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La primera parte de La crónica del Perú Llegamos ya al momento en que debemos hablar de la obra de Cieza que ahora se edita nuevamente, enriquecida por gran número de notas y observaciones, e introducida por este estudio preliminar, que si largo, creemos que ha cumplido el objetivo de situar a la Primera Parte en el conjunto de la importante obra de este único, primero y singular cronista-historiador. Analicemos ahora el valor de esta obra introductoria a la totalidad de un plan que sólo, como hemos ido considerando, se ha podido completar con el paso de los años y la incansable acción de beneméritos investigadores e historiógrafos. Contenido y redacción de la Primera Parte-El contenido en grandes líneas, es el resultado de su trajinar desde 1535 hasta 1550, en viajes, exploraciones y batallas, desde Cartagena a Lima, pasando por Popayán, Quito, Lima, el Collao, Cuzco y nuevamente Lima. Soldado -extraña que lo fuera a los trece años que dice tenía al salir de España, y aún a los quince que otros le calculamos- con Alonso de Cáceres (extremeño como él), Jorge Robledo y Belalcázar, pasa al Perú, acudiendo con este último capitán a la llamada del Pacificador. Visitó Cenú, conociendo sus fabulosas tumbas, repletas de tunjos de oro, y estuvo presente en las fundaciones de Ancerma y Cartago. Esta es la base del contenido de este libro, la materia prima: sus viajes, sus peripecias y... sus observaciones. Quien lea esta Primera Parte irá conociendo sus peripecias y no es cosa de hacer un resumen de ellas, aunque si se hiciera no se rompería el encanto inimitable de su estilo y la jugosidad de las noticias de primera mano que va proporcionando a cada paso. No es de este contenido del que queremos tratar en esta ocasión, sino analizar el contenido etnográfico, el descriptivo, la valoración de lo que luego se llamarían "antiguallas" y hoy Arqueología, y -finalmente- la referencia a lo prehispánico, en que Cieza tiene una primacía que nadie puede disputarle. Copiemos, una vez más, un texto de Jiménez de la Espada, en que define el valor de esta Primera Parte como eslabón indispensable para el desarrollo del plan total: Reputación la de Cieza que comenzó con un libro por ventura sin par e inimitable, especie de itinerario geográfico, o más bien animada y exacta pintura de la tierra y el cielo, de las razas, costumbres, monumentos y trajes del dilatado imperio de los incas y países del Norte, comarcanos, y de las poblaciones recién fundadas por los españoles, fondo maravilloso del gran cuadro de la conquista...75. Aunque ya hemos referido cuándo comenzó a escribir, conviene que recordemos que empezó en 1541, es decir, cuando llevaba seis en las Indias y apenas habría cumplido pocos más de veinte. Así lo afirma al final de esta Primera Parte. Leyendo su obra puede seguirse, por esa vertiente que ella tiene, sobre todo en este libro, de autobiografía o de memoria y relato de experiencias personales, el ritmo de su producción. En el capítulo XXVI dice este año de 47, aunque en el XXIV afirma escribir en 1548, el año pasado de 1547, que no es un pasado remoto, pues en castellano, aún hoy, el año pasado es el inmediatamente anterior. Pese a lo cual puede haber opiniones sobre esto, ya que en el capítulo LII dice en este año de 1550, y en el mismo vuelve a decir, año pasado de 1546. Quizá esto debe producirse porque, por una parte, tomaba notas o hacía una redacción provisional y luego corregía, aumentaba y reescribía, ya que de su acuciosidad en estar siempre con la pluma en la mano tenemos sobradas declaraciones propias. Es impresión generalizada entre los críticos y editores de la obra de Cieza, especialmente referente a esta Primera Parte, que al salir de Lima, en 1550, ya estaba totalmente redactado Y. dispuesto para la imprenta el original de ella, pero no cabe la menor duda de que hubo de retocarlo en Sevilla, porque en los capítulos XCVI y CIX hace referencia a hechos del 1551. Lo descriptivo en Cieza.-Entendemos por tal todo lo relativo a la geografía, al paisaje y a la que generalmente se llama Historia Natural. Copiemos nuevamente a Jiménez de la Espada, por dos razones: por lo acertado de sus palabras y por lo inasequible que es la consulta de La Guerra de Quito, desaparecida en alguna biblioteca en cuyos catálogos consta. Dice así D. Marcos76: Pedro Cieza de León reconoció en persona el país, teatro de la historia que proyectaba, desde el puerto de Panamá a la costa de Arica, y desde las salvajes y boscosas montañas de Abibe a los desnudos y argentíferos cerros de los Charcas (12o lat. N. 20o lat. S.), demarcando como experto geógrafo la variedad de sus regiones y clima; situando las fundaciones españolas y los pueblos indianos; observando como naturalista las especies más útiles y curiosas, bravías o domésticas, de animales y plantas...77, gozándose en pintar a grandes rasgos la fisonomía de la tierra y el cielo, en la magnificencia de los nevados y volcanes, la grandeza y multitud de los ríos, la espesura y misterio de las gigantes selvas y la yerma soledad de las xacllas y punas; en el humbroso y risueño frescor de los valles marítimos, y en la aridez de los quemados arenales que con ellos