Los miembros del brazo o estamento militar pueden agruparse en dos categorías, la alta y la baja nobleza. A la alta nobleza pertenecían los condes, vizcondes y barones o ricos hombres, también llamados magnates. Constituían una minoría rica y poderosa, que controlaba buena parte de las tierras y hombres de la Corona, y vivía de las rentas de sus señoríos. Magnates aragoneses y catalanes, desde la instancia militar y política, participaron activamente en las empresas de expansión territorial y marítima de la Corona, y obtuvieron por ello cargos y honores que incrementaron sus patrimonios e ingresos. Aunque colaboraron con la monarquía, discreparon a veces sobre la línea política a seguir y rivalizaron por el reparto de las riquezas obtenidas con la expansión. Un sector de la nobleza superior procedía de la época carolingia y condal (los Pallars, Cardona, Montcada y Rocabertí, en Cataluña), pero otros habían llegado a la alta aristocracia durante los mismos siglos XIII y XIV. Era el caso de los segundones y bastardos de la familia real, origen de las casas aragonesas de Castro, Híjar, Xérica y Ayerbe, y de las nuevas dinastías condales de Ribagorza, Ampurias y Urgel, los duques de Gandía, los marqueses de Villena y los condes de Prades. Los monarcas de esta época otorgaron también títulos condales y vizcondales en favor de sus colaboradores más inmediatos, muchos de ellos miembros de la pequeña nobleza (Illa, Canet, Fenollet, Fortiá, Perellós, Entenza, Carrós) que así entraron en las filas de los barones. La pequeña nobleza, formada por caballeros, donceles, generosos y hombres de paratge, era muy numerosa. En sus estratos superiores tendía a confundirse con los niveles inferiores de la alta nobleza; los sectores intermedios se asemejaban al patriciado urbano, y las capas inferiores casi se entremezclaban con las elites campesinas. Los miembros genuinamente militares de esta pequeña nobleza entraron en una etapa de declive y conflictividad interna cuando la primera mitad del siglo XIV cesaron las guerras de conquista y empezó la crisis de la renta feudal. El relevo vino de la mano de ciudadanos ricos, poseedores de fincas rústicas y acreedores de la monarquía, que obtuvieron títulos de nobleza, como los Requesens, Margarit, Santcliment, March, Gualbes, Desbosch, etc. La nobleza, en general, vivía de la renta feudal, es decir, de las cargas sobre las tierras y los hombres de sus señoríos, que a mediados del siglo XIV, en Cataluña, englobaban cerca del 35 o 38 por ciento de los hogares. Las diferencias económicas entre la alta y la pequeña nobleza, en general, eran muy grandes, como también lo eran los modos de vida y las funciones. Los barones eran cosmopolitas, dispendiosos y ostentosos, en contraste con la relativa austeridad y localismo de caballeros y otros miembros de la pequeña nobleza, aunque de las filas de éstos surgieron algunos de los grandes nombres de la literatura catalana, como Ausias March y Joanot Martorell. Los magnates, como los Cabrera y los Cardona, ocuparon altos cargos de la administración y la política, y dieron hijos para la dirección de la Iglesia, mientras que los caballeros ocuparon los cargos intermedios de la administración y de la Iglesia, integraron las milicias de las órdenes militares y entraron en la red de fidelidades y servicios de los grandes, a cambio de feudos.
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Disponemos de escasos documentos epigráficos de época republicana, fuente básica para el conocimiento de la historia social, y los pocos que nos han llegado proceden mayoritariamente de las décadas anteriores al Imperio. Los relatos de los autores antiguos sobre la conquista y el apoyo de los textos de las monedas y de algunas referencias arqueológicas completan nuestra parca información sobre una sociedad que podemos suponer sometida a profundos cambios. Partimos siempre de que hablamos de la sociedad de un territorio que no incluía aún a los pueblos del Norte (galaicos, astures y cántabros) que no pasarán a depender de Roma hasta época de Augusto (años 29 al 19 a.C.). Y, si, para el siglo I d.C., los cálculos demográficos más autorizados como los de Beloch cifran la población de Hispania entre 6-7.000.000 de personas, el volumen de población pudo ser inferior en época republicana por las frecuentes pérdidas de vidas humanas como consecuencia de los constantes enfrentamientos armados. Desde los inicios de la II Guerra Púnica, la población de la Península Ibérica podía estar diferenciada con un estatuto jurídico distinto: los de ciudadano romano, latino, peregrino, liberto o esclavo/dependiente. El estatuto de peregrino incluía modalidades tan diversas como la de los libres, los federados y los sometidos y todos ellos podían gozar de rangos sociales distintos según los modelos organizativos de sus comunidades respectivas. Las diferencias entre ciudadanos romanos y ciudadanos latinos eran pocas y se reducían a que los romanos estaban inscritos en una tribu, tenían plenos derechos políticos que podían ejercer en las asambleas o bien siguiendo una carrera política y eran quienes constituían los cuadros de las legiones. Pero los latinos y romanos se equiparaban en el derecho de poder contraer matrimonios legítimos (ius conubii), de realizar operaciones comerciales reconocidas y protegidas (ius commercii), así como en el de ser propietarios de bienes muebles e inmuebles en el ámbito de los dominios romanos. Entre los demás que tenían la consideración de libres, estaban formalmente fuera de los dominios romanos los que poseían la ciudadanía a través de una comunidad vinculada a Roma con un pacto de amicitia o con un pacto de foedus; los componentes de las poblaciones sometidas que integraban las ciudades estipendiarias tenían igualmente la consideración de libres ya que su dependencia política se realizó también siguiendo otra modalidad de pacto, el de deditio o entrega. Todos estos libres o peregrinos (amigos, federados o sometidos) carecían de todos los privilegios políticos y jurídicos de los latinos y romanos. Ahora bien, la oposición principal residía entre los libres y los esclavos, los instrumentos al servicio de los libres. Aunque los esclavos manumitidos o libertos pertenecían a alguna de las categorías jurídicas de los libres (ciudadanos, latinos o peregrinos), soportaban la marca de su antiguo estatuto en virtud de las obligaciones de sometimiento y favores debidos a su antiguo dueño; su incorporación plena a la libertad se conseguía en la segunda o tercera generación. Nos interesa ahora conocer cómo se configuraba la sociedad de la Hispania republicana en relación con esos diversos estatutos personales.
