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Tradicionalmente existe una división social característica en el mundo griego entre las dos polis principales y rivales entre sí: Atenas y Esparta. La sociedad espartana está caracterizada por su rigidez. Tres clases constituyen esta sociedad dividida en espartanos, periecos e hilotas. Los espartanos eran todos los nacidos en Esparta durante generaciones y recibían la consideración de ciudadanos, siendo considerados iguales ante la ley. Los periecos solían ser extranjeros que se dedicaban a la artesanía y el comercio; debían pagar impuestos y servir al ejército en tiempos de guerra. Los ilotas no tenían ningún tipo de derecho ya que eran siervos del Estado; en caso de necesidad eran reclutados para el ejército y trabajaban las tierras de los ciudadanos a cambio de un tributo. Los espartanos eran educados para formar parte del ejército. Los niños discapacitados eran arrojados al barranco del Taigeto. A los siete años, niños y niñas iniciaban su adiestramiento físico a cargo del Estado mediante carreras, saltos, manejo de las armas o lanzamiento de jabalina. La música formaba parte del adiestramiento ya que consideraban que los ejércitos entonando una canción marcial asustaban al enemigo. Las adolescentes abandonaban el adiestramiento para ser educadas como madres de soldados. Durante trece años los muchachos se preparaban, teniendo que vivir una temporada en solitario en el campo y matar al menos a un ilota. Entre los 20 y 30 años se integraban en el ejército donde continuaban su perfeccionamiento militar. A los 30 años alcanzaban la edad adulta y pasaban a desempeñar cargos públicos hasta los 60. Los ciudadanos espartanos se regían por una constitución en la que se reflejan las instituciones que forman el poder en la polis. La Diarquía está compuesta por dos reyes con carácter hereditario y tienen como función la máxima autoridad sacerdotal y la jefatura de las fuerzas armadas. El Consejo de Ancianos está constituido por 28 ancianos miembros de la nobleza y menores de 60 años, cuyas funciones son preparar los asuntos que trata la Asamblea y juzgar los litigios entre los ciudadanos. La Asamblea del Pueblo la forman los espartanos mayores de 30 años y deben aprobar o rechazar las propuestas del Consejo. El Eforato está compuesto por cinco éforos elegidos cada cinco años por los ciudadanos, teniendo en su mano el poder ejecutivo y el control sobre la conducta moral de los magistrados, los reyes y el Estado. La sociedad ateniense de la época clásica viene determinada por la división entre hombres libres y esclavos, a pesar del sistema democrático vigente. Se considera que de los 500.000 habitantes de la península Atica, sólo 40.000 eran ciudadanos libres. Estos ciudadanos tenían una amplia serie de derechos como el gobierno de la ciudad a través de la participación en la Asamblea y del control sobre los magistrados y los jueces, la propiedad de la tierra o la remuneración por desarrollar actividades públicas (siempre que el ciudadano en cuestión no tuviera suficientes rentas). A cambio de estos derechos deben participar en la guerra y correr con los gastos ocasionados por las campañas militares. Los metecos eran los extranjeros, considerándose que llegarían a los 70.000. Se dedicaban al comercio y a la artesanía, estando sus bienes protegidos. No podían poseer bienes inmuebles ni tierras, ni casarse con ciudadanas atenienses. Participaban en las fiestas sociales y religiosas y podían recibir encargos del Estado y concesiones mineras. Los deberes de los metecos eran acudir al servicio militar y pagar sus impuestos. Los esclavos serían unos 300.000 y carecían de derechos; debían trabajar para el Estado o sus propietarios particulares sin recibir nada a cambio, excepto la manutención. Se podían vender e incluso dar muerte ya que eran una propiedad más de sus dueños. Los esclavos procedían en su mayoría de las campañas de guerra, siendo capturados como prisioneros. El ciudadano o meteco que no pagara sus impuestos podía ser reducido a la esclavitud. En algunas ocasiones los esclavos eran reclutados para formar parte del ejército, siendo manumitidos si destacaban en alguna acción de armas. Los libertos quedaban vinculados a sus antiguos dueños. La educación ateniense era diferente a la espartana. Los niños acudían a la escuela a los siete años, iniciándose en primer lugar en las humanidades y después en los deportes, entre los 12 y los 14 años. A los 18 eran declarados efebos, siendo desde ese momento el Estado quien se ocupaba de su educación militar, política y administrativa durante tres años. A los 21 eran declarados ciudadanos de pleno derecho. La democracia ateniense sólo implicaba a los ciudadanos en las tareas de gobierno y en la elaboración de las leyes. Todos los ciudadanos eran iguales ante la ley, sólo existía diferenciación económica entre ellos. La elección de cargos públicos se realizaba por sorteo, remunerando a aquellos ciudadanos que no tenían posibles suficientes para dedicarse en exclusiva a la política. De esta manera se impedía que los poderosos coparan los cargos más importantes. El poder legislativo está en manos de la Asamblea (Ecclesia) que tiene la función de aprobar las leyes y los impuestos; en ella participan unos 3.000 ciudadanos aunque está formada por los 40.000. La dirección de la Asamblea recae en un consejo llamado Boule integrado por 5.000 ciudadanos elegidos por sorteo, siendo el consejo quien propone las leyes. El poder judicial está constituido por un tribunal (Helieo) que juzga las quejas de los ciudadanos; está formado por ciudadanos elegidos por sorteo en la Asamblea y tiene un equipo asesor integrado por juristas llamados arcontes. El poder ejecutivo está formado por los magistrados, dirige el ejército, la política exterior y la economía; su control está en manos de la Asamblea y debe obedecerla.
