la cabeza de toro vista de frente de otro vaso, o un jarro alargado de los más característicos en el que se representa una figura esquemática provista al parecer de armadura, con un cuello largo y estrecho, que recuerda en sus rasgos al de un caballo, cuya cabeza ha desaparecido. Se trata de un grupo cerámico peculiar, vistoso y de un considerable interés; su cronología es dudosa, puesto que ha de estar en relación con la de la propia ciudad, aunque si tenemos en cuenta que lo que se conserva no es, como se había supuesto, la ciudad destruida por Escipión, sino una reconstruida con posterioridad, parece evidente que esta cerámica debe ser también posterior a la destrucción de la ciudad, lo que la convertiría en contemporánea de la de Azaila y se integraría, como un grupo aparte y diferenciado, en el conjunto de cerámicas figuradas del último siglo a. C. en el área oriental de la Península Ibérica.