Busqueda de contenidos

contexto
Es difícil hablar de un tema como el de la religiosidad de los iberos, cuando encontramos una gran carencia de noticias en las fuentes literarias greco-latinas de época clásica, las excavaciones arqueológicas nos ofrecen noticias escasas y fragmentarias y los datos se reducen prácticamente al análisis de las esculturas en piedra y metal, a los exvotos de los santuarios y a las representaciones en las pinturas de la cerámica, en espera de que algún día los textos hasta hoy incomprensibles de las estelas o de la misma cerámica nos ofrezcan datos sobre este aspecto tan importante de la vida de los pueblos. En la región de influencia tartésica tenemos noticias por la arqueología de divinidades del ámbito fenicio, pero no tenemos la menor evidencia sobre su culto, sino sus posibles representaciones en objetos arqueológicos. Según el estudio de M.C. Marín Ceballos, ya sea en objetos arqueológicos como anillos o sortijas, placas, etc., como en templos dedicados a ellos aparecen en este área el dios El, divinidad del mundo ugarítico y bíblico primitivo, Baal, divinidad fenicia por excelencia, Melqart, con un santuario en Cádiz que irradia por toda la Baja Andalucía, llegando hasta Salacia en el estuario del Tajo y hasta la isla de Herakles en la región de Levante; también hubo un templo en Cádiz a Milk Astart y toda una serie de sincretismos de divinidades procedentes del mundo egipcio y en general del Mediterráneo oriental. Por lo que se refiere al área ibera propiamente dicha piensa Presedo que hubo también en el aspecto religioso influencias griegas y púnicas que actuaron sobre el fondo preorientalizante de las influencias fenicias y tal vez griegas antiguas, pero más tarde tuvieron que ser reelaboradas por los indígenas, resultado de lo cual tuvo que ser una síntesis completamente distinta, ya que en ella actuarían concepciones religiosas ancestrales de los iberos heredadas de edades pasadas. A partir de los testimonios que la arqueología y las fuentes literarias nos ofrecen podemos decir algunas cosas sobre los siguientes aspectos: dioses, lugares sagrados, culto y vida de ultratumba. Dejando aparte ahora la influencia griega y oriental, aunque muy importante, pues sabemos que en Ampurias, según los arqueólogos, existió un templo de Asclepios, así como un templo dedicado a Serapis y evidencia de culto a Demeter y a la Artemis efesia, la cual, según las noticias de las fuentes clásicas, tuvo varios santuarios en la zona costera del Levante y, sin olvidar tampoco la influencia de los cultos y las divinidades traídas por los cartagineses -Baal Amón aparece en los textos como Cronos y Tanit como Juno-, a la vez que muchas inscripciones latinas dedicadas a la Dea Caelestis, que debe ser una asimilación de la citada Tanit y otra divinidad cartaginesa, Bes, aunque su representación se reduce a pequeños objetos de comercio que no prueban de manera decisiva la existencia de su culto, en el mundo propiamente ibérico no podemos nombrar ninguna divinidad adorada por los fieles. Sospechamos que se trata de un dios de los caballos o vinculado a los mismos una figura que aparece en un relieve entre dos figuras de caballos vistas de perfil, lo mismo que puede ser una divinidad masculina un jinete que lleva en su mano una flor de loto en pinturas de los vasos de Liria. Hay un mayor número de posibles representaciones de divinidades femeninas que masculinas, por lo que probablemente los cultos femeninos predominaban sobre los masculinos, lo cual no representaría más que un fenómeno típicamente mediterráneo. Creemos con Presedo que en su inmensa mayoría quizá pueden reducirse al culto de la Gran Madre asiática, que predominó sobre el Mediterráneo a partir del Neolítico. Hay unos lugares sagrados que dejaron huella arquitectónica, que son los santuarios de los que ya hemos hablado al tratar de la arquitectura. Pero, junto a ellos, hay otros entre los que destacan las cuevas del País Valenciano. Se trata de lugares alejados de los poblados y de difícil acceso, y que por su ajuar funerario, aunque pobre, puede fecharse el inicio de su uso en el siglo V a.C. A pesar de la inexistencia de evidencias, no debieron faltar cultos en lugares que en las religiones antiguas son sacralizados, como los bosques sagrados, los montes o las fuentes. Tampoco sabemos mucho sobre los cultos que tuvieron lugar en los santuarios ibéricos, aunque, a partir de los exvotos de los santuarios, se pueden ver ciertas actitudes que pueden indicarnos el modo de relacionarse de los iberos con la divinidad: devotos que saludan a la divinidad levantando el brazo derecho, otros que cruzan los brazos sobre el vientre o sobre el pecho o levantan ambas manos. En las estatuas de piedra y en los exvotos de bronce vemos oferentes de vasos conteniendo probablemente todo tipo de ofrendas. En el capítulo religioso hay que incluir también las danzas de que nos dan noticia los textos literarios (concretamente Estrabón dice que entre los bastetanos bailan los hombres y mujeres cogidos de la mano), que tienen su representación en las pinturas de algunos vasos de Liria, así como otros testimonios en que los danzantes llevan ramas en las manos, danza que tiene un origen oriental y que pasó al mundo griego. El rito funerario generalizado es el de la incineración, aunque no faltan testimonios de inhumaciones. Junto con la urna se entierran los objetos de uso corriente del difunto, destacando las armas en el caso de las tumbas de los guerreros, las cuales aparecen en ocasiones dobladas, como si se hubiese querido hacerlas "morir" con el guerrero. Se encuentran también en las tumbas ibéricas una serie de objetos rituales: pebeteros para quemar perfumes y braserillos y jarros de bronce, posiblemente relacionados con ceremonias de purificación. Una vez enterrada la urna y el ajuar la tumba se cerraba de muy distintas maneras y se recubría a veces con un túmulo. En tumbas monumentales aparecen varias urnas, lo cual nos hace pensar en que tuvieran un carácter familiar. Sobre las ideas de los iberos acerca de la vida de ultratumba carecemos de textos. Sí parece evidente, a partir de la observación de las tumbas y ajuares y de la escultura funeraria (la más representativa es la Dama de Baza), que los iberos creían en la pervivencia de la personalidad. Por otro lado, la incineración significaría la purificación mediante el fuego. Finalmente, como afirma Presedo, de la existencia de animales fantásticos en las necrópolis (grifos, leones, esfinges), que en el Mediterráneo tienen la función de guardianes del más allá, no se pueden extraer conclusiones automáticas, pues es posible que hubieran perdido su simbolismo originario.
