Roma se distinguió de las demás ciudades latinas por su religión al favorecer ésta la instauración del Estado. Las acciones del Estado estarían vinculadas a los actos de Júpiter, el dios principal del Panteón romano. Podemos manifestar que se reivindica la necesidad de implantar en el mundo la voluntad de esa divinidad, que defiende la justicia, el derecho, etc. De esta manera, Júpiter se convierte en el juez de los conflictos ciudadanos entre los latinos, garantizando los pactos que las ciudades realizaran. Todas las ciudades latinas honrarán al dios en el templo de Monte Albano hasta el momento en que Roma convierta a Júpiter en su principal divinidad y traslade el culto al Capitolio, convirtiéndolo en Optimo y Máximo. Los romanos consideraban que todo podía ocurrir con tal que los dioses lo desearan. Ven el cosmos como algo dinámico, pero en equilibrio, expresado a través del pacto entre los seres humanos y los dioses ya que para ellos cada objeto o fenómeno tenía su propia alma. En virtud de ese pacto cualquier cosa puede ser elegida para establecer la presencia divina, requiriendo el beneplácito previo de Júpiter. Para ello, existen adivinos que tienen el objetivo de descubrir la voluntad de los dioses: son los sacerdotes -leen en los oráculos de origen griego-, los arúspices -leen en las vísceras de las víctimas sacrificadas- y los augures -interpretan la voluntad de Júpiter directamente-. En Roma la religión estaba muy vinculada al Derecho al ser necesario distinguir entre lo ilícito de lo lícito. Esta función religioso-judicial la realizaban los pontífices quienes formaban un colegio sacerdotal que estaba dirigido por el pontífice máximo. Ese cargo de pontífice máximo podía ser ocupado por cualquier miembro de la clase política romana, siendo habitual que estuviera en manos del emperador. En el colegio pontificial también se integraban los flamines -sacerdotes dedicados al culto particular de un dios-, las vestales - sacerdotisas de Vesta- y el rex sacrorum -quien desempeñaba las funciones sacras anteriormente reservadas a los reyes-. Dentro del panteón romano encontramos cuatro agrupaciones que tenían la función de representar al Estado: la triada Júpiter-Marte-Quirino, la triada capitolina constituida por Júpiter, Juno y Minerva; y los doce dioses principales: Vesta -diosa del fuego del hogar-, Juno -diosa del matrimonio y del hogar, hermana y esposa de Júpiter-, Minerva -diosa de la inteligencia, de la sabiduría y de las artes-, Ceres -diosa de la agricultura-, Diana -diosa de las doncellas, de los bosques y de la caza-, Venus -diosa de la belleza y del amor, esposa de Vulcano y amante de Marte-, Marte -dios de la guerra-, Mercurio -dios del comercio, de la elocuencia y de los ladrones, mensajero de los dioses-, Júpiter -dios supremo-, Neptuno -dios del mar-, Vulcano -dios de los infiernos, del fuego, del metal y de la fragua- y Apolo -dios de los oráculos, de la juventud, de la belleza, de la poesía, de la música y de las artes-. La triada Ceres-Libero-Libera representaba a los plebeyos. Con el fin de festejar a todos los dioses en los templos y los lugares sacros, los romanos establecieron un calendario, originalmente ligado a la agricultura. El mes se dividía en dos fases, siguiendo el esquema del calendario lunar. Cada mes estaba dedicado a una divinidad, existiendo días festivos propios para cada dios. Los meses de febrero y diciembre correspondían a los inicios del año por lo que se celebraban las llamadas fiestas caóticas. También se consideró que el 21 de abril era otro comienzo de año para festejar el nacimiento de Roma. Junto al culto público, los romanos presentaban un culto privado, más personal e íntimista. El pater familias era el responsable de los ritos dirigidos a las divinidades domésticas: los lares y los penates. Además, cada individuo rendía culto a su genio personal. Las ideas de ultratumba apenas influían en el conjunto de la religión ya que bastaba con que el difunto fuera enterrado con las debidas honras fúnebres. El cadáver se transformaba en sombra y pasaba a formar parte del reino de los manes, los dioses de la muerte. Este concepto sufrirá una profunda transformación cuando en el Imperio Romano entre con fuerza el cristianismo.
