Entre el 12 y el 14 de abril de 1931 tuvo lugar una de las cesuras más caracterizadas de la historia contemporánea de España: la caída de la Monarquía borbónica, que encarnaba Alfonso XIII, y la simultánea proclamación de la Segunda República. Nacida en medio de una inmensa alegría popular, la República fue depositaria de los anhelos de regeneración y de las esperanzas democratizadoras de buena parte de los españoles de la época. Los gobernantes republicanos, dotados de un amplio respaldo democrático tras las primeras elecciones parlamentarias, parecían en condiciones de poner en marcha o acelerar muchos de los procesos de modernización política y socioeconómica por los que venían clamando desde hacía décadas las mentes más lúcidas del país: una reforma del sistema representativo, que terminara con las lacras del caciquismo y consolidara un sistema de partidos de masas; un nuevo modelo de Administración civil y militar, que dotara al Estado de mayor eficacia y que, al tiempo, lo descentralizara, abriendo paso a procesos de regionalización y autogobierno; un nuevo marco de relaciones laborales, que mejorara las condiciones angustiosas de gran parte de la población asalariada; una reforma agraria, que satisficiera las demandas de tierra del campesinado y facilitara la racionalización de la agricultura; procesos de secularización, que pusieran fin al tradicional contubernio entre la Iglesia católica y el Estado monárquico... Nacida en medio de un consenso casi general, la República se frustró en breve plazo, dando paso a la guerra civil que asoló las tierras de España desde el verano de 1936. Transcurrido ya muchas décadas desde su final, el período republicano es hoy uno de los mejor conocidos de nuestra contemporaneidad, campo para la continua publicación de todo tipo de estudios, y referente obligado para la comprensión del presente y de los procesos históricos que se desarrollaron en la segunda mitad de la centuria pasada. La síntesis que aquí se inicia pretende, a partir de lo mucho publicado y debatido por los historiadores, algunas claves de interpretación de aquella esperanza frustrada que fue la Segunda República.
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La jornada del 10 de agosto de 1792 señala una división clara en todo el proceso de la Revolución francesa, en la que coinciden todos los historiadores, sean de la tendencia que sean. Aquellos acontecimientos significaron el fracaso definitivo de la burguesía moderada liberal y el turno de la más modesta burguesía democrática. Esta burguesía, que a partir de este momento tomará el relevo en la conducción de la Revolución, no sentirá la necesidad de aliarse con los nobles liberales con los que habían compartido el poder en la primera fase. No por eso, sin embargo, dejaba de compartir con ellos el respeto a la propiedad y aunque aceptaban el concurso del pueblo para combatir a la contrarrevolución, no estaban dispuestos a dejarse desbordar por él ni a perder el control de los resortes del poder. Es la hora también de la desaparición de unos hombres que hasta entonces habían sido primeros protagonistas y de la irrupción en escena de unos nuevos personajes que llegarán a alcanzar notoriedad en los años sucesivos. Para Furet y Richet, eran hombres que se lo debían todo a las circunstancias y a los que una situación excepcional iba a otorgarles unas responsabilidades para las que no estaban preparados ni por su formación ni por su carrera. Los tres hombres clave de la nueva situación eran Maximilien Robespierre, Jean Paul Marat y Georges Jacques Danton. Cada uno de ellos estaba destinado a jugar un papel diverso, pero siempre destacado, en la etapa revolucionaria que se abrió el 10 de agosto de 1792.