alternan a lo largo de la extensa comarca de los yuncas78. Fino espíritu observador, como dice el finlandés Karsten, Cieza, en su especie de itinerario geográfico, como lo calificara Jiménez de la Espada, fija los lugares, grados y leguas, costas, marcas y sus puertos (los bonancibles y los malos), los vientos y su aplicación a las navegaciones. Anota la calidad de los ríos, el clima, las estaciones, lluvias y sequías y la fertilidad y situación de las regiones. Como recorre las tierras del norte de Suramérica cuando ya han transcurrido algunos años de la conquista (aunque se sigue en las exploraciones y dominaciones de territorios aún no conocidos), y ya se han establecido las encomiendas y repartimientos, en su calidad de naturalista va anotando cómo son los vegetales y los animales, pero haciendo la observación, para que el lector no se confunda, cuáles son las fieras y las alimañas (que no fueron importadas, naturalmente) y cuáles son los animales domésticos, tanto indianos como procedentes de España. En cuanto a los vegetales, describe los cultivables y su explotación (antes y después de la Conquista), describiendo especies nuevas o desconocidas en España, con sus propiedades y anécdotas relacionadas con éstas, así como la preparación de ponzoñas. Habiendo visitado las regiones mineras del Collao, habla de los ríos auríferos, de la sal y de explotación, aguas termales, etc. Le impresionó especialmente Potosí (que visita entre 1548 y 1549) que, apenas fundado en 1545, ya tiene una explotación increíblemente grande del Cerro Rico, habiéndose perforado infinitas galerías. Su exposición de la visión nocturna del Cerro Rico, con las guayras encendidas, que son como los albahaqueros de mi tierra -dice Cieza- y que a las distancias parecen luciérnagas. Su descripción, no sólo es real y vivísima, sino hasta poética79. Descripciones como esta que hemos visto de Potosí, las multiplica, alabando lo que ve como paradisíaco, sin dejar de ser exacto, como podemos ver en los capítulos LXVI y LXVII de esta Primera Parte. Pero no siempre es así de laudatorio, pues como va dejando constancia, a modo de un acta notarial, también habla del despoblamiento y abandono de caminos y edificios (apenas dieciocho años después de la conquista), por causa de la llegada de los castellanos, la emigración de los indios y las ruinas producidas por las guerras personales. Lo etnográfico en la Crónica de Cieza.-Dejando para el estudio a realizar en la introducción a la Segunda Parte (Señorío de los Incas), en que veremos lo que Cieza significa para el conocimiento del Inkario, es evidente que Cieza supera a todos los otros cronistas en información etnográfica. Sólo quizá Gonzalo Fernández de Oviedo sea su mejor parangón, pero sólo -como en el caso del propio Cieza- de aquello que conoce por propia experiencia, que es lo relativo al Caribe y su zona circundante, hasta Panamá. Los indígenas le preocupan, habla de ellos continuamente, describe sus fiestas, etc., como veremos, pero en todo su escribir hay claramente dos aspectos interesantes, que no son contrapuestos: su afán descriptivo de cronista, que ha de informar de cómo son las gentes de los lugares por donde pasa, pero además un humanitario sentimiento de solidaridad de hombre con ellos, que no son culpables de su baja condición cultural, por ignorar el Evangelio, que no sólo se refleja en este libro, sino que culmina en los items de su postrer escrito, de su testamento. Respecto a esto que venimos ponderando, bien dice Porras Barrenechea80 que el espíritu predominante de Cieza, no obstante su españolismo o acaso por esto, que ser español es ser amigo y paladín de los débiles -díganlo Las Casas y Cieza-, es su sentimiento de simpatía y amistad para los indios. Etnógrafo o antropólogo sin saberlo (porque tales ciencias no existían como tales en el siglo XVI), como tantos otros en su tiempo -recordemos en México a Fr. Bernardino de Sahagún? describe la vida y costumbres de los indígenas con minuciosidad, distinguiendo las diferentes razas y lenguas, anotando el sistema social y de organización familiar -que nos documenta sobre sociedades matriarcales-, cuya noticia se hubiera perdido sin esta Primera Parte, como muy bien ha puesto de manifiesto el Prof. Trimborn en su estudio sobre el valle del Cauca, en Colombia. Es tan justo apreciador de la materia etnológica que su modo de trabajar, sus descripciones y a veces sus generalizaciones bien fundamentadas, recuerda a las obras de Frazer o Malinowsky. Que en esta curiosidad hay también amor o compasión, lo han notado sus editores y estudiosos. Jiménez de la Espada escribe81: El amor al prójimo indiano y un generoso sentimiento de conmiseración por la triste suerte a que le había reducido la Conquista, brillan en multitud de lugares de la Crónica de Cieza, y Prescott82 lanza el siguiente elogio: ... y mientras que hace completa justicia al mérito y capacidad de las razas conquistadas, habla con indignación de las atrocidades de los españoles y de la tendencia desmoralizadora de la Conquista. No era fanático, puesto que su corazón estaba lleno de benevolencia para el desgraciado indígena; y en su lenguaje, si no se descubre la llama abrasadora del misionero, se encuentra