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El 18 de julio de 1873, Nicolás Salmerón fue nombrado presidente por 119 votos. Con él la República inició un viraje de carácter conservador, que llegó a poner en cuestión incluso el principio federal, de hecho enterrado en la sublevación cantonal. La prioridad del Gobierno residió en intentar resolver la guerra carlista y el cantonalismo, dentro de un contexto más amplio de restablecimiento del orden público. El 6 de septiembre dimitió Salmerón, siendo elegido Emilio Castelar presidente por 133 votos, frente a los 67 que apoyaron la vuelta de Pi y Margall. Castelar concretó el giro conservador: las libertades no podían descuidar el orden, y ahora se imponía la conservación de este último. Así las cosas, Castelar decidió gobernar por decreto, y no tardó en actuar. Disolvió a los voluntarios de la República y suspendió las garantías constitucionales. El autoritarismo emanaba de un Gobierno que recortó en gran medida las libertades constitucionales y se apoyó en un sector del ejército de ideología contraria a la suya. Un ejército que continuó adquiriendo una influencia decisiva, no tanto por su cómoda victoria sobre el movimiento cantonal como por su actuación en la guerra carlista. Convertido en una auténtica guerra civil, el conflicto carlista había avanzado de forma importante no sólo en el País Vasco, Navarra y el interior de Cataluña, sino por buena parte del territorio español, aunque no siempre con la misma fuerza. En Andalucía, Castilla, Galicia y otras zonas se localizaron sólo partidas menores, mientras el grueso del carlismo se concentraba en sus feudos tradicionales. Fue allí donde, con el apoyo de varias potencias europeas, que preferían un régimen conservador en España, el carlismo había comenzado a sentar las bases de un Estado propiamente considerado, con sus mecanismos administrativos. Los ayuntamientos y diputaciones, base del Estado carlista y principales financiadores de las cargas militares, se reorganizaron bajo principios forales. Intentaron regularizar la vida económica e impulsaron la instrucción pública, favoreciendo la lengua autóctona y restableciendo viejas instituciones culturales. El carlismo contaba, además, con una base sociológica amplia, cuya composición rebasaba el tradicional espacio rural para extenderse a núcleos urbanos, a pesar de su fracaso ante el sitio de Bilbao. La guerra de Cuba impulsó de igual modo este protagonismo del ejército, aunque el problema allí era muy diferente. De hecho, la República nunca llegó a controlar la situación. Las autoridades de la Isla actuaban con un gran margen de independencia respecto al poder central, que ni el proyecto de estructuración federal del Estado logró amortiguar. La guerra cubana adquirió una dimensión internacional. Estados Unidos, buscando una mayor presencia, dejaba hacer a los independentistas. En este contexto estalló un delicado asunto diplomático. El barco Virginius transportaba armas y pertrechos para los independentistas cuando fue interceptado por buques españoles, siendo fusilados sus tripulantes. La tensión entre los dos países contribuyó a enturbiar más la situación del Gobierno Castelar en los meses de noviembre y diciembre. A la altura de este último mes, un sector de los diputados a Cortes estaban dispuestos a plantear la cuestión de la confianza al Gobierno, con ocasión de la reapertura de sesiones el 2 de enero de 1874. El 31 de diciembre Figueras, Pi y Salmerón habían decidido la caída de Castelar. Ello desembocaría en un viraje, esta vez hacia la izquierda, posiblemente hacia los postulados del federalismo intransigente. Al menos ésta era la visión de otro sector de los diputados, así como de un ejército dispuesto a intervenir para evitarlo, contando con el concurso de buena parte de los viejos políticos procedentes de la septembrina.
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Los sucesos de 1968, tanto del mayo francés como de Checoslovaquia, dejaron importantes secuelas en la izquierda occidental a corto y medio plazos. Los partidos comunistas occidentales acentuaron su distanciamiento respecto de Moscú, particularmente el PCI - Partido Comunista de Italia- y el PCE -Partido Comunista de España-, dando lugar al eurocomunismo, que mediante la fórmula del compromiso histórico trataban, respectivamente, de abrir las puertas de un Gobierno con los democristianos en Italia y articular un amplio acuerdo político capaz de poner fin a la dictadura franquista, en España. La plena aceptación del marco democrático significaba la definitiva renuncia a la estrategia revolucionaria abierta por los bolcheviques en 1917; con ello no sólo se alejaban del modelo soviético también trataban de responder a las transformaciones acaecidas en las sociedades industrialmente avanzadas, mediante la teoría de la revolución científico-técnica. A pesar de ello, amplios sectores sociales comprometidos en los movimientos del 68 mostraron abiertamente sus recelos respecto de los partidos comunistas occidentales por la combinación de varios factores: la invasión de Checoslovaquia representó la definitiva ruptura con el modelo soviético para la "nueva izquierda"; mientras que las vacilaciones y tibieza, cuando no abierta hostilidad, con las revueltas del 68 de dichos partidos les alejaron de los grupos más comprometidos. A corto plazo, condujo a una reafirmación en los postulados del izquierdismo, basados generalmente en el marxismoleninismo, el trotskismo o el maoísmo. El fracaso de las revoluciones del 68 respondió, a juicio de los grupos izquierdistas, a la ausencia de una organización capaz de dirigir el proceso revolucionario, dada la "traición" de la izquierda tradicional. Por ello, la "tarea del momento" residía en construir el "partido de la revolución". En Francia, miembros de la disuelta Unión de Juventudes Comunistas (marxista-leninista) -UJC (ml)-, del "movimiento 22 de Marzo" y del movimiento estudiantil fundaron la Gauche Prolétarienne, que contó con las simpatías de Sartre y Maurice Clavel, hasta que el 25 de junio de 1970 fue prohibida por el Gobierno; los trotskistas se reorganizaron en la Ligue Communiste liderada por Alain Krivine, la Alliance des Jeunes pour le Socialisme (AJS) y Lutte Ouvriére