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El Imperio acadio impuso un tipo de economía centralizada en el palacio, en la que un grupo funcionarial controla la producción, la administra y recibe propiedades y prebendas. El rey o soberano, con pleno derecho sobre sus gobernados, está a la cabeza de la escala social, sostenido por su prestigio personal y su carácter de jefe militar, con 5.400 hombres a su cargo. Durante la etapa neosumeria, prosigue la divinización del soberano según la costumbre acadia, mientras que el resto de la población se divide según un patrón económico y laboral. La riqueza de un individuo y su trabajo son los elementos que determinan su posición en la escala social. La sociedad se divide en libres, semilibres y esclavos. Entre los primeros existían grandes diferencias. Había algunos grupos privilegiados, como sacerdotes, militares o funcionarios; otros, por el contrario, a pesar de ser libres -esto es, no pertenecer a ninguna otra persona o institución- tenían graves problemas de subsistencia, siendo en ocasiones el objetivo de algunas medidas contra la pobreza dictadas desde el poder. En segundo lugar, los semilibres (mash-en-kak) aunque tenían libertad de derecho, su precaria situación económica les obligaba a trabajar para el templo o el palacio, con lo que veían restringida su libertad. El último grupo, los esclavos (arad), estaba a su vez dividido en dos grupos: los geme o ir, que había adquirido tal condición por decisión de un juez, o porque sus servicios han sido vendidos por ellos mismo o por sus padres; y los namra, es decir, prisioneros de guerra. Entre ambos había grandes diferencias, pues los primeros estaban jurídicamente reconocidos y trabajaban en labores domésticas o agrícolas. Los namra, por el contrario, eran obligados a trabajar para el Estado en sus talleres o granjas, estando totalmente privados de ningún derecho.
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La sociedad asiria se hallaba dividida a grandes rasgos en hombres libres (asiru) y esclavos (ardani). Entre los primeros había tres grandes subdivisiones: awilu, la alta nobleza; assuraiau, el pueblo llano, y hupshu, los más humildes. Los esclavos tenían un origen diverso y estaban privados de derechos, siendo considerados un bien o mercancía. Se sabe que tres esclavos pudieron equivaler a un caballo. A la cabeza de la pirámide social estaba el rey, señor de todo y de todos. El soberano mandaba sobre las cosas y las personas, consideradas súbditos suyos. Todos debían inclinarse y besar el suelo ante su presencia, en las escasas ocasiones en que este hecho se producía; todos, también, debían periódicamente prestar juramento a su rey ante las estatuas de los dioses.
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Para acercarnos a lo que llegó a ser la organización sociopolítica del pueblo azteca, pocos años antes de la conquista española, es necesario recordar algunos antecedentes. Tras largo peregrinar en el ámbito geográfico de la altiplanicie central, los aztecas o mexicas se habían asentado al fin, en 1325, en un pequeño islote, situado en uno de los lagos que entonces cubrían parte considerable del valle de México. Al establecerse en ese lugar, quedaban dentro de la zona de dominación de un reino poderoso. La isla de Tenochtitlan pertenecía a los tepanecas de Azcapotzalco. Primera consecuencia de ello fue que hicieran reconocimiento de vasallaje al señor de Azcapotzalco. Además, los aztecas hubieron de pagarle tributos y participar también, como una especie de mercenarios, en muchas de sus empresas bélicas. Hasta entonces la organización sociopolítica azteca continuaba siendo la de un pueblo cuyas estructuras se apoyaban fundamentalmente en relaciones de carácter gentilicio. Unidades de organización en tal contexto, además de los núcleos familiares y de las "familias extensas", eran los que se conocen con el vocablo indígena de calpulli. Esta palabra es un aumentativo de calli que significa "casa". La significación de calpulli, "gran casa", connota al grupo de personas que, ligadas por vínculo de parentesco, realizaban conjuntamente una serie de funciones de carácter socioeconómico, religioso, militar y político. Algunos investigadores han creído ver en la naturaleza de los calpulli una especie de clan con tendencias endogámicas, aunque sin excluir la exogamia en grado más limitado. Cada uno de los calpullis tenía sus correspondientes guías y autoridades. Sobresalían los