un rayo generoso de filantropía, que envuelve tanto al conquistador como al conquistado, considerándolos hermanos. No creo sea necesario ponderar más, como ya lo hicimos por nuestra cuenta, que en la obra de Cieza alienta lo mejor de una notable actitud hermanadora hacia el indio, años antes de que la legislación y los teólogos sancionaran la consideración de su naturaleza humana. Por ello no atribuye sus aberraciones (canibalismo, pecado nefando, supersticiones) a una naturaleza corrompida del indio, sino a su ignorancia, cayendo incluso en la ingenua creencia de que sus ritos y prácticas religiosas obedecían a que hablaban con el demonio, o éste con sus shamanes y brujos o sacerdotes. Incluso lógica y razonablemente quiere descubrir en sus tradiciones, entre tanta broza mítica, la verdad que ellas contenían sobre sus orígenes, queriendo encontrar para todas ellas explicaciones razonables, como hace en el capítulo XCV de esta Primera Parte. Su capacidad de etnólogo intuitivo aparece en esta Parte en cada capítulo en el que trate de los indígenas, cuyas costumbres describe no como un naturalista, sino como propias de sociedades humanas, cuyas reglas no se explica, como en el caso de los bárbaros pozos -aliados, sin embargo, de Belalcázar-, cuyos prisioneros se someten, como una norma admitida, a la masacre que sobre ellos se hace, atontándolos con un golpe en la nuca -para lo cual bajan la cabeza no con resignación, sino como algo fatal- para descuartizarlos luego y convertirlos en manjar de la fiesta83. Copiemos del trabajo de Maticorena un juicio muy concreto sobre su actitud, que este autor considera lascasiana indudablemente, por contacto con la doctrina del dominico84: En sus crónicas muchas veces se muestra severo enjuiciando los abusos derivados del contacto entre indios Y españoles. Mas insiste también en la necesidad de enmendarlos para bien de las repúblicas cristianas de Indias. Los párrafos citados coinciden en lo que tienen de afirmativo con la actitud apostólica de Las Casas. Pero distan mucho de la exageración desmesurada del famoso testamento del perulero Mancio Sierra de Legízamo. En ellos encontramos un testimonio más que de la prédica lascasiana trascendía e influía en el ánimo de soldados y encomenderos. La restitución en este caso será imperfecta, mientras no se concrete, pero es un ejemplo más del estado de conciencia creado por el indigenismo cristiano del siglo XVI, formulado especialmente por Las Casas, y propagado por la escuela dominicana. Recordemos, entre otras cosas, la vinculación de Cieza con el dominico y quechuista sevillano fray Domingo de Santo Tomás, cuya obra tiene tanta importancia en la Nueva Castilla. Lo arqueológico y lo monumental.-Cieza procede de un mundo, el español, que vive el pleno Renacimiento, en que se valora lo antiguo, se sacan estatuas de las ruinas romanas y se copian los modelos clásicos. Las ruinas entonces no se destruían, sino que se limpiaban, para conseguir ejemplos de cómo se construía en el brillante tiempo greco romano. Por ello, Cieza presta atención a las construcciones antiguas, a los monumentos que va encontrando en su peregrinar desde el norte de Suramérica hacia el Perú y el Collao. Su descripción en muchos casos -sin levantamiento de planos, como Squier, en el siglo XIX- se asemeja a la de los viajeros novecentistas o a la de los arqueólogos modernos. Indica cómo son, su estado ruinoso, asombrándose a veces de que en tan poco tiempo desde que fueron abandonados los edificios estén ya caducos, olvidada la función que desempeñaban antes de que la oleada española los convirtiera en obsoletos. Si noticioso es en lo que va viendo del modo de construir de los indígenas neogranadinos y ecuatorianos -con detalle de la disposición de sus casas, techumbres, etc-, su imaginación se excita más cuando, por el encargo de Gasca, hace su viaje al Collao, pasando por Cuzco y siguiendo la ruta meridional, que le permite visitar Cacha (con las agudas observaciones que hace sobre los grandes edificios que allí hay, así como el bulto de la estatura de un hombre), Ayaviri, varios centros importantes y Tiahuanaco, cuyo sistema constructivo distingue, porque tenía la vista crítica de que habla Karsten, del de los incas. Y cuando sólo halla ruinas, se informa por los indígenas de cómo eran antes las edificaciones y para qué uso estaban destinadas. Los arqueólogos -como ya se ha dicho- hemos hallado en las noticias de Cieza informaciones que nos sitúan en el estado de las construcciones cuatrocientos años antes de que se inicien excavaciones y estudios en nuestro tiempo. Lo prehispánico en la obra de Cieza.