Si en 1920 provoca una gran impresión la aparición del libro de John Maynard Keynes, The Economic Consequences of the Peace, en 1925, la firma de los acuerdos de Locarno parecía abrir el camino a una revisión ordenada y pacífica de las fronteras de Alemania. En este sentido, el apaciguamiento de los años treinta podía interpretarse como la continuación de la política de Locarno, esta vez aplicada a las fronteras del este. En Locarno, los protagonistas -Francia, Alemania, Bélgica, Gran Bretaña e Italia- habían sido los lógicos si se quería alcanzar un acuerdo consistente en el oeste. Pero en Munich hay dos ausencias muy significativas: la de Checoslovaquia, el país al que se le plantea el problema de los Sudetes, y la Unión Soviética, el Estado garante, con Francia, de la independencia checoslovaca. El antagonismo entre las potencias partidarias y adversarias del statu quo, que se ha puesto de manifiesto a lo largo de las crisis que se suceden entre el otoño de 1935 y el otoño de 1938, tendrá importantes consecuencias en la política de armamentos y en la asunción de compromisos diplomáticos. "Alemania". Su régimen político tiene, como uno de sus objetivos esenciales, preparar los elementos que permitan una política de fuerza. Hitler impone al rearme alemán un ritmo que sorprende hasta a sus generales. Según el plan de 1935, el Ejército alemán debía contar con 36 divisiones, pero en 1938 tiene 42; los efectivos en tiempo de paz alcanzan 1.500.000 hombres, sin contar las fuerzas paramilitares, calculadas en 405.000 hombres. Estas cifras aumentan después de las anexiones de 1938, al sumar el Reich diez millones de nuevos habitantes. Este ejército dispone de un conjunto de doctrinas militares que rebasan ampliamente las enseñanzas de la Primera Guerra Mundial, al dar particular importancia al papel de la aviación y al empleo masivo de los carros de combate; además, se apoya en una plataforma económica que orienta la producción hacia la preparación de la guerra, en la educación militar de la juventud, y en unos servicios de información y de propaganda encargados de eliminar cualquier disidencia interna. Teniendo en cuenta el proceso de rearme de sus enemigos, Hitler prepara la guerra para los años 1939-1943. "Italia". Tras la victoria obtenida en Abisinia, el régimen fascista se consolida y la autoridad del Duce queda firmemente asegurada. Gracias a su política demográfica, Italia cuenta con 43.500.000 habitantes y, a finales de 1938, su ejército dispone de 50 divisiones de línea y de 14 divisiones especiales (montaña, motorizadas y acorazadas); su flota de guerra tiene 12 grandes unidades (ocho acorazados y cuatro cruceros), y su aviación, cerca de 2.000 aparatos. En el terreno de la renovación de las doctrinas tácticas y estratégicas, los italianos han ido por delante de los alemanes; escuchando a Mussolini, no parece haber duda de que esa fuerza será utilizada: "Sólo la guerra eleva al máximo de tensión todas las energías humanas e imprime un sello de nobleza a los pueblos que tienen el valor de afrontarla". "Francia". Hasta 1935, la crisis económica frena los proyectos de rearme. En octubre de 1936 se decide ejecutar un plan de cuatro años, pero su realización tropieza con la falta de recuperación del país. Pese a las grandes dificultades económicas, hay que buscar la causa del comportamiento exterior de Francia en el estado de ánimo de la nación. La burguesía se siente mucho más preocupada por el peligro bolchevique que por las amenazas de alemanes e italianos y todas las instituciones del Estado parecen paralizadas. Las insuficiencias generales se acentúan con las convicciones estratégicas del Estado Mayor, que, aferrado a los recuerdos de la Primera Guerra Mundial, parece confiar únicamente en la eficacia de las fortificaciones, con lo que Francia no disponía del ejército adecuado para cumplir las líneas generales de su política exterior y proporcionar a sus aliados del este de Europa la ayuda prometida. "Gran Bretaña". Aunque a lo largo de los años treinta disfruta de una gran estabilidad política, los conservadores no aprovechan su gran libertad de acción para realizar una política exterior activa. Hasta 1936, el Gobierno no reconoce el deplorable estado de sus fuerzas terrestres y aéreas y la necesidad de rearme. El plan, presentado en febrero de 1937, se demorará por dificultades financieras. "Unión Soviética". A partir de 1938, un gran esfuerzo de industrialización transforma el potencial de guerra de este país. Pero el régimen soviético se ha enfrentado en 1936 y 1937 a una importante crisis interior. Los grandes procesos se suceden.. En junio de 1937, el mariscal Tukhachevski, comandante de la circunscripción militar del Volga, es acusado de alta traición. A continuación, los oficiales superiores del Ejército Rojo son revocados a centenares y sustituidos por hombres de confianza que desconocen las nuevas doctrinas militares. Los observadores occidentales no creen que las fuerzas soviéticas, en esas condiciones, puedan ser empleadas eficazmente; si unimos a esto las reservas político-ideológicas, entenderemos las dificultades para que los occidentales se decidan a buscar seriamente la alianza de la Unión Soviética. Sin duda, el hecho más importante de la nueva situación diplomática es la formación del Eje Berlín-Roma, acuerdo establecido entre Alemania e Italia que se prolonga hacia Japón y Yugoslavia. Si resulta clara la necesidad de Hitler de contar con el punto de apoyo que Italia le podía proporcionar, es más problemático el beneficio que Mussolini obtenía con un acercamiento a Alemania que le obligaba a renunciar a sus anteriores planes para la Europa danubiana. La aproximación italo-alemana se produce en los últimos meses del año 1936: el 23 de septiembre, el Gobierno alemán expresa a Italia su deseo de colaboración; durante los días 21-24 de octubre, el nuevo ministro de Asuntos Exteriores italiano, el Conde Ciano, decidido partidario de la alianza alemana, viaja a Berlín y Berchtesgaden, donde declara, junto con su colega alemán, la intención italo-germana de actuar en común en favor de la paz y en contra del peligro comunista; finalmente, el 1 de noviembre, Mussolini pronuncia en la plaza del Duomo, de Milán, su famoso discurso en el que se refiere a la "entente" que une al Eje Berlín-Roma. Durante el año 1937, el Eje se prolonga: el 25 de marzo, el Gobierno yugoslavo, que se había ido acercando a Alemania en el terreno económico, liquida sus diferencias con Italia y se compromete a concertarse con ella en el caso de que se produzcan complicaciones exteriores; el 6 de noviembre, el Gobierno japonés, que un año antes, el 25 de noviembre de 1936, había firmado con Alemania un pacto anti-soviético -el Pacto Anti-Komintern-, se acerca también a Italia sin definir la naturaleza de las obligaciones que mutuamente aceptaban. De hecho, tanto el Pacto Anti-Komintern como el Eje Berlín-Roma se nos presentan como ejemplos de un nuevo estilo diplomático que, para entendernos, podemos llamar vitalista; no estamos ante acuerdos jurídicos que definen con precisión las obligaciones de cada parte; estamos ante algo vital: un acuerdo entre jefes de distintas comunidades nacionales, algo que casa bien con la ideología irracionalista en la que se apoyan, mostrando en su terminología cierta alergia a lo jurídico. Frente a las intenciones de la solidaridad internacional agrupada alrededor del Eje, la protección del statu quo que proporcionaba el principio de la seguridad colectiva está, a la altura de 1938, en crisis, tanto por la debilidad de los Gobiernos que debían sostenerlo, como por la indiferencia de la opinión pública. Así, el fracaso de la utopía ginebrina lleva al retorno de los métodos tradicionales, es decir, a los acuerdos directos entre Estados con objetivos compatibles. En el campo de las potencias satisfechas con el statu quo, el hecho diplomático más importante es la afirmación pública de la solidaridad franco-británica. Esta solidaridad, que por parte británica significa ayuda sólo para el caso de que las tropas alemanas entren en territorio francés, es compatible con la decisión de Chamberlain de llegar a un modus vivendi con Alemania, concediéndose satisfacciones parciales en cuestiones económicas y coloniales a cambio de la renuncia a la expansión por la fuerza La solidaridad franco-británica cuente con un apoyo exterior muy limitado. En efecto, Checoslovaquia, después de la pérdida de la región de los Sudetes, ha quedado en situación precaria; Bélgica, después de constatar la paralización francesa ante la remilitarización de Renania, busca su seguridad en la renuncia a toda clase de alianzas y, el 3 de octubre de 1937, firma un acuerdo con Alemania comprometiéndose a oponerse al paso de tropas por su territorio a cambio de la promesa hitleriana de respetar su inviolabilidad y su integridad. Finalmente, la Unión Soviética, que en 1934 se había inclinado por la política de seguridad colectiva, se muestra dispuesta a mantener el sistema si las potencias occidentales se prestan a ello con sinceridad. Sin embargo, la experiencia de su aislamiento en Munich y las noticias que le llegan de las especulaciones de Londres y París acerca de la independencia de Ucrania no favorecen la solidez de su posición internacional al temer que Daladier y Chamberlain estén incitando a Hitler a orientar hacia el este sus ambiciones.