sacerdotes, y varios jefes, así como el que tenía la custodia de los bienes de la comunidad. Durante toda la época de la peregrinación, los varios calpullis aztecas prestaron obediencia a quienes guiaban al conjunto tribal, los jefes-sacerdotes supremos, aquellos que tenían a su cargo el culto de los dioses y el destino mismo de la nación. Cuando ocurrió ya el asentamiento en la isla, la situación prevalente comenzó a modificarse. Según un testimonio del manuscrito indígena que se conoce como Anales de Cuauhtitlán, México-Tenochtitlan no fue en un principio sino un conglomerado de chozas construidas en medio de los carrizales que había en el lugar. Edificación principal, aunque todavía muy modesta, fue la del templo en honor de Huitzilopochtli, el dios tutelar de los aztecas. Cuando el templo quedó construido, el dios, a través de los jefes-sacerdotes, expresó esta profecía: "Escuchad, estableceos, haced partición, fundad calpullis y señoríos por los cuatro rumbos del mundo." En la isla se delimitaron entonces cuatro grandes sectores o barrios que habrían de perdurar en los tiempos de la Nueva España y, hasta el presente, en la moderna ciudad de México. Organizadas esas cuatro grandes divisiones, los distintos calpullis se fueron asentando en ellas. A partir de ese momento fue también atributo de los integrantes de un calpulli habitar en un mismo barrio, poseer un territorio en común, trabajar juntos para beneficio de la propia comunidad. Para algunos investigadores, los calpullis adquirieron, desde entonces, el carácter específico de "clanes geográficos", es decir de clanes con una determinada ubicación que mucho significaría en su ulterior desarrollo. Los aztecas, en su calidad de tributarios del señor de Azcapotzalco, continuaban sirviéndolo. De modo especial participaban en las luchas que tenía él con otros señoríos. Hasta entonces los viejos caudillos que habían guiado al pueblo azteca en su peregrinación tenían en sus manos el gobierno en la isla. En la organización social, económica y política de los aztecas subsistían las características fundamentales de un sistema tribal. Los recursos naturales a su alcance eran bastante limitados. Las formas de producción permitían sólo la autosubsistencia, agravada por la necesidad del pago de tributos a Azcapotzalco. Pronto, sin embargo, habría de introducirse un cambio ciertamente radical. Se habían percatado los aztecas, en su permanente contacto con las gentes de Azcapotzalco y con las de otros señoríos, de que existían otras formas, al parecer más eficientes, de organización política. Así, al morir Tenochtli, el gran sacerdote y último caudillo azteca que los había gobernado desde antes de su asentamiento en la isla, hubo entre los ancianos, sacerdotes, sabios, jefes y capitanes, quienes se inclinaron por consolidar una organización política semejante a la de sus vecinos más poderosos. Un grupo de prominentes aztecas se dirigió entonces a Culhuacán, antiguo señorío de raigambre tolteca que, aunque estaba sometido a Azcapotzalco, conservaba su propia forma de organización política y social. Los aztecas manifestaron allí el propósito de que se les concediera al noble llamado Acamapichth para que fuera el primer gran gobernante, tlatoani, de México-Tenochtitlan. Otro documento indígena, la Crónica Mexicáyotl, refiere cómo, tras larga deliberación, los de Culhuacán accedieron a la demanda. Su respuesta fue: "Que gobierne Acamapichtli a la gente del pueblo, a los aztecas, a los que son siervos de Tloque Nahuaque, "el Dueño del cerca y del junto", del que es Yohualli Ehécatl. "Noche, Viento"; que gobierne a los siervos de Yaotzin Tezcatlipoca y del sacerdote Huitzilopochtli". Así desde la década de los setenta del siglo XIV, Tenochtitlan tuvo su primer rey o señor de linaje emparentado con los toltecas. A través de él y de otros culhuacanos establecidos también en Tenochtitlan, por la vía de uniones matrimoniales con hijas de los aztecas y, con la sucesiva exaltación de descendientes de antiguos caudillos aztecas, comenzó a formarse un poderoso estrato social, el de los nobles o pipiltin, con atributos y privilegios de los que se derivaba una situación muy distinta de la que correspondía a la gente común, los hombres del pueblo o macehualtin. Precisamente los macehualtin, la gente del pueblo, eran los que preservaban, y de hecho conservaron hasta los tiempos de la Conquista y, en algunos lugares, hasta mucho después, las antiguas estructuras de los calpullis.