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Los más confesos reformistas estaban convencidos de que uno de los obstáculos principales para conseguir el crecimiento económico que debía proporcionar felicidad a los súbditos, procedía de la mentalidad conformista y de las actitudes poco renovadoras de la mayoría de la sociedad hispana. Eran los estorbos sociales que tantas veces denunciara el lúcido Jovellanos. La estructura social dificultaba más que facilitaba el fomento económico del país. Desde luego, es evidente que para las autoridades del absolutismo ilustrado el objetivo no era subvertir el orden estamental y corporativo vigente desde hacía siglos, sino limar las aristas e inconvenientes que en el mismo había creado el paso del tiempo. Lo que debía evitarse era la existencia de una desigualdad social extrema que impidiera el crecimiento económico y pudiera suponer, en determinadas condiciones, un peligro para el mantenimiento del orden social establecido. De lo que se trataba era de aminorar las diferencias sociales y de provocar una fecunda colaboración entre los distintos grupos sociales bajo la eficaz batuta política de una nobleza renovada, la dirección moral de un clero regenerado, la existencia de una laboriosa mesocracia (rural y urbana) capaz de tamizar los enfrentamientos de clase y, finalmente, una incuestionada fidelidad a los designios de la Corona. La mejora del tejido social era, pues, el perfeccionamiento de los hábitos de cada una de las partes que lo componían. Las autoridades reformistas, procedentes en su mayoría de los estratos medios de la nobleza, apostaron por una sociedad en la que una minoría de notables ilustrados gobernase a una mayoría de acomodados ciudadanos medios. Un Gobierno que serviría para conseguir la felicidad de todos en nombre del bien común y para mayor gloria de la Monarquía. Con este alto ideal, una tríada de objetivos concretos estuvo siempre presente en los planes gubernamentales de política social: clases privilegiadas minoritarias pero bien preparadas para ser socialmente dirigentes, clases medias abundantes y laboriosas para aumentar la renta nacional y, finalmente, guerra declarada contra la marginalidad social. En definitiva, la mayoría de los reformistas aspiraron a crear una sociedad estamental progresiva que pudiera reunir en su seno los viejos ropajes jurídicos del estamentalismo con las objetivas realidades económicas de clase que iban avanzando inexorablemente a medida que el siglo consumía su cronología. No estamos refiriéndonos, desde luego, a una sociedad de clases capitalista sino a una sociedad de clases feudal, es decir, en la cual el reparto desigual del excedente globalmente producido tenía bases políticas y jurídicas particulares y diferentes a las que se instaurarían más tarde en el capitalismo. El Setecientos fue precisamente el tiempo histórico en que empezó a sustanciarse la transición de una forma a otra. Una época en que las teorías funcionales de los tres órdenes, elaboradas en plena Edad Media para enmascarar las realidades de clase, fueron quedando cada vez más en evidencia como meras producciones ideológicas fabricadas con la pretensión de justificar y disimular las diferencias sociales.
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Mucho se ha discutido el calificativo adecuado para la sociedad colonial hispanoamericana y ciertamente hay razones para ello, aparte de muchos prejuicios. La fundamental es la convivencia de distintos tipos de sociedades. Un viajero de mediados del siglo XVII que pasara de Caracas a Puerto Cabello podía contemplar, por ejemplo, tres sociedades tan distintas como la estamental, la feudal y la esclavista, encontrando serias dificultades para caracterizar la región por una de ellas. La primera predominaba en las ciudades, la feudal -con una institución medieval remozada que era la encomienda- en las regiones rurales indígenas, y la esclavista en las plantaciones cacaoteras de Aragua. Fenómeno parecido podía apreciarse en Quito, en el Nuevo Reino de Granada, etc. La sociedad estamental, quizá la más característica de las tres, surgió de forma natural. La Corona diseñó una sociedad bipolar para las Indias, formada por los españoles, que controlaban la tenencia de los bienes, y la indígena, que trabajaba para la primera. Este carácter laboral estableció la primera frontera entre los dos estamentos. Los indios tenían la obligación de trabajar (y pagar el tributo); los españoles podían vivir como señores (los señores no trabajaban). El modelo quebró pronto por falta de rendimiento laboral y se remendó incorporando a las colonias mano de obra esclava, procedente de África. La nueva sociedad se compuso, así, de tres estamentos coloreados con funciones laborales diferenciadas: los blancos o señores, que mandaban y administraban, los indios, que debían ofrecer una parte de su trabajo (el tributo), y los negros, que tenían que entregar todo el fruto de su esfuerzo laboral. Los primeros lo tenían todo, los segundos algo y los terceros nada. El problema se complicó durante la segunda mitad del siglo XVI, cuando empezaron a aparecer grupos interétnicos, fruto del mestizaje, con los que nadie había contado. Mestizos, mulatos y castas representaron nuevos estamentos coloreados sin función laboral predefinida (la encontrarían como mano de obra asalariada), que supusieron un peligro para el orden social vigente. Se les contuvo legislando prohibiciones para que no accedieran a los privilegios del estamento blanco, y hasta se les prohibió convivir con los indios, formando por ello estratos sociales independientes. Esta imagen social se congeló desde principios del siglo XVII y se perpetuó, ya estáticamente, en Hispanoamérica durante los años posteriores. La sociedad urbana, la estamental, quedó jerarquizada con arreglo a la cantidad de melanina con la que había nacido cada individuo, que le marcaba un papel laboral y el acceso a los bienes. La dinámica social era mínima. Por contraposición, la sociedad colonial resultó la más exótica y rica de su tiempo, con representantes de los tres troncos raciales humanos y la aparición de los cruzamientos entre ellos. No en vano Vasconcelos dijo que América fue el lugar donde se formó la raza telúrica de la humanidad.