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La década que comenzó en 1860 ofrecía un aceptable panorama en términos de modernidad; el tendido ferroviario y el telegráfico posibilitaron la consolidación de un mercado nacional, por el que las ideas, los hombres y los capitales circulaban de forma más fluida, proporcionando más recursos que permitieran poner en marcha nuevas iniciativas. El Estado-nación adquirió una mayor estabilidad en el momento en el que el ideal democrático irrumpió con fuerza ante el liberalismo doctrinario imperante hasta entonces. La revolución de 1868, sin duda el hecho más significativo del decenio, fue producto de la confluencia de toda una serie de fenómenos y acontecimientos anteriores. No cabe hablar únicamente de factores económicos explicativos de su desencadenamiento, como ha sido habitual en la historiografía, tales como la crisis financiera de 1866 o la de subsistencias del invierno 1867-68, ya que desvelan sólo parte de la trama. Resulta necesario analizar el acontecer político, militar e intelectual de la época para comprender el declive del régimen isabelino y la culminación de un discurso alternativo al mismo.
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La escasez de testimonios documentales sobre la mujer en los oficios artísticos es patente, a pesar de que la mayoría de estos trabajos se realizaban en talleres familiares, con lo que parece obvio que debía colaborar activamente la mujer. (117) Esta ausencia es justificable porque en la legislación existente, la mujer era sólo mayor de edad a los 25 años en los reinos de España y para cualquier proceso necesitaba, por ser menor de edad, una persona que le representase, un curador. Cuando la mujer era casada, no podía por ley dar o hacer ningún documento legal sin la autorización del marido. Las fórmulas de los inicios de un contrato evidencian esa realidad: "Con licencia, autoridad poder e facultad complida y expreso consentimiento que pido e demando a vos..." Pero también era cierto, que ese sometimiento no pasaba, a veces, de ser pura fórmula. También resulta curioso y favorecedor a la mujer constatar que ningún hombre casado solía hacer un contrato de compra o venta sin citar y comprometer a la mujer. Cuando la mujer enviudaba siendo mayor de edad -porque en caso contrario necesitaba seguir teniendo un curador-, su papel era ya preponderante y de plena libertad ante la ley. En el modelo de sociedad existente entre los siglos XVI al XVIII, la viudez parece que fue el estado ideal para que la mujer ejerciera las funciones profesionales relacionadas con el arte, al menos con plena libertad. Un caso similar se dio ante la emigración masculina a América. Cuando el marido se marchaba lejos, dejaba plenos poderes a la mujer y así ésta funcionaba como una viuda, sin serlo. Ni en los gremios ni en las cartas de aprendizaje aparecen nombres de mujeres. Donde sí aparecen con frecuencia es en calidad de curadoras de sus hijos a quienes "ponen" a servir en un oficio para que aprendan dicho oficio. También aparecen como fiadoras en importantes empresas de trabajo de sus maridos. También es frecuente encontrar mujeres en oficios no estrictamente artísticos. Existen cartas de obligación o contratos de moza de soldada, es decir, chica de servicio para las tareas domésticas, sorprendiendo las edades tan tempranas en que comenzaban a servir, aún en la infancia, entre 10 y 12 años. Quizá era la manera de tenerlas alimentadas y asegurarles el ajuar de su boda, como aparece especificado en casi todos los contratos. Pocas veces eran personas mayores las que se hacían cargo de las tareas de lavar y servir. También aparecen contratos de trabajo con pasteleros. Fuera de estos casos, la documentación apenas refleja la actuación profesional de las mujeres, ni siquiera en profesiones que parecerían propias de la mujer, como es la enseñanza. En la documentación aparece un caso en el siglo XVI de una mujer que se compromete a que enseñará "a coser e labar y leer y cantar" (118) La enseñanza de leer y escribir con las reglas para las cuentas correspondía generalmente a maestros. (119) La documentación refleja que era frecuente encontrar mujeres en oficios no estrictamente artísticos. Así aparecen cartas de obligación o contratos de mozas de soldada, chicas de servicio para las tareas domésticas, de las cuales sorprende las edades tan tempranas en que las ponen, entre 10 a 12 años, pues era la manera posiblemente también de tenerlas alimentadas y asegurarles el ajuar de su boda, como aparece especificado en casi todos los contratos. Otras veces eran personas ya mayores las que se hacían cargo de las tareas de lavar y servir, pero no eran frecuentes estos casos. Y es que seguramente, estas mujeres además de servir en la casa, trataran también de alguna manera de ayudar en el taller, como ocurrió con María de Robos, viuda de Alonso de Altejos, que se puso a trabajar en 1531 con Melchor de Nájera, entallador, por un espacio de dos años. Gráfico La presencia de la mujer, aunque menor, también se dio en los oficios artísticos. En la documentación, primero se citaba a la mujer para hacer referencia después al marido y su profesión. Esto era especialmente frecuente en los censos de las casas en que se daban los lindes con las casas contiguas señalando a veces el nombre de la mujer como propietaria con el nombre y ofcio del marido, por ejemplo: "casas de la muger de Diego platero que tiene ad vitam e refacionem... e de la otra parte casas de la mujer de Diego Barroso platero" E igual ocurría muchas veces en ventas y censos, así "vendemos a María Hernández, muger de Martín de Pernías, bordador, vecino desta villa de Valladolid..." El panorama de trabajo de la mujer variaba cuando ésta enviudaba. En la nueva situación, la mujer se hacía cargo del taller del marido, y no como propietaria de la tienda, que generalmente el ejercicio del oficio llevaba consigo, sino como una auténtica dueña y, por lo tanto, también maestra de taller. Sólo en contadas ocasiones, la mujer recurría a algún oficial del marido, lo que manifestaba que sabía el oficio y que habitualmente había ayudado en dicho oficio y taller. Los trabajos artísticos eran siempre trabajo de oficio aprendido en la práctica de taller, aunque en la carta de aprendizaje aparezca la palabra "Arte", como por ejemplo, "el Arte de la pintura". Siempre el arte requería una técnica y ésta un aprendizaje, y ese aprendizaje había que hacerlo en un taller reconocido. El adiestramiento se iniciaba generalmente al final de la infancia o, a lo más tardar, en los inicios de la adolescencia. El maestro enseñaba el oficio para que el joven pudiera, previo examen de dos veedores de dicho oficio, ejercerlo. Aunque había una serie de ocupaciones que requerían más años de aprendizaje y otros menos, el promedio era de tres años y medio. El muchacho en el siglo XVI y XVII se quedaba a vivir con el maestro y éste se comprometía a darle cama, comida, vestido y calzado, a cambio el muchacho le debía servir en su oficio, y al final del aprendizaje recibía, y en esto había gran variedad, las herramientas de trabajo y generalmente ropa nueva y buena, y también, muchas veces, algún dinero. El maestro disponía así de oficiales y aprendices que le ayudaban en el taller con el mínimo gasto, pero a cambio ellos aprendían los secretos del buen hacer del oficio. Esta forma de funcionar solía estar regulada por los gremios, si los había, y si no por la costumbre. Esta forma de actuación hacía inviable el contrato de mujeres para aprender el oficio, porque no estaba bien visto, salvo en moza de soldada, que la mujer trabajara fuera de casa. Pero, lógicamente, si el taller era del marido o del padre o a veces del hermano, entonces ayudaba y trabajaba sin figurar en el gremio. Hoy diríamos que era lo más parecido a una economía sumergida. Esa permanencia en el taller originaba de manera natural muchos matrimonios, habituales entre personas del mismo oficio o en oficios complementarios. Según pasaba el tiempo hubo ligeras variaciones de los años de aprendizaje e incluso se perfiló una mayor humanización en los contratos, especificándose el cuidado en la enfermedad siempre que ésta no pasara de 15 días. Entre los oficios más representativos destacó siempre el de