contexto
Hacia las última horas del día 2 de mayo apenas si se disparaba ya en Berlín y el día 3 la calma era casi completa. 70.000 combatientes rindieron sus armas a los soldados de la URSS y salieron hacia el Este, rumbo a los campos de concentración soviéticos, de los que muy pocos regresarían. Pero ya para entonces el agonizante III Reich tenía nuevo jefe de estado y un gobierno. A las 15 horas 18 minutos del uno de mayo llegaba al cuartel general Dönitz este telegrama: "Despacho radiotelegrafiado. Gran Almirante Dönitz. ¡Jefatura! ¡Sólo a transmitir por oficiales! "Führer falleció ayer quince horas treinta minutos. Testamento del 29 de abril le confía el cargo de presidente del Reich. Reichsleiter Bormann, cargo de ministro de partido, Ministro del Reich Seyss-Inquart, cargo de ministro de Asuntos Exteriores. Reichsleiter Bormann tratará de ponerse en contacto con usted en el día de hoy para informarle de la situación. Se deja a su decisión cuándo y cómo informar a la tropa y a la opinión pública." Firmaban Goebbels y Bormann. Cuando el telegrama alcanzó Ploen, la situación del Reich era desesperada. Tres ejércitos soviéticos avanzaban por el interior de Alemania y Austria; los ejércitos angloamericanos alcanzaban y aun rebasaban el curso del Elba; la Alemania aún no ocupada estaba partida; quedaban más de 3 millones de hombres con las armas en la mano en bolsas repartidas por toda Europa cuyas órdenes eran combatir sin dar un paso atrás, "confiando siempre en la victoria final" (6). La situación militar era perentoria. Los ejércitos alemanes seguían enfrentándose a los soviéticos en Checoslovaquia, Austria, sur de Berlín y costa Báltica, retrocediendo hacia la línea del Elba, con la intención de rendirse a los aliados occidentales y de salvar de las tropas soviéticas a la mayor cantidad posible de población civil. Dönitz estuvo seguro desde el primer momento que el único cometido de su mandato era rendirse. La cuestión era ¿cómo rendirse? ¿Combatir en el este y capitular en el oeste, tal como deseaban y como estaban haciendo de hecho las tropas? ¿Mostrar una total inactividad frente a los aliados occidentales y entregarse a ellos cuando decidieran avanzar? ¿Dejar que la guerra se consumiera por si misma, zarandeando hasta el final a Alemania como si fuera una hoja seca? Dönitz formó un gobierno marginando de él a las personalidades más significativas del partido, como Himmler, que rondaban su puesto de mando en busca aún de una prebenda en la nueva situación. El antiguo ministro de Finanzas, Lutz Schwerin von Krosigk, fue encargado de la dirección general, cuyas atribuciones eran similares a las de Canciller del Reich, entregándosele también las carteras de Finanzas y Exteriores; AIbert Speer, el hombre clave de la industria y el armamento durante los tres últimos años de guerra, fue convertido en ministro de Hacienda y Producción. Y aunque en aquella hora todo ya diera casi exactamente lo mismo, el formalismo germano seguía funcionando y se nombraron ministros de Bosques, Alimentación, Educación, Trabajo .... Su entrada en funcionamiento hubo de ser precipitada. Speer logró que se revocaran todas las órdenes de destrucción dadas por Hitler, salvando docenas de puentes, estaciones de ferrocarril e industrias, aunque los comandantes militares, como ocurrió con Kesselring, desobedecieran muchas veces estas órdenes, atendiendo a prioridades bélicas. Otra cuestión que hubo de resolver inmediatamente fue la actitud de las tropas combatientes en el frente del oeste. Las autoridades militares se preparaban para resistir los avances aliados, mientras que las civiles se desesperaban ante la inutilidad de continuar la lucha, que inevitablemente acarrearía nuevas destrucciones y muertes. Tal fue el caso de Hamburgo, cuya guarnición estaba dispuesta a pelear, mientras que la población civil se aprestaba a recibir a los ingleses como a libertadores. Dönitz ordenó que la guarnición se replegase y que la ciudad no fuera defendida. Claro, que en la mayoría de los casos las rendiciones o resistencias se efectuaban al margen del gobierno de Dönitz, que el 2 de mayo se había retirado a Flensburgo, estableciéndose en el buque de pasajeros Patria. Por ejemplo el 2 de mayo los representantes de los generales von Vietinghoff y Wolff firmaban, en el palacio Real de Caserta, próximo a Nápoles, la rendición de las tropas alemanas del norte de Italia y de las zonas fronterizas de Austria. Pero la guerra aún seguía en el este y con suma ferocidad. En la zona central, al suroeste de Berlín, el general Wenck sostenía sus posiciones en espera de que llegara a sus líneas del destrozado IX Ejército del general Busse, que había recibido de lleno la embestida de los ejércitos soviéticos en el Oder y que, desde hacía dos semanas, se replegaba embolsado hacia el oeste (7). Cuando se verificó la fusión de ambas fuerzas, al anochecer el uno de mayo, Wenck dirigió sus tropas hacia el oeste abriendo inmediatamente conversaciones con los norteamericanos. El día 4 se les comunicó a los negociadores alemanes que se aceptaba su rendición y las fases que preveían, pero los norteamericanos se negaban a aceptar a la población civil; sólo admitirían como prisioneros a los soldados y se impediría el paso de los civiles a la orilla oeste del Elba. Ni los norteamericanos comprendían el terror de la población civil a caer en manos de los soviéticos, ni los alemanes entendían el motivo de la negativa. Los primeros ignoraban el trato dispensado a la población