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Tradicionalmente la sociedad del Antiguo Régimen europeo ha venido definiéndose como una sociedad estamental, de carácter jerárquico, heredera de la antigua sociedad de órdenes medieval. Los rasgos esenciales de este tipo de clasificación obedecen a los siguientes criterios: - Posición determinada por la sangre, que discrimina desde el nacimiento a nobles y no nobles. - Desigualdad ante la ley. Diferencias jurídicamente reforzadas y cristalizadas en torno a la noción de privilegio. - Articulación orgánica del cuerpo social en tres estamentos: nobleza, clero y estado llano o tercer estado (correspondientes a los antiguos bellatores, oratores y laboratores). - Estanqueidad de los estamentos suavizada por fenómenos de ósmosis, convencionalmente admitidos como medio de aliviar las tensiones provocadas por los impulsos ascensionales de promoción, en el marco de un dinamismo social superador de la rigidez propia del Medievo. La sociedad estamental aparece así como una construcción sustancial, alejada de la sociedad de castas, en las que los grupos se segregan como espacios absolutamente cerrados y en la que late una repulsión profunda por el otro, incluso en el plano biológico. Se aleja también de la sociedad de clases, de raigambre liberal, en la que prima el principio de igualdad jurídica y de oportunidades, y las diferencias se establecen en función de la riqueza. Del entrecruzamiento de dos pares de opuestos básicos: noble/plebeyo y religioso/laico, resultaría, pues, la clásica visión tripartita de la sociedad estamental, caracterizada por la existencia de dos estamentos minoritarios, la nobleza y el clero, jurídicamente privilegiados respecto a un tercer estamento definido por exclusión, es decir, por su carácter no privilegiado: el estado llano. Según la teoría, cada uno de ellos desempeñaría una función complementaria de las funciones del resto. Los nobles velarían por la seguridad del cuerpo social. El clero se encargaría de la dirección espiritual. El pueblo, receptor de ambos bienes, sostendría con su trabajo al conjunto. Los privilegios se legitimarían como medio de recompensar la delicada función de los primeros, o sea, su indiscutible utilidad social. Todo ello, en el plano teórico. Se pueden formular, no obstante, algunas objeciones a este modelo de jerarquización social. En primer lugar, hay que tener presente que esta visión orgánica encubre una proyección ideal, que busca justificar ideológicamente las prerrogativas de unos grupos dominantes interesados en la autoperpetuación de su papel dirigente y de los beneficios derivados del mismo (P. Vilar, R. Stavenhagen). En segundo lugar, las diferencias de fortuna introducían en los Estados un amplio espectro de desigualdades, que determinaban la existencia de un gran número de grupos heterogéneos. Se podrá distinguir así, dentro de los grupos superiores, entre una alta, una media y una baja nobleza, así como entre un alto, un medio y un bajo clero. En el estado llano las diferencias serían incluso más numerosas, dependiendo de niveles de fortuna, status socio-profesionales y otros diversos criterios. En tercer lugar, el concepto de privilegio no estaba restringido a nobleza y clero. Los cuerpos y grupos privilegiados eran muchos y variados. Los gremios urbanos, por ejemplo, gozaban de privilegios corporativos respecto a la producción y comercialización de sus productos. Los consulados de mercaderes eran, asimismo, cuerpos privilegiados. Los privilegios provinciales y locales impugnaban todo principio de horizontalidad jurídica dentro del conjunto de los súbditos de un mismo monarca. Los ejemplos en este sentido podrían multiplicarse, y quizá no fuera exagerado afirmar que la noción de privilegio impregnaba a la sociedad globalmente y no de forma particular a los grupos que en teoría jugaban un papel dirigente. Los privilegios jurídicos (vinculados o no a una función estamental) aparecen de esta forma como un elemento más de juicio para discernir las jerarquías sociales, pero no como el único, y habría que preguntarse hasta qué punto es el más importante. Es cierto que, independientemente de su fortuna, un noble o un eclesiástico, por míseros que fueran, disfrutaban íntegramente de las preeminencias de sus respectivos estamentos. Y que un burgués enriquecido por los negocios, por mucho dinero que hubiera podido amasar, se hallaba a priori privado de las mismas. Pero no menos cierto es que la fortuna deparaba posibilidades abundantes de medrar socialmente y de flexibilizar las rigideces teóricas de las fronteras estamentales que distanciaban al plebeyo del noble. Así lo reconocía fray Benito de Peñalosa en 1629, al escribir en su obra "De las cinco excelencias del español" lo siguiente: "No se puede negar sino que las riquezas, por la mayor parte, dan causa de ennoblecer a los que las tienen por lo mucho que el dinero puede (...) porque de ordinario vemos que hombres plebeyos, siendo ricos y poderosos (...), no sólo ganan opinión de nobles, mas de ilustres y dignos de grandes dignidades". Como sentenciara el clásico: "Poderoso caballero es don dinero".