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La mayoría de los especialistas hacen una clara distinción entre la religión oficial y la popular. En cualquier caso, nos encontramos ante una religión politeista al adorar a numerosos dioses, la mayoría de ellos relacionados con las fuerzas naturales. La base de la religión egipcia no era la creencia sino el culto, rendir homenaje al dios de un lugar determinado ya que los dioses eran los dueños de Egipto. El faraón era el único regulador del culto y debía proporcionar los templos necesarios a los dioses de los diferentes territorios. Los sacerdotes locales cuidaban la teología de cada dios ya que no se trata de una teología unificada sino más bien un conjunto de creencias y mitos que cada uno puede interpretar de manera diferente. El panteón egipcio es bastante amplio: Amón es el dios de Tebas; Anubis es el dios de Cinópolis; Anukis es la diosa de la isla de Sehel y se representa con forma humana, tocada con un alto cilindro; forma parte de una triada con Khnum y Satis. Atum es el dios de Heliópolis, representado como un rey tocado con la Doble Corona; sus animales sagrados son el león y la serpiente. Bastis es la diosa de Bubastis; Bes era un dios protector de la infancia; Harsafes es el dios de Heracleópolis y está representado por un carnero; es el esposo de Hathor. Hapy era el dios del Nilo; Hathor es la diosa de Dendereh y Afriditópolis; Horus es el dios halcón. Imhotep fue un arquitecto adorado como un dios. Isis es considerada la esposa de Osiris y la madre de Horus. Khentamentiu es el dios chacal de Abidós, siendo reemplazado por Osiris en el Imperio Medio. Khentekhtai es el dios local de Athribis y fue pronto asimilado a Horus. Khnum es el dios de Hípselis y Letópolis representado por un carnero. La leyenda le presenta como el creador del mundo y de los hombres con su torno de alfarero. Khonsu es el dios-luna de Tebas representado por un hombre que lleva sobre su cabeza la luna creciente. Min es el dios de Coptos y su región, representado con un falo erecto y casquete de plumas. Monthu es el dios guerrero de Hemonthis, armado con hacha y arco, representado de manera antropomorfa con cabeza de halcón o toro. Mut era la diosa de Asheru, representada como un buitre o una mujer con la doble corona. Era esposa de Amón y también se llamaba Amenet. Nefertem era dios de la región de Menfis y se representaba como un hombre coronado con una flor de loto. Neith era la diosa de Sais y se representaba como una mujer tocada con la corona roja del Bajo Egipto, un arco y dos flechas. Nnekhbet era la diosa buitre de el-Qab. Neftis era la diosa de Dióspolis Parva y se representaba como una mujer tocada con un jeroglífico en el peinado. Onuris era el dios de Thais y de Sebennites, representado en forma de hombre con un largo manto. Ofois es el dios lobo de Asiut, representado por ese animal. Osiris era el dios de Busiris; Pakhet es la diosa gato de Speos Artémidos. Ptah es el dios de Menfis, patrono de los escultores y de los herreros, representado antropomórficamente con la cabeza rasurada; su animal sagrado era el toro Apis. Satis era la diosa de Elefantina y esposa de Khnum. Sebek era dios de El-Fayum y de Kom-Ombo; Sekhmet era la diosa de Rehesu y se representaba con cabeza de leona como diosa guerrera que era. Selkis era la diosa escorpión. Seth era el dios de Ombos y de todo el Alto Egipto. Shu era el dios de Leontóplis, representado como un hombre que lleva una pluma erguida en la cabeza, siendo su animal el león. Había separado a Nut y Geb, personificando el espacio vacío entre el cielo y la tierra. Thot era dios de Hermópolis del Delta y de Hermópolis Magna; Tueris era la diosa de los partos; Uto era la diosa serpiente de Buto. Ra era el sol y viajaba con su séquito por el cielo; Geb era el dios de la tierra y esposo de Nut, personificando al suelo. Todo lo relacionado con la vida de los dioses -liturgia, clero, calendarios, concepciones teológicas- y lo que afectaba a la vida de los hombres -matemáticas, geometría, historia, literatura, prácticas funerarias,...