civil por los soldados de la URSS; los segundos desconocían los acuerdos de Yalta. Tras reiterar las conversaciones inútiles, los alemanes terminaron cediendo y en la tarde del 5 de mayo comenzaron a pasar los puentes del Elba hacia el oeste, librando en retaguardia fuertes combates defensivos frente a las presionantes fuerzas soviéticas. En la tarde del 7 de mayo terminó el paso del río; logrado por 130.000 soldados y unos 26.000 civiles que consiguieron colarse entre ellos. Al anochecer, las tropas soviéticas saludaban a las norteamericanas desde la margen este del Elba. Algo parecido ocurría simultáneamente en el norte de Alemania, donde los ejércitos alemanes XXI (Von Tippelskirch) y III (Student) eran arrollados en medio de una terrible confusión por el grupo de ejércitos soviéticos del mariscal Rokossovsky. Student, que se había hecho cargo de un ejército fantasma el uno de mayo, afirmó, en el colmo de la insensatez, que establecería unas líneas definitivas de defensa. Von Tippelskirch, que asistió a la toma de posesión, salió hacia el puesto de mando de su XXI Ejército y activó todo para retroceder aún más aprisa hacia el frente oeste. El día 2 establecía contacto con los ingleses de Montgomery y halló más comprensión que su colega Wenck en el lado norteamericano. El día 4, librando fuertes combates defensivos con las tropas soviéticas que les presionaban por todas partes, terminó la retirada del XXI Ejército, que pudo pasar unos 100.000 hombres y 30 o 40.000 paisanos. Entretanto Student y su estado mayor, firme y seguro en la victoria, no llegó a ponerse al frente del III Ejército, pues fue sorprendido por el avance americano mientras sus tropas penetraban en masa por el sector de Motgomery. En el norte de Alemania, la lucha cesó al atardecer del día cuatro, aunque aún se dieron combates aislados y tiroteos en los días siguientes.
obra
Obra realizada para el Salón de Reinos del madrileño Palacio del Buen Retiro, actualmente destruido; se fecharía antes del mes de abril de 1635 y representa un episodio de la Guerra de Flandes ocurrido el 5 de junio de 1625. Tras un año de sitio por parte de las tropas españolas, la ciudad holandesa de Breda cayó rendida, lo que provocó que su gobernador, Justino de Nassau, entregara las llaves de la ciudad al general vencedor, Ambrosio de Spínola. Pero Velázquez no representa una rendición normal sino que Spínola levanta al vencido para evitar una humillación del derrotado; así, el centro de la composición es la llave y los dos generales. Las tropas españolas aparecen a la derecha, tras el caballo, representadas como hombres experimentados, con sus picas ascendentes que consideradas lanzas por error dan título al cuadro. A la izquierda se sitúan los holandeses, hombres jóvenes e inexpertos, cuyo grupo cierra el otro caballo. Todas las figuras parecen auténticos retratos aunque no se ha podido identificar a ninguno de ellos, a excepción del posible autorretrato de Velázquez, que sería el último hombre de la derecha; al fondo aparecen las humaredas de la batalla y una vista en perspectiva de la zona de Breda. La composición está estructurada a través de dos rectángulos: uno para las figuras y otro para el paisaje. Los hombres se articulan a su vez a lo largo de un aspa en profundidad, cerrando dicho rectángulo con los caballos de los generales. La técnica pictórica que utiliza aquí el artista no es siempre la misma sino que se adapta a la calidad de los materiales que representa, pudiendo ser bien compacta, como en la capa de la figura de la izquierda, bien suelta, como en la banda y armadura de Spínola. Breda volvió para siempre a manos holandesas en 1639.
obra
El éxito obtenido por Pradilla con el lienzo de Juana la Loca motivará que el Senado le encargue esta obra que contemplamos. Al tener el pintor noticia del encargo no dudó en trasladarse desde Roma a Granada para tomar apuntes de la ciudad, durando su estancia varios meses. A su regreso a Roma se dedicó en exclusiva a esta obra, enviando la tela al Senado en 1882. Pradilla representa el momento en que el rey granadino Boabdil el Chico hace entrega de las llaves de la ciudad a los Reyes Católicos, el 2 de enero de 1492. El pintor quiso impactar a la opinión pública de la época por lo que no dudó en pintar un cuadro poblado por un buen puñado de personajes. En la zona derecha se sitúan los Reyes Católicos presidiendo un amplio cortejo en el que se identifican al conde de Tendilla, el Gran Capitán, la infanta Isabel y el príncipe Juan. La zona del fondo está ocupada por el ejército español mientras que en la izquierda se sitúan el rey Boabdil acompañado de un grupo de fieles cortesanos. Las almenas de la ciudadela de la Alhambra y las blancas casas del Albaicín sirven de fondo a la escena. La composición se estructura a través de una diagonal de derecha a izquierda, quedando el espacio central libre para poder contemplar al ejército. La perspectiva está conseguida gracias a las ruedas de los carruajes. Para resaltar la figura de doña Isabel, el pintor ha colocado detrás un ciprés, demostrando su virtuosismo a la hora de reproducir todos y cada uno de los detalles de las indumentarias y accesorios, especialmente el manto de la reina, la corona o el cetro. El realismo define esta escena, tanto en el color como en el dibujo o la estructura compositiva, empleando una factura suelta de gran belleza. Alfonso XII otorgó a Pradilla la gran cruz de la Orden de Isabel la Católica y el Senado pagó al pintor 50.000 pesetas.