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Se ha hablado de una estructura piramidal de la sociedad inca, cuya cúspide estaba representada por el Sapa Inca, el soberano, y la Coya, su esposa legítima, y cuya base englobaba la masa campesina mientras los estratos superiores encuadraban a las elites o nobleza de diferentes categorías. Que existió una jerarquización y que el acceso de unas capas a otras era prácticamente imposible, es algo de lo que no cabe duda y que percibieron inmediatamente los informadores españoles fuera cual fuere su preparación intelectual, desde el soldado al bachiller o al licenciado en leyes. Que la sociedad cuzqueña estaba organizada según unos patrones cuyo modelo se siguió en todo el Imperio, también es evidente. Aunque sin duda la existencia de una forma general de agrupación social, el ayllu, simplificó la adopción de ese modelo y la generalización de las instituciones que se basaron en él. El ayllu fue la célula fundamental en la organización de las sociedades preincaicas en toda el área andina. Es una comunidad formada por el conjunto de los descendientes de un antepasado común, real o supuesto, pero cuya verdadera coherencia se sustentaba en la posesión y el trabajo en común de un territorio, la Marha, y en el culto a espíritus o divinidades protectoras del grupo y sus tierras. Este tipo de comunidad agraria es la que se ha mantenido en las zonas rurales andinas, allí donde el sistema de colectivismo agrario ha continuado siendo el modelo tradicional de producción. Lo que prueba que el vínculo de la posesión y el trabajo en común de la tierra tuvo más fuerza que el representado por la consanguinidad. Los ayllus imperiales, las panaca, que no tuvieron este carácter de territorialidad, porque nunca cultivaron sus tierras, arrastraron su existencia apenas hasta los últimos años del siglo XVI, y aun así, nunca con la fuerza cohesiva que tuvieron las comunidades campesinas. La sociedad del Cuzco, sin prescindir de la importancia de esta célula básica, se organizó en función de la existencia de dos grupos humanos diferentes: el de los incas conquistadores y el de los habitantes primitivos de la ciudad: los conquistados. Aunque el grupo conquistador mantuvo una endogamia estricta con la finalidad de mantener un carácter diferenciador con respecto a los conquistados, sus jefes, los collana, empezaron a tomar entre los conquistados, los cayao, mujeres como esposas secundarias o concubinas. De esta forma surge un nuevo grupo: el de los Payan. Los términos Collana, Payan y Cayao son solamente indicativos de una categoría social, no étnica. En el Cuzco el grupo Collana estaba integrado por los descendientes de los jefes conquistadores por línea patrilineal y matrilineal. Los Cayao, por los ayllus primitivos de la ciudad y los descendientes de uniones endogámicas entre ellos. Los Payan son descendientes de los conquistadores y de mujeres cayao o bien producto de uniones endógamas dentro del propio grupo una vez que éste se constituye como tal grupo social, diferente al Collana y al Cayao. Para mantener esa relación endógama de todos los grupos, que no excluía las uniones exógamas, los ayllus estaban divididos en mitades y además establecidos en zonas diferenciadas dentro del mismo asentamiento: la Hanan o de arriba, y la Hurin o de abajo. La ciudad del Cuzco estaba dividida en esas dos mitades, y a su vez cada una de ellas en dos secciones o barrios cuya proyección fuera de los límites de la capital dio lugar a los cuatro cuartos, suyus, o regiones del Imperio, a que nos referimos más arriba. El Hanan Cuzco engloba los cuartos o barrios originarios del Chinchaysuyu y del Antisuyu. El Hurin Cuzco, los de Cuntisuyu y Collasuyu. Por su parte, todas las ciudades y pueblos del Imperio estaba divididos en dos zonas la Hanansaya y la Hurinsaya. En ellas los grupos sociales del Cuzco se reflejaban en los ayllus collana compuestos por los representantes de la autoridad central, los funcionarios de alta jerarquía pertenecientes al grupo inca. Los payan estaban integrados por la familia de los curaca o señores étnicos, y los cayao, por la masa del pueblo. Pero sobre esta estructura casi empírica, la organización social implicaba una mayor complejidad y una jerarquía de grupos y clases o estamentos sociales. La figura del Sapa Inca se situaba por encima de todos ellos como ser supremo, diferente a todos por su categoría de hijo del Sol. La nobleza estaba integrada por los que los españoles llamaban "orejones", debido a la deformación de sus orejas por el uso, exclusivo para ellos, de grandes adornos circulares incrustados en sus lóbulos, tenía diferentes grados. A pesar de ser numerosa como consecuencia del régimen de poliginia, que fue un factor diferenciador en ella con respecto al pueblo, y una necesidad impuesta por la exigencia de la alta burocracia que sólo se podía nutrir de ella, no llegó nunca a dejar de ser una minoría frente a la población plebeya, de la que dependía para su subsistencia. La marcada jerarquización social se dejaba sentir también en esa aristocracia. La descendencia de un Inca, tanto masculina como femenina, con exclusión del heredero, formaba su ayllu, la panaca real, encargada de conservar la momia o mallqui del soberano en su propio palacio, y de mantener vivo el recuerdo de los hechos de su reinado. Por esta razón cada uno de los Sapa Inca tenía que construirse su propio palacio y proveerse de su ajuar, que pasaría después a ser patrimonio de su panaca. La primera generación de las panacas, es decir los parientes directos del Emperador, sus hermanos, o los hermanos de su padre, vinculados a él por lazos estrictamente endogámicos, constituían la nobleza de categoría superior, encuadrados dentro del grupo Collana. Las siguientes generaciones, también emparentadas entre sí, aunque hubiera en ellas descendientes del grupo no collana, sino payan, constituían un estamento de la nobleza de sangre, aunque de segunda categoría. Junto a estas clases, pero ajenas a la nobleza imperial o de sangre, existían grupos privilegiados formados por los ayllus cayao establecidos en el Cuzco y sus zonas cercanas: los valles del Urubamba y del Apurimac. La nobleza local o provinciana constituida por los señores étnicos de territorios integrados en el Imperio y colaboradores voluntarios de la administración cuzqueña, gozaban también de la consideración y de los privilegios propios de las elites metropolitanas. Un grupo privilegiado era el de las mujeres escogidas o aclla. Estas, cuya organización y modo de vida tanto llamaron la atención de los conquistadores, fueron uno de los soportes de las clases privilegiadas. Seleccionadas o escogidas desde la pubertad, entre las hijas del pueblo, y junto a las de la propia aristocracia, eran educadas y preparadas para cumplir importantes misiones. Durante cuatro años recibían una educación esmerada que abarcaba desde el perfeccionamiento del idioma y las artes domésticas hasta la iniciación en los secretos de la religión y el culto. Una parte de ellas eran destinadas a servir de esposas o concubinas para las elites; otras, en pequeño número, eran designadas como víctimas en sacrificios religiosos, y el resto, las mamacunas, las verdaderas "vírgenes del Sol" dedicaban su vida al cuidado de los templos y del culto estatal, recluidas perpetuamente en los Acllahuasi anejos a esos templos, obligadas a guardar perpetua castidad y sujetas a una rígida disciplina. Existía, además de los ya mencionados, un grupo social que se nutría de la