Para el sistema soviético en la Europa oriental, los años posteriores a la Revolución húngara de 1956 resultaron muy peligrosos y concluyeron en un nuevo sobresalto. En el marco internacional, la URSS sufrió las derrotas de 1962 en Cuba y de la Guerra de los Seis Días en 1967 en Medio Oriente y estos dos acontecimientos de forma necesaria se transmitieron a su glacis defensivo occidental. Pero fue la propia evolución de este mundo la que provocó las mayores preocupaciones. Si resultaba un problema la fragmentación del comunismo a escala universal más lo era en Europa del Este. Allí desde hacía tiempo se había experimentado la necesidad de un cierto policentrismo que a la altura de finales de los años cincuenta era ya una manifiesta realidad tolerada como inevitable por la propia URSS. Yugoslavia reunió en 1961 a los países no alineados y fue el único país comunista representado en esta Cumbre que se convirtió en un factor de primera importancia en la política internacional. La posición desempeñada por Tito al frente de los no alineados no le impidió, sin embargo, visitar los Estados Unidos en 1963 y mantener una estructura política interna que, aun siendo mucho más flexible, seguía siendo una dictadura de partido único. La revuelta de Hungría supuso la definitiva ruptura de Tito con uno de sus colaboradores tempranos, Milovan Djilas, lanzado ya a una crítica acerba contra la "nueva clase" privilegiada de los regímenes comunistas, lo que pasado el tiempo se denominaría la "nomenklatura". El acontecimiento político más importante de la época fue la expulsión del dirigente principal de la policía política, el serbio Rankovic, por haber espiado a otros dirigentes, entre los cuales figuraba el propio Tito. Era la tercera personalidad del régimen y lo sucedido demostraba el carácter policiaco del mismo. Sin embargo con el paso del tiempo, ya en los sesenta, hubo problemas adicionales que, además, fueron graves. La autogestión no dio los frutos económicos deseados porque a menudo los directivos eran personas de escasa formación o de intereses predominantemente políticos. Una reforma económica introducida a partir de 1965 -a la que se ha denominado como "la segunda revolución yugoslava"- abrió la economía hacia el exterior, flexibilizó la planificación, liberalizó los precios y dio mayor autonomía a las empresas pero también introdujo la inflación, el paro y la emigración. En 1971 el número de parados ascendía a 300.000 y a 700.000 el número de emigrados hasta el punto de que llegó a decirse que uno de cada seis trabajadores yugoslavos estaba en el extranjero, principalmente en Alemania. Mientras tanto, el turismo empezaba a cambiar de forma significativa la mentalidad de los yugoslavos. Pero de cara al futuro se planteó en estos años un problema mayor, el relativo a la organización territorial del Estado, que empezó a gravitar con toda gravedad a partir de entonces sobre el futuro. Mientras que una parte de los dirigentes proponían una especie de yugoslavismo centralizador, en Croacia y Eslovenia nació un deseo de diferenciación fomentado por el mayor desarrollo económico. El punto de partida era una situación tan complicada desde el punto de vista cultural como que el principal diario comunista Borba alternaba en sus páginas el alfabeto cirílico y el latino. Desde 1970 se planteó la posibilidad de elaboración de una nueva Constitución en la que los poderes federales quedarían reducidos al máximo, limitándose al campo militar. En general, los dirigentes más liberales eran los más federales y procedían de las zonas más desarrolladas, pero el Ejército lo controlaban los serbios. Por el momento, la propia personalidad de Tito le hizo capaz de evitar que las manifestaciones estudiantiles de finales de los sesenta tuvieran el resultado que se produjo en Checoslovaquia. En Albania se recibió mal el policentrismo y el deseo soviético de llegar a un acuerdo con Yugoslavia, el enemigo más cercano. A fines de 1961 se aprovechó el deterioro de las relaciones entre la URSS y China para establecer buenas relaciones con esta última y romperlas con la URSS. China proporcionó, aunque en cantidades limitadas, armas y expertos a Albania que en 1967 se convirtió en el primer Estado beligerantemente ateo del mundo. También en Rumania las relaciones con la URSS fueron a peor. Georghiu Dej era un estalinista en política interior pero también un titista en la exterior. Los rumanos habían hecho todo lo posible por evitar los contactos con Hungría durante el período revolucionario de 1956 y luego trataron de evitar cualquier autonomía cultural de la población magiar en Transilvania. Pero, tras la retirada de las tropas soviéticas de la vecina nación, en 1958 adoptaron una política de independencia en política exterior. Así, se negaron a aceptar la ruptura con Albania y también la especialización económica que quería ser impuesta desde Moscú. En 1964 Rumania desaprobó cualquier pretensión de hegemonismo soviético, aun manteniendo el modelo político anterior e incluso no permitiendo la parcial flexibilización que se produjo en la etapa de Kruschev en la URSS. No en vano Rumania era el segundo país de Europa del Este en extensión; creía que ese tamaño le permitía la autonomía. Cuando Georghiu Dej murió en 1965 su sucesor, Ceaucescu, mantuvo idéntica política respecto a las relaciones internacionales. Después de la Guerra de los Seis Días Rumania fue el único Estado de Europa del Este que no tuvo inconveniente en mantener las relaciones con Israel. Además, las estableció también con Alemania federal y redujo la enseñanza del ruso. Pero esta independencia en política exterior no