contexto
La renovación artística iniciada en los años centrales del siglo XVI, se asienta en la propia evolución de la escultura española, en particular en la figura de Juan de Juni y, principalmente, en las nuevas influencias del arte italiano, propiciadas por la presencia en Italia de algunos escultores y por la llegada de renovados repertorios de estampas y modelos. El manierismo florentino y la tradición expresivista que caracteriza la escultura del segundo tercio del siglo XVI, se empieza a abandonar a partir de los años sesenta. La escultura hispana se adhiere entonces al manierismo romano de carácter más clasista y monumental. Ya en la obra de Juni se advierte este nuevo rumbo en el ordenamiento equilibrado de sus esquemas y a él debemos la incorporación de exitosos modelos como la Piedad o la Asunción. La contribución definitiva a la renovación artística va a nacer de la obra de Gaspar Becerra y de los nuevos repertorios de estampas y grabados. La estancia en Italia del escultor del retablo de Astorga y su colaboración con Volterra y Vasari le permiten conocer de primera mano las obras de Miguel Angel y su círculo de seguidores, cuya maniera se convierte en la esencia del Romanismo. La influencia poderosa del escultor florentino, interpretado por nuestros mejores escultores en clave monumental e idealista, no impidió a otros artistas italianos dejar su huella en la nueva dirección de la escultura hispana. Giovan Francesco Rustici, Baccio Bandinelli, Jacopo Sansovino, Sebastiano del Piombo o Fontana entre otros, se sumaron a través de sus escultores, pinturas y dibujos, a la influencia de Miguel Angel para configurar el estilo del último tercio del siglo XVI. Conocemos referencias de posesión por parte de los artistas de estampas de maestros italianos, aunque también se citan a Alberto Durero y otros autores antiguos, Jerónimo Hernández tenía 350 y López de Gámiz dejó a su muerte dos libros de estampas. Fue sin duda la obra de Miguel Angel la más reproducida, tanto a través de grabados, como de dibujos realizados ante sus propias pinturas e imágenes. Conocidos son los dibujos del Juicio Final realizados de mano de Becerra que pasaron a Esteban Jordán y no cabe duda que los Bolduque también los tuvieron, lo mismo que el pintor riojano Pedro Ruiz de Cenzano que al fallecer en 1598, dejaba una "estampa pequeña del Juicio de Miguel Angelo en papel y un juicio del Miguel Angelo yluminado y no acabado". Si el altar de la Sixtina fue ampliamente reproducido para servir de modelo, también lo fueron otras obras como el Cristo de Sopra Minerva, en manos de Francisco Pacheco, o las Sibilas que formaban parte de un libro que poseía Juan Bautista Celma. Es lógico pensar que obras o dibujos como los de Bandinelli, grabados con profusión por su calidad, estuvieron también en poder de nuestros escultores. Que había conciencia de la presencia de unas nuevas formas era evidente, así lo prueban las palabras tantas veces reproducidas de Juan de Arfe en su "De Varia commensuración..." (1585): "Gaspar Becerra... trazo de Italia la manera que ahora está introducida entre las más artífices, que son las figuras compuestas, de más carne que las de Berruguete". Pero no sólo en la imagen se aprecia el cambio, sino también en el marco que la cobija: el retablo.
contexto
Después del Concilio de Trento, de las guerras de religión en Francia, de la consolidación del protestantismo en el Imperio, se produjo en el orbe católico un dinámico clima de renovación que tuvo los efectos deseados, sobre todo en Francia. Al morir Enrique IV, Francia se convirtió de nuevo en una gran Monarquía católica muy vinculada a la Iglesia de Roma y cuya sociedad se sentía hostil a cualquier intento de avance del protestantismo. La pertenencia al catolicismo era una condición ineludible para obtener cargos en la Administración. El ministro Sully, protestante, hubo de retirarse a la muerte de Enrique IV y esa era una buena prueba de la victoria de los católicos. Sin embargo, a pesar de ello, la vida eclesiástica no había mejorado. Los obispos reformadores constituían una excepción, numerosos obispos seguían al servicio de la Corte o de la diplomacia y no residían en sus diócesis. Y la situación del clero parroquial tampoco había cambiado desde el final de las guerras de religión debido a su falta de formación doctrinal, moral y teológica, consecuencia, a su vez, de la escasa implantación de las disposiciones del Concilio de Trento. Apenas eran mejores, por su parte, las condiciones en las cuales vivía el clero regular, aunque a finales del siglo XVI se produjeron tímidos y aislados movimientos de reforma. A pesar de estos aspectos nada optimistas, el