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La sociedad castellana del siglo XV vivió en continuo sobresalto. Las luchas de bandos estaban a la orden del día en numerosas villas y ciudades de todo el reino. Pero al mismo tiempo seguía funcionando el binomio expansión señorial-resistencia antiseñorial, cuyo momento culminante se expresó en una petición de los procuradores del tercer estado en las Cortes de Ocaña del año 1469. No obstante, el conflicto más agudo de cuantos padeció la Corona de Castilla en la decimoquinta centuria fue el que estalló en tierras de Galicia en 1467, el de los Irmandiños. Las aristocracias urbanas de la Castilla del siglo XV se hallaban frecuentemente divididas en bandos antagónicos, protagonistas de luchas sin cuento para conseguir el monopolio del poder local. No olvidemos que, en ocasiones, eran los propios linajes de la ricahombría los que participaban en las luchas urbanas. En ese capítulo hay que consignar, entre otras, la pugna sostenida en Sevilla entre el bando que capitaneaban los Guzmán y el que dirigían los Ponce de León. Notable fue asimismo el enfrentamiento que mantuvieron en Toledo las familias de los Silva y los Ayala. Ahora bien, la pugna banderiza más enconada de aquel tiempo fue la que enfrentó, en tierras del País Vasco, a lo Oñacinos y los Gamboinos. Cada uno de esos bandos, a cuya cabeza se encontraba siempre un pariente mayor, es decir un miembro del sector más encumbrado de los poderosos del territorio, aglutinaba detrás de sí a extensos sectores de la nobleza de la región. Las luchas banderizas del País Vasco estallaron en el siglo XIV, y prosiguieron, con inusitada violencia, en el siglo siguiente. Lope García de Salazar, en su obra Bienandanzas e Fortunas, nos ha transmitido un minucioso relato de aquellos sucesos. Es preciso señalar, no obstante, que con frecuencia las luchas de bandos de las tierras vascongadas encubren enfrentamientos de tipo vertical, concretamente entre los señores y los campesinos. Los labradores censuarios se quejaban de que por ellos ser "hombres bajos e de poca maña, algunos caballeros del dicho nuestro Condado e Señorio de Vizcaya... por fuerza e contra su voluntad les entraron e tomaron e ocuparon los dichos montes". Asimismo continuaba pujante el proceso señorializador. Juan II efectuó importantes concesiones a la alta nobleza, como la que otorgó en 1444 al maestre de Alcántara, punto de partida de la constitución del condado de Belalcázar. Pero el mayor dispendio de bienes del dominio realengo lo realizó, sin duda alguna, Enrique IV. De ahí que fuera precisamente en ese reinado cuando cobrara más cuerpo la actitud antiseñorial. En las Cortes de Ocaña del año 1469 los representantes de las ciudades y villas se lamentaban amargamente de la política regia de concesión de mercedes a la alta nobleza: "el acreçentamiento del estado de las tales personas que de la vuestra rreal sennoria rresçiben los dichos mercedes, va bien aconpannado de lagrimas e querellas e maldiçiones de aquellos que por esta causa se fallan despojados de lo Suyo". Pero los procuradores del tercer estado iban más lejos, pues pedían a Enrique IV que diera las oportunas cartas para que todas las ciudades, villas y lugares concedidos a la nobleza "por si mismos e por su propia autoridad se puedan alçar por vuestra alteza e por la corona rreal de vuestros rreynos". De hecho, aunque revestida de defensa del dominio realengo, aquella era una llamada en toda regla a la resistencia antiseñorial. En los años siguientes, los movimientos antiseñoriales proliferaron por toda la geografía de la Corona de Castilla: Agreda, Sepúlveda, Aranda de Duero, San Felices de los Gallegos, Tordesillas, etcétera. Veamos el ejemplo de Agreda. En el año 1472 el monarca Enrique IV otorgó el señorío de dicha villa al conde de Medinaceli, Luis de la Cerda. Mas los vecinos de Agreda, según el relato del cronista Hernando del Pulgar, "se pusieron en defensa, é como quier que el Conde guerreó é hizo muchos daños, robos é quemas á los de la villa é su tierra por la señorear...", decidieron finalmente entregarse a la princesa Isabel, como una forma segura de mantenerse dentro de los dominios realengos. Aquel era, no lo olvidemos, el segundo movimiento de resistencia antiseñorial que, en menos de un siglo, protagonizaba la villa de Agreda.