masa del pueblo, y que se rigió por normas muy especiales. Los mitimaes o trasladados constituían un estamento utilizado por los Incas con fines económicos y militares. Al parecer los que tuvieron un carácter militar eran realmente grupos privilegiados que llegaron a alcanzar una situación de excepción en la sociedad de los territorios más alejados del Cuzco, sobre todo en los últimos tiempos del Incario. El traslado de ayllus completos o de poblaciones en masa obedecía como decíamos a motivos políticos o económicos. Cuando un territorio era incorporado al Tahuantinsuyu, era de vital importancia su integración, acelerada y sin riesgos, en el marco general del Estado. Para facilitar ese proceso, nada mejor que trasladar un grupo, ya perfectamente incaizado que, además de imponer las técnicas y difundir el modo de producción tradicional cuzqueño, garantizaba la seguridad del territorio, controlando a la población autóctona y evitando los posibles complots que en ella pudieran gestarse contra la soberanía de los incas. Estos grupos de confianza eran los verdaderos mitimaes de privilegio. La gran masa del pueblo, los hatunruna, que el historiador francés Louis Baudin denominó "una cáfila de hombres felices", era el gran motor del Estado. Sobre ella recaía la responsabilidad de trabajar para el mantenimiento de esas elites improductivas, aunque no inoperantes, y de todo el aparato burocrático estatal. Agrupada en ayllus y conservando su propia idiosincrasia, estaba no obstante sujeta al más estricto control llevado a cabo mediante cuidadosos censos, elaborados periódicamente sobre la base no de todos los individuos, sino de los cabezas de familia, los purej, verdaderos responsables del tributo. La familia campesina era monógama y a sus componentes no les estaba permitido trasladar su residencia, ni aun cambiar la forma o los colores de su atuendo, por los que podía identificarse claramente su origen. No tenían derecho a ningún tipo de educación, salvo la que recibieran en el seno de su propia familia, dirigida exclusivamente al aprendizaje de las técnicas de trabajo o al de las tradiciones del grupo. Dentro de esta masa del pueblo, aunque fuera de su organización, y compuesto por individuos desvinculados de sus ayllus, se incrustaba un estamento o grupo, el de los yana, siervos o criados perpetuos, cuya existencia ha motivado el que algunos autores consideren a la sociedad inca como esclavista. Quedaban, al ser separados de su grupo familiar, liberados de las obligaciones del trabajo comunitario, pero su función era la de desempeñar vitaliciamente todo tipo de servicios para el señor a quien fueran adscritos: cuidados de rebaños y haciendas, cultivo de tierras patrimoniales del Inca o de las panacas, trabajos de índole estrictamente doméstica... A cambio, gozaban de una cierta independencia y beneficios inherentes a la relación directa con un señor, que podía compensar su dedicación y fidelidad incluso con la posesión personal de algunas tierras y con la entrega de concubinas.
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Desde el punto de vista de la estructura social, la variedad regional americana es de tal calibre que casi habría que advertir que sólo por inercia seguimos hablando de la sociedad indiana como un todo y no de las diferentes sociedades indianas, sustentadas en las diversas situaciones demográficas y económicas del continente. Sin embargo, a modo de síntesis, sí es posible señalar algunos patrones generales de la organización social indiana, que en esencia son los que marcan dos grupos muy diferentes o dos subsociedades interrelacionadas: el mundo español y el mundo indígena. Junto a ellos crece el mundo mestizo, de diferentes colores. Continente de color llamó Humboldt a la América española en 1804. Continente de color, y seguramente sea esa la mejor manera de indicar el rasgo más llamativo de la sociedad indiana y el que más la diferencia de la sociedad española: su carácter multirracial. Los diversos grupos étnicos y la infinidad de mezclas interétnicas se reflejan en los censos que se hacen a fines del siglo XVIII y que clasifican a la población según cuatro categorías: blancos, indios, libres de varios colores y esclavos de varios colores. Los grupos se clasifican principalmente por la pigmentación de la piel, el color (los siete colores de Arciniegas) pesa en la jerarquización social. La sociedad indiana puede, por lo tanto, definirse como racista. La máxima expresión de la vigencia de los criterios raciales será la llamada sociedad de castas, que se configura desde fines del siglo XVII cuando el color como preocupación o prejuicio social aparece ya como prioritario, desplazando al criterio de ilegitimidad que había prevalecido en los siglos anteriores. Desde fines del XVI se utiliza el término castas para calificar, despectivamente, primero sólo a mulatos, zambos y gentes con sangre negra, pero pronto el término englobará a todo el que no sea considerado español o indio. La legislación sobre los mestizos y castas (por ejemplo, son excluidos de los cargos municipales, del sacerdocio y de los niveles superiores de los gremios) es fiel reflejo de una realidad social discriminatoria, que, a su vez, es un medio de que se valen los estratos superiores para limitar las aspiraciones socio-económicas de los sectores populares. En contraste con lo anterior, pero confirmándolo en cierta medida, se configura también, ya desde el siglo XVI, una sociedad dual, que se basa en la estricta delimitación de dos grandes comunidades étnicas y culturales denominadas oficialmente la república de los españoles y la república de los indios, con legislación propia y diferenciada. Y lo más interesante es que el mundo español integraba también a muchos no españoles: a extranjeros europeos, a africanos, a mestizos y a indígenas hispanizados, es decir, incluía a los que hablaban bien castellano y vestían y se comportaban al estilo europeo (Lockhart). La inicial estructura dual se mantiene y se acentúa en los siglos siguientes, y se hará más o menos equivalente a sociedad urbana o hispanizada y sociedad rural o indianizada. Pero ambos mundos conviven o se yuxtaponen, no sin tensiones y conflictos desde luego. Otro rasgo generalmente aceptado para definir a la sociedad indiana es su carácter estamental, en cuanto que España habría transplantado a América su propia organización social a base de grupos de condición legal diferenciada (nobleza, clero y pueblo llano). Sin embargo, dado que la nobleza, el primer estamento, el que desempeña el papel de cabeza de ese cuerpo social, no pasa a Indias, Muñoz Pérez se preguntaba ¿cómo es posible que se trasvase una sociedad acéfala? La clave quizá esté en considerar trasvase o traslado lo que en realidad fue una nueva sociedad, formada según las pautas de la existente en España, pero necesariamente adaptada a la realidad americana. Sociedad estamental fue, en efecto, y nobleza tuvo, pero no una nobleza castellana sino, exactamente, indiana; es más, frente a indios y negros todos los españoles se sentían, de alguna forma, miembros de la nobleza (su calidad noble es expresión que figura con asombrosa frecuencia en las hojas de servicio de los miembros de los Batallones de Blancos de las milicias ciudadanas organizadas en el siglo XVIII). Céspedes subraya el paralelismo de esta actitud con el sentimiento de superioridad que tiene en Castilla el cristiano viejo, incluso pobre, frente a judíos, moriscos o gentes sin acreditada limpieza de sangre, aunque tuvieran riqueza.