significó un cambio de importancia en la interior. Así, por ejemplo, aumentó la centralización y, por consiguiente, minorías como la magiar vieron pisoteados sus derechos. Los dirigentes rumanos se caracterizaron por mantener el régimen estaliniano casi en Estado puro. En Bulgaria, tras la desestalinización, se produjo un cambio en el liderazgo que tuvo como consecuencia una dirección doble y compartida (Zhivkov y Yugov) durante algún tiempo. Fue el primero quien triunfó finalmente manteniendo a continuación un régimen dictatorial pero relativamente blando y un vínculo muy estrecho con la evolución de la política soviética, fuera quien fuera el líder. Las reformas fueron detenidas en cuanto se planteó alguna posibilidad de heterodoxia por parte de los checos y, de cualquier modo, se aceptó plenamente la división de trabajo promovida desde Moscú. Los créditos de la URSS jugaron un papel muy destacado en la promoción del desarrollo económico. En Alemania del Este la dependencia de la URSS fue también muy estrecha pero hubo más flexibilidad en el terreno económico en que se introdujeron algunas reformas flexibilizadoras como las auspiciadas por Liberman. La represión cultural e intelectual se mantuvo y en el verano de 1961, cuando se cerró la frontera entre las dos Alemanias, casi tres millones de personas habían huido ya de la oriental a la occidental. En Hungría se produjeron después de 1956 los cambios más decisivos de cualquier otro Estado de Europa del Este. Kádar disolvió todos los organismos anteriores a la revolución o precursores de ella que hubieran podido causar problemas de disidencia política, pero al mismo tiempo evitó apoyarse en estalinistas como Rakosi. En 1962 el 75% de la tierra había vuelto a ser colectivizada pero se permitieron las cooperativas y la tierra de propiedad individual. La presión sobre los campesinos fue fiscal y no física, como había sucedido en la época estalinista. También la actitud policial aflojó y el régimen ofreció las características de una dictadura autoritaria más que totalitaria. En 1961 Kádar decía ya que, a diferencia de lo que sucedía en la época de Rakosi, quien "no estaba contra nosotros está con nosotros". No había, pues, necesidad de interiorizar los principios en que se basaba la dictadura. Además, el propio partido comunista introdujo los debates y el voto secreto en sus reuniones. En enero de 1968 el ministro Nyers introdujo el "Nuevo Mecanismo Económico" que implicaba tolerancia con la empresa privada, descentralización y una nueva estructura de precios. Gracias a medidas como éstas la evolución de la economía húngara, en buena parte volcada hacia la exportación, fue muy positiva en comparación con el resto de la Europa del Este: la renta nacional quintuplicó en el curso de un tercio de siglo y el consumo triplicó en comparación con las cifras de la preguerra aunque tendiera a detenerse su crecimiento a fines de los setenta. Lejana a la Europa Occidental Hungría sólo era superada en el terreno económico por Alemania del Este y Checoslovaquia en la Oriental. Aunque degradado a mediados de los años setenta el "Nuevo Mecanismo Económico" fue renovado a fines de la década. Basado en una economía mixta en que la porción privada era la más dinámica, el régimen de Kádar tuvo el dirigente comunista más estable en pie de igualdad con los de Corea, Bulgaria y Albania. En 1968, por tanto, era posible pensar que Hungría había perdido la guerra de 1956 pero había ganado la paz. En el caso de Polonia sucedió exactamente al revés. Gomulka siguió siendo ante todo un autoritario, incapaz de mejorar las perspectivas económicas de su país y de satisfacer mínimamente los intereses nacionalistas. En cambio, lanzó una fuerte persecución antisemita como supuesta compensación que pudiera tener un contenido populista. Si continuó recibiendo el apoyo soviético fue simplemente porque los ojos de los soviéticos estuvieron demasiado fijos en Praga pero en 1970 la combinación entre la protesta intelectual y la obrera acabó con él. Mientras que la esperanza de los reformistas polacos disminuyó, en cambio, aumentó la de los checos. Sin embargo, originariamente no pareció así pues el principal responsable político, Novotny, se caracterizó según sus críticos por proporcionar a su país un culto a la personalidad "sin personalidad en la cual apoyarse". Sólo a partir de 1961 con la segunda oleada de desestalinización en la URSS las cosas empezaron a cambiar. Existían ya graves problemas en relación con la forma de organizar el Estado -Eslovaquia se quejaba de preterición- mientras que el declinar del crecimiento económico, que ya en 1963 fue nulo, creaba un incentivo complementario para que tuviera lugar un cambio político. La propuesta de una nueva política económica fue hecha por Ota Sik y resultó bastante radical. Al mismo tiempo, a partir de 1965, se relajó la censura y pudo estrenar, por ejemplo, el dramaturgo Vaclav Havel que con el paso del tiempo habría de convertirse en el más significado de los opositores. Además, en 1967 más de un cuarto de millón de checoslovacos pudieron visitar el extranjero. En el verano de ese año un Congreso de escritores se había pronunciado en tono crítico y, en fin, un dirigente reformista, Zdenek Mlynar, fue elegido, además, para preparar algunas reformas políticas. La política se endureció, sin embargo, en 1967 pero eso tuvo consecuencias muy negativas para sus principales responsables, en especial Novotny. A la protesta de los eslovacos por la preterición que sufrían se sumó la de los estudiantes. En diciembre de 1967 Breznev no apoyó totalmente a Novoyny y este acabó abandonando el poder. Fue