la carpintería. Hasta el siglo XV, el carpintero era el constructor de las casas, por lo tanto, su oficio era realmente de arquitecto y maestro de obras. Puesto que las casas necesitaban una estructura lignaria, esta era la parte más específica de su oficio. Aunque también los maestros canteros y los tapiadores formaban parte de los oficios de la construcción, el carpintero en el siglo XVI y hasta mitad del XVII, fue el verdadero maestro de obras, alarife y ebanista. Un maestro carpintero como Toribio de la Cruz, en los inicios del siglo XVII en Valladolid, tan pronto tomaba a su cargo realizaciones de obras, como se erigía, en otros casos, en maestro de obras, realmente arquitecto, comprometiéndose en carta de aprendizaje a enseñar hacer "cofres y arcas y vancos y camas y herradas y demas cosas tocantes al dicho oficio de carpintería de tienda y de obras de carpintería de fuera". Por otra parte, también se constata que los entalladores hacían muebles como mesas de visagras, aunque no fuera propio de un entallador. Un caso entre muchos de mujer relacionada con este gremio fue el de Florencia Sánchez, mujer del carpintero Luis de Valladolid, y clásico ejemplo de mujer viuda que siguió con los encargos hechos a su marido, al tener un hijo y un yerno carpinteros. En los oficios que había que trabajar a la intemperie, canteros, alarifes, ingenieros, había también algunas mujeres excepciones. El caso más conocido es el de la cantera María Pierredonda a la que en un momento determinado se le requiere para dar su opinión nada menos que en la obra de un puente, empresa posiblemente heredada del padre. Es curioso, además, que en el documento se advierte que no vaya el marido, porque no entiende de estos negocios. (120) Un caso muy interesante por ser un tipo de ingeniería fue el Susana Venger, también viuda, mujer que fue de Roberto Ramirez ingeniero. "Y dijo que ella tiene a su cargo el injenio de agua de la rivera de su Majestad y norias y fuentes del Palacio Real desta dicha ciudad en dos mil y cien reales en cada un año y le a tenido a su cargo ocho años a esta parte..." (121) Aunque el arte de hilar se ha considerado femenino, en el siglo XVI la realización de tapices y alfombras era masculino. En los talleres familiares donde se realizaban, la presencia de la mujeres parece evidente, pues siempre ha habido ilustraciones con mujeres trabajando en talleres de tapices. Algo similar ocurría con el bordado, que en el siglo XVI era típicamente masculino. El bordador realizaba el trabajo tanto de los vestidos como el de las ropas de culto. En las cartas de aprendizaje se especificaba la enseñanza del bordado "asy de corte como de iglesias e ymagenes." Habrá que esperar a muy entrado el siglo XVIII para que la mujer empiece a invadir el campo del bordado hasta desplazar al hombre en el siglo XIX. Además del bordado, hubo también muchas mujeres que trabajaron en el gremio de la platería, la mayoría viudas de platero, que regentaban una tienda donde solía haber "diversos papeles de sortijas, anillos, arracadas y otras menudencias de plata que no son de marca." (122) También se dedicaron a tareas de pintura. En las obras de pintura y dorado de la ermita de Santa Ana de Pozuelo de la Orden de Valladolid, llevadas a cabo por el maestro Ignacio Fuertes, dorador y pintor de Valladolid, se ha detectado la presencia de una mujer. En las cuentas aparecen pagos a una mujer doña Isabel. No deja de ser también muy interesante encontrar mujeres en el campo del negocio del teatro. En 1613, Alonso Riquelme y Catalina de Belalcazar, su mujer, trabajaban como autores de comedias en Sevilla. Cinco años más tarde, Alonso Riquelme, autor de comedias para la fiesta de la Virgen de agosto en León "cobra de Cristóbal Ortiz y Ana María de Rusera su mujer, representantes de la dicha Compañía.." Hubo también mujeres que ya viudas llegaron a convertirse en grandes fortunas, pues se dedicaron a la banca y el comercio con cierto éxito. Se trataba de un comercio artístico, con mercadurías, especialmente tapices, procedentes de Flandes e Italia. Un ejemplo de las primeras décadas del siglo XVI, fue el de Inés de la Cadena, mujer que fue de Martín de Soria, vecino de Burgos. También en los inicios del siglo XVII destacó Cornelia Vander de Fort, viuda de Enrique de Fort mercader. Cornelio continuó activamente el comercio con telas y muebles algunos importados de Alemania. También, María de Xerez, viuda del mercader Alonso de Bargas, mantuvo un activo comercio con Flandes.
obra
Entre las personalidades artísticas que harán avanzar la pintura italiana, desde los presupuestos de la "maniera greca" hacia un lenguaje que, sin abandonar el bizantinismo, conlleva novedades, están Duccio en Siena y Pietro Cavallini en Roma. Este último, pintor y mosaísta, es el artífice que colabora más estrechamente con la corte papal en un período de crisis del Papado (la época de Nicolás III, de la familia de los Orsini), que por lo mismo hace del arte un vehículo eficaz para mostrar una preponderancia que no existe, pero que se pretende recuperar o reivindicar a través de las formas externas. No es casual que sea entonces cuando se emprenda la restauración de la basílica de San Pedro, se inicie la construcción de un palacio en el Vaticano o se remodelen las iglesias más importantes de la ciudad. Pietro Cavallini colaboró estrechamente en este proyecto. Trabajó en San Pablo Extramuros (hacia 1287-1297), realizó los mosaicos de Santa María in Trastevere (hacia 1290) y pintó los frescos de Santa Cecilia in Trastevere (hacia 1290). En esta última destaca su magnífico Juicio Final, todavía de fuerte gusto bizantinizante, pero magnífico en su ejecución.
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Constituidas las Cortes el 3 de abril, la izquierda se apresuró a destituir a Alcalá Zamora. La normativa constitucional exigía para ello el acuerdo de las tres quintas partes de los diputados, cifra que no alcanzaba el Frente Popular. Pero se obvió la dificultad recurriendo, a propuesta de Indalecio Prieto, al artículo 81 de la Constitución, que permitía cesar al jefe del Estado si éste había disuelto las Cortes dos veces y la nueva Cámara estimaba que la última disolución había sido improcedente. El 7 de abril, por 238 votos contra 5 -la derecha se abstuvo, tras haber apoyado la medida- el presidente de la República fue destituido por el Parlamento. Martínez Barrio asumió interinamente la Presidencia de la República y puso en marcha el proceso sustitutorio. La candidatura de Azaña, propuesta por UR, concitó desde el principio amplios respaldos. Entre los partidos de la mayoría, sólo la izquierda del PSOE se opuso por preferir al más radical Álvaro de Albornoz. No falta quien ve la mano de Prieto tras la promoción de la candidatura del jefe del Gobierno. Según esta versión, el líder socialista pretendía vencer la resistencia de su partido a comprometerse en tareas de gobierno, sustituyendo él mismo a Azaña a la cabeza de un Gabinete de coalición republicano-socialista. Conforme a la Constitución, el jefe del Estado fue elegido por sufragio indirecto. Las elecciones de compromisarios se celebraron el 26 de abril y dieron 358 mandatos al Frente Popular y 63 a la oposición, parte de la cual se había abstenido de concurrir a los comicios. El 10 de mayo, en el Palacio de Cristal, de Madrid, diputados y compromisarios votaron al nuevo presidente, con el siguiente resultado: 754 votos para Azaña, 88 en blanco -los de la CEDA- y 32 para otros políticos: Largo Caballero, Primo de Rivera, Lerroux y González Peña. Al día siguiente, Azaña tomó posesión de la Jefatura del Estado e inició las consultas para la formación de un nuevo Gobierno, mientras un ministro de su partido, Augusto Barcia, se hacía cargo interinamente de la jefatura del Gabinete. Se comprobó entonces que el Frente Popular no cuajaba como coalición de gobierno. Prieto, a quien Azaña consideraba el hombre más adecuado para presidir el Consejo de Ministros, se encontró con el veto de la minoría parlamentaria socialista, controlada por la izquierda caballerista. Finalmente, fue Casares Quiroga, considerado hechura del nuevo presidente de la República, quien formó un Gabinete con los partidos republicanos del Frente Popular, al que se incorporó la Esquerra.