catolicismo francés había iniciado ya, a comienzos del reinado de Luis XIII, su renovación dando muestras de su fortaleza, como la que manifestó el "Milieu dévot", un grupo católico celoso y activo durante todo el reinado de Enrique IV, al que pertenecían personas de procedencia eclesiástica muy diversa: desde mujeres hasta cartujos, profesores de la Sorbona u obispos, como Francisco de Sales, confesores reales o jesuitas y también sacerdotes diocesanos. El grupo se preocupó de la reforma conventual por la introducción de nuevas órdenes religiosas, como las carmelitas españolas de Santa Teresa que, establecidas en 1604, consiguieron mantener en Francia más de 40 conventos en 1630, o las ursulinas, fundadas en 1596 para la enseñanza de muchachas y que consiguieron una amplísima difusión. De las congregaciones masculinas, los jesuitas y capuchinos vivieron una época floreciente, se fundaron otras con funciones educativas, como la Visitación (1610) o las "Filles de Notre-Dame" de Juana de Lestonac (1606) y otras dedicadas al cuidado de los enfermos. Todas, sin excepción, contaron con el apoyo de la Monarquía. Respecto de la reforma del clero parroquial, ya que se desconfiaba de su eficacia, el "Milieu dévot" planteó la necesidad de partir de cero y formar un clero secular nuevo digno de su función. La inexistencia de seminarios tal como prescribía Trento no desalentó a un miembro del "Milieu", Pierre de Berulle, a crear en 1611 una congregación nacional de sacerdotes seculares sin votos especiales, el Oratorio de Jesús, bajo la autoridad de un superior general, con casas autónomas, y pese a la resistencia de los jesuitas, a los que se trataba de imitar. Sin embargo, en 1631, poseía ya 71 casas, lo que demuestra su rápida expansión y cómo su aparición respondía a las necesidades espirituales de la sociedad francesa. Los sacerdotes del Oratorio, reclutados cuidadosamente, eran piadosos, cultos, generosos y de vida digna. El movimiento de reforma produjo también otras fundaciones preocupadas por la formación del clero secular. Una de las más importantes fue la congregación de Sacerdotes de Misión, fundada en 1625, bajo la influencia de Berulle, por san Vicente de Paúl (1581-1660) y consagrada al apostolado en el mundo rural. Los Sacerdotes de Misión conocieron un desarrollo tan rápido y extraordinario, que desde 1641 pudieron dedicarse a la creación de seminarios diocesanos. A la muerte de san Vicente la congregación sacerdotal contaba con 12 casas. Todos estos esfuerzos, y otros menores, condujeron a la elevación del nivel del clero parroquial y a una auténtica reforma de la mentalidad clerical y en la religiosidad. Los intentos de renovación católica no llegaron a tierras del Imperio hasta mediados del siglo XVII, con resultados desiguales y menos contundentes que en Francia. La política dinástica de la Iglesia imperial contribuyó a la concentración de poder y a la reducción del proceso de secularización y fue también un medio para asegurar la posición temporal de los hijos de las familias de los príncipes. Todo ello acarreó peligros a la Iglesia y puso impedimentos a la reforma dirigida por parte de la jerarquía. Sin embargo, los prelados con formación teológica, con vocación apostólica y de vida piadosa fueron creciendo en número. La mayoría de los obispos auxiliares, pues los titulares presentaban los viejos defectos pretridentinos, protagonizaron el cuidado pastoral, la tarea reformadora, los intentos de reunificación confesional, la propagación de la fe y la restauración de la vida eclesiástica en sus diócesis. La primera etapa, la que siguió a la guerra de los Treinta Años, fue la más dura. La situación económica del clero secular y parroquial era muy difícil, su formación doctrinal y teológica dejaba mucho que desear, aparte de que la miseria, el hambre y la penuria de la posguerra provocaron una decadencia espiritual, moral y pastoral sin precedentes. Es explicable, por tanto, que sin la labor auxiliar de las órdenes religiosas (capuchinos, carmelitas y jesuitas), que sustituyeron en las parroquias, con mucha frecuencia, la labor pastoral y la cura de almas del clero secular, la restauración de la vida eclesiástica no hubiera sido posible dada la escasez de vocaciones. Sólo a finales del siglo XVII se produjo un considerable aumento de éstas. Las fundaciones de seminarios, que mejoraron la formación teológica y disciplinar eclesiástica, fueron muchas, siguiendo los dictados de Trento, pero la mayoría de ellos estuvieron sometidos, con la excepción del de Salzburgo, a las difíciles circunstancias de la guerra de los Treinta Años y a la falta de recursos económicos y financieros para mantenerse.