Fierlinger, el socialdemócrata renegado que en 1948 con su colaboración con los comunistas hizo posible que estos ocuparan la totalidad del poder, quien dio seguridades al dirigente soviético acerca de la persona que había de relevarle. Su sucesor, Alexander Dubcek, había sido el peor enemigo de Novotny y fue el primer eslovaco en desempeñar un papel decisivo en el partido. No era un intelectual sino un "apparatchik" muy influido por las revelaciones hechas por Kruschev y de una honestidad ingenua pero refrescante. Sin embargo, la experiencia que había tenido como dirigente político más relevante en Eslovaquia era muy difícil de trasladar a Praga. Aquí, por ejemplo, la relativa libertad de prensa que Dubcek había hecho posible en Eslovaquia se convirtió en una especie de discusión popular permanente que contribuyó a la parálisis de la clase dirigente checoslovaca más conservadora y causó preocupación a los soviéticos y el resto de los países del área. Dubcek tuvo tras de sí una dirección ampliamente reformista aunque con el paso del tiempo muchos de sus miembros acabaran por someterse a un supuesto realismo que les convertía en sumisos a los soviéticos. Dubcek asentó su poder entre enero y abril de 1968. Los políticos reformistas y los intelectuales querían saber acerca de las pasadas purgas y se apoyaron en la divisa de los hussitas -"La verdad prevalecerá"-, lo que tuvo como consecuencia una amplia introspección crítica acerca del sistema político. Eso provocó a su vez la denuncia contra un general corrupto y conservador, Sejna, que acabó huyendo a los Estados Unidos. Al mismo tiempo, la circulación de la prensa cuadruplicó y de hecho pudo publicarse sin censura. A continuación, el impacto de lo sucedido se trasladó de la sociedad al partido. El programa de acción del mismo, redactado en abril, defendía la descentralización económica, la prevalencia del factor nacional en la determinación de la vía hacia el socialismo, las libertades -incluso la de creación de partidos- siempre que aceptaran en líneas generales el modelo socialista, el establecimiento de una relación simétrica con Eslovaquia..., etc. En la política exterior suponía pocos cambios -tan sólo el reconocimiento de Israel- y se mantenía el papel dirigente del partido pero como una especie de contrato renovable por acuerdo y como garantía de un desarrollo socialista progresivo. Al mismo tiempo, se produjo una floración de asociaciones independientes. La religión tuvo posibilidades de ser practicada con mayor libertad y cien sacerdotes que estaban encarcelados fueron liberados. Aparecieron también asociaciones de estudiantes y las minorías nacionales vieron reconocidos sus derechos. Se planteó la posibilidad de que otros partidos fueran reconocidos o de que los partidos marionetas hasta entonces legales se convirtieran en independientes (no lo eran hasta el punto de que el dirigente de uno de ellos se había dedicado de forma casi exclusiva a proporcionar informes a la policía). Además, aparecieron los consejos obreros en las empresas. En suma, la primavera de Praga produjo toda una efervescencia social quizá poco consolidada pero muy prometedora. Claro está que frente a esta situación tuvo lugar una reacción de los dirigentes soviéticos. Ya desde 1965 hubo una clara prevención en los otros países del Este con respecto a las reformas checoslovacas y en febrero de 1968 Breznev, de visita en Praga, obligó a Dubcek a cambiar un discurso pronunciado ante él. En mayo hubo un primer plan para la invasión que se haría público mucho después, en 1990. En ese mismo mes hubo maniobras militares de los países de Europa del Este en Checoslovaquia destinadas por el Gobierno de este país a satisfacer a los rusos. En general, la dirección soviética trató de conseguir de los checoslovacos una rectificación dirigida por ellos presionando mediante argumentos sentimentales (Breznev) o de pura fuerza (Kosiguin) para que así se hiciera. La dirección checoslovaca resistió unida la docena de reuniones que tuvo con los soviéticos aunque la presión fue tal que alguno de los dirigentes -el propio Dubcek- lloraron o quisieron dimitir. El propósito de los líderes soviéticos era precisamente conseguir que los propios dirigentes checoslovacos recondujeran la situación y volvieran al momento inicial sin tener ellos que invadir el país. Si el caso de la primavera de Praga fue especialmente preocupante para ellos, la razón estribó en la resistencia colectiva y unida que, al menos durante meses, tuvo la dirección del partido checoslovaco. En junio, oficialmente abolida ya la censura, se publicó el "manifiesto de las 2.000 palabras" redactado por Vaculik, que especulaba con la posibilidad de defenderse frente a una invasión soviética y con la movilización popular para conseguir ese resultado. Ya en julio los dirigentes de los países de la Europa del Este, reunidos en Varsovia, dirigieron un escrito colectivo a Checoslovaquia: desde el enfrentamiento de Stalin con Yugoslavia no había existido nada parecido. Dubcek se negó a aceptar la carta y también a ir a Moscú por lo que las reuniones exigidas por la dirección del PCUS se produjeron en la propia Checoslovaquia. La conversación fue tan dura que Dubcek la abandonó cuando fue acusado de intentar sublevar a los rutenos en contra de la URSS. Tito y Ceaucescu visitaron Checoslovaquia pero eso no tuvo otro resultado que hacer temer a los soviéticos la posibilidad de una especie de confederación danubiana heterodoxa respecto al comunismo que desligara su glacis defensivo de su férreo control. En agosto de 1968 se publicaron los nuevos estatutos del partido que incluían muchas