respectivamente; en abril de 1973 aparecía, bajo la dirección de Sartre, el periódico Libération, que trataba de expresar las sensibilidades crecidas al calor del mayo del 68. En la República Federal de Alemania, la Oposición Extraparlamentaria (APO) y el SDS entraron en crisis tras el fin de las movilizaciones contra las leyes de excepción y el triunfo electoral del SPD en 1969, dando lugar a un proceso de disgregación sólo superado en los años ochenta con la aparición de los Verdes -Die Grünen-. En Italia, desde 1966 existía el PCI (m-1) de tendencia maoísta, al que se añadió la Unione dei Comunisti Italiani (marxisti-leninisti) desde 1968; pero la experiencia más interesante se remontaba a los Quaderni Rossi impulsados por Rainiero Panzieri, que dio lugar en 1964 a la revista Classe Operaia, de la que surgió el grupo Potere Operaio en 1967; en 1968 aparecía en Milán Avanguardia Operaia, animadora de los Comitati Unitari di Base (CUB), que se presento a las elecciones locales de 1975 en unión del PDUP bajo el nombre de Democrazia Proletaria; en Turín nació en 1969 Lotta Continua; finalmente, en 1969 un grupo de disidentes del PCI creó la revista II Manifesto, entre los que se encontraban Rossana Rossanda, Luigi Pintor, Massimo Caprara, Lucio Magri y Luciana Castellina. La nueva izquierda italiana de los años setenta fue la más sugerente y renovadora de los grupos surgidos tras las cenizas de las revueltas del 68, animando y, en muchos casos, anticipando los planteamientos de los nuevos movimientos sociales de los setenta y ochenta, como el feminismo, el ecologismo y el pacifismo. A medio plazo, el izquierdismo se reveló como un camino que miraba más hacia el pasado que hacia el futuro. Su fracaso se manifestó en la permanente fragmentación de unos grupos que difícilmente salían de la marginalidad política y social. La frustración de las esperanzas en el pronto estallido de la revolución llevó a algunos, influidos por la mitificación de las en el luchas guerrilleras del Tercer Mundo, a postular estrategias de guerrilla urbana que desembocaron en varios países en la formación de grupos terroristas, como las Brigadas Rojas en Italia o el RAF -fracción del ejército rojo- en la República Federal de Alemania, durante los años setenta. Mayo del 68 dejó tras de sí un poso ambivalente. En la década de los setenta, varios factores confluyeron en el declive temporal de las protestas que habían atravesado las "sociedades opulentas". De una parte, la derrota de las revueltas del 68, más aparente que real por lo que se refiere a determinados aspectos de los nuevos valores postmaterialistas de las que eran portadoras, provocó un reflujo de la dinámica de la protesta de los sesenta, manifestado en la progresiva marginalidad de los grupos herederos del 68. De otra, el cambio de las expectativas, fruto del estallido de la crisis de los setenta, que puso en cuestión el optimismo en un crecimiento sostenido a raíz de la publicación del primer informe del Club de Roma en 1972, bajo el paradigmático título Los límites del crecimiento. Un año más tarde la primera crisis del petróleo resquebrajaría la fe en un progreso material ilimitado, ofreciendo fuertes argumentos al incipiente movimiento ecologista.
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No todos los franceses eran pétainistas en 1940. Nada más iniciarse la ocupación comenzó la resistencia, aunque se considera el 18 de junio de 1940, fecha de la convocatoria realizada por De Gaulle en Londres, como principio de la misma. Paralelamente, diversas formas anónimas de hostilidad hacia el ocupante y Vichy sucedían en suelo francés: La resistencia surgía por doquier, en un primer momento como reacción espontánea, nacida de la rebeldía o de la decisión de unos pocos que no requería la llamada de un jefe o de un partido para producirse. Luego, más extendida y organizada, recibiendo órdenes, transmitiendo mensajes, coordinando su acción y desembocando al final, en 1944, en una animadversión colectiva hacia la ocupación nazi. Hubo al principio dos corrientes de resistencia. Una exterior, fuera del territorio galo, aglutinada en torno a De Gaulle. Este quería formar un ejército de tipo clásico. Fueron las Fuerzas Francesas Combatientes, que más tarde se denominaron Fuerzas Francesas Libres (FFL). Nacidas en precario, se convirtieron progresivamente en un verdadero ejército gracias a las aportaciones de los territorios coloniales de África: África Ecuatorial francesa, Madagascar y, posteriormente, África del Norte. Al mismo tiempo, se emprendía una acción política que cobraría importancia creciente en las actividades del general De Gaulle. El Comité Nacional Francés de Londres, formado en 1940, fue luego Comité Francés de Liberación Nacional y, en 1944, Gobierno provisional de la República francesa. Este organismo político creado por la resistencia exterior debía representar ante los aliados a la Francia resistente y defender los intereses galos. Paulatinamente, acabó representando a toda la resistencia francesa, exterior e interior. Porque, independientemente de la acción inicial del general De Gaulle, hubo una resistencia interior que adoptó progresivamente formas organizadas de actuación. Muy pronto creó redes de evasión a través de la línea fronteriza para prisioneros de guerra fugados, judíos perseguidos y aviadores aliados abatidos. Por una de estas redes llegaron a España, rumbo hacia Inglaterra o África del Norte, franceses deseosos de continuar la lucha. También circularon agentes de información al servicio de los aliados que comunicaban a éstos particularidades militares del enemigo. En breve, sin embargo, la resistencia amplió sus objetivos. La dimensión política, en el noble sentido del término, le proporcionó consistencia y le permitió expresarse dentro de los movimientos, organizaciones dedicadas no sólo a la información, sino al sabotaje, la acción armada, la propaganda contra el ocupante y contra Vichy y a preparar la toma del poder por la Liberación. Antes de que se constituyeran los grandes movimientos de la resistencia, el aspecto político de la lucha se planteó en 1940 con la puesta en marcha del Partido Comunista clandestino. Los comunistas fueron la primera fuerza política en recuperarse de la catástrofe de