contexto
La renovación de la cultura española hunde sus raíces en el siglo XVII y sus frutos perduran hasta los primeros decenios del siglo XIX. En tan dilatado espacio de tiempo, las formas culturales ilustradas sufren un proceso de creación, maduración, perfeccionamiento y disolución que ha movilizado a los historiadores sobre el tema académico de la cronología y las etapas de la Ilustración en España. Retomando otras clasificaciones anteriores, más imperfectas por no contar con los elementos alumbrados por la reciente investigación, la periodización propuesta por Antonio Domínguez Ortiz parece responder a grandes rasgos al estado actual de nuestros conocimientos, distinguiendo cuatro generaciones: los novatores, la generación filipina-fernandina, la Ilustración madura y la generación liberal que conoce la Revolución Francesa y las Cortes de Cádiz. En efecto, siguiendo este esquema podemos hablar, para subrayar mejor las líneas de continuidad, de una protoilustración, una Ilustración temprana, una Ilustración madura y una Ilustración en disolución. La protoilustración está representada por la obra de los novatores, el grupo de científicos que desde Sevilla, Madrid, Valencia o Zaragoza ponen las bases de la ciencia moderna. José María López Piñero ha señalado el año de 1687 como la fecha simbólica del nacimiento de la corriente, gracias a la confluencia simultánea de tres acontecimientos: la publicación de la Carta filosófica médico-química, de Juan de Cabriada, el viaje a París de Crisóstomo Martínez y la introducción de la doctrina de la circulación de la sangre en la Universidad de Zaragoza. El médico Andrés Piquer parece, como heredero de la tradición científica de los novatores, el eslabón que uniría la protoilustración con la etapa que comprendería la primera mitad de siglo. Sin embargo, Piquer es heredero también de uno de los máximos representantes de la Ilustración temprana, Gregorio Mayans, que junto con Benito Jerónimo Feijoo llenan casi por sí solos esta nueva etapa del movimiento ilustrado. También aquí los historiadores han encontrado una fecha simbólica, la de 1737, año en que se publica una de las obras cumbres de Mayans, los Orígenes de la lengua española, se edita la Poética de Ignacio de Luzán, que representa el acta de nacimiento de la estética neoclásica, y sale a la luz el primer número del que habrá de ser uno de los principales periódicos de la época, el Diario de los literatos de España. Tras un período de transición, que puede considerarse cerrado con el motín de Esquilache, el reinado de Carlos III asiste a la eclosión de la Ilustración plena. Esta edad de oro puede aceptar como fecha inaugural el año de 1767, cuando se produce la llegada al poder del conde de Aranda y la expulsión de los jesuitas, considerados como uno de los principales obstáculos a la expansión de las Luces, y la Corona acelera su programa de reformas en todos los campos. Del mismo modo, esta fase se cierra en torno a 1791, cuando se produce el pánico de Floridablanca, el miedo de los medios gubernamentales a la penetración de las ideas de la Revolución Francesa. El equilibrio buscado a lo largo de la centuria se rompe con la llegada a España de las noticias sobre la Revolución Francesa. La ilusión de la unanimidad se desvanece y los últimos decenios de la Ilustración se ven signados por el auge de la contestación política, por la trayectoria vacilante y contradictoria del reformismo y por la disolución final del movimiento ilustrado, que es despedazado por los impulsos contrapuestos de la reacción tradicionalista de los partidarios del Trono y el Altar y de la respuesta radical de los partidarios de la revolución liberal. El siglo XVIII protagonizó un gran esfuerzo de regeneración nacional. Como instrumentos teóricos para conseguir tal fin los ilustrados recabaron la ayuda de la tradición hispana de siglos anteriores, pero sobre todo pusieron su confianza en la adaptación del pensamiento europeo a las necesidades del país, de modo que la influencia extranjera se hizo muy patente en la configuración de la ideología de las Luces españolas. La introducción de las ideas foráneas en España se operó por diversos caminos: la estancia de españoles en Europa, la instalación de extranjeros en España, el paso de significados viajeros y la lectura de libros publicados allende los Pirineos. Por esas vías penetraron las novedades procedentes de los diversos países europeos. La influencia de Francia se ejerció desde el principio, con la llegada de los militares y funcionarios que acompañaron a Felipe V (que trajo también a sus artistas, como Jean Ranc, el retratista del joven monarca, Louis-Michel Van Loo, autor del conocido lienzo de La familia de Felipe V, o Michel-Ange Houasse, que nos ha dejado el mejor retrato de Luis I), hasta el final, con la permanente imitación de la moda en la decoración, en la vida de relación, en las fiestas y los juegos, en la compostura toda de los petimetres y madamitas que daban tono a las reuniones mundanas. El influjo de Italia se dio también tanto en el campo político (a través de la presencia de Alberoni, Grimaldi o Esquilache) como en el intelectual (a través de la recepción de Muratori, Galiani, Genovesi, Filangieri o Beccaria) o en el artístico, manifestado en la obra de destacados arquitectos y músicos puestos al servicio de la monarquía hispánica o en la universal admiración por el teatro o la ópera de un país vinculado por tantos lazos a España. La cultura inglesa también se transmitió ampliamente, tanto mediante la difusión de los grandes descubrimientos científicos del siglo anterior, como mediante la recepción del pensamiento económico y político, que sirvió de inspiración a algunos de los más conspicuos representantes del protoliberalismo español. Incomparablemente más débil fue finalmente la incidencia de Alemania, aunque tampoco hay que minusvalorar la presencia de técnicos industriales o el impacto causado por el viaje de Alexander von Humboldt por tierras americanas. Si la inspiración extranjera fue una necesidad reconocida, también, en sentido opuesto, la Ilustración se planteó en primer lugar el problema de España. El reformismo pretendió un mejor conocimiento de la realidad, para tratar de mejorarla a partir de soluciones que se buscaban tanto en los autores extranjeros como en la propia tradición hispana. El conocimiento de España se persiguió así a partir de los viajes, que permiten una observación directa de la realidad, a partir de las grandes empresas eruditas, que permiten rescatar el patrimonio literario, documental y artístico del pasado, y a partir del estudio de la historia, que permite llegar hasta las raíces de los males presentes. De este modo, a través de una perseverante peregrinación por la geografía y la historia patrias, la Ilustración española, por más que haya importado del extranjero parte de su utillaje intelectual, aparece como una creación original para abordar los problemas de España.