referencias a términos como "humanitario" y "democrático". De acuerdo con él los cargos serían elegidos por sufragio y carecerían de los privilegios de la "nomenklatura". Pero Dubcek no estaba dispuesto a que el partido perdiera su papel dirigente siendo éste el cordón umbilical que le seguía uniendo con el comunismo tradicional. Finalmente, el 20 de agosto se produjo la invasión llevada a cabo con 29 divisiones, 7.500 tanques y 1.000 aviones. En total se trataba de una fuerza militar que duplicaba la que invadió Hungría en 1956; en esta ocasión no se trataba sólo de fuerzas soviéticas sino también de todos sus aliados en la región. Se produjeron entre ochenta y doscientos muertos en combates ocasionales aunque los checoslovacos decidieron no combatir. El Presidium del partido chescoslovaco votó por siete contra cuatro contra la invasión e hizo público un manifiesto radiofónico condenándola. Por su parte, el presidente Svoboda, más débil, no hizo la denuncia pero sí recomendó calma. En suma, aun habiendo resultado un éxito la operación militar, los soviéticos no habían conseguido un triunfo. No lograron la "diferenciación" -como ellos mismos la llamaban- de los dirigentes checoslovacos entre unos colaboradores suyos y otros heterodoxos. Incluso el traslado del Presidium del partido checoslovaco a Moscú tuvo como resultado, según afirmaría luego Havel, de concluir temporalmente con el titubeo de Dubcek. Se había intentado evitar la reunión del Congreso del partido pero éste se llevó a cabo en septiembre cerca de Praga y eligió una dirección reformista. Dos tercios de los asistentes se pronunciaron en contra de la invasión. Los soviéticos no lograron un colaboracionista con el que tratar en un principio y, en consecuencia, dejaron volver al Presidium checoslovaco. Dubcek hizo entonces un patético llamamiento asegurando que las tropas soviéticas se retira rían si la situación se normalizaba y que las reformas continuarían. Notorios opositores, como el escritor Milan Kundera, pensaron y promovieron algo parecido. Pero luego, con mucha lentitud, los soviéticos aplicaron una especie de táctica del salami consistente en procurar dividir a los dirigentes reformistas excitando las divergencias entre checos y eslovacos. Mientras tanto, una activa propaganda, dirigida por Yakovlev, ofrecía la peor imagen de los reformistas y sus propósitos. Aunque las libertades permanecieron, la posición adoptada por Dubcek condenaba a la desmovilización y, con el paso del tiempo, lo que los soviéticos habían intentado desde un principio, es decir la división de la dirección del país invadido, acabó produciéndose. Husak, Svoboda, Cernik, y otros tantos... que habían estado con los reformistas pasaron a convertirse en "realistas", es decir, a adaptarse a las nuevas circunstancias. En enero de 1969 el estudiante Jan Palach se pegó fuego en protesta por la continuación de la ocupación. Era un signo evidente de que los jóvenes ya ni siquiera estaban con la reforma sino mucho más allá. La reacción de Dubcek fue muy característica: trató de evitar que el ejemplo cundiera y acabó enfermo por la presión psicológica sufrida. En marzo la victoria del equipo checoslovaco de hockey sobre hielo sobre los soviéticos produjo manifestaciones multitudinarias en Praga, el asalto a la línea de aviación soviética y, como consecuencia, mucha mayor presión política de la URSS. En abril de 1969 finalmente Husak sustituyó a Dubcek en la dirección del partido. El cesado luego fue enviado como embajador a Ankara pero sin que se le permitiera llevar a sus hijos. En 1970 fue expulsado del partido y se le encontró un modesto trabajo como guardia forestal. A continuación, se produjo una purga lenta, no brutal y cuya iniciativa fue de los propios dirigentes checoslovacos más que de los soviéticos mientras que desaparecían todas las asociaciones autónomas. A fines de 1970 quedaban tan sólo el 78% de los afiliados del PC checoslovaco. En el primer aniversario de la invasión todavía hubo incidentes graves con 2.500 detenidos, la mayor parte de ellos en Praga, y cinco muertos. Pero la normalización, iniciada por el propio Dubcek, acabó imponiéndose. Fue la demostración de lo difícil que resultaba que el glacis defensivo de la URSS lograra la autonomía. Pero, al mismo tiempo, en estos momentos era patente también que los soviéticos no tenían otros propósitos que los de la simple y pura conservación mediante la presión, aun siendo conscientes de que en la Europa del Este el clima social estaba ya muy lejano al del pasado. En realidad, la invasión se explica porque Breznev y los comunistas checoslovacos vivían ya en galaxias distintas. Lo sucedido fue una operación de profilaxis política creada por temores exagerados porque la realidad era que el socialismo no estaba aún en peligro en Checoslovaquia. El comunismo checoslovaco era popular en 1968 gracias a su reformismo y después de la primavera de Praga dejó de serlo. Desapareció también por completo la rusofilia que había tenido especial relevancia en Chescoslovaquia desde los años cuarenta. La condena generalizada dentro de importantes sectores del comunismo occidental por lo sucedido fomentó un tipo de actitud que precedió en el seno del comunismo, lo que luego sería denominado como eurocomunismo. A largo plazo, las consecuencias serían todavía más decisivas. En 1968, en realidad, murió el revisionismo. Lo que se produciría en 1989 sería un rechazo del sistema comunista y no un intento de revisión. Como escribió el filósofo polaco Leszek Kolakowski, el comunismo había dejado de ser en 1968 un problema intelectual y se había convertido en un puro problema de poder.