-Es evidente que lo que completó la fama de Pedro Cieza de León, después del éxito editorial (que estudiamos a continuación) de la Primera Parte de la Crónica del Perú, fue la publicación de la Segunda o Señorío de los Incas, en que por primera vez se hace una historia orgánica del Tahuantinsuyu, en época increíblemente temprana para haber tenido la conciencia y mente despierta suficientes para trazar una historia que nunca fue escrita, y que sólo se conservaba en la memoria de los amautas, orejones y quipucamayocs. Esta evidencia hizo pensar que sólo se le ocurrió hacer dicha historia cuando realizó su expedición al Collao, y estuvo especialmente en Cuzco, consultando a los viejos y a Cayu Tupac Yupanqui. Creerlo así es una equivocación. Es una equivocación porque, como comprobará el lector de esta edición de la Primera Parte, ya en la mente de Cieza, desde que tomó contacto con la tierra peruana, bulle la idea de desentrañar de las leyendas y tradiciones que le cuentan lo que haya de verdad histórica y no mero mito. Le preocupa el origen de los Incas, y también de la raza americana en general, especialmente porque -como hemos dicho- tiene conciencia de la diversidad de pueblos, grados de cultura y, sobre todo, de lenguas. Desde este punto de vista es evidente que Cieza es también el primer prehispanista peruanista de la historiografía. El se da cuenta de que aquella sólida armazón imperial que los españoles -acompañados por la fortuna o por la providencia divina- han debelado, por ser humana tuvo que tener una historia después de su mítico origen, y que aquellas calzadas, edificios, templos y huacas respondían a una organización, a una estructura político social y económica. Por lo dicho, cuando se le facilita -con recomendaciones y cartas patentes para oficiales reales, notarios, corregidores y mandos coloniales- el viaje al Collao, ve llegada la ocasión única (y en verdad lo fue) para ponerse en contacto con gentes bien informadas, que le dieran noticia de lo que había sido el Tahuantinsuyu. A ello dedicaría su Segunda Parte o Señorío de los Incas, pero en su mente ya estaba decidida la organización del libro y por ello el plan está definido desde el comienzo, como en el planteamiento de un puzzle, en el que sólo había que ir encajando las piezas que completaran la imagen prevista. Edición de la Primera Parte y éxito editorial.-Como sabemos, y hemos repetido en su biografía, Cieza tenía tal confianza en el valor de la obra que había concebido, que se atreve a solicitar audiencia con el Príncipe Felipe, quizá apoyado por su nombramiento de cronista, dado por Gasca, que entonces gozaba de una sólida fama, por su éxito en la pacificación del Perú. La audiencia fue concedida, quizá sin mucha urgencia, ya que sólo se efectúa en 1552, en Toledo, pero el Príncipe Felipe -luego Felipe II- debió quedar impresionado, ya que el Consejo de Indias, en el mismo año da la autorización para que sea impreso el libro. Gozoso con la noticia, Cieza se pone en contacto con el impresor Martín de Montes de Oca (en la impresión aparece Montesdoca), que terminaba su trabajo en 15 de marzo de 1553, lanzando a la venta un libro pulcro, con el gran escudo de España, rodeado por el imperial Toisson d'Or, heredado por Carlos V de su padre flamenco, Felipe "el Hermoso", y bajo él el ampuloso título e identificación del autor: PARTE PRIMERA / De la chronica del Peru. Que tracta la demarca / ción de sus provincias: la descripción dellas. Las / fundaciones de las nuevas ciudades. Los ritos / costumbres de los indios. Y otras cosas extrañas / dignas de ser sabidas. Fecha por Pedro de Ciega / de Leon vezino de Seuilla. / 1553 / Con priuilegio real. El éxito fue inmediato y Maticorena85 informa que en 1554 Juan Espinosa, en Medina del Campo, vendió 130 ejemplares; Juan Sánchez de Andrada, en Toledo, 30, y en Córdoba, Diego Gutiérrez de los Ríos, 8. En Sevilla, Villalón, situado cerca de la Magdalena, encargó 15 ejemplares; Rodrigo de Valles, 8; el editor Montes de Oca, otros 8, y Juan Canalla (¿Cazalla?) tomó 100. Ejemplares de esta edición fueron mandados a Santo Domingo y Honduras. Debemos suponer que también al Perú. Cerca de 300 ejemplares -más los que desconocemos?, en aquella época de los "góticos", era uno de los mayores éxitos editoriales. Pero sigamos. Sólo en el siglo XVI tuvo diez ediciones más, todas en Europa, aunque no exclusivamente en castellano, sino también en italiano86. En 1554, tres en Amberes (de lo que aún pudo tener noticia Cieza); en 1555, una en Venecia y otra en Roma; en 1557, nuevamente en Venecia en 1560, dos en Venecia, y otra en la misma ciudad en el año 1560. En el siglo XVII, nada. Esta ausencia de ediciones en este siglo puede explicarse por la aparición en 1609 de la obra de Garcilaso, que explicaba a los ojos de los lectores lo que Cieza había anunciado y no publicado (por las razones que ya conocemos) y por el comienzo de ediciones de la obra de Herrera. En 1709 aparecía la primera traducción inglesa en Londres, pero como relato de viajes, aunque sólo con 94 capítulos de los 121 de la Crónica. En el siglo XIX sólo dos ediciones: la de la Biblioteca de Autores Españoles de Vedia, en 1853, reproducción de la de Sevilla, y la traducción inglesa de Clemens R. Markham, de 1864. La de Vedia ha sido el texto que luego se ha reproducido en las ediciones de este siglo, iniciadas por Calpe en 1922, en el volumen XXIV de su colección de Los grandes viajes clásicos. Desde hace más de veinte años -pese al éxito de las ediciones de Espasa-Calpe en sus diversas colecciones- no hay edición importante de esta Primera Parte de la Crónica del Perú, y las que se han hecho, pese al progreso del conocimiento de la historia primitiva del Perú, no tienen un aparato crítico abundante, que esclarezca palabras indígenas, lugares y puntos de interés.