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La aparición de las masas urbanas como elemento capital de la vida social tuvo lógicamente consecuencias irreversibles. Una clara percepción de ello, impregnada de preocupación y pesimismo, la hubo ya tempranamente. Tocqueville, Kierkegaard, Burckhardt y Nietzsche, por ejemplo, intuyeron, desde sus respectivos puntos de vista, que la democracia y la secularización estaban cambiando el mundo -o que lo cambiarían en el futuro- y que, de alguna forma, la vida moderna destruiría, si no lo había hecho ya, los viejos valores e ideales de las sociedades tradicionales y jerarquizadas. Pero fueron dos sociólogos, el alemán Tönnies y el francés Durkheim, quienes mejor acertaron a definir el cambio. Ferdinand Tönnies (1855-1936) publicó en 1887 Gemeinschaft und Gesellschaft (Comunidad y asociación) un libro, pronto convertido en un clásico, que analizaba la evolución de las formas de la vida social a lo largo de la historia y que subrayaba, sobre todo, la transformación que se había producido desde un tipo de organización social basada en los principios del parentesco, la vecindad, la vida de aldea y la comunidad espiritual del grupo (Gemeinschaft), a otro (Gesellschaft) basado en las relaciones contractuales e impersonales, dominado por los intereses sectoriales y el asociacionismo racional y voluntario, y en el que las normas sociales no eran ya, como antes, la costumbre y la religión sino las convenciones sociales, las leyes escritas y una ética laica sancionada por la opinión pública. También Emile Durkheim (1858-1957), un lorenés, hijo del principal rabino de Epinal, educado, como la elite de la III República francesa, en la Escuela Normal Superior, catedrático de Educación y Sociología en Burdeos (1877) y en la Sorbona (1902), centró su amplia obra -La división del trabajo (1893), Las reglas del método sociológico (1894), El suicidio (1897), Las formas elementales de la vida religiosa (1912)- en la explicación del funcionamiento y disfunciones de la sociedad moderna. Aun con planteamientos distintos, algunas de sus ideas coincidían con las de Tönnies. Durkheim distinguía también entre dos tipos de sociedad: entre sociedades premodernas, que definía por la existencia de una fuerte "solidaridad mecánica" interna, la similitud de trabajos y funciones de sus miembros, el bajo nivel de la población, estructuras sociales elementales, aislamiento geográfico, leyes penales meramente represivas e intensa conciencia colectiva; y sociedades modernas, que caracterizaba por su "solidaridad orgánica", la división y especialización del trabajo de sus miembros, la complejidad de las estructuras sociales, el desarrollo e integración de mercados y ciudades, altos niveles de población, carácter restitutivo de las leyes, y por fundamentarse en sistemas de creencias secularizadas (como la individualidad, la justicia social, el trabajo o la igualdad). Durkheim, pues, entendía que la sociedad moderna era una sociedad carente de cohesión mecánica y natural, en la que no existían ya, o se habían roto, los mecanismos de regulación y de solidaridad social: de ahí, la aparición de conductas anormales como el suicidio -una de sus aportaciones capitales-, que Durkheim, estudiando su mayor frecuencia en sociedades individualistas, como las protestantes, y en las sociedades altamente industrializadas, relacionaba con el nivel de integración de la sociedad. Para Durkheim, hombre convencido del efecto moralizador de la vida frugal, del trabajo, de la autoridad y de la disciplina, lo que estaba ocurriendo era que los cambios provocados por la división del trabajo en la sociedad habían transformado la vida social y doméstica, erosionado las formas morales de comportamiento y creado en el hombre moderno una condición de egoísmo y "anomia", la enfermedad de la aspiración infinita, como la llamaría en alguna ocasión. Por eso, aquel comportamiento anormal del individuo -y también, el estallido de fuerzas irracionales y atávicas, como el affaire Dreyfus, que Durkheim, como judío, vio con alarma y preocupación-; y por eso, la necesidad de una nueva regulación moral de la sociedad que Durkheim, agnóstico y republicano, creía debía ser laica y rigurosa. El tema de las masas interesó vivamente. Gustave Le Bon (1841-1931), un tipo singular, autor de estudios sobre el arte de la India e interesado en cuestiones tan dispares como la arqueología, los caballos, la energía y las nuevas técnicas de grabación, alarmado por la Comuna parisina de 1871, las huelgas, las manifestaciones y el auge del feminismo, escribió en 1895 un libro de excepcional éxito (25 ediciones en 34 años), Psicología de las masas, en el que las caracterizaba peyorativa pero no arbitrariamente por rasgos como el dogmatismo, la intolerancia, la irresponsabilidad, la emocionalidad y la credulidad esquemática, esto es, como muchedumbres de reacciones simples, extremadas y variables, proclives al contagio mental y a la fascinación de guías o caudillos (Le Bon, políticamente, fue simpatizante del general Boulanger, y luego, ya anciano, admirador de Mussolini). Gabriel Tarde (1843-1904), juez y criminólogo francés como Le Bon y