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Los orígenes de la organización de la sociedad y de la estructura de poder en el área maya pueden encontrarse en el llamado clan cónico. Es un extenso grupo de descendencia común delimitado y segmentado a lo largo de líneas genealógicas. Se trazan distinciones entre los miembros del grupo según la distancia genealógica que los separa del antepasado común: el hijo primogénito de entre los primogénitos es el que ocupa el puesto más elevado. Todos los grupos de descendientes se dividirán en una rama decana o línea principal y otras jóvenes o líneas secundarias. El cacicato como unidad política se levanta sobre el clan como unidad cerrada de descendencia. Pequeños sectores de linaje comprenden o dominan los establecimientos locales y suministran, de su rama decana, los jefes locales. Los principales linajes locales de un distrito están emparentados como "hermanos", es decir, como descendientes de hermanos, y así integran un linaje de orden superior dominante en el distrito. El jefe principal es el descendiente directo del fundador del clan, y este último es exaltado a la condición de divinidad suprema del grupo político. En los diferentes pueblos primitivos actuales en los que se ha descubierto el clan cónico, y que han proporcionado los datos para su definición a antropólogos como Marshall Sahlins, la descendencia se establece ideológicamente por línea paterna, cada clan posee un territorio o distrito sobre el que ejerce autoridad suprema el jefe de clan y las subdivisiones van asociadas a las ramas del clan y a su frente figuran jefes de linaje. La teocracia maya se apoya en el monopolio de las actividades religiosas por el linaje principal, con el jefe como sacerdote y gobernante supremo y con el fundador del grupo de parentesco como dios y fuente legitimadora de toda autoridad. En resumen, la sociedad clásica se agrupa en unidades corporadas de parentesco compuestas de familias nucleares que reconocen a un antepasado común. La iniciativa para una estratificación social parte del grado de relación con la línea directa de descendencia de ese antepasado, y se traduce en la desigual distribución de las tierras cultivables y en el acceso diferencial a los bienes conseguidos por medio del intercambio. Si los linajes tenían asignadas funciones específicas entre los mayas, y si el ejercicio de tales funciones confería prestigio, poder y riqueza, fácilmente pudo llegar a configurarse un sistema de castas. La epigrafía nos sugiere que las dinastías gobernantes en los distritos provenían del linaje superior, que se aseguraba así el control efectivo de la tierra y de la organización económica y política en su conjunto. Se daría entonces una endogamia de linaje con matrimonios monógamos, y excepciones en ambas reglas para personas de alta jerarquía cuyos fines matrimoniales se orientaran a alianzas entre diferentes centros ceremoniales. Los datos arqueológicos parecen sustentar para el comienzo del Clásico un predominio de la línea de descendencia masculina, como se aprecia en las tumbas más lujosas y en la iconografía de Tikal. Sin embargo, en otras zonas de las tierras bajas, especialmente en los valles del Pasión y Usumacinta, y para épocas más recientes, son bastante frecuentes las representaciones de mujeres con igualdad de tratamiento respecto a los hombres. Los relieves de Palenque o Yaxchilán sostienen estas ideas, lo mismo que las inscripciones de estos sitios y de Naranjo o Tikal. Un tema muy debatido es el del carácter pacífico de la civilización maya. Las investigaciones de las últimas décadas han demostrado la relativa abundancia de enfrentamientos bélicos entre las ciudades y los distritos. El tablero de los esclavos de Palenque y la famosa estela 12 de Piedras Negras son ejemplos de estas luchas, y en ellos se ven prisioneros atados en situación de inferioridad con relación a los personajes principales. Pero posiblemente la síntesis más acabada de la belicosidad maya se encuentre en los murales de Bonampak, en Chiapas, donde se ha figurado una cruenta batalla y los cautivos martirizados que fueron su consecuencia. Por último, empiezan a descubrirse en algunos sitios obras de fortificación y defensa, de las cuales la más significativa es la muralla de Tikal. Estos hechos obligan a una reconsideración de la importancia social de los grupos de guerreros como estamentos especializados y del papel que pudieron jugar como impulsores de transformaciones en la vieja estructura política. Es posible que la preponderancia de las clases militares en el Posclásico, cuyas raíces se creía que estaban en las influencias e invasiones mexicanas, se haya gestado en los últimos tiempos del Clásico con la secularización del sistema cultural y la ruptura del orden jerárquico tradicional. El jefe político y religioso habitaría, junto con la mayor parte de los miembros de su linaje, en los centros ceremoniales capitales de distrito. En los centros más pequeños podían residir los linajes secundarios cuyos jefes ejercían el poder sobre las comunidades rurales en nombre del jefe de clan. Se establece, por tanto, una red de funcionarios que llevan a los puntos más lejanos las normas dictadas en los sitios principales. Los linajes campesinos acudían periódicamente a las ciudades o centros ceremoniales, bien para cumplir con el tributo y los servicios inherentes, construcciones y toda clase de trabajos públicos, o bien para asistir a las festividades que jalonaban el ciclo agrícola y el año sagrado de 260 días. En tales fiestas, la minoría dirigente, a través del ritual, marcaba el comportamiento ideológico de la sociedad, proponía labores y entregaba recompensas. Todo ello facilitaba la integración y la cohesión de unas gentes que se veían forzadas a vivir dispersas en la impenetrable jungla tropical.