la ocupación. Las condiciones en que se desenvolvió la negociación con las autoridades de ocupación para que autorizaran la publicación de L'Humanité, órgano de prensa del partido comunista, permanecen turbias. En cualquier caso, esta autorización no se concedió. Por el contrario, a partir de otoño de 1940, Vichy y el ocupante comenzaron la persecución de los comunistas -que habían reemprendido la difusión de propaganda clandestina-. Entre los numerosos detenidos, escogería la Wehrmacht a aquellos rehenes que luego serían fusilados en represalia a los ataques contra las tropas germanas, iniciados durante el verano de 1941. Entre ellos, los de Chateubriant, fusilados en octubre de 1941. La gran huelga de los mineros del norte, en mayo de 1941, es organizada por los comunistas de la zona. Ese mismo mes, el Partido Comunista anuncia la creación del primer gran movimiento de resistencia, el más numeroso y persistente: el Frente Nacional. Ningún historiador discute, por tanto, que el Partido Comunista clandestino entró en la resistencia antes del 22 de junio de 1941 sin saber que la Alemania nazi iba a atacar a la Unión Soviética. Pero no es menos cierto que desde entonces la acción comunista cobró renovado vigor y nuevas formas. En verano de 1941, los comunistas empezaron a realizar atentados contra los soldados alemanes. El hecho no dejó de suscitar problemas de conciencia en los resistentes, incluso entre los comunistas, por las represalias que esos atentados desencadenaban. Posteriormente, el Frente Nacional crearía sus propios grupos armados, los francotiradores y partisanos franceses, encargados de combatir al ejército de ocupación. Continuamente, los comunistas se situarán en primera línea de la lucha, rehusando cómodas retaguardias. Por eso se cebará en ellos la represión. Pero a la vez suscitarán controversia en la propia resistencia y, a partir de 1943, jugarán un papel señero en las altas esferas de la resistencia nacional. Otros franceses de otros credos políticos y de todos los medios sociales, movidos a menudo por puro patriotismo, constituyeron también, más o menos pronto, movimientos de resistencia y lucha -militar y política- contra el ocupante y Vichy. Varios extendieron su influencia por la mayor parte del territorio y sus periódicos difundieron a veces más de 100.000 ejemplares. Además del Frente Nacional, los movimientos más importantes fueron Combat, dirigido por Henri Frenay; Libération, con Emmanuel d'Astier de la Vigerie, y Libération-nord, ambos inspirados por socialistas y sindicalistas socializantes; Franc-Tireur y, a menor escala, Organización civil y militar, y el periódico clandestino de los cristianos resistentes, Témoignage chrétien. El año 1943 será decisivo en la evolución de la resistencia interior y exterior, porque ambas se unificarán en torno al jefe de la Francia libre, Charles De Gaulle. Los americanos habían desembarcado en noviembre de 1942 en África del Norte y, tras entenderse con el almirante Darlan, uno de los principales dirigentes de Vichy, confiaron el mando francés de la zona liberada al general Giraud. Aunque prisionero de guerra evadido de la fortaleza de Königstein, en Alemania, y hostil al ocupante, Giraud era partidario de Pétain y de la Revolución nacional, por lo que mantuvo en el territorio bajo su mando las leyes de Vichy, incluso las contrarias a los judíos y los comunistas, Los americanos tuvieron alejado de las operaciones africanas a De Gaulle e ignoraron completamente la resistencia interior. Entonces ésta decidió apoyarle para que De Gaulle pisara África del Norte, quitase el mando a Giraud y asumiera en solitario la dirección del Comité Francés de Liberación Nacional. El general De Gaulle encomendó a Jean Moulin la tarea de agrupar a las diversas fuerzas comprometidas en la resistencia interior. Estas se constituyeron en abril de 1943 en un órgano de dirección común: el Consejo Nacional de la Resistencia. Ni De Gaulle ni la resistencia interior -ni por supuesto la comunista- querían que en la Francia liberada del ocupante alemán se perpetuase el régimen de Vichy sostenido por Giraud. Tampoco aspiraban a que Francia cayese en la dependencia de los libertadores anglosajones ni de los americanos, cuyo hombre de paja parecía ser Giraud. Además, en ese año 1943, los resistentes del interior y el general De Gaulle acababan de granjearse las simpatías de la gran mayoría de franceses, ya despegados de Vichy y cada vez más hostiles al ocupante. Evidentemente, los franceses comprometidos con la resistencia desde el principio habían sido pocos y de limitada influencia. Igualmente siguieron minoritarios los resistentes activos. Pero en contra de lo escrito por algunos buenos historiadores, estas minorías no eran exclusivamente las fuerzas de la resistencia. Ya en 1943 se enrolaron en la resistencia un número importante de jóvenes amenazados por el servicio de trabajo obligatorio en Alemania. Esto permitió formar maquis armados en el campo, en los Alpes y el Macizo Central, donde intervinieron en los últimos combates contra el ocupante. Estos jóvenes procedían de todas las clases sociales y su compromiso con la resistencia nacía de la opresión que el ocupante ejercía -con exigencias crecientes- sobre el conjunto de la población. Esta, por tanto, se sentía progresivamente implicada en la lucha contra el ocupante y cada vez más próxima a los resistentes. Pero, además, es evidente que si los resistentes pudieron actuar y evitar la destrucción de su organización a manos del enemigo, fue por su perfecta conexión con el medio en que operaban. Los resistentes se beneficiaron del apoyo de la población. Esta les procuró escondite y alimentos. Y cuando caían en poder de la Gestapo los jefes o los mandos de un movimiento, otros hombres les sustituían automáticamente. En cambio, el ocupante se veía abocado a una situación de permanente inseguridad por el carácter multiforme y difuso de la resistencia y por la hostilidad que respiraba por doquier, e iba tejiendo un cerco de animadversión en torno suyo. En esto, la resistencia fue una resistencia de masas. La guerra de partisanos no resultó en Francia tan virulenta y mortífera para el Ejército alemán como en los países de la Europa del Este: URSS, Polonia y Yugoslavia. Porque, más