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Una vez que Napoleón se dio cuenta de que la derrota era inevitable, trató de negociar con Fernando VII los términos de la paz, sobre todo porque temía por la suerte de las tropas que todavía tenía acantonadas en la Península. Pero el monarca español, con esa ambigüedad que le caracterizaba y de la que ya había dado cumplidas muestras, trató de evitar la firma de cualquier documento. Por su parte, tanto la Regencia como las Cortes habían aprobado un decreto el 1 de enero de 1811 mediante el cual se habían comprometido a no reconocer ninguna decisión del rey hasta tanto éste no se hallase libre y en suelo español. No obstante, después de realizar algunas consultas, Fernando se decidió a firmar un tratado ante la posibilidad de darlo por nulo cuando estuviese en España. El tratado de Valençay se firmó, por tanto, el 11 de diciembre de 1813. Estipulaba la paz entre las dos naciones, y Napoleón reconocía a su prisionero como rey de España y disponía la evacuación de las tropas que quedaban al sur de los Pirineos. Establecía además que el ejército inglés debería abandonar también el territorio español. Con todo, Fernando podía regresar a España como rey.
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A poco de desembarcar en España el nuevo rey Carlos I, arribó a ella otro extranjero, un hidalgo portugués llamado Fernán de Magalhaes, que se dirigió a Sevilla donde se entrevistó con Juan de Aranda, Factor de la Casa de Contratación. Magalhaes expuso su teoría de que las islas de la Especiería caían dentro de la demarcación española de Tordesillas (su antimeridiano en el Pacífico) y sería fácil llegar a ellas. No hablaba sin conocimiento, pues había ido a la India en la flota del virrey Almeida y participado en la conquista de Malaca. Enemistado luego con don Manuel el Afortunado por no apoyar su proyecto de descubrir la Especiería, solicitó y obtuvo permiso para servir a otro monarca. El Factor Aranda informó al Gran Canciller sobre los planes del portugués y finalmente le acompañó a la Corte, donde el 22 de marzo de 1518 se firmó la capitulación para ir a descubrir las islas especieras. Lógicamente, para ello debían primero hallar un estrecho en América y al sur del río de Solís. La primera cláusula de dicha capitulación dejaba bien claro que la Corona no enviaría descubridores por dicha ruta durante un período de diez años, pero se reservaba el derecho de seguir enviando viajes en busca del estrecho que podía hallarse por el Golfo de México: "pero entiéndase que, si Nos quisíéremos mandar descubrir o dar licencia para ello a otras personas por la vía del Oeste en las partes de las islas y tierras firmes e todas las otras partes que están descubiertas hacia la parte que quisiéremos para buscar el estrecho de aquellos mares, lo podamos mandar hacer o dar licencia para que otras personas lo hagan". El viaje se proyectó a las Indias para encontrar el paso interoceánico y navegar luego por la Mar del Sur hasta las islas Molucas, regresando por el mismo camino. De aquí la recomendación de llevar cuenta puntual de las provisiones que se gastaban a la ida, para que no faltaran a la vuelta. Juan Sebastián Elcano cambió luego este itinerario y transformó este viaje en la primera vuelta al mundo. La expedición costó 8.346.379 maravedises: una verdadera fortuna. Se aprestaron cinco buques: San Antonio (120 toneles), Trinidad (110), Concepción (90), Victoria (85) y Santiago (75). En ellas embarcaron unos 240 hombres (las fuentes difieren en el número exacto), principalmente andaluces y vascos, así como muchos extranjeros. Partieron de Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre del año 1519. El viaje a Canarias no tuvo dificultad. Después, Magallanes ordenó poner rumbo suroeste sin hacer junta de capitanes y pilotos, como todos esperaban, con lo que empezaron las desavenencias. Los españoles terminarían acusando a Magallanes de autoritarismo. El 13 de diciembre arribaron a la bahía de Guanabara (donde luego estaría Río de Janeiro) y permanecieron allí 13 días. Siguieron más tarde rumbo sur. Pasaron frente a Montevideo, alcanzaron el Río de Solís o de la Plata y después la inhóspita y desconocida costa patagónica. El 31 de marzo arribaron al puerto de San Julián, donde Magallanes ordenó invernar. Allí estalló un motín contra el capitán de la flota. Lo dirigió el capitán de la Victoria y en él tomaron parte más de 40 hombres, entre ellos el propio Elcano. Estuvo a punto de triunfar, pues se rebelaron tres de las naos, pero Magallanes logró controlar la situación. Condenó a muerte a Quesada, capitán de la Concepción y ordenó dejar en tierra a Cartagena y al clérigo Pedro Sánchez. No se atrevió a seguir haciendo justicia, ante el temor de quedarse sin gente. En San Julián también mandó Magallanes que el navío Santiago explorase hacia el sur. Naufragó, aunque pudo salvarse su tripulación. El 21 ó 24 de agosto abandonaron, al fin, este puerto y siguieron