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En Italia, las fuerzas aliadas (Alexander) avanzaban organizadas en el V Ejército americano (Clark) y el VIII británico (Leese), con tropas de todos los rincones de los Imperios inglés y francés. Los aliados pensaban atacar de frente la línea Gustav y, simultaneamente, desembarcar en Anzio, que estaba a su espalda. De modo que allí saltaron a tierra, el 22 de enero de 1944, numerosas tropas inglesas y americanas. No encontraron oposición pero quedaron cerca de la costa toda una semana y dieron tiempo a que los alemanes llevaran ocho divisiones a Anzio y bombardearan a los desembarcados con artillería y aviación. Las fuerzas aliadas, que atacaban la línea Gustav, en lugar de ser ayudadas por los desembarcados en Anzio, debieron atacar para aliviarles. Los paracaidistas alemanes no habían ocupado el monasterio de Montecassino, que dominaba la línea Gustav, pero cuando fue demolido por la aviación aliada, se parapetaron entre sus ruinas y rechazaron los repetidos asaltos, en los que fue rotando todo tipo de unidades. En mayo, una doble ofensiva desde la playa de Anzio y la línea Gustav hizo retroceder el frente alemán; los paracaidistas de Montecassino resistieron hasta la noche del 17 cuando se retiraron sigilosamente. Al día siguiente, los asaltantes polacos, que habían perdido 4.000 hombres, ocuparon las ruinas y el 25 se unieron los aliados de Anzio y los que llegaban del sur. Kesselring declaró a Roma ciudad abierta y los americanos entraron el 4 de junio. Sin embargo, la retirada alemana no era definitiva. Cerca de Florencia se fortificaban de nuevo en la línea Gótica. En el frente del Este, la ofensiva soviética de invierno había abierto brechas que los alemanes ya no podían cerrar. Hitler repetía las órdenes de resistir a toda costa, pero la falta de efectivos y las dificultades de suministro eran dramáticas. En cambio, los rusos lanzaban sus modernos carros, seguidos de tropas a pie y a caballo, que vivían en la estepa casi sin intendencia. En el norte, a mediados de enero, los alemanes levantaron el sitio de Leningrado y se retiraron a una nueva línea entre el golfo de Finlandia y el lago Peipus. En Ucrania, los soviéticos atacaban en tres direcciones (Zhukhov, Koniev y Malinovski); en abril, llegaron a la antigua frontera checoslovaca y, en mayo, recuperaron Crimea, que los alemanes habían abandonado por mar. En el Pacífico, entre febrero y marzo de 1944, el Ejército americano (Mac Arthur) había avanzado isla por isla, hasta las del Almirantazgo, límite norte de Melanesia, en camino hacia Micronesia y Filipinas, donde debía encontrarse con la Marina (Nimitz). Este llegaba desde Hawai, en una conquista naval de archipiélagos lejanos donde era preciso vivir, curar y reparar sobre la marcha, sin tener bases cercanas. Nimitz organizó una enorme Fuerza de Servicio Móvil, formada por transportes, buques hospital, aljibes, petroleros, nodrizas, almacenes de munición, talleres, pontones hidrográficos y diques flotantes. Su primer objetivo fueron las islas Gilbert. El vicealmirante Spruance encabezó 25.000 marines en 29 transportes, 19 portaaviones, 12 acorazados, 20 cruceros y 59 destructores, dividida en las Task Force 50 (Powell) y 52 (Turnar). El primer ataque al archipiélago comenzó el 20 de noviembre de 1943, encontrándose la mayor resistencia en Tarawa, donde murió la tercera parte de los 5.000 marines desembarcados. Para el siguiente objetivo, las Marshall, se aprestaron medios más potentes. En primer lugar, la aviación embarcada derribó 150 aparatos japoneses, y los buques del Servicio Móvil fondearon en la desguarnecida isla Majuro, en el centro del archipiélago. El 1 de febrero de 1944 comenzó el araque a Kwajalein, conquistado en cuatro días, luego se asaltó Eniwetok y la Task Force 58 (Mitscher), con nueve portaaviones de ataque, se dirigió a Truk, en las Carolinas, base del grueso de la flota japonesa (Koga). Entre el 17 y 18 de febrero la aviación de Mitscher realizó más de 500 misiones, destruyendo 250 aviones, un destructor y 22 transportes pero no la flota japonesa que había zarpado previamente. Los japoneses variaron entonces de táctica: abandonaron el perímetro de las islas fortificándose en el interior, donde la artillería de los barcos no podía cubrir a los marines, que luchaban difícilmente contra un enemigo dispuesto a morir antes que rendirse. En Kwajalein y Rongelap no hubo supervivientes sino un heroísmo suicida que hacía la guerra más sangrienta sin aumentar las posibilidades de una imposible victoria japonesa. Los americanos estaban ganando la batalla de la aviación, el arma decisiva; contaban con más portaaviones, más pilotos entrenados y un magnífico conjunto de aviones que aventajaban a los japoneses, los cazas F-6 y F-3 Hellcat, P-38J Lightning, F-4U Corsair, bombarderos en picado SB2C-1 Helldiver, el torpedero TBF-1 Avenger y las superfortalezas B-29. Eliminar el poder aéreo japonés se convirtió en el objetivo principal y la campaña de las Marianas se orientó a conquistar los aeródromos. Desde febrero, los portaaviones de Mitscher atacaban el archipiélago destruyendo numerosos aparatos. En junio, la V Flota (Spruance) partió hacia las Marianas con tres divisiones de marines, 27 portaaviones, 14 acorazados, 23 cruceros y numerosos buques menores que, el 15 de junio, bombardearon Saipan y desembarcaron 20.000 marines. Los japoneses reaccionaron lanzando la 1? Flota Aérea (Kakuta) y la 11 Escuadra Móvil (Ozawa) contra los barcos americanos. Su primera oleada de 69 aparatos perdió 42; la segunda, de 128, perdió 100 y las dos siguientes no lograron ningún blanco. Paralelamente, los bombarderos americanos destrozaron a los aviones de la 1.? Flota Aérea y los submarinos hundieron los portaaviones Shokaku y Taiho. Al día siguiente, los aviones americanos hundieron el portaaviones Hiyo, averiaron otros tres y derribaron unos 100 aviones. Apoyados por su éxito, tres divisiones de marines desembarcaron en Saipan, donde residían unos 31.000 japoneses entre militares y civiles. La batalla fue terrible y cuando los americanos tomaron ventaja, el almirante Nagumo, el general Saito y casi todos los enfermos del hospital se suicidaron. Al día siguiente, 3.000 supervivientes lanzaron un ataque suicida y mujeres y niños se arrojaron por los acantilados. En las Marianas perdieron los japoneses 26.000 vidas y 1.200 aviones con sus tripulantes. Una estrategia razonable habría llevado a los americanos a conquistar las Riu Kiu pero Mac Arthur deseaba tomar las Filipinas. En Japón las últimas derrotas costaron la caída del Gobierno del general Tojo y la formación del nuevo gabinete del general Kuniaki Koiso, que se propuso defender Filipinas.