contexto
También el ritmo de la Ilustración americana guarda puntos de contactos con el de la metrópoli. Así, puede considerarse que el período de esa protoilustración emblematizada en el grupo de los novatores tiene su paralelo en el papel precursor que desempeñó una de las más extraordinarias personalidades de la cultura hispanoamericana, el mexicano Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700), que con su obra prefigura a los enciclopedistas del XVIII, en palabras de Elías Trabulse. Carlos Sigüenza, en efecto, es un significado adalid del criollismo, en sus principales escritos, como Las glorias de Querétaro, La primavera indiana o Paraíso Occidental (1683), donde combina sentido cristiano, mitología clásica y una profunda vivencia de la historia americana, desde las viejas tradiciones amerindias hasta las creaciones de su época. Otras iniciativas intelectuales le vinculan aún más directamente con el mundo setecentista, especialmente sus escritos contra la astrología, redactados a raíz de la aparición del cometa de 1680, que partiendo del universo mental de la revolución científica pertenece ya a la época de una crisis de la conciencia que no fue sólo europea. La Ilustración temprana se caracteriza en América por la recepción de la obra de Feijoo (destinada a ejercer un gran influjo), la aparición de los primeros periódicos y el inicio de las grandes expediciones científicas, especialmente la de La Condamine, con su rama específicamente española encabezada por Jorge Juan y Antonio de Ulloa, y la de Límites al Orinoco, dirigida en su vertiente científica por Pehr Löfling. La Ilustración plena se inicia en América en los años setenta. Es el momento de las grandes obras, de las grandes expediciones, de las grandes figuras, de la conciencia clara de la Ilustración, que se manifiesta en el despliegue de las instituciones características, en la difícil reforma de los viejos centros de enseñanza, en la ebullición científica, en la proliferación de las expediciones botánicas o hidrográficas, en la aparición de los más importantes escritos de economía política, en la implantación del neoclasicismo academicista, en la expansión de la creación literaria, en la difusión de las Luces como vehículo de un cambio profundo de la sociedad. El criollismo presente en todos los estadios de la Ilustración americana termina por desembocar a fines de siglo en el pensamiento que sustenta intelectualmente la lucha por la independencia, de tal modo que la última generación ilustrada se pasa a las filas de los insurgentes. Incapaz de contenerse dentro de los límites del Antiguo Régimen, la crítica reformista se transforma ya decididamente en liberalismo político; y por ese camino, incapaz de contenerse en los límites del sistema colonial, en ideología independentista. Nacido todavía dentro de las murallas de la ciudadela reformista, el pensamiento de principios del XIX se instala ya en el extramuros liberal e independentista para ocuparse más específicamente de la teorización política de la emancipación. Son los integrantes de una nueva generación, la generación de Simón Bolívar, embarcada ya en otra empresa, viviendo en otro universo mental. Como en España, también en la América española, la época del reformismo ilustrado terminaba alumbrando la época del liberalismo, que en este caso implicaba la independencia política de los reinos de Indias. La Ilustración americana bebió en las mismas fuentes que la Ilustración española. Basta una somera visita a las bibliotecas de los principales ilustrados criollos para encontrar una selección de libros muy similar a la que podría hallarse en las bibliotecas de los ilustrados metropolitanos, incluyendo un cierto porcentaje de obras en francés y en inglés. Desde este punto de vista, las fuentes europeas fueron manejadas por los intelectuales americanos con la misma o incluso con mayor soltura que los metropolitanos, ya que si América opuso a las Luces el espesor de la distancia física (sobre todo en los centros situados en el interior del continente) y la sutilidad del tejido de su red cultural y educativa (con tramas demasiado ligeras), por el contrario pudo disfrutar de la práctica bien arraigada del tráfico de contrabando con los países europeos (potencias económicas y culturales, capaces de introducir tejidos baratos y lecturas prohibidas) y de una menor implantación inquisitorial. En resumidas cuentas, el principal elemento de diferenciación no fue, por tanto, la mayor o menor dificultad en abastecerse de libros prohibidos por la censura gubernamental o inquisitorial, ni tampoco la adopción de las nuevas ideas a partir de fuentes directas o a partir de fuentes indirectas, es decir filtradas por el tamiz de la versión metropolitana. El principal elemento de diferenciación provino del contraste de dichas ideas con la realidad americana. Una realidad que fue minuciosamente observada a lo largo del siglo, con un sentimiento de orgullo transmutado ahora en una apasionada captación de la naturaleza y de la historia del Nuevo Mundo. En este sentido, quizás la obra paradigmática, entre muchas otras que merecerían también recordarse, sea la del militar ecuatoriano Antonio Alcedo, quien incapaz de compendiar en un texto original toda la compleja realidad americana pasada y presente, se contentó con publicar una obra de ambiciones más reducidas pero no por ello menos vasta y emblemática, el famoso Diccionario geográfico histórico de las Indias, editado en cinco volúmenes en Madrid entre 1786 y 1789. Si la Ilustración americana y la Ilustración metropolitana se inspiraron en parecidas fuentes, del mismo modo ambas se mantuvieron durante el siglo XVIII en los límites marcados por el reformismo, sin cuestionar las bases económicas, políticas y por descontado religiosas del Antiguo Régimen. Tan sólo al final del período la confrontación con la realidad específicamente americana motivó la aparición de unos rasgos diferenciales que terminaron por plantear la necesidad de una revolución que significaba la independencia. Una necesidad que sólo se hizo patente a partir de la crisis desatada en la metrópoli en 1808.