rumbo al sur. Magallanes estaba dispuesto a llegar hasta los 75° de latitud S., si era necesario. El 21 de octubre divisaron el Cabo de las Once Mil Vírgenes. El Capitán mandó en descubierta dos naves, la Concepción y la San Antonio. Esteban Gómez, piloto de la última, decidió desertar y regresar a España, al comprobar que había paso interoceánico. Las tres naos restantes, Trinidad, Concepción y Victoria, franquearon el estrecho y salieron a la Mar del Sur. Era el 27 de noviembre de 1520 y el océano, cosa rara, estaba en calma, por lo que recibió el nombre de Pacífico. La flotilla subió por la costa chilena y puso luego rumbo NO. Al llegar a los 32°, se cambió a O-NO. El viaje fue terrible: cuatro meses continuos de navegación. El hambre y la sed hicieron estragos. Apareció además una enfermedad nueva, el escorbuto, por falta de vitamina C. Pigaffeta, que hizo un diario del viaje, anotó: "la galleta que comíamos no era ya pan, sino un polvo mezclado con gusanos, que habían devorado toda la substancia, y tenía un hedor insoportable, por estar empapado en orines de rata. El agua que nos veíamos obligados a beber era igualmente pútrida y hedionda. Frecuentemente quedó reducida nuestra alimentación a serrín de madera como única comida, pues hasta las ratas, tan repugnantes al hombre, llegaron a ser un manjar tan caro que se pagaba cada una a medio ducado". El 6 de marzo de 1521 arribaron a las islas de los Ladrones (donde los indígenas les robaron un esquife), que años después los jesuitas bautizarían como Marianas. Allí pudieron coger agua, alimentos frescos y leña. Zarparon el 9 de marzo y el 16 del mismo mes arribaron a otras islas que llamaron San Lázaro, por la festividad religiosa. Serán luego las Filipinas. Magallanes se dedicó a recorrer el archipiélago (Samar, Leyte. Cebú) con objeto de establecer una absurda política de alianzas con jefes indígenas, cosa que nada tenía que ver con el objetivo de su expedición. El 27 de abril murió en Mactán por el ataque de uno de ellos. El mando recayó en Duarte de Barbosa y luego en Juan Serrano, pero ambos murieron también el 1 de mayo, engañados por los indígenas de Cebú, que les habían convidado a un banquete. Las tres naos abandonaron aquel lugar y pasaron a Bohol, isla del archipiélago de las Visayas. Aquí se decidió quemar la Concepción, que estaba muy averiada, y trasladar su tripulación y carga a las otras dos. La Trinidad y la Victoria, únicas que quedaban, arribaron a Borneo para carenar el 8 de julio. Luego regresaron a Filipinas. Aquí se destituyó al nuevo jefe Carvalho y se le sustituyó por un mando bicéfalo detentado por Gonzalo Gómez y Elcano. A partir de este momento la expedición recobró su objetivo perdido. Las dos naos se dirigieron al sureste y el 7 de noviembre de 1521 arribaron a la isla Tidore, perteneciente al archipiélago de las Molucas. !Al fin pisaban las islas de la Especiería! El júbilo de los españoles fue enorme. Allí estaban las tan anheladas especias, que podían comprarse por casi nada. A los seis días, el 13 de noviembre, arribó a Tidore una embarcación portuguesa mandada por Alfonso de Lorosa con la noticia de que el rey de Portugal había mandado varios barcos al cabo de Buena Esperanza para interceptar a Magallanes (había supuesto que no encontraría el paso por América) y luego una carabela y varios juncos desde Malaca para localizarles en las islas especieras. Los españoles aceleraron la carga y el 18 de diciembre estaban listos para zarpar. Se celebró entonces junta de Capitanes, en la que se decidió algo trascendental: la Victoria, mandada por Elcano, trataría de llegar a España completando la vuelta al mundo y evitando tocar en tierras de Portugal, mientras que la Trinidad, que hacía mucha agua, intentaría regresar a América buscando el objetivo de Panamá. Juan Sebastián Elcano aligeró su nao descargando 50 quintales de clavo y dejó en tierra algunos hombres. Le quedaron sólo 47 tripulantes, con los que zarpó de Tidore el 21 de diciembre. Allí empezaba una travesía sin escalas por medio mundo. Elcano condujo la Victoria por el paralelo 42, fuera de las rutas portuguesas. Cruzó el Indico, África más abajo de Buena Esperanza y finalmente llegó a Cabo Verde, donde se vio obligado a recalar. El escorbuto se había cobrado ya cinco vidas y el hambre y sed amenazaban al resto. Allí descubrieron que habían ganado un día por navegar siempre en dirección al poniente. En Cabo Verde los portugueses apresaron algunos tripulantes. Elcano continuó con los supervivientes, sólo 22. El 6 de septiembre de 1522 arribó a Sanlúcar, el puerto del que había salido hacia tres años menos 14 días. En cuanto a la Trinidad no pudo encontrar vientos apropiados para regresar a América y tornó a las Molucas, donde fue apresada por los portugueses. El otro posible paso interoceánico, que se suponía podía encontrarse al norte de la Florida, fue buscado inútilmente en la costa norteamericana por Esteban Gómez (1525) y por Lucas Vázquez de Ayllón (1526).