que por las repercusiones de los combates, sabotajes y emboscadas -multiplicadas, sin embargo, en 1944-, la resistencia francesa tuvo incidencia en la desmoralización del adversario. Gracias a su honda implantación en las masas populares, rurales y urbanas, las fuerzas de la resistencia pudieron desempeñar un papel activo y espectacular en la liberación de su país. Tras el desembarco de Normandía, el 6 de junio de 1944, desplegaron sus tentáculos por doquier. Ellas solas liberaron, sin intervención del Ejército aliado, toda la parte de Francia situada al sur y oeste del Loira y del Ródano, después de haber reconquistado Córcega en 1943. Participaron, asimismo, en otros frentes junto a los ejércitos angloamericanos para liquidar los últimos rescoldos de la resistencia enemiga. París, en fin, fue liberado en agosto de 1944 por las fuerzas insurgentes de la capital, apoyadas por la huelga de todas las fuerzas vivas del casco urbano y por un destacamento de la segunda división blindada de la Francia libre desembarcada en Normandía junto a los americanos. Un ejército francés regular formado en África del Norte (primer ejército) contribuyó a la liberación del corredor del Ródano y luego del este de Francia. Reforzadas estas fuerzas por otras del interior -constituidas por agentes que habían participado en la liberación del territorio-, estos ejércitos franceses regulares invadirán Alemania. Un grupo se apoderará de Bechtesgaden, nido de águila de Hitler. Otro seguirá hasta el Tirol austriaco. Esto permitirá a Francia participar en la derrota y ocupación de Alemania y en la decisión sobre su futura suerte. Mientras tanto, en Francia, el carácter masivo logrado por la resistencia permitirá a sus miembros instalarse en el poder tan pronto como los alemanes lo abandonen, sin que los representantes de Vichy, privados del apoyo germano, osen oponerse y sin que logren los americanos montar sus servicios administrativos (Amgot) en el territorio liberado, como era su propósito. Vichy había transigido con la humillación de Francia y su inserción en una Europa germana, dominada por el nazismo. Con la resistencia, Francia volvió a encontrarse al lado de americanos, ingleses y soviéticos con un lugar definido en el futuro de Europa.
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El fenómeno de la resistencia, de límites netos en la Europa ocupada por el Eje, se difumina e incluso queda semioculto en los países de Asia, África y Oceanía ocupados o sometidos a potencias del Eje, por un fenómeno mucho más amplio y profundo, anterior a la guerra, de límites claros: el anticolonialismo y la lucha por la liberación nacional. Salvo excepciones, todos los países involucrados en la guerra mundial, que para ellos es, en más de un caso, lejana y ajena, a causa de la invasión del Eje, padecen ya la dominación de algunos de los aliados. Para estos países colonizados la guerra es una ocasión para pescar, para bien, en el río revuelto de las derrotas aliadas y tratar de recuperar lo que realmente les interesa: la independencia. Lo mismo cabe decir de los países dominados colonialmente por países del Eje desde antes de la guerra: la derrota de éstos es la condición de su libertad. Así, unos y otros oscilarán, en más de un caso, entre la resistencia al Eje, la colaboración con éste, o una mezcla de ambas actitudes, lo más frecuente. Para atraerse a los nacionalistas de las colonias, las potencias fascistas y las aliadas prometerán reformas e independencias, con la boca pequeña, pero muchas veces acabarán por no controlar la dinámica descolonizadora puesta en marcha por ellos..., que son también Estados dominadores. La resistencia al Eje puede basarse en la convicción ideológica antifascista y antiimperialista; muchas veces suele estar determinada, sin embargo, por las promesas de independencia de los aliados. Los colaboradores de los japoneses o italianos, por su lado, suelen haber creído las mismas promesas hechas por estos ocupantes más recientes; los aliados los tacharán, desde una óptica miope y contradictoria pero comprensible en ese momento, de traidores. Vemos, pues, que nacionalismo, resistencia y colaboracionismo se entremezclan, confiriendo un carácter peculiar, incalificable según los cánones de la resistencia europea, a lo que vamos a llamar, para simplificar, resistencia africana, oceánica y asiática. No hablaremos de la lucha nacionalista anticolonial posterior, salvo incidentalmente. Añadamos que en África la ocupación por parte del Eje es apenas perceptible -Egipto- o meramente técnica -en Tunicia, por una situación de retirada-; sólo en el momento de estallar la guerra se planteará el dilema colaboración no-colaboración con el ocupante. En los países que eran posesiones de Italia la resistencia no será más que la continuación de la oposición prebélica a la dominación colonial. En Asia, la mayor parte de los países ocupados por Japón son colonias europeas. De ahí que, en un primer momento, los japoneses -también ellos asiáticos, de color, antioccidentales, potencia extraeuropea ejemplar, etc.- sean recibidos como liberadores -salvo, con una o dos excepciones, por los comunistas-, hasta que se comienza a descubrir que la Esfera de Coprosperidad propugnada por Japón no es, en realidad, otra cosa sino un camuflaje ideológico del imperialismo nipón, del cual coreanos y chinos sabían algo ya. Los habitantes de Oceanía fueron, en la guerra entre japoneses y aliados, meros espectadores. Salvo excepciones: en ciertas islas, la población recibió a los primeros como liberadores; en otras, se les opusieron como invasores, por su propia cuenta o por la de los aliados. Hablaremos aquí de los países ya ocupados por Italia o Japón antes de la guerra -Libia, Somalia y Etiopía; Corea y Micronesia, respectivamente; de los países ocupados por el Eje durante la guerra -Tunicia y parte de Egipto, por los italo-germanos-; por Japón, la Indochina francesa -Vietnam, Laos, Camboya-, Filipinas, Malaya y Singapur; las Indias holandesas -Indonesia-, Birmania, Nueva Guinea holandesa, australiana y británica; Islas Salomón británicas, islas Gilbert -hoy Kiribati-, Nauru, Ocean y Guam; hablaremos del caso algo especial de China; del aliado asiático de Japón -Thailandia-, y del propio Japón.