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Una encuesta realizada en 1962 entre historiadores situó a Eisenhower en el puesto vigésimo primero entre los treinta y cuatro presidentes norteamericanos existentes hasta entonces. Veinte años después, en cambio, fue considerado ya como el noveno en una lista que contenía más nombres. Este mayor aprecio con el transcurso del tiempo puede explicarse en parte por el hecho de que el clima se había hecho más conservador, pero en realidad la anterior visión peyorativa había sido exagerada e injusta. No es una casualidad que en una era conformista estuviera al frente de los Estados Unidos una persona capaz de unir al país, hacer posible la derrota de los demócratas y ser personalmente un modelo de seguridad y de serenidad. Uno de sus colaboradores -antiguo ejecutivo de la empresa automovilística- fue quien dijo la famosa frase de que "lo que es bueno para la General Motors lo es para los Estados Unidos". Eisenhower, héroe nacional y persona lo bastante popular para ser aludido con el apodo de "Ike", apareció como un "padre benéfico", en apariencia bondadoso pero un tanto inútil por apatía y carente de cualquier altura intelectual. Él mismo ayudó a ello cuando definió al intelectual como "un hombre que emplea más palabras de las necesarias para decir más de lo que sabe". A menudo, daba la sensación de ser incoherente en las conferencias de prensa y poco asiduo al trabajo. Kennedy le llegó a definir como un "no presidente". Sus adversarios dijeron de él, despreciativamente, que si había que tener un presidente golfista era mejor que al menos fuera bueno en ese deporte. Pero, en realidad, Eisenhower fue mejor que como le presentaron sus adversarios. Aunque en la Academia había sido un alumno mediocre, más interesado en los deportes que en las asignaturas, probó su altura en una carrera militar en la que sobre todo se dedicó a tareas de Estado Mayor: tenía formación intelectual e, incluso, había escrito parte de la Autobiografía del general Pershing. A pesar de la fama que tuvo en sentido contrario, como presidente dirigió tanto la política exterior como la interior con mano firme y no estuvo dominado por los acontecimientos, como muchos le atribuyeron. Fue, eso sí, adicto a una forma óptima de sobrevivir como hombre público: dar la sensación de que estaba por encima de la política mientras otros hacían declaraciones más detonantes. Era, en realidad, más hábil, ambicioso y egoísta de lo que podía pensarse, pero también tenía una decidida voluntad de servicio político y muy buenos conocimientos de política exterior, muy superiores a los de su antecesor, Truman. La línea fundamental de la política interna seguida por Eisenhower estuvo al margen, e incluso en contra, de lo que querían los dirigentes republicanos hasta entonces predominantes en el partido. En realidad, él había tenido sus responsabilidades militares más importantes con presidentes demócratas y, como sabemos, Truman pensó en algún momento que le podía sustituir en el puesto presidencial. Pero "Ike" estaba en contra del excesivo intervencionismo del Estado y no le gustaba en absoluto Truman. En más de una ocasión, pensó en la posibilidad de formar un tercer partido que se situaría entre los dos tradicionales de la política norteamericana. Su popularidad fue tal que ganó las primarias contra Taft en 1952 sin ser candidato, ni tan siquiera miembro del Partido Republicano. Fue el candidato ideal para un momento en que, en realidad, había en la sociedad norteamericana un esencial consenso en materias políticas. Como afirmó Irving Howe, el adlaísmo -de Adlai Stevenson, el candidato demócrata- era "un ikeísmo con un toque de alfabetismo e inteligencia". Stevenson, en efecto, parecía ser todo lo que "Ike" no era, pero entre los dos las diferencias de principio fueron circunstanciales. Como compañero de candidatura, Eisenhower tuvo a Richard Nixon. Político profesional, ducho en habilidades maniobreras y preparado en política exterior, pero con una psicología muy complicada y más conectado con la derecha del partido, le completaba por este flanco. Eisenhower ganó las elecciones con un confortable 55% y los republicanos consiguieron dominar en ambas Cámaras. Esa situación, sin embargo, no duró mucho, pues en 1954 los demócratas volvieron a mandar en el legislativo. En el verano de 1955, Ike tenía la aprobación de nada menos que el 79% de la opinión pública, a pesar de que siempre dejó caer la posibilidad de que no se presentaría para un segundo mandato. Cuando, en septiembre de 1955, sufrió un ataque al corazón, John Foster Dulles, el secretario de Estado, jugó un papel político mucho más importante que el de Nixon. A éste, de cara a una nueva campaña electoral, le ofreció inicialmente un puesto ministerial y no la vicepresidencia, pero si siguió siendo candidato fue porque Ike consideraba que no podía maltratar a quien había sido fiel colaborador suyo. Los demócratas convirtieron la campaña de 1956 en televisiva (había ya 35 millones de receptores en los Estados Unidos), pero de nada les sirvió porque el electorado ratificó su confianza al general. Cuando, en noviembre de 1957, Eisenhower sufrió un segundo ataque al corazón se pensó en la posibilidad de una retirada antes de cumplir el plazo del mandato presidencial. Poco después estallaban los primeros disturbios raciales y esto, junto al lanzamiento del Sputnik, pareció romper por vez primera con la habitual complacencia norteamericana y perjudicó la imagen del presidente. Pero éste en 1959, ante la crisis de Berlín, reaccionó de una forma muy relajada y oportuna, tratando la cuestión como uno más de los conflictos entre el Este y el Oeste. En 1960, se repitieron circunstancias poco gratas cuando fue derribado un avión espía que volaba sobre la URSS. En los momentos finales de la presidencia, existía la convicción generalizada de que era necesario un relevo generacional al frente de los destinos del país. Eisenhower no estaba especialmente informado de las cuestiones de política interior, pero sí tenía una concepción general con respecto a ella. Estuvo, por ejemplo, siempre dispuesto a aceptar reformas moderadas de carácter social y, al mismo tiempo, quiso reducir el presupuesto de Defensa, recordando que un bombardero moderno costaba lo mismo que construir una escuela en una treintena de ciudades. En otro aspecto, también su política pareció contradictoria con su procedencia militar: si Truman hubiera optado por su política respecto de Corea quizá hubiera tenido graves problemas con el legislativo norteamericano. Los resultados de su política social resultan cuantificables de forma precisa: durante su presidencia, el gasto social pasó del 7.6 al 11.5 del PIB. Aunque en otro capítulo se tratará de forma más detenida de la evolución de la política exterior, resulta oportuno señalar el giro que Eisenhower dio a la norteamericana. También en este terreno, su política estuvo alejada de la habitual en la derecha republicana. No hizo caso, por ejemplo, a Mc Carthy aunque tampoco se enfrentó con él. Si lo ignoró fue porque pensó que lo que realmente quería era propaganda en la prensa, aunque hubiera podido, con su inmenso prestigio moral, hacerle desaparecer de la escena pública. Lo que acabó con el senador fue su intento de tratar de descubrir actividades subversivas en el Ejército norteamericano. Los propios medios de comunicación que lo habían elevado fueron los que acabaron con él. A fines de 1954, el Senado le condenó por una mayoría abrumadora. En la campaña presidencial de 1956, cuando quiso aparecer en un acto junto a Nixon, se le dijo que se alejara y luego le hallaron llorando. Murió en 1957 de una enfermedad de hígado, cuando sólo tenía 48 años y todavía era senador. La política exterior norteamericana de la época consistió en una sucesión de crisis en las relaciones entre Estados Unidos y la URSS, en las que Eisenhower siempre supo evitar que su país se involucrara demasiado en situaciones conflictivas y, menos aún, llegara a correr el peligro de un conflicto mundial. De esta manera logró con rapidez el armisticio en Corea sin dejar que este conflicto se eternizara. En realidad, no cambiaron los planteamientos fundamentales de la política exterior de la guerra fría. Lo sucedido en Indochina en el momento de la derrota de Francia le llevó a defender la teoría del dominó, es decir, la tesis de que en el caso de una victoria del comunismo en el Sureste asiático se podía producir un derrumbamiento generalizado. Pero esta prioridad antisoviética no le hizo perder la prudencia. En cinco ocasiones, el Jefe del Estado Mayor quiso provocar una intervención norteamericana en Indochina y en las cinco el presidente se negó a hacerlo. Su secretario de Estado, John Foster Dulles, era un abogado presbiteriano de amplia formación y muy influyente en el mundo más conservador, pero en política exterior las grandes decisiones las tomó siempre el presidente. Muy ideologizado y maximalista, Dulles podía ser legalista e inflexible hasta el extremo, incluso con los aliados. Eso le hacía muy poco práctico en las negociaciones y solía incapacitarle para comprender la evolución del mundo. A la hora de negociar, Dulles solía parecer "un puritano en una casa de lenocinio". No quiso dar la mano a los negociadores comunistas chinos en Ginebra y a Nasser siempre lo consideró como un comunista, y no un nacionalista. Eisenhower era mucho más flexible. Sí aceptó la estrategia de la "respuesta masiva" porque tenía mucho que ver con dos rasgos esenciales de la política exterior norteamericana: confianza en la técnica y el deseo de evitar grandes ejércitos profesionales. De hecho, unas 671.000 personas dejaron el Ejército norteamericano, reducido a tan sólo unas 800.000. El papel concedido a la bomba atómica como supremo instrumento para la estrategia militar tuvo, como es lógico, graves inconvenientes. Entre 1946 y 1961, el Gobierno norteamericano hizo explotar unas trescientas bombas nucleares en el desierto de Nevada, sometiendo a radiaciones a unas 200.000 personas. Mientras tanto, en 1955, puso en marcha la primera central nuclear comercial. Otro rasgo importante de la política exterior seguida en estos momentos radica en la utilización de los servicios secretos. Allen Dulles, hermano del secretario de Estado, dirigía la CIA, Central de Inteligencia. Eisenhower la utilizó siempre porque pensaba que tenía que ser un arma esencial en la política exterior de la guerra fría. En 1954, por ejemplo, el derrocamiento de Arbenz en Guatemala fue conseguido por este procedimiento. Los golpes de la CIA fueron aceptados por los medios de comunicación, beneficiaron a intereses económicos capitalistas norteamericanos y convencieron al presidente por la aparente facilidad y lo poco oneroso de su realización. Pero, con el paso del tiempo este tipo de operaciones resultaría más dudoso. Cuando en 1956 se produjo la sublevación de Hungría, Eisenhower declaró que la intervención norteamericana era improcedente, porque el país era tan inaccesible como el Tíbet, pero lo cierto es que la CIA había contribuido a atizar la insurrección. En el caso de Cuba, como veremos, la CIA preparó el derrocamiento de Castro, pero Eisenhower trató luego, cuando fracasó el intento, de hacer desaparecer su implicación en el desembarco de los disidentes en la isla.