- se estudiaba en la llamada Casa de la Vida, institución que debía existir ya en la época tinita. En el palacio y el templo principal estaban las principales casas de la vida, aunque también se encontraban en cada uno de los templos menores. La escritura jeroglífica sería uno de los primeros logros de la institución Ni los egipcios ni las egipcias podían entrar en los templos, conformándose con situarse en las explanadas a la hora de realizar el culto. Sin embargo, en algunas ocasiones los dioses salían de sus escondites y sus estatuas eran sacadas en procesión, realizándose fiestas relacionadas con estas salidas. Se actuaba de manera diferente en los pequeños santuarios donde sí podían entrar a realizar sus plegarias El culto a los antepasados era también importante en Egipto, encontrándose nichos en las casas donde se situaban las estatuas protectoras de la familia, siendo una de las más habituales la de la diosa Tueris, relacionada con la fertilidad y representada como una mujer embarazada con cabeza de hipopótamo y patas de león. En las culturas asiáticas, la muerte es uno de los elementos más importantes y la religión intenta dar a los creyentes una visión de la vida futura. Pero esa visión varía con relación al lugar donde nos encontremos. En Mesopotamia existe una creencia en la vida futura pero es tremendamente pesimista. Los dioses son infinitamente superiores a los humanos por lo que tras la muerte, los seres humanos son castigados a comer barro y polvo, ataviados con plumas como las aves. En Egipto, tras la muerte, el "ka" comparecía ante el tribunal de Osiris para responder de sus acciones. Los que habían cometido malos actos serían castigados mientras que los justos entrarían en el reino de Osiris donde llevarían una vida placentera, comiendo y bebiendo por lo que era necesario dejar ofrendas ante el muerto. Como era necesario un cuerpo en ese otro mundo, los egipcios eran embalsamados con el fin de recuperar el cuerpo incorrupto. Otra fórmula era utilizar una estatua representativa del finado.
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Roma se distinguió de las demás ciudades latinas por su religión, al favorecer ésta la instauración del Estado. Las acciones del Estado estarían vinculadas a los actos de Júpiter, el dios principal del Panteón romano. Podemos manifestar que se reivindica la necesidad de implantar en el mundo la voluntad de esa divinidad, que defiende la justicia, el derecho, etc. De esta manera, Júpiter se convierte en el juez de los conflictos ciudadanos entre los latinos, garantizando los pactos que las ciudades realizaran. Todas las ciudades latinas honrarán al dios en el templo de Monte Albano hasta el momento en que Roma convierta a Júpiter en su principal divinidad y traslade el culto al Capitolio, convirtiéndolo en Optimo y Máximo. Los romanos consideraban que todo podía ocurrir con tal que los dioses lo desearan. Ven el cosmos como algo dinámico, pero en equilibrio, expresado a través del pacto entre los seres humanos y los dioses, ya que para ellos cada objeto o fenómeno tenía su propia alma. En virtud de ese pacto cualquier cosa puede ser elegida para establecer la presencia divina, requiriendo el beneplácito previo de Júpiter. Para ello, existen adivinos que tienen el objetivo de descubrir la voluntad de los dioses: son los sacerdotes -leen en los oráculos de origen griego-, los arúspices -leen en las vísceras de las víctimas sacrificadas- y los augures -interpretan la voluntad de Júpiter directamente-.
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El proceso de contacto al que se vieron sometidos los pueblos de Mesopotamia a lo largo de una historia de más de 5.000 años provocó que se produjera una fuerte mezcla de creencias y tradiciones culturales, que en lo religioso se tradujo en un fuerte sincretismo. Por esta razón, resulta sumamente complicado abordar por separado la religión asiria, al hacerse difícil de definir como objeto de estudio, por lo que la tendencia es a abordar el estudio de la religión de manera unitaria, prefiriendo hablar de una religión asiriobabilónica. Es preciso, sin embargo, exceptuar algunos particularismos rituales, como la ceremonia del kizippu o manto del rey, que podía representarle en su ausencia; la celebración de las fiestas Akitu o el rito del rey sustituto utilizado por Asarhaddon. Las creencias asirias tienen realmente mucho que ver con las formas religiosas elaboradas en Babilonia, que a su vez eran una reelaboración de la religión de sumerios y acadios.