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La resistencia contra Franco por parte de guerrilleros de izquierdas comenzó en algunas zonas ya durante la Guerra Civil. Conforme avanzaba la ofensiva franquista se crearon bolsas de republicanos, que formaron los primeros grupos de huidos al monte. A ellos se añadirán los que huyen aterrorizados de la represión ejercida por el vencedor. Así sucede, por ejemplo, en Asturias, en la que, cuando acabó la lucha todavía un elevado número de guerrilleros mantuvieron la resistencia distrayendo algunas tropas de Franco y testimoniando el carácter izquierdista de la provincia. Algunos de estos grupos serán el embrión de las primeras organizaciones guerrilleras. Estas tuvieron su máxima extensión en la inmediata posguerra, abarcando amplias zonas de España. Los guerrilleros vertebraron un auténtico movimiento de resistencia antifascista, que sobrevivió más de una década al fin de la Guerra Civil. La vida de los guerrilleros o maquis fue extremadamente dura. Acosados, considerados simplemente bandoleros, debían refugiarse en lugares de difícil acceso, como sierras o montes, combatiendo el hambre, el frío y el hostigamiento de la Guardia Civil y el ejército. Apenas tenían armamento ni organización, dependiendo de la ayuda de unos pocos contactos en los pueblos más cercanos y siempre temerosos de una posible delación. Sus actividades tenían un propósito propagandístico más que militar. Las partidas de maquis realizaban ajusticiamientos, secuestros, atentados contra las líneas eléctricas, asaltos, descarrilamientos, golpes económicos, etc. La represión franquista fue extremadamente dura. Bajo el amparo del decreto-ley sobre bandidaje y terrorismo, se declaro la guerra a muerte contra el enemigo que se esconde en la montaña. El hostigamiento a los pueblos alejados se traduce en la despoblación forzosa de muchos y el control sobre la actividad agrícola y ganadera para agotar la intendencia guerrillera. El destino de la mayoría de ellos fue la ejecución sumaria o la aplicación de la llamada Ley de Fugas, una ejecución de los detenidos alegando que intentaban escapar. Aunque es difícil precisar cifras, se cree que pudo haber 5.000 guerrilleros, de los que morirían cerca de 2.500, entre los fallecidos en enfrentamientos armados y los ejecutados por condena. Muchos otros fueron encarcelados, siendo pocos los que pudieron cruzar la frontera para engrosar la resistencia francesa durante la II Guerra Mundial.
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La expansión señorializadora supuso la pérdida de la condición realenga de numerosas villas y aldeas de la Corona de Castilla. Los vecinos de las localidades que eran donadas por el poder regio a los grandes magnates pasaban a depender directamente de los nuevos señores. Pero esa situación no siempre fue recibida con agrado por los que se situaban en la órbita señorial. Por lo demás, aunque no puede generalizarse, en diversas ocasiones los poderosos cometían abusos sin cuento, lo que propiciaba la actitud hostil de sus dependientes, protagonistas de movimientos de resistencia antiseñorial de la más variada índole. Así las cosas, no tiene nada de extraño que en las últimas décadas del siglo XIV la Corona de Castilla fuera escenario de diversos movimientos antiseñoriales. Por lo general, se trata de movimientos de corto radio de acción, que afectaban a un determinado núcleo de población. Veamos algunos ejemplos significativos. En 1371, los vecinos de Paredes de Nava, según el puntual relato que nos ha transmitido López de Ayala en la Crónica de Enrique II, dieron muerte a su señor, Felipe de Castro. Este personaje, cuñado del propio rey de Castilla, Enrique II, era un noble de origen aragonés que había recibido el señorío de esta localidad palentina, villa que contaba con una larga tradición realenga, como de Medina de Rioseco y Tordehumos. Felipe de Castro, en un momento concreto, pidió a sus vasallos de Paredes "que le diesen cierta quantía de algo", a lo que aquellos se negaron. El señor, ante el rechazó de su petición, se dirigió a la villa "á prender algunos dellos, é escarmentar otros", pero los paredeños, ni cortos ni perezosos, "salieron al camino, é pelearon con él é mataronle". A raíz de aquellos sucesos, sigue diciéndonos López de Ayala, Pedro Fernández de Velasco, otro destacado rico hombre, peleó con los vecinos de Paredes, "entró en la villa é fizo y grand daño". Más tarde actuaría, en idéntico sentido, la justicia regia. Todo indica, por lo tanto, que la represión fue muy dura. En cualquier caso lo más significativo del suceso fue la actitud de oposición frontal manifestada por los habitantes de Paredes de Nava frente a su señor. Unos años antes había tenido lugar un movimiento