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Del Poder Ejecutivo trataban los títulos V y VI de la Constitución. El primero hacía referencia a la Jefatura del Estado, que encarnaba con carácter electivo el presidente de la República. Como personificación de la Nación y en su calidad de poder moderador, el presidente poseía funciones específicas y una independencia política y económica que garantizaban el cumplimiento de su cometido constitucional. Era elegido por un período de seis años por los diputados de las Cortes y un colegio de compromisarios, electos a su vez por sufragio universal en número idéntico al de parlamentarios. Finalizado su mandato, el presidente no podía ser reelegido para otro hasta que transcurriera un sexenio. En principio, sólo quedaban excluidos como candidatos a la Presidencia los militares en activo y los que llevaran menos de diez años retirados, los eclesiásticos y los miembros de las antiguas casas reales. Dado que el sistema electoral por compromisarios no entró en vigor hasta la promulgación de la Ley de 2 de julio de 1932, la elección de Alcalá Zamora a finales del año anterior la realizaron sólo los diputados de las Cortes merced a una Disposición transitoria de la Constitución. Por ello, la única elección presidencial con compromisarios fue la de Manuel Azaña, en mayo de 1936. Las potestades del Presidente de la República eran muy amplias, y algunas le otorgaban un poder considerable, contrapesado por las competencias fiscalizadoras del Legislativo. En realidad, el régimen republicano español se situaba a medio camino entre un modelo presidencialista como el norteamericano y otro parlamentarista, como el francés. Pero la inestabilidad política, sobre todo durante el segundo bienio, contribuyó a que la Presidencia fuera incrementando paulatinamente su peso político, hasta convertirse en una auténtica fuerza arbitral, capaz de crear y hundir gobiernos y de condicionar la vida parlamentaria. Entre las competencias del Presidente figuraba el nombramiento del jefe del Gobierno y la confirmación de los ministros, aunque luego se requería la aprobación del Parlamento; la declaración de guerra y la firma o ratificación de tratados y convenios; la expedición de títulos profesionales y la concesión de honores militares y civiles, etc. Convocaba las Cortes y las disolvía y podía suspender por un mes las sesiones parlamentarias en cada legislatura. Le correspondía la promulgación de las leyes y poseía poder de veto suspensivo sobre las leyes aprobadas por el Congreso sin carácter urgente, que podía devolver a la Cámara para su revisión. En caso de peligro inmediato para la integridad o seguridad de la nación, o cuando las Cortes no estuvieran actuantes, podía gobernar mediante Decretos provisionales, pero dando cuenta luego al Congreso de las medidas adoptadas. Nombraba al presidente del Tribunal Supremo y tenía la facultad de conceder indultos en delitos de suma gravedad, a propuesta del Gobierno. Tales atribuciones se veían sometidas sin embargo a frenos parlamentarios, en evitación de una dictadura presidencial. El art. 84 de la Constitución establecía la obligación de que los actos y mandatos del Presidente estuvieran refrendados por un ministro. Si se extralimitaba en el ejercicio de sus funciones o incumplía sus deberes constitucionales, podía ser denunciado por el Congreso y sometido a proceso de responsabilidad criminal por el Tribunal de Garantías Constitucionales (Ley de 1-4-1933). El propio Congreso podía declararle políticamente responsable de infracciones constitucionales a iniciativa de tres quintos de los diputados. En ambos casos, la declaración de culpabilidad llevaba aparejada la destitución presidencial. Si el Presidente disolvía las Cortes más de dos veces durante su mandato de seis años, podía verse afectado por un proceso parlamentario y forzado igualmente a dimitir. Este freno a una prerrogativa que, mal empleada, podía ser un peligro para el régimen democrático, ocasionó la deposición de Alcalá Zamora tras las elecciones de febrero de 1936.