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La propia terminología de Revolución Industrial es discutida por muchos autores que entienden que la idea de revolución debería estar unida a "cambios súbitos, incompatibles con el lento y gradual proceso de evolución económica", tal como señaló hace ya sesenta años H. Heaton y, más recientemente, T. S. Ashton. En todo caso, si tomamos como referencia cronológica los apenas tres mil años de historia documentada, la alteración se produjo en un tiempo relativamente breve y de forma brusca. El sistema económico se transformó con la introducción del vapor y la nueva maquinaria. Eso es lo que percibían algunos analistas contemporáneos y lo que recogieron historiadores, como Mantoux, para fijar el término. Autores posteriores, como el propio Ashton, han insistido en otros aspectos necesarios, además del progreso técnico: los cambios en los sectores agrícolas y comerciales, las innovaciones en los transportes, las nuevas formas de organización económica, social y política, la generalización de la educación, las modificaciones en comportamientos humanos relativos a la higiene, la sanidad, la movilidad geográfica o la natalidad, que implica una demografía distinta... Todo ello formaba también parte de la Revolución Industrial, si se quería utilizar el término. La polémica sobre una Segunda Revolución Industrial, a partir de los años setenta del siglo XIX, se inscribe dentro de los planteamientos anteriores. En realidad, es una continuidad del proceso iniciado en Inglaterra a mediados del siglo XVIII que ahora se extiende a muchos más países. Además del crecimiento sostenido en los que ya habían alcanzado un estadio económico, el periodo 1870-1900 se caracteriza por la incorporación al desarrollo de una buena parte de la población que se integra en la sociedad de masas. Pero no es sólo eso, se trataba también de cambios cualitativos. Como gráficamente expuso G. Barraclough en un brillante análisis de la historia contemporánea, editado en los años sesenta, si una persona de un país desarrollado actual "se trasladase al mundo de 1900 lo encontraría familiar, mientras que si lo hiciera a 1870, aunque fuese a Inglaterra... probablemente le impresionaría más la diferencia que el parecido". Al capitalismo en sentido más estricto le sustituye desde la década de 1870 un capitalismo de concentración. Por decirlo de una manera simplificada, el anterior era concurrencial e individualista. El que va a surgir ahora no tendrá como ideal la libertad de mercado, sino la rentabilidad. Su orientación más característica (en la que comienzan a intervenir los Estados) es la búsqueda de mercados exteriores de otros países desarrollados o, más frecuentemente en esta época, de nuevos territorios por "colonizar". La depresión económica, cuando aparece, plantea la necesidad de un proteccionismo creciente y la búsqueda de nuevos mercados y nuevas zonas de inversión de capital y de obtención de materias primas a bajo coste. Se desarrolla así el nuevo colonialismo, esencialmente económico. La autofinanciación industrial deja paso a las grandes inversiones, que sólo pueden realizar poderosas entidades bancarias. Se constituyen imperios financieros, que influirán en la política y a su vez serán manejados por los políticos. Se intentará salvar la competencia mediante convenios industriales, "cárteles" y "trusts", en lucha por el oligopolio o, en ocasiones, por el monopolio. Los avances tecnológicos para aprovechar mejor el capital serán otro rasgo de esta etapa. Por otra parte, como el resto del siglo XIX, el período que abarca desde 1870 a la Gran Guerra se caracteriza por una estabilidad monetaria. Tanto en 1820 como en 1913 "una perra chica es una perra chica" en Francia, la libra esterlina vale 25,22 francos y el franco suizo vale un franco francés. La libra de pan valía en Londres seis o siete peniques a principios del siglo XIX y cinco o seis peniques en los primeros años del XX. Aun atravesado por revoluciones, guerras y conquistas, el período se distingue del siglo XX, en estos aspectos, por una cierta calma y regularidad (sobre todo cuando se considera el conjunto del siglo XIX). Un apartado interesante que tiene cabida en este capítulo es el caso de Rusia. Durante la segunda mitad del siglo XIX, en lo esencial, se mantuvo el sistema político de los zares hasta 1905. Sin embargo, hubo unas transformaciones notorias en los aspectos sociales y económicos. Para Roger Portal, uno de los máximos especialistas, se trata de estudiar cómo, con qué ritmo y con qué dificultades un país, colosal como Rusia, al margen del sistema liberal, pasa de una estructura dominada por la nobleza terrateniente (que tiene bajo sí a la inmensa mayoría de siervos) a un pueblo agrícola y obrero encuadrado en una creciente industria.