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La prisa que tuvieron en bautizarse Fue principal causa y medio para que los indios se convirtiesen, deshacer los ídolos y los templos en cada pueblo. Dicen que les dolía mucho la destrucción de sus templos grandes, perdiendo esperanza de poderlos rehacer, y como eran religiosísimos y oraban mucho en el templo, no se hallaban sin casa de oración y sacrificios; y así, visitaban las iglesias a menudo. Oían de buena gana a los predicadores, miraban las ceremonias de la misa, deseando saber sus misterios, como novedad grandísima; de manera que, con la gracia del Espíritu Santo, y con la solicitud de los predicadores, y con su mansedumbre, cargaban tantos a bautizarse, que ni cabían en las iglesias ni bastaban a bautizarlos; y así, bautizaron dos sacerdotes en Xochmilco quince mil personas en un día; y fraile francisco hubo, que bautizó él solo, aunque en muchos años, cuatrocientos mil hombres; y en verdad los frailes franciscos han bautizado, según dicen ellos mismos, más que nadie. También aconteció en muchas ciudades velarse mil novios en un solo día; prisa grandísima. Dicen que un tal Calisto, de Huexocinco, criado en la doctrina, fue el primero que se veló a puerta de iglesia. La confesión, como cosa más entretenida, tuvo más quehacer. Aun así la procuraron muchos; y así, cuentan como cosa grande que hubo en Teouacan, el año 40, doce diferencias de naciones y lenguajes a oír los oficios de la Samana Santa y a confesarse, y algunos vinieron de sesenta leguas. Quien primero se comulgó fue Juan de Cuauhquecholla, caballero, y le comulgaron con gran recelo. La disciplina y penitencia de azotes la tomaron pronto y mucho, con la costumbre que tenían de sangrarse a menudo por devoción, para ofrecer su sangre a los ídolos; y así, acontece ir en una procesión diez mil, cincuenta mil, y hasta cien mil disciplinantes. Todos, en fin, se disciplinan de buena gana, y mueren por ello, porque les come y crece la sangre cada año por el mismo tiempo que se suelen azotar en las espaldas, cosa muy natural; bueno está que se disciplinen en remembranza de los muchos azotes que dieron a nuestro buen Jesús, pero no que parezcan recaer en sus viejas sangrías, y por eso algunos se lo querrían quitar, o al menos templar.
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Josep Puig i Cadafalch publicó en 1930 "La geografia i orígens del primer art romànic". En este libro define el arte románico del siglo XI como el románico de influencia lombarda que se extiende por Europa a partir de unos orígenes arquitectónicos en la zona del Adriático y desde el siglo V. Esta arquitectura tiene como base estructural el arte romano provincial al que se añade una decoración de arcuaciones ciegas y hornacinas, de origen oriental, transmitido a Occidente a través de Bizancio. Estos estratos arquitectónicos, que irán definiendo unos modelos tanto estructurales (presencia muy temprana de la cúpula) como decorativos y que se irán extendiendo progresivamente por Europa, constituirán, en su cuarto momento, el primer románico que a partir de 1020 se extiende ya por Europa. Pierre Francastel en 1942 publicó, en su libro "L'Humanisme roman", su concepto de Primer Románico opuesto al de Puig i Cadafalch: contrapone a la influencia lombarda un primer románico derivado del arte carolingio. Algo así como una tercera renovatio carolingia, después de la del 800 y la otónida del siglo X. Evidentemente se estaban definiendo las dos grandes corrientes del románico del siglo XI, dos de los primeros románicos. Estilos ambos que a veces se mezclan en zonas de Europa donde los caminos se cruzan. Así, en la Borgoña, en Saint-Philibert de Tournus, junto a unos métodos constructivos claramente lombardos en las bóvedas y en la decoración de arcuaciones ciegas, aparece la westwerk o cuerpo occidental, una de las características fundamentales de la arquitectura de derivación carolingia. Al margen, existen lo que podríamos llamar arquitecturas autóctonas en la cronología románica, basadas en las tradiciones e influencias anteriores en la historia de la arquitectura de cada país. Así, la arquitectura de la Inglaterra anterior a la conquista normanda de 1066, la fuerte impronta paleocristiana en la arquitectura romana, el fuerte bizantinismo del sur de Italia y la tradición de la arquitectura asturiana de los siglos IX y X en época románica. son ejemplos de la diversidad de la arquitectura del siglo XI; es decir, son ejemplos de primeros románicos. Y ya hemos visto el caso de Cataluña, donde elementos de los lenguajes estructurales arquitectónicos propios de las tradiciones anteriores entran con fuerza en época románica culminando en conjuntos extraordinarios como Sant Pere de Rodes.