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A la altura de 1968 Nixon era, ante todo, un "superviviente". Si triunfó fue porque dijo hablar por la gran mayoría de los norteamericanos que deseaba ley y orden y que no protestaba en las calles. Utilizó a su candidato vicepresidencial, Agnew, como una especie de Wallace propio que a él le evitaba situarse demasiado a la derecha y prometió unir a los norteamericanos pero, tras cinco años y medio de presidencia, la abandonó de un modo ignominioso. "Yo nací en una casa que mi padre mismo construyó", asegura Nixon en sus memorias. Fue, en efecto, de procedencia humilde. De temprana vocación política, aunque no fue el inventor del anticomunismo el progreso en su carrera pública se debió a él. Hombre de confrontación en la primera parte de su vida política, fue candidato a la vicepresidencia a la temprana edad de 39 años. Eso le hizo destinatario de tempranas críticas por utilizar procedimientos de financiación política poco justificados. Sus relaciones con Eisenhower, con cuya hija estaba casado, fueron, no obstante, complicadas. Aquél le utilizó como punto de contacto con el Partido Republicano pero no apreció sus puntos de vista ni su personalidad. Derrotado en 1962, intentó alcanzar el puesto de gobernador de California, pero no lo logró, y llegó a despedirse de la política ante unos periodistas a los que reprochó su derrota con esa característica tendencia a sentirse perseguido que fue siempre un rasgo de su personalidad. Ésta resulta tan contradictoria que puede llegar a parecer incomprensible. Era el individuo menos auténtico imaginable, incapaz de verdaderas amistades, duro no sólo en su carrera política sino en su forma de enfocar la vida, capaz de mentir y de utilizar a las personas pero no de dar siquiera la sensación de disfrutar en el puesto presidencial. Obsesionado por el poder -y no por el dinero, como se le achacó- reunía todos los defectos de un político profesional pero también algunas de las virtudes. Tuvo, por ejemplo, una determinación de hierro, memoria, voluntad de aprendizaje y, sobre todo, una inmensa capacidad de trabajo con jornadas de hasta 16 horas. Para la generación que era joven a mediados de los años sesenta fue, sin duda, "el hombre que nos gustaba odiar", pero eso puede dar una idea incorrecta de su ubicación en el seno del Partido Republicano. En realidad era un centrista, probablemente lo fue el que más en el siglo, excepto Teddy Roosevelt. No tenía la clase -ni mucho menos la fortuna- de Rockefeller pero se sentía "físicamente enfermo" ante extremistas como Goldwater. Apoyó las leyes de derechos civiles, a diferencia de Bush, otro futuro presidente republicano, y tuvo entre sus colaboradores a demócratas reformistas en lo social como Moynihan. Otra cosa es que siempre manifestara voluntad de polarización porque creía que le era útil. Su flexibilidad en el terreno económico le hizo pasar al keynesianismo; se dijo de este cambio que era como si un cruzado dijera que en realidad Mahoma tenía razón. Claro está que cabe dudar de la sinceridad de todas estas posturas (como de todo en Nixon). Si pudo adoptar estas actitudes fue porque tenía al lado a Agnew, acusado en la prensa de ser el nombramiento más sorprendente desde que Calígula nombró a un caballo. Desde muy pronto utilizó la CIA y el FBI contra sus adversarios políticos pero en ello no difirió mucho de sus antecesores. Entre sus colaboradores es preciso hacer una especial mención de Henry Kissinger. Dotado de prestigio intelectual y de capacidad para las relaciones públicas, Kissinger tuvo también un exceso de arrogancia hasta la megalomanía. Le caracterizó siempre idéntico deseo de poder que Nixon; era un demócrata al que una oportuna traición a su partido le permitió acceder al puesto de asesor de seguridad de los republicanos y que, a partir de este puesto, fue aumentando en relevancia política. Su punto de vista fue siempre el de un realista en materia de relaciones internacionales. Su libro Un mundo restaurado (1957) describió la etapa posterior al Congreso de Viena, a comienzos del XIX, en que una serie de personalidades de brillante inteligencia lograron evitar el conflicto contrapesándose con prudencia. Kissinger pensaba en que existía un exceso de moralismo en la política norteamericana; eso le hizo aceptar e incluso multiplicar las operaciones encubiertas -derribo de Allende en Chile- y los procedimientos tortuosos. Su actitud de secretismo y de intriga, coincidente con la de Nixon, no hizo, en cambio, nacer cordialidad entre ellos. El presidente le describe en sus memorias como vano, maquiavélico e incapaz de guardar un secreto. Kissinger en las suyas le muestra como un ser obsesivo y testimonia un escasísimo aprecio por su persona. Se ha afirmado que la política exterior seguida en estos años fue la de Nixinger, es decir, la de ambos a la vez. Pero, en realidad, de estos dos personajes con una relación tan poco sana, siempre el decisivo fue Nixon. A él cabe atribuirle la herencia más perdurable de la política exterior norteamericana del momento, es decir, la apertura a Asia y, en concreto, a China. Aunque en otro punto se trata de la Guerra de Vietnam y de la evolución de las relaciones internacionales, parece necesario abordar brevemente cuál fue la actitud con la que la presidencia actuó en esta materia. En realidad, ni Nixon ni Kissinger cambiaron el camino fundamental de la política norteamericana, pero sí supieron adaptarla de forma consciente a un panorama nuevo, que era el de la paridad en potencia nuclear y la consiguiente necesidad de contactos muy estrechos que hicieran posible la prudencia mutua y evitaran una confrontación no deseada. De ahí el establecimiento de un contacto estrecho con los soviéticos, incluso permitiendo al embajador de la URSS un discreto acceso al Departamento de Estado para los contactos diarios. De ahí también la voluntad de contrapesar a la URSS con China y el deseo de poner en estrecha relación todos los escenarios mundiales, de modo que lo sucedido en cada uno pudiera contemplarse en una perspectiva conjunta. Dos ejemplos de esta actitud realista en política internacional pueden aclarar estos planteamientos. En 1970 se llegó a un acuerdo secreto por el que los soviéticos dejaron de construir una base de submarinos en Cuba y, al mismo tiempo, Nixon se manifestó dispuesto a no invadir la isla. La frase de Kissinger a Mao -"los de derechas pueden hacer cosas de las que los de izquierdas sólo pueden hablar"- también resulta muy característica y constituye una perfecta muestra de este realismo. La otra vertiente del realismo en política exterior tuvo aspectos poco dignos de alabanza. Kissinger tenía razón cuando describía la Guerra de Vietnam como una consecuencia de la ingenuidad y de la imprevisión de las consecuencias más que de una psicosis militarista. El programa de "vietnamización" de la guerra fue completamente lógico y, además, no introdujo sustanciales cambios estratégicos, por el momento, en la situación. Pero el realismo incluyó también los bombardeos de Camboya, en manifiesta violación no sólo del derecho internacional sino de las normas constitucionales norteamericanas, y la prolongación de los de Vietnam en la confianza de que Rusia y China no provocarían una Guerra mundial como consecuencia de ellos. Un tercio de los muertos norteamericanos durante esta guerra se produjo durante la presidencia de Nixon. Su interpretación, de acuerdo con la cual resultaría que tan sólo Watergate explica que Vietnam del Sur fuera abandonado, resulta insostenible. Lo cierto es que Kissinger cedió demasiado en el momento de pactar, al admitir la presencia de tropas nordvietnamitas en el Sur. Si los acuerdos de limitación de armamentos a los que se llegó con los soviéticos fueron positivos, la diplomacia de Nixon y Kissinger se caracterizó a menudo -por ejemplo, en Oriente Próximo- por una carencia de resultados efectivos. La presidencia de Nixon coincidió con la última fase de polarización social y política norteamericana atizada por la Guerra de Vietnam. En octubre de 1969 unos dos millones de personas se manifestaron en las calles en contra de la presencia norteamericana en Vietnam. En total había unos 70.000 prófugos del servicio militar y en Oakland hasta la mitad de los llamados a filas no respondieron siquiera a la Administración estatal. Ese mismo año 450 "colleges" o instituciones universitarias fueron cerradas como consecuencia de actos de protesta y fue necesario apelar a la guardia nacional en veinticuatro ocasiones para dominar los disturbios. Los más luctuosos se produjeron en mayo de 1970 en Kent State University donde la intervención armada de las fuerzas del orden produjo cuatro muertos, ninguno de los cuales era un radical. Como contraste ya a estas alturas predominaba la reacción conservadora: de acuerdo con las encuestas, el 58% de la población estaba en contra de las manifestaciones; muy a menudo los mismos obreros industriales estuvieron en contra de los estudiantes. Cuando hubo casos muy polémicos -como el juicio al responsable de la matanza de My Lai, en Vietnam- Nixon procuró dejar clara una actitud complaciente hacia la derecha. A mediados de los setenta algunos de los objetivos de la revolución de los derechos civiles parecían ya cumplidos. En 1974 casi llegaba al 90% el número de los negros que en el Sur asistían a escuelas integradas. Al mismo tiempo, la Administración Nixon se caracterizó por una utilización de procedimientos tortuosos e ilegales contra sus adversarios políticos; se persiguió también -incluso con robos de sus fichas psiquitátricas- a quienes difundían información militar reservada (caso Ellsberg). La presidencia de Nixon presenció también el apogeo y la crisis del cambio cultural iniciado en los cincuenta. Ocho meses después de que llegara al poder tuvo lugar el festival de Woodstock, que se convirtió en una leyenda de la cultura del "pop". Pero pronto se vio que todo ese mundo tenía también sus contraindicaciones: en 1970 Hendrix y Joplin, dos conocidos cantantes, murieron de sobredosis de droga. El cambio cultural prosiguió e incluso se acentuó viendo la aparición de movimientos que reivindicaban no tanto derechos como la legitimidad de formas de vida. La mentalidad seguía cambiando: en 1969 todavía el 74% de las mujeres estaba en contra del sexo premarital, pero tres años después sólo el 53% se mantenía en esa actitud. En junio de 1969 por vez primera los homosexuales de Stonewall Inn en el Greenwich Village neoyorquino protestaron por el maltrato de que eran objeto por parte de la policía. En 1974 la Asociación americana de psiquiatras hizo desaparecer la homosexualidad del catálogo de enfermedades. Ms, una revista feminista de gran público, empezó su venta en 1972 y pronto vendió 250. 