contexto
En 1957 el profesor de Teoría Económica de la Universidad de Harvard, J. K. Galbraith publicaba su célebre obra La sociedad opulenta. En ella, y pese a la prosperidad reinante en un mundo que creía -al parecer profundamente y sin visos de duda- en el progreso indefinido, ya auguraba entonces, y de forma sorpresiva en medio del clima general de "progreso indefinido", un porvenir en exceso negro y desastroso para los muy pobres.Excluidos de cualquier sistema político como consecuencia de su absentismo electoral, iban a experimentar sucesiva y progresivamente la insolidaridad de las nuevas capas sociales que se estaban beneficiando del próspero sistema industrial; y, ya se tratara de trabajadores manuales bien pagados, ya de burócratas de cuello blanco o de los profesionales de la clase media que se habían, casi sorpresivamente, convertido en los nuevos ricos, todos valoraban y defendían el esfuerzo propio por encima de cualquiera consideración sobre la justicia o la aproximación social entre los hombres. Parecía volver la vieja idea de que los pobres se habían sumido en la miseria gracias a un destino desconocido o a consecuencia de su personal incuria.Esta concepción tan pesimista del futuro, que chocaba con el clima de progreso y con las perspectivas de un Estado de Bienestar, resultó en exceso benigna. Porque diez años más tarde, en 1967, además se constata lo que diez años antes apenas podía avizorarse: la degradación del medio ambiente como efecto de un desarrollo industrial incontrolado; la inflación como mal endémico en la sociedad de la abundancia; la caída en recesiones igualmente graves cuando se creía solución el vuelco y compromiso con simples medidas monetaristas."No comprendí -insistirá más tarde el economista en sus Memorias- lo enormes que llegarían a ser los costes públicos de la congestionada vida en las grandes metrópolis, costes agravados por la inmigración de gentes socialmente no preparadas de las zonas rurales pobres. No me di cuenta de que un equilibrio social mínimamente tolerable para la ciudad de Nueva York exigiría un gasto público muy superior a lo imaginable en aquel entonces".En los años setenta, y en medio de un crecimiento a todas luces evidente, las diferencias se acrecientan. En muchos países europeos en los que se seguían poniendo el énfasis en el crecimiento económico y en la reconversión de las empresas comienza a crecer el desempleo, que a la vez acaba convirtiéndose en un virus resistente a cualquier decisión de choque. Pero estas decisiones, verdaderos antibióticos sociopolíticos, aun cuando en los países más adelantados supusieron la creación de millones de puestos de trabajo nuevos, se han visto contrarrestadas por el aumento antes ni siquiera imaginando del número de personas que se hallan por debajo del umbral oficial de la pobreza: más del 20 por 100 de la humanidad vive una marginación rayana en la más elemental supervivencia; el 70 por 100 que le sigue no ve el futuro con esperanza, en tanto sus sectores más bajos temen seguir o desembocar en una pobreza crasa, y sólo un 10 por 100 goza, como señala R. Dahrendorf, de oportunidades vitales cada vez mayores."Una sociedad -concluirá el mismo Galbraith- tiene que realizar una tarea más elevada que la de analizar sus objetivos, reflexionar sobre cuanto afecta para alcanzar la felicidad y la armonía y los triunfos que consigue en la lucha contra el dolor, las tensiones, la desgracia y la omnipresente maldición de la ignorancia. También debe, en cuando sea posible, garantizar su propia supervivencia".Aunque no conviene abusar, ni tampoco creer en demasía, en series estadísticas bajo las que se suelen disimular verdades evidentes al servicio de intereses u objetivos no siempre claros, los datos plantean en este caso una verdad evidente: en los años setenta, cuando se manifiesta y casi perpetúa la crisis económica, en los países más adelantados del mundo occidental, y peculiarmente en los de la OCDE (Organización de Cooperación y Desarrollo Económico), en el llamado Club de los ricos, el número de empleados en el sector agrícola estaba por debajo del 10 por 100 sin por ello haber disminuido, más bien al contrario, las productividades de casi todas las facetas del sector. La población de empleados en la industria comenzó también a descender con cierta rapidez, al par que aumentaba, ya en los primeros ochenta, por encima del 50 por 100 el número de empleos en el sector terciario, en las conocidas habitualmente como áreas de la distribución y de los servicios.Hay, pues, razones para justificar esta realidad y este proceso, el de sociedad postindustrial; y el hecho de que D. Bell, precisamente en 1973, publicara su clásica obra con este mismo título vino a ratificar lo que desde los años sesenta ofrecía ya los visos de futuro que todavía hoy se mantienen en progreso: las áreas de ocupación dominantes a partir del siglo XX ceden su protagonismo y continúan siendo reemplazadas hasta el presente por otras, las de los servicios, que han dado el consiguiente lugar a una clase social mayoritaria, la que se emplea en este sector terciario de la economía: un sector en auge, progresivamente ampliable y también crecientemente abierto a los nuevos retos y expectativas que la más reciente sociedad de la información ha querido y creído impulsar en beneficio de un crecimiento económico nuevo.La sociedad postindustrial es, primordialmente, una sociedad de servicios; y, a la par que la estructura social coetánea se ha hecho depender del también nuevo orden tecno-económico, la nueva sociedad ha invertido los viejos principios calvinistas del ahorro, el trabajo duro y de la esperanza de gratificación para un mundo futuro y trascendente.La sociedad, y con ella la vida, está ahora dominada por la cultura del disfrute inmediato. Domina, o parece así al menos, la atención a la distribución sobre el impulso a la producción; se impone la venta por encima de la fabricación, y la cultura, como escribiría Bell, se ha hecho primordialmente hedonista, preocupada por el juego, la pompa y el placer.En los años ochenta la tendencia continúa, crece y se generaliza, porque el ahorro, que la economía clásica consideraba y creía locomotora del crecimiento, ha sido reemplazado por el crédito. Frente a la vieja virtud del ahorro ha triunfado de forma general y casi monopolísticamente el aumento obligado de la deuda, la generalización de la hipoteca y la capitalización del futuro.La capacidad para endeudarse ha desbancado y sustituido con una prisa hasta ahora desconocida a la vieja virtud del ahorro; y en precipitada marcha hacia el año 2000 ni los individuos, ni las empresas, ni todas las economías de cualquier tipo y volumen podrán mantenerse sin el galopante aumento de los créditos.No viven mejor los que más ahorran, sino los que mejor acceden al préstamo en cualquiera de sus formas, porque, según juicio del propio Bell, se ha impuesto el giro hedonístico de la ética protestante. La gente -entiéndase su referencia a las sociedades occidentales- provoca y experimenta a partir de los años setenta una revolución silenciosa (R. Inglehart), un cambio de valores y de estilos desde lo material a lo postmaterial: los valores de los occidentales han ido cambiando desde un exagerado énfasis en el bienestar material y en la seguridad física hacia un énfasis mayor en la calidad de la vida.R. Dahrendorf comenta la encuesta realizada por R. Inglehart en 1973 en los Estados Unidos de América y en nueve países de la Unión Europea; y concluye este proceso de cambio desde un materialismo que valora, en primer lugar, el crecimiento y la estabilidad económicos, la lucha contra la inflación y las preferencias por la ley y el orden, a un postmaterialismo en el que priman el amor por la belleza, la libre expresión, la mayor participación sociopolítica y una sociedad menos impersonal: después de un período prolongado de crecimiento económico casi ininterrumpido, el eje principal de la política comenzó a cambiar desde las cuestiones económicas a las cuestiones relacionadas con el modo de vida, lo que trajo consigo una modificación en el electorado más interesado en conseguir el cambio.