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En las creencias religiosas de los aztecas y en el conjunto de sus ritos, sacrificios, fiestas, organización sacerdotal y, en una palabra, en la totalidad de sus formas de culto, había elementos de orígenes muy diferentes entre sí. Pervivían tradiciones de gran antigüedad, herencia en común de muchos pueblos en el ámbito del México antiguo. Algunos elementos provenían de la etapa preclásica, anterior a la era cristiana. Muestra de ello es la veneración al dios del fuego, el que se conoce también como Huehuetéotl, "el dios viejo". En la religión de los aztecas perduraron asimismo creencias cuyo origen cabe derivar de las culturas que habían florecido en las costas del golfo de México. Probable ejemplo lo ofrecen la adoración de deidades como Tlazoltéotl, la diosa que enciende el amor lujurioso y que es a la vez "devoradora de inmundicias", o la veneración a Xipe Tótec, dios fecundador, "Nuestro señor el desollado." En este contexto importa recordar a otros númenes, con raíces muy antiguas, en los comienzos mismos de la alta cultura en Mesoamérica, es decir, entre los olmecas, que vivieron el primer milenio a.C., en la zona fronteriza entre los actuales estados de Veracruz y Tabasco. Algunas de las deidades adoradas por los olmecas, fueron también invocadas más tarde en el ámbito maya, en el de los pueblos de Oaxaca y en otras regiones. Entre esos dioses destacan Tláloc, el propiciador de la lluvia, Chalchiuhtlicue, "la del faldellín de jade" y Quetzalcóatl, "Serpiente emplumada". Legado, asimismo, para los aztecas fue mucho de las creencias y prácticas religiosas de las metrópolis de Teotihuacan (siglos II-X d.C.) y Tula (siglos X-XI d.C.). En una y otra habían sido ya objeto de adoración varios de los númenes que hemos mencionado. Pero el panteón mesoamericano llegó a enriquecerse todavía más en dichos lugares. Aparecen así Xochipilli, "el príncipe de las flores", el protector de las artes, así como Tezcatlipoca, "el espejo que ahuma". A todo ese sustrato, que incluía múltiples mitos y doctrinas, formas de sacrificios y otras variadas prácticas, se sumaron, finalmente, las creencias de grupos que, más tarde, vinieron a asentarse en la región central de México. Nos referimos a los que se nombraron genéricamente chichimecas, los seminómadas de la flecha y el arco que, tras un largo proceso de aculturación, comenzaron también a establecerse en pueblos, imitando la vida civilizada de los antiguos toltecas. Justamente los aztecas, uno de los grupos que a la postre vinieron a ubicarse en el valle de México, traerían también sus formas de culto y sus propios dioses tutelares. Entre éstos sobresalen Huitzilopochtli, "el colibrí de la izquierda", que habría de identificarse con el sol, y la madre de éste, Coatlicue, "la de la falda de serpientes Aunado lo netamente azteca con todo aquello que provenía de etapas y pueblos muy diferentes, la religión prevalente en México-Tenochtitlan al tiempo de la conquista española era en realidad resultado de largos procesos de fusión o sincretismo. Ahora bien, hemos de subrayar desde un principio que, por obra de los sacerdotes y sabios, ese gran conjunto de elementos religiosos, lejos de ser un confuso agregado, había alcanzado un ordenamiento en función de la división del mundo y los ideales de la nación azteca. Hurgando en ese universo de la religión del México antiguo, con base siempre en los códices y en los textos que se conservaban en lengua indígena, trataremos aquí acerca de algunos aspectos que consideramos más significativos. Abarcan éstos los mitos de los orígenes, el gran ciclo en torno a Quetzalcóatl y la suprema divinidad dual, las creencias y ritos específicos del mundo azteca, sus fiestas y sacrificios y, finalmente, la aparición de una nueva actitud que, con todas las salvedades que se quiera, puede describirse como "filosófico-religiosa".