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Otro hallazgo igualmente trascendental para comprender el papel desarrollado por la mujer en la cultura moche es el de la tumba de la "Dama o Señora de Cao", dada a conocer por el equipo de arqueólogos en 2005, en el complejo arqueológico de El Brujo (La Libertad, Perú). Se trata del enterramiento de una mujer de élite, cuyos restos bien conservador permiten estudiar a fondo algunos aspectos que cambian la interpretación hecha hasta ahora del rol femenino en el norte del Perú. Los restos de la Dama de Cao, muy bien conservados gracias a sofisticadas técnicas de momificación nos presentan a una mujer joven, entre 25 y 30 años, cuya piel presenta muestras de tatuaje. El ajuar funerario, compuesto por artículos de lujo pero también por objetos de mando permiten identificar a una gobernante que, si cabe, enfatiza su poder por estar enterrada en el interior de un templo. Junto al cuerpo de la mujer se depositaron collares de oro, plata, lapislázuli y turquesas; narigueras de oro y plata, diademas de oro y cobre; diversas placas de metal sueltas, objetos de cerámica, etc. Pero lo que hace verdaderamente interesante este descubrimiento, en cuando a profundizar en el conocimiento de las estructuras de poder y la presencia femenina en las mismas son los objetos aparecidos que representan símbolos de diferentes funciones. Y así, junto a agujas de coser y otros enseres para las labores de tejido, se enterraron con el cuerpo de la Dama báculos o cetros de madera recubiertos de cobre. Por tanto, la Dama de Cao reúne atributos que hasta ahora se consideraban como exclusivamente masculinos en las sociedades preincas, junto con objetos que representan las tareas típicamente femeninas. Gráfico Indudablemente los restos aparecidos en el enterramiento vinculan a esta mujer con importante poder administrativo, político religioso. Esto es corroborado por los cuerpos de otras personas enterrados junto a esta mujer de elite, algunos de los cuales presentan pruebas de haber sido sacrificados, como es el caso de los cuerpos de dos mujeres adolescentes que fueron ahorcadas. Curiosa es la presencia de narigueras de oro, hasta ahora vinculadas únicamente a enterramientos masculinos.
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Así es el estilo artístico que anima la sensualidad popular de Bengala, entonces gobernada por la dinastía Pala. En su lenta decadencia, el budismo ha logrado sobrevivir en algunas zonas limítrofes de India, como es el caso bengalí, gracias al sincretismo con cultos locales muy arraigados en la tradición popular. Este tardío budismo mahayánico se soporta en Bengala gracias a una abundante imaginería, ya no sólo de Budas y de bodisatvas sino también de ¡diosas! y de múltiples divinidades apócrifas, pertenecientes a la tradición popular.Lejos de la abstracción y la contención del clasicismo gupta, el estilo bengalí se recrea en formas voluptuosas y trata las superficies de piedra con un detallismo y unos efectos táctiles propios de un material más dúctil, como si se tratara de piezas de orfebrería; así se plasma el famoso Torso de Sanchi, una de las obras maestras del arte bengalí.Para la mejor comprensión de esta gran estatuaria en piedra hay que tener presente la producción masiva de bronces que los talleres de Bengala fundieron para la exportación al Sudeste Asiático. La expansión budista por Indochina e Indonesia partió principalmente de los puertos del Golfo de Bengala, mientras que la hinduista lo hizo desde los puertos meridionales de la costa Coromandel. De ahí la gran influencia del estilo bengalí en todo el arte indianizado de ultramar.Y lo que se aplica a la escultura es también perfectamente extensible a la arquitectura. El templo de Paharpur en Bengala fue el modelo principal de los templos-montañas camboyanos y javaneses. El templo de Paharpur se caracteriza por su planteamiento ecléctico entre el budismo y el hinduismo: la planta, cruciforme, está formada por una sola cela con cuatro pórticos adelantados, y una alta (30 m) cubierta escalonada troncopiramidal, que obedecen más a la concepción del templo hindú como morada del dios, que al templo de peregrinación o chaitya budista. Sin embargo, este templo se ubica en un enorme recinto rectangular (150 x 100 m) compuesto por una sucesión infinita de celdas de monjes a la manera de un gran monasterio budista. La mezcla de budismo e hinduismo en la definición de su estilo artístico refleja naturalmente el eclecticismo religioso del mundo bengalí, pues en este templo budista adornado con 3.000 paneles esculpidos en terracota y 63 esculturas en piedra predominan paradójicamente las divinidades hindúes.No lejos de este inmenso complejo se encuentra otro templo rectangular construido en ladrillo y dedicado a la diosa budista Tara y cuya estructura, similar a la anterior, es un modelo muy repetido en Birmania, Java y Camboya. Este templo de Tara, si damos crédito a una de sus inscripciones, fue fundado por un monje budista llamado Vipulashrimitra.