000 ejemplares. En 1973 el Tribunal Supremo reconoció el derecho al aborto. La protesta de otros tiempos se transfiguró en gran medida hacia nuevos objetivos. Desaparecieron los SDS, principal organización de la Nueva Izquierda, y, en cambio, surgió una mentalidad ecologista que en adelante estaba destinada a tener una enorme influencia. En 1970 se produjo la devolución al pueblo indígena Taos del "lago azul", considerado como un lugar sagrado por ellos. Por esos mismos años aparecieron los primeros ensayos que señalaban un límite al crecimiento económico mundial y se detuvo la expansión de los regadíos. Se difundió la llamada "cultura del cuerpo: Aerobics, un libro de Cooper, vendió 3 millones de ejemplares. Si la contracultura había tenido como origen un desafío político, al final se fragmentó en una miríada de reivindicaciones de grupo que no tenían mucho que ver con el mundo de lo público. A la altura de 1972 Nixon no tenía ni mucho menos garantizada su reelección, aun a pesar de que en el verano de 1969 un accidente en que perdió la vida una joven supuso que su principal adversario, el tercero de los Kennedy, Ted, desapareciera como contrincante viable. Pero el candidato demócrata George Mc Govern, que ya en la anterior elección había intentado acceder a la presidencia, padeció una acumulación de circunstancias poco propicias. En la convención demócrata hubo un elevado número de pruebas de renovación en el partido: el porcentaje de mujeres había pasado del 13 al 38%, el de negros del 5 al 15% y el 23% de los asistentes eran menores de 30 años. Pero eso mismo contribuyó a situar al partido lejos del centro de gravedad de la sociedad norteamericana. El reverendo Jesse Jackson, un predicador negro, acabó convirtiéndose en la figura más destacada de la reunión sin por ello alumbrar una nueva candidatura más viable. Mc Govern era un mal organizador y un orador poco inspirado y, además, no consiguió llamar la atención acerca de los problemas de corrupción cuando la elección de 1972 fue el ejemplo paradigmático de hasta qué punto el dinero podía influir en los resultados. Contra su persona, por si fuera poco, fueron utilizados toda serie de procedimientos dudosos. Nixon asegura en sus memorias que muy pronto se dio cuenta que "cuanto menos hiciera mejores resultados obtendría". De hecho, no se enfrentó con Mc Govern sino que se limitó a obtener el apoyo más o menos directo de demócratas; incluso Johnson le aconsejó. Su programa prometió una "nueva revolución americana" basada en los valores del individualismo. Venció arrolladoramente: obtuvo el 60% del voto con 15 millones de electores más mientras Mc Govern, con el 37%, sólo logró dos millones menos que el candidato demócrata en 1968. Por primera vez los republicanos consiguieron en esta elección la mayor parte del voto católico y obrero. De este modo, puede decirse que el nuevo mandato de Nixon se inició con los mejores auspicios. Pero en el momento en que Estados Unidos estaba retirando definitivamente sus tropas del Vietnam, Watergate empezó a poner fin a la Administración Nixon. Tal como dice Nixon en sus memorias, el asunto Watergate -que consistió en la instalación de micrófonos en la sede del Partido Demócrata en Washington- fue "un allanamiento de morada de tercera clase" que ni siquiera hubiera podido suponer grandes ventajas para los republicanos y que, de entrada, demostraba la estupidez de quien lo propuso. Ni siquiera se trataba de un delito nuevo, puesto que en una campaña electoral anterior ya un periodista había hecho algo parecido sin recibir más que una condena mínima. Con esa tendencia tan característica de Nixon a la autocompasión, el presidente asegura en sus memorias que de aquello de lo que a él se le acusó él mismo había sido sujeto paciente durante la campaña electoral anterior. Desafortunadamente para la Administración republicana, el Watergate tuvo lugar en un momento electoral, lo que tuvo como consecuencia que Nixon ordenara encubrirlo para que no pudiera repercutir sobre los resultados. En realidad, nunca estuvo en cuestión la directa responsabilidad de Nixon ordenando el Watergate. Hoy mismo, cuando se dispone de una documentación abrumadora sobre la cuestión (y sobre la propia Administración Nixon), eso no está probado. La verdadera cuestión consistió siempre en si Nixon tomó (o no) medidas legales o ilegales para evitar que las culpas recayeran sobre él mismo y sobre las personas de su entorno. En el intento de demostrar esto último, tal como le dijo uno de sus colaboradores, Watergate se convirtió en "un cáncer que crecía día a día". Los colaboradores de Nixon bailaron una especie de minueto, cada vez más grotesco, entre sí tratando de responsabilizarse los unos a los otros. Ya en abril de 1973 debieron dimitir Haldemann, Ehrlichman y Dean; este último trató de conseguir la inmunidad para sus delitos por el procedimiento de hacer recaer las culpas sobre los demás. Con ello Nixon se sintió cada vez más aislado. Entre agosto y septiembre el vicepresidente Agnew, acusado de corrupción como consecuencia de su previa actuación como gobernador, tuvo también que dimitir. Colocada a la defensiva, la Casa Blanca se dedicó a levantar barreras contra un proceso ineluctable de descomposición y desmoronamiento. Nombró un fiscal y acabó cesándolo; se resistió a entregar las cintas de las grabaciones de conversaciones que habían tenido lugar en el entorno de Nixon y acabó haciéndolo. Este proceso de descomposición del ejecutivo tuvo lugar en el preciso momento en que Kissinger, ya convertido en un rival de Nixon más que en un colaborador suyo, lograba el Premio Nobel de la Paz por el papel jugado en la negociación con los nordvietnamitas, cuando realmente no había hecho otra cosa que aplicar la política de Nixon. En estos momentos la Administración estaba hasta tal punto paralizada que en la práctica la única decisión importante consistió en el nombramiento de Kissinger como secretario de Estado, responsabilidad que, de hecho, ejercía desde hacía bastante tiempo. Sobre Nixon y su Administración recayeron numerosas acusaciones, algunas de las cuales no están más que parcialmente justificadas. Se descubrió, por ejemplo, que había dejado de pagar impuestos desde 1969 vendiendo sus papeles vicepresidenciales a la Administración, pero algo parecido había hecho Humphrey; otra cosa es que los valorara en exceso. Las grabaciones de conversaciones entre los colaboradores se hicieron para documentar desde el punto de vista histórico la vida de un Gobierno, pero también sirvieron para descubrir numerosas conjuras en su seno. Habían sido realizadas por otros presidentes, como Kennedy, y si Nixon las hubiera destruido en su totalidad quizá no hubiera perdido la presidencia. De lo esencial, sin embargo, no cabe la menor duda, porque el propio Nixon ofrece testimonios repetidos en sus memorias. El presidente trató Watergate como "política pura y simple", es decir, que ni siquiera se planteó la moralidad de lo que habían hecho sus colaboradores. No quiso preguntarse sobre el papel que en todo el asunto le había correspondido a uno de sus colaboradores más estrechos -y responsable de Justicia-, John Mitchell. En una docena de ocasiones se utilizó dinero de procedencia tortuosa para intentar cubrir las responsabilidades de sus colaboradores. En definitiva, al margen de que en el pasado se hubieran utilizado procedimientos relativamente parecidos, el hecho es que en su reiterada resistencia a enfrentarse con sus responsabilidades la Administración Nixon demostró ser la menos decente y respetuosa con el espíritu de la ley en toda la Historia norteamericana del siglo XX. La vertiente positiva de Watergate consistió en que supuso la investigación de lo hecho por la Administración y una simultánea elevación de los niveles de exigencia moral en varios aspectos esenciales de la vida pública norteamericana, algunos de los cuales no eran manifiestamente delictivos aunque rozaban la legalidad. La prensa jugó en todo ello un papel de primera importancia al mismo tiempo que el legislativo. Probablemente "Garganta profunda" -la fuente de información de gran parte de las informaciones periodísticas- fue un agente del FBI a quien se impidió participar en la investigación. Berstein, el principal de los periodistas que desveló los acontecimientos, procedía de la contracultura, de modo que ésta logró una victoria final sobre el conservadurismo representado por Nixon. Éste finalmente dimitió en agosto de 1974 cuando realmente no tenía ya otra escapatoria. En realidad, el asunto Watergate resultó más importante en la Historia de los Estados Unidos que el propio Nixon. Como consecuencia de él se tomaron por parte del legislativo norteamericano algunas medidas para transformar el sistema político. Así, sucesivamente, se aprobaron una ley de poderes de guerra (1973), otra sobre la financiación de campañas electorales (1974) y otra sobre la libertad de información (1974), amén de otras menos importantes relativas, por ejemplo, a la normativa respecto a la documentación de los presidentes. Pero incluso mucho más importante que eso fue el hecho de que, como consecuencia del asunto Watergate, todo un trauma en la vida política norteamericana, se elevaron considerablemente los niveles de exigencia aplicables a los profesionales de la vida pública, de forma especial en lo que se refiere al respeto a la verdad en cada una de sus tomas de postura. A pesar de ello, se dio la paradoja de que Nixon, que había abandonado la presidencia convertido en todo un símbolo de maldad para los más jóvenes, tuvo la oportunidad de resucitar con el transcurso del tiempo. Tan sólo cinco años después de abandonar el poder empezó a publicar libros dedicados a la política exterior norteamericana, que una vez más demostraron su capacidad para la supervivencia. Desde entonces, en una medida o en otra, fue consultado por todos los presidentes norteamericanos, fuera cual fuera su significación política. Si volvemos a 1974 comprobaremos hasta qué punto cuando Nixon abandonó la presidencia la situación resultaba crítica para los Estados Unidos. No se habían percibido aún los resultados positivos del Watergate y a su estela pronto se debió sumar la crisis económica producida por la elevación del precio del barril de petróleo que casi se multiplicó por cuatro. Estados Unidos, con el 6% de la población mundial, consumía un tercio del petróleo del mundo y en el período 1960-1972 el porcentaje de petróleo procedente del exterior había pasado del 19 al 30% del total. En 1975 se produjo un descenso del PIB en tres puntos mientras tenía lugar un ascenso del desempleo hasta el 8.5%. Durante los años siguientes la economía norteamericana, como la mundial, presenció el fenómeno denominado "stagflation", es decir la coincidencia entre a la vez dos dígitos de desempleo y de inflación. Para una sociedad tan próspera como la norteamericana este hecho inédito resultó tan nuevo como depresivo.