como él, alarmado por las huelgas y la violencia social, y que creía ver una cierta correlación entre socialismo y criminalidad, se interesó en su libro La opinión y la masa (1901) por el impacto social de los nuevos medios de comunicación de masas (el telégrafo, el teléfono, los libros populares, la prensa) como agentes de integración y de control social y, sobre todo, por el papel de esos medios en la creación de los públicos -gentes expuestas a la misma información-, y las posibilidades que todo ello, a través de los procesos de imitación, abría para la manipulación de la masa. El británico Graham Wallas (1858-1932), fabiano y demócrata y, por tanto, hombre de talante muy distinto a los de Le Bon y Tarde, estudió -en Human Nature in Politics (1908)- la importancia que los elementos instintivos y no racionales, como los prejuicios y las emociones, y aun los factores azarosos e imprevisibles, tenían en las decisiones políticas de los individuos y de los grupos sociales. La presencia de masas en la vida social con comportamientos emocionales e irracionales fue una realidad creciente en la vida europea de los años 1880-1914. A pesar de su larga tradición revolucionaria y conflictiva, Francia tal vez no había experimentado un proceso de división social tan apasionado e intenso como el que provocó el affaire Dreyfus (sobre todo, en 1898-99); en Inglaterra, la guerra de los Boers (1899-1902) dio lugar a explosiones de patriotismo callejero previamente desconocidas (y que alarmaron profundamente a las clases acomodadas, como, por poner un ejemplo literario, a un Soames Forsyte que, en la novela antes citada, era sorprendido por una multitud vociferante y agresiva en la elegante calle Regent en el centro de Londres). El carácter aparentemente no racional de la opinión pública fue lo que llevó en muchos casos -pero no, por ejemplo, en los de Tönnies y Wallas, entre los nombres hasta ahora citados- a la elaboración teórica, como reacción, del elitismo, que tuvo sus formulaciones más elaboradas en los italianos Mosca y Pareto y en el alemán italianizado Robert Michels. Gaetano Mosca (1858-1941), siciliano, catedrático prestigioso de derecho político en Turín y Roma desde 1895 hasta 1933, diputado y senador en distintas ocasiones, publicó en 1896, en su libro La clase dirigente, la que sería la exposición más clara y contundente del elitismo, vertebrada en torno a una idea central: la tesis de que en todas las sociedades -cualesquiera que sean sus estructuras de producción- aparecen inevitablemente dos clases, la clase dirigente, sostenida por algún tipo de legitimidad (fuerza, religión, elecciones, etcétera), y la clase dirigida, por lo que todo cambio político o social no sería sino el desplazamiento de una minoría por otra, y la idea misma de democracia, como voluntad de la mayoría, una ilusión. Las ideas de Vilfredo Pareto (1848-1923), aristócrata nacido en París y formado en Turín, economista, ingeniero y sociólogo, directivo de empresas ferroviarias italianas y catedrático de Economía en Lausana desde 1893 a 1907, ideas recogidas en su Tratado de sociología general (1916) aunque expuestas antes, eran, si no más complejas, coincidentes. Partían de complicadas divisiones y tipologías sobre las actitudes y el comportamiento de los actores sociales, y sobre la lógica o falta de ella de la actividad humana, como base para llegar a una teoría de la acción. Pero llevaban a parecidas conclusiones. Primero, Pareto entendía que la conducta de los hombres respondía a reacciones psicológicas profundas (impulsos, sentimientos) y a intereses basados a la vez en el instinto y la razón, y no al efecto de ideologías, teorías y filosofías políticas; segundo, sostenía, como Mosca, que toda sociedad es dirigida por sus elites (de gobierno y de no gobierno, nominal y de mérito) y que la política y la historia no son sino una mera "circulación de elites". Michels (1876-1936), antiguo militante del partido socialista alemán, de formación marxista e influido luego por las ideas de Max Weber y de Mosca, docente en Turín, Basilea y Perugia, adherido en su momento al fascismo (al igual que Pareto y a diferencia de Mosca), y siempre muy atento a la evolución de la ciencia política de su tiempo, aplicó las ideas de Mosca y Pareto al caso de los partidos políticos, y en su libro sobre éstos aparecido en 1911 propuso su conocida "ley de hierro de la oligarquía", la tesis de que toda organización, cualquiera que sea su naturaleza -y por tanto, los partidos y por extensión, la democracia- está sujeta al dominio de una oligarquía (por eso que Michels viese el fascismo italiano, que definía como una democracia oligárquica capitaneada por un líder carismático weberiano, como el resultado natural de la misma evolución social). La aparición de esas teorías de las elites -que sin duda acertaban al subrayar que las minorías tienen una función evidente en cualquier tipo de organización social -revelaba, entre otras muchas cosas, la inquietud de algunos círculos intelectuales ante las modificaciones que la aparición y ascenso de las masas imponían a su propio papel social. En un punto al menos, ese papel iba a adquirir nuevas dimensiones. La