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En el año 1478 Botticelli pinta esta tabla para Lorenzo di Pierfrancesco, primo del Magnífico. El destino de la obra era su villa campestre de Castello, en las cercanías de Florencia. En la izquierda de la composición aparece Mercurio, el dios mensajero y del comercio. A su lado se encuentran las Tres Gracias, enlazadas, por sus manos, recordando su postura los pasos de la danza cortesana. El centro de la escena está ocupado por Venus, la diosa del amor y del placer, sobre cuya cabeza se sitúa Cupido, con los ojos vendados y disparando sus flechas. La zona de la derecha está presidida por la Primavera, esparciendo las flores por la tierra. Flora, cuyo desnudo cuerpo es cubierto por un paño transparente, es perseguida por Céfiro, uno de los vientos. El fondo es un bosque que elimina cualquier referencia a la perspectiva. En este cuadro, Botticelli pone de manifiesto su dominio del color y del dibujo. Las figuras están modeladas con suavidad por luces y sombras, adquiriendo una corporeidad única. Sus miradas y sus cuerpos refuerzan la sensación de armonía y musicalidad que respira el conjunto. Los personajes se representan en la naturaleza, lo que equivale a describirla con la máxima precisión posible, como si se tratara de un ejercicio botánico. El tema del cuadro está en sintonía con las ideas neoplatónicas de la corte de los Médici, resucitando algunos de los episodios más destacados de la mitología clásica, entendida como saber válido. La obra se vincularía, por lo tanto, con los textos del neoplatónico Poliziano.
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Toulouse-Lautrec será uno de los mejores cronistas de su tiempo al representar escenas de la vida cotidiana aunque siempre encontremos un aspecto marginal en ellas. Esta imagen que contemplamos formaba parte de una serie que iba a acompañar un artículo en el diario "Paris Illustré" que dirigía su buen amigo Maurice Joyant. Representa a una familia burguesa en el momento de encaminarse hacia la comunión de su hija. La figura del padre empujando el carrito con el bebé está inspirada en su amigo y compañero François Gauzi, quien posó para Henri apoyándose en una silla del estudio. Los demás personajes fueron pintados de memoria. Nos encontramos ante una escena de gran frescura, realizada al aire libre, alejándose de los interiores que contemplamos en cuadros anteriores como Polvo de arroz o Vincent van Gogh, captando el asunto con total naturalidad, siguiendo la influencia de la fotografía y de la estampa japonesa al cortar los planos pictóricos. La escasez de colorido es otra importante característica, suplida con el realismo y la ligera dosis de humor que hallamos en la figura del caballero.
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Las primeras obras de Llimona, todavía académicas, nos muestran una serie de personajes típicos e históricos del país, como la estatua ecuestre de "Berenguer el Grande" modelada en Roma en 1888 y la "Modestia" (1891). Más tarde, su estilo derivó hacia unos modelos ya plenamente modernistas con influencias de Rodin y Meunier. Pertenecen a este periodo esta obra de 1897, el famoso Desconsol (1907) situado en el centro del estanque del Parque de la Ciudadela frente al Parlamento de Cataluña y "El Idilio".
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La sociedad de la primera etapa de la Edad de Hierro en Europa central vive, obviamente, un proceso de adecuación a una economía cada vez menos dependiente de la producción de bronce. A los grupos sociales del período la nueva economía los va impulsando hacia una mejor productividad de los recursos naturales (agrícolas, o de mineral) con el consiguiente bienestar para muchos. Aquellos grupos que cifraban su prosperidad en el control del acceso a las rutas del cobre y del estaño se verán, naturalmente, obligados a modificar sus hábitos comerciales para asegurarse su supervivencia. Regiones como Escandinavia, vitalmente ligadas a la producción de bronce, se verán particularmente desfavorecidas con la nueva situación. Centroeuropa, en cambio, se beneficia de las nuevas circunstancias económicas reinantes, por tener cubierta la provisión de metal y disponer de materias primas de las que hay fuerte demanda en el sur de Europa: sal y mano de obra humana. Como consecuencia de todo ello, la Centroeuropa de la Edad de Hierro terminará manteniendo lazos de relación comercial y social con la Europa mediterránea: con la culturas del norte de Italia, con Etruria, y con las colonias helénicas. Sus líderes se proveerán de bienes de prestigio sumamente valiosos. Pero no todo ocurre de la noche a la mañana. Mientras el final del proceso de transformación acaece, cosa que hay que asignar a la época de Hallstatt-D, la sociedad y la economía de la primera época de Hallstatt se prepara lentamente para ella. Al principio, el hierro es un material de prestigio, con el que sólo se fabrican adornos o espadas de hoja larga y afilada: las llamadas espadas de Mindelheim, cuyo nombre proviene del yacimiento arqueológico de Baviera en el que fueron encontrados. En las regiones occidentales del Hallstatt los establecimientos se sitúan en el llano; en la zona oriental hallstáttica, en cambio, los poblados ocupan las alturas. La diferencia entre ambos sectores no es tan sensible en el ritual de enterramiento. La cremación va desapareciendo en favor de la inhumación. Hallstatt es precisamente la excepción. El cementerio está en un llano, y las tumbas más ricas de esta fase son de incineración. En superficie, las necrópolis de Hallstatt forman grupos de túmulos, quizá reveladores de linajes, castas o entidades familiares. Los enterramientos se realizan en cámaras recubiertas de placas de madera. Los ajuares contienen espadas de hierro y de bronce, piezas de atalaje de caballo, en su mayoría de bronce, armas de ceremonia de bronce (cascos y corazas), y un carro o furgón. En la provincia oriental de Hallstatt los adornos personales de oro y de bronce dotan a las sepulturas de particular riqueza. En esta región, por otra parte, se dan, en lo arqueológico y en lo artístico, ciertas coincidencias con las culturas del norte de Italia, de las localidades de Este y Golasseca.