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Austria, Rusia. Prusia y la misma Francia, en la que se había restaurado la Monarquía borbónica en la persona de Luis XVIII después de la caída de Napoleón, habían contemplado con creciente inquietud el establecimento en España de un régimen constitucional en el que prevalecían los principios reflejados en la Constitución de 1812. No obstante, la diferente situación de cada una de estas monarquías y los distintos intereses que estaban en juego, explican la diversidad de posturas que adoptaron ante lo que estaba ocurriendo en España. Francia era, por razones de vecindad, la que con mayor atención vigilaba el proceso político español. Para un país que acababa de salir de una larga y profunda revolución y que en aquellos momentos se hallaba regida por la misma familia de soberanos reinante en España, el triunfo de los liberales al sur de los Pirineos no sólo ponía en inminente peligro a la persona de Fernando VII, sino al mismo sistema galo de la Carta Otorgada de 1814. Sin embargo, la experiencia de la primera etapa del gobierno absoluto del monarca español había sido tan funesta, a juicio de los franceses, que el gobierno de Luis XVIII trató en un principio de conseguir la moderación del régimen constitucional, antes de tomar la decisión de apoyar ninguna intervención armada. En el Congreso que se celebró en Laybach (noviembre 1820-mayo 1821), y al que asistieron los representantes de las potencias que la historiografía considera agrupados en la llamada Santa Alianza, Francia consiguió evadir las presiones de Rusia para que adoptase una actitud más decidida con respecto a las Cortes españolas. Así, se limitó a situar un ejército en la frontera de los Pirineos con el pretexto de impedir que la epidemia de fiebre amarilla que acababa de iniciarse en Cataluña pudiera propagarse hacia el norte. En febrero de 1822, la subida al poder de Martínez de la Rosa indujo a pensar al ministro de Asuntos Exteriores francés, conde de Villéle, que el régimen español podía evolucionar hacia posiciones más templadas y, por consiguiente, menos peligrosas para Francia. Pero el triunfo de los exaltados pocos meses más tarde y el nombramiento de un nuevo gobierno presidido por Evaristo San Miguel dieron al traste con estas esperanzas. En septiembre de 1822, Francia sustituyó el cordón sanitario de los Pirineos por un ejército de observación, al mismo tiempo que incrementó su apoyo a las bandas realistas que actuaban al otro lado de la frontera. Por su parte, Fernando VII, después de haberse visto forzado a aceptar la Constitución, había pedido ayuda en repetidas ocasiones a su tío Luis XVIII. A cambio de su intervención en España, el monarca español le había prometido el establecimiento de unas Cortes estamentales y la promulgación de una Carta similar a la de Francia, así como sustanciosas ventajas en el comercio con las colonias españolas de América. No obstante, por encima de estas gestiones bilaterales se iba perfilando entre las grandes potencias europeas la necesidad de adoptar una decisión conjunta para sofocar el carácter cada vez más exaltado de la revolución española. Cuando estas potencias se dispusieron a reunirse de nuevo en Verona, en octubre de 1822, con el objeto de determinar la eficacia de las medidas que se habían llevado a cabo en Italia para reprimir las revoluciones de Nápoles y el Piamonte; ya se preveía que una de las principales cuestiones a tratar sería la de la situación de España y la postura que debía adoptarse ante ella. El zar Alejandro acudió a Verona dispuesto a conseguir que se acabase con el ensayo constitucional español por la fuerza de las armas. Pero no quería que esa delicada misión se le encomendase a Francia, pues no confiaba en la fidelidad de su ejército ni acababa de creer que ese país hubiese extinguido completamente la llama revolucionaria. El canciller austriaco, Metternich, al que seguía dócilmente Prusia, ocupaba la presidencia del Congreso como representante de la potencia invitante. Su deseo era el de frenar las aspiraciones intervencionistas del zar, ya que pensaba que una actitud firme y unánime de las cinco potencias participantes sería suficiente para evitar los excesos de los revolucionarios españoles. El representante inglés, Wellington, se mostró totalmente contrario a una intervención en España, y aún más si esta intervención era llevada a cabo por Francia. Su actitud venía determinada esencialmente por el temor a que el gabinete de las Tullerías se asegurase -en el caso de una invasión- una influencia en Madrid que fuese perjudicial para los intereses comerciales británicos. En cuanto a Francia, su representante, el duque de Montmorency, ministro de Asuntos Exteriores, se mostró firme partidario de una intervención puesto que estaba convencido que ello reforzaría la seguridad de su país y serviría para recuperar la perdida dignidad de su ejército. Al final fue ésta la postura que prevaleció, aunque a Montmorency le costó el puesto su actitud, pues no eran éstas las instrucciones que había recibido de Villéle, quien no veía tan clara la intervención. Antes de que las potencias se ratificasen en su decisión de intervenir en España, se intentó llevar a cabo una mediación amistosa, pero al mismo tiempo autoritaria, ante el gobierno español, que pusiese de manifiesto de una forma oficial la firme opinión de la Alianza. Así pues, se acordó el envío de unas notas simultáneas de las potencias al gobierno español en las que se exigiría la renuncia inmediata a la Constitución. La reacción del gobierno liberal fue fulminante. San Miguel, que se encargó personalmente de redactar las contestaciones, rechazó categóricamente la injerencia de las naciones europeas en los asuntos internos de España y manifestó su inquebrantable propósito de mantener "su adhesión invariable al código fundamental jurado en 1812". Ante esta respuesta, los embajadores implicados pidieron sus pasaportes, que les fueron remitidos el 10 de enero de 1823. Francia, a través de su nuevo ministro de Asuntos Exteriores, conde de Chateaubriand, trató de retrasar su ruptura con Madrid, pero al final tuvo también que retirar a su embajador La Garde. El camino hacia la intervención parecía expedito.
obra
Realizada entre 1660 y 1664 para el duque de Richelieu, forma parte de la serie de Las Estaciones, junto con El Verano, El Otoño y El Invierno, el más interesante de las cuatro. Son un estudio de los momentos de la vida humana, a través de sus etapas, y un resumen de los temas favoritos del artista. En este caso, ha elegido para simbolizar la Primavera el tema bíblico de Adán y Eva en el Paraíso terrenal. Eva señala, al tiempo que Dios, en el cielo, bendice la creación. Cada lienzo de la serie simboliza una hora del día; la Primavera evoca la luz de la mañana. Sin embargo, la densidad de la carga filosófica de la obra, alusiva a la fertilidad y el destino del hombre, en un estado de primitiva inocencia, reposa sobre un paisaje detallado, minucioso, con una variada gama de verdes.