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La aristocracia rural y buena parte de la burocracia lograban sus ingresos de sus propiedades agrícolas, trabajadas por hombres que puede considerarse como siervos arrendatarios. Estos siervos estaban vinculados a la tierra que arrendaban, aunque el Estado intentara suavizar, en la medida de los posible, su condición servil. De esta manera, se decretó que los trabajadores podrían abandonar las tierras después de la cosecha anual o siempre que la tierra cambiara de propietario. Un pasaje de una carta del intelectual Hu Hong, fechada a mediados del siglo XIII, nos facilita una sensacional descripción de la servidumbre: "Una cadena de obediencia se prolonga desde el terrateniente al arrendatario. De este modo funciona una heredad. No puede prescindirse de este sistema ni un solo día. Siendo así ¿cómo permitir a los arrendatarios que hagan su voluntad? ¡Si la hicieran, los propietarios se verían incapacitados para controlarlos! Los arrendatarios dependen de sus amos de por vida, de modo que deben rendirle servicios y someterse a su disciplina. Los funcionarios han de infligir un castigo ejemplar a los arrendatarios, y prohibirles actuar según su parecer, en el caso de que el amo emita una queja por cualquiera de estas faltas: 1) cuando sus arrendatarios se comportan aviesamente, y rehúsan reconocer la distinción entre superior e inferior; 2) si se dedican al comercio en lugar de trabajar con empeño en la sericultura y la agricultura; 3) cuando se entregan a la bebida y al juego sin moderación, y son incapaces de someterse a la disciplina; 4) si, siendo solteros, tratan de seducir a las esposas de otros hombres; 5) si, teniendo muchos varones adultos en su familia, y comida y ropa más que suficientes, han sido capaces de comprar un tercio de hectárea o media hectárea de tierra y casa, han establecido una mansión por su cuenta sujeta a impuestos y desean abandonar a su amo". Las condiciones reales de la servidumbre variaban de un lugar a otro, si bien en la mayoría de los casos eran muy precarias para los arrendatarios.
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La economía rusa se basaba casi por completo y durante muchos siglos en la agricultura, la ganadería y la riqueza forestal. Hasta el siglo XVI la mayoría del campesinado había sido libre, si bien gozaba de escasa consideración social. La servidumbre quedó constituida formalmente como una institución legal en 1597. A lo largo del siglo XVIII crecieron las obligaciones de los campesinos hacia sus dueños, los señores. Por otra parte, en las aldeas la administración pasó a manos de una institución de tipo comunal: el "mir". En el siglo XIX, salvo un pequeño número de campesinos libres, los campesinos siervos constituyen la mayoría de la población rural. Hay tres tipos fundamentales de campesinos: "Siervos domésticos", cuya situación depende de la actitud de los señores. Algunos medraron, incluso se enriquecieron. "Siervos sometidos a la corvea"; ésta es la categoría de siervos en peores condiciones. "Campesinos que pagan una renta" ("obrok"). Muchos de ellos son siervos de derecho, aunque no lo son de hecho. El "obrok" se fija por cabeza o por cantidad de tierra. Según N. Turgueniev, como son frecuentes los cambios de lote de tierras, el campesino que la trabaja no hace nada por mejorarlas y acercarse a un cultivo intensivo. A veces, con el permiso del señor y del "mir", dejan a la familia, la casa y las tierras, con la obligación de pagar el "obrok" y se van a una ciudad a ejercer un oficio; con frecuencia es ésta una situación de privilegio que deriva en un enriquecimiento. Éstos disfrutan en su vida cotidiana de una libertad relativa, aunque su situación jurídica sea vejatoria. Algunos de estos siervos enriquecidos poseen fábricas o talleres en los barrios mercantiles de San Petersburgo o Moscú. Más que en la precaria situación económica, el drama de la servidumbre