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Será a partir del verano de 1942 cuando el Proyecto Manhattan se ponga realmente en marcha: se procede a la construcción de fábricas de enriquecimiento de uranio en Tennessee, mientras que la producción de plutonio se efectúa en una región del río Columbia. El centro fundamental de actividades se sitúa en Los Alamos, en el Estado de Nuevo México, en lo que fue denominado campo de concentración de sabios, que los científicos empleados se comprometieron a no abandonar hasta seis meses después de haber finalizado el conflicto. Un jefe militar, Leslie R. Groves, es nombrado coordinador general del proyecto y encarga al físico norteamericano formado en Alemania Robert Oppenheimer la planificación de las acciones concretas a realizar, siempre dentro del más absoluto secreto. El desarrollo de los acontecimientos haría posible que el Proyecto Manhattan se elevase a un primer plano de importancia para el Gobierno de Washington. De hecho, la guerra actuó como el agente fundamental en el progreso de la investigación sobre la energía atómica en una medida determinante. El Proyecto reunía junto a un amplio grupo de científicos seleccionados de entre los más cualificados de la época a unas ciento cincuenta mil personas que participaron en sus realizaciónes prácticas. Las cantidades asignadas al mismo revelan la importancia que le había sido otorgada: al final de la guerra contaba con un presupuesto superior a los dos mil millones de dólares. Ello haría posible que en el plazo de tres años fuesen producidas dos clases de bombas atómicas, las que contaban con un detonante de uranio y las que lo tenían fabricado en plutonio. El desierto del Alamo Gordo, asimismo en el Estado de Nuevo México, sería el escenario de la primera prueba efectuada con estas nuevas armas. A las 5.30 horas del día 16 de julio de 1945 se llevó a efecto la explosión de una bomba de fisión. El reducido grupo de conmovidos espectadores presentes en el acto tenía clara conciencia en aquel momento de que el mundo penetraba en una nueva etapa de su Historia: la Era Atómica. La comprobación material del éxito obtenido con el terrible instrumento hizo posible que los responsables de Washington pudiesen enviar al Presidente Truman, reunido por entonces en Potsdam con sus aliados británico y soviético, el telegrama cuyo texto se haría célebre: "El niño ha nacido bien". Ahora, solamente quedaba por decidir la crucial cuestión de una posible utilización contra Japón, cuya dura resistencia todavía no hacía prever un inmediato derrumbamiento.
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El continuo rechazo sufrido por los jóvenes artistas franceses por parte de las instituciones académicas les llevaría a organizar su propia exposición. La muestra tuvo lugar entre el 15 de abril y el 15 de mayo de 1874, en las salas del fotógrafo Nadar. El grupo reunió 175 telas para la exposición. Cézanne envió dos paisajes de Auvers y su Nueva Olimpia; Degas, diez cuadros con su característica temática de bailarinas y carreras de caballos; Monet siete bosquejos al pastel y cinco óleos; Berthe Morisot, nueve pinturas; Pissarro envió cinco paisajes, el mismo número de obras que Sisley; Renoir, seis telas entre ellas El palco y la Bailarina. El resto de los miembros de la Sociedad Anónima Cooperativa de Artistas Pintores, Escultores y Grabadores presentó ciento catorce obras. Los críticos fueron muy severos con la muestra o se negaron a tomarla en serio. Uno de ellos, llamado Louis Leroy, será el culpable del nombre del grupo, al denominarles despectivamente impresionistas, tomando el título de uno de los cuadros de Monet, Impresión, sol naciente, como apelativo del nuevo estilo que se estaba gestando.