¿Se trata de una tendencia positiva, de una tendencia nueva? ¿O acaso se plantea una forma de respuesta, una opción por valores volubles, sujetos a influencias poco estables y a vientos de soplo pluridireccional?.Hasta los primeros setenta, y desde 1945, se acrecienta y desarrolla la cooperación entre las naciones occidentales, al abrigo de la coyuntura económica alcista y del global enfrentamiento a la órbita soviética y se logra en líneas generales un sistema internacional relativamente estable. La Comunidad Europea -comenta Dahrendorf - es la historia de un éxito: el primer ejemplo duradero de ejercicio conjunto de soberano por seis países, nueve después, posteriormente diez y finalmente quince.Para 1970 también, superadas las fases de constitución y ampliación, se proyectaba ya el tercer proyecto: la creación de la unión económica y monetaria en el espacio de una década.¿Que ocurrió mientras tanto? La suma, y a veces la potenciación, de la crisis petrolífera, la suspensión de la convertibilidad del dólar en oro, la flotación de la moneda y, sobre todo, la inflación existente en los países de la OCDE han provocado un auge sin freno de las relaciones de poder por encima o frente a la defensa del derecho como el sumo determinante de las relaciones internacionales.Cada cual tiende a defenderse a sí mismo. Las alianzas, incluidas la de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y la de la Comunidad Europea, están debilitadas. Los países en vías de desarrollo se hunden profundamente en sus propias ciénagas. Varios de ellos se han convertido en exportadores netos de capital hacia los países ricos. La paz mundial depende por entero de las dos superpotencias y de sus líderes."La estanflación -continúa apuntando en la misma línea Dahrendorf- fue la plaga de los años setenta, pero los ochenta experimentaron el fenómeno más desconcertante del desempleo, a pesar de que el crecimiento económico se extendiera a muchos países avanzados".Entonces, cuando todavía creían algunos hombres, más por rutina que por convicción, en ciertas permanencias de la teoría marxista, los sociólogos habían logrado demostrar suficientemente su plena superación como teoría científica. La relajación paulatina del frente clasista a consecuencia de los cambios estructurales tanto de la organización empresarial como del conflicto entre clases a lo largo de los años sesenta ha permitido el predominio de grupos de intereses y de cuasigrupos con poder y dominación en las empresas industriales, en los Estados e incluso en las iglesias.Funcionan todos ellos como asociaciones de dominación; y los conflictos que en los mismos se desarrollan y se manifiestan vienen a reflejar las estructuras autoritarias que en todos ellos se constituyen y amplían. Porque, como concluyera Bendix, allí donde se fundan empresas, habrá siempre algunos que manden y muchos que obedezcan.Todas las empresas, todos los tipos de empresas, en toda época y lugar constituyen asociaciones de dominación; y hasta la orquesta mejor constituida y trabada necesita de un director capaz de articular unos sonidos de manera que surja la melodía de la manera más perfecta y mejor interpretada. Precisamente porque los intereses son comunes, los músicos son compañeros y no enemigos, se impone una dirección. Porque, de no ser comunes los intereses, no cabría el conflicto ni nada por lo que luchar.Hay, además, que tener en cuenta que los intereses de los grupos dominantes tienden a convertirse en valores vigentes dentro de la comunidad estructural, ya se trate de empresarios, de dirigentes políticos o de jerarquías eclesiásticas. Y aun cuando los viejos capitalistas sean sustituidos por los nuevos dirigentes, o managers, no por ello quedan suprimidas las bases y razones del conflicto. No son las personas sino los puestos de dirección los que actúan al frente de las empresas como grupos de dominación; y sus estructuras continúan generando y manteniendo grupos e intereses latentes en pugna.Dominan, pues, los intereses de grupos sobre los viejos conflictos de clase. Y, aunque queden en muchos lugares restos de los viejos enfrentamientos a consecuencia de la lucha por la redistribución que la llamada clase mayoritaria continúa planteando, en las modernas sociedades abiertas la movilidad individual ha sustituido a la lucha de clases, y los movimientos sociales han dejado igualmente obsoletos a los partidos de clases.En los primeros setenta, en fin, a partir del ya señalado derrumbamiento del orden mundial, el Club de Roma lanzaba el primer S. O. S. en el que se mezclaban el incremento de la población y el auge de la injusticia, la crisis energética y el desempleo, la ruptura monetaria, el proteccionismo, analfabetismo, corrupción y terrorismo mundiales, en un prediagnóstico que venía a resumir la sorpresa por un crecimiento negativo en los países más ricos y habituados a índices situados permanentemente en alza. Si las tendencias de crecimiento actual de la población mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de bienes y la disminución de los recursos continúa como hasta ahora, en los próximos siglos habremos alcanzado los límites al crecimiento en este planeta.El debate comenzó a renovarse y lo que solía discutirse con más fuerza, una vez resuelto el primer susto generado de forma inmediata por la subida del precio del petróleo, era esta doble cuestión: ¿Seguía siendo viable el crecimiento económico? ¿Seguía, además, siendo deseable? Y las respuestas fueron tantas y tan diversas que no lograron levantar del todo el pesimismo, a la par que generaban intentos nuevos de búsqueda de una responsabilidad civil ante las dificultades que traía el ya insostenible Estado de Bienestar.Se comenzó entonces a insistir en la búsqueda de alternativas a un bienestar exclusivamente medido en renta real o en producto interior bruto; y se tendió a la preocupación y proyección por el crecimiento equilibrado, o por el crecimiento cualitativo. Los ciudadanos y los Gobiernos tenían que elegir. Tenían que ser capaces de costearse el lujo, tal como era, caprichoso y de corta vida. Otros trataron de revivir el espíritu del crecimiento económico en su más cruda forma cuantitativa. Trataron de hacerse ricos rápidamente. La teoría y la práctica de la política económica respondieron pasándose al lado de la oferta, estimulando a los empresarios, incentivando a los empleados y librando subvenciones para la tecnología.