antiseñorial en las villas de Soria y Molina. Ambas habían sido donadas por Enrique II al dirigente de las Compañías Blancas, Bertrand du Guesclin. Pero las dos resistieron al nuevo señor. Es posible que en ello influyera el temor a caer bajo la dependencia de un extranjero, con fama de rudo y violento, y al que acompañaban mesnadas de soldados de fortuna, cuyos desmanes en la guerra fratricida habían sido sonoros. Soria, finalmente, hubo de someterse, pero Molina tomó una opción insospechada: su entrega al rey de Aragón, Pedro IV. Las operaciones militares llevadas a cabo por Bertrand du Guesclin para ocupar Molina fracasaron y finalmente el caudillo bretón retornó a Francia. Unos años más tarde, en 1395, la villa de Agreda, que acababa de ser donada por Enrique III a Juan Hurtado de Mendoza, uno de sus más fieles colaboradores, resistió con las armas en la mano al nuevo señor. Oigamos, una vez más, a López de Ayala, el cual, en su Crónica de Enrique lll, nos dice que "la villa de Agreda non le quiso acoger (a Juan Hurtado de Mendoza), antes cataron pieza de gentes de armas é ballesteros é otra gente, é dixeron que en ninguna manera del mundo non le rescivirian por Señor". Los vecinos de Agreda terminaron por salirse con la suya, pues Enrique III decidió cambiar la concesión de Agreda a Juan Hurtado de Mendoza por la de otra villa, concretamente Almazán. Todo parece indicar que la actitud de Enrique III obedeciera a la estratégica posición de Agreda, fronteriza con el reino de Aragón, lo que llevó al monarca castellano a evitar un foco de tensión en dicha villa. Pero lo cierto es que Agreda escapó a la marea señorializadora. Hubo ocasiones en que la resistencia antiseñorial se encauzó por vías pacíficas. Un ejemplo paradigmático nos lo ofrece la villa de Benavente. En el año 1400, el concejo de la mencionada villa envió al rey de Castilla, Enrique III, un memorial de agravios, en el que exponían numerosos abusos cometidos por el señor de la localidad, Juan Alfonso Pimentel, desde que se posesionara de ella en 1398. El concejo benaventano confiaba en encontrar amparo a los desmanes de su señor en el monarca, al fin y al cabo, árbitro supremo y brazo ejecutor por excelencia de la justicia. En el memorial aludido se especificaban las arbitrariedades en que había incurrido el señor de Benavente, que iban desde exigencias fiscales desmedidas hasta incumplimiento descarado de los fueros y costumbres de la villa, amén de abusos diversos, como la práctica de monopolios injustificados o la presión ejercida sobre mozas de la zona para que se casaran con escuderos de la casa señorial. Los redactores del escrito llegan a afirmar que a los vecinos de Benavente "pocas mas fuerzas lles podrían fazer en tierra de moros". En su conclusión, el memorial en cuestión admitía que Juan Alfonso Pimentel continuara como señor de la villa pero pedían que "use de sus derechos ...e non mas e nos guarde nuestros usos e costunbres e fueros e otrosy que emiende los males fechos e tomas pasadas". No se rechazaba el sistema señorial, pero al menos se pedía que éste se desarrollara dentro de sus justos límites.
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En el año 63 a.C. los romanos asumen el mando del reino de Judea. Sentida la administración romana como una ocupación militar y una explotación fiscal, en el año 66 d.C. empieza la primera rebelión judía. Massada, al oeste de Jerusalén, se convertirá en el último foco de resistencia hebrea. La fortaleza de Massada, en la cima de un risco casi inaccesible, había sido construida por Herodes. La ciudadela contaba con almacenes, cisternas y diversos palacios. Las murallas que circundaban la cima facilitaban la resistencia ante cualquier ataque. Hacia el año 70 d.C. comenzó el asedio de la X Legión romana y tropas auxiliares, con cerca de 15.000 hombres. Ocho campamentos fueron levantados al pie de la montaña. El fastuoso despliegue romano impedía a los judíos rebeldes entrar o escapar de la montaña. Los romanos emplearon catapultas y otras máquinas de asedio, castigando a los asediados desde un promontorio cercano. Para subir a la cima, construyeron una rampa de madera y barro, de 200 m de largo. Una vez concluida, los arietes se dispusieron a romper la muralla. Finalmente en el año 73, cuando el muro defensivo comenzó a ser superado por los atacantes, la situación se tornó desesperada. Tras escalar las murallas, los romanos no hallaron sino cadáveres. Los 960 judíos supervivientes, hombres, mujeres y niños, decidieron incendiar los edificios y almacenes y matarse antes de someterse al enemigo. Sólo hubo siete supervivientes, dos mujeres y cinco niños. Massada, así, pasó a formar parte de los mitos de Tierra Santa y se convirtió en símbolo de la resistencia judía.