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Genio solitario, demasiado grande para su época, proyectándose en un exceso de creatividad en el futuro, Rembrandt no podía constituirse en modelo inmediato para sus coetáneos, ni tuvo discípulos a la altura de su obra. Pero, por muy gloriosas que sean la figura y la obra de Rembrandt, ni una ni otra constituyen la pintura neerlandesa. En efecto, entre sus numerosos aprendices, colaboradores o seguidores los hubo muy dotados y preciso es recordar a los dos pintores que, durante su etapa en Leyden (1625-31), colaboraron estrechamente con él. En primer lugar, a su compañero y socio en el taller, Jan Lievens, un buen paisajista, que -tocado por su genial colega, atento entonces en reproducir los detalles- grabó y pintó historias en una manera muy cercana a la de Rembrandt, nacida de su común formación con Lastman. Con todo, después de su estancia en Inglaterra, acabaría por alejarse de su estilo y aproximarse al de Van Dyck, tendiendo a su regreso a Amsterdam hacia un arte decorativo que halló su consagración en la Huis ten Bosch (1648) y en el Ayuntamiento de Amsterdam.Junto a éste, Gerrit Dou (Leyden, 1613-1675), el primer discípulo que tuvo Rembrandt, imitó la manera del maestro, adoptando sus modelos y traduciendo los temas y motivos de su repertorio, incluido ese gusto por los vestidos orientales y los accesorios estrafalarios, destacando por las escenas bíblicas y los retratos. Aun así, al quedar sólo en Leyden tendió hacia una factura cuidadosa y en exceso meticulosa, tan artificial que se pierde en los detalles más nimios; dedicado a pintar escenas de género (filósofos, personajes leyendo, mujeres al balcón o en las tareas domésticas, encuadrados por el motivo rembrandtiano del nicho), con asuntos tan peregrinos como aquel de la Mujer hidrópica (París, Louvre), interesante pintura que cae en la anécdota. De él partirá la tardía pintura fina de Leyden, que gusta de las superficies satinadas, de la ejecución preciosista y del esfumado cromático, tan identificada con el ser y el sentir artísticos de Holanda como ajena del todo a la concepción y al tratamiento de Rembrandt. Precisamente, aprovechándose de esa manera leydense sacaron partido F. Mieris el Viejo, G. Metsu, discípulo de Dou, y, durante algún tiempo, J. Steen.Con todo, sin Rembrandt sería poco menos que imposible explicar una gran parte de la producción de los maestros de Amsterdam, y aun de toda Holanda. Y es que numerosos fueron los aprendices y discípulos que tuvo en Amsterdam, muchos de ellos estrechamente asociados a su producción, hasta el extremo de que el propio Rembrandt retocó a veces los trabajos de sus pupilos, vendiéndolos después en su beneficio. A pesar del cambio estilístico resultante de su posterior independencia profesional, pero también de su acomodación al estilo y al gusto preponderantes, la dominante rembrandtiana se dejó sentir, sobre todo, en la obra de retratista de Ferdinand Bol, Jacob A. Backer y Govaert Flinck, Samuel van Hoogstraaten, Barent y Carel Fabritius (luego maestro de Vermeer, e influido por él), Nicolaes Maes, etc. Pero sólo dos de sus pupilos permanecieron más ligados a la factura del maestro, y en especial a su manera más tardía, Gerbrandt Van den Eeckhout y Aert de Gelder, aunque siempre distantes de su amplitud espacial y de su alquimia lumínica. Cabe, en fin, destacar a Philips Koninck que siguió con timbre rembrandtiano y cierto éxito los modelos del maestro, en particular en el campo del paisaje. El valor de la presencia y la obra de estos epígonos reside en el hecho de haber servido de puente entre Rembrandt y la generación siguiente, aquella de Hobbema, de Potter, de Vermeer, o sea, la de los pequeños maestros activos en el campo del género popular, de las naturalezas muertas, de la pintura de interiores, de paisajes, de animales, etc., tan particularmente gratas a la clientela y la comitencia burguesas, poco dadas a los asuntos que no se circunscribieran al campo de sus propias experiencias y escasamente inclinadas a la introspección.
obra
El interés de Rodríguez Guzmán por los asuntos populares le lleva a realizar escenas procesionales como ésta que contemplamos. Observamos un buen número de figuras en una disposición serpenteante para dar aspecto de caravana, apreciándose en la procesión carretas, jinetes a caballo y personas andando. En el fondo encontramos abruptas montañas, con un cielo de tornasoladas nubes, con las que el pintor otorga mayor dramatismo a la composición. Gracias a las diagonales que organizan el espacio, relaciona los diferentes episodios y crea la caravana serpenteante. El fondo de la tela se viene hacia primer plano para atraer y centrar lo que al pintor interesa, que es la carroza que porta a la Virgen y las figuras que llevan los estandartes. El colorido es muy variado, jugando Rodríguez con la iluminación ya que deja parte de la zona izquierda en penumbra e ilumina el centro de la escena. Resulta destacable el firme y seguro dibujo y los gestos de los personajes, especialmente el grupo de muchachitos de primer plano que nos refleja la vocación popular hacia la Virgen del Rocio. El hombre que toca la flauta y el tamborín también llama nuestra atención así como el efecto de polvo que se consigue con las carretas circulando. Existen algunas desproporciones pero en suma es un cuadro bien hecho con el que el pintor alcanzó un importante éxito.