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Resultaría poco menos que inútil tratar aquí de desarrollar de forma pormenorizada los múltiples incidentes que tuvieron lugar entre la población española y las tropas francesas durante estos años, y exponer todas las operaciones que desplegaron ambos ejércitos, cuando historiadores como Geoffroy de Grandmaison necesitó tres volúmenes y Gómez de Arteche catorce para historiar la Guerra de la Independencia. Nos limitaremos, por tanto, a señalar las fases más importantes del conflicto y a destacar sus aspectos más significativos. Al iniciarse las hostilidades, los ejércitos franceses sumaban algo más de 110.000 soldados, que bajo el mando de Murat se distribuían en cinco cuerpos de ejército. A estas fuerzas se sumaron 50.000 hombres a mediados de agosto de 1808. El ejército español, por su parte, contaba con 100.000 hombres encuadrados en las tropas regulares, de los que 15.000 colaboraban con las imperiales de Dinamarca antes de que se produjese la invasión de la Península. La superioridad numérica de las fuerzas francesas se veía acentuada por la mayor movilidad y autonomía de sus Divisiones. La estrategia francesa se basaba fundamentalmente en una serie de factores que llevaba a sus soldados a una continua acción ofensiva. Frente a la línea de combate, utilizada por los españoles y los ingleses, los franceses oponían la formación en columna. El levantamiento español de mayo de 1808 provocó la inmediata puesta en movimiento de los cuerpos de ejército del general Junot, que se hallaban en Portugal, y los de Duhesme, situados en Barcelona. Las fuerzas de Moncey y Dupont, concentradas en torno a la capital, conservaban su comunicación con Francia, gracias a las tropas de Bessiéres que, desde Vitoria, cuidaban de la protección de la ruta vital que llevaba a la capital de España. El plan que había fraguado Napoleón consistía en una rápida ocupación del país, aun a costa de diluir sus fuerzas. Bessiéres, sin perder el control de la comunicación Madrid-Bayona, ocupó Zaragoza, mientras que las fuerzas reunidas en la capital marcharían sobre Valencia y Sevilla. Este plan estratégico tendría unas consecuencias nefastas, al dejar extensas partes del territorio español aisladas, sin ninguna conexión entre sí, y sin guarniciones suficientes para garantizar la retaguardia. Por otra parte, Napoleón, al no calibrar suficientemente la fuerza de sus oponentes, había enviado a España soldados bisoños, sin gran experiencia y de escasa presencia por su mala uniformación y su deficiente porte, tan distintos a esa imagen que se había creado en toda Europa de unos militares aguerridos, disciplinados e impresionantemente eficaces. Una primera fase de la guerra tuvo lugar durante la primavera-verano de 1808. Durante estos meses, la acción de las tropas napoleónicas tuvo unos resultados muy distintos de los previstos por sus altos mandos. El general francés Bessiéres no pudo ocupar Zaragoza, defendida bravamente por Palafox. Las tropas que fueron enviadas en su ayuda desde Cataluña tuvieron que volverse al ser detenidas en el Bruch en dos ocasiones. La expedición a Valencia también fracasó al pie de sus murallas. Pero el mayor fracaso del ejército francés se produjo en Andalucía. El general Dupont, tras saquear Córdoba, se encontró aislado en Andújar. La Junta de Sevilla improvisó un ejército que, al mando del general Castaños, hizo sufrir a los franceses, que no se adaptaron ni al calor ni al terreno, una estrepitosa derrota. Era la primera vez que un cuerpo del ejército de Napoleón se rendía ante el enemigo en campo abierto. La desaparición del ejército de Andalucía tuvo como consecuencia la retirada de los franceses sobre Vitoria para impedir el corte de sus comunicaciones. Por su parte, el ejército de Portugal, que se encontró de esta forma aislado y lejos de la ruta de Madrid, negoció con los ingleses su retirada a Francia por mar a bordo de buques británicos. Así pues, en la primera fase de la guerra fallaron los planes de Napoleón, quien tuvo que tomarse en serio la campaña de la Península.
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Como Guerra de los Cien Años se conoce desde el siglo pasado al enfrentamiento bélico que sostuvieron Francia e Inglaterra durante gran parte de la Baja Edad Media. Auténtica sucesión de conflictos, esta pugna acabó arrastrando a otros reinos occidentales, por lo que puede ser considerada la primera gran guerra internacional europea. La reclamación de los derechos de Eduardo III de Inglaterra (1327-1377) al trono de Francia ha sido considerada tradicionalmente el origen de la guerra. Sin embargo, esta coartada o pretexto dinástico, que en ocasiones sí impulsó el conflicto, sólo fue una de sus causas, y no la primera. En la génesis de esta prolongada guerra convergen diferentes razones político-económicas: la principal fue el control de la rica Guyena o Gascuña, último reducto francés del Imperio Angevino de Enrique II Plantagenet (1154-1189), lo que convierte esta guerra en el último episodio de la secular pugna Capeto-Plantagenet por el dominio de Francia. Guyena era feudo inglés, pero los reyes de Francia consideraban que, como soberanos feudales, tenían derecho a intervenir en sus asuntos internos. Esta inadaptación feudal a las nuevas circunstancias políticas y económicas generaría permanentes incidentes, como las confiscaciones francesas de Guyena en 1294 y 1323. La hostilidad anglo-francesa se agudizó por culpa de conflictos periféricos menores como el apoyo francés a Escocia contra la hegemonía inglesa, el control del estratégico ducado de Bretaña y la cuestión sucesoria de Artois. Sin embargo, la chispa del conflicto fue Flandes, otra fuente de disputas debido a la peligrosa contradicción existente entre su dependencia económica de la lana inglesa y su subordinación feudal a los reyes de Francia, problema agravado por la lucha social entre la nobleza profrancesa y los grupos urbanos proingleses. Tras el sometimiento de la rebelión de las ciudades flamencas en la batalla de Cassel (1328), el conde de Flandes Luis de Nevers y Felipe VI de Francia se aliaron en perjuicio de los vitales intereses ingléses en la zona, a lo que respondió Eduardo III con una medida explosiva: en 1336 prohibió las exportaciones de lana inglesa a Flandes, arruinando a los artesanos flamencos. Un año después Felipe VI procedió a la tercera confiscación de Guyena. Eduardo III rompió entonces el homenaje prestado en 1329 y reclamó el trono de Francia. La cuestión dinástica, menor hasta esa fecha, adquirió entonces un papel esencial al convertirla Eduardo III en la única forma de asegurar el vital dominio inglés sobre Guyena.