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Que tengamos a Moisés por figura respondente en todas sus características a lo que entendemos por reformador religioso no autoriza a pretender que el yahvismo por él impulsado no tuviera larga prehistoria en continuidad, manifestada en unos estadios previos que dejarían su huella en las formas ulteriores y las harían posibles. Las tradiciones bíblicas de toda suerte y época, invariablemente, entroncan en el yahvismo mosaico las particularidades y experiencias religiosas del período patriarcal, en el convencimiento de que el Dios de la alianza no es otro que aquél que tuteló a Abraham y su descendencia, se manifestó a ellos y de ellos recibió la correspondencia de sumisión y culto. Yahvé es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; el Dios que sacó a Israel de Egipto para hacer luego pacto generoso y a la vez exigente con el pueblo. Y es posible que esta idea tradicional responda a una continuidad de hecho más que al artificio de atribuir los elementos básicos de una religiosidad tardía a muy dudosos antecesores. La historicidad intrínseca de los recuerdos patriarcales y la conciencia que los hebreos posteriores tenían de enraizarse en ellos, permite propugnar una conexión directa entre el Dios habido por exclusivo en algunos viejos clanes seminómadas y el que selló con su pueblo la alianza sinaítica. La identidad de los asiáticos que vivieron en Egipto pudo girar en torno a la idea de un Dios propio, el de sus grupos, irreductible a las divinidades astrales o zoomórficas de la tierra que les acogía u oprimía. La teofanía de Yahvé era nuevo paso de entendimiento con ese Dios que tenían por más suyo que los demás, o por único suyo; nuevo paso, o culminación. Los grupos que no participaron en la cautividad y huida de Egipto, depositarios de tradiciones atávicas similares, aunque infestados de politeísmo de corte cananeo, no tuvieron que hacer demasiado esfuerzo para reconocer en la vivencia que traían los procedentes del desierto una tradición más pura que la que ellos habían conservado, pero no menos propia. Desde ahí se produciría la mezcla de recuerdos y la reinterpretación del complejo caudal religioso hasta quedar en lo que los libros de la Escritura presentan. La Biblia ofrece, por todas partes, indicios de superposición de estadios religiosos diferentes y circunstanciales, que bien pueden suponer continuidad evolutiva. Hay un estadio de religiosidad nomádica: el Dios del padre, divinidad tribal vinculada a una línea familiar, a un clan, a un grupo de gentes, que se mueve con ellos y recibe sacrificios y culto apropiados al género de vida pastoril y presedentario. Las piedras de culto, como la de Jacob en Betel, los árboles sagrados, cual la encina de Mambré, y el rito de la Pascua podrían ser manifestaciones de este primitivo estadio. Con la sedentarizacion, el Dios nomádico se hace Dios de santuario; el Dios patriarcal se sincretiza con el semítico-occidental El, y como éste recibe culto en centros religiosos fijos, los lugares altos, y protege los ciclos agrícolas. Responderían a esta nueva situación las denominaciones de El, Elohím, El' Sadday y otras similares, apelativos luego de Yahvé, la transición de viejos centros religiosos cananeos a referencias sagradas israelitas, así como fiestas agrarias, cuales Pentecostés y Tabernáculos, de cosecha y vendimia, respectivamente. Estos dos estadios previos quedarían asumidos por el yahvismo histórico. Si esto fue así, y todo parece indicarlo, se produjo a lo largo del tiempo un lento proceso evolutivo y acomodaticio, pero también muy flexible y diversificado. En algunos casos, lo patriarcal se mantuvo en estado prácticamente intacto hasta entroncar con el yahvismo; en otros, la sedentarización supuso pérdida del exclusivismo henoteísta o infecciones más o menos profundas; a veces, hubo de costar trabajo a los diferentes grupos reconocerse como próximos y aceptar la idea de una religiosidad compartida y de unas raíces comunes. Pero todo es complejo en la historia, especialmente en las agónicas conformaciones primitivas y originales. Lo que sí es cosa clara es que el monoteísmo falta en los esquemas mentales de los israelitas, tanto en los estadios prehistóricos vistos cuanto en el posterior y más evolucionado yahvismo, por lo menos, durante mucho tiempo. El Antiguo Testamento no niega categóricamente la existencia de otros dioses, sino que se limita a confesar la exclusividad del propio Dios para su clan, para su pueblo, y la superioridad sobre los dioses de los demás. El Yahvé postmosaico aporta algunos elementos de superior depuración, pero no la radical superación del henoteísmo, y si lo hace, es en época muy avanzada.
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En el Imperio babilónico la religión estuvo fuertemente asentada en la vida social y política, dado el carácter nacional y oficial del culto. No obstante, se puede considerar que existía una religión oficial y otra popular. La primera estaba bajo control del Estado y los principales templos, guardianes de la ortodoxia y la tradición en la que se sustentaba su propia razón de ser como instituciones. A grandes rasgos, podemos decir que la religión en Babilonia es heredera de los planteamientos sumerios y acadios y que se caracteriza por su politeísmo -manifestado en su complejo panteón-, antropomorfismo y sincretismo -acogiendo numerosas creencias y deidades de origen extranjero-. La segunda manera de entender o vivir la religión, la popular, está muy alejada de la oficial. El individuo babilónico participa muy marginalmente de los cultos oficiales, con excepción de las celebraciones del Año Nuevo y el culto a Ishtar. Para el común de la población son más importantes sus dioses personales, así como el amplio conjunto de creencias mágico-religiosas en las que busca consuelo y remedio frente a la enfermedad o la acción de los espíritus malignos. Amuletos y ritos exorcistas fueron las principales herramientas utilizadas por el pueblo babilonio para combatir la enfermedad o la desgracia.