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Wake es un atolón desértico en el Pacífico central. Fue anexionado por los Estados Unidos en 1899 y, al comenzar la guerra mundial, desempeñaba el papel de estación de tránsito aéreo. Wake fue uno de los primeros objetivos seleccionados por los japoneses para quebrar el poder norteamericano y establecer su cinturón defensivo. Una evidencia más de que Washington esperaba el ataque japonés en otra zona es que la guarnición de Wake estaba a un tercio de sus efectivos cuando los japoneses atacaron Pearl Harbor. El día 8 de diciembre de 1941 la población de Wake era de 1.216 civiles, empleados de la Pan American y otras empresas, 449 infantes de marina, 68 marineros y cinco soldados del Ejército de tierra. Mandaba la guarnición el mayor James Devereux, que contaba además, con seis cañones de costa de 127 mm, 12 cañones antiaéreos de 76 mm y 12 anticuados aviones Grumman Wildcats. No disponía de radar, ni de minas, ni siquiera de alambre de espino. Contra ellos había enviado Japón, al mando del contraalminrante Kajioka, tres cruceros ligeros, seis destructores y una fuerza de desembarco. Para ablandar cualquier posible resistencia, la aviación japonesa bombardearía la isla antes de la llegada de la fuerza naval. Efectivamente, la guarnición de Wake no había digerido aún la terrible noticia del ataque contra Pearl Harbór, cuando el 8 de diciembre cayeron sobre la isla 36 bombarderos japoneses, que destruyeron siete aviones. Los bombardeos continuaron durante los dos días siguientes, aunque parece que su eficacia fue nula. La fuerza de Kajioka se acercó a la isla la madrugada del 11 de diciembre- Hacia las cinco de la madrugada, aún de noche, medio centenar de cañones abrieron fuego sobre la isla oscura y silenciosa. Devereux mantuvo callada su pobre artillería, para aprovechar la eficacia de sus 127 a corta distancia. Esto confió a Kajioka -aún eufórico por la gran victoria de Nagumo en las Hawai-, que acercó sus barcos a cuatro kilómetros de la costa para mejor proteger el desembarco. En ese momento abrieron fuego a placer los cañones de Devereux. La segunda salva averió al Yubari, buque insignia. Minutos después se iba a pique el destructor Hayate y eran alcanzados algunos transportes de tropas, con lo que hubieron de renunciar al desembarco. Ya de día, despegaron los cinco aviones que quedaban en la isla y, pese a su debilidad, al no hallar oposición aérea averiaron a dos cruceros ligeros y echaron a pique al destructor Kisavagi... El contraalmirante Kajioka ordenó la retirada de su maltrecha flota, con dos destructores hundidos, averiados media docena de buques y unos 600 hombres perdidos. Dos Wildcats resultaron derribados. Japón no podía tolerar la bofetada. La flota de Nagumo, en su regreso de las Hawai hacia Japón, envió contra Wake a los portaaviones Hiryu y Soryu, acompañados por cuatro destructores y dos cruceros pesados. Era el 16 de diciembre y ese mismo día Kajioka volvió sobre la isla. Entre los días 18 y 22 de diciembre la guarnición fue bombardeada en multitud de ocasiones. Los últimos Wildcats fueron destruidos. Las piezas antiaéreas cayeron una tras otra. Los cañones de costa, parcialmente dañados, nada pudieron hacer en esta ocasión; en la madrugada del 23 las fuerzas de desembarco japonesas saltaron a tierra en puntos bien elegidos, fuera del alcance de los 127, que recibían una lluvia de metralla lanzada por los grandes cañones de la flota. Sólo una anticuada pieza norteamericana tuvo ese día a su alcance un buque japonés, un viejo destructor que se fue al fondo del mar tras ser alcanzado. Fue la última hazaña testimonial de la guarnición de Wake, que se rendía a las 7,30 de la mañana. Pese a su superioridad, los japoneses tuvieron 820 bajas. La guarnición norteamericana y los civiles sufrieron 122 muertos; el resto fue hecho prisionero.
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La invasión y ocupación por parte de los países del Eje -Alemania e Italia- de otros Estados europeos hizo aparecer un fenómeno que, pese a ser, en general, antiguo y frecuente en la historia, no deja por ello de resultar extraño e inesperado en el segundo conflicto mundial, que inicialmente no fue sino una guerra tradicional más entre ejércitos regulares. Nos referimos a lo que se llamó la resistencia, es decir, la oposición pasiva o activa al invasor o al propio régimen ligado al invasor alemán, italiano o de otros países del Eje. Es decir, a la resistencia pasiva o activa al invasor, se añadió, al contrario que en la I Guerra Mundial, la no aceptación de la derrota -"Francia ha perdido una batalla pero no ha perdido la guerra", dirá De Gaulle- y el propósito de continuar la lucha desde dentro y desde fuera del país, clandestinamente en el primer caso; con apoyos exteriores de los aliados en el segundo, creando Gobiernos en el exilio que se coordinarán con la resistencia interior. De este tipo será la resistencia de Polonia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Francia, Grecia, Yugoslavia y la URSS (8). Del mismo tipo será la de tres países, Checoslovaquia, Austria y Albania, ocupados antes de la guerra, con la diferencia de que la Resistencia comenzará también antes, a partir del momento de la ocupación. Hay otro tipo de resistencia, que surge en el seno de los propios países del Eje -Italia, Bulgaria, Rumania, Hungría, Estonia, Letonia, Lituania, Finlandia y Alemania- durante la guerra o, en el caso de Estados con regímenes totalitarios, desde antes de la guerra, con el concurso creciente de la población a medida que sus ejércitos van siendo derrotados, y siempre buscando el modo de romper la alianza con Alemania y salir de la guerra. Esto llevará a intentos de declaración de paces separadas y a oposiciones armadas; asimismo, una parte de las tropas de algunos de los países aliados de Alemania se unirán a las resistencia locales existentes en los que se encuentran ocupados -es el caso de Italia-. La contribución de las resistencias a la victoria aliada será desigual, según los países, pero en casi todos ellos resultará básica para el desarrollo político posterior a la guerra, y en algunos casos llevará a cambios revolucionarios. Las resistencias más importantes política y militarmente serán la yugoslava, la italiana y la francesa, seguidas de la soviética, griega, albanesa, noruega, polaca, búlgara, rumana, holandesa y belga y, a cierta distancia, la checoslovaca, danesa y húngara, y otras. La resistencia, por lo general, une en un frente único a las distintas fuerzas políticas, pero en algunos países -Yugoslavia, Grecia, Albania, etc.