radica en la indignidad de su estado, en su ignorancia total, en su hundimiento espiritual y físico. Casi ninguno sabe leer y los señores se empeñan en impedir la salida de esta situación. Boris Youssupov, quien poseía 250.000 hectáreas y 17.000 siervos, hace cerrar una escuela y escribe a su intendente en la zona: "Sé por experiencia que saber leer o escribir no es de ninguna utilidad para los campesinos. Querría que mis súbditos transmitieran a sus hijos únicamente las reglas de la buena moral". Como indica Geroid T. Robinson, entre los derechos de los señores no está la vida o la muerte, pero pueden administrar castigos corporales (Código de 1833) y otros: envío a prisión hasta cuatro meses (Ley de 1845), exilio en Siberia con la familia; también podían romper la familia, ya que el señor tenía el derecho de retener a los hijos mayores de cinco años y las hijas mayores de diez; igualmente si lo deseaban (hasta principios de siglo, después se prohibió) tenían el derecho de hipotecar o vender sus siervos, anunciándoles en la Gaceta de Moscú. Pero había derechos más terribles: enviar al servicio militar, que duraba veinticinco años. Asimismo, es también Robinson quien nos describe otros derechos como la redistribución periódica de tierras o la intervención en los asuntos de la aldea (en las competencias del "mir" como consecuencia del sistema de corveas); enviarlos a centros de enseñanza fue prohibido en 1827 y de nuevo en 1843, salvo que el siervo adquiriese la libertad.
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Situada entre los ríos Segre y Valira, la Seu d'Urgell es una ciudad activa, con más de 12.000 habitantes, capital de una amplia comarca pirenaica. La tradición cuenta que la villa fue fundada en el año 1699 a.C. por Hércules. Los primeros restos arqueológicos se remontan al Bronce Final, hallados en un poblado instalado en el camino que atravesaba los Pirineos por el valle del Segre. Posiblemente existiría un sistema de villas en el llano y alguna instalación militar en la zona de Castellciutat, modelo dual que se consolidará con el tiempo hasta el establecimiento del obispado de Urgell. El primer obispo documentado es sant Just, en el segundo Concilio de Toledo del año 527. Desconocemos que ocurrió en la zona durante la dominación musulmana de la Península, si bien está documentada la destrucción de la villa en el año 793, tras una expedición a la Cerdanya dirigida por Abd al-Malik. Siete años después, toda la región se pondrá bajo la protección de Carlomagno. Se trata de años difíciles por la herejía adopcionista que propugnaba el obispo Félix y combatida con fuerza por los teólogos carolingios. Será en el siglo IX cuando se consagre la catedral de Santa María, al tiempo que se reduce el perímetro urbano. En el siglo XI, con el obispo Sant Ermengol, comenzará un periodo de espectacular crecimiento urbano, encabezado por la construcción de una nueva catedral. Otra nueva seo se levantará entre los años 1115 y 1190 según los planos de Ramón Llambard. El crecimiento de la ciudad continuará en las centurias siguientes, construyéndose las murallas y expandiéndose la villa a los nuevos barrios. Será en estas fechas cuando se defina el poder municipal gracias al pacto entre el obispo, señor de la ciudad, y algunos prohombres. A lo largo del siglo XVI, La Seu vivirá momentos difíciles debido a la presión de los hugonotes y el bandolerismo. Alarmado por la presencia del protestantismo en la zona, Felipe II autorizó la construcción de un seminario y la instalación del colegio de los Jesuitas. En los últimos años del siglo XVII las invasiones francesas van a ser una constante en la vida de la ciudad, lo que provocará la refortificación del antiguo castillo de Castellciutat, fortificaciones que se continuarán durante la Guerra de Sucesión. Sin embargo, estas defensas no evitarán ataques franceses en 1719 y 1793, siendo ocupada la villa durante la Guerra de la Independencia. En