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La nueva organización política de la ciudad fue acompañada por una serie de progresos en la estructura material de la misma. En primer lugar, la construcción de una muralla que, según algunos historiadores, se cree que rodeaba las 285 ha., que era la extensión aproximada de Roma y, según otros, coincidiría ésta con el pomerium o límite religioso de la ciudad. Servio Tulio intervino también de modo decisivo en la reorganización del Foro Boario y en el establecimiento de cultos relacionados con las funciones comerciales de ese Foro, así como con la propia ciudad de Roma. La tradición habla de un doble edificio de culto consagrado a Fortuna y a Mater Matuta, en el Foro Boario. Algunas divinidades -como es posiblemente el caso de Mater Matuta- se incorporaban al panteón romano mediante el procedimiento de la evocatio. Esta equivalía a una invitación ritual a una divinidad ajena o extranjera para que se mostrara propicia con los romanos. A cambio, se comprometían a erigirla en Roma un culto y, por consiguiente, reconocerla como divinidad pública. Las advocaciones de Matar Matuta o Matutina (diosa de la luz, Aurora, diosa astral, diosa relacionada con Ianus, dios de la entrada, y con los viajeros) y de Fortuna (protectora en la guerra, en el amor, diosa del globo y del timón, es decir, de la fortuna) eran complementarias y cuadraban bien con el emplazamiento de su culto en un centro de actividades comerciales. La tradición presenta a Servio Tulio como un rey protegido por la diosa Fortuna. También se le debe a Servio Tulio el templo del monte Aventino, erigido en honor a Diana. Los propios autores antiguos señalan las influencias griegas del templo y lo relacionan con la Artemisa efesia. Ampolo ha demostrado que la estatua de la Diana del Aventino era del mismo tipo que la Artemisa que se veneraba en el templo de Marsella que, a su vez, se inspiraba en la de Efeso. Dionisio de Halicarnaso dice que todavía en tiempos del emperador Augusto se podía leer en el templo la dedicatoria de Servio Tulio sobre una estela de bronce, con el nombre de las comunidades latinas asociadas a este culto. Este templo tenía el carácter de santuario federal de los latinos sometidos a Roma. El Aventino estaba fuera del pomerium de la ciudad y estaba habitado fundamentalmente por artesanos, latinos deportados, extranjeros y otros elementos marginados de la sociedad romana. El templo de Diana aventinense ejercía el derecho de asilo para los comerciantes extranjeros, los refugiados, exiliados, etc. En la construcción de este templo se ha visto un indicio más de la política antiaristocrática de Servio Tulio porque esta divinidad estaba estrechamente vinculada con los estratos inferiores de la sociedad romana. El valor de la obra de Servio Tulio reside, principalmente, en el reforzamiento de la estructura de Roma como ciudad-estado, lo que necesariamente implicaba limitar el poder político-militar de las gentes. Sin duda, la mayor resistencia a la política serviana radicaba en los grupos gentilicios poderosos y la consecuencia de la organización centuriada será contribuir, a comienzos del siglo V a.C., al enfrentamiento entre la oligarquía, reivindicadora de sus privilegios, y los plebeyos. Enfrentamiento alimentado por la grave crisis social y económica que sucede a la floreciente época de los últimos reyes de Roma.