- no será así. En general, la mayor contribución a la lucha política y armada la realizaron los comunistas, los mejor organizados y más combativos, seguidos a cierta distancia por socialistas y socialdemócratas y, en algunos países, por los democristianos. Ciertas derechas anti-Eje acabarán colaborando con los invasores con el fin de eliminar a las izquierdas. Las resistencias combatirán también a los colaboracionistas y "quislings", por lo que dentro de la guerra mundial se dirimirán verdaderas guerras civiles. Otro de los objetivos de las Resistencias será el de "rescatar" el "honor nacional" tras la derrota militar, o a causa de la colaboración con el Eje. ¿Cómo son las resistencias? Las modalidades son numerosas: resistencia pasiva -del propio poder, económica, popular- (9); huelgas; propaganda y contrapropaganda, prensa y radio clandestinas; acción directa -ayuda a evadidos; evacuaciones; etc.-; redes de información; sabotajes de todo tipo; atentados a individuos o grupos -para desmoralizar al enemigo o al colaborador, y para forzar la represalia y por tanto la adhesión popular a la resistencia-; finalmente, la guerrilla en determinadas regiones de un país, que tratará de ir liberando nuevas porciones del territorio, atrayendo sobre sí cada vez a más tropas enemigas y destruyéndolas en cada vez mayor número, erigiendo algún tipo de organización y buscando nuevas adhesiones, y manteniendo al adversario en constante inseguridad. En ocasiones se da sólo una o algunas de estas modalidades; otras veces, todas. La resistencia, sobre todo si es armada, no se lleva bien con los aliados, que temen la guerra popular y la presencia de la izquierda, y sobre todo de los comunistas. No existe una política elaborada respecto a la resistencia, y durante un tiempo demasiado largo los aliados incluso la ignorarán. Los únicos que desde un primer momento intuyeron la importancia de la resistencia fueron los británicos -y en particular Churchill-, que crearon el SOE -Ejecutivo de Operaciones Especiales, en castellano- en julio de 1940, con el fin de coordinar y ayudar con suministros a los grupos anti-Eje. Hasta 1942 estarán solos, pero luego los norteamericanos colaborarán, y muy ampliamente desde 1944. Londres acogerá a los gobiernos en el exilio, de izquierdas o derechas. Washington pensará, en cambio, que todos los movimientos de resistencia son comunistas o izquierdistas, y mostrará una gran incomprensión hacia los asuntos europeos. Los soviéticos intervendrán poco fuera de sus fronteras y ayudarán a las resistencias del Este. En conjunto, los aliados pretenderán que estos movimientos se mantengan en un plano subordinado, y aspirarán a mantener -los occidentales, se entiende- las sociedades que los partisanos quieren destruir. Sólo tardíamente reconocerán la gran importancia político-estratégica de la resistencia, los enormes sacrificios del pueblo partisano y el impacto psicológico de tal acción. Es cierto que no es fácil evaluar la contribución militar de la resistencia, y que ésta no habría triunfado, o habría sido congelada, o habría vencido sólo muy a largo plazo, sin la ayuda aliada. Pero sin duda fue notable, y contribuyó a reforzar moralmente a pueblos muy maltratados por su historia reciente. En la resistencia hubo excesos, xenofobia, racismo, fanatismo, en algún momento, pero también hubo patriotismo, igualitarismo, sacrificio, honradez e idealismo, además de valor, heroísmo y maduración política (10). En cuanto a los alemanes, nunca comprendieron el fenómeno resistente y, salvo intentos de captación o utilización de quien podía colaborar o se ofrecía a ello, su política fue extremadamente dura e inhumana, en particular en el Este, con la "traidora" Italia, o con los comunistas y judíos. Y, desde un punto de vista práctico, estúpida (11). Las devastaciones, deportaciones, matanzas, etc., hicieron el resto.
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Aunque en los años 30 la izquierda condena el expansionismo japonés, se muestra dividida y poco operante, limitándose a conseguir unos cuantos escaños en el Parlamento, y quedando pronto sumergida por el entusiasmo popular por el imperialismo japonés. Los partidos de la derecha tradicional apoyan un expansionismo pacífico y sin traumas, mientras que la extrema derecha, muy activa y pronto numerosa, desea lanzarse a anexiones y conquistas a costa de los pueblos inferiores de Asia y del Pacífico. Desde 1932 el poder está en manos de los militares de ideología ultraderechista, y los partidos tradicionales y el emperador se amoldan, en general, a la situación. La guerra con China provoca entusiasmos populares -al igual que los había provocado la de Manchuria-, que llegan a su culminación con las primeras victorias de 1938. Durante la misma el Parlamento, casi inoperante ya, votó a favor de un reforzamiento de los poderes del Estado, los sindicatos renunciaron a las reivindicaciones y a las huelgas, y la izquierda autorizada acabó sumándose a la política expansionista. Algunas protestas contra la extensión de la guerra en 1937 y 1938 fueron reprimidas rápidamente. Los empresarios, que hacían ostentación de su liberalismo, se adhirieron también a la política del Gobierno: todas las energías nacionales debían concentrarse para la guerra (37). En 1941, cuando la guerra con Estados Unidos parecía inminente, el emperador osó advertir al Gobierno sobre el dudoso resultado de un enfrentamiento con aquel país, y los notables lo secundaron, pero los militares optaron por ir a la guerra de todos modos. La acción de Pearl Harbor levantó nuevas oleadas de entusiasmo, apenas apagadas por las derrotas de 1942 y 1943. Sólo los bombardeos sobre Japón y las siguientes derrotas fueron haciendo penetrar entre el pueblo la posibilidad de que la guerra podía perderse. Algo que ya sabían desde hacía varios meses los gobernantes. En 1945, éstos, sobre todo después de mayo, iniciarían una serie de sondeos para conocer las condiciones aliadas para la obtención de una paz lo menos gravosa posible.