el Trienio Liberal, en 1822, los absolutistas proclamarán la Regencia de Urgell en la Seu. Las tropas del general Espoz y Mina pondrá fin a esta situación. A partir de 1823 el obispo dejará de ser el señor de la ciudad, lo que provocará una comprometida situación, ya que buena parte de la población se alistará en el bando carlista, participando intensamente en las guerras que sacuden España durante el siglo XIX. Los inicios del siglo XX vendrán marcados por la construcción de la carretera que consigue atravesar el paso de Tres Ponts, lo que supondrá la llegada de nuevos aires de modernidad. Incluso se produce un importante cambio en la economía de la zona, al sustituir viñas y campos de cultivo por prados de hierba, en los que pasta una amplia cabaña de vacas lecheras. Esta cambio conlleva la creación de la Cooperativa Lechera Cadí. La postguerra supondrá un duro golpe a la economía de la región, que vuelve a recuperarse en la década de los 60, en buena parte gracias al impulso comercial de Andorra. En los 80 se produjo la canalización del Segre, si bien vino propiciada por las dramáticas riadas de noviembre de 1982. En los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, La Seu d'Urgell fue subsede olímpica en la especialidad de aguas bravas.
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<p>1.Hispalis: la Sevilla romana. </p><p>2.Ishbaliya: la Sevilla musulmana. </p><p>La toma de Sevilla. 3.</p><p>La Sevilla del Descubrimiento. </p><p>La cultura sevilla del siglo XVI. </p><p>4.La Sevilla del siglo XVII. </p><p>Murillo, Valdés Leal y su escuela. </p><p>Primera trayectoria de Murillo. </p><p>Comienzos de Valdés Leal. </p><p>El cambio al pleno barroco: Herrera el Mozo y la Academia. </p><p>La plenitud barroca de Murillo. </p><p>La desigual madurez barroca de Valdés Leal. </p><p>La producción de Juan Martínez Montañés. </p><p>Los retablos en la obra de Montañés. </p><p>Alonso Cano en Sevilla. </p><p>El imaginero Juan de Mesa. </p><p>El taller de Ribas. </p><p>5.La Sevilla de Olavide. </p><p>6.La Sevilla contemporánea.</p>
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A partir de la segunda mitad del siglo XIX Sevilla, inicia una nueva expansión, apoyada en la construcción del ferrocarril y aprovechando el derribo de parte de sus murallas antiguas. En este momento la ciudad crece en dirección este y sur, completando el característico ensanche de las ciudades del siglo XIX. Esta reorganización urbanística se verá culminada en las primeras décadas del siglo siguiente, y a él se deben excelentes monumentos edificados con motivo de la celebración de la Exposición Iberoamericana de 1929, como la Plaza de España, del arquitecto Aníbal Álvarez, la Plaza de América, el Casino de la Exposición, el teatro Lope de Vega o el hotel Alfonso XIII. También se edificaron nuevos barrios, como Heliópolis o El Porvenir. Como en el resto del país, los movimientos obreros tuvieron un papel importante en la Sevilla de las primeras décadas del siglo XX, en particular el anarquismo. También el anticlericalismo de estas primeras décadas del siglo pasado, en especial del periodo republicano, tuvo en Sevilla uno de sus más importantes focos. Sevilla fue uno de los puntos donde triunfo el intento de golpe de Estado del general Franco, siendo tomada por Queipo de Llano, por lo que no sufrió los devastadores efectos de la guerra civil en la medida en que lo hicieron otras ciudades. La década de los 50 y, sobre todo, la de los 60 suponen el crecimiento de la ciudad, a la que llegan emigrantes que se instalan en nuevas barriadas de la periferia. En 1992, con motivo del quinto centenario del descubrimiento de América, se celebró la Exposición Universal en la Isla de la Cartuja. Este acontecimiento supuso la construcción de nuevas y modernas infraestructuras, como los puentes del Alamillo y la Barqueta o la estación del AVE de Santa Justa, que hacen de Sevilla una ciudad abierta al siglo XXI.