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Los administradores de este complicado imperio desarrollaron una religión que tenía como finalidad fundamental sancionar la jerarquización social y el culto estratificado a los lugares de origen de cada grupo que se anexionó y formó parte de este imperio. De ahí que los mitos cosmogónicos incaicos se dirijan en esta dirección. La tradición inca suponía que este universo en el que vivimos es el cuarto de una serie de creaciones y destrucciones divinas; una idea que está muy arraigada en las cosmologías de las civilizaciones americanas. Las destrucciones, como en otros lugares, se llevaron a cabo por cataclismos originados por la insatisfacción de los dioses con los seres que ellos mismos habían creado. El primer dios fue Viracocha, que creó el primer universo y después lo destruyó por medio de pestes y guerras; el segundo fue el universo de WariRuna, que lo pobló de gigantes de piedra, para destruirlo después; el tercero fue el universo de Purun-Runa, que terminó también por un cataclismo cósmico; y el actual es el mundo de los incas. Estos mismos relatos cosmogónicos relacionaban el origen de los incas con Pacaritambo, "Casa del Origen", de donde salieron en migración distintos grupos que fueron los pobladores de Cuzco distribuidos en 10 ayllu. Como hemos señalado antes, de aquí salieron los cuatro hermanos Ayar quienes, junto a sus cuatro mujeres, dieron lugar a las dinastías incaicas. Además de construcciones cosmogónicas creadas para sancionar las jerarquías sociopolíticas y el papel de los incas como pueblo elegido y centro de la Humanidad, éstos crearon un panteón también jerarquizado. En la cúspide celestial, Viracocha era el dios creador del cielo, la tierra y los hombres, que dió luz a la primera generación humana que él mismo habría de convertir más tarde en piedra. Se le rendía culto en el Coricancha, en Cuzco. Los dioses celestes formaban otra categoría, con Inti, el dios del sol al que se asociaba siempre el Inka, a la cabeza. Estaba muy relacionado con las estaciones y con las plantas. Mamaquilla, la luna, era la hermana y la esposa del sol, y afectaba al mundo femenino. Se identificaba con la hermana del Inka, la Colla. Illapa era el dios del rayo y la tormenta, del agua y de la fertilidad. Junto a ellos, toda una plétora de dioses estelares, destacando las Pléyades, Venus y Escorpión. En el nivel terrenal y del inframundo el culto estaba organizado en torno a huacas y espíritus. Una huaca es una fuerza sobrenatural que se encarna en cualquier objeto o lugar sagrado. Cada cerro, río, roca y cada manifestación singular de la naturaleza u objetos específicos como templos y enterramientos, eran considerados por sí mismo sagrados. Tenían una fuerte relación con el culto a los antepasados, cuya máxima expresión era la momificación del cuerpo de cada Inka, que fueron adorados como divinidades y, como tales, enterrados en el Coricancha. Los mallqui, los cadáveres sagrados y momificados de los fundadores de los ayllu, eran también una categoría especial de huaca y, como las otras, estaban jerarquizados. Las huacas estaban ordenadas en el espacio y jerarquizadas de acuerdo con sus funciones y con el prestigio de aquellos a quienes representaban y de quienes recibían el culto. El Cuzco mismo era una huaca impresionante y en torno a él, orientados en líneas o ceques que partían en todas las direcciones, se organizaban en el espacio las huacas. Este complejo universo de los incas, complementado por muchas otras manifestaciones científicas y artísticas que no tienen cabida en este escrito, comenzaron a cambiar desde 1.537; de manera que en unas pocas decenas de años algunas instituciones habían dejado de existir, otras habían perdido de manera definitiva su significado, mientras que otras habían sufrido tales alteraciones que, readaptándose a una nueva situación colonial, habrían de responder a los dramáticos retos que les presentaba el contacto con una sociedad occidental.
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El de los incas fue un pueblo profundamente religioso. La vida toda del hombre, como individuo y como componente de su ayllu estaba regida y condicionada por la presencia constante de fuerzas y seres sobrenaturales, a cuya influencia era difícil sustraerse, y cuya benevolencia era preciso conseguir mediante la práctica constante de ritos y ofrendas. Pero en el marco de la vida espiritual, como en el de la material, se advierten claramente las características que informaron ésta en el tiempo del Imperio: por un lado, la existencia de una fuerte tradición preincaica tolerada e incluso absorbida por los señores del Cuzco, y por otro, una clara diferenciación entre la religión de las elites y la del pueblo; es decir, entre esa tradición, respetada por los conquistadores, y una religión oficial, utilizada como un factor más, importante y decisivo, de la unidad del Imperio. Sin embargo, hay que destacar que la base de toda la ideología religiosa de las