contexto
La vuelta a la ortodoxia coincide con el inicio de una etapa de apogeo en muchos terrenos. Bizancio ya no es el gran imperio mediterráneo de la época de Justiniano, pues ha quedado notablemente reducido en sus dominios; se trata de un Estado rural con una gran ciudad, Constantinopla, que ha perdido una buena parte de su población tras la peste del año 747, pero que todavía mantiene el monopolio exclusivo del arte y de la cultura. En adelante, va a ser un Imperio griego por el origen étnico de la inmensa mayoría de su población, por su lengua y sus tradiciones, un Imperio griego unido en el culto de la fe ortodoxa. Con la llegada de Basilio I y sus sucesores, Bizancio iba a tomar la ofensiva, a reconquistar una parte de los territorios que había perdido y a extender su esfera de acción más allá de sus fronteras. En el terreno religioso, la negativa de Focio, patriarca de Constantinopla, a reconocer la supremacía de Roma, no supuso una ruptura definitiva con Occidente: el cisma definitivo no se produciría hasta la segunda mitad del siglo XI. Pero afianzó a Constantinopla como suprema autoridad espiritual de Oriente. En los asuntos temporales, las reformas en las áreas administrativa y legislativa van a ir a la par de las nuevas actividades en las ciencias aplicadas, las humanidades y las artes. Bajo Basilio I y León VI se reorganizó el código de Justiniano, se puso al día y se tradujo, adaptándose así al uso contemporáneo. La Universidad de Constantinopla, cerrada por León III en el período anterior, se reorganizó con el objetivo fundamental de formar una administración civil y militar eficaz. Su educación se basaba en una concienzuda lectura de los clásicos griegos, los filósofos, dramaturgos, poetas, historiadores, retóricos, matemáticos, geógrafos y médicos. El programa de lectura de Focio da una idea de la amplitud y profundidad del saber bizantino, igual que sus sermones ponen de manifiesto la sofisticación del lenguaje y el pensamiento bizantinos. Los escritos de Constantino VII Porfirogéneta, no sólo ilustran el enrevesado ceremonial cortesano del siglo X, también muestran un cabal conocimiento de otros países extranjeros, especialmente del mundo eslavo, adquirido mediante hábiles informes diplomáticos. Bajo la influencia y dirección de Constantino VII, sabios de todas clases elaboraron amplias enciclopedias que resumen los conocimientos legados por el pasado; es lo que se dio en llamar segundo helenismo. Al lado de estos grandes trabajos, para los que había que encontrar y reunir un número considerable de manuscritos antiguos, contribuyeron otros, igualmente, al conocimiento y a la transmisión de las obras de la Antigüedad clásica. Desde mediados del siglo IX hasta el año 1000 se dedicaron a copiar en escritura minúscula los manuscritos en nuncial, acompañados de rigurosos estudios filológicos; la mayoría de los textos clásicos que poseemos corresponden a esta época. Los efectos de la búsqueda y del estudio de los manuscritos antiguos -textos profanos de la Antigüedad clásica, obras religiosas de los primeros siglos cristianos y libros sagrados- se dejan sentir tanto en el terreno artístico como en el literario. Los manuscritos ilustrados de las obras científicas como la "Theriaca", de Nicandro, el "Tratado sobre las luxaciones", de Apolonio de Citium, y las "Cinegéticas", de Opiano, conservan las composiciones de los modelos antiguos. Las escenas mitológicas que adornan los manuscritos de los mitógrafos o de otras obras se difundieron, sirvieron para decorar objetos de lujo e incluso se introdujeron en las ilustraciones de escritos religiosos como las "Homilías", de Gregorio Nacianceno. La arqueta Veroli, del siglo X, con sus putti, podría haber sido hecha en época helenística. La taza de cristal rojo oscuro del tesoro de San Marcos de Venecia, probablemente de la misma fecha, responde plenamente al gusto de la época: las figuras parecen sacadas de algún vaso griego antiguo. El popular poema épico de Digenes Akrites -hacia 900- describe la decoración de una residencia aristocrática ideal. Los dos últimos cantos -de los ocho en total- cuentan el empleo del ocio del héroe junto a su esposa, en el palacio que se había hecho construir a orillas del Eufrates. Se trataba de un edificio de salas abovedadas y columnas de mármol, estancias deslumbrantes de mosaicos dorados y escenas donde se establece una comparación entre los héroes clásicos y bíblicos, cuyo relato es como sigue: "También representó las fabulosas guerras de Aquiles, la belleza de Agamenón y la desastrosa huida de Elena; a la sabia Penélope y los muertos pretendientes; la maravillosa osadía de Odiseo frente a los Cíclopes; a Belerofonte matando a la fiera Quimera; las victorias de Alejandro y el desastre de Darío; el sabio Candace en su palacio; la llegada del sabio Alejandro junto a los brahmanes y otra vez entre amazonas y sus continuas hazañas, y muchas otras maravillas y valerosos hechos de todas clases". Aun siendo un relato imaginario, revela hasta qué punto había arraigado el ámbito clásico en la época macedónica. Claro que no todo fue beneficioso. En la literatura tuvo el efecto de impedir el desarrollo de un lenguaje literario vivo. Los hombres de letras trataron de reproducir el estilo e incluso el vocabulario y la sintaxis de los escritores de la Grecia clásica, pero con una profusión florida derivada de los oradores más que de los escritores. El resultado fue un estilo artificioso que pocos autores tuvieron talento para superar. En la música, la recuperación clásica no tuvo al parecer más efecto que el de estimular el estudio de la teoría musical como una rama de la filosofía, afín a las matemáticas, pero con escasa referencia a la composición y práctica musical. En las artes visuales los resultados fueron más prometedores. Los miniaturistas encargados de ilustrar los libros del Antiguo y Nuevo Testamento hallaron en los ejemplares de los primeros siglos cristianos las composiciones pintorescas en las que se desplegaban ricas arquitecturas y paisajes poblados de figuras alegóricas. Vuelven a hallar, también, las formas graciosas o animadas, y el modelado ligero y delicado que se aplica a reproducir con más o menos éxito. Manuscritos como el "Evangelio" del monasterio de Stavronikita en el Monte Athos, el "Rollo de Josué" de la Biblioteca Vaticana de Roma o el "Salterio" -griego 139- de la Biblioteca Nacional de París, presentan algunas de las propuestas más interesantes.