prensa conformaría en gran medida y de forma creciente la conciencia de las masas, lo que no sería necesariamente negativo para los intelectuales: que el affaire Dreyfus saltase a la opinión pública a raíz de que el escritor Zola publicase el 14 de enero de 1898 su célebre carta abierta titulada Yo acuso en el diario L´Aurore, era una indicación de las inmensas posibilidades que el medio les ofrecía. Julio Verne sería serializado en Le Petite Journal; Conan Doyle y su personaje Sherlock Holmes, en el Strand londinense. Tres factores hicieron posible el formidable desarrollo que la prensa experimentó desde la última década del siglo XIX: a) la aparición de nuevas técnicas de impresión y comunicación, como la linotipia, el telégrafo, los teléfonos, la electricidad, la fotografía impresa y la radio; b) el progresivo reconocimiento legal de la libertad de expresión, generalizado en casi todas las constituciones de la segunda mitad del siglo XIX; c) el crecimiento del público lector en prácticamente todo el mundo y que, en Europa al menos, fue resultado de los esfuerzos que en materia de educación primaria y secundaria se hicieron también desde mediados de aquel siglo, y que se tradujeron en una disminución general, aunque desigual, del analfabetismo. El desarrollo fue ciertamente extraordinario. En París, en la década de 1860 ningún periódico vendía más de 50.000 ejemplares diarios. A principios de siglo, los cuatro grandes de la capital Le Petite Journal, creado en 1873, en formato tabloide y con suplemento dominical en color, Le Journal, Le Matin y Le Petite Parisien- vendían en torno a los 4,5 millones, un 40 por 100 del total de ejemplares vendidos en toda Francia (donde en ciudades como Burdeos, Lyon, Toulouse y Marsella, había aparecido una excelente y muy influyente prensa regional); París llegaría a tener 25 diarios en la década de 1930. En Inglaterra, empezó a hablarse de un "nuevo periodismo" (expresión de Matthew Arnold) desde finales de la década de 1880, en relación con un grupo de diarios y semanarios -como el Pall Mall Gazette, de W. T. Stead, el Star de T. P. O'Connor, el Tit-bits de George Newnes y el Answers de Alfred Harmsworth- que habían traído a la prensa nacional un estilo nuevo, más variado, ágil e incisivo (y novedades como los crucigramas, las entrevistas y los artículos firmados), y que, por ello, habían elevado sus ventas a los 150.000-300.000 ejemplares diarios. Sobre esa tendencia incidiría decisivamente la influencia norteamericana. Porque, en efecto, la prensa cambió cualitativamente en Estados Unidos -donde el primer periódico se había fundado en 1783- en los últimos veinticinco años del siglo XIX, debido principalmente a la labor de Joseph Pulitzer (1847-1911), un emigrante judío, húngaro de nacimiento, de habla alemana, enrolado en el ejército norteamericano en 1861 y periodista en Saint Louis después, y de William Randolph Hearst (1863-1951), un californiano de considerable fortuna y posición, educado en Harvard y propietario del Examiner de San Francisco. Establecidos en Nueva York -Pulitzer en 1863, año en que compró el World, al que luego añadió el Evening World; Hearst en 1895, cuando compró el Morning Journal-, fue precisamente su rivalidad por el mercado neoyorkino lo que transformó la prensa. La expresión "periodismo amarillo", que luego designaría a la prensa sensacionalista, nació porque tanto el World como el Journal publicaron un cómic coloreado con el título El chico amarillo, ideado por el dibujante Outcault, primero para Pulitzer y luego, para Hearst. El Journal, sobre todo, fue algo enteramente nuevo: muy barato (un centavo), con titulares espectaculares, abundante información gráfica y tiras cómicas, incorporó a escritores conocidos (Stephen Crane, N. Hawthorne), creó los magazines en color y se especializó en sucesos truculentos y morbosos, y en la información internacional (desde perspectivas siempre belicosamente pronorteamericanas). Pulitzer especializó sus periódicos, que usaron tipografía parecida a los de su rival, en la denuncia de la corrupción de los políticos -lo que le valió varios procesos por injurias, uno, en 1909, promovido por el propio Presidente de Estados Unidos-, y en el análisis ponderado de la política. El sensacionalismo no fue la única vía norteamericana al periodismo de masas. Por los mismos años, bajo la dirección de Adolph S. Ochs (1858-1935), The New York Times se convirtió en un modelo de información objetiva, digna y contrastada. Pero la influencia del periodismo amarillo, que alcanzó ventas fantásticas durante la guerra de Estados Unidos y España de 1898, fue inmensa. Llegó también a Europa. En Inglaterra, la verdadera revolución se produjo con la aparición el 4 de mayo de 1896 del Daily Mail, de Alfred Harmsworth (1865-1922), un diario que costaba la mitad de precio que los demás periódicos, que tenía abundante publicidad, que ofrecía una muy amplia variedad de noticias (crímenes, accidentes, deportes, información meteorológica, noticias de famosos, escándalos), que presentaba, además, de forma llamativa y breve y en formato tabloide, deliberadamente pensado, en suma, para interesar a las clases medias y populares. El éxito fue total: el Mail alcanzó el millón de ejemplares en 1900, tres veces más de lo que tiraba el diario de más difusión hasta entonces. En ese año, C. A. Pearson lanzó, en la misma línea, el Daily Express y en 1903, el propio Harmsworth, el Daily Mirror (y además, compró poco después The Times y el dominical Observer, ambos prestigiosos pero mortecinos, aburridos y de muy escasa difusión; Harmsworth los modernizó y revalorizó). En 1900, 34 ciudades británicas tenían por lo menos dos periódicos de calidad. Se estimó que la tirada de la prensa se duplicó en Inglaterra entre 1896 y 1906 y de nuevo, entre este año y 1914. El cambio era general. En 1900, había en Berlín 45 diarios y en toda Alemania, cerca de 3.000 publicaciones periódicas (diarios, semanarios y publicaciones mensuales). Las cifras de Austria y Rusia eran sólo ligeramente inferiores. En Hungría, Suecia, Dinamarca y Noruega circulaban unas 500 publicaciones de ese tipo; en Suiza, Bélgica y Holanda, un número algo menor. Italia tenía en 1914 unos 120 diarios, algunos de gran calidad y alcance nacional como La Stampa de Turín, e Il Corriere della Sera, de Milán, fundado en 1876 y dirigido por Luigi Albertini desde 1900. Il Corriere vendía por aquella fecha unos 350.000 ejemplares diarios y su dominical, Domenica del Corriere, cerca de millón y medio. En la década de 1890, por tanto, apareció un periodismo barato y de tiradas multitudinarias' orientado al consumo e información de las clases medias y populares. Por comparación con la prensa anterior -de tiradas cortas, precios altos, información densa y limitada, tipografía poco resaltada y sin apenas información gráfica-, el periodismo de masas se configuró como una prensa poco literaria, sensacionalista, poco escrupulosa y hasta irresponsable. Su contenido se compuso de noticias mundiales espectaculares, reportajes sobre escándalos políticos y sociales, sexo, crímenes (algo que anticipó el apasionado interés que en su día suscitaron los asesinatos de Jack el destripador y el éxito de la serialización de Sherlock Holmes, que hizo que el Strand vendiese unos 500.000 ejemplares) y poco después, los deportes (por ejemplo, el diario deportivo italiano La Gazzetta dello Sport se fundó en 1896). El nuevo periodismo explotó, pues, la excitación del momento. Contribuyó, de esa forma, a crear un clima de apasionamiento por la vida pública. La aparición del periodismo de masas fue inseparable del nacimiento de la opinión pública moderna.
contexto
Entre los egipcios existieron diferentes grupos sociales, sujetos a una fuerte jerarquización y estructura. En la sociedad egipcia el faraón ocupa el más alto escalafón y los esclavos se sitúan en la posición más baja de la jerarquía. En su mayoría procedían de otros países, capturados en la guerra o vendidos por mercaderes especializados en este "producto". El esclavo se podía dedicar a todo tipo de trabajos, agrícolas o domésticos, teniendo potestad su dueño para venderlo, cederlo o alquilarlo. Por encima encontramos a los sirvientes; a cambio de una pequeña retribución realizaban todo tipo de trabajos, considerándose personas libres pero dependientes de su señor. Los campesinos serían la siguiente clase social. Dentro de este grupo distinguimos a los braceros que trabajaban para el faraón, un templo o un rico hacendado a cambio de un miserable salario. Los pequeños propietarios debían entregar la mayor parte de sus cosechas al Estado o los templos en calidad de tributos, viéndose obligados a realizar los trabajos públicos necesarios a cambio de la manutención. Los artesanos se encuentran en la clase intermedia, habitando en su mayoría en las ciudades. También estaban obligados a realizar los trabajos comunitarios, pero podían pagar a alguien que los sustituyera. Los miembros de la administración constituían las elites de la sociedad, aunque encontramos una subdivisión dependiendo de sus cargos.
contexto
Generalmente, en el mundo griego el nacimiento otorgaba una posición de partida al individuo, que le resultará fundamental en los años futuros. La principal repercusión del origen de una persona es la adscripción a una determinada polis, esto es, el derecho de ciudadanía, una posición que le reporta beneficios y privilegios dentro del conjunto social. Las personas que no pertenecen al demos de una ciudad, bien por ser extranjero, bien por ser esclavo, no gozan de las mismas prerrogativas. Esta característica básica del mundo helénico, con ser bastante generalizada, tiene sin embargo excepciones significativas, como es el caso de Esparta, en la que prácticamente en ningún caso admitieron la residencia de extranjeros entre sus muros. Éste y otros rasgos han servido para definir dos modelos sociales y políticos diferentes dentro del mundo de la Grecia antigua, el representado por Atenas -democrático, abierto, universalista- y el simbolizado por Esparta -oligárquico, cerrado, localista. Ambas posiciones repercuten en gran medida en la composición social de cada una de las ciudades, en los diferentes derechos y deberes que gozan los individuos, en concepciones educativas distintas y, en definitiva, en posiciones ideológicas diferentes.