elites, elaborada por los amautas hasta la categoría de una verdadera teología, fue la creencia general en toda el área andina y en épocas remotas en la existencia de una divinidad creadora, un Ser Supremo, que con distintos nombres pero con las mismas características, aparece como centro de los mitos de creación en diversos lugares, desde el altiplano a la costa y desde el Titicaca al Ecuador. La divinidad creadora del área del Cuzco es Viracocha, que, procedente del lago Titicaca, del que emerge después de haber creado el cielo y la tierra, procede a la creación sucesiva de dos humanidades, la primera de las cuales es destruida por él mismo y convertida en piedras, con las que labra los modelos de la segunda humanidad. Después se dirige hacia el Norte, al Cuzco, y, tras organizar y ordenar el mundo, actuando como héroe civilizador, continúa su marcha hacia el Norte dirigiéndose a la costa, hasta desaparecer en el mar siguiendo el camino del Sol, y prometiendo su regreso. Viracocha es un dios celeste, creador y fertilizador relacionado con el mar y el agua. Su nombre es significativo: espuma de la mar o espuma del agua. Aparece con atributos solares, pero no es el Sol, ni su culto tiene las características del culto solar. El Sol, como divinidad del Estado incaico, es de una aparición más tardía. Se ha dicho que Viracocha fue la divinidad de las elites y que su culto fue solamente organizado y establecido en la Corte por un sacerdocio de alta jerarquía, y que el Sol fue la divinidad del pueblo. Sin embargo, modernas investigaciones llevadas a cabo por el profesor Franklin Pease han permitido establecer que el culto solar perteneció, como el de Viracocha, al que relegó a un segundo plano, a las elites imperiales y que fue impuesto oficialmente a todo el Imperio, como eje de un nuevo orden religioso después del reinado de Pachacuti. Para subrayar la importancia de la aparición de un orden nuevo y diferente en el Incario, Pachacuti se vale del culto solar, que oficializa con la magnificencia de que dota al templo existente en el Cuzco dedicado al Sol. El Coricancha fue el recinto de oro, revestido y decorado con planchas y objetos de este metal, considerado como uno de los atributos de la divinidad. E1 prestigio del culto solar y su vinculación con la dinastía de los incas, son, pues, consecuencia de una victoria política, y este carácter político fue la causa de que, a pesar del respaldo oficial y de la poderosa organización que lo mantuvo con generosas dotaciones económicas en edificios, tierras, rebaños y servicios, desapareciera rápidamente después de la caída del Imperio. Junto a estas divinidades superiores, Viracocha y el Sol, otras de carácter celeste y vinculadas a ellas ocupaban un lugar importante en el panteón inca. Pero el pueblo estaba inmerso en una serie de ritos y ceremonias, expresión de su sentimiento religioso, más orientadas hacia el culto de divinidades regionales, locales, familiares y aun personales de carácter naturalista o animista, a las que no se sustraía ni la misma casta de los Incas. Estas prácticas fueron las que sobrevivieron y las que aún hoy subsisten, aunque modificadas, entre el campesinado andino. El culto a las huata, objetos o lugares sagrados, representaba la más importante manifestación de la religiosidad de los incas. Una huaca era cualquier objeto, ser o fenómeno de la naturaleza que ofreciera características consideradas como sobrenaturales por su aspecto inhabitual: una roca o montaña, una piedra de forma extraña, una planta o un ser vivo, animal o humano, que ofreciera alguna anormalidad, era huata. El cuerpo de un antepasado, el mallqui, lo era igualmente, así como la representación en piedra de ese antepasado, en el caso de que fuera supuesto y no real. También tenía este carácter sagrado el lugar en el que se rendía culto a las huacas "transportables"; o las pacarina, lugar de donde se creía que había surgido un antepasado o un grupo, desde las entrañas de la tierra. Las ceremonias del culto oficial requerían, además de ricas ofrendas, sacrificios numerosos de llamas y, en ocasiones excepcionales, de seres humanos, jóvenes y niños. Las ceremonias oficiales, que se celebraban de manera sincrónica en todo el Imperio, eran las que marcaban los ciclos agrícolas determinados por los equinoccios y solsticios, pero que tenían lugar, con diferente duración, cada mes. Un ceremonial complejísimo se seguía para las más importantes, entre las que destacaba la del Inti Raymi, o gran Pascua del Sol, que se celebraba con motivo del solsticio de junio. Con muy remotas resonancias incaicas, y aun sin su contenido original, la fiesta del Inti Raymi sigue convocando en la actualidad, cada año, en la magnífica explanada que se extiende a los pies de la imponente fortaleza de Sacsahuaman, en el Cuzco, a los campesinos de toda la región, constituyendo un atractivo más para turistas del inunda entero, que en número creciente se